como siempre he dicho la hsitoria no me pertenece, al igual que los personajes, solo la adaptacion al mundo de twilight.
Pov. Bella
- Según parece, hay algunos alumnos que no se toman muy en serlo mi clase -anuncia la señora Cope antes de empezar a repartir los exámenes que hicimos ayer.
Y cuando se acerca a la mesa que compartimos Edward y yo, me hundo en la silla. Lo último que necesito es que la señora Cope me eche la bronca.
- Buen trabajo -señala la mujer mientras coloca mi examen boca abajo en mi mesa. Entonces, se gira hacia Edward, y añade-: Para alguien que desea ser profesor de química, no ha empezado con muy buen pie, señor Cullen. Si no viene preparado a clase, la próxima vez me lo pensaré dos veces antes de salir en su defensa.
Deja caer el examen de Edward frente a él. Lo sujeta entre el índice y el pulgar, como si el papel fuera demasiado asqueroso como para que el resto de los dedos lo rocen.
- Quédese después de clase -le dice antes de entregar el resto de los exámenes.
No puedo entender por qué la señora Cope no me ha echado ningún sermón. Le doy la vuelta al examen y veo un sobresaliente en la parte posterior. Me froto los ojos con las manos y vuelvo a mirarlo. Debe de haber algún error. No tardo ni un segundo en reparar en el responsable de mi nota. La verdad me golpea como un martillazo en el estómago. Miro a Edward, quien está guardando su suspenso dentro de un libro.
- ¿Por qué lo has hecho?
Espero a que la señora Cope termine su conversación con Edward después de clase para acercarme a él. Estoy esperándole en la taquilla, y él me presta muy poca atención, si es que me presta alguna. Intento ignorar las miradas que me atraviesan la espalda.
- No sé de qué estás hablando -dice.
¡No me digas!
- Cambiaste los exámenes.
- No es para tanto, ¿vale? -dice, cerrando la taquilla de golpe.
Sí que lo es. Edward se aleja por el pasillo como si quisiera dejar las cosas como están. Le vi haciendo su examen con diligencia, pero cuando he reparado en el gran suspenso en rojo en el papel, he comprendido que era mi propio examen.
Después de clase, salgo corriendo hacia la puerta principal para alcanzarle. Está montado en la moto, apunto de marcharse.
- ¡Edward, espera!
Estoy nerviosa. Me aparto el pelo de la cara y lo escondo tras las orejas.
- Sube -me ordena.
- ¿Qué?
- Sube. Si quieres darme las gracias por salvarte el culo, ven a casa conmigo. Lo que te dije ayer iba en serio. Tú me mostraste un pedacito de tu vida, y yo quiero mostrarte la mía. Es justo, ¿no?
Echo un vistazo al aparcamiento. La gente nos mira; probablemente esperan el momento oportuno para hacer circular el cotilleo. Si me marcho con él, la noticia se difundirá rápidamente.
El rugido del motor me hace regresar a la realidad.
- No tengas miedo de lo que puedan pensar.
Le echo un vistazo, desde los vaqueros desgarrados y la chaqueta de piel hasta la bandana roja y negra (los colores de su pandilla) que acaba de atarse a la cabeza. Debería estar aterrorizada, pero entonces recuerdo cómo se comportó ayer con Jessica.
A la mierda.
Me coloco la mochila a la espalda y monto a horcajadas sobre la moto.
- Sujétate bien -dice, llevándome las manos a su cintura. El simple contacto de sus fuertes manos sobre las mías resulta profundamente íntimo. Antes de apartar esa idea de mi mente, me pregunto si él también sentirá lo mismo. Edward Cullen es un tipo duro. Con experiencia. Supongo que un simple roce de manos no le provocará un revoloteo en el estómago.
Antes de poner las manos en el manillar, frota las yemas de los dedos contra las mías, a propósito. Ay, madre mía. ¿Dónde me estoy metiendo?
Cuando aumenta la velocidad al salir del aparcamiento, me agarro con más fuerza a sus duros abdominales. Me asusta la velocidad y empiezo a marearme, como si estuviera en una montaña rusa sin barra de seguridad.
La moto se detiene frente a un semáforo en rojo. Me echo hacia atrás. Le oigo reír cuando el semáforo se pone en verde y volvemos a arrancar a toda velocidad. Me aferro a su cintura y escondo la cabeza en su espalda.
Cuando por fin nos detenemos, y después de que Edward baje el caballete de la moto, echo un vistazo a lo que me rodea. Nunca había estado en esta calle. Las casas son tan... pequeñas. La mayoría solo tienen un piso, y ni un gato podría colarse en el espacio entre una y otra. Aunque no quiero sentirme de este modo, se me instala en la boca del estómago una sensación de pesar.
Mi casa es, por lo menos, siete, no, ocho o nueve veces más grande que la de Edward. Sabía que esta zona de la ciudad era pobre, pero no tanto...
- Esto ha sido un error -dice Edward-. Te llevaré a casa.
- ¿Por qué?
- Entre otras cosas, por la cara de asco que pones.
- No me da asco. Me sabe mal que...
- No me compadezcas -me advierte-. Soy pobre, pero no un vagabundo.
- De acuerdo. ¿No vas a invitarme a entrar? Los chicos del otro lado de la calle no dejan de mirarme.
- De hecho, por aquí te llamarán «la chica nieve».
- Odio la nieve -le digo.
Edward sonríe. - No es por eso, guapa. Es por tu piel, blanca como la nieve. Tú sígueme y no mires a los vecinos, aunque ellos si lo hagan.
Edward avanza con cautela mientras me acompaña al interior de su casa.
- Bueno, ya estamos aquí -dice, una vez dentro.
Puede que el salón sea más pequeño que cualquiera de las habitaciones de mi casa, pero es acogedor y cálido. Hay dos mantitas de ganchillo sobre el sofá con las que me encantaría taparme en las noches gélidas. En mi casa no liemos ese tipo de mantitas. Tenemos edredones... unos además han sido diseñados a medida y para que peguen con el resto de la decoración.
