CAPITULO 9
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Se mantuvo alejado de Serena durante los tres días siguientes. No la estaba evitando, solo le estaba dando tiempo para pensar adonde quería que llegara su relación. Y de paso se estaba dando tiempo a él para hacer lo mismo.
Sin embargo, esos días no le sirvieron para llegar a ninguna conclusión y, por otro lado, tampoco había hecho muchos progresos en la investigación de Andrew a excepción de haber descartado a la mayoría de las mujeres que había en su lista de sospechosos.
Pero se saco de la cabeza el caso Tsukino y todo lo demás porque era jueves y tenía una cita.
Se puso traje y corbata para la ocasión e incluso paro en una floristería de camino.
Aquella era una gran noche para Rini, y Darién sabia que estaría nerviosa y emocionada. Le encantaba bailar, hasta había revoloteado por todo el salón para enseñarle su parte del numero. Pero también sabía que era su primera actuación delante de público y que estaba triste porque su padre no podía verla.
- Papi me lo compro – le dicho a Darién cuando le enseño su traje – y me dijo que estaba deseando vérmelo puesto en un escenario – después los ojos se le habían llenado de lagrimas aunque las había contenido – Pero no puede venir porque ahora esta en la cárcel y va a llevarme tía Serena. Pero sobra otra entrada, así que, si quieres puedes venir.
Y no había podido negarse de ningún modo.
Un sentimiento que claramente no compartía su hermano cuando le abrió la puerta a Darién vestido con unos vaqueros con agujeros en las rodillas y una camiseta de Los Gruesomes.
- No vienes – supuso Darién.
- Me he salvado por un trabajo que tengo que hacer para la clase de sociales. Voy a pasar la noche en casa de Peruru investigando a los aborígenes de Australia en lugar de ir a ver a mi hermana revoloteando con un tutú.
- ¿Para cuando es el trabajo?
- Para mañana.
Darién había hecho lo mismo de niño, había esperado hasta el último momento para hacer sus deberes, de modo que lo único que le dijo fue:
- Buena suerte.
- Lo mismo digo – dijo Sammy cuando se colgó la mochila del hombro y salio por la puerta.
- Sammy, ¿he oído que…? – la pregunta de Serena quedo en el aire cuando se topo con él.
Llevaba un vestido rojo que resaltaba el blanco de su piel. El cuello en pico revelaba un sutil escote y el vestido se ajustaba en la cintura para luego caer hasta las rodillas formando ondas. Se había maquillado; sus ojos parecían más grandes de lo habitual y más azules, y llevaba los labios pintados del mismo color vibrante que su vestido.
Siempre se había sentido intrigado por su mezcla de sensualidad y dulzura, pero esa noche sin duda estaba sexy. A Darién le hizo falta un minuto para recuperar el aliento y unos segundos más para poder hablar.
- Estas… impresionante.
- Gracias – dijo ruborizada – Tú también estas guapo, pero… ¿qué estas haciendo aquí?
Al parecer Rini no había informado a su tía de la invitación que le había hecho.
- Tu sobrina y yo tenemos una cita.
- Oh.
Y entonces la niña apareció corriendo.
- Has venido.
- Claro que he venido. Y – le dio el ramo de tulipanes que tenia detrás de la espalda – esto es para ti.
- ¡Gracias! – la niña susurro las palabras con la misma cautela con que acepto las flores antes de darle un beso en la mejilla.
Y de pronto él se vio en peligro de perder el corazón por esa niña que parecía un ángel.
- ¿Por qué no vas a buscar tus zapatos mientras yo pongo las flores en un jarrón? – le sugirió Serena a la pequeña.
Al alzar la vista, Darién vio el brillo de las lágrimas en los ojos de Serena antes de que ella se diera la vuelta y se dirigiera a un armario.
- ¿He hecho algo mal? - le pregunto cuando Rini ya se había ido.
- No – lleno el jarrón de agua y coloco los tulipanes dentro –. Has hecho exactamente lo correcto.
Dejo el jarrón en el centro de la mesa y se acerco a darle un beso en la mejilla exactamente como lo había hecho su sobrina.
- Gracias.
