- Todo inicia en un solsticio de invierno, en una noche con la luna llena o con un solsticio de día. Los sacerdotes casi siempre visten de un color intenso. Muchos usan signos en túnicas, que van desde formas regulares hasta signos que se iluminan a medida que el ritual se lleva a cabo.

La magia, la jerarquía y, a veces, el tipo de magia para el cual el iniciado será apto se deciden por la totalidad del ritual. Mezclados éstos elementos en un acto de duración que puede ser de cinco minutos hasta doce horas, por lo general el iniciado es peculiar, ha nacido para ello; ha presentado rasgos distintivos a lo largo de su vida o, incluso su mero nacimiento, ya revelan que era parte de su camino llegar hasta ese instante.

Puede ser una marca en el cuerpo, una deformación, el color de los ojos, la forma de las garras, pezuñas o cascos; el momento en el que ha nacido, las condiciones bajo las cuales lo ha hecho.

En el caso de las cebras, hay dos momentos exactos en los cuales se realizan los rituales; el primero es en un plenilunio, el segundo en el solsticio y, además, los nacidos durante la ceremonia de iniciación de sus taumaturgos, están destinados a convertirse en los mismos.

La magia es un elemento vivo, algo que respira cuando el iniciado respira, o que late en su corazón, algunas culturas asemejaron el sistema digestivo, el nervioso y el circulatorio con las fases de la magia, siendo clave la meditación para el uso de la magia adecuadamente. Está viva dentro del mago y es inseparable de éste; sus días los pasará con la magia, sea bueno, sea malo.

Faith Sand era una apasionada por las religiones de las demás culturas. Sunburst no podía evitar sentir cierta curiosidad a medida que la yegua blanca continuaba con su explicación. Movía sus cascos haciendo ademanes, sus expresiones cambiaban a medida que continuaba con ella; se movía de un lado a otro sobre el cojín en el cual estaba sentada.

Era extraño que una yegua tan hermosa gustase de una vida de compartir y formar parte de aquellos rituales, más cuando no todos eran clasificables como agradables. Pero su emoción era tal que hasta se podía apreciar que compartió con otras culturas el convencimiento de aquella magia, que era desconocida para los ponis, realmente tenía una trascendencia que colindaba con lo incomprensible.

A la luz de una lámpara de aceite, habían estado una hora hablando sobre la magia y la cultura, metidos en la conversación, ignoraron el momento en el cual, los otros investigadores de la carpa en la cual estaba la yegua, se quedaron dormidos. La noche plena daba lugar a un silencio completo; el ruido de sus voces no evitó que todos los ponis cercanos conciliaran el sueño reparador que sus cuerpos les exigían.

- Eso es lo que pasa cuando un hechicero Ónice sube al lugar más elevado de la Cordillera Macintosh para iniciar con la primera etapa de su ritual de iniciación; en el transcurso, a partir de su respiración y del sudor de su cuerpo se libera de todas las impurezas; ya en la cima de la montaña Kiagarazné le espera el anciano hechicero que le enseñará todo lo que sepa, con un macho y dos hembras, las más hermosas. Cerca de una roca tallada para que tenga forma de tina, el iniciado es bañado por las invitadas. – una sonrisa se formó en los labios de la yegua – Tuve el honor de ser una de ellas. Mientras que es alimentado por el macho.

El agua en el cual es sumergido, así como las esencias del aceite con el cual es ungido una vez terminado el baño, son un renacimiento del ónice en su nueva vida como un brujo ónice.

En los Ónices no hay jerarquía de hechicero más allá de la de maestro y aprendiz. Pero el rol que el brujo cumple en la comunidad es de suma reciprocidad; pues en realidad él acude a toda la comunidad para pedirles su ayuda en el ritual, una vez que ellos aceptan, se evocan en conseguir los materiales para realizar el ritual de iniciación, fabrican las velas, muelen distintos tipos de semillas y granos, extraen aceites o los intercambian con comunidades cercanas. Todos, hasta los más infantes buscan alguna tarea por realizar; he visto a pequeños de dos años realizar torpemente un collar de flores y ofrecérselo al iniciado.

Todo esto se hace como un favor y, a cambio, el brujo en el futuro no abusará de su poder y ayudará a la comunidad.

Un brujo quita maleficios, puede crear revigorizantes, puede encantar las armas de los guerreros o las herramientas que la comunidad usa. Sus obligaciones serán tomadas con pleno respeto y responsabilidad por parte suya; le estará agradecido a la comunidad por su ayuda de por vida.

