N/A: Hola a todos. Antes de nada, disculparme por haber tardado tanto en actualizar.
Últimamente estoy muy liado y casi no tengo tiempo para nada. Si vuelvo a tardar en actualizar, espero que me disculpeis, pero no os procupeis que no voy a dejar el fic.
Un saludo a todos y espero que disfruteis el capítulo.
Harry despertó y pestañeó varias veces para acostumbrarse al fulgor anaranjado que lo rodeaba. Como le había sucedido durante las dos semanas que llevaba en aquel extraño mundo viviendo en casa de los Weasley, la habitación de Ron se le antojó como un inmenso horno. Era exactamente idéntica a la de su propio mundo, con las paredes forradas de pósters en movimiento de los Chudley Canon, iluminados por la luz que entraba a raudales a través de la ventana abierta. Tanteó con la mano en la mesita de noche y consiguió colocarse las gafas para ver con mucha más nitidez. La única diferencia con la de su mundo de origen, es que en aquella habitación escaseaban ya los cómics y viejas revistas que el Ron de su mundo había acumulado durante años. En su lugar, perfectamente organizados en los pequeños estantes, reposaban gran cantidad de libros de diferentes tamaños y colores que tan solo tenían en común entre sí la temática. Todos y cada uno de ellos eran libros de magia de defensa contra las artes oscuras. El único libro que resaltaba entre todos ellos por la variación de la temática, era un gran libro que consonaba perfectamente con la decoración de las paredes y que parecía realmente gastado por el uso. Se trataba del libro oficial de los Chudley Canon, el equipo favorito de Ron, que según le había contado la versión adulta de su mejor amigo, su yo de aquel mundo se lo había regalado hacía años.
Harry se incorporó en la cama y tanteó en el suelo para buscar sus zapatillas.
La cama de Ron estaba vacía y pulcramente hecha, igual que se la había encontrado casi todas las mañanas. Se le hacía extraño despertar y que el Ron de aquel mundo no roncase a pierna suelta en la cama de al lado. Sin duda, tanto el extraño orden de los libros, como aquello de encontrar la cama hecha todas las mañanas, se debía a la influencia de Hermione.
Aún en pijama y arrastrando los pies, Harry salió de la habitación y bajó por la sinuosa escalera de La Madriguera hasta el piso inferior, donde podía escuchar el tintineo de la vajilla y el sonido del trajín de la señora Weasley que se afanaba en la cocina.
"Buenos días, Harry, querido" .Lo saludó la menuda mujer al verlo aparecer por el hueco de la escalera. "¿Qué tal has dormido?"
"Buenos días, señora Weasley" .Saludó el joven arrastrando los pies hasta una silla cercana. "Estupendamente, como siempre. Aunque sigo sin acostumbrarme a no ver a Ron por las mañanas"
La mujer le sonrió desde la cocina mientras agitaba distraídamente la varita para comenzar a hacerle el desayuno.
"No eres el único" .Confesó con una pequeña risita. "Desde que él y el Harry de nuestro mundo entraron al ministerio, Ron parece que ha madurado" .Agitó una vez más la varita, y las salchichas que había estado haciendo en la sartén, saltaron directamente a un plato que ya contenía varias tostadas y unos huevos revueltos. "Aunque entre tu y yo" .Dijo mientras ponía el plato en la mesa frente a él junto a una enorme jarra de zumo de calabaza. "Estoy convencida que Hermione ha sido la que más ha influido en su cambio"
Harry rió sin poder evitarlo. "Estoy convencido que los de mi mundo acabarán exactamente igual"
La señora Weasley sonrió y desvió la vista un segundo hacia el extraño reloj que reposaba sobre la repisa de la chimenea.
Al igual que en su mundo, aquel reloj no mostraba la hora, sino que las diversas manecillas mostraban la imagen de cada uno de los miembros de la familia y apuntaban en cada momento la situación en la que cada uno de ellos se encontraba.
Exceptuando la manecilla que mostraba el rostro de la señora Weasley que apuntaba claramente la posición "en casa", el resto de las agujas de la familia apuntaban al pequeño letrero que indicaba que estaban todos en sus respectivos trabajos.
"¿No queda nadie en casa?" .Preguntó mientras cargaba una enorme palada de huevos revueltos con el tenedor, antes de echársela a la boca.
La señora Weasley negó con la cabeza mientras Harry masticaba.
