Todos los personajes pertenecen a Hidekaz Himaruya, sin ánimos de lucro.


X

Pasaron cinco largos años desde la despedida entre Signe y Magnus. Pronto éste y su hermana cumplirían los veintiún años de edad, lo cual significaba que oficialmente serían mayores de edad y el monarca finalmente tendría todo el poder entre sus manos. Lastimosamente eso también implicaba una mala noticia para Annelisse, pues ya estaba en edad de casarse.

La sumatoria de eso era un gran dolor de cabeza para Magnus. Aquella noche, él y su hermana se encerraron en su despacho. Mientras que la comisión que trabajaba para los festejos de los próximos cumpleaños, ellos estaban discutiendo de cuestiones íntimas.

—¡¿Por qué tienes que escuchar a un montón de viejos verdes?! —Annelisse estaba cansada de escuchar proposiciones de matrimonio. Ella estaba más que segura que, a pesar de la distancia que existía entre ambos, su corazón todavía pertenecía a Berwald.

Magnus se encogió de hombros. Él la comprendía a la perfección. No había audiencia en el que un noble se atreviera a ofrecerle a su hija en matrimonio.

—Por cortesía —Magnus recordó cuando había comenzado su reinado y todavía no sabía cómo manejar a la gente. En aquel entonces, hubiera cedido a la presión, pero había aprendido a imponerse como gobernante:—¿Quién sabe? Tal vez puedas encontrar un buen candidato —bromeó.

Los cinco años de gobierno le habían cambiado. No sólo había crecido en altura ni aumentado su musculatura. Ahora se conducía de una manera mucho más confiada e incluso altanera. Había dejado de ser el adolescente de quince años que no sabía dónde estaba parado.

Sin embargo, su hermana no mostraba señales de que aquel comentario le hubiera causado gracia.

—Sólo porque no me ha propuesto matrimonio y no sea del estatus social, no quiere decir que…

En ese momento, Magnus se levantó y puso ambas manos sobre los hombros de su hermana.

—Justamente eso de él te quería hablar —Magnus se apartó porque sabía cuál sería la reacción de Annelisse.

La princesa también había sufrido algunos cambios. Había dejado crecer su cabellera hasta la altura de la cadera. Aunque seguía mostrando rebeldía hacia la etiqueta y todo lo que ponía en peligro a su personalidad, se había dejado llevar por la moda de la época. Si bien aún usaba blusas y pantalones para su entrenamiento, los vestidos colmaban su armario.

—¿De Berwald? ¿Qué sabes de él? —le preguntó sin disimular que estaba intrigada.

La correspondencia con el mencionado era escasa, porque el ejército no le permitía comunicarse mucho con ellos. Sólo lo había visto en un par de ocasiones desde que aquel se había ido y apenas habían sido un par de días como mucho.

—Vendrá para la ceremonia de la fiesta —le explicó con una enorme sonrisa:—Creo que tal vez en estos días estaría llegando —añadió.

Annelisse lanzó la silla al suelo y abrazó con fuerza a su hermano. Esa era la mejor noticia que había podido darle. Nunca había entendido porqué el ejército no le daba más tiempo libre. En las cartas, aunque eran cortas, le había relatado sobre la mala comida y el tiempo horrible que azotaba aquellos parajes.

—¿Cómo lo has conseguido? —Annelisse se dio cuenta de la estupidez de su pregunta apenas la pronunció:—Por supuesto, eres el rey —contestó con una enorme sonrisa.

Magnus le acarició el cabello antes de apartarse.

—¿Cómo van los estudios con Thorvald? El fuego de aquel lugar aún no se ha extinguido pero no se ha propagado —Magnus no había dejado de pensar en el sacrificio de su padre. Lastimosamente no había tenido el tiempo suficiente para dedicarle con más detenimiento al asunto:—Estoy considerando enviar una expedición.

Annelisse estaba tan entusiasmada con la idea de la vuelta de Berwald, que tardó unos cuantos segundos en reaccionar.

—Eh… Seguimos buscando en los libros antiguos alguna manera de apagarlo. Hay una biblioteca muy antigua en la ciudad de Virymnas que tal vez nos pueda dar una mano —Annelisse disfrutaba realmente de las tardes que pasaba con el anciano, aunque temía que el pobre hombre pronto falleciera.

