Cap X: "La lógica de la sicología"

Cuando hay preguntas, hay respuestas. Como cuando hay noche y horas después regresa el día. El cambio drástico y en su momento inexplicable de astros, es tan influyente en las personas como las preguntas dentro de su mente, hurgando y buscando en cualquier otro lado sus respuestas.

Si hay causas, hay consecuencias. Como cuando se monta por primera vez una bicicleta, con apena años y luego de los primeros metros, el cuerpo impacta contra el suelo por no saber maniobrarla aún. Y si hay causas que permiten u obligan a actuar de cierta manera, habrá consecuencias que corregirán el impulso de haberlo intentado de la forma incorrecta.

Sucede lo mismo con todo. Con cada cosa que se ve e incluso con aquellos que no y los ojos no la perciben. Pero deja de suceder con lo que no se puede tocar. Con aquello que solo se ve pero no cambiará las cosas si no se puede palpar.

Como una antigüedad escondida dentro de una caja de cristal y expuesta en un museo. Si solo se la ve y nadie la roza, continuará igual por el tiempo en el que se decida volver a palparla. Entonces allí cambiará.

Mientras más se toque algo, más cambiará. Como un dedo hundiéndose en una herida y efectuando sus posibles cicatrices.

Mientras más se mire algo, más se conocerá. Como los sicólogos a sus pacientes.

Y ella llevaba 23 días con Quinn. Conocían lo importante de cada una y, aunque sabía que aún había mucho camino por recorrer, trotar hasta llegar a la meta no era parte de su estrategia.

Le gustaba exactamente como iba todo. A paso lento y seguro, sin tambaleos y con las dudas que surgían y se aclaraban rápidamente.

Le encantaba la soltura de su paciente desde la segunda sesión, la manera en que cortaba las verduras contra la mesada para la cena y la sonrisa con que la llamaba para almorzar.

Le fascinaba la luz solar entrando temprano por la mañana, la forma en que Quinn usaba la gorra que le había obsequiado y la felicidad con que se paseaba con la cámara colgando en su cuello.

Le gustaba todo de aquel lugar. Y sentía que todo le gustaba un poco más al pasar los días.

"Mientras más tiempo pases con la persona que te gusta, más atractivo te parecerá" Rachel parpadeó al recordar una clase del señor Collins, el encargado de tres de sus 11 materias anuales de su carrera.

Era la lógica denominada como Atracción por proximidad. Y supo que algo se removía en ella si se acordó justo en ese instante, mientras veía a lo lejos a Quinn y a su imborrable sonrisa tomarle una fotografía a un árbol. Lo hacía todo el tiempo desde que le había entregado el regalo.

Y una vez más, no pudo dejar de notar lo hermosa que era.

Santana tenía razón y no se parecía a ninguna de las bellas modelos con la que su amiga se relacionaba solo una noche. Física y sentimentalmente, eran puntos incomparables.

Quinn era completamente distinta y única entre las demás. Y le daba algo de miedo admitirlo pero era cierto. No importaba cuán insistente sonara dentro de su cabeza, la rubia era atractiva a simple vista y para cualquier persona. Incluso para ella, que nunca había salido con chicas tal y como nuevamente Santana decía otra verdad.

Pero eso no era influyente, pensó al ponerse de pie y abandonar los escalones de entrada. Dejó el pórtico atrás y caminó hasta Quinn que, con total concentración y un gesto serio, escondía su rostro tras la cámara ante un nuevo flash.

Se detuvo a tras ella y quizá su sombra o algún sonido la delató, porque la rubia giró e inmediatamente la fotografió.

¡Quinn! —le reclamó riendo y la sonrisa en su paciente regresó. Podía ver la burla infantil tras sus blancos dientes y mientras buscaba la imagen con impaciencia —

Te ves muy linda. Como siempre —le dijo estirando el aparato hasta ella y Rachel pensó que no, la imagen algo distorsionada y con su cara sorprendida y enojada por el rápido flash, no la hacían ver tan bien en realidad — creo que podría tomarte muchas. Eres lo más atractivo que hay en el lugar

No es cierto ¿Qué me dices de Fiona?

