Hola, ya estoy aquí. Espero que me hayáis echado de menos ;)
Antes del capítulo quería decir un par de cositas. Lo primero, muchísimas gracias por los comentarios, los follow, los favorite y la comprensión. Significa muchísimo para mi y jamás tendré palabras suficientes para agradecéroslo.
Lo segundo. Salesia, con todo el cariño del mundo... menudo cacao mental tenías al comentar el anterior cap. Parvati está viva en mi historia, en el grupo 4 de hecho :) Y lo otro, creo que confundiste a Susan con Hannah. Quien fue torturada por Amycus Carrow fue Susan, Hannah... digamos que no tuvo ese tipo de experiencias... Lo comento nada más empezar, para que no haya confusión a medio de la lectura y, espero, disfrutes a tope :D
Otra cosita... todos/as habéis acertado con el sargento Spangler. Supongo que se ven fácilmente las influencias... Y sí, el modo militar de Mikel está basado en el sagento Spangler y en todos los sargentos de instrucción hiper cabrones de las películas. El pobre está de sargento de instrucción como castigo, pobrecito, snifff. Así trata luego a sus "mierdecillas"
Por último, "aprovechando" que perdí lo que tenía escrito de este nuevo capítulo, y que necesitaba risas, decidí reescribirlo para que conozcáis un poquito más a mis bebitos (gracias a Emma que me dio la idea xD). Sé que dije que este capítulo iba a ser intenso, pero de lo que empiezo a escribir a lo que termina siendo... me temo que hay un trecho :P
Sin más...
Let it go!
Alegría, felicidad, amor. Todas esas emociones se expresan físicamente con saltos de felicidad, carcajadas de alegría. Y sonrisas.
Las sonrisas son comunes a todas aquellas cosas que nos alegran el día, nos llenan de felicidad o, simplemente, nos hacen gracia.
Una sonrisa es algo único, mágico y espontáneo, que forma parte de nuestro día a día. Pero la gente a menudo presta más atención a cualquier otra cosa que a las sonrisas de las personas.
Y eso es algo muy grave.
La gente suele olvidar que las sonrisas esconden cientos de secretos y por eso no suelen prestan atención a ese levantamiento de las comisuras de los labios que a veces incluye también enseñar los dientes y empequeñecer los ojos porque los mofletes se han elevado más de la cuenta.
En psicología existen tres tipos de sonrisa: la genuina, la falsa y la enmascaradora.
La sonrisa genuina se caracteriza por ser auténtica. No es una simple imitación de una sonrisa. Sino que es una sonrisa real, espontánea y sentida, que no se puede evitar. Es ese tipo de sonrisas donde los ojos se vuelven achinados porque tus mejillas se han elevado demasiado y apenas ves que tus dientes no son tan perfectos como para que los enseñes cual anuncio de dentífrico… Pero eres feliz, y no te importa enseñar esos feos dientes —ni quedarte medio ciego—, en el proceso de demostrar esa felicidad que sientes.
Luego están las sonrisas falsas, esas en las que elevas las comisuras de los labios y ahí se ha quedado toda emoción. Lo siento, la alegría está apagada o fuera de cobertura, por favor llame en otro momento.
La gente utiliza este tipo de sonrisas en las cenas navideñas, por ejemplo, cuando tienes que aguantar a toda tu querida familia a la que solo ves tres veces al año y siempre en fechas señaladas e imprescindibles... Y ahí estás tú, entre el tío gordo que se ha propuesto imitar a los cerdos cuando comen y al que sólo le falta subirse a la mesa y bañarse en la salsa del pavo. Entre tu tía, ésa que siempre lleva un traje carísimo de Channel y que únicamente habla de su increíble belleza, de lo importante que es en su trabajo y el éxito que tiene en todo lo que hace… Y en frente tienes al primo repelente de entre cinco y diez años que te hace burlas, pone muecas extrañas donde llegas a pensar que está sufriendo alguna clase de ataque epiléptico, y —quien a la hora del postre—, está lo suficientemente aburrido como para hacer diana con tu cara mientras utiliza la cucharilla de postre como arma y el helado de chocolate —que no sale del hermoso vestido que llevabas ni a la doceava vez de lavarlo—, como munición... Ese tipo de reuniones sociales en las que desearías darle una patada en el trasero a tu tío gordo con complejo de cerdo, destrozarle el Channel a tu tía —demasiado egoísta y arrogante como para ver que no te deja espacio donde comer tranquilamente, ¿o ése es tu tío?—, y que estás imaginando mentalmente como sería desatornillarle la cabeza a tu queridísimo primo pequeño. Es en esas reuniones sociales, en las que las personas suelen utilizar la sonrisa falsa por el simple hecho de que las normas no escritas de la sociedad te dicen que si no sonríes… significa que eres muy descortés.
Por último, en psicología existe la sonrisa enmascaradora. Este tipo de sonrisas es muy especial… podríamos decir que es la sonrisa de los malos malísimos malotes. Esa sonrisa fría en la que apenas elevas unos milímetros las comisuras de los labios, o donde enseñas los dientes cual tiburón que ha visto una apetitosa presa. Esa sonrisa que nace de lo más oscuro y hondo de nuestro corazón. Dónde estás matando, desintegrando, mutilando, despellejando y/o envidiando a tu interlocutor mientras sonríes con diligencia. Y a la persona receptora de esa dulce, dulcísima, sonrisa se le erizan los pelillos de la nuca sin saber exactamente el por qué.
Y la gente no suele percatarse de la sonrisa que estás utilizando porque la ven como un adorno más en el rostro. Por eso, muchas personas no ven cuando se están pasando de la ralla en decir tus defectos mientras tu sonríes condescendiente y lo apuntas en la cima de tu lista negra —colocando una pica con su cabeza en la puerta de tu mazmorra sagradísima de bruja malvada—, donde nunca jamás le harás ni un mísero favor. Ni siquiera darle la hora.
Y es que las personas no suelen prestar mucha atención a los labios, a menos que quieran devorarlos, lamerlos o destrozarlos... Pero es que, además, existen muchos tipos de personas. Y existen muchos tipos de sonrisas. En cierto modo, podríamos decir que hay tantos tipos de sonrisas como personas existen en el mundo.
Pongamos, por ejemplo, David Walker… Hacer que David sonría es como poner en ejecución una bomba de relojería. Digamos, a paso de caracol.
Para que David sonría se necesitaría una cadena de pequeños acontecimientos que se irían sumando lentamente en sus labios, elevando, concretamente, la comisura izquierda. Y esa serie de pequeños acontecimientos terminaría en una sesión de tortura física y psicológica para la