Magnus asintió. Tenía que tomar muchas decisiones pero prefirió no decírselo a su hermana. Volvió a sentarse y suspiró. Luego le regaló una sonrisa.

—Bueno, tal vez volvamos a hablar del asunto después de las fiestas —comentó el rey. Quería un respiro de todos los problemas y la celebración era la excusa perfecta.

La princesa entendió a la perfección la indirecta de su hermano. Se estiró y se dio la vuelta para emprender la retirada. Sin embargo, una duda le asaltó y decidió quedarse por un par de minutos más. Annelisse, aunque no lo demostrara, estaba preocupada por el rey. Ya no se divertía tanto como antes y sus sonrisas eran contadas.

—¿Has sabido algo de Signe? —Se animó a cuestionarle. Sabía que ese tema era difícil pero vio un destello en los ojos de Magnus, que le indicaban que aún sentía algo por ella.

Magnus negó con la cabeza.

—Sé que va a cumplir con su palabra —Magnus intentaba convencerse a sí mismo de ello. Pero ¿cuánto tiempo más tendría que esperarle? ¿Y si algo le hubiese pasado durante su viaje= Eran preguntas que le asaltaban todo el tiempo.

—Deberías… —Annelisse negó con la cabeza. Sabía que estaba a punto de decir algo extremadamente hipócrita. Pero veía a su hermano como una flor que se estaba marchitando con demasiada prontitud.

—Dime —Magnus estaba dispuesto a escucharla. Era la única persona ahora que podía decirle las cosas sin que se enfadara.

La muchacha tragó saliva y agarró todo el coraje que tenía en su interior.

—Deberías considerar a algunas de las muchachas que se te ofrecen. Tal vez nada serio, pero un poco de diversión no te vendría mal —le aconsejó antes de desaparecer por la puerta.

Magnus sonrió por la desfachatez de su hermana. En más de una ocasión, lo había considerado. Quizás era el momento de volver a planteárselo.

Llegó el día de la fiesta. Magnus se miraba en el espejo mientras que el sastre y sus ayudantes le ayudaban a colocarse el traje que habían diseñado especialmente para la ocasión. Toda la ropa era un color blanco marfil con toques dorados. La capa era de piel de oso y Magnus había elegido una corona hecha de oro blanco. Estaba resplandeciente.

Su hermana le aguardaba afuera de su dormitorio. Al igual que la vestimenta de Magnus, lucía un resplandeciente vestido del mismo color y con los mismos detalles. La tiara que estaba usando llevaba diamantes incrustados.

Las puertas se abrieron y Magnus le ofreció el brazo para que se aferrara al mismo.

—¿Crees qué va a llegar? —Annelisse le preguntó nerviosa a su hermano. Conforme pasaba el tiempo, se había acostumbrado a hacer más apariciones en público. Pero el causante de su tensión no había aparecido en el tiempo que su hermano le había mencionado.

—Por supuesto que lo hará. Es un hombre de palabra —Intentó apaciguarle.

Se dirigieron al palco real, donde en las afueras del palacio, los ciudadanos les estaban aguardando. Dos guardias abrieron las puertas e ingresaron al balcón. Annelisse siempre sorprendía de la cantidad de gente que se reunían para aquellos eventos.

Después de saludar a la gente que los vitoreaban, se dirigieron a la entrada del palacio. Allí un carro les buscaría para llevarles al lugar donde se llevaría a cabo la fiesta principal, en donde los nobles estarían aguardando por ellos.

Annelisse trataba de no pensar demasiado en ello. Tal vez el viaje era largo y quizás por inclemencias del tiempo, Berwald había sido incapaz de llegar a tiempo. Suspiró.

La carroza real aguardaba con dos caballos tan blancos como la nieve. Magnus ayudó a Annelisse a subirse a la misma y luego él hizo lo mismo. Él se mantuvo a pie por un rato para continuar saludando a la gente. Lo que al principio le había parecido vergonzoso, ahora le parecía de lo más natural. Luego se sentó a su lado.