¿Vas a compararte con un animal? Me gusta como te ves aquí —agregó encontrando otra fotografía y la morena se acomodó un mechón de cabello, para observarla mejor. Era ella sí y la cámara llevaba con Quinn apenas más de 24 horas, por lo que no recordaba en qué momento tomó la que estaba mirando. Estaba meciéndose en el sillón que dormían juntas y jugando con su cabello. Parecía tan relajada y su boca estaba abierta en una sonrisa que podía jurar pocas veces antes la había visto — te sienta muy bien estar aquí

Lo sé, estoy segura de eso —murmuró detallando el hombro de Quinn que chocaba con el suyo, antes de subir lentamente y detenerse en su boca. Se humedeció los labios, disfrutando su aliento a frutilla llegar hasta ella y provocarle las enloquecedoras cosquillas en su interior ¿Es que no le bastaba a la rubia con solo verse bien? — y a ti te sienta bien que esté aquí

Por supuesto. No tengas dudas de eso —cuando desvió la vista de su cámara a ella, Rachel se vió obligada a cruzar sus miradas. Sin embargo apenas pudo mantenerla, la media sonrisa de su paciente la hizo flaquear y regresar a su boca. Incluso cuando oyó su voz y vió cómo hablaba casi en cámara lenta, asentía perdida con la atención siempre en el mismo lugar — me gustaría ir al río y llevarla. Cuando mi madre venga a traerme víveres quiero mostrárselas. Sé que les encantará

Judy Fabray le hacía una visita una vez al mes y como acababa de decírselo: luego de pasar por la tienda, le dejaba algunas bolsas con provisiones para algunas semanas. Quinn se lo aclaró en la sesión de dos días atrás y, por la sonrisa que portaba al hablar de su madre, suponía que era importante su llegada.

Es un buen momento ahora ¿quieres ir? —le ofreció y la rubia negó. De la nada y sin aviso, se vió rodeada por uno de sus brazos y sintió el calor de su pecho contra ella. Quinn la sujetó como el día anterior y en agradecimiento por el regalo. Y le dejó un beso en la cabeza, como horas atrás también. Y en más agradecimientos: por las prendas de ropa que le había llevado y algunos detalles para la cocina. Como frascos de mermelada de su ciudad o condimentos que la rubia por primera vez vió y probó.

Mi madre no tarda en llegar —le aclaró la rubia al separarse y ella juntó las cejas —

¿Cómo lo sabes? ¿Te ha enviado un mensaje de humo o una paloma mensajera?

Graciosa. Muy graciosa —le sonrió dejándole unos toques en la punta de su nariz. Rachel la arrugó y apretó los ojos, liberando la risa armónica de Quinn — siempre viene a la misma hora. Llega, me deja unas verduras cortadas para la cena y luego hablamos mientras me acompaña. Es la costumbre — asintió, comprendiendo que entonces tendría que hacerse a un lado por unas horas. La invitada era Judy, no ella y como lo dijo la rubia, la costumbre era una cena y un momento entre madre e hija. Ella no tenía por qué colarse o intervenir. Se escondería en su cuarto otra vez, como con la última llegada de Russel y comería alguna fruta antes de dormir. Por mucho que apenas fuesen las seis de la tarde — le caerás muy bien y nos haremos lugar las tres en la mesa. O podemos sentarnos afuera, en nuestro sillón y prepararé una mesa en medio para ella, junto a una silla

No supo qué decirle. Porque los nervios la hacían temblar, de frío y las dulces palabras de su paciente no hacían más empujarla hacia ella, obligándola a que respondiera aunque sea con un gesto.

Y lo hizo. Apretó los labios y asintió, avergonzada al imaginarse entre medio de Quinn y su madre, como si conociera a ambas desde mucho tiempo y solo fuese una reunión amistosa más.

Quizá lo era, se dijo cuando la rubia le rodeó la cadera y la guió hacia el interior de la casa, murmurando por lo bajo que quería preparar el jugo de uvas que tanto a Judy fascinaba.

