El fantasma del hermano
El silencio que se formaba en los cementerios siempre era el más solemne que se podía generar. Aún sin conocer al difunto se sabe que hay que guardar luto riguroso por aquellos sueños que se cortaron con la intervención de la invencible fuerza de la guadaña, por los que se quedaron con un recuerdo y debieron seguir solo con eso.
Incluso cuando se sabe quién y por qué esta bajo el manto de la tierra, no se puede evitar no tener nada que decir cuando la sombra de pesar no se difumina en algunos, sobre quienes la marca del occiso se dejó más profunda.
Sai levantó el rostro para dejar de mirar a la mujer de su hermano.
Vio pasar algunos gorriones en parvada silenciosa, de un extremo del camposanto a otro, perdiéndose en la línea oscura del horizonte que despedía la noche. Antes del amanecer era el momento en que acudían al aniversario luctuoso a falta de otro horario disponible en la agenda de su padre.
Silenciosamente, regresó la vista al monumento mortuorio donde el nombre, epitafio y fotografía dramatizaban la muerte de un joven que aún tenía toda la vida por delante, por plantearlo de algún modo menos simplista, ya que evidentemente no era así.
Nuevamente dirigió una mirada hacia la muchacha que se quedó con un anillo de compromiso en mano hacía unos diez años atrás. Volvió a bajar la mirada al notar que sus manos sin alhajas revelaban que se encontraba aún soltera.
Tenía tres o cuatro años que no la veía, creía que había encontrado algún otro sujeto con el que pudiera casarse y tener un periodo de vida en pareja más largo antes de enviudar otra vez. Pero resultaba que no era así, y no sabía cómo sentirse exactamente por ello.
Su padre dio una indicación, se despidió de la joven, enseguida, a paso rengo, se encaminó hacia el auto donde esperaban Torune y Fū. Sai hizo lo mismo, yendo lento para ir a su lado.
Para cuando Danzō tomó su lugar soltó un suspiro de cansancio que pasó desapercibido por el golpe de la puerta al ser cerrada.
—Pobre muchacha— expresó el anciano.
—Son trece años, ya debería poder superarlo, muchos psicólogos aseguran que no es sano un luto tan prolongado.
—Deberías dejar de leer tantas tonteras, Sai.
El motor se puso en marcha.
—Ino dice lo mismo.
El único ojo del anciano se despegó de la agenda por unos momentos para posarse sobre el rostro de su hijo que miraba por la ventana distraídamente.
La mayor virtud y debilidad del joven, era que decía lo que pensaba sin importarle que todo podía y sería usado en su contra.
Carraspeó un poco, y no para llamar su atención; a cierta edad, con tantos medicamentos para tratar sus diversos males, la saliva se volvía tan pesada que a veces era imposible de tragar, por lo que debía estar haciendo aquella acción repetidas ocasiones cuando una flema se quedaba a punto de obstruir el paso de aire. Su hijo era perfectamente consciente de eso, aunque por reflejo instintivo tendía a girar la vista por un momento.
—¿De qué es ese libro?— preguntó Danzō distinguiendo un escandaloso color naranja en las pastas de un ejemplar tamaño pequeño. Sai bajó la vista hasta la bolsa de su chaqueta de donde se asomaba el mencionado libro, lo sacó y le mostró la portada que tenía una planta con dientes muy de estilo caricatura.
—Me toca cuidar a Audrey Junior la próxima semana, quiero ser un buen padre.
Danzō volvió a resoplar pasándose una mano por el mentón arrugado.
Sinceramente, no tenía comentarios al respecto.
No, no tenía nada para decir.
.
—De verdad que no hay mayor problema— repuso Zetsu mirando el percance por el que, en un ataque de pánico, Ino lo había llamado.
Se encogió subiendo un poco las mangas del saco, no así las de la camisa que tenían los botones más justos.
La rubia secó las lágrimas que aún brotaban de sus ojos azules con el dorso de la mano y se giró para buscar los guantes de jardinería, sin embargo, para cuando los tendió, el hombre ya había usado las manos desnudas para recoger la tierra y con cuidado la raíz de una de las plantas que se le había caído a la chica al tratar de moverlas de lugar. La trampas se habían puesto de color café casi al instante camuflándose entre la tierra dispersa, lo que en la mente de la chica equivalía a un cadáver en un charco de su propia sangre.
—¿Esta… muerta?