"Arthur y Ron se fueron pronto al ministerio, y Ginny hoy tenía entrenamiento especial de quidditch" .Explicó. "Puede que luego les acompañe Hermione"
Harry no lo puso en duda. Desde que él había llegado a aquel mundo, raro era el día en el que o bien Hermione, o bien George, hacían un hueco en sus agendas y se pasaban por la madriguera. Quizá, en otra situación le habría pasado desapercibido, pero no en aquellos momentos. Era consciente de que entre todos habían estado acompañándolo para tenerlo siempre vigilado.
"¿Puedo ayudarla en algo, señora Weasley?" .Preguntó tras tragar el último trozo de salchicha.
"Muchas gracias, Harry. Quizá puedas desgnomizar el jardín, que por lo que he visto esta mañana vuelve a estar plagado de gnomos"
El muchacho asintió y se puso en pie sin esperar más.
Subió de nuevo a la habitación que compartía con Ron, se cambió, se aseó un poco, y en poco más de un cuarto de hora ya se encontraba en el jardín, mirando entre los pequeños setos, en busca de los pequeños seres con cabeza en forma de patata.
Parecía que aquel día iba a ser como cualquier otro. Durante aquellas dos semanas, tanto la señora Weasley como el señor Weasley y el resto de los miembros de la familia más Hermione, se habían turnado para pedirle ayuda para cualquier cosa.
Había ayudado al señor Weasley con la moto que en su mundo pertenecía a Sirius, y que en aquel, pertenecía a su homólogo. También había estado practicando quidditch con Ginny y ayudándola a entrenar, aunque él como cazador o guardián no tenía mucho futuro. Incluso había pasado un par de tardes hablando con George para pulir ideas de productos para su tienda de bromas.
En un principio, el joven pensó que lo hacían para que no se sintiese ocioso, o para que no le diese demasiadas vueltas al hecho de estar en un mundo que no era el suyo. Pero según pasaron los días, Harry fue convenciéndose de lo contrario. A aquellas alturas, sabía que lo que todos habían intentado era mantenerlo allí encerrado.
Agarró a un gnomo que casi se le escapa, y con la furia que le creaban aquellos pensamientos, le dio vueltas a gran velocidad y lo soltó, lanzándolo bien lejos, por encima de la verja del jardín.
Hasta aquel momento, aquel mundo le había parecido simplemente una mierda. Ninguno de sus seres queridos vivía y no había podido contactar con nadie fuera del círculo familiar de los Weasley.
Harry lanzó otro gnomo y respiró profundamente. Aquello no había sido del todo cierto.
También había visto a Andrómeda y había conocido a Teddy.
El joven Harry sonrió sin poder evitarlo. Había sido toda una sorpresa conocer al pequeño hijo de Remus y Dora, aunque más aún se había sorprendido al enterarse de que su homólogo en aquel mundo, era el padrino del niño, así como Sirius había sido el suyo.
Cogió un nuevo gnomo y ahora con menos furia de la que había hecho gala hasta segundos atrás, lo lanzó lo suficientemente lejos como para que tardase un tiempo en volver.
Una tarde, sin que el joven lo esperara, Andrómeda había salido dando vueltas de la chimenea, cargando en sus brazos al pequeño Teddy, que al verlo, cambió el color de su pelo que había sido azul eléctrico, a un negro azabache, para de inmediato volverlo de un profundo color rojo, acorde con el color que predominaba en aquel momento en el salón de la casa.
En comparación con la de su mundo, Andrómeda parecía más anciana y cansada de lo que realmente era. Perder a su marido y a su hija durante la guerra la había hecho envejecer a marchas forzadas. Lo único que parecía mantenerla en pie era el pequeño Teddy, que al igual que su madre, se ganaba el corazón de todos los que lo rodeaban.
Desde aquella tarde, Andrómeda había llevado a Teddy a visitarle casi todos los días, sumándose a los demás miembros de la familia que hacían lo posible por mantenerlo ocupado.
Harry miró a su alrededor, pero no vio más movimiento por el jardín. Había terminado de desgnomizar más rápido de lo que pensaba. Quizá se debía a que hacía pocos días que lo había hecho, y a los gnomos no les había dado tiempo a volver a sus madrigueras.
Caminó pesadamente hasta un árbol cercano y se dejó caer, apoyando la espalda contra el tronco.
Comenzaba a estar bastante harto de aquella situación. Había comprendido que su yo en aquel mundo era más que conocido y que se había ganado muchos enemigos peligrosos, pero salvo aquellos que se hacían llamar carroñeros, el resto estaban todos entre rejas o muertos.