Tal vez las conversaciones surgirían como eso. Como si se conocieran de toda la vida.

O desde otra.


Si de Russel no quería nunca contarle nada, de Judy no tenía vergüenza ni de demostrarle a cada segundo un gesto de cariño.

Rachel no podía evitar sonreír cada vez que las veía interactuar. No la dejaron cocinar, alegando que ella era la invitada y, luego de un sonrojo visible y una burla de Quinn a espalda de su madre, ocupó una silla y con los codos en la mesa las observó.

La mujer dejó las bolsas llenas de víveres sobre la mesada y de allí quitaba lo necesario para preparar una pasta al mejor estilo y sabor italiano, le había dicho. Sus abuelos lo eran y su madre también, por lo que cocinar esos platos era típico en ella.

Cuando echó los fideos a la olla, Judy volteó y se apoyó contra el mueble, dedicándole una agradable sonrisa antes hablarle:

Te gusta la pasta ¿verdad?

Me gusta. Y esta en especial huele delicioso ¿agrega algún ingrediente personal o mágico?

Solo condimentos que mi madre me enseñó a mezclar — le respondió secando sus manos contra su delantal — ¿Sabes? A veces puedes tener un pequeño trozo de ajo, una pizca de pimienta y mucha cebolla. Pero debes aprender a cortarlas y proporcionarlas con la sal en el mejor sabor. Y no abusar de ellos, por supuesto

Nunca he cocinado salsa —confesó y notó la mirada de reojo de Quinn, antes de reiniciar su corte de una rama verde y similar al apio — vivo sola desde hace un tiempo y todo es comida comprada o solo tomates. Estoy disfrutando mucho oler semejante aroma —agregó inflando su pecho al aspirar el ambiente de cena que ya se percibía —

¿Cómo es eso? —le preguntó Judy y obligándola a abrir los ojos bruscamente — ¿pero te gusta la salsa?

Me encanta

Bueno, eso ya es un paso. Quinn puede darte la receta y ayudarte a preparar algo antes de que vuelvas a casa ¿la extrañas? —Rachel ladeó la cabeza. No sabía de dónde había salido ese cuestionamiento pero incluso su paciente volteó a verla un segundo, esperando la respuesta. Curvó sus labios hacia abajo y alzó los hombros, consciente de que no podía soltar cualquier monosílabo y confundir las cosas —

Me gusta estar aquí. Asique extrañar no es un problema. Además, nos llevamos muy bien con su hija y aún me soporta ¿cierto, Quinn? —Arrojando sus verduras cortadas dentro de otra olla, la aludida rió y luego se sumó a ellas —

Cierto. Ojalá tú me soportes mucho tiempo más

Tendremos que averiguarlo —replicó con un gesto sugestivo de hombros y volvió a ver a Judy, cuando Quinn se alejó con las mejillas sonrojadas — pondré los platos —dijo después de unos minutos al notar el silencio y la mirada de la mujer intercalarse en una y en la otra.

Afuera, aprovechando la fresca brisa que la entrada noche les brindaba, ella quiso poner tres platos pero al inclinarse, pudo sentir a Quinn pegarse a su espalda y retener su brazo, impidiéndoselo y girándola con suavidad.

¿No compartiremos hoy? —Inquirió — me gusta cuando lo hacemos

¿A tu madre no le molestará? —Se sintió ridícula al instante, casi como esos adolescentes que suben de la mano de su novia a su cuarto y, al pasar por las escaleras, preguntan si alguno de los padres está en casa —

No lo creo ¿has visto cómo te mira y te trata? Le caes muy bien

Bueno, eso es normal en mí —bromeó guiñándole un ojo y Quinn se humedeció los labios. Cuando la vió morderlos, fue consciente de estaba actuando distinta desde minutos atrás y, aunque sonara difícil, debía comportarse y volver a ser la misma sicóloga de siempre con su paciente. Pero cuando la rubia se estiró y le rozó el cuello con su nariz, sus piernas se debilitaron y mandó su propia obligación al diablo —

