Capítulo 10.
Durante una semana Joanna fue preparando una bolsa con las cosas que trajo de Asgard, incluida su daga, su vestido, además de comida, la espada de Victor y el libro de hechizos. Todo ello a escondidas de su hermana y dos de sus hijos, esperaba que Wendy no se diese cuenta hasta que fuese demasiado tarde aunque sabía que no sería muy fácil.
Ahora esperaba a Ingrid en la entrada al portal con todo listo, faltaban todavía cinco minutos para la hora en la que habían quedado pero realmente no podía esperar más para ir a por él, no podía vivir sin él. Ingrid llegó puntual y abrazó a su madre con fuerza, sabiendo que pasaría mucho tiempo hasta que pudiese hacerlo de nuevo. Joanna le correspondió el abrazo con la misma fuerza, acariciaba su pelo con cariño y por primera vez en dos meses se estaba preguntando si era tan buena idea como creía, si no lo conseguía lo más probable era que tampoco ella volviese a casa. Negó despejando esos pensamientos, estaba decidido, iba a hacerlo; le dio un beso a Ingrid en la mejilla.
-Te quiero mucho cariño, recuerda que si preguntan por mí he ido a ver a Harrison, convéncete a ti misma de ello, intenta creértelo.
-Te quiero muchísimo mamá –asintió con lágrimas en los ojos- lo haré, intentaré que se lo crean. Si en tres semanas no estás aquí se lo contaré todo a Wendy.
-Sé que sí. Hazlo.
Ingrid puso ambas manos sobre el portal y este se abrió dejando escapar una onda de energía que las hizo tambalearse. Joanna le dirigió una última mirada a Ingrid y le sonrió, por primera vez en ese tiempo, con esperanza, una esperanza sincera y que no sabía que tenía; sólo la muerte le impediría traer a Victor de vuelta. El portal se cerró tras ella, no había vuelta atrás.
Joanna miró a su alrededor, el lugar que antes era un bosque ahora no era más que un cementerio de huesos y cenizas. Sintió ganas de llorar al ver que lo que antes había sido su hogar, un lugar puro, lleno de vida, pureza y armonía se había convertido en un mundo donde sólo habían cenizas y restos de personas y animales. Al este se veían las agujas del castillo que antes habían sido su casa, el sitio desde donde su padre gobernaba todo Asgard; volvió su mirada al oeste, el lugar donde se ponía el sol, un lugar que tato mortales como inmortales temían, al oeste se veía la silueta recortada del Valhala, siempre se veía se mirase desde donde se mirase, era cómo una brújula permanente, era el lugar donde residían los muertos.
Joanna sujetó bien su bolsa, miró el portal y suspiró. Comenzó a andar hacia el oeste, podría llevarle horas, días, semanas… nadie lo sabía seguro, todos los que lo habían intentado nunca habían vuelto, nadie sabía cuánto se tardaba en llegar al Valhala y nadie quería saberlo desde hacía mucho. Tras más de diez horas caminando abandonó el cementerio en al que había llegado en primeras instancias para adentrarse en un bosque, antes de pasar la linde se sentó sobre los restos de un tronco medio quemado y comprobó su mapa, de esta forma confirmo que se trataba del Bosque del Oeste. Después de descansar un poco y beber un poco de agua guardó todo y se dispuso a continuar su viaje, si siquiera tenía hambre, no había comido casi desde que Victor murió, no tenía ganas de hacerlo y ni siquiera diez horas de caminata le habían abierto el apetito. Suspiró y miró hacia arriba, perdiendo de vista las copas de los árboles. El Bosque del Oeste se caracterizaba por sus árboles de más de veinte metros de altura, su abundancia en plantas y animales venenosos y que nadie se atrevía a entrar en él; sin embargo Joanna ya había estado allí muchísimas veces antes, conocía un camino seguro cerca de la Gran Cordillera, sólo necesitaba llegar hasta él, atravesando un par de kilómetros de bosque.
Recordaba haber quedado con Victor en una cueva escondida en el bosque, dentro del camino seguro, estaba en muy buenas condiciones cuando ellos usaban una de sus cavidades cuando querían estar solos, seguramente con el hechizo que le hicieron seguiría intacta y podría pasar la noche allí. Cada vez le era más difícil caminar, estaba agotada y el sol se estaba poniendo; sus sentidos se iban nublando poco a poco, necesitaba parar, no podría seguir mucho tiempo más, el problema era que si lo hacía, Joanna tenía claro que moriría de una forma u otra. El cansancio y sus efectos evitaron que Joanna escuchase las pisadas de varias personas que se le acercaban, estas personas la estaban siguiendo a ella por una razón muy simple, sus perseguidores habían construido su refugio en esas cuevas a las que ella iba, el único pensamiento de la bruja era llegar hasta allí antes de desfallecer, no se paró a pensar que alguien pudiese estar empleando esas cuevas para vivir, nadie sabía lo seguras y secretas que eran, era imposible que se pudiese estar tan desesperado.
Estaba cansada. Muy cansada. Demasiado cansada. Tan cansada que su cuerpo no le obedeció cuando alguien envolvió un saco alrededor de su cabeza y la inmovilizó con un hechizo, las personas que la seguían no iban a permitir que una forastera arruinase todo lo que habían logrado, la matarían si era necesario.