Recorro la casa de Edward, pasando los dedos por los muebles. En una estantería con velas medio derretidas reparo en la fotografía de un hombre muy atractivo. Siento el calor de Edward cuando se coloca a mi lado.
- ¿Tu padre? -le pregunto.
Él asiente con la cabeza.
- No puedo ni imaginar lo que debe ser perder a un padre.
Aunque el mío no esté mucho por casa, sé que es una pieza importante de mi vida. Siempre he deseado recibir algo más de cariño por parte de mis padres, aunque debería sentirme agradecida por el mero hecho de poder tenerlos a ambos a mi lado, ¿no?
Edward estudia la foto de su padre.
- Cuando ocurre, te quedas como atontado e intentas no pensar mucho en ello. Bueno, sabes que se ha ido y todo eso, pero es como si estuvieras rodeado por una neblina. Entonces, la vida te marca una rutina y te obligas a ti mismo a seguirla -me explica, encogiéndose de hombros-. Con el tiempo, dejas de pensar tanto en ello y continúas adelante. No te queda más remedio.
- Es como una especie de prueba.
Me miro en un espejo que hay en la pared. Me paso los dedos por el pelo, distraídamente.
- Te pasas el día haciendo eso.
- ¿El qué?
- Arreglándote el pelo o retocándote el maquillaje.
- ¿Y qué hay de malo en querer tener un buen aspecto?
- Nada, a no ser que se convierta en una obsesión.
Bajo las manos, deseando poder dejarlas quietecitas.
- No estoy obsesionada.
- ¿Tan importante es que la gente crea que eres guapa? -me pregunta, y vuelve a encogerse de hombros.
- No me importa lo que piense la gente -miento.
- Eso es porque eres... guapa. Por eso no debería importarte tanto.
Ya lo sé. Sin embargo, de donde soy, las apariencias lo son todo. Y hablando de apariencias...
- ¿Qué te ha dicho la señora Cope después de clase?
- Ah, lo de siempre. Que si no me tomo en serio su clase convertirá mi vida en un infierno.
Trago saliva con fuerza. No sé si debería revelarle el plan que tengo en mente.
- Voy a decirle que intercambiaste los exámenes.
- No lo hagas -me ordena, apartándose de mí.
- ¿Por qué no?
- Porque no importa.
- Claro que importa. Necesitas buenas notas para entrar en...
- ¿Dónde? ¿En una buena universidad? Isabella, sabes perfectamente que no iré a la universidad. Vosotros, los niños ricos, os tomáis la nota media como un símbolo de lo que valéis. Yo no necesito eso, así que no hace falta que me hagas ningún favor. Conseguiré aprobar esta asignatura, aunque sea con un aprobado justo. Solo he de asegurarme de que el proyecto nos salga bien.
Si dependiera solo de mi, sacaríamos matrícula de honor en el proyecto.
- ¿Dónde está tu habitación? -le pregunto para cambiar de tema. Dejo caer la mochila sobre el suelo del salón-. La habitación dice mucho sobre la persona.
Edward señala una puerta lateral. Tres camas ocupan la mayor parte del reducido espacio, y el resto, un pequeño armario. Camino por la pequeña habitación.
- La comparto con mis dos hermanos -me explica-. No tengo mucha intimidad.
- Déjame adivinar cuál es la tuya -digo, sonriendo.
Observo lo que rodea a cada cama. Hay una pequeña foto de una bonita mexicana pegada a una de las paredes.
- Vaya... -murmuro, mirando a Edward y preguntándome si la chica que me devuelve la mirada es su chica ideal.
Me acerco a él y examino la siguiente cama. Fotografías de jugadores de fútbol en la pared. La cama está hecha un desastre, y hay ropa esparcida desde la almohada hasta los pies. Nada adorna la pared de la tercera cama, como si la persona que duerme en ella fuera un invitado. Es casi triste. Las dos primeras paredes dicen mucho de las personas que duermen bajo ellas, sin embargo, la tercera está completamente desnuda.
Me siento en la cama de Edward, la vacía y desesperada, y le miro a los ojos.
- Tu cama dice mucho sobre ti.
- ¿Ah, sí? ¿Y qué dice?
- Que no piensas quedarte aquí mucho tiempo -le digo-. A menos que sea porque realmente quieres ir a la universidad.
- No voy a dejar Fairfield. Nunca -dice apoyándose en el marco de la puerta.
- ¿No quieres labrarte un futuro?
- Pareces el orientador del instituto.
- ¿No quieres marcharte de aquí y vivir tu propia vida? ¿Alejarte de tu pasado?
- Crees que la universidad es una especie de vía de escape -sentencia.
- ¿Una vía de escape? Edward no tienes ni idea. Yo iré a la universidad que queda más cerca de donde está mi hermana. Primero elegí Northwestern, y ahora la Universidad de Colorado. Mi vida viene dictada por los caprichos de mis padres y por el lugar donde quieren ingresar a Jessica. Tú eliges el camino más fácil, por eso quieres quedarte aquí.
- ¿Crees que ser el hombre de la casa es pan comido? Asegurarme de que mi madre no acabe mezclándose con algún perdedor o que mis hermanos empiecen a inyectarse mierda o fumar crack son motivos suficientes para quedarme aquí. –
- Lo siento.
- Te lo advertí. No me compadezcas.
- No es eso -matizo, mirándole a los ojos-. Sientes una conexión familiar muy fuerte, pero no cuelgas nada permanente junto a tu cama, como si fueras a largarte en cualquier momento. Por eso he dicho que lo siento. Edward da un paso atrás, alejándose de mí.
- ¿Has acabado con el psicoanálisis? -pregunta. Le sigo hasta el salón mientras sigo preguntándome cómo verá Edward su futuro. Parece dispuesto a dejar esta casa... o esta vida. ¿Acaso la ausencia de cualquier adorno junto a su cama puede ser una señal de que está preparado para morir? ¿Está destinado a acabar como su padre? ¿Se refiere a eso cuando habla de demonios?