Dejó escapar un suspiro de frustración. Si tan solo le dejaran dar una vuelta por algún sitio, aunque fuese el callejón Diagon, o quizá visitar Hocksmeade… pero no, por que podría ser muy peligroso.
Aunque en aquel mundo ya gozaban de paz, lo trataban como si cualquiera pudiera matarlo al girar la esquina. Tanta ociosidad estaba acabando con su paciencia. Ni si quiera le habían dejado visitar el valle de Godric, donde sabía que estaban las tumbas de sus padres y la que había sido la casa de los Potter.
Sonrió suavemente para sí y miró de reojo hacia la casa, donde la señora Weasley seguramente estaría haciendo algo de limpieza. Quizá podría escabullirse un rato y volver antes de que nadie se diese cuenta…
Sonrió más ampliamente ante la perspectiva de una pequeña aventura al más puro estilo merodeador. Si Sirius estuviese allí, seguro que le hubiese dado la razón e incluso animado a hacerlo.
Alzó el rostro con una sonrisa ladeada y se puso en pie. Lo tenía decidido. Había llegado el momento de moverse por su cuenta y hacer por una vez lo que él quería. Mirando de reojo aún hacia la casa, se acercó disimuladamente hacia la verja de entrada y antes de que la señora Weasley hubiera pensado ni si quiera en comprobar si Harry seguía desgnomizando el jardín, el joven ya había salido y girando sobre sí mismo, se desapareció.
El pueblo estaba exactamente igual que como él recordaba. La calle principal recorría el centro del pueblo y se perdía centenares de metros más allá, al girar una curva. Los vecinos deambulaban de un lado para el otro sin prestar atención a nada que no fuesen sus asuntos.
El joven Harry caminó despreocupadamente entre las calles en las que se había criado, sonriendo ampliamente por haber conseguido convencer a Sirius de que le enseñase a aparecerse antes de tiempo. Claro que siendo sincero consigo mismo, no le había costado a penas esfuerzo, ya que a su padrino le había parecido una idea excelente. La única condición que le había puesto era que su madre no tenía que enterarse. Y por supuesto, Harry había cumplido con su parte del trato.
Caminaba distraídamente hacia donde se encontraba la antigua casa de los Potter, cuando por el rabillo del ojo vio algo que le llamó la atención. Se encontraba justo donde se alzaba el monumento a los caídos, pero algo había cambiado.
Harry se giró y clavó su mirada en las tres figuras que se habían materializado frente a él.
Un hombre joven, de pelo revuelto y gafas ladeadas, una joven mujer de cabello largo y pelirrojo y mirada bondadosa, y entre sus brazos, un niño pequeño, que sin duda era su yo de aquel mundo.
Permaneció varios minutos allí, con la vista clavada en aquel monumento a los caídos completamente invisible para los muggles. Delineó con la vista el rostro de su madre, más joven que la de su mundo, pero igual de hermosa, y tuvo que tragar saliva para deshacer el nudo que se le había formado en la garganta. Aunque había sabido desde el principio que en aquel mundo sus padres ya no existían, ver aquella prueba en persona, de algún modo lo había vuelto aún más real.
Evitando derramar las lágrimas que luchaban por vencer su resistencia, Harry desvió la mirada y continuó caminando calle abajo, sin fijarse realmente en la dirección en la que se había dirigido. Había hecho aquel camino tantas veces que su cuerpo actuaba en automático.
Tan solo se dignó a mirar fijamente al frente, cuando sus pies se detuvieron frente a una verja muy conocida para él.
La hierba del jardín parecía una selva en miniatura. El camino que tan pulcramente arreglaba su madre para llegar a la casa estaba completamente cubierto por la maleza. La verja aparecía oxidada y casi a punto de derrumbarse y al fondo y captando completamente la atención de Harry, se alzaban las ruinas de lo que hasta hacía dos semanas había sido su casa.
La planta superior estaba destruida casi por completo y la inferior no es que estuviese en mucho mejor estado. Los cristales de las ventanas, aunque intactos, estaban cubiertos de polvo y suciedad hasta el punto de ser completamente opacos y la maleza del jardín había invadido la puerta de entrada y había comenzado a trepar por los muros.
Harry sacudió la cabeza y dio media vuelta sobre sí mismo. Por supuesto, aquella no era realmente su casa. En aquel mundo, la casa de los Potter llevaba abandonada casi veinte años.
Tan solo le quedaba un lugar por visitar antes de volverse a la madriguera. Con algo de suerte, la señora Weasley ni si quiera se habría dado cuenta aún que Harry se había marchado.
