K project no me pertenece.

Emparejamiento: Fushimi Saruhiko x Yata Misaki. School AU.

No es genderbender.


La perspectiva de Yata Misaki.

Ir al parque de atracciones a los nueve años es lo más divertido del mundo, así pensaba Yata Misaki mientras caminaba de la mano de su madre.

No podía participar en la gran mayoría de los juegos y eso le fastidiaba un poco, pero lo olvidaba rápidamente cuando subía a las tacitas o los autos.

Llevaban ahí apenas una hora y Misaki ya se había subido a todo lo que podía, arrastrando a su mamá sonriente durante todo el trayecto, quien le tomaba foto tras foto con la cámara fotográfica que había llevado.

Hubo un momento en que ella tuvo que ir al baño y le pidió que se quedara quieto al lado de un árbol. Él iba a cumplir, en serio, pero vio como una niña salía a prisa del baño, dejando caer algo sin querer.

Ese bobo sentido heroico nacido tras ver tantas películas y mangas para niños despertó en aquel momento; recogió lo que resultó ser un cubo de rubik y corrió por donde se fue la niña. Por suerte no la perdió de vista y le dio alcance fuera de un puesto de helados.

¡Oye!—le gritó Misaki. La niña ni siquiera le miró, así que tuvo que acercarse más.

Llegó frente a ella y recién en ese momento fue tomado en cuenta.

¿Qué?—la voz de ella era demasiado suave, pero también parecía no tener interés alguno en él.

Su mamá le había enseñado el significado de indiferencia hace mucho, ahora tenía una persona como imagen para ello. No le gustaba mucho la palabra, pero la niña no parecía mala persona.

Se te ha caído esto—tendió el cubo de colores. Ella soltó un pequeño 'Oh' y lo tomó de su mano, luego lo guardó en el pequeño bolso que traía.

Se quedaron en silencio por unos segundos, entonces Misaki notó que ella miraba el puesto de helado. Como si se hubieran sincronizado, las pancitas de ambos rugieron.

Al igual que el grito de la madre de Misaki.

¡Yata Misaki, te he dicho que te quedes al lado del árbol!—le regañaba la mujer a medida que avanzaba hacia ellos, hecha una furia. — ¿Sabes lo preocupada que me puse cuando...?

Cortó sus palabras al ver a la chica al lado de su hijo. Entonces una sonrisa de tintes comprensivos reemplazó su mueca molesta.

Hola, pequeña—saludó— ¿Cómo te llamas?

La niña ahora lucía cohibida y contestó un tanto insegura, desde la perspectiva de Misaki.

Saru...ko.

Oh, Saruko-chan—honestamente, la madre del pequeño castaño parecía más entusiasmada que él. Tal vez por lo linda que se veía esa chica, o lo tierna que era al ponerse nerviosa...

¿Eh?

¿Acababa de pensar que esa niña se veía bonita?

Las mejillas de Misaki se arrebolaron bastante. Para salir del apuro, señaló el puesto de helados y dijo a su mamá:

¡Creo que Saruko quería un helado, vamos por uno, por favor!

Espera, Misaki, primero debes invitarle correctamente—puntualizó su madre. Él le miró confundido, sin saber muy bien qué hacer sólo habló.

Uh, ¿quieres venir conmigo?

Saruko se quedó callada unos segundos hasta que la primera sonrisita apareció en su cara, pequeña y burlona.

¿Cómo una cita?

La primera cita de mi bebé—la mayor tomó su cámara e iba a tomar una foto, pero Misaki, más rojo que antes, se adelantó y tomó la muñeca de la pequeña morena, comenzando a caminar hacia el puesto de dulces.

¡No se rían de mí! —reclamaba, ante la diversión de las dos féminas.

Al final, la pequeña invitación a un helado se convirtió en una especie de cita real–con chaperona- cuando Misaki se enteró de que Saruko no había subido a ningún juego. Como todavía era temprano, su madre aceptó ir a un par de juegos más.

Otra vez tacitas, carrusel y más. Pero Saruko a último momento hizo su primera petición: ir a la noria. Ambos Yata asintieron, satisfechos de que ella se expresara abiertamente aunque fuese para una simple pregunta.

Ya en la noria, Saruko se acomodó en un rincón de ella y pronto Misaki se unió a su lado. La madre del castaño se quedó un poco más alejada de ellos, en los asientos contrarios, sonriendo divertida de ver a su hijo tan entusiasmado. Era obligatorio que un adulto subiera si se trataba de niños.

