Juguete.

Seychelles a veces es como una niña. Muy irónico, ya que ella es de las primeras en llamar "niña" a cierta liechtensteiniana.

El asunto es que lo es, y queda con evidencia con sus cosas. Cada vez que adquiere un "juguete nuevo" (que puede tratarse desde un teléfono hasta un broche para el cabello), lo cuida y admira durante unos días con toda su energía, pero luego comienza a ignorarlo poco a poco, hasta enterrarlo en el olvido.

Liechtenstein está aterrada. De ser uno de esos juguetes. Al menos así fue durante el comienzo de su, ehm, "relación de no novias". Hasta que un buen día, la rubia junta el coraje para preguntarle.

Seychelles se la queda mirando, inusualmente seria.

—Liechtenstein—la llama por su complicado nombre, incluso cuando el alemán se le da terrible. Nada de apodos a la francesa—Nunca, pero nunca me vuelvas a preguntar eso—su tono de voz sin una pizca de diversión da miedo.

Acaricia a la más baja en las mejillas, y los ojos castaños se encuentran con los dorados.

—No voy a hacer eso contigo. Es simple: no eres ningún juguete. No te compré en una tienda. No eres ningún objeto inanimado—apoya su frente contra la de la persona que tiene en frente—Y soy yo la que debería tener miedo de que la usen, ¿sabes?

Seychelles lo dice porque no deja de pensar en todos los imbéciles que Liechtenstein ha besado o "querido" por unos días. La morena está tan aterrada como la otra.

La más baja sonríe cínicamente.

—Aunque no lo creas, mi respuesta es la misma que la tuya, perra engreída—le comunica la europea.

Entonces todo vuelve a la normalidad. Nada de juguetes. Están a mano.