X. Confianza

Al llegar a casa dejo las llaves sobre la mesilla del recibidor, hastiada por las emociones del día. Me retiro con pesadez el abrigo, y hasta me cuesta colgarlo en el perchero. Mi cabeza vaga libremente entre los acontecimientos de día y me sorprendo a mi misma volviendo a evocarle en mi imaginación. La confianza que creí perdida, esa sensación de convertirnos cuando estamos juntos y ser tal como somos, sin esforzarnos por crear ninguna imagen en el otro, porque ya hace demasiado que nos conocemos para mentir. Una visita sin sentido, poder golpearle sólo por juguetear con mis clips, o continuar los juegos de palabras con él… todo eso es suficiente para hacerme sentir en paz conmigo misma y también con él. Pero llega un momento en que cruzamos ese límite en el que comúnmente se dice que "la confianza da asco" y es capaz de escupirme una verdad a la cara, con una crudeza tan real, que nadie más sabría hacerlo.

Suena la televisión, pero es tan sólo un murmullo al que no presto atención. Repito la escena una y mil veces tratando de descubrir cómo puede saber tanto de mí. Y sus palabras presionan una y otra vez contra mis sienes, casi pidiéndome que las deje escapar: "Mi explicación tendrá sentido. No ante la junta. No ante el juez. Pero sí ante ti." Claro que tendrá sentido. Confío en él, a ciegas, sin preguntas, sin necesidad de nadie que respalde sus acciones. Tal vez es idiota confiar en alguien hasta el punto en que pondrías tu vida en sus manos, pero él lo hizo conmigo, y yo le devuelvo esa confianza día a día, porque tiene entre sus manos algo más que mi vida. Puede conseguir que me doble ante sus pretensiones, que termine por concederle todos su caprichos, puede juzgarme una y mil veces y cuestionar mi capacidad como médica, pero lo que nunca podrá hacer es destruir mi confianza en él, como médico, y como la persona que sé hay detrás de él. Tal vez era insensato, iluso y utópico pero aunque me hiriese, y se hiriese, una y otra vez, continuaría depositando mi confianza en él, en que en un día, no muy lejano, regresase de las garras del dolor y la autocompasión el Greg que conocí.

Estaba decidida no era el momento de achantarme, sabía que corría riesgos escogiéndole, que podría destrozarme en cualquier momento con tan sólo un cambio de viento, y que lo que decía podía ser mentira, pero necesitaba saltar, con él, sólo con él. Caminaba sola hacia mi apartamento, allí me esperaba Michel, desesperado por una respuesta que conocía desde hace meses, pero no había querido exteriorizar. Pero por primera vez desde que toda esta locura comenzó, no dudaba. Sabía lo que quería, tenía claro que no podía continuar engañándome, ni jugando, que había llegado el momento de dar un paso al frente y decidir por mí misma lo que quería. Sobre todo, por él, por lo que me había dado, y por lo que estaba segura me daría, porque hubiera puesto la mano en el fuego por aquello, y hubiese luchado delante de quien se pusiera delante de nosotros dos. Por eso, y por que por primera vez mi corazón estaba sereno, sabía que no me equivocaba.

Cuando ya estaba en la puerta de mi apartamento los pies me pesaban como si llevase 4 kilos de hormigón en cada uno, y caminaba cada vez más despacio, con la cabeza gacha. No sabía si sería capaz de romper todo lo que habíamos construido, de mirarle a los ojos y decirle que no quería casarme con él, que era demasiado joven y que él no era lo que necesitaba. Debía ser capaz de asumir el papel de House, de ser cruel, para decir la verdad, y hacer lo que estaba mejor. Por fin, reuní el valor necesario para abrir la puerta. Despacio, muy despacio como si entrase en una casa donde todos dormían asome únicamente la cabeza y le vi cocinando algo que olía a pavo.

Él lo dijo prácticamente todo, aunque vi el dolor en su rostro, le había roto el corazón. No me pidió explicaciones, no me grito, ni se quejó, fue comprensivo y me pidió que fuéramos amigos. Hubiera sido mejor que rompiera cosas o me insultase, pero me escuchó y lo entendió. ¿Me había vuelto loca por dejar escapar a alguien así? Me pregunté mientras le veía marchar antes de lo previsto, cabizbajo en un taxi que se alejaba cada vez más. Tenía miedo, miedo a la decisión que me llevaba a los brazos de alguien que probablemente me destrozaría el corazón. Y sin embargo, cada vez que pensaba en él, era incapaz de no llevarla a cabo, tal vez me llevara a la desesperación, pero sabía que ya no podría vivir sin él, sin su boca, sin sus manos…

Eran casi las 8, tan sólo unos pocos rayos de luz se escapaban entre el cielo cada vez más sombreado. Tenía que haber acudido con Michel a la fiesta de primavera que se organizaba todos los años por estas fiestas, pero ahí estaba, sentada en la entrada de mi edificio sin saber a dónde ir. La rebeca se hacía poco para abrigarme del aire primaveral, pero el frio ya no importaba. Habían pasado casi ocho horas desde que había dejado a Michel y no había señales de House, tanto revuelo para que él jugase, como siempre. En parte me sentía decepcionada, como si me hubiese utilizado, me dijo que a él no le gustaban las relaciones y luego se ponía celoso, me hacía darle mil vueltas a cada una de sus palabras hasta retorcerlas consiguiendo que pensase que él llevaba la razón, ¿y ahora? Se supone que debía pensar que me había dejado tirada, eso era lo que parecía, pero no sabía porque, no sentía desasosiego, continuaba en paz, como si realmente esos pensamientos rozasen la paranoia.