Sunburst contento por la emoción de la yegua tuvo que pedirle un momento de silencio.

- Por favor, ¿Me podrías explicar más eso del renacimiento?

- Desde luego; verás, el sudor y el cansancio del cuerpo del iniciado están ligadas con la magia que realizará en el futuro; así como su cuerpo, la magia debe estar tan domada que no represente un peligro para la comunidad. Las impurezas como sus malos deseos, sus deseos de venganza, sus rencores son extraídos a lo largo del camino que recorre en soledad.

La magia que realice no debe teñirse con malos sentimientos, porque solo llevarán a la comunidad y a él a la destrucción. En cierto sentido, su magia implica una responsabilidad; por eso se hace la tarea de limpiarse.

Cuando es bañado por las dos hembras, él cierra los ojos y trata de ingresar por todo el tiempo posible dentro de la tina, aguantando la respiración. De un momento a otro, su maestro reconoce que ya está listo y pide a los presentes que se vayan. Es ese momento donde su vida como aprendiz inicia. Está limpio y el cambio en su vida es aceptado.

El maestro entonces le transmite unas palabras recitadas con esmero y dedicación; sus consejos, sus obligaciones y sus deseos.

Al bajar de la montaña, tanto el neófito de la magia y su maestro son recibidos por la comunidad con un festín.

Pero, es bien diferente lo que pasaba con los rinocerontes lanudos. – la yegua, apasionada en sus conocimientos, solía cambiar de tema; pero era algo que el corcel no detenía; pues, siendo franco, había tantos detalles que él no había logrado apreciar por su cuenta -

En ellos, los videntes eran mantenidos a un lado; su magia incontrolable era la causa de las tragedias y catástrofes. Como bien sabrás, a diferencia de los ónices, su composición física los hacía más grandes que un yak o un bisonte y por supuesto. Los videntes, por lo general eran más pequeños, con el defecto de tener un cuerno partido o pequeño. Sabían desde pequeño que el día en el cual debe seguir su naturaleza de magia llegaría.

Con las primeras heladas de las praderas del norte, se preparaban para desvincularlo. Le dan sus pertenencias en alforjas enormes. Los que pueden, le animan a seguir adelante, tratan de quitarle la pena de ser expulsado.

Mas, durante todo el día, las hembras le ignoran, a veces, alejándose o simplemente pidiéndole que se aleje. Los machos resoplan con la nariz cuando él esté cerca, amenazan con envestirle si no se va pronto.

Llegada la noche, mientras todos duermen, el o la vidente se aleja; no sin antes visitar a su familia y despedirse con llanto y pena; si es que tiene sentimientos fuertes hacia algún otro, le confiesa su amor, despidiéndose.

Así, con el abrigo de la noche, se aleja en silencio.

En el futuro, toda catástrofe se le atribuirá a él o ella; no será recibido nuevamente en la comunidad.

Si tiene suerte, encontrará algún lugar para pasar sus días con la magia que considera como una maldición, o morirá en la intemperie a causa de la pena y el dolor por haber sido exiliado de su mundo.

Hasta donde nos ha llegado la información, la magia de los rinocerontes lanudos era menos que básica; sus hechizos consistían en aumentar la fuerza de sus envestidas, crear escudos frente a su cuerno y, en raras ocasiones, deformar la piedra. Se desconoce si realmente tenían la capacidad de ver más allá del espacio que habita como en el caso de los videntes de otras culturas.

Faith Sand era una yegua algo extraña, porque parecía creer en muchas de las cosas que creían aquellos practicantes de magia arcaica. Sus amuletos de diferentes culturas, sus relatos, sus anécdotas eran una clara evidencia de ello. Sus ademanes al comer, incluso al leer un libro eran un tema de conversación.

- Y, ¿Qué me puedes decir de la magia de los jaguares?

- Los conocimientos que hay al respecto son muy limitados; es imposible hacerse una idea siquiera del proceso que pasaban en sus rituales de iniciación; menos en los rituales mágicos. Sin embargo, creo que tienes un buen punto al concentrarte en la sangre; aunque sería la primera vez que veo que ella forme parte de un ritual. Claro que no hay que olvidar que ellos son carnívoros.

- ¿Tú que lugar le asignarías dentro del ritual?

- No te puedo responder eso Sunburst, todo el proceso mágico es en sí mismo complejo dentro de un ritual. El papel que cumple cada elemento en el funcionamiento de éste puede variar, la sangre bien podría proceder de los jaguares, o de sus esclavos, o tal vez de prisioneros de guerra y simbolizar algún atributo como la vida, la purificación u otros fines.