El otro miró unos momentos lo que tenía entre manos para luego negar con la cabeza.
—No te preocupes, estará bien, la caída no fue letal, aunque trata de no hacerlo de nuevo.
—¡Si no lo hice a propósito!
El chillido de la chica casi en su oído, al inclinarse ella para ver mejor sobre su hombro, le hizo echarse a un lado.
—No dije que lo hicieras.
Unos momentos después, Zetsu ya se había puesto de pie y girado hasta la mesa del mostrador unos ochenta y siete centímetros más arriba de la zona de desastre, movimiento observado en todo momento por la hija del dueño de la floristería.
Ridículo tal vez, pero le rememoró a una madre mirando al médico que examinará a su hijo.
Caso contrario a ella, él, sin ningún tipo de estrés o preocupación, se dedicó a hacer una rápida intervención que había aprendido tras años de experiencia trabajando con los exóticos ejemplares que había vendido a la tienda.
—¿Cómo va la preparación del invernadero?— preguntó de improviso.
Ino se sobresaltó un momento por la abrupta interrupción del silencio, pero enseguida agitó la cabeza de un lado a otro.
—Hubo un accidente con uno de los trabajos y vamos atrasados.
—Estos ejemplares son muy lentos para crecer, aún en el buen clima de Konoha les levará bastante tiempo. Además, mientras más tiempo pasen en la bolsa, más difícil será la viabilidad de germinar.
La rubia apretó los labios para no reírse.
Viabilidad.
Viabilidad.
Viabilidad.
Palabra nueva y si la repetía muchas veces, incluso mentalmente como había hecho, perdía completamente la estructura hasta terminar diciendo "vialidad".
—Dudo que mi padre pueda hacerlo a la brevedad, el cliente que atiende es exigente.
Zetsu la miró de reojo.
—En realidad no es complicado, Ino-san, podrías hacerlo tú.
La joven aún estaba sonrojada por el llanto, con los ojos levemente acuosos y el maquillaje delineador sutilmente dispersado en los párpados tanto superiores como inferiores, especialmente los últimos.
—Porque es algo un poco urgente, estas especies no tienen la resistencia de las semillas de clima frío que pueden invernar.
Antes de obtener una respuesta, el reloj de pie que se encontraba bordeado de lilas y azucenas color naranja marcó las tres en punto de la tarde. Ino, sin pensarlo dos veces corrió a meter los anuncios y voltear el cartel de la puerta para anunciar que cerrarían para comer. Al regresar, esquivando por poco una tina con lirios amarillos, no dudó en lanzarse contra el mostrador estampando las palmas con fuerza.
Nuevamente regresaron algunas lágrimas a sus ojos.
—¡Por favor! ¡No le diga a mi papá lo que pasó! ¡No tarda en llegar! ¡Y cómo viene de mal humor por estar todo el día en el sol, no va a escuchar razones!
El otro apenas fue capaz de inclinar la cabeza haciéndole saber que la había escuchado.
Para ese momento ya había pasado la planta a otra pequeña maceta, aunque el color café seguía presente, podía mantenerse erguida y no en calidad de verdolaga muerta sin forma sobre la tierra.
—Ino-san ¿Conoce algún lugar donde se pueda comer bien por una cantidad módica?
La pregunta la tomó desprevenida, pero luego de pensarlo unos momentos atinó a decir el nombre del local de barbacoa donde comían con Chōji, para el caso, si podían pagar la cuenta del Akimichi con sus propios ahorros de adolescentes preuniversitarios, sin duda un hombre de profesión con negocio propio no tendría problemas.
Entusiasmada, olvidando casi por completo el drama en el que se había sumergido momentos antes, tomó una nota de venta vacía, le dio la vuela y comenzó a hacer un trazo de croquis sobre cómo llegar. Con eso, a Zetsu se le ocurrieron dos cosas: la primera era Ino resultaba pésima para ubicarse incluso dentro de su propia ciudad, o bien, Konoha tenía una traza urbana complicada.
Y la gran verdad era la segunda opción.
Ino no era tan mala ni dibujando ni orientándose, de verdad las calles de Konoha eran tan intrínsecas que de haberse propuesto ir por su cuenta declinando el ofrecimiento de la rubia, habría terminado vergonzosamente perdido, sin gasolina y con hambre.
—¡Aquí, doblando la esquina!