Y Darién fue consciente de que también corría el peligro de perder el corazón por ella.
Fue una noche mágica para su sobrina y Serena se alegraba de ello. Sabía que la presencia de Darién no la había hecho olvidar la presencia de Andrew, pero había ayudado a hacer de aquella actuación algo más especial todavía para ella.
¡Hasta se había puesto traje y corbata y le había llevado flores! Recordar la expresión de sorpresa de su sobrina al verlo la hizo emocionarse otra vez.
O tal vez la causa de las lágrimas era estar viendo a la niña subida a un escenario.
Y Darién, que de algún modo sintió esa emoción, le tomo la mano sin apartar la vista del escenario.
Después de la actuación, Rini dijo que tenía hambre y él propuso ir a tomar una pizza. Finalmente decidió pedir una extragrande para poder llevarla a casa y compartirla con Sammy, Peruru y la señora H.
A Serena le extraño que quisiera, no solo estar con sus sobrino, sino también con la viuda y su nieto que vivían en la casa de al lado. Y le preocupo no poder apreciar el amable gesto sin sospechar que pudiera tener otros motivos para hacerlo. Como si todos los actos de amabilidad de Darién fueran parte de su plan para llevarla a la cama.
Pero si eso era verdad, al menos tenia que reconocer que se estaba esforzando, y eso era mucho más de lo que Seiya había hecho nunca. Su ex no se había molestado en saber nada de su familia, ni de sus amigos ni de sus intereses. Se había limitado a dar por hecho que si el pagaba la cena luego tenia derecho a una compensación.
Algo a lo que ella no se había negado. No, había estado demasiado cegada por el deseo como para darse cuenta de que la estaba utilizando.
Y temía volver a sentir ese deseo. Pero no era lo mismo. El de ahora era más fuerte e intenso, y a medida que pasaban los días, le resultaba más y más difícil ignorarlo.
Pero no era momento de pensar en ello, se dijo al salir de la pizzería. Era la noche de Rini y no dejaría que sus dudas y miedos la arruinaran. Hasta que se cruzaron con Mina Aino en el estacionamiento.
Mientras Serena permanecía a cierta distancia de la mano de su sobrina viendo como la mujer saludaba a Darién, sintió un frío cada vez más fuerte por dentro. No fueron la sonrisa ni el abrazo lo que la inquieto, sino darse cuenta de quien era esa mujer.
Cuando Darién hizo las presentaciones la ayudante del Fiscal de Distrito también reconoció a Serena, aunque parecía no recordar donde se habían visto.
Pero Serena no tenia esas dudas. Nunca podría olvidar a esa mujer porque ella era la persona que había metido a su hermano a la cárcel.
- Lo siento – dijo Darién en el coche de camino a casa de la señora Harbison.
- No podías saber que íbamos a encontrárnosla – intento quitarle importancia.
- No, pero sé que habrá una situación incomoda para ti.
- Ni siquiera se acordó de mi – dijo Serena intentando mantener la voz baja para que Rini no los oyera, aunque estaba furiosa por haber visto que la mujer que había metido a su hermano en la cárcel ni siquiera se acordaba de haberlo hecho –. Me hundió en el juicio, acabo con mi credibilidad delante del jurado y ni siquiera lo recuerda.
- He leído la transcripción – le recordó –; diste el testimonio que debías dar.
No estaba de humor para que la intentaran apaciguar.
- Cuando te contrate debiste haberme avisado de que la fiscal que proceso a mi hermano era tu ex novia.
- En ese momento no lo sabía. No hasta que vi su nombre en las transcripciones.
Serena miro por la ventanilla.
- Deberías decirme que aquí hay un conflicto de intereses.
- Pero es que no lo hay. Mi relación con Mina acabo mucho antes de que vinieras a mi oficina, y que su nombre aparezca en unos papeles del tribunal no va a impedir que yo haga mi trabajo.
Pero Serena no pudo sacarse a esa mujer de la cabeza con la facilidad que Darién la había sacado de la conversación.
Y menos cuando se le parecía tanto a la mujer con las que Seiya Kou se había casado después de decirle a Serena que ella jamás podría encajar en su mundo. No se parecían solo por tener los ojos azules y el pelo rubio, sino porque las dos habían nacido en un mundo al que Serena nunca pertenecería.