Finalmente, la yegua bostezaba, debían ser las dos de la madrugada y sus párpados comenzaban a pesarle un montón.

- Supongo que… eso es todo lo que puedo decirte de momento; en cuanto descubramos más sobre sus costumbres, te lo haré saber. Ahora, si me disculpas, necesito dormir un poco. – Le dijo la yegua con amabilidad, poco antes de levantarse e ir a su hamaca.

- Gracias por tu ayuda. – Le respondió el corcel, poco antes de dirigirse hacia la salida de la tienda.

Magia, era un misterio desde la teoría. Escapaba a los intentos de delimitarla; la división entre magia obscura y pura era tan difusa que se debía dar por sentado si no se quería meterse en un embrollo que llevaba a un callejón sin salida tras otro. Odiaba admitirlo; pero Levre tenía razón en ese sentido.

El frío no era un problema en aquella región; los mosquitos se mantenían lejos de la pirámide; en general, el ambiente solo se ponía algo molesto cuando la temperatura ascendía. El resto del tiempo todo era tranquilidad.

En su travesía hacia su hamaca, al otro lado del campamento, divagó sobre lo que había acontecido durante los últimos dos días.

En primer lugar, la investigación resultó infructuosa, la pirámide no mostró rastro alguno; tampoco la lanza. La postura más extrema podía ser decir que el rastro era el fenómeno mágico. Claro que él lo sugirió; pero al hacerlo, se encerraba en un círculo vicioso. Pues, si el extraño fenómeno se debía a un procediendo errado de un ritual mágico, se necesitaba corroborarlo. Por eso buscaban algún otro rastro. Al decir que dicho rastro era el fenómeno que se estaba buscando se estaba haciendo una tautología.

Levre estaba replanteando la hipótesis, mientras, los demás trataban de encontrar información por sus medios. Fuese mediante la biblioteca o la entrevista a otros especialistas. Faith Sand era su primera opción y ningún poni fue a conversar con ella.

Pensando a medias, pues una parte solo anhelaba su cómoda hamaca, mientras la otra trataba de encontrar una solución, el corcel mantuvo un caminar constante, hasta que observó una figura saliendo de una tienda cercana. Le reconoció con algo de dificultad, pues la luz de la luna no teñía del mismo color, en especial aquella noche, su luz era violácea. Un momento, esa no era una luna normal, y, a juzgar por la hora, ni siquiera debía estar en ese lugar.

La figura observaba atentamente el cielo, mirándole por un segundo. Se trataba de Levre.

- Sunburst, allí está el rastro que necesitamos para confirmar mi teoría; esto es parte de un ritual mágico. – Expresaba con emoción el corcel, con una voz más que audible por muchos de los ponis cercanos.

- ¡Oye, quiero dormir! – Le gritó uno de ellos.

Una unicornio salió de su tienda para dirigirse volando hacia el corcel.

- Tuve un turno nocturno en la guardia por culpa de una mala partida de cartas; si me vuelves a despertar te espera un buen casco. – Amenazó, dirigiéndose a Levre para verle mejor, y así tener memorizado su rostro por si no la escuchaba.

- Perdóname Catch, pero, por favor, mira la luna. – Se disculpó el corcel bajando la voz a medida que se acercaba la pegaso.

- Wow, está hermosa; no sabía que pudiera tener ese color.

- Es que no es natural. – Explicó el corcel. – Es debido a la magia de éste lugar.

Señalando con su casco la parte del cielo que tenía esa distorsión, el teórico de la magia sonrió.

- Pero no sabemos si es parte del supuesto primer fenómeno o es otro diferente. Que yo sepa, jamás se ha registrado una luna violeta en Equestria.

- ¿Cuál es tu punto? – Inquirió Catch Point frunciendo levemente las cejas, al tiempo que observaba a ambos intelectuales.

- Que si es normal que la luna se ponga así durante el ritual y los jaguares vivieron en un tiempo donde Equestria ya registraba los fenómenos astrológicos, no parece que ésta magia tenga efecto en la luna, porque no hay registros de lunas violetas en Equestria.

- No creo que te conozcas todo el archivo Sunburst. – Se explayó su rival teórico. – Pero si tienes mejores argumentos, mejor exponlos ya.