El hombre se llevó un dedo al oído, la distancia que los separaban no era suficiente, escuchaba la voz aguda retumbarle demasiado cerca.
—Ino-san, creo que esto fue demasiado inapropiado, y espero que su padre no lo tome a mal.
La chica hizo un gesto de desestimación con las manos.
—Quedé de verme con Shikamaru aquí, en realidad hasta me hizo el favor— dijo cerrando los ojos y sacando la lengua pícaramente —. Gracias a usted, Zetsu-san, me salvó dos veces hoy. No sé que hubiera hecho si mi papá ¡Pobre Cleopatra! ¡Pensé que se moría!
Zetsu no pudo contener la risa.
—¡Cleopatra era un Ficus!— le dijo.
—Y Audrey Junior un cephalotus, o algo así*— agregó la chica sonriendo, aunque unos momentos después miró de reojo el seguro del auto, Zetsu comprendió al momento y movió el botón del automático liberándolo para que saliera, cosa que ella hizo en la oportunidad inmediata. Sin embargo, no estaba incómoda en realidad, posiblemente aquél hombre era la primera persona que sabía el porqué de los nombres de sus plantas y era algo que, debía reconocer, resultaba agradable. Un chiste local que entendía alguien más que no era su papá y lo encontraba sinceramente gracioso.
Se despidió haciendo una reverencia adelantándose hasta donde Shikamaru, Chōji y otra chica esperaban por ella.
.
—Lo siento, de verdad— decía Sai, aún recostado boca arriba sobre su cama.
—¡Pero esta me la vas a pagar! ¡¿Eh?! ¡No creas que vas a quedar impune!
El chico trató de esbozar una sonrisa mientras le aseguraba que así sería, pero el intento falló por mucho más de lo usual cuando terminaba por hacer un gesto frívolo.
—Nos vemos, te llamo luego.
Terminó la llamada y se incorporó con cuidado dejando el aparato sobre la mesa de noche tomando del mismo sitio una caja de madera.
Su rostro inexpresivo se hallaba sombrío, realmente no esperaba que su padre le diera aquella cosa, de hecho, ni siquiera se imaginaba que la hubiera guardado por tanto tiempo.
Repasó nuevamente los objetos que había dentro: una fotografía de su hermano con su novia, un cancionero ilustrado, una rosa deshidratada entre las pastas del propio libro, una cigarrera vacía con decorados en cobre y algunas cartas que le había enviado la chica, pues en tiempos de su hermano, los mensajes de texto vía celular no eran viables.
Repasó con la punta de los dedos un dibujo de un corazón asimétrico.
Se frotó los ojos con el dorso de la mano dejándose caer a un costado de las cosas aún sobre la cama. Sus recuerdos eran insanamente nítidos, y aquella caja los reforzaba más. Su hermano adoraba a su novia, eran jóvenes, pero estaba completamente convencido de que ella sería la mujer con quien pasaría el resto de su vida.
Pero si quería casarse con ella ¿por qué ahorcarse en un rincón olvidado del patio?
Sintió el cuerpo lánguido y la imagen de su cadáver tambaleándose al frente suyo no hacía más que revolverle el estómago.
¿Por qué si quieres tanto a alguien te alejas?
No tenía sentido, absolutamente nada lo tenía por más que lo pensaba año con año. Volvió a pasarse el dorso de la mano por los ojos.
A veces pesaba tanto imaginarse que el amor de su novia no fue razón suficiente para vivir.
Sentía que se sofocaba.
Trece años habían pasado desde ese día, y al igual que ella, la herida seguía ahí.
Llamaron a la puerta, apenas fue capaz de levantar el rostro para permitir el paso. Se trataba de Fū que traía algunos libros que le había pedido para acrecentar sus conocimientos sobre plantas insectívoras.
El hombre dejó el material sobre el escritorio donde había dispersos frascos de tinta y papel, la técnica favorita que empleaba para hacer sus trabajos donde figuraban algunos retratos lineales de Ino.
—No es que me entrometa, pero tal vez debería hablarlo con ella. Se supone que es su novia.
Sai guardó silencio tratando de calmar su respiración.
—¿Sabías que mi madre también se suicidó?
El rubio giró el rostro sin expresar algo en concreto.
—Creí que había sido cáncer.
—Tenía cáncer, pero se suicidó.