Ya lo creo…Hueles mejor que la salsa

Rachel, no sé si has bebido el zumo de uvas pero debo advertirte que es adictivo —apareció Judy con la cena y ella se alejó con torpeza al instante. Sin embargo, cuando miró a Quinn, aún permanecía en su posición y sonriéndole genuinamente como siempre —

Bueno, si usted quiere, luego le convidaré de mis jugos verdes. Mis amigos los llaman así porque dicen que están hechos con pastos pero son muy nutritivos y deliciosos —le informó. Desde California y tras su viaje imprevisto, había llevado con ella dos bolsas llenas de esos zumos que solía tomar cuando salía por sus ejercicios —

Oh, por supuesto querida. A Quinn siempre le digo que debe probar gustos y sabores de todos lados. Solo para terminar de confirmar que lo que le preparo es lo más rico —añadió y las tres soltaron una risa.

Cuando la rubia dejó un beso en la mejilla de su madre, Rachel se preguntó qué estarían haciendo sus padres ¿Por qué Shelby ni siquiera se molestaba en intentar comunicarse con ella y preguntarle cómo iba a todo? Y cuando Judy le respondió con una caricia en la mano y una sonrisa, Quinn rodeó la silla y se acomodó a su lado. Haciéndola pensar cuándo se vería así con su madre.

Cenaron entre anécdotas de la mujer que hacían reír a las dos y a veces avergonzar a la rubia pero incluso con ellas dos burlándose, nunca alzó la voz en protesta.

Lucía tan relajada con ambas que Rachel tenía miedo de interrumpir y cambiar el ambiente, por lo que prefirió comer con entusiasmo y responder solo cuando le preguntaban algo.

Descubrió que Judy era una buena cocinera, como ya lo suponía y que preparaba desde exquisitos desayunos hasta trabajados postres y que le demandaban mucho tiempo. Que a eso se dedicaba. En el límite de Orín y su siguiente pueblo, la mujer tenía una pequeña tienda de repostería y algunas mesas casi como una cafetería. La morena se apuntó mentalmente que la próxima vez que quisiera buscar señal de internet o en su teléfono, lo haría allí.

Supo también que, por el tono en que lo decía, Judy extrañaba pasar más tiempo con Quinn. Y Quinn parecía percibirlo y sentirlo también. De alguna manera le encogió el corazón ¿Quién era o qué había hecho Russel Fabray en la vida de ambas que a pesar de sus deseos, vivían separadas? ¿Tendría él algo que ver? Lo averiguaría.

Y para eso esperó hasta que la mujer se perdió en la cocina, en busca del postre y ella la siguió con la mirada.

¿Necesitas algo? Voy por agua —le dijo a Quinn apretando su muslo y la rubia negó ligeramente.

Se sintió observada los pocos pasos hasta la puerta y, al tomar el picaporte, volteó para sorprenderla y Quinn le sonrió, indiferente a su acusadora mirada.

¿La ayudo?

Oh, no, Rachel, lo que faltaba. Eres nuestra invitada hoy. Dile a mi hija que me anote que quieres cenar la próxima vez que vuelva

No se preocupe, no tiene que hacer eso. Prometo que aprenderé a cocinar algo para entonces

Es agradable oír eso, así me gusta

¿Judy? —la llamó mientras la veía tomar una fuente del horno y tratando que su nombre no sonara tan informal —

Dime —aguardó unos segundos, luego de estirarse y ver a Quinn meciéndose esperándolas y mirando tras ella —

Usted sabe que soy la sicóloga de su hija y yo…a veces me gustaría entender algunas cosas… ¿puedo preguntarle sobre su marido? —de repente la mujer detuvo el movimiento de sus manos. Dejó la decoración un momento y giró la cabeza a verla. Rachel tragó saliva. No parecía molesta ni su semblante dulce había cambiado, pero la expresión en los ojos verdes de Quinn, al oír referirse a Russel, era la misma de la mujer en ese momento — Lo siento. Creo que no debí haber…

Tranquila, Rachel. Entiendo la situación y supongo que algo debes saber de él. O al menos lo has visto