La princesa tenía ganas de recostar la cabeza sobre el hombro de Magnus pero sabía que su tocado se desharía con facilidad. Así que se vio obligada a intentar mostrarse feliz. No quería dar lugar a la habladuría de la gente.

No obstante, por unos minutos, se dio la vuelta y Annelisse no pudo evitar la sorpresa. Sus mejillas se tornaron rojas y estuvo a punto de saltar de la carroza. Pero Magnus le tomó gentilmente de la mano para traerla hacia su lado e intentar calmarle.

—Ya tendrás la oportunidad de hablarle —Magnus sonrió con suficiencia. Estaba orgulloso de sí mismo. Había conseguido obtener una verdadera sonrisa de su hermana.

Detrás de la carroza, los oficiales sobre caballos negros y pardos custodiaban la misma. Entre aquellos oficiales, usando su nuevo uniforme rojo y blanco, se encontraba Berwald. Éste se había contenido de ir a ver a Annelisse antes, por instrucciones de Magnus. Había aguantado años sin verla pero ahora que estaba a una escasa distancia de ella, apenas podía contenerse.

Finalmente llegaron al palacio donde se iba a celebrar la fiesta. Aquel edificio había sido construido hacía más de quinientos años con la sola finalidad de servir como lugar para celebrar los mayores acontecimientos de la realeza. Desde conquistas y victorias, hasta nacimientos y matrimonios.

Magnus bajó de la carroza y con Annelisse a su lado, entró al lugar. Todo estaba adornado de los colores rojo y amarillo. Había abundantes mesas con flores de las más extravagantes en el centro de las mismas. Un grupo compuesto de los mejores músicos tocaba una de las canciones favoritas del monarca.

Tras dar un breve discurso, Magnus dio inicio a las celebraciones. Él se sentó en su trono mientras que su hermana tomaba el primer lugar a la derecha. El monarca tuvo la esperanza de que tal vez Signe se apareciera. Ni una sola carta de ella había recibido, pero aun así creía que era posible que apareciera. Incluso había dejado un vestido para ella en el castillo por si aquel milagro ocurriera.

Mientras que el rey se divertía con los invitados, tres desconocidos ingresaron a la fiesta. Usando magia en los encargados de velar sobre los invitados, el trío consiguió llegar hasta el salón principal. Se trataban de dos mujeres y un hombre.

—Será una grata bienvenida para Markell, ¿no creen? —preguntó la muchacha de cabello cobrizo. No dejaba de contemplar al rey y recordar su único encuentro. Aún le parecía graciosa su reacción.

—Si conseguimos nuestro objetivo… —le contestó la segunda mujer quien contemplaba el lugar. Buscaba con los ojos a los guardias y los contaba en su mente.

—No se preocupen, damas —El muchacho esbozó una escalofriante sonrisa:—Hoy es el día que tanto hemos esperado —Golpeó la vaina de su espada un par de veces y luego se metió entre la gente.

Las otras dos se dispersaron, a la espera del momento indicado para atacar. Una de ellas no podía esconder la emoción que experimentaba en aquel momento. Markell, su tan ansiado y querido Markell, volvería y esta vez, se aseguraría que nadie le impidiese su regreso.

En ese momento, Berwald finalmente se acercó al rey y a la princesa. Magnus tuvo que tomar de la mano a Annelisse para que no saltara de su asiento e hiciera un escándalo.

—Su Majestad —Hizo una reverencia ante el monarca y luego se dirigió a la princesa:—Anne… —A pesar de la calma que aparentaba, la idea de estar tan cerca de la muchacha, hacía que su corazón latiera con rapidez.

—Berwald, mi viejo amigo —Magnus se puso de pie para estrecharle la mano:—Me alegro que hayas podido venir —añadió con una sonrisa que podría competir con las luces que adornaban el salón.

—Gracias a ti conseguí el permiso finalmente —Realmente se lo agradecía. Aunque no se arrepentía de haber ingresado al ejército, había días en los que necesitaba de un descanso.

Silencio incómodo. Annelisse quería hablar a solas con Berwald pero no quería ser grosera con su hermano. Además, se sentía mal por abandonarle de ese modo. Sin embargo, Magnus no lo dudó un instante.