La prometida de su ex novio era una chica de la alta sociedad con el dinero y los contactos necesarios para impulsar la carrera de Seiya. Aunque había dicho admirar la belleza de Serena y su intensa pasión, lo cierto era que nunca había tenido intención de tener algo más con ella.
Pero probablemente aunque los antepasados de la ex novia de Darién no se remontaban al Mayflower, tenia esa sofisticación y esa seguridad en si misma, propias de una posición privilegiada. Y aunque Darién le había hecho saber a Serena que se sentía atraído por ella, también le había sugerido que no buscaba nada más que una relación física.
Bueno, al menos había sido sincero y eso era mucho más de lo que podía decir de Seiya. Y además, de todos modos ella tampoco estaba en situación de tener una relación seria en esos momentos. Su hermano y sus sobrinos eran su prioridad. Todo lo demás, incluso la Facultad de Medicina y su repentina libido, eran algo secundario.
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A Andrew le partía el corazón cada vez que recibía la visita semanal de sus hijos y tenia que entrar en esa sala custodiado por un policía. Los niños estaban allí sentados, tan quietos, tan callados. Era como si de pronto se hubieran convertido en adultos y cargaran con el peso del mundo sobre sus hombros.
Era culpa suya, lo sabia. Él era el único que había destruido la confianza que tenía puesta en él, les había robado la inocencia. Y eso le partía el corazón.
Lo habían condenado a pasar los próximos cinco años en una celda y habría perdido otros cinco más si con ello les hubiera evitado ese sufrimiento a los niños. No había nada que deseara más que volver a oír la risa de su hijo y ver bailar a su hija.
Recordaba con todo detalle el día que nació Sammy. Había estado en la sala de partos con Reika y cuando la enfermera se lo había puesto en los brazos, el corazón se le había derretido por completo.
Con Rini, el parto fue más breve, más rápido, pero también más complicado. El medico había dicho que era normal, por tratarse de un segundo embarazo, pero esa tranquilidad que el hombre intento darle a la situación quedo eclipsada cuando empezó a gritar ordenes de modo frenético hasta que Rini salio con su cuerpecito inmóvil y de color azul. En ese momento el corazón de Andrew se había detenido hasta que el de su hija volvió a latir.
Costaba pensar que ya habían pasado ocho años de aquello.
Pero lamentablemente los cinco siguientes no pasarían tan rápido para él. Porque en el poco tiempo que llevaba en prisión ya había aprendido que los minutos eran como horas, las horas como días y los días como años. Aquello era interminable.
Para cuando lo soltaran, Rini seria una adolescente y pensaría en chicos en lugar de en el ballet y Sammy probablemente estaría pensando en coches y en la facultad.
Pero por el momento aun eran sus niños. Sus niños. Y estaba dispuesto a aprovechar el máximo cada minuto que pasara con ellos, aunque fuera en esa fría y desapacible sala.
Ese día, Rini, que siempre se mostraba tímida y callada cuando iban a visitarlo, estaba más habladora y quería contarle todos los detalles de su recital. Pero Andrew noto que también hablo mucho de Darién Chiba. Al parecer, el detective privado no solo había ido ver la actuación de Rini, sino que le había llevado flores y después les había invitado a todos una pizza. Y aunque estaba feliz de que la noche hubiera resultado un éxito para su hija, Andrew no podía evitar sentir celos de que Darién Chiba hubiera estado allí en lugar de él.
Y cuando Rini termino de ensalzar las virtudes de ese hombre, le llego el turno a su hijo. Hablo de haber jugado en la computadora y al baloncesto con él; de la clase de cosas que Andrew solía hacer con su hijo. Pero no tenía derecho a enfadarse, no cuando él mismo le había pedido a Chiba que cuidara de su familia. Sin embargo, no se había esperado que se lo tomara tan en serio.
- Parece que han estado viendo mucho a Darién Chiba – comento.
- Viene mucho a ver a tía Serena – dijo Sammy.
- Eso no es cierto – protesto Serena.