Durante las siguientes dos horas, organizamos nuestro proyecto sobre los calentadores de manos, sentados en el sofá del salón. Es mucho más inteligente de lo que pensaba; el sobresaliente de su examen no ha sido una casualidad. Tiene un montón de ideas de hacia dónde podemos dirigir la investigación y de los libros de la biblioteca donde podemos obtener información, o sobre cómo podemos construirlos calentadores y las distintas opciones para redactarlo. Necesitaremos productos químicos que nos proporcionará la señora Cope, y bolsas herméticas para guardarlos. Hemos decidido revestir las bolsas con materiales que compraremos en una tienda de telas, de ese modo tal vez podamos ganar algún punto extra. Intento seguir hablando de química y me ando con pies de plomo para no tocar ningún tema demasiado personal.
Cuando cierro el libro de química, veo por el rabillo del ojo que Edward se pasa la mano por el pelo.
- No pretendía ser tan brusco contigo.
- No pasa nada. Me he entrometido en tus cosas.
- Tienes razón.
Me pongo en pie, sintiéndome incomoda. Él me coge del brazo y tira de mí para que vuelva a sentarme.
- No -matiza-. Me refiero a que tienes razón respecto a mí. No quiero colocar nada permanente sobre la cama.
- ¿Por qué?
- Mi padre -dice Edward, mirando la fotografía colgada en la pared. Cierra los ojos con fuerza-. Dios, había tanta sangre. -Vuelve a abrir los ojos y me mira fijamente-. Si he aprendido algo, es que nadie está aquí para siempre. Tienes que vivir el momento, el día a día... el presente.
- ¿Y qué quieres hacer ahora mismo? -le pregunto, sabiendo lo que deseo yo. Quiero curar sus heridas y olvidar las mías.
Edward me acaricia la mejilla con la yema de los dedos.
Me quedo sin respiración.
- ¿Quieres besarme, Edward? -le susurro.
- Dios, sí, quiero besarte... quiero saborear tus labios, tu lengua -dice mientras recorre mis labios con sus dedos, con dulzura-. ¿Y tú? ¿Quieres que te bese? No se enteraría nadie. Quedaría entre nosotros dos.
Pov. Edward
Isabella se humedece con la lengua sus labios perfectos, en forma de corazón, dejándolos brillantes, aún más tentadores.
- No juegues conmigo -le digo con un gemido, con los labios a escasos centímetros de los suyos.
Sus libros caen sobre la alfombra. Ella los sigue con la mirada y pierdo su atención, tal vez para siempre. Llevo los dedos hasta su barbilla y giro su cabeza con ternura, para que vuelva a mirarme.
Ella me devuelve la mirada con sus ojos vulnerables.
- ¿Y si acaba siendo más que un simple beso? -me pregunta.
- ¿Y qué si es así?
- Prométeme que no significará nada.
Apoyo la cabeza en el sofá y le digo:
- No significará nada.
¿No debe ser el hombre el que asegure que un simple beso no implica ningún compromiso?
- Y sin lengua.
- Cariño, si te beso, te garantizo que será con lengua.
Ella vacila un instante.
- Te prometo que no significará nada -le repito.
De hecho, no creo que signifique nada para ella. Supongo que se limita a jugar conmigo, a ponerme a prueba para ver cuánto puedo aguantar antes de venirme abajo. Sin embargo, cuando cierra los párpados y se inclina hacia mí, me doy cuenta de que está a punto de pasar. La chica de mis sueños, la persona que se parece más a mí que nadie a quien haya conocido hasta ahora, desea besarme.
Me hago con el control cuando veo que ladea la cabeza. Nuestros labios se rozan ligeramente, deslizando los dedos entre su cabello y empiezo a besarla, suave, dulcemente. Le cubro la mejilla con la palma de la mano, sintiendo su piel sedosa contra mis dedos rugosos. El cuerpo me induce a aprovecharme de la situación, pero el cerebro (el otro, el que no tengo dentro de los pantalones) me ayuda a mantener el control.
Isabella deja escapar un gemido de placer, como si se sintiera completa al estar entre mis brazos. Rozo sus labios con la punta de la lengua, incitándola a abrir la boca. Ella la recibe con su lengua, indecisa. Nuestras bocas y lenguas se mezclan en un baile lento y erótico hasta que el sonido de la puerta al abrirse hace que me aparte de ella de un salto.
Maldita sea. Estoy cabreado. En primer lugar, por haberme dejado llevar por el beso, y en segundo, por desear que ese momento durara para siempre. Y además, estoy cabreado porque mi madre y mis hermanos han decidido llegar a casa en el momento más inoportuno.
Miro aIsabella y veo que se ha agachado para recoger los libros del suelo, en un intento por disimular. Mi madre y mis hermanos están plantados frente a la puerta con los ojos como platos.
- Hola, mamá -digo, más nervioso de lo que debiera.
Por la expresión ceñuda de mi madre, sé que no le hace mucha gracia habernos pillado besándonos. Como si fuera un indicio de lo que iba a suceder a continuación.
- Seth, Alec, a vuestra habitación -ordena al tiempo que entra en el salón, algo más tranquila-. ¿No vas a presentarme a tu amiga, Edward Antony?
Isabella se levanta con los libros en la mano.
- Hola, soy Isabella.
Pese al trayecto en moto y al manoseo, su cabello dorado sigue perfecto. Está le extiende una mano a mi madre.
- Edward y yo estábamos estudiando.
- Pues no es lo que me ha parecido ver -rebate mi madre, ignorando la mano de Isabella.
Hace una mueca.
- Mamá, déjala en paz -espeto bruscamente.
- Mi casa no es un prostíbulo.
- Por favor, mamá -insisto, molesto-. Solo estábamos besándonos.
- Los besos solo conducen a una cosa, Edward Antony. Niños.
- Larguémonos de aquí -le digo a Isabella, completamente avergonzado. Cojo la chaqueta del sofá y me la pongo.
- Señora Cullen, le pido disculpas si le he faltado al respeto de algún modo -dice Isabella, visiblemente afectada.
Mi madre lleva la compra a la cocina haciendo caso omiso de la disculpa de Isabella.