- Ee… - ajustando sus lentes, el de pelaje naranja aclaró su garganta. – Qué tal si es parte de la distorsión óptica que produce el cielo acá. Bueno, si existiera un hechizo para cambiar la luz lunar; Luna y Celestia lo habrían usado alguna vez. Al menos eso estaría en un archivo común de estudios de cualquier unicornio.

- El archivo es demasiado grande para cualquier poni; pero tienes razón con lo de la distorsión. ¿Qué propones para demostrar tu punto?

Sunburst se quedó pensativo, observando el cielo con su luna violeta.

- Necesitaríamos llegar más allá de la distorsión.

A la respuesta, la reacción que Levre hizo fue observar a Catch Point con una sonrisa. La unicornio, adivinando sus intenciones dio unos pasos atrás mientras fruncía el ceño.

- No lo voy a hacer.

- Vamos Catch, solo tienes que convencerle de pasar sobre la distorsión; debe estar a cien metros de distancia. Por favor. – Solicitó el de ojos añiles.

- Está bien. – Le respondió la yegua de pelaje azul marino. Caminando a otra parte del campamento.

- No entiendo; ¿Cómo se supone que ella llegará hasta allá arriba? – Sunburst mantuvo una actitud bastante cautelosa con su rival teórico.

- Ella no. Pero conoce al mejor pegaso para ésta tarea. ¿Recuerdas a Red Tail?

- Sí, es el que tiene las plumas brillantes ¿verdad?

- En efecto. Aunque no lo menciones frente a él. Atraerá yeguas; pero no le gustan.

No había nada de que más hablar; no era difícil adivinar que para nada se caían bien y aunque se esforzaban para que no se notara, bastaba con ver el silencio que casi siempre se generaba entre ambos. Las únicas conversaciones que sostuvieron después de que se conocieron fueron bastante fragmentarias. Ni el amistoso: hola; ni el formal: cómo estás. Simplemente informaban lo que había que informar o decían lo que tenían que decir para el bien de la investigación.

Sin embargo, aquella, de entre todas las noches de esa semana fue diferente, esa noche pasó por la cabeza de Levre un tema peculiar.

- ¿Sabes si Starlight Glimmer tiene una relación seria?

Mejor habría sido darle un golpe en el rostro; así al menos todo se podía arreglar al calor de ese momento, con un buen par de golpes por acá, uno que otro moretón, algo de sangre del hocico. Una de las pocas virtudes de una riña, es que puede ser una catarsis cuando dos personas se desagradan a un nivel que está cerca de tocar la enemistad. Pero no. Si había una, Sunburst no sería quien la iniciara.

¿Qué responder? En todo ese tiempo, su tiempo había estado tan absorbido por la investigación que cada vez se dejó sustraer menos por el recuerdo de la yegua de pelaje lavanda. Pero bastó la ligeramente amenazante idea de que Levre tratara de llegar a esas alturas con Starlight, para que quisiera romperle la cara… ¿Qué le estaba pasando?

- N… no… - Y, sin embargo, tuvo que ser sincero.

¿Qué eran ella y él sino buenos amigos? Nada de eso, eran mejores amigos desde la infancia. En ese punto, bastó esa respuesta para que Sunburst tratara de retractarse. Pero ya estaba dicho. Lo siguiente que escuchó no fue a Levre, afortunadamente, sino los pasos de dos ponis.

- Levre y eh… ¿Cómo te llamabas?

- Sunburst. – Le respondió el corcel.

- Sí… y Sunburst necesitan que traspases esa parte del cielo extraña. – Explicó lo mejor que pudo, señalando la luna violeta.

- La hemos visto durante los últimos días. Lo reportamos; pero hasta ahora no han dado ninguna respuesta.

- ¿Enserio? A nosotros no nos dijeron nada. – El corcel de peinado con forma de libro abierto, apretó los labios. – Es raro viniendo de la directora de la expedición.

- No lo sé; pero ha estado un poco distraída estos últimos dos días. Bien. Señor Red Tail ¿Podría usted traspasar ese límite y decirnos si, detrás de éste, la luna sigue siendo violeta?

Afirmando con la cabeza con lentitud; sin dejar de observar el cielo, el pegaso mantuvo una expresión poco nítida. ¿Sería miedo o tal vez desconcierto? El aludido mantenía los ojos fijos en el destino al que tendría que volar. Sus alas se extendieron para estirarse un poco.

- Voy, veo y vuelvo. Si algo me llegara a pasar, quiero un barril de sidra y e irme de éste lugar de inmediato ¿Trato?