La chica miraba distraída el paisaje, cambiando este solo un poco a medida que ascendían. Misaki señalaba cada cosa que llamaba su atención o contaba historias bobas e infantiles mientras la morena asentía, una mueca relajada permanecía en su faz mientras escuchaba al otro chico.

Pero eso se esfumó pronto, tornándose a una expresión entre molesta y asustada. Misaki nunca supo que fue lo que vio Saruko para poner esa cara, pero una vez que su cabina tocó el suelo la niña se irguió a prisa y parecía dispuesta a correr de ahí hasta que Misaki le detuvo, cogiendo su delgado brazo.

¿Qué pasa?

Debo irme—contestó ella, mostrando más emociones que antes: miedo y abatimiento. Esto último se contagió a Misaki.

¿Nos volveremos a ver?

Yo...

Saruko miró a los lados, sus ojos se detuvieron por momentos en la madre del chico, que miraba sin interferir. Inhaló con fuerza antes de que sus manos se aferraran a los hombros de Misaki y le acercó, tan rápido que el otro no tuvo tiempo ni de decir pio.

Un beso casto, torpe y superficial que se supone iba a la mejilla se desvió a los labios cuando Misaki volteó un poco.

La señora Yata jadeo mientras miraba, emocionada.

Cuando la morena se separó, pasados escasos dos o tres segundos, aprovechó el estado de aturdimiento en Misaki para salir de ahí. Sus mejillas estaban sonrojadas y sólo asintió a la mujer antes de irse.

Los pequeños dedos de Misaki se dirigieron lentamente hacia su rostro. Había un raro hormigueo en ellos y recién ahí se dio cuenta de lo que acababa de pasar. Cubrió su boca con sus manitos y retrocedió, cayendo de sentón sobre su trasero.

Entonces su madre comenzó a reír, y cuando él le miró notó que era apuntado con la cámara fotográfica.

¡Cariño, eres un pequeño tomate ahora mismo!

¡Mamá! —le gritó, rojísimo a más no poder. Salió de la noria y miró hacia todos lados, intentando encontrar a Saruko para reclamarle. Pero no había rastro alguno de ella.

Ella sí que corre rápido—dijo su madre tras de él—. Al menos conseguí una buena antes, el primer beso de mi bebé fue robado frente a mí, quién lo diría.

Misaki hizo combustión.

Pasó el resto del día refunfuñando molesto e intentando ignorar las burlas de su mamá.

Estuvo realmente enojado con Saruko durante los primeros días, pues ella había robado como si nada su primer beso y ahora cada vez que una niña se acercaba, Misaki se ponía demasiado nervioso y comenzaba a tartamudear, provocando risas.

Poco a poco su enojo fue menguando, entonces las preguntas en su cabeza cambiaron de "¿Por qué me beso?" a "¿Le volveré a ver?"

Y cada vez que miraba la foto que tomó su madre tenía la certeza de que realmente quería verle de nuevo. Era una toma de ambos en esa cabina, él hablando y ella escuchando; sus bonitos ojos azules tras el marco grueso de los lentes miraban a Misaki con interés mientras una de sus manos jugaba con el largo cabello negro de princesa.

No volvió a verle, pero tampoco dejó de pensar en ella.

—El chihuahua está soñando despierto otra vez.

La burla de Eric sacó a Misaki de su ensoñación. Lanzó un borrador que el rubio esquivo fácilmente y le dio su mejor mirada de Muérete, estúpido rubio de pacotilla.

—Chicos, no peleen ahora—como siempre, Kamamoto intentó armar paz entre ambos—. La maestra viene hacia acá.

—Es culpa de este idiota—se defendió Misaki, escondiéndose tras su libro para disimular. Surt murmuró:

—Mejor sigue pensando en tu princesa.

— ¿Algo que quieran compartir con la clase?

—N-nada, señorita Awashima—respondió Rikio, demasiado nervioso.

La maestra de matemáticas parecía dispuesta a replicar, más los toques en la puerta salvaron al problemático par. Ella se dirigió ahí y al abrir encontró al director Ichigen, sonriendo tan relajado como siempre.

Ambos hablaron fuera un par de minutos y cuando la mujer reingresó al salón carraspeó para llamar la atención de todos.

—El director me informa que tenemos un nuevo estudiante, sean amables con él—dijo, tan segura como siempre. Hizo una seña a la puerta abierta—. Adelante, puedes presentarte.