Cuando salimos,Isabella inspira profundamente. Estoy convencido de que ha intentado guardar la compostura, aunque le ha costado mucho. Nada ha salido como debía: chico trae chica a casa, chico besa a chica, mamá del chico insulta a chica, chica se marcha llorando.
- No le des más vueltas. No está acostumbrada a que traiga chicas a casa.
Los expresivos ojos deIsabellaparecen remotos y fríos. Uff.
- Esto no debería haber ocurrido -dice, enderezando los hombros y adoptando una pose rígida, como una estatua.
- ¿El qué? ¿El beso o el hecho de que te haya gustado tanto?
- Tengo novio -dice sin dejar de manosear la correa de su bolso de diseño.
- ¿Quieres convencerme a mí o a ti misma? -le pregunto.
- No le des la vuelta a la tortilla. No quiero enemistarme con mis amigas. No quiero enojar a mi madre. Y en cuanto a Jacob... bueno, ahora mismo estoy muy confusa.
Levanto las manos y alzo el tono de voz, lo que normalmente evito hacer porque, según Dimitri, significa que algo me importa mucho. Pero no me importa. ¿Por qué habría de importarme? Aunque mi mente me sugiere mantener la boca cerrada, las palabras salen sin darme cuenta.
- No lo entiendo. Te trata como si fueras un maldito trofeo.
- No tienes ni idea de lo que hay entre Jacob y yo...
- Pues dímelo tú, joder -le ruego, incapaz de ocultar mi enfado. He intentado evitar decirle lo que realmente sentía, pero ya no puedo resistirlo más. Se lo suelto todo de golpe-. Porque el beso que acabamos de darnos... sí que significa algo. Lo sabes tan bien como yo. Estoy seguro de que con Jacob no sientes ni la mitad de lo que sientes conmigo.
- No lo entenderías -asegura, apartando la mirada.
- Inténtalo.
- Cuando la gente nos ve juntos, siempre comentan lo perfectos que somos. Ya sabes, la Pareja Dorada. ¿Lo entiendes?
La miro sin dar crédito a mis oídos. Esto es más de lo que puedo soportar.
- Lo entiendo, pero no puedo creer lo que estoy oyendo. ¿Tanto significa para ti parecer perfecta?
Se produce un silencio largo e inestable. Puedo atisbar un destello de tristeza en sus ojos, aunque se desvanece rápidamente. En un instante, su rostro adopta una expresión seria y fría.
- Últimamente no se me ha dado del todo bien, pero sí. Significa mucho para mí -admite finalmente-. Mi hermana no es perfecta, así que yo tengo que serlo.
Es lo más patético que he oído nunca. Niego con la cabeza, asqueado, y señalo mi moto.
- Sube. Te llevaré al instituto para que puedas recoger tu coche.
Isabella sube a la moto sin decir palabra. Se sujeta al agarradero posterior, lejos de mí, tanto que apenas puedo sentirla. Me planteo dar un rodeo para alargar un poco más el trayecto.
Isabella trata a su hermana con paciencia y adoración. No sé si yo sería capaz de dar de comer a uno de mis hermanos y después limpiarle la boca. La chica a la que una vez acusé de ser egocéntrica, resulta que no es tan simple como creía.
Siento admiración por ella. De algún modo, estar con Isabellale da a mi vida algo que le faltaba, algo... que me hace sentir bien.
¿Pero cómo voy a convencerla de lo que siento?
POV. Bella
A pesar de que haya estado toda la noche en vela, rememorando el momento en el que nos besamos, quiero olvidarlo cuanto antes. Mientras me dirijo en coche a la escuela, el día siguiente al beso que nunca ocurrió, me pregunto si debería ignorarle. Aunque, después de todo, no es una opción factible teniendo en cuenta que somos compañeros en clase de química.
Oh, no. La clase de química. ¿Sospechará algo Jacob? Tal vez alguien nos vio ayer en la moto y se lo haya contado. Anoche apagué el móvil para no tener que hablar con nadie.
Uff. Ojalá mi vida no fuese tan complicada. Tengo novio. Aunque últimamente se haya mostrado más insistente de lo habitual; solo parece interesado en el sexo. Y estoy harta.
Sin embargo, Edward y yo nunca podremos salir juntos. Su madre me odia. Su ex novia quiere matarme; una muy mala señal. Y fuma, lo que no me parece nada correcto. Podría elaborar una lista larguísima con todos los inconvenientes que supondría salir con él. Vale, puede que también haya ventajas. Unas cuantas, aunque demasiado insignificantes como para mencionarlas.
Es inteligente. Tiene una mirada tan expresiva que dice mucho más de él que lo que refleja su aspecto.
Es un chico entregado con sus amigos, con su familia, incluso con su moto.
cuando me toca, lo hace con tanta delicadeza que me hace sentir como si estuviera hecha de cristal.
Me besa como si intentara impregnarse de ese instante y conservarlo durante el resto de su vida.
La primera vez que le veo es a la hora de comer. Mientras espero mi turno en la cafetería, me fijo en que va justo antes de la chica que me precede en la fila. La chica en cuestión se llama Nola Linn y, no solo se interpone entre ambos, sino que tampoco parece tener mucha prisa por avanzar.
Los vaqueros de Edward están descoloridos y desgastados en las rodillas. El pelo le cae sobre los ojos y empiezo a sentir un deseo incontrolable de apartárselo. Si Nola no fuera tan indecisa con lo que va a tomar de postre...
Edward me pilla mirándole. Me apresuro a concentrarme en la sopa del día. Sopa minestrón.
- ¿Qué prefieres cariño, taza o bol? -pregunta Mary, la Chica de la cafetería.
- Bol -respondo, fingiendo estar muy interesada en el modo en el que Mary sirve la sopa.
Cuando me entrega el bol, adelanto rápidamente a Nola y me dirijo a la caja, colocándome justo detrás de Edward. Como si supiera que estoy acechándole, se da la vuelta y me atraviesa con la mirada. Durante un instante, siento que el mundo se detiene y que solo estamos él y yo. El deseo por abalanzarme sobre sus brazos y sentir su calor rodeándome es tan poderoso que me pregunto si es médicamente posible sentir una adicción semejante por Otro ser humano.