Cuando ya estaba a punto de rendirme y subir al apartamento a darme de cabezazos contra la pared por haber sido tan sumamente estúpida, apareció Lucy. Se sentó a mi lado, y me soltó el sermón, que toda buena amiga debe hacer servir sobre los hombres, lo inútiles que son y me convenció para ir a ligar a la fiesta. No sé como se las apañó, pero logró llevarme a la fiesta prácticamente a rastras.

Lucy parecía conocer a todos los chicos guapos de nuestra facultad, bueno, y de la de enfrente, y de la de al lado y de la de detrás… Y aunque yo la veía totalmente en su salsa bebiendo chupitos con ellos, riendo y coqueteando me sentía un poco fuera de lugar, y todo el tiempo buscaba a House entre todos los invitados. Demasiado bajo, demasiado alto, con el pelo demasiado largo, ojos castaños, demasiado pijo, ninguno cuadraba con sus rasgos, sabía que si me encontraba con sus ojos azules ya no habría confusión, pero debía convencerme, tal vez no fuera por allí, y totalmente abatida continué escuchando al corro que se formaba a mi alrededor. Después de dos horas desistí y, de nuevo, no sé como se las apaño mi amiga, pero nos habíamos convertido en el centro de atención de todos lo que allí había por un concurso de hidalgos en el que, todavía no me explico cómo, siempre ganaba yo.

-A ver ¿quién más se atreve con nosotras?- preguntaba Lucy tambaleándose encima de una silla.

Unos chicos de tercero apostaron esta vez veinte dólares. El camarero sirvió los chupitos y Lucy y yo nos preparamos para ganar de nuevo. Pero justo en el momento que uno de los chichos gritó YA, le vi. Estaba mirando con esa media sonrisa que siempre me volvía loca, no lo pude evitar, sonreí, y el tequila se me fue hacía el otro lado.

El calor en las mejillas era cada vez mayor, la falta de aire lo acrecentaba y no podía dejar de toser. Con las manos apoyadas sobre la mesa y ya escupiendo el maldito tequila que se me había atravesado, su mano me ofreció un vaso de agua. No era un caballero andante, pero al menos era útil.

-¿Lisa estás bien?- se acercó con su perfecta sonrisa Nick, un guaperas de tercero capitán del equipo de baloncesto.

-¿Y por qué no iba a estarlo? No ves que ya estoy yo aquí.- respondió el siempre arrogante Gregory House.

Mi mirada le fulminó durante unos instantes, los mismos que él pasaba el brazo por encima de mí hombro.- Sí, Nick muchas gracias. No le hagas caso, es que cuando nació se pasaron con el golpe.

-¿Por qué has hecho eso?- pregunté cuando se fue, golpeándole en las costillas.

-Ese sólo quería echar un polvo contigo. ¿No has visto como te miraba? Si sólo le faltaba ponerse un babero para comerse tus tetas. - le sonreí, no pude evitarlo, me encantaba verle celoso, lo reconozco.

-¿No confías en mí? Al final he dejado a Michel. – le dije mientras salíamos de la fiesta

-Sí, en ti sí, en quien no confío es en los cientos de depravados que hay por ahí.

- ¿Y ahora qué?

-Ahora… vamos a mi piso ¿no?- dijo abrazándome por detrás y acariciando mi vientre. Su nariz se deslizaba suave entre mi abundante melena dejando pequeños besos cerca de mi oreja y dibujando el contorno de mi nuca.- Tenemos que celebrar que… no lo sé, pero me apetece celebrar algo.

Y allí en medio del campus, sin saber si alguien miraba o no, como dos personas que llevan toda la vida sabiendo lo que sienten y sabiendo hacia donde van, House hizo algo que jamás podré olvidar, me cogió de la mano y andamos juntos hasta su casa. Cuando llegamos a su piso nos sentamos frente al televisor con total normalidad, aunque al poco tiempo comenzamos a ignorarlo porque las manos de House no eran capaces de estar quietas. Subían y bajaban por mis piernas que ya conocía tentándome, y los pequeños besos que siempre me enloquecían y que comenzaron como un simple gesto se hacían más y más adictivos para los dos. Había cosas que no cambiaban y es que fuese como fuese, cuando estábamos juntos saltaban chispas y ya nada nos podía apagar la necesidad mutua.

Y es cuando disfrutas de los gestos que ya conoces, de las sonrisas que sabes cómo serán, cuando conoces las expresiones que saldrán de su boca, llega el punto en que construimos un lenguaje propio de miradas cómplices, palabras y bromas que tan sólo nosotros dos entendíamos. Cuando no hacía falta hablar para entendernos y el aire sabía a confianza. Cuando cierras los ojos y los abres de nuevo, sabes exactamente donde estará y la cara que tendrá él mientras duerme y tu le observas en silencio.