Un completo raro, esa fue la primera impresión que tuvo Misaki de Fushimi Saruhiko.

El tipo había caminado ligeramente encorvado y con las manos en los bolsillos hasta detenerse al lado de la maestra y murmuró su nombre, mirando al suelo con completo desinterés.

Cabello negro desordenado y lentes de montura gruesa, seguro era un nerd también.

— ¿Hay algo que quieras compartir sobre ti, Fushimi? —Awashima no estaba feliz por la actitud de su nuevo estudiante, eso estaba tan claro como el agua.

—No.

—Está bien, como prefieras—la rubia maestra inspeccionó el aula rápidamente y su mirada se detuvo en un asiento vacío, al lado de la pared, casi al fondo del salón y dos pupitres a la izquierda de Misaki.

Lo que quería decir que Kamamoto era el más cercano, y con toda su amabilidad el chico rellenito quiso saludar al nuevo cuando tomó asiento.

—Eh, bienvenido, Fushimi.

El moreno ni siquiera le miró.

— ¡Oi, respóndele algo al menos! —la fácilmente alterable actitud de Misaki le hizo reaccionar para apoyar a su amigo.

—Yata-san, está bien...

—Yata Misaki—la maestra se sumó a su intercambio y el castaño se puso nervioso de inmediato—. Ya que muestras tanto interés en la socialización de Fushimi, tú serás quien le enseñe la escuela en las horas de receso.

—Pero...

—Y si vas a fingir interés en mi clase al menos levanta el libro indicado, yo enseño matemáticas, no inglés.

—Yo...

—Dicho esto, prosigamos con los ejercicios de la página quince.

Con las mejillas rojas, la mirada preocupada de Kamamoto y las risas de Surt de fondo, Misaki decidió que sería un mal día.

También decidió que todo era culpa de su nuevo compañero.


—Fushimi, levántate.

Al finalizar el primer periodo y para no arriesgarse a un regaño real de la maestra Awashima, Misaki se dirigió frente al puesto de Fushimi para cumplir con su obligación.

El de ojos azules ni siquiera alzó la vista de su móvil, ignorándole por completo. Una venita se hinchó en la frente de Yata y golpeó la mesa con un puño, ganando la atención de los pocos que se habían quedado dentro del salón.

Recién ahí Fushimi le miró, con tal indiferencia que tuvo que tragar saliva.

Oh, estúpido.

— ¿Qué quieres, enano?

—No me llames así, imbécil—se controló lo mejor que pudo para no dar otro golpe, esta vez en la cara de ese idiota—. Debo enseñarte la escuela, vamos.

—Tsk, que molestia—chasqueó la lengua el otro, bajando otra vez la mirada a su móvil—. No es necesario, si pregunta le diré que sí lo hiciste.

—Tú obviamente no conoces a "la mujer desalmada", ella se enterará si no lo hago.

Escalofríos recorrieron todo el cuerpo de Yata ante la mera idea de mentirle a la maestra de matemática. Después de todo, Awashima Seri no se había ganado el apodo por nada.

Fushimi volvió a chasquear, a este punto le salía tan natural como respirar. La silla hizo un feo ruido cuando la empujo hacia atrás y se levantó con pesadez. Con fastidio Misaki notó que le ganaba por al menos una cabeza de altura.

Maldito larguirucho, nerd, bicho raro.

En silencio caminaron fuera del salón, Misaki por delante. Su idea de enseñar la escuela había caído en un simple recorrido, no tenía por qué hablar con el moreno de todas formas, sólo guiarle. Era demasiado estúpido e innecesario como dijo el otro, pero, una vez más, no quería ser castigado de la peor forma por esa mujer.

— ¿Ese chico es el nuevo?

—No está nada mal.

—Es muy alto, me encanta.

—Luce misterioso, es mi tipo.

—Yo si me dejo hacer de todo por...

Había intentado ignorar los murmullos, pero a esas alturas fue imposible. ¿Qué diablos pasaba con las chicas? Por si fuera poco, algunos hombres también miraban en su dirección con interés, era realmente escalofriante.

Es decir, Fushimi no estaba del todo mal, hasta era un poco atractivo, pero no era para tanto. Borra eso. Misaki no pensaba que fuera guapo o algo así, simplemente era honesto en que era bien parecido y...

Y se estaba desviando del tema, es todo.

—La biblioteca está doblando este pasillo, supongo que ya sabes lo del pase para sacar los libros.