Caminó de nuevo por la calle principal dirigiéndose sin demora hacia la iglesia y al cementerio que había justo al lado donde sabía que descansaban las tumbas de sus padres. Cada paso que lo acercaba, le hacía crecer en el pecho una sensación desagradable de nerviosismo.
Se detuvo en medio de la calle y miró a su alrededor. Nadie le prestaba atención, pero la sensación persistía.
Echó a caminar de nuevo y finalmente llegó a su destino. A su izquierda, la iglesia se alzaba silenciosa, como un mudo vigilante de las almas que reposaban por toda la eternidad en aquel lugar. Extendiéndose cientos y cientos de metros, las lápidas formaban un pequeño pueblo en si mismo, con sus calles y jardines.
Harry traspasó la verja de entrada que se cerró con un suave chirrido y se adentró por aquella ciudad del silencio. Parecía que el cementerio estuviese realmente encantado. El silencio imperaba casi por completo, como si hubiesen usado un hechizo silenciador. La sombra de la iglesia se proyectaba sobre la mayor parte de las lápidas, como queriendo protegerlas de miradas indiscretas, dejando algunas zonas en la penumbra incluso a aquellas horas de la mañana.
Harry se deslizó lentamente entre las tumbas, leyendo un nombre aquí y otro allí, sin prestar realmente atención a lo que leía. Algunas de ellas eran relativamente nuevas, mientras que otras, por el contrario, bien podrían llevar allí siglos.
El silencio cada vez se hacía más pesado, y la sensación en el pecho de Harry no hacía más que acrecentarse hasta el punto de ser incluso dolorosa. Tras varios minutos de deambular sin rumbo fijo, sus pasos se detuvieron finalmente en una gran lápida de mármol blanco. Sobre la base descansaba un precioso jarrón repleto de flores que hacía poco que se habían marchitado.
El joven se arrodilló y acarició con las yemas de los dedos el frío mármol que contenía el nombre de Lily Potter.
Dos traviesas lágrimas se escaparon finalmente de sus ojos y rodaron por sus mejillas. No había esperado vivir aquella situación hasta dentro de muchos años, y sin embargo, allí estaba, frente a lo que quedaba de lo que una vez fueron sus padres.
Sin molestarse en secar sus lágrimas, sacó su varita y con un pequeño floreo, hizo aparecer un ramo de flores. Quitó el ramo ya marchito del jarrón y lo substituyó por el nuevo.
Quizá el último que estuvo allí hubiese sido su yo de aquel mundo, antes de aquel extraño intercambio.
"Es justo" .Murmuró a nadie en particular. "Ya que él no puede hacerlo, vendré yo a visitaros"
Echó a un lado las flores marchitas y se dispuso a volver a la madriguera cuando por el rabillo del ojo vio un chorro de luz roja que iba directo hacia él. Con los reflejos que había adquirido gracias a tantos años jugando al quidditch, Harry se lanzó al suelo y rodó tras una fila de lápidas, esquivando la maldición por centímetros.
La maldición golpeó una lápida cercana, haciendo que varios fragmentos y esquirlas saltaran en todas direcciones. Harry sacó nuevamente su varita y gateó entre las tumbas, intentando no hacer ruido. No sabía quien lo había atacado, pero no tenía intención de ser una presa fácil.
Se acurrucó de espaldas tras una tumba en forma de cruz, situada en un pequeño montículo y escuchó con atención. No se atrevía a asomarse, por si descubrían su posición.
Por lo que podía escuchar, varias personas caminaban entre las tumbas, sin molestarse en ocultar sus pisadas. Los sonidos del exterior habían quedado ahogados por completo, y o mucho se equivocaba, o eso significaba que nadie podría oírlo.
"Tiene que estar por aquí" .Escuchó Harry que susurraba uno de ellos. "Lo he visto girar en esta dirección"
Los pasos se aproximaban cerca de donde Harry había estado gateando minutos atrás. Por los pasos que contaba, no debían ser más de tres personas, pero no podía estar seguro sin asomarse, y no tenía intención de hacerlo.
"No puede escaparse" .Dijo otra voz algo más lejana. "Mejor será cubrir más terreno. Tú y tú id por aquella zona y nosotros rodearemos aquellas tumbas de allí"
Harry se había equivocado en sus suposiciones. Los pasos que ahora se escuchaban por todo el cementerio sin duda eran de al menos seis o siete personas, y por lo que parecía, no tardarían en descubrirlo.