Carraspeo.
- Te toca -apunto yo, señalando a la cajera.
Edward avanza con una porción de pizza en la bandeja.
- Cóbrame también lo de ella -dice, señalándome.
- ¿Qué tienes? ¿Un bol de minestrón? -pregunta la cajera, agitando el dedo en mi dirección.
- Sí, pero... Edward, no es necesario.
- No te preocupes. Puedo permitirme un bol de sopa -contesta a la defensiva mientras le entrega tres dólares a la cajera.
Jacob se abre paso entre los chicos que esperan a la fila y se coloca a mi lado.
- Circula. Échate una novia a la que puedas mirar de ese modo —le espeta a Edward antes de ahuyentarlo.
Rezo para que Edward no conteste y le confiese que nos besamos. Toda la cola nos observa. Puedo sentir sus miradas clavadas en la nuca. Edward coge el cambio y, sin mirar atrás, se encamina al patio, fuera de la cafetería, donde normalmente se sienta a comer.
Me siento profundamente egoísta por desear lo mejor de ambos mundos. Deseo mantener la imagen que tanto esfuerzo me ha costado crear. Y esa imagen incluye a Jacob. Pero también deseo a Edward. No puedo pensar en otra cosa que no sea estar entre sus brazos y pedirle que me bese otra vez, hasta dejarme sin aliento.
- Cóbrame lo mío y lo de ella -le dice Jacob a la cajera.
- ¿No ha pagado ya por ti el otro chico? -me pregunta ella, mirándome confusa.
Jacob espera que la corrija. Cuando no lo hago, me fulmina con la mirada y sale hecho una furia de la cafetería.
- ¡Jacob, espera! -grito, pero o no me oye o pasa de mí.
La próxima vez que le veo es en clase de química, pero entra justo cuando suena el timbre y no tenemos tiempo de hablar. La clase de hoy consiste en un experimento de observación. Edward da vueltas a los tubos de ensayo llenos de nitrato de plata y de cloruro potásico.
- A mi me parecen agua los dos, señora c. -dice Edward.
- Las apariencias engañan -contesta la señora Cope. Desvío la mirada hacia sus manos. Esas manos, que ahora están ocupadas midiendo la cantidad exacta de nitrato de plata y de cloruro potásico, son las mismas que rozaron mis labios tan suavemente.
- Tierra llamando a Isabella.
Parpadeo y despierto de mi ensoñación. Edward me pasa un tubo de ensayo lleno de un líquido transparente. Lo que me recuerda que debería ayudarlo a verter líquidos.
- Lo siento -me disculpo, cogiendo un tubo de ensayo y vertiendo el contenido dentro del que Edward está sujetando-. Se supone que ahora debemos de apuntar lo que sucede -añade, utilizando la varilla para mezclar los dos elementos químicos.
Un material sólido y blanco aparece por arte de magia dentro del líquido transparente.
- ¡Eh, señora C! Creo que hemos encontrado la solución al problema de la degradación de la capa de ozono. La señora Cope niega con la cabeza.
- Veamos, ¿qué observamos en el tubo? -lee Edward de la hoja que la señora Cope nos ha entregado al comienzo de la clase.
- Yo diría que el líquido acuoso probablemente ahora es nitrato potásico y que el material sólido y blanco cloruro de plata. ¿Qué crees tú?
Y Cuando me pasa el tubo, nuestros dedos se rozan ligeramente. Un hormigueo que no puedo ignorar me recorre e1 cuerpo. Levanto la mirada. Nuestros ojos se encuentran, y por un instante pienso que me está mandando un mensaje secreto. Sin embargo, su expresión se vuelve sombría, y aparta la mirada.
- ¿Qué quieres que haga? -susurro.
- Eso tienes que averiguarlo tú sola.
- Edward...
Aunque no va a decirme qué he de hacer. Supongo que soy una estúpida por pedirle consejo cuando lo más probable es que no pueda ser imparcial. Cuando estoy cerca de Edward, siento una emoción similar a la que suelo sentir al despertar el día de Navidad. Por mucho que intente no pensar en ello,
miro a Jacob y sé... Sé que nuestra relación ya no es lo que era. Se ha terminado. Y cuanto antes rompa con él, antes dejaré de preguntarme por qué sigo aún con él.
Quedo con Jacob después de clase, en la puerta trasera del instituto. Está vestido para el entrenamiento de fútbol. Por desgracia, está con Erick. Erick me apunta con su móvil.
- ¿Podéis repetir el espectáculo de la otra noche? Puedo capturar el momento para siempre y mandártelo por correo electrónico. Sería un fondo de pantalla genial, o mejor aún, podemos colgarlo en Youtube.
- Erick, desaparece de una maldita vez o perderé los papeles -dice Jacob, y le lanza una mirada asesina hasta que se marcha-. Bella, ¿dónde te metiste anoche? -me pregunta, y al ver que no respondo, añade-: Aunque puedes ahorrarte el esfuerzo. Ya me lo huelo.
Esto no va a ser nada fácil. Ahora entiendo por qué la gente suele romper por correo electrónico o con mensajes de texto. Hacerlo cara a cara es difícil, porque no te queda más remedio que mirar a la otra persona y ser testigo de su reacción.
Enfrentarse a su ira. He malgastado tanto tiempo evitando explicaciones y maquillando relaciones con la gente que me rodea, que la confrontación me resulta muy dolorosa.
- Ambos sabemos que lo nuestro no funciona -digo, con tanto tacto como puedo.
- Pero, ¿qué estás diciendo? -pregunta Jacob, entrecerrando los ojos.
- Necesitamos un descanso.
-¿Un descanso o una ruptura?
- Una ruptura -matizo con suavidad.
- Esto es por Cullen, ¿verdad?
- Desde que volviste de vacaciones, nuestra relación solo se basa en el tonteo. Ya no hablamos nunca, y estoy harta de sentirme culpable por no arrancarme la ropa y abrirme de piernas para demostrarte que te quiero.