—Sí, lo sé—respondió Fushimi—. Puedes dejarme aquí, ya nos vieron lo suficiente.

—Uh, pero...—quiso contradecir Misaki, pero no encontró falta de razón en las palabras de su contraparte.

— ¿O quieres estar más tiempo juntos, Misaki?

—Es Yata, no ese—respondió el castaño de inmediato, arrugando el entrecejo.

— ¿Misaki? —el nombre de pila volvió a abandonar la boca de Fushimi, enervando todavía más al castaño. —Pero así es tu nombre, Misaki.

— ¡Deja de repetirlo!—perdió la paciencia el susodicho, deteniendo su caminar—. No me llames así, maldición.

— ¿Cómo quieres que te llame, entonces? —Saruhiko se detuvo, también, con falsa curiosidad—. ¿Enano?

—Diablos, no.

— ¿Pigmeo?

— ¿Qué es eso...?

—Gnomo, tal vez.

—Oye...

—O lilipu...

— ¡Basta! —vociferó Misaki, comprendiendo al fin las burlas del idiota de gafas. — ¡Eres un tipo idiota y espeluznante, idiota!

—Dijiste idiota dos veces en la misma frase, Misaki—la respuesta calmada del más alto sólo logró cabrearle más. En un arranque, le empujó lo suficientemente fuerte para que chocara contra la pared, luego retrocedió.

—Me largo, idi...—consciente de que estaba a punto de repetir la palabra negó con la cabeza—. ¡Agh, es todo, adiós!

Partió, dejando atrás a Fushimi, quien no se movió durante varios segundos.

—No sé si es peor tu estupidez o tu mala memoria, Misaki—soltó, acomodando sus gafas con hastió.


Así estaba bien, entonces.

Idiota espeluznante, larguirucho, nerd y raro.

¿Cuál era la necesidad de ser tan antipático, de joder la existencia ajena? No tenía idea, pero a Fushimi se le daba tan bien como chasquear la lengua.

Yata suspiró, rendido. Aprovechó estar solo en ese rinconcito a las afueras del edificio principal para sacar su cartera del bolsillo trasero, a su vez, de ella sacó un papel algo envejecido.

Era la foto de Saruko, su pequeño tesoro.

Aprendió a verla cuando tenía privacidad suficiente, pues sus amigos –Eric Surt- solían burlarse de él por eso. Amistosamente, está bien, pero seguía siendo vergonzoso para Misaki. Para él era muy importante, la niña que conoció ese día había significado más para él que una compañera de juegos pasajera. En palabras de Kusanagi, -el dueño del bar en que ayudaba a medio tiempo- lo que sentía era un enamoramiento infantil que se había extendido por demasiado tiempo. Cosas de niños, según él.

Pero Yata sabía que era algo más profundo, porque si no, no le importaría tanto. En sus sueños y deseos más profundos, algún día iba a encontrar de nuevo a Saruko, lo había pedido cada año cuando apagaba las velitas de su pastel de cumpleaños.

¿Cómo se vería ella? Examinó la foto, como tantas veces había hecho. Seguro sus pestañas y cabello habían crecido, como brillante seda negra; sus ojos se habrían vuelto más vivos, eso esperaba, pero ojalá mantuvieran ese toque pacifico que había memorizado Misaki en su cabeza.

No podía tomar la imagen de nadie para hacer una posible comparación, pues no había visto a alguien con sus características una vez más, convirtiéndola en una persona única todo ese tiempo.

Aunque...

Misaki ladeó la cabeza, luciendo concentrado.

Cabello negro, ojos azules, piel pálida y lentes de marco grueso.

¿Por qué ahora le sonaba familiar de otra forma?

Ante ese pensamiento su cabeza recreó a alguien; chasquido, mueca molesta, caminar encorvado.

No, no y no. Debía frenar ahí.

No había manera en que Fushimi Saruhiko se pareciera a su linda Saruko.


Resultó ser que Fushimi aparentemente era un genio, o algo así escuchó y vio Misaki. El tipo prestaba casi nula atención a las clases, sin importar de qué asignatura se tratara, pero cuando le hacían preguntas o le llamaban al pizarrón contestaba de forma perfecta.

Cada. Maldita. Cosa.

Quien parecía a punto de explotar con la actitud del nuevo estudiante era la maestra Seri, pero tomando en cuenta los buenos resultados del moreno le era difícil encontrar motivos para castigarle. Para Misaki era una cosa bastante injusta, aunque él no fuera precisamente un estudiante modelo...