Solo de lejos

Está bien…pero no podemos hablarlo aquí, si Quinn nos oye podría molestarse. Te dejaré la dirección de mi tienda antes de marcharme y cuando quieras saberlo todo, te acercas y de paso disfrutas uno de mis pasteles —Rachel asintió, lentamente y dudosa. Eso sonaba casi a traición a su paciente y, por mucho que el interés se generara en ella, conocer a Russel Fabray a escondidas de Quinn y no de la manera en que se lo había prometido, a su tiempo, no terminaba de asentarse en sus pensamientos — eres más linda que en fotografías —oyó cuando la mujer tomó la bandeja ya decorada y luego oyó la puerta.

Parpadeó, intentando comprender a qué se refería pero tantas cosas juntas en su cabeza estaban mareándola.

La siguió y afuera vió a Quinn estirarse a tomar una porción del pastel y, cuando se sintió observada, se echó contra el respaldar y palmeó su lugar.

Ayer comenzó la feria en el Condado ¿no te apetece ir este año? —preguntó Judy mientras ella se sentaba junto a la rubia —

No, mamá. Ya sabes que esas cosas no me gustan

¿Y a ti Rachel?

¿Una feria? Bueno, nunca he ido a una pero…suena divertido. Hoy es sábado y supongo que habrá muchas cosas por ver

El condado está a unos cuarenta minutos a pie, Rachel —le informó Quinn —

Ay, hija, no seas aguafiestas —le reprochó la mujer — tienes una bicicleta en el granero. Puedes prestársela si quiere ir

¿Quieres ir? —le preguntó la rubia ladeándose a mirarla y con algo de obviedad. Ella se pasó las manos a lo largo de los muslos y, al ver la agradable noche que apenas determinaban las 21, asintió con efusividad — pero no sabes dónde queda. No puedes ir sola

Entonces ven conmigo —la incentivó tomando su mano desocupada y tironeándola para llamar su atención. Judy se sirvió una segunda porción de su magistral pastel y las observaba con una sonrisa— ¡Vamos, Quinn! Será muy divertido

No, Rachel. Lo siento. Habrá mucha gente y…

Está bien, entonces préstame tu bicicleta. Señora Judy ¿cree poder indicarme una vez más? —antes de que la mujer pudiera hablar, Quinn se puso de pie y suspiró derrotada —

Está bien, está bien, te llevaré. Pero me quedaré afuera y lejos de todos. Cuando quieras regresar, nos volvemos

Eso fue suficiente para ella que, sin notarlo, se arrojó al rostro de la rubia y lo rodeó con sus manos, para depositarle un sonoro beso en la mejilla en agradecimiento.

Iba a darle otro y otros más, pero el carraspeo en Judy le recordó que no estaban solas y debió alejarse, escondiéndose en su cuarto con la excusa de que se cambiaría la ropa.


No era como un automóvil pero allí estaba, siendo trasladada por un transporte y con alguien que manejara.

Quinn pedaleaba con algo de cansancio tras ella y Rachel debió probar decenas de posiciones, antes de terminar sentándose en el caño recto que unía el asiento del manubrio.

Cada vez que la rubia se acercaba para acelerar los pedales, jadeaba cansada contra su oído y la piel se le estremecía.

Iban en silencio. No quería hablar y confirmar que estuviese enojada por su arrebatada decisión pero, como la sicóloga que solía llamarse, si a Quinn no le agradaba relacionarse con los demás, debía averiguar por qué.

Llegaron casi 25 minutos después y a lo lejos oyó el sonido de las máquinas, la voz cantora del hombre que les daba la bienvenida y podía oler el dulce de los algodones de azúcar cocinarse.

Quinn frenó e hizo a un lado su brazo, cediéndole permiso para que bajara y lo hizo. Caminó unos metros y, al estar a otros más cerca de la entrada, se detuvo y volteó a ver a la rubia en el mismo lugar.