- Tú no quieres demostrarme nada.
Intento mantener un tono de voz bajo para que los otros estudiantes no puedan oírme.
- ¿Y por qué tendría que hacerlo? El mero hecho de que necesites que te demuestre mi amor es una señal de que lo nuestro no funciona.
- No lo hagas -dice, echando la cabeza hacia atrás y dejando escapar un suspiro-. Por favor, no lo hagas.
Encajamos perfectamente en el estereotipo estrella de fútbol-capitana de las animadoras en el que los demás nos han colocado. Hemos sido ese modelo durante años. Ahora, analizarán con lupa nuestra ruptura, y circularán todo tipo de rumores sobre nosotros. Solo de pensarlo hace que se me pongan los pelos de punta. Sin embargo, no puedo seguir fingiendo que todo marcha sobre ruedas.
Es una decisión que probablemente me persiga toda la vida. Si mis padres pueden enviar a Jessica a la otra punta del país porque es lo que les conviene, y si Rosalie puede ligar con cualquiera que se le acerque porque así se siente mejor, ¿por qué yo no puedo hacer lo que considero más adecuado?
Apoyo una mano en el hombro de Jacob, intentando no mirar directamente a sus ojos vidriosos. Él la aparta.
- Dime algo -le digo.
- ¿Qué quieres que diga, Bella, que estoy encantado porque estás rompiendo conmigo? Lo siento, pero no puedo.
Se enjuga las lágrimas con la palma de las manos. Ese gesto tan sutil hace que también sienta ganas de llorar. Noto cómo se me humedecen los ojos. Es el final de algo que creíamos real, aunque ha acabado siendo otro de los papeles que nos empujaron a representar. Eso es lo que me produce más tristeza. No la ruptura en sí, sino el hecho de que nuestra relación haya seguido adelante tan solo por... mi debilidad.
- Me acosté con Leah -espeta-. Este verano. Ya sabes, la chica de la foto.
- Sólo lo dices para hacerme sentir mal.
- Lo digo porque es verdad. Pregúntale a Erick.
- Entonces, ¿por qué fingiste que seguíamos siendo la Pareja Dorada?
- Porque es lo que todos esperan. Incluso tú. No lo niegues.
Aunque ciertas, sus palabras son dolorosas. Se acabó representar el papel de la chica «perfecta» y vivir según las reglas de los demás, incluso según las que yo misma me he impuesto. Es hora de enfrentarse a la realidad. Lo primero que hago después de hablar con Jacob es decirle a la señora Small que necesito tomarme un descanso y que voy a dejar el equipo de animadoras. Tras aquello, siento como si me hubiera quitado un peso de encima. Regreso a casa para pasar algo de tiempo con Jessica y hacer los deberes. Después de cenar, llamo a Isabel Ávila.
- Debería sorprenderme tu llamada, pero lo cierto es que no es así -me suelta.
- ¿Cómo ha ido el entrenamiento?
- No demasiado bien. Rosalie no es muy buena capitana, y la señora Small lo sabe. No tendrías que haberlo dejado.
- No lo he hecho. Solo me he tomado un pequeño descanso. Pero no te he llamado para hablar de las animadoras. Escucha, quiero que sepas que hoy he cortado con Jacob.
- Y me estás contando esto porque...
Es una buena pregunta, una que, en otras circunstancias, me hubiera negado a contestar.
- Quería hablar de ello con alguien, y aunque sé que tengo amigas a las que puedo recurrir, me apetecía hacerlo con una persona que después no se dedique a cotillear sobre ello. Mis amigas tienen la lengua muy larga.
Alice es la única a la que estoy más unida, pero le mentí acerca de Edward. Y su novio, Jasper, es el mejor amigo de Jacob.
- ¿Y cómo sabes que yo no me iré de la lengua? -pregunta Isabel.
- No lo sé. Pero no me dijiste nada sobre Edward cuando te pregunté, así que supongo que se te da muy bien guardar secretos.
- Así es. Dispara.
- No sé por dónde empezar.
- Pues no tengo todo el día, ¿sabes?
- He besado a Edward -le suelto.
- ¿A Edward? ¡Vaya! ¿Y eso fue antes o después de que rompieras con Jacob?
- No fue premeditado -contesto, haciendo una mueca.
Isabel estalla en carcajadas tan fuertes y ruidosas que tengo que apartar el auricular.
- ¿Estás segura de que no lo planeaste? -me pregunta en cuanto es capaz de articular palabra.
- Sucedió sin más. Estábamos en su casa. Su madre llegó, nos interrumpió y nos vio...
- ¿Qué? ¿Su madre os pilló? ¿En su casa? ¡Venga ya! -exclama Isabel, alucinada.
- Venga, Isabel. Tómatelo en serio.
- Sí, lo siento. Tanya va a flipar cuando se entere.
Me aclaro la garganta.
- No pienso decírselo -se apresura a añadir Isabel-. Pero la madre de Edward se las trae. Cuando salió con Tanya, Al ex la mantuvo alejada de su mamá. No me malinterpretes, ella adora a sus hijos. Pero es sobre protectora, como todas las madres mexicanas. ¿Te echó a patadas de su casa?
- No, pero me llamó lagartona, más o menos.
Más risas al otro lado de la línea.
- No tuvo ninguna gracia.
- Lo siento -dice, aún entre risas-. Me hubiera encantado ser una mosca y presenciar la escena.
- Gracias por la comprensión -respondo irónicamente-. Voy a colgar.
- ¡No! Siento haberme reído. Es que cuanto más hablamos, más me doy cuenta de que eres una persona completamente distinta de lo que pensaba. Supongo que puedo entender por qué le gustas a Edward.
- Gracias, creo. ¿Recuerdas cuando te dije que no permitiría que ocurriera nada entre Edward y yo?
- Sí. Solo para asegurarme de que lo entiendo bien, eso fue antes de que le besaras, ¿verdad? -dice, otra vez entre risitas, antes de añadir-: Estoy de coña, Isabella. Si te gusta, ve a por él. Pero ándate con cuidado, porque creo que le gustas más de lo que quiere admitir. Deberías mantenerte alerta.
