Bueno sigamos, sigamos que el tiempo apremia. Espero que les guste :).


Capítulo 9: Entre lágrimas y recuerdos.

Parte II.

Durante mucho tiempo, había gozado de una relación extrictamente profesional con Minerva McGonagall. Recordaba muchos momentos de su pasado que lo llevaban directo a tomar la decisión que había tomado de ayudarla y por más que trataba de pensar en una razón para no hacerlo, su mente seguía cayendo en la misma conversación que había sostenido con ella, mucho tiempo atrás.

Era su primer día como profesor de pociones en Hogwarts y ya sentía que estaba a punto de ser sentenciado a muerte o algo. Se encontraba sentado en medio de la nada, en un despacho vacío y lleno de baúles que ni se había tomado el tiempo de desempacar, sentía unas desagradables náuseas y sus manos sudaban frío. ¿Cómo educaría a un montón de mocosos? ¿A quién trataba de engañar? No era un profesor y jamás lo había sido, nunca había podido enseñar algo en su vida, sin perder la paciencia. ¿Cómo se suponía que la tendría para todos esos estúpidos adolescentes que seguro entrarían por sus puertas, solo pensando en sexo, en hacer magia prohibida y salirse con la suya?

Hasta que un delicado sonido en la piedra bajo la que estaba confinado a vivir, lo distrajo de sus pensamientos fatalistas. Parecían ser tacones finos y por un momento se pregunto: Quién podía ser tan tonto como para bajar hasta allí y mucho más para necesitar algo de él.

Porque hasta ahora solo él era tan tonto y no había nada más que buscar allí, a menos que fuese Filch. Esperaba que así fuera, no creía tener rostro para dirigirse a nadie.

Albus prácticamente le había obligado a trabajar para él si quería "rendir cuentas", pero al señor tenebroso le había parecido oportuno para espiar y así los mantenía a ambos contentos.

— Buenos días, Severus. — la voz de una mujer, hizo que casi se resbalara de la silla en la que estaba sentado. Le daba la espalda a la puerta y tenía los pies apoyados sobre la mesa, balanceándose en ella y mirando un largo pergamino con las reglas de la escuela. La mujer suprimió una risa y avergonzado, trató de ponerse en pie y arreglar sus túnicas.

— No esperaba visitas. — dijo con voz fría y arrastrando las palabras, dándose la vuelta. Por supuesto, la única persona que estaba tan loca como para visitarlo y luego de todo lo sucedido en su época escolar. — Minerva McGonagall.

Eso me temo, Severus. Aún así, bienvenido al staff de profesores. Hacía mucho tiempo sin verte, bueno ya sabes... desde que acabaste el último año y decidiste...

— Sí, recuerdo todo eso. — dijo con un tono mordáz y soltando el pergamino sobre la mesa de su despacho, se dio tiempo para admirar a la mujer que tenía en frente.

No había cambiado casi nada con el paso del tiempo. En su juventud, Minerva McGonagall había sido una hermosa mujer y la mayoría de sus estudiantes, tenían un romance platónico con ella. La forma en que su estricto carácter no perdonaba los errores, enloquecía a más de uno y constantemente los llevaba a retarse el uno al otro, a ver quién entraba en su despacho y le robaba algo que le perteneciera, a modo de victoria personal. Actualmente se veía igual, solo que un poco más madura y con el mismo carácter de siempre. Sus brillantes ojos verdes, centellaron por un momento y él volvió a brincar en cuanto la mujer sacó su varita y encendió la chimenea tras él.

Estaba sorprendido y no se lo esperaba.

— Lo siento, es que hace un poco de frío aquí. Siempre le he dicho a Albus, que éste es un pésimo sitio para vivir. Pero...

— Es ideal para personas como yo, ¿cierto?

— Pero... ¿de qué estás hablando? No. Quiero decir, no es que tú hayas hecho algo para merecértelo. ¿O sí, Severus?

— Supongo que Albus ya te habló de las razones para contratarme, ¿cierto?