¿Y si me secuestran? —Quinn rodó los ojos —

No lo harán. No hay mucha gente

¿Pero y si me secuestran? —Repitió y todo se oyó más cercano de repente, cuando Quinn dejó la bicicleta a un lado y comenzó a caminar a su encuentro — gracias por evitar que me secuestren

No quiero que te lleven lejos —le dijo la rubia llegando a ella y sin detenerse, le rodeó la cintura y avanzaron con rapidez.

Caminaron de esa manera. Quinn pegada a su lado y ella atrapándole la cadera, con la mano sujetándose de su camisa. Funcionaban como un encaje imposible de romper y avanzaron ignorando algunas imperfecciones del suelo o la insistencia de los vendedores tras entrar.

Era como si nada pudiese separarlas y cada paso las afianzaba más.

Cuando la morena se separó y giró cual bailarina por unos metros, Quinn no dudó en imaginarse cómo se vería si tuviese la cámara fotográfica en mano. Esa noche llevaba un vestido largo, ajustado en su torso pero suelto bajo su cintura y con un gran moño azul tras su espalda baja. Y, por cada vez que tomaba su vuelo y lo abría, podía fantasear con retratarla en el lente de su cámara.

De verdad ¿por qué eres sicóloga y no modelo?

Porque me gusta escuchar a las personas. No que me vean como un trozo de carne — respondió batiendo sus cejas y Quinn asintió — ¿te gustaría ser profesional y fotografiar modelos en ropa interior?

No. Me gustaría pasar tiempo con alguien que me escuche —le replicó y ella detuvo su bailoteo. A lo lejos, le envió una sonrisa y la rubia se mordió el labio. Niños con manzanas empaladas, globos sueltos y los payasos que empujaban carros de bebidas, se interponían en el trayecto de su mirada pero no la alejaban tampoco.

Cuando la vió acercarse, su corazón comenzó su acostumbrado galopeo por ella y para calmarse volvió a girar, alejándose con los nervios en la punta de sus dedos y mezclándose entre las demás personas

O podrías haber sido bailarina —insistió Quinn—

No sé bailar —aseguró—

¿Y qué estás haciendo ahora? Permanecer fuera de los encantos de tu sonrisa, le parecía una respuesta algo violenta por lo que, alzando los hombros, siguió su andar —

Pero no sé qué hago

A mí me parece que sí —le dijo esquivando la multitud y siguiéndola —

Quizá. Pero no debo estar haciéndolo bien —de repente tomaron su mano y la obligaron bruscamente a voltear. Quinn entrelazó sus dedos y dejó la otra mano en su cadera, acercándola a ella y juntando sus cuerpos.

Su boca emitió un sonido por el golpe de aire y la cerró al instante, para tragar los nervios torpemente abultados e intentar comprender qué pasaba.

Lo haces muy bien —le aseguró la rubia con la voz ronca y ella pudo notar que sus ojos parecían oscurecerse— pero bailar es de a dos. Lo demás no es bailar

¿Entonces qué es? —Quinn emitió un sonido de indiferencia —

Solo moverse —cuando su paciente le señaló uno de sus hombros, en ese momento olvidó que ocupaba ese lugar en su vida: su paciente. Y dejó la otra mano allí —

Inevitablemente le siguió el ritmo y sus pies se removieron. Era un movimiento lento, casi un vals y en el que se desplazaron en su pequeño circulo. A decir verdad, a ella le encantaba la música alta, retumbando en los parlantes y con trago en mano. Como estaba acostumbrada.

Pero la tranquilidad de ese momento se sentía mucho mejor. Y la tranquilidad en el rostro de Quinn completaba la de ella. Sumado al bullicio que ignoraban y lo convertían en silencio, sus sentidos como pocas veces se encontraban en armonía.

Me he movido toda mi vida —confesó minutos después con sus ojos en ella— y no he disfrutado lo qué es bailar. Estoy aprendiendo a bailar

Y lo estás haciendo rápido —le aseguró deslizando la mano hacia abajo un poco más. Abrió los dedos y la continuó guiando lentamente —

¿Te gusta bailar?

