Tobio se despertó abruptamente. Jadeaba con fuerza y se sentía desorientado. Su cuerpo estaba empapado en sudor, sintiéndose caliente como si tuviera fiebre. Se movió un poco y la respuesta a su repentino despertar llegó como una sensación húmeda y pegajosa en su entrepierna. Tobio maldijo por lo bajo y giró su cabeza para encontrarse con el apacible rostro de Shouyou, quien se encontraba acostado de lado, justo frente a él. Tobio sintió como su boca se llenaba de saliva y desvió la cabeza. Estuvo quieto por unos minutos, tratando de descifrar si estaba avergonzado, frustrado o enojado consigo mismo. Tal vez poseía las tres emociones, tal vez poseía más; pero en esos momentos, su mente estaba tan abarrotada que era difícil descifrar todo lo que pasaba por ella. Se sentía harto, agobiado por esa situación. Era ya imposible negar lo innegable, y por fin, después de tantos años, su subconsciente había ganado. Fue en esa noche, cuando las manos de Tobio se movieron por si solas mientras que él solo se dejaba guiar por el placer que le causaba ver a Shouyou dormir e imaginar un sinfín de cosas al mismo tiempo que se tocaba y sentía que en cualquier momento iba a morir por el éxtasis que llenaba a Tobio por haber por fin aceptado que le gustaba Shouyou. No, no le gustaba. Lo amaba, estaba estúpida y perdidamente loco por él. Su corazón no se daba abasto de albergar todo lo que Tobio sentía por Shouyou. Y mientras su mente y su alma se liberaban de esa opresión, esas cadenas que lo habían mantenido sometido por todos esos años, su cuerpo exhalaba un jadeo de placer que nunca antes había conocido. Tobio llegó a pensar que se estaba muriendo, que la vida se le iba al eyacular y que morir se sentía tan jodidamente bien que se moriría las veces que fueran necesarias. Frente a él, Shouyou seguía durmiendo, tranquilo y sin saber que su hermanastro se había masturbado pensando en él.
Al día siguiente, Tobio se sintió ligeramente culpable al haber utilizado al pobre de Shouyou para desahogar sus necesidades físicas. Pero al pensar que siempre había hecho lo mismo mediante sueños y de manera inconsciente, dejó de sentirse como un monstruo. Ambos estaban caminando rumbo a la escuela, yéndose por el camino más largo para evitar al amargado de Kei. Tobio no dejaba e pensar en la noche anterior, con una sensación de opresión en su pecho. Ya no estaba encadenado, por fin había aceptado sus sentimientos por Shouyou; entonces, ¿por qué Tobio seguía insatisfecho?, ¿por qué aún podía palpar esas cadenas, invisibles a simple vista, pero frías al tacto?, ¿por qué no podía saborear esa libertad con dulzura y emoción? Tobio nunca pensó que ser libre tuviera un sabor amargo. Su mente había estado segura de que en cuento sus sentimientos fueran auto aceptado, Tobio sería inmediatamente feliz y esa asfixia desaparecería de él. Pero esa asfixia aún seguía, aún la sentía. Incluso, iba acompañada de un vacío en el pecho y un impulso de gritar todo lo que pasaba por su mente. Tobio estaba harto de contenerse, de sentirse ahogado.
¿Cuánto puede soportar una persona callar sus sentimientos por alguien más? Acaso, ¿existe algún límite? ¿El cuerpo de Tobio era un contenedor a punto de ser llenado de impaciencia, amenazando con desbordar un sinfín de sentimientos? Tobio estaba sorprendido de haber soportado todos esos años el callar de sus emociones. Apenas la noche anterior había aceptado que su hermanastro lo tenía cacheteando las banquetas, y ya no aguantaba más las ganas de que Shouyou lo supiera. Tobio estaba consciente de que era algo peligroso, y delicado; que había muchas cosas importantes en juego. Pero Tobio era impaciente y terco a morir. Además, sus hormonas estaban demasiado alteradas como para poder controlaras y, una vez más, le echó la culpa a la estúpida adolescencia.
– Oye, tonto. – Tobio observó los enormes ojos de Shouyou posarse en él y reprimió un suspiro antes de decir lo siguiente: – Estoy enamorado de ti.