—Deberían ir a bailar, no se preocupen por mí —Magnus hizo un ademán y se sentó sobre su trono.

—¿De verdad no te importa? —Annelisse quería asegurarse de que estaba de acuerdo y que no lo decía simplemente por mera amabilidad.

—¡Ve! —exclamó el muchacho:—Ya algún noble intentará hablar conmigo de alguna cuestión aburrida —le explicó:—Al menos, uno de los dos se tiene que divertir en la fiesta de su cumpleaños —añadió.

Berwald tomó la mano de la princesa y ambos se dirigieron a la gran pista que tenía el salón. Se empezaron a escuchar algunos cuchicheos y rumores, pero a ninguno de los dos les importó. Había algo más que les interesaba en ese momento que lo que la gente podría llegar a decir.

—Lamento no haberte escrito más —Berwald se disculpó:—No quería que sospecharan nada —Recordó los primeros meses en los que había estado en el ejército y la verdad era que no se había animado a escribirle nada, por temor a que la princesa estuviese enfadada con él.

—No te preocupes. —Annelisse contempló los ojos del otro y sonrió:—No pensé que te volverías más guapo de lo que ya estabas —le confesó con un suave rubor en las mejillas. No quería que aquel momento terminase y si aquello se trataba de un sueño, rogaba a que no le despertasen.

Berwald se quedó en silencio, avergonzado. No sabía qué decir al respecto. Se sentía un hombre afortunado. Mientras que daban una vuelta en silencio, al muchacho le pareció ver un rostro conocido. ¿Acaso era la misma mujer que hacía tantos años se le apareció en el camino? Ambos se miraron por un largo rato y luego ella desapareció.

—¿Berwald? —Annelisse se dio cuenta de que estaba desconcertado por algún motivo:—¿Está todo bien?

Berwald sacudió la cabeza y asintió.

—Sólo estoy cansado, eso es todo —Le atribuyó al largo viaje que había hecho para llegar tiempo. Apenas había descansado porque no quería decepcionar ni a su mejor amigo ni a Annelisse. No iba a soportar ser la causa por la cual ella estuviera triste.

—Tonto —Ella murmuró pero no podía esconder lo feliz que estaba. Quizás estaba siendo egoísta, pero hacía un largo tiempo que no se sentía tan halagada. Sabía que no podía besarle pues la gente los miraba con mucha atención pero ya se daba por complacida al estar tan cerca de él:—¿Por qué no vamos a un lugar más privado? —le sugirió.

Berwald dudó, más que nada por respeto a Magnus. No quería que pensara que se estaba aprovechando de su hermana bajo sus propias narices.

—Para hablar —aclaró Annelisse al darse cuenta de que el soldado no estaba seguro:—Tal vez para besarnos, pero principalmente para hablar. Es imposible hacerlo con todas estas mriadas encima de nosotros —le explicó antes de suspirar profundamente.

—Vamos —Finalmente aceptó. Al fin y al cabo, no tardarían mucho tiempo.

Annelisse le regaló una sonrisa, complacida con su respuesta. No obstante, mientras que se dirigía hacia una puerta que daba hacia las habitaciones privadas del palacio, se percató de una alta figura que le parecía conocida. Se quedó parada para descifrar en dónde lo había visto. Sus ojos se abrieron ampliamente al recordar al hombre que casi la estranguló en su propia habitación.

El sujeto se volteó y le dedicó una sonrisa que le causó escalofríos, antes de continuar con su camino.

—Anne… —Berwald le jaló suavemente del brazo:—¿Qué haces? —le preguntó.

La muchacha suspiró. No, era imposible. ¿Cómo iba a colarse en aquel lugar siendo que había seguridad en la entrada?

—Nada, nada. Vamos, tenemos que regresar antes de que la cena comience —La muchacha salió de allí con prisas.

Por su lado, Magnus estaba terriblemente aburrido. ¿Por qué Signe seguía sin aparecer? ¿Por qué no le había enviado una sola carta? Frunció el entrecejo, tal vez era el momento de continuar con su vida. Quizás Signe se había olvidado completamente de él. No, no podía ser. Estaba seguro de que esa no era la razón.