Fū se sorprendió por la forma tan tranquila en la que hablaba del tema. Su voz de escuchaba firme, con los ojos fríos aquél muchacho de momento se tragaba todo sentimiento para recubrirse con una escabrosa inmutabilidad que incluso él, que ya había vivido una guerra, jamás había visto en nadie.
—Lo siento— fue lo único que pudo decir ante alguien que aparentemente no le importaba la muerte de su madre.
—Da igual, yo no me acuerdo de ella. Mi padre cree que no sé, pero encontré el acta de defunción. Pienso que la dejó a propósito.
Fū bajó la mirada antes de salir caminando.
.
—Ino-san, se te van a estropear los dientes si continúas así— señaló Temari a la otra chica que jugaba con la cuchara metálica que no sacaba de la boca y solamente la paseaba haciendo ruido.
—Sai no se encontraba bien— fue todo lo que dijo antes de meter su cuchara en el plato de Shikamaru para robarle un pedazo de flan, gesto ante el que Temari arqueó levemente una ceja.
—Deberías llamarlo.
—Ya lo hice, pero me manda a buzón directamente.
—Es raro que él te cancele— comentó Shikamaru mientras veía su postre desaparecer entre Temari e Ino que alternaban la intrusión en una no anunciada competencia.
—Supongo que debe ser algo serio— agregó Chōji moviendo su copa doble de vainilla lejos del alcance de las chicas que habían intensificado su competición por el robo de postres ajenos.
—Iré a verlo.
Los otros tres no dijeron nada, pues en lugar de saltar a tomar el primer taxi que pasara, se limpio un par de lágrimas del rostro con la mano.
—¿Sabían que le dijo a Sakura que hoy era el aniversario luctuoso de su hermano?
Shikamaru y Chōji estaban más acostumbrados a los cambios volubles de humor, pero la otra chica no, por lo que buscó contacto visual pese a que Ino ya había empezado a llorar con la cabeza baja.
—Se lo dijo a Sakura y no a mí.
—Tal vez te lo dijo y no le pusiste atención, como cuando te dije que faltaría para ayudar a mi papá en una conferencia en Suna e hiciste que los chicos me buscaran hasta por debajo de las piedras.
Ino interrumpió su llanto para pellizcarlo en el brazo, pero enseguida se llevó las manos al rostro nuevamente.
—Es que no lo entiendo ¿No soy yo su novia? ¿No se supone que confíe en mí y yo lo consuele?
Temari iba a decir algo, pero el sonido de su celular la interrumpió. Tomó la llamada apartándose un poco de la mesa.
—¿Has estado llorando todo el día?— preguntó Shikamaru tendiéndole una servilleta.
—Sakura me llamó en la mañana para saber si lo iba a acompañar al cementerio ¡Frentesota estúpida! Estaba tan enojada que aventé las cosas del mostrador ¡Casi mato a Cleopatra!
— ¿Quién demonios es Cleopatra?
—Entonces yo… yo…
La chica se limpió la nariz y tapó su boca con una mano.
Entonces yo llamé a Zetsu-san. Trató a Cleopatra, conversamos, me olvidé que estaba enojada, me reí de una palabra que no podía pronunciar rápido.
Entendió los chistes de plantas…
—Ino, si quieres puedo…
Temari era una mujer reservada, educada, y muy en contra de realizar acciones que exigieran poner la vista sobre ella, sin embargo, Shikamaru no pudo evitar dar un salto con todas las energías que no usaba para otra cosa con tal de abrazarla para que no cayera por la falta de fuerza en sus piernas, y recargarla contra su pecho mientras ahogaba un grito.
El móvil de la joven cayó al suelo.
—¿Qué pasa?
—¡Gaara! ¡Lo secuestraron!
El nombre de su hermano se quebró un poco sumiéndola en un silencio que se prolongó hasta que Shikamaru consiguió sacarla.
Chōji fue detrás, casi enseguida, seguido por Ino.
Tal vez lo de Sai podía esperar, al menos hasta saber que el hermano de Temari estaba bien.
Comentarios y aclaraciones:
Sentí que no llegaba pero ya dimos otro paso! Bueno Zetsu ni a la pena.
Pero falta mucho trabajo para hacerlo sólido, y más aún, que un hombre adulto corresponda a una adolescente escandalosa y llorona.
¡Daré mi mayor esfuerzo!
*¿Quién me dice de dónde sacó Ino los nombres? En todos los caps hay pistas, y ya les di la especie ¡En realidad es muy fácil!
¡Gracias por leer!