- Si ocurre algo entre Edward y yo, no voy a evitar que suceda. Pero no te preocupes, nunca bajo la guardia.
- Ni yo tampoco. Bueno, excepto la noche que te quedaste a dormir en mi casa. Me acosté con Dimitri. No puedo decírselo a mis amigas porque me darían la vara.
- ¿Te gusta?
- No lo sé. Nunca había pensado en él de esa manera, pero fue genial estar con él. ¿Qué tal el beso con Edward?
- Bien -digo, pensando al mismo tiempo en lo sensual que me pareció-. En realidad, Isabel, fue más que bien. Fue jodidamente increíble.
Isabel estalla nuevamente en carcajadas, y esta vez, me uno a ella.
Pov. Edward
Hoy Isabella se ha marchado del instituto a la carrera, siguiendo a Cara Burro. Antes de irme, la vi con él. Estaban enfrascados en una conversación privada en la parte de atrás del campo de fútbol. Se ha decantado por él, lo que no me sorprende en absoluto. Cuando me preguntó en clase de química qué debía hacer, tendría que haberle dicho que plantara a ese capullo. Ahora me sentiría mejor y no estaría tan cabreado como lo estoy ahora. ¡Cabronazo!
Él no la merece. De acuerdo, puede que yo tampoco.
Después de clase, pasé por el almacén para ver si podía obtener algo de información sobre mi padre. Sin embargo, no saqué nada en claro. Los tipos que conocían entonces a mi padre no tienen mucho que decir, excepto que nunca dejaba de hablar de sus hijos. La conversación se vio interrumpida por un Satín Hood que fumigó el almacén a disparos, una señal de que están buscando venganza y de que no se detendrán hasta conseguirla. No sé si debería preocuparme o no por la ubicación del almacén, un descampado aislado detrás de la vieja estación de tren. Nadie sabe que estamos aquí, ni siquiera la poli. Sobre todo la poli.
Ya soy inmune al sonido de los disparos. En el almacén, en el parque... los espero en cualquier momento. Algunas calles son más seguras que otras, pero los rivales saben que este lugar, el almacén, es nuestro santuario. Y esperan el momento oportuno para tomar represalias. Es una filosofía muy simple: si no respetas nuestro territorio, nosotros no respetaremos el tuyo. Nadie ha salido herido esta vez, así que no habrá ninguna muerte que vengar. No obstante, seguro que se derramará sangre. Esperan que vayamos en su busca, y no les decepcionaremos. En la zona de la ciudad en la que vivo, el ciclo de la vida se enlaza con el ciclo de la violencia.
Después de que todo vuelva a la normalidad, subo a la moto y me doy cuenta de que sin pretenderlo me encamino a casa de Isabella. No puedo evitarlo. Tan pronto como cruzo las vías del tren, me detiene un coche de policía, del que salen dos tipos uniformados.
En lugar de explicarme la razón por la que me detienen, uno de los polis me ordena que baje de la moto y que le muestre el carné.
- ¿He cometido alguna infracción? -pregunto mientras se lo entrego.
El agente que examina mi documentación me contesta:
- Podrás hacer preguntas después de que yo haga las mías. ¿Llevas drogas encima, Edward Antony?
- No, señor.
- ¿Algún arma? -pregunta el otro policía.
Vacilo un instante, pero les digo la verdad: - Sí.
Uno de los policías saca la pistola de su funda y me apunta con ella en el pecho. El otro me pide que levante las manos y luego me ordena tumbarme en el suelo mientras pide refuerzos. Mierda. Estoy bien jodido; muy jodido.
- ¿Qué tipo de arma?
Hago una mueca antes de decir: - Una Glock de nueve milímetros.
Menos mal que le devolví a Wil la Beretta o me hubieran pillado armado hasta los dientes.
Mi respuesta hace que el policía se ponga algo nervioso. Me fijo en que su dedo tiembla ligeramente sobre el gatillo.
- ¿Dónde la llevas?
- Escondida en la pierna izquierda.
- No te muevas, voy a desarmarte. Si te quedas quieto, no pasará nada.
Tras desarmarme, el otro poli se pone unos guantes de goma y en un tono de voz autoritario que no tiene nada que envidiar al de la señora C., suelta:
- ¿Llevas encima alguna jeringuilla, Edward Antony?
- No, señor -respondo.
Se arrodilla a mi lado y me pone las esposas.
- Levántate -me ordena tirando de mí. Luego hace que me incline sobre el capó del coche. Cuando me cachea, me siento humillado. Mierda, por mucho que supiera que era inevitable que algún día me arrestaran, parece ser que no estaba preparado. Me muestra la pistola y dice:
- Quedas detenido por posesión de armas.
- Edward Antony Cullen, tienes derecho a permanecer en silencio -recita el otro poli-. Cualquier cosa que digas podrá ser utilizada en tu contra en un tribunal...
El calabozo huele a meados y a humo. O quizás sean los tipos que han tenido la mala suerte de acabar encerrados conmigo en esta celda. Sea lo que sea, estoy deseando salir de este maldito lugar.
¿A quién voy a llamar para que pague la fianza? Dimitri no tiene dinero. Eleazer ha invertido el suyo en el taller. Mi madre me matará si se entera de que me han arrestado. Apoyo la espalda contra las barras de hierro de la celda e intento pensar con calma, aunque resulta muy difícil hacerlo en un lugar tan asqueroso como este. La policía lo llama celda de detención, un modo sofisticado de decir jaula. Menos mal que es la primera vez que me meten aquí. Maldita sea, juro que será la última. ¡Lo juro!
Me inquieta la idea de ir a la cárcel porque me he pasado la vida sacrificándome por mis hermanos. ¿Y si me encierran de por vida? En mi fuero interno sé que no es la vida que deseo. Quiero que mi madre se sienta orgullosa de mí por ser algo más que un pandillero. Quiero un futuro del que pueda sentirme orgulloso. Y deseo con todas mis fuerzas demostrarle aIsabella que soy un buen tipo.