Pero se sonrojo y Andrew se fijo, tal vez por primera vez, en lo bella que era su hermana. Como también se dio cuenta de que ya estaba medio enamorada de Chiba.
Había abandonado a su familia y le había impuesto a su hermana la responsabilidad de cuidar de sus hijos durante los próximos cinco años. Ella siempre había antepuesto los deseos y las necesidades de los demás a los suyos y se merecía estar con alguien que valorara la persona tan maravillosa y generosa que era. Se alegraría de que hubiera encontrado a esa persona. Peo no estaba seguro de querer que ese hombre fuera Darién Chiba.
Y deseaba que el que hubiera puesto ese sonrojo en las mejillas de su hermana fuera cualquiera menos Chiba. Porque el detective privado podría estropearlo todo.
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A Darién cada vez se le hacia mas difícil justificar sus frecuentes visitas a la casa de los Tsukino.
¿Cuántas veces podía aludir que quería informar a Serena de una investigación que carecía prácticamente de progresos? Podía imaginar lo frustrante que debía de ser para ella no ver ningún avance.
Sin embargo, ella no se había quejado ni lo había criticado por no hacer más o no trabajar más deprisa. No, se limitaba a asentir, forzaba una sonrisa y decía; «Gracias». Pero él podía ver la preocupación que nublaba esos bellos ojos azules y, aunque ya estaba haciendo todo lo posible, encontraría la forma de hacer más y trabajar más deprisa.
Aun así, seguiría pasando por la casa de los Tsukino porque le había prometido a Andrew que cuidaría de Serena y de los niños. Al menos ese era el modo que tenía de justificar esas visitas porque no quería admitir la verdad: que era mucho más agradable pasar un par horas con Serena y sus sobrinos que estar solo en su departamento.
Y le gustaba de verdad estar con ellos, lo cual era toda una sorpresa para un hombre que apenas había tratado con niños.
De todos modos, ya no eran unos bebes que corrían por la casa con los pañales sucios; eran unas personitas con sus propias ideas y opiniones y, en el caso de Sammy, con mucho carácter en ocasiones.
Pero, por lo general, resultaba muy fácil estar con ellos. Y no le suponía ningún esfuerzo jugar al baloncesto con Sammy y su vecino o sentarse a escuchar a la niña leer un cuento por la noche.
Sí, estar con los niños le resultaba muy fácil.
Era Serena la que se lo ponía todo más difícil.
Después de los besos que habían compartido en su despacho, Darién había tenido la esperanza de que en el futuro hubiera más besos, más caricias y otras cosas. Pero ella había acabado con esas esperanzas al marcar unos límites y al hacerle saber que el sexo no entraba en ellos.
Había aceptado que no quisiera tener una relación personal con él… bueno, casi lo habría aceptado. Pero eso no evitaba que siguiera deseándola cada minuto que pasaban juntos, de hecho, la deseaba todavía más.
Serena tenia sus motivos para no querer una relación y él lo entendía. Incluso estaba de acuerdo. Sin embrago, eso tampoco evitaba que su deseo cesara.
Sabía que necesitaba distanciarse porque cada vez sentía algo más por ella y no se trataba solo de un anhelo físico.
Pero le gustaba estar con Serena; le gustaba sentarse a escucharla y a hablar. En ocasiones pensaba que había hablado con ella más que con ninguna otra persona en su vida.
Cuando Mina y él habían roto, se había obligado a quedarse solo. No quería verse inmerso en nada que se pareciera a una relación sentimental. No le decía que no a pasar buenos ratos y al sexo, eso no. Pero si surgía algo más… no, de ningún modo.
El matrimonio, los hijos y todas esas cosas que deseaban la mayoría de las mujeres no se encontraban entres sus planes. No era capaz de entregar su corazón… no creía que le quedara nada por dar.
Era como si se hubiera cerrado emocionalmente después de la muerte de Neflyte. El dolor, la pena y la culpabilidad lo habían invadido en aquellos momentos. Mina había intentado ayudarlo un tiempo, eso tenía que reconocerlo, pero la había apartado de su lado. No había tenido nada que ofrecerle porque se había quedado vacío por dentro.