De repente, mientras que observaba a la gente y a los invitados, se encontró con un rostro familiar. Era la mujer que había entrado a su habitación años atrás. Estaba completamente seguro de ello y sin dudarlo un segundo, se puso de pie. Lastimosamente, por el cargo que ostentaba, todo lo que hiciera, llamaba la atención.

Sus ojos azules se clavaron en aquella mujer. Ésta se fue quitando el vestido en medio de la pista y Magnus no podía reaccionar. Estaba hipnotizado por su belleza. Su parecido con Signe era extraordinario.

Pero, por alguna razón, no podía moverse. Escuchaba las voces que le llamaban pero su cuerpo no respondía. De repente, sintió un intenso dolor sobre ambas rodillas y la sangre comenzó a emanar de las mismas.

—¡Qué nadie se mueva o al maldito rey lo decapito en frente de todos! —exclamó un hombre mientras que el filo de su espada, tan negra como la oscuridad de la noche, rozaba el cuello de Magnus.

Magnus intentó gritar pero no conseguía vocalizar en lo absoluto. Patético, pensó. Su padre al menos había muerto en batalla. Qué vergüenza, se había descuidado. Había creído que el asunto se había solucionado y había ocurrido lo contrario. Tal vez, por idiota, se lo merecía. Aunque, en su interior, deseaba ver a Signe una última vez.

La misma mujer que le había embrujado, se agachó y le tomó del mentón.

—Como todos los hombres, idiota —Le dio una cachetada con fuerza:—Deberías alegrarte, no verás en lo que se va a convertir tu reino —murmuró:—Además, tendrás la gracia de que será el rey verdadero el que va a arrebatarte todo, incluso tu vida —añadió.

—Deberíamos divertirnos con él, ¿no te parece? —preguntó el sujeto que seguía sosteniendo la espada a apenas unos centímetros del cuello de Magnus.

—Markell decidirá lo que se va a hacer con él, es su trofeo después de todo —comentó una tercera voz.

El monarca cerró los ojos. ¿En dónde estaban Berwald y Annelisse? Mejor era así, tal vez. Fuera lo que fuera a ocurrir, se iban a salvar. Aunque, por un lado, habría deseado que le ayudaran para salir de esa situación.

Pronto se dio cuenta de que estaba lagrimeando. No sólo era un idiota, sino además un cobarde. Maldijo su suerte en ese instante. Si tan sólo hubiera prestado mayor atención, si tan sólo hubiera dedicado su tiempo en estudiar a aquellos extraños sujetos en lugar de… No había nada más que hacer. Lamentarse no iba a solucionar nada en lo absoluto.

Más gritos y gritos. Magnus realmente no podía ver nada. Se estaba desesperando. Algo se había desatado en aquel momento pero ni siquiera podía moverse para observar el panorama. ¿Y si alguien querido estaba muriendo por su culpa?

Escuchó el sonido de espadas que resonaban contra otras. Una pelea estaba sucediendo en aquel momento. Magnus estaba indignado, no podía ni siquiera ser partícipe de la misma. Juró que se salía de aquella situación, buscaría la manera de vengarse y de compensar a aquellos que estaban luchando por él.

Luego alguien le levantó. La espada ya no estaba por su cuello. Pero se encontró con una mirada tan frígida que podía compararse a los mismos glaciares. Este hombre vestía todo de negro. Tenía una marca en una de las mejillas y tenía una barba incipiente. Jamás lo había visto y aun así, le parecía familiar.

—Pensé que valdrías la pena, pero ni siquiera pienso molestarme en matarte —Se encogió de hombros y le quitó la corona de la cabeza:—Esto es mío, gracias —Y arrojó a Magnus al suelo como una bolsa de patatas.

Lo contempló un largo rato, como si Markell no estuviera seguro de lo que tenía que hacer a continuación.

—¿Qué hacemos con él? —preguntó la muchacha que había embrujado a Magnus.

—Tenemos cosas más importantes que hacer, Sissa —le indicó Markell:—Como por ejemplo, anunciar que el rey ha muerto —Markell miró con desdén a Magnus y le dio una fuerte patada en el estómago.

