—Madre de Goku...Señora guerrera...¡Mujer saiyajin!
—¿Eh?
Gine abrió los ojos lentamente mientras observaba a su alrededor; el lago, su paraíso, la aureola sobre su cabeza, un bicho verde mirándola con grandes ojos negros.
—¿Quién eres? — preguntó adormilada, se había dormido recordando su pasado.
—Soy Gregory. Sígueme, alguien muy importante quiere verte.
Algo sorprendida le siguió el paso al extraño insecto parlante, pensó que no tenía nada que perder si lo seguía, con tal ya estaba muerta. Llegaron frente a un camino en forma de serpiente que se veía larguísimo. Miró con duda a Gregory.
—Tranquila, no lo cruzaremos caminando, solo el idiota de Goku haría eso otra vez.
Esa frase le quedó rondando mientras eran "teletransportados" hacia donde quiera que fuesen, ese insecto la había llamado madre de Goku antes, pero eso no tenía sentido, ella solo tenía dos hijos y ninguno de ellos se llamaba Goku.
—Llegamos.
Se encontró en un pequeño planeta, demasiado pequeño diría ella, y un señor con piel celeste, antenas, gafas oscuras, aureola en la cabeza y con ropa de Kaio se presentó frente a ella.
—Vaya, quien diría que alguna vez conocería a la madre del salvador de la Tierra.
Ahora sí Gine no entendía nada.
—Disculpe, ¿lo conozco?
—Oh no, pero por desgracia conozco a su hijo.
—¡¿Perdón?!
—¡Oh! Lo siento, usted ha estado muerta y seguro no sabe nada de lo que ha pasado desde que murió.
Gine asintió aún confundida, y se dispuso a escuchar lo que el dios tenía que decirle.
—Verá, su hijo llegó a la tierra y un anciano humano lo encontró, lo adoptó y un día por un descuido Kakaroto cayó por un barranco, golpeándose la cabeza y olvidando toda su misión y perdiendo su naturaleza maligna. —Gine asintió algo incomoda, no creía que fueran seres tan malos, pero no iba a refutarle al Kaio—Después él llevó una vida tranquila, ama las artes marciales y se hizo amigo de muchas personas, ¡hasta se casó y tuvo dos hijos!
Atónita, así se encontraba la guerrera, en realidad nunca creyó que algo así sucedería, nunca se puso a imaginar cómo serían las vidas de sus hijos.
—Por la fuerza obtenida a base de entrenamiento su hijo defendió el planeta tierra en múltiples ocasiones, siendo llevado por el deseo de proteger a los que ama, es un hombre algo ingenuo pero admirable. Ahora mismo acaba de irse, él siempre viene a entrenar aquí.
—Increíble...— fue lo único que logró decir, Kaio-sama sonrió.
—Pero no la traje para contarle eso.
—¿No?
—No, fue para hacerle una propuesta. Debe oírme primero. — Gine asintió otra vez—Cuando el planeta Vegeta explotó no todos los saiyajin murieron, ¿sabía?
—Sí, mis hijos y algunos que estaban en misión sobrevivieron.
—No sólo ellos. También su esposo, Bardock.
La sola mención de su nombre la hizo sentirse viva otra vez, demostrando que el amor traspasa todas las barreras, incluso la de la muerte. Sintió como si la sangre volviera a correrle por el cuerpo; su Bardock estaba vivo.
—Al momento de la explosión él fue tragado por un agujero que lo llevó a otra época, mil años antes de que explotara el planeta Vegeta. Esa fue una decisión de los dioses, pero él ya cumplió su misión allí. Ahora viene la propuesta...¿Te gustaría verlo de nuevo?
/
Hay veces que la emoción no cabe en tu cuerpo y por eso comienza a escapar de ti, a través de manos sudorosas, labios resecos y corazones agitados.
—Kaio-sama, de verdad...
—Ya me ha agradecido mucho, señora Gine. Ahora, vamos por él.
El mundo le palpitó, y con una sonrisa de quinceañera fue dando saltitos felices hacia el Kaio. Tenía frente a él unas extrañas esferas naranjas con estrellas dentro.
—¡Sal de ahí, Shenlong, y cumple mi deseo!
Las esferas centellaron, el cielo se oscureció y de ellas emergió un imponente dragón con ojos rojos, escamas verdes y cuernos de ciervo. Gine retrocedió un paso, temerosa.
—Vamos, pídanme su deseo, puedo cumplir cualquier deseo.— su voz ronca y gutural aceleró la emoción en la Saiyajin. Kaio-sama avanzó hacia el dragón.
—Hoy es el día, Shenlong, traeremos de vuelta a ese hombre que acordamos hace años.
—Ya veo. El que está en el pasado. —el dragón pareció comprender. Gine estaba mareada, ¿por qué habrían enviado a Bardock al pasado? No pudo meditarlo porque los ojos del dragón brillaron y entonces todo el lugar resplandeció en luz blanca y cegadora, tapó sus ojos con ambos brazos y después de unos segundos el resplandor desapareció junto al dragón. Levantó la vista y le pareció que todas las cosas maravillosas en el mundo se hacían burdas frente a tal momento, una silueta de un hombre musculado y de cabellos alborotados se apareció en el cielo y el tiempo pareció detenerse.
Ahí estaba.
Tan o más hermoso de lo que recordaba.
Con un pañuelo rojo en su frente ondeando al viento y con los ojos negros dulcificados al encontrarse con los orbes de ella.
—Supongo que tienen muchas cosas que hablar... Los enviaré a su paraíso, feliz eternidad. —Kaio-sama interrumpió el contacto entre miradas e hizo un símbolo con sus dedos, enviándolos a un lugar precioso, mejor que el que solía tener Gine, infinito en áreas verdes y con un cielo rojizo que los llenaba de recuerdos. Volvieron a mirarse, y como imanes destinados a unirse se acercaron, Bardock aún confundido y Gine emocionada y radiante, el tiempo pasado pareció llenar el espacio ya que no sabían qué hacer ni cómo actuar, hasta que sintieron un suave y tímido roce que los hizo girar.
Sus colas estaban enroscadas entre sí.
Algo explotó dentro de la guerrera, un cúmulo de emociones asfixiadas que, al ver al dueño de todos sus sueños, se lanzaron hacia él en forma de un abrazo. Gine sollozaba fuertemente contra su cuello, sintiendo su esencia a sudor y sol que tanto amaba.
—Maldita sea, ¡Bardock! ¿S-sabes cuánto t-te extrañé? ¿Sa-sabes cuánto te llor...?
Unos fuertes brazos acunándola como a una niña y un pequeño beso en la frente fueron sifuciente para calmar su llanto, calidez inexplicable inundó su ser al ser cobijada por su maestro, por su esposo, por su amado.
—Ya no me vas a llorar ni a soñar más...Porque ya estoy aquí. —un silencio abismal reinó en su paraíso, la respiración cortada de ella se convirtió en una exhalada de amor cuando le sintió susurrarle al oído: —Te extrañé mucho, mi guerrera.
¡Penúltimo capítulo! (al fin, Señor).
El final será cortito, pero jugoso.
Sin mucho qué decir, gracias por sus reviews, denme más. 7u7
¡Chao!