— Pues sí, pero tampoco es que me dio muchos detalles. Yo solo he venido en son de paz, a ofrecerte una calurosa bienvenida y nada más que eso. — recalcó, mirando en dirección a la chimenea. — Sean cuales sean las razones por las que decidiste tomar el camino que tomaste... eso no me incumbe.

— Tienes razón, no te incumben. — susurró desviando la vista y evitando mirarla directamente a los ojos. — ya no soy un niño tímido, ahora soy un hombre.

— No me quedan dudas de que así es, Severus. No te veo de otra forma y no te preocupes, nunca creí que fueras un niño tímido. Solo tenías problemas, todos los tenemos y tendremos, no tienes por qué avergonzarte de ello. Quizá de la forma en como decidiste resolverlos y causarte más problemas.

— Ha de divertirte mucho, ¿no es así, Minerva?

— ¿Divertirme? No más de lo que lástima me causa. Una vez más y bajo mis narices, otro estudiante cae en las garras del innombrable y yo no pude evitarlo. Ya me es suficiente con haber perdido a James Potter y a Lily Potter. — ante la clara mención de sus nombres, Severus tembló inconscientemente. — Y luego Peter Pettigrew, tú, ¿por qué habría de divertirme con algo tan triste?

— Nunca fuimos tu responsabilidad tampoco.

— Slughorn nunca hizo un buen trabajo, estuvo muy ocupado en su estúpido club de las eminencias y una vez que él fallara, era mi trabajo retomar el control. No sabes la tristeza que siento al verte, al saber de lo que fuiste capaz...

— Basta, ya es suficiente de autocompadecimiento. — contestó Snape, arqueando un par de cejas. — no haz de recordarme como uno de esos estudiantes que estaban profundamente enamorados de ti, robando cuanta cosa pudieran de tu despacho y reclamándolo como trofeo, ¿cierto?

— ¿¡Eso era lo que hacían mientras yo no veía!? Oh, qué tonta, siempre pensé que las cosas misteriosamente se perdían de mi vista. ¿Acaso fuiste tú uno de esos?

Aquellos recuerdos permanecían impresos en su memoria como una plancha caliente, dejando una marca tan profunda como la que yacía en su brazo.

— Minerva, ya es hora. — dijo, llamando a la puerta con los nudillos. — tenemos que irnos, sal de una buena vez.

Pero estaba entre abierta y al empujarla, ella estaba de pie junto al espejo y con una mirada de todo menos firme. Nerviosa, con lágrimas corriéndole a través de las mejillas. Tenía a una hermosa mujer frente a frente y por un momento se sintió terriblemente culpable.

— ¿Por qué, Severus? Dime por qué lo haces.

Negó con la cabeza y cerró las puerta tras de sí, pensando en la mejor forma de decir lo que sentía.

— ¿Recuerdas aquel primer día cuando regresé y fuiste tú la primera en recibirme? Las miradas del staff eran incómodas, las reuniones estaban llenas de silencio y las comidas eran menos que agradables. Y sin embargo, tú nunca me trataste diferente. Nunca estableciste alguna brecha entre ambos y creo que te lo debo. Y muchas otras cosas.

— Nunca creí que...

— ¿Crees que lo disfruto, Minerva? Lo intenté por las malas, quise torturarte y lo admito. Pero era como si todo lo que te hacía, me lo hiciera a mí mismo y traté por las buenas, tampoco funcionó. Dime, ¿qué se supone que haga? ¿Quieres que simplemente te deje en paz, a tu suerte y lo olvide todo? Podría hacerlo, si eso es lo que quieres. Recuerdo que dijiste que no querías quedarte sola, que no sabrías si podrías defenderte por tu cuenta y entonces, aunque te aseguré protección, sigues desafiándome. ¿Qué acaso no me conoces para...?

— No lo suficiente, no lo que creo conocerte. — le cortó la mujer, cecándose las lágrimas con el dorso de su mano derecha. — ¿por qué no estabas a nuestro lado cuando más te necesitábamos? ¿Por qué no estuviste a mi lado cuando más te necesité?

— No es el momento para hablar de esto, Minerva. Es el momento de acabar con este bendito matrimonio arreglado y al menos podrías actuar con felicidad. Es por tu propio bien y nada más.