Markell sonrió al ver la expresión de dolor en el rostro del ahora antiguo monarca. Como si aquello hubiera sido un bono a todo lo que había logrado. La humillación de éste le parecía divertida y quiso disfrutarla hasta el último momento. Luego se dio la vuelta para continuar con sus planes.

Magnus hubiera preferido que lo hubiesen matado. No podía moverse, no sabía sobre el destino de su hermana y mejor amigo, y ahora le sacaron el título. Ni que decir que le habían quitado todo rastro de dignidad. ¿Por qué le habían perdonado la vida?

Quería darse por vencido cuando alguien se apareció. Magnus vio la sombra y por un momento, creyó que habían venido para terminar con el trabajo. Sin embargo, fue gratamente sorprendido.

—No te he dejado solo —Una voz muy familiar le susurró al oído antes de darle un beso sobre la frente.

Ella le abrazó con tanto cariño que Magnus sintió un regocijo enorme. O quizás era el dolor que sentía por la patada que había recibido unos minutos atrás. Las lágrimas de la muchacha caían por su ropa pero no le importó. Al fin, ella había llegado.

Signe cerró los ojos y murmuró un hechizo. Una ráfaga pasó por el cuerpo de Magnus y éste sintió que su cuerpo salía de la prisión invisible en la cual había estado atrapado.

El humo ya se había disipado y lo que vio fue una aberración. Había cuerpos por todas partes. Buscó a Annelisse y a Berwald, pero no había señales de ellos. ¿En dónde estaban? ¿Lo habían abandonado? Sin embargo, pronto fijó su atención en la figura que se encontraba frente a él.

—Llegué tarde. Lo siento —Signe se disculpó antes de sentarse sobre el suelo y acariciar el cabello de Magnus. Había tanto que quería decirle pero sabía que tenían que actuar con rapidez.

El muchacho no podía hablar de la impresión. Era ella, después de todo. Había venido.

—Tenemos que huir, Magnus. No sé a dónde, pero creo que te han perdonado la vida por muy poco —Signe tocó con cariño las mejillas del noble con cariño:—¿Crees qué puedes caminar hasta la salida posterior?

Pero en lugar de contestar la pregunta de Signe, Magnus se arrastró hasta ella y se sentó a su lado, tratando de obviar el dolor que sentía en ambas piernas. Después de aquel desastre, después de haberlo pedido todo, ahí estaba ella, a su lado.

Miró sus magulladuras y vio que tenía una venda que cubría parte de su brazo derecho. Sus manos eran de un azul marino. Su vestido estaba roto y estaba descalza. Sin embargo, lo que más le llamó su atención, fue su rostro. Era tan bonita como la había recordado.

—Magnus… —Signe insistió al recibir respuesta.

Pero el muchacho, en lugar de decir algo, se abalanzó sobre ella y le dio un beso en los labios. El resto del mundo podía esperar. No le importaba nada más. Sólo sentía como su corazón estaba a punto de salir de su pecho. La amaba tanto como hacía cinco años atrás. Lo había perdido todo y aun así, creyó que tendría las fuerzas para continuar.

Una vez que se separaron, Magnus asintió.

—Quiero que me cuentes todo —le suplicó, haciendo una mueca. Aún sentía el dolor de las flechas sobre sus rodillas.

Signe suspiró. Todavía se sentía culpable de no haber llegado antes. Sin embargo, al ver que Magnus parecía estar revitalizado, ella se percató que tampoco podía rendirse. Aunque todo estaba perdido.

De ése modo, pese a que las circunstancias habían cambiado por completo, ambos estaban decididos a dar una pelea. La guerra apenas había empezado.


Varias cositas (?)

1. Quise enfocarme más en Magnus porque se supone que él es el protagonista. Por otra parte, pensé que si lo escribía de otra manera, habría un embrollo de personajes, lmao.

2. Sé que faltan muchos detalles. MUCHÍSIMOS. Estos se van a ir descubriendo con el tiempo, incluyendo qué pasó con Berwald y Annelisse y de dónde viene Signe.

Espero que me tengan paciencia. Ahora se viene la acción, aunque para ser sincera, esta historia es larguísima. Ya se los hago saber.

En fin. ¡Les deseo que pasen unas excelentes Navidades y si no festejan la Navidad, entonces una felices fiestas! ¡Gracias por leer!