Pero lo que ocurría dentro del aula no volvía inmune a Fushimi fuera de ella.

Pasó cuando Misaki regresaba a la escuela, luego de recordar que dejó su libreta de inglés ahí y tenía un examen al día siguiente de dicha materia. Iba en su patineta, tarareando una canción que le resultó pegajosa, cuando cierta escena llamó su atención.

Era un trio de tipos enormes rodeando a alguien, todos vistiendo el conocido uniforme de su escuela, Ashinaka. Misaki, enervado, se dirigió hacia ellos y una vez estuvo lo suficientemente cerca les gritó:

— ¡Oigan!

De inmediato voltearon hacia él, y con la poca distancia Misaki pudo ver a quién rodeaban. Nada más, ni nada menos, que Fushimi Saruhiko.

— ¿Qué quieres, enanito? —le preguntó uno de los tipos, con cara de estreñido—. Estamos ocupados aquí, por si no lo notaste.

— ¡No me llames enanito! —reaccionó Yata, de inmediato. Luego reposó su mirada en Fushimi, una vez más—. Ugh, ¿estás bien?

Pese a que su uniforme estaba un poco desarreglado y uno de los matones le agarraba del cuello de la camisa, el rostro de Fushimi había lucido completamente indiferente hasta ese momento. Cuando reconoció al castaño puso cara de mala leche, como siempre.

—Misaki, no deberías entrometerte en lo que no te importa.

—¿Aaah? —soltó el nombrado, acercándose y empujando al tipo que sujetaba a Saruhiko en el proceso, sólo para ser el mismo quien le cogiera de la camisa, molesto —. ¿Esa es tu forma de agradecer que venga a ayudarte?

— ¿Estas preocupado por mí? —sus lentes destellaron al sol—Que lindo.

Las palabras del moreno le dejaron boquiabierto, y estaba a punto de negarlo por completo cuando una tosca mano se posó en su hombro.

—No nos ignoren, mocosos —habló el que parecía el líder, el mismo que tenía a Fushimi antes —. Sólo dame tu maldito dinero y no tendrán más problemas.

—Él no te dará nada —es Misaki quien respondió, volteándose para hacer frente a los idiotas. Los tres eran como malditos titanes para él, pero eso no le afectó en absoluto.

— ¿Qué eres, su novio? —se burló uno de los tipos. Yata enrojeció y su puño respondió por él, dando el primer golpe.

Lo siguiente fue un revuelo de extremidades buscando hacer daño, Misaki se enorgullecía profundamente por sus buenos reflejos y fuerza bruta, mismos que le permitieron ir a la par, recibiendo el menor daño posible. Pero bastó un instante de descuido para joderse, porque cuando escuchó algo tras él giró, notando como uno de los matones había sacado una navaja y estaba a punto de apuñalarle.

Maldijo fuerte, preparado para el dolor que se avecinaba, pero este nunca llegó, al igual que la puñalada. Fushimi había dado un certero golpe en el cuello del atacante y este había caído al suelo, inconsciente.

No lo había procesado todavía y el moreno ya le había cogido de la muñeca para luego correr de ahí, dejando atrás a los mayores que sólo pudieron gritar insultos mientras auxiliaban a su colega.

— ¡Eso ha estado increíble! —fue lo primero que soltó Misaki cuando se detuvieron, cerca de la zona comercial de la ciudad. Fushimi le miró enarcando una ceja, confuso.

— ¿Ser golpeado por tres cabezas huecas es genial para ti? —le preguntó.

—Por donde lo veas han salido peor ellos —contestó Yata, brazos en jarra y porte orgulloso.

—Eres un tonto, Misaki —el chico sombrío suspiró y se acercó al castaño, que sólo le miró curioso. La curiosidad se volvió nerviosismo cuando una fría mano se posó justo sobre su mejilla.

El contacto ardió.

—Menudo golpe te han dejado aquí.

—N-no ha sido para tanto.

—Me sorprende que no se te saliera el cerebro con eso, con lo pequeño que debe-

— ¡Oh, cállate! —Misaki le empujó. Echó un rápido vistazo al cuerpo ajeno y luego desvió la vista. Rascó su nuca y preguntó—. ¿No te hicieron nada, cierto?

—No, —Fushimi se encogió de hombros— por suerte un príncipe valiente llegó, hurra.