Aferró con tanta fuerza su varita que los nudillos se le pusieron blancos. Aunque no pudiera hacer gran cosa, no iba a caer sin luchar. No había llegado a aquel mundo para morir cuando allí ya no existía Voldemort.
Prestó atención hasta que los pasos se acercaron lo suficiente y tomando una gran bocanada de aire, giró sobre sí mismo y salió de su escondite.
El carroñero que se le había acercado tanto no esperaba encontrárselo de aquella forma, ya que a penas reaccionó antes de que Harry le apuntase con la varita.
"¡Desmaius!"
El haz de luz roja le acertó en medio del pecho, lanzándolo dolorosamente contra unas tumbas cercanas, pero antes de que el encapuchado hubiese terminado de caer, Harry ya se había vuelto a lanzar al suelo, esquivando aces de luz verde que pasaron casi rozándolo.
Debía moverse con rapidez, ya había dejado a uno fuera de combate, pero había delatado su posición a los demás, que se acercaban rápidamente.
Las maldiciones volaban entre las tumbas, golpeando lápidas y haciéndolas pedazos a su alrededor. Un chorro de luz morada le pasó muy cerca, y aunque no era una maldición asesina, no le gustó para nada el color. Seguro que no le habría deparado nada agradable.
Gateó nuevamente para ponerse a cubierto de las maldiciones, y de vez en cuando, lanzaba algún aturdidor, aunque sin mucho éxito.
"¡Vaya, Potter!" .Se mofó uno de los encapuchados que le daba parcialmente la espalda, gritando hacia donde Harry había estado unos segundos atrás. "¡Parece que has perdido facultades! ¡Nos habían dicho que eras buen duelista!"
"¡Desmaius!"
El chorro de luz roja le acertó en pleno lado de la cabeza y lo derribó contra un compañero, haciéndole perder el equilibrio.
De inmediato, cuatro chorros de luz verde se dirigieron en su dirección y Harry tuvo que esconderse una vez más.
No podía continuar así, era cuestión de tiempo que lo encontraran, o que los dos a los que había aturdido se despertaran y volvería a estar como al principio, solo que mucho más agotado. Tenía que encontrar un modo de escapar, y cuanto antes lo hiciera, mucho mejor.
No había hecho más que comenzar a alejarse gateando nuevamente, cuando la lápida más cercana estalló en mil pedazos.
"Ya me tienes harto, se acabó el esconderse" .Exclamó uno de ellos.
De inmediato, las lápidas de su alrededor comenzaron a estallar una tras otra, llenando el aire de polvo y esquirlas de mármol. Sin poder hacer otra cosa, Harry se puso en pie de un salto y comenzó a correr, evitando maldiciones que casi le rozaban y hacían estallar todas las lápidas donde intentaba esconderse.
Las carcajadas de los encapuchados no se hicieron esperar. Al parecer, habían hecho de aquello un juego de cazar a Harry, y no les importaba lo que tuviesen que destrozar en el proceso.
Una explosión cercana lo hizo saltar varios metros y golpearse dolorosamente contra una cruz cercana. Con el cuerpo magullado y sangrando por las esquirlas de piedra y mármol de las explosiones, Harry se encontró de rodillas y aturdido, intentando no sucumbir a la inconsciencia. Pequeñas motas oscuras le impedían la visión y las fuerzas le comenzaban a fallar, haciendo que los brazos se le doblaran.
Aún entre risas, los carroñeros que quedaban en pie se acercaban, apuntándole con sus varitas y disfrutando de aquel momento. A su alrededor se extendía la desolación de lo que habían hecho. Decenas de tumbas habían quedado destrozadas. Los pedazos de las lápidas se esparcían por los suelos mientras el polvo de las explosiones terminaba de asentarse en la superficie.
La cabeza le colgaba casi inerte a unos escasos centímetros del suelo, mientras los carroñeros terminaban de recorrer el espacio que los separaba de él. A penas estaba consciente, el mundo parecía haber comenzado a dar vueltas a gran velocidad y las manchas en sus ojos no hacían más que oscurecer el día que había amanecido tan luminoso. De pronto comenzaron a escucharse decenas de "crack" de apariciones por todo el cementerio y los hechizos y maldiciones surcaron el aire a su alrededor como si de fuegos artificiales se tratara. Un último crac sonó frente a él, y lo último que vio antes de que la oscuridad lo cubriera por completo, fue una larga melena pelirroja y unos fieros ojos castaños, que se materializaron de la nada como el más temido ángel vengador.