Es la primera vez que lo hago —reveló alzando su mentón pero con la mirada en ella, solo que para pudiera estudiar su voz en clara verdad y su gesto acertado. Rachel asintió y se recostó contra su pecho.

Podría pasar cientos de horas allí y nadie la separaría. Porque el latir pausado y armonioso de la rubia, apaciguaban el suyo y parecía que otra Rachel Berry nacía. Y eso sonaba equilibradamente confortado en su cabeza.

Si su novia llega al número 100, usted escoge el premio —las interrumpieron de repente y ella se alejó, parpadeando cual amanecer y mirando al hombre que señalaba un juego — acérquense, señoritas

Ve si quieres —le dijo Quinn y ella le tomó las dos manos. Giró sobre sus talones y se rodeó a sí misma, caminando hasta él para ver de qué se trataba — no soy buena con la puntería

Tranquila. Lo haré por ti — sintió el frío tras soltarse de los brazos de la rubia y dió dos pasos, deteniéndose frente a lo que el hombre publicitaba como martillo delantero. Ella tomó la herramienta y acomodó sus piernas, antes de alzar sus brazos y golpear el martillo contra un botón rojo.

Alzaron la vista y dió un salto hacia Quinn cuando llegó al número indicado.

Era la primera vez que veía tal juego en su vida y más aún que lo juagaba. Pero le pareció divertido y, mientras él quitaba una sábana de un estante, Rachel tomó la mano de la rubia y la guió a elegir su premio.

Pero tú lo ganaste

Hay cientos de juegos más que seguiré ganando —alardeó con un gesto victorioso y Quinn rió, antes de mirarlos y tomar una caja — ¿bombones de chocolate? —preguntó algo decepcionada —

Para el camino de regreso. Podemos ir comiéndolos —respondió con inocencia Quinn y ella mordió su labio para no reír.

Antes de que pudiera reclamar algo más, se alzó en puntas de pies y volvió a girar entre el tumulto.

Sin embargo cuando se sintió sola y se cercioró de que la rubia no la seguía, se detuvo bruscamente y regresó por sus pasos:

¿Te quedarás ahí?

¿Vas a jugar a muchas cosas más? —Rachel se acercó hasta invadirle el espacio personal. Notó el nerviosismo en su voz y el temblor en su garganta. Si no quería quedarse más tiempo allí no iba a obligarla, pero podía intentar persuadirla al menos —

¿Quieres que volvamos a casa?

Sí…bueno, si quieres quedarte te esperaré y…

Nos vamos a casa —le aclaró y sonriéndole con delicadeza. Quinn asintió y fue en ese momento que notó llevaba la gorra que le había obsequiado. Por supuesto, pensó, no iba a mostrar su rostro inquieto a todos — este sol me está matando. Es terrible —agregó con diversión y la rubia ladeó la cabeza, cuestionándola y sin gracia — ¿qué?

Me gusta usarla

Ya lo veo. Para dormir debes quitártela ¿lo sabías?

¿Qué hay de ti eh? —le siguió Quinn el juego al quitársela y colocársela a ella sin dificultad — ¡vaya que calor, Rachel! Debes protegerte del sol

Eres una pesada. Y más que yo —le dijo señalándola y la rubia rió, mientras la acomodaba hacia atrás y golpeaba infantilmente su cabeza — y por eso, me llevaré los chocolates

Le arrancó la caja y la resguardó la caja contra su pecho, antes de echarse a correr.

Atravesó la cinta de entrada entre tropiezos y hasta pudo sentir los dedos de Quinn pretender retener su vestido. Pero siguió y llegó la bicicleta.

Iba a montarse y solo fingir dar unas pequeñas vueltas cuando la rubia se interpuso entre la rueda delantera y sacudió el manubrio, impidiéndoselo y generándole diversión que no quiso demostrar.

Es mi bicicleta. Y regrésame los bombones

¡Oye! No seas egoísta. Solo dame uno, al menos

A pesar de su orden, Quinn rodeó el móvil y la arrinconó contra el caño dónde la había hecho viajar. Con los brazos estirados, una mano en el asiento y otra sujetando aún el volante, la rubia empujó sus caderas y ella se echó lo que pudo atrás.