Desde el principio, Serena sabía que buscaban cosas distintas y había hecho bien al no dejarse llevar por él. Una mujer tan dulce y buena como ella se merecía un tipo muchísimo mejor que él, aunque solo fuera una relación pasajera.
Y si ella aun no había llegado a esa conclusión sola, sabia que el encuentro con Mina lo habría hecho. Sí, haber tenido una relación sentimental con la mujer que había metido a su hermano en la cárcel no era un punto a su favor.
Un paso adelante, dos pasos atrás.
Aun así, seguía disfrutando del tiempo que pasaba con Serena y como suponía que eso duraría hasta que finalizara la investigación, sabía que al menos seguiría disfrutando un tiempo más.
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Estaba secándose las manos con un paño de cocina cuando alguien llamo a la puerta y fue a abrir.
- ¿Es coincidencia que siempre que vienes yo este sacando la comida del horno?
La calidez de su sonrisa le hizo sonreír a él.
En los últimos años no había tenido muchas razones para sonreír, pero con Serena le resultaba más fácil hacerlo.
- Me parecería una afortunada coincidencia si me invitaras a quedarme – le dijo.
- Pasa. Acabo de terminar una ensalada para acompañar la lasaña.
- Huele genial – dijo antes de recordarse que era inapropiado, además de un gesto de mala educación, fijarse en las dulces curvas de su trasero mientras la seguía a la cocina.
- Es unos de mis platos favoritos, pero te aviso que es un poco picante.
- Si los niños pueden soportarlo, seguro que yo también.
- A Rini le encanta – le dijo –. A Sammy no tanto. Por eso suelo hacerla cuando no cena en casa.
- ¿Dónde esta?
- En el campamento del club de futbol.
- Es verdad. Ha ido a pasar el fin de semana ¿no?
- Sí – espolvoreó queso rallado sobre un pan francés y lo metió debajo del grill –. Y Rini se ha ido a dormir a casa de una amiga, había olvidado lo tranquilo que esta todo cuando no están por aquí.
De pronto Darién también fue consciente de la tranquilidad que había en la casa, y también de que Serena estaría sola toda la noche.
- Es la primera vez que Rini no duerme en casa desde que arrestaron a Andrew y aunque al principio no sabia si dejarla pasar la noche fuera, creo que es buena señal que le haya apetecido salir de casa.
Los niños siempre habían sido una barrera que servia para contener el deseo que sentía por Serena. Su presencia era como un recordatorio constante de todas las razones por las que debería ignorar la atracción que sentía por ella.
Pero ahora estaba a solas con la dulce y sexy Serena.
- Hay una botella de vino en la encimera y un sacacorchos en el cajón. ¿Por qué no la abres mientras friego esto?
La dulce y sexy Serena.
Una botella de vino de Valpolicella.
Una casa vacía.
Y horas y horas por delante.
No… sacudió la cabeza.
Mala idea.
Debería poner una excusa, marcharse y dejarla disfrutar de unos momentos de paz y soledad.
Pero Serena ya estaba partiendo la lasaña, de modo que descorcho la botella y sirvió dos copas.
Le ofreció una y cuando ella la tomo, sus manos se rozaron.
Se miraron y el tiempo pareció detenerse…
Hasta que sonó la alarma de humos y rompió la magia del momento.
- ¡El pan de ajo! – recordó de pronto Serena.
Le dio su copa de vino a Darién antes de correr hacia el horno; al abrirlo, una espesa nube de humo lleno la cocina.
Darién dejo las copas para abrir la ventana y a los pocos instantes la alarma dejo de sonar. Serena saco el pan del horno cubierto por humo y por un queso ennegrecido.
Apretó la parte de arriba con cuidado como para ver si estaba listo.
- No creo que este hecho – dijo –, creo que esta muerto.
Y él no pudo evitarlo, comenzó a reírse a carcajadas.
Ella también se río. Y se quedaron allí, en medio de una cocina llena de humo riéndose como un par de locos por el fallecimiento de un pan de ajo.
Y la vio tan bella, con unos ojos y una mejillas tan resplandecientes que no pudo resistirse...
La beso.