- Lamento decírselo; pero no soy el director de la expedición.

- Lo sé. Pero Moondancer le hará caso. – El pegaso era bastante serio, además de ser directo y frío. Sunburst jamás habría creído que ese sujeto sonriera, de no ser porque escuchó sus carcajadas junto al capitán Wetbread en el viaje en barco. – Aquí voy. – Añadió antes de levantar vuelo rumbo al espacio en el cielo.

Se alejó en plena noche; pero la luz que brindaba aquella luna violeta era lo suficientemente fuerte como para ver su silueta obscura acercarse. Traspasó la distorsión y ya no bajó.

- Pero… si es un campo… ¿No bastaría con salir de sus límites para que la luna volviera a la normalidad? – Catch Point lo señaló observando atentamente a ambos corceles, esperando su aprobación o reprobación; pues, no sabía mucho de los estudios a los cuales esos dos se dedicaban.

La expresión que ambos ponis pusieron, fue de lo más exacta posible.

- No… cómo crees. – Trató de responder convincentemente Levre, mientras, mentalmente se daba un golpe en la cabeza.

Sunburst prefirió quedarse callado. Había sido una pésima idea todo ello.

Afortunadamente, cuando Red Tail bajó del cielo, ambos se pudieron calmar. Pero, a diez metros de llegar a tierra, cerca de ellos, fue evidente que algo había pasado. Red Tail temblaba, al situarse junto a los ponis, éstos pudieron ver que su melena estaba completamente rígida.

- Pasé por una nube allá arriba; hace demasiado frío… pero la Luna es normal. – Reportó de forma concisa, moviéndose en su lugar para tratar de recuperar algo del calor que le había robado la intemperie a esas alturas.

- ¿Frío dice? ¿A esta temperatura? – Levre, tan observador como Sunburst, se le adelantó.

- Sí. – Red Tail no necesitó dar más muestra que colocar un asco en sus crines para moverlas y romper algunas.

Ese solo era el inicio de lo que se aproximaba. Pronto se generaron más preguntas que respuestas en las cabezas de ambos investigadores; el silencio se hizo prácticamente palpable, siendo éste lapso de tiempo el que Red Tail le susurró algo a la yegua y esta asintió.

- Yo creo que es toda la ayuda que podemos brindarles. – Entre un bostezo y dejarse caer rendida, la unicornio se dio media vuelta. – Hasta mañana.

- También yo. Buenas noches. – Declaró el pegaso rojo, caminando junto a la yegua.

¿Cómo era posible que una nube pasara desapercibida a través de aquel espacio en el aire? ¿Y si pasaba esto, por qué podían ver esa luna violeta?

La situación actual requería mucha atención y ese olfato propio del que investiga. Relacionar hechos, realizar conjeturas, era un trabajo importantísimo. Pero, las horas, el cansancio y, sobre todo, la obscuridad les obligaron a buscar descanso.

No obstante, en el gran campamento de la expedición, exceptuando al equipo de seguridad había una tienda con las luces encendidas.

- Al fin. – Exclamó con las pocas fuerzas que le restaban una somnolienta yegua.

El ánimo en aquella tienda biblioteca se debía a que, después de un tiempo de investigación demasiado corto; pero que requirió la colaboración de una buena parte de todos los investigadores de la expedición, sin contar con la paciencia infinita que artistas, fotógrafos y exploradores le tuvieron a Salt Letter, la jefa en el área del estudio de la lengua, con solo veintidós años ya estaba un paso más cerca de descifrar una lengua muerta hace un milenio y más.

Las alabanzas moderadas de sus diferentes colegas que se encontraban dentro, con café y con ojeras tremendas debido al esfuerzo al que fueron expuestos por la yegua, produjeron en ella una sonrisa afectuosa, dedicada hacia todos ellos.

- Llevaré esto a Canterlot; unas copias a la Universidad de Vanhoover y a la del Imperio de Cristal. Todavía queda mucho por hacer.

- Pero; por favor, no me pidas ser tu dibujante nuevamente. – Expresó uno de los corceles del equipo de artes.

La risa fue inmediata; incluso la propia Salt Letter se unió a ella. Pero el desgaste físico hizo mella demasiado pronto, no hubiera cabido en ese instante una idea similar en todas las cabezas, más que ir a dormir.

- Qué tal si la celebración la dejamos para mañana. – Con una voz floja, a punto de convertirse en un bostezo, la yegua poco antes de salir de la gran tienda, acompañada por sus colaboradores.