Iba a darte muchos pero estabas por robártelos, Rachel —le dijo fingiendo seriedad.

Ya era demasiado tarde y nada tenía que ver con el horario, que no debían ser más allá de las 10 de la noche.

La morena sintió como su mente se apagaba y su cuerpo se relajaba. Su boca se entreabría y la de la rubia se movía, lanzándole tras las palabras su aliento a frutilla.

Clavó su mirada en los labios finos y delicados de Quinn y subió por su rostro. Cuando la descubrió en los suyos también, se estiró hasta ella y la cabeza de la rubia se inclinó.

¿Qué más quieres robarme ya? —le susurró con la voz ronca y Rachel tragó saliva, embelesada solo en su boca — no puedes robarme más —agregó alejándole el mechón de su frente y acomodándolo tras su oreja.

La caricia que le generaba entre los cabellos, la oscuridad porque estaban lejos de las luces y la otra mano de Quinn empujando la bicicleta para acercarla aún más, ocasionaron el calor que explotó dentro de ella y le generó el valor de impulsarse.

Pasó un brazo tras su cuello y la pegó a su rostro, besándola con las mismas ansias que Quinn la recibió.

Olvidó qué hacían allí, cómo había llegado allí y sobre todo qué hacía ella allí. La lógica de la sicología no era esa.

Sin embargo cuando la rubia arrojó el vehículo y atrapó su cadera con firmeza, estrujándole el vestido entre sus puños, decidió ignorar quién era y a qué se dedicaba.

Y se entregó a la situación, al beso expertamente primero de Quinn y se dejó llevar por el ritmo que le quisiera imponer y guiar.

Porque se trataba de eso, acababa de entenderlo. El viaje no comenzó cuando cargó sus dos maletas rosas y George la llevó a Lost Springs.

El viaje comenzó al llegar, al conocerla y dejarla entrar en su vida también.

El viaje continuaba a pesar de que sabía que estaban compartiendo un beso, las palpitaciones se le aceleraran y quisiera más. Mucho más y por eso la atrapaba cada vez con más firmeza.

Y ese viaje no tenía fecha de regreso ni boleto de vuelta.

Todo el mundo en algún momento de su vida viaja a un lugar nuevo, al que desea volver pero no puede hacerlo. Como el paisaje más veraniego en una lejana playa. O como la nieve que cae para armar muñecos y solo a algunos les gusta.

Como ese tipo de viajes la lengua de Quinn se coló a su boca y la hizo gemir. Como esos viajes al más deseoso y recóndito lugar, sus dientes le mordieron el labio inferior y oírla jadear su nombre no se comparaba a la hora de llegada ni partida.

Esos viajes primerizos y que parecen eternos. En avión, autobús o bicicleta.

Esos viajes como el amor.


Fotos Robchele *millones de corazones* y tomadas de la mano y gigochele its over GIGOCHELE ITS OVER!, razón suficiente para dejarles otro caps queridisimas lectoras, espero les haya gustado. Disculpen si hay errores pero la felicidad de Lea soltera me supera y todavía estoy corriendo en círculos, que lindo regalo de cumpleaños adelantado me dió la enana diabolica. La amo. Y hasta les adelanté el cap del beso por la emoción, se supone que sería en el 14 o 15. EN FIN, bye Matthy

Muchas gracias por leer y comentar, son un amor como lo será Achele en un tiempo o solo yo estoy ilusionada de que algo va a pasar?

Pkn150: Lo vi si y me la pasé casi llorando todo el capitulo jajaja. Me dió pena con Carl pero como no es un personaje que me importa, meh. El segundo con Michonne y Rick OTP bebés lloraba pero de emoción. Esperé mucho por eso. Saludos!

Ni glee ni sus personajes me pertenecen o de lo contrario dejaría a Lea soltera, mínimo, un año, que ahí es cuando trabaja y le da bola a sus fans.

Nos leemos el próximo domingo y ya despues hay actualizaciones más seguidas. Que estén bien, saludos!