Me golpeo la parte posterior de la cabeza contra las barras de hierro, pero no logro apartar todos estos pensamientos de mi mente.
- Te he visto en el instituto Fairfield. Yo también voy allí -dice un blanco bajito, aproximadamente de mi misma edad.
El petardo lleva una camisa de golf de color coral y unos pantalones blancos, como si lo hubieran sacado de un torneo de golf junto a otros ciudadanos de clase alta. El blancucho aparenta ser un tipo guay, pero con esa camisa de color coral... Joder, aparentar eso va a ser el menor de sus problemas. El tipo lleva tatuado en la frente «soy un niño rico de la zona norte».
- ¿Cómo has acabado aquí? -me interroga, como si fuera una pregunta normal entre dos personas normales, un día normal.
- Iba armado.
- ¿Cuchillo o pistola?
- Y a ti qué coño te importa -digo, fulminándolo con la mirada.
- Solo intento mantener una conversación -confiesa - ¿Y tú? -le pregunto.
- Mi padre llamó a la poli y les dijo que le robé el coche -confiesa, dejando escapar un suspiro.
- ¿Estás en este agujero por tu viejo? ¿Y lo ha hecho a propósito? -pregunto con una mueca.
- Cree que así aprenderé una lección.
- Sí. La lección es que tu viejo es un gilipollas -sentencio, pensando que lo mejor que podría haber hecho su padre es enseñar a su hijito a vestirse.
- Mi madre pagará la fianza.
- ¿Estás seguro? -El se endereza.
- Es abogada, y no es la primera vez que mi padre hace algo así. De hecho, ya son varias. Creo que intenta joder a mí madre y atraer su atención. Están divorciados. . Niego con la cabeza. Estos Riquillos... - Es verdad -dice el tipo-. Sí, estoy seguro.
- Cullen, ya puedes hacer tu llamada -anuncia el poli desde el otro lado de los barrotes.
Mierda, me he distraído tanto con este bocazas que ni siquiera he decidido a quién llamar para que pague la fianza. De repente, siento un nudo en el estómago, el mismo que sentí al ver el enorme suspenso en boli rojo en el examen de química. Solo conozco a una persona con el dinero y los medios para sacarme de este lío: Aro. El jefe de los Latino Blood.
Nunca le he pedido un favor a Aro. Porque nunca sabes cuándo querrá cobrárselo. Y estar en deuda con él significa algo más que deberle dinero.
A veces, la vida te obliga a tomar decisiones que no deseas tomar.
Tres horas más tarde, después de que un juez me eche la bronca hasta casi hacerme sangrar los oídos y fije una fianza, Aro me recoge en el juzgado. Es un hombre poderoso. Lleva el pelo engominado y peinado hacia atrás, de un tono negro, y hay algo en él que dice que más vale no intentar jugársela. Le tengo mucho respeto a Aro porque es el tipo que me inició en los Latino Blood. Creció en la misma ciudad que mi padre; se conocían desde pequeños. Aro ha estado pendiente de mi familia y de mí desde que murió mi padre. Me enseñó nuevas expresiones como segunda generación y suelta palabras como legado. Nunca le olvidaré.
Aro me da un manotazo en la espalda mientras nos dirigimos al aparcamiento.
- Te ha tocado el juez Garrett. Menudo hijo de puta. Tienes suerte de que la fianza no haya sido muy alta.
Asiento con la cabeza. Solo deseo regresar a casa. Ya en el coche, lejos del juzgado, le digo:
- Te devolveré la pasta, Aro.
- No te preocupes por eso, hombre -responde él-. Para eso están los hermanos. Para ser sincero, me ha sorprendido saber que es la primera vez que te arrestan. Estás más limpio que ningún otro miembro de los Latino Blood.
Miro a través de la ventanilla del coche de Aro. Las calles están tranquilas y oscuras, como el Lago Michigan.
- Eres un chico inteligente, lo suficiente como para ascender dentro de la banda -explica Aro.
Daría lo que fuera por ocupar el lugar de algunos Latino Blood, pero ¿ascender? Vender drogas y armas son algunas de las cosas ilegales que suponen estar en una posición más alta. Me gusta estar donde estoy, cabalgando sobre esta peligrosa ola pero sin sumergirme completamente en ella. Debería alegrarme de que Aro se plantee la idea de darme más responsabilidad dentro de los Latino Blood. Lo de Isabella y su mundo es solo una fantasía.
- Piénsatelo -dice Aro cuando llegamos a mi casa.
- Lo haré. Gracias por pagar la fianza, tío.
- Toma, coge esto -añade, sacando una pistola de debajo del asiento del conductor-. La poli te ha confiscado la tuya.
Vacilo un instante, recordando el momento en que el poli me preguntó si iba armado. Joder, resultó muy humillante que me apuntaran con un arma en el pecho mientras me quitaban la Glock. Pero rechazar el arma de Aro sería una falta de respeto, y yo nunca haría algo así. Acepto el arma y la deslizo en la cinturilla de los vaqueros.
- Me han dicho que has estado haciendo preguntas sobre tu padre. Mi consejo es que lo dejes como está, Edward.
- No puedo, ya lo sabes.
- Bueno, si descubres algo, házmelo saber. Siempre te respaldaré.
- Lo sé. Gracias, tío.
En mi casa se respira tranquilidad. Entro en mi habitación y encuentro a mis dos hermanos durmiendo. Abro el cajón superior y escondo el arma bajo la tabla de madera donde nadie pueda dar con ella. Es un truco que me enseñó Dimitri. Me tumbo en la cama y me tapo los ojos con el antebrazo, esperando poder dormir algo esta noche.
Destellos de lo sucedido el día anterior se suceden ante mí. La imagen de Isabella, sus labios sobre mi boca, su dulce aliento mezclado con el mío, es la única imagen que persiste en mi mente. Mientras me quedo dormido, su rostro angelical es lo único que consigue alejar las pesadillas de mi pasado.
espero sus comentarios :*