El completo sarcasmo hizo que una vena se retorciera en la sien de Yata.

—Sólo vi a un completo idiota en problemas, no es como si tú pudieras ser mi princesa—contestó, intentando devolverle la burla. Pero Fushimi no pareció afectado, de hecho habló con muy fingido sufrir.

—Oh, estoy tan afectado por eso—retrocedió unos pasos, dio la vuelta y comenzó a alejarse—. La próxima vez no te metas.

— ¿No dirás nada, maldito malagradecido?

Fushimi volteó una vez más, en su rostro una sonrisa sospechosa. Deshizo la reciente distancia en largas zancadas y antes de que Misaki reaccionara se acercó y le dio un beso en la mejilla.

—Gracias, Misaki.

Yata quedó K.O el tiempo suficiente tiempo para que el moreno se alejara. Sintió un extraño déjà vu y su cara comenzó a calentarse luego de veinte segundos exactos.

—T-t-t-t-t-tú...—sin lograr componer algo coherente, aspiró una gran bocanada de aire y gritó después— ¡MALDITO FUSHIMI, MONO DE MIERDA, NO OLVIDARÉ ESTO!


En efecto, no lo olvido.

Pero la forma en que lo pensaba no era la correcta.

Incluso su madre le preguntó durante la cena, preocupada, si le había ocurrido algo. Misaki había negado fervientemente y por alguna razón ella empezó a sonreír de una forma extraña, luego le insinuó algo de Saruko siendo engañada por su pequeño hijo y el castaño tuvo que contener los gritos de frustración. Porque gritar en la mesa a su madre sería una sentencia de muerte, o peor.

Lo más horrible del caso es que, cada vez que pensaba en el hecho de la tarde, sentía la sangre subir a su rostro. Y a la ira se sumaba la vergüenza, a la vergüenza la curiosidad y de ahí en más ni quería pensarlo.

Oh, mierda. ¿Qué pensaría su Saruko de todo eso? Vale, no es como si fueran algo, pero había desarrollado una –estúpida para algunos- fidelidad hacia la chica, prometiendo guardarse sólo para ella.

Nunca permitió que nadie se le acercara en plan íntimo, luego llegaba ese estúpido y...

¡Agh!

Todo eso dio como resultado que al día siguiente estuviese parado fuera de la escuela, con todo el porte de mala leche que pudo reunir, esperando al culpable de su tortura mental.

Bastó verle para dirigirse a paso firme hacia él. Fushimi, quien iba con los ojos clavados al móvil mientras caminaba, alzó la vista al ser sujetado del cuello de la camisa por segundo día consecutivo.

Al menos era el idiota de Misaki y no un matón mal hecho, pensé. Probablemente.

—¿Necesitas algo, Misaki? —preguntó Saruhiko con total calma.

—¡Y todavía preguntas! —Aireado, Yata ni siquiera se quejó al ser llamado así. Afianzó el agarre en la prenda blanca y siseó— ¿Cómo te atreviste a b-besarme ayer, maldito raro?

—Primero, Misaki, es normal preguntar qué le ocurre a un tipo que te aborda de esa forma—Fushimi no hizo intento de soltarse y siguió hablando—. Y segundo, no me llames raro si eres tú el que se sonroja de esa forma sólo por hablar de un beso en la mejilla, enano virgen.

—¡No estoy avergonzado ni nada! —intentó Yata salvar su dignidad. Inútilmente, claro, pues en efecto, sentía su rostro arder—. No me digas virgen, maldición, simplemente no debiste hacer eso porque, para que lo sepas, tengo a alguien especial y sólo aceptaré esas cosas de ella.

El moreno enarcó una ceja, totalmente escéptico.

— ¿Sabes que algún día tendrás que separarte de tu madre, cierto?

— ¡No es mi madre! —gritó el castaño, más rojo que antes. Soltó al otro y sacó su cartera del bolsillo trasero. La abrió y sacó la foto que tanto había estado cuidando por años—. Es ella, la única para mí.

Es difícil explicar el rostro que colocó Fushimi nada más ver la foto. Incredulidad, enojo, vergüenza y nerviosismo mezclados.

Misaki llevaba años enamorado de Saruko, por ese motivo no sintió timidez alguna al mostrar su tesoro a ese idiota y ponerle en su lugar.

Craso error, porque todo se fue a la mierda cuando Fushimi le arrebató la foto y la rompió, pedazo a pedazo.

Desenlace en la siguiente parte.