No contestó, mientras Effy subía las escaleras con un baúl flotando tras ella. Minerva lo miró con curiosidad, mientras Snape se encogía de hombros.

— Como esposos, tendremos que pasar la noche juntos y dormir en la misma habitación. Ya que la celebración seguramente terminará tarde, pensarán que es muy raro que la esposa duerma sin su esposo. Al menos en la primera noche, tendrás que hacerlo y luego decidiremos el resto del acuerdo.

— Pero no tengo...

— Descuida, Effy se encargó de hacer tu equipaje y el mío. Y ahora... — dijo, extendiéndole su brazo izquierdo. — vamos que se nos hace tarde y seguro es cansado estar vestido así, todo el día. Al menos en el caso de la novia.

Por supuesto, él no llevaba nada nuevo. Una pulcra camisa blanca, bajo otro saco negro y los pantalones y zapatos negros de siempre.

— Me agrada ese vestido que la señora Weasley escogió. — dijo para hacer conversación, mientras bajaban las escaleras y caminaban hacia la chimenea. — ni muy mayor, ni muy joven, te sienta.

— ¿Estás llamándome vieja? — preguntó ella en un susurro y Snape sonrió ampliamente, por primera vez, de manera natural.

— Puede que seas mayor que mi madre, un poco, pero no eres vieja. Para nada, Minerva.

Sintió que la sostenía fuertemente y se imaginó que estaban a punto de aparecerse, se preguntó qué locación Snape había escogido, pero pensó que era una tontería entrometerce. Lo tenía que hacer, le gustara o no y lo tenía que aceptar.

Odiaba aparecerse, era una sensación desagradable y con nervios resultaba peor. Apenas podía ver el lugar, pero sintió césped bajo sus pies y perdió el equilibrio por un momento. Severus la sostuvo con una mano en su brazo derecho, evitando que cayera y pisara las faldas de su vestido perlado.

— Gracias. — dijo en un susurro, pero él no le contestó. Bajó la vista para darse cuenta de que Effy sostenía un ramo de rosas tan rojo y brillante, que quedó extasiada con solo observar. — ¡Oh vaya, son hermosas! — se le escapó y Snape volvió a sonreír, apenas un toque de sus labios.

— Es temporada de rosas en éste lugar, son muy pintorescas. — declaró y acto seguido comenzó a caminar. — estamos en el ministerio de magia. La boda la han acondicionado en un campo que pertenece a antiguos terrenos del actual ministro de magia.

— No quiero ni saber cómo acordaron prestártelo. — murmuró ella entre dientes y Snape se encogió de hombros mientras caminaban.

— Lucius hizo la mayor parte del trabajo y ya me encargué de pagarle por ello. Nosotros solo nos presentamos, nos ponemos los anillos, quizá esperen algún beso ocasional y luego nos marchamos a la recepción. Nos tomaremos un par de fotografías...

Su mente se quedó a la mitad, en el momento del: "beso ocasional".

— Y no me digas que también esperan a que consumemos el matrimonio. — dijo con un tono de burla y Snape arqueó una ceja, mirándola.

— No lo sé, supongo que no. ¿Por qué? ¿Tú sí?

Se sonrojó casi del mismo color de las rosas y Severus volvió a sonreírle.

— Es solo una broma, Minerva. Por supuesto que no. ¿Por qué habríamos de consumirlo, si no nos amamos en realidad?

Había tragado con fuerza y sin darse cuenta, ya estaban dentro de una grande y hermosa capilla de mármol blanco, con hermosas ventanas con vitrales y un par de sillas pintadas de blanco, adornadas con las mismas hermosas flores de su ramo. Una alfombra roja se encontraba bajo sus pies y un par de hermosas telarañas, hacían brillar la luz del día sobre las paredes, haciendo hipnotizantes formas en las paredes. Todo estaba revestido con tela del mismo color, blanco y lleno de rosas. Los invitados lucían muy elegantes y al parecer, eran más de los que ella esperaba ver.

Severus era un gran planificador de bodas y eso le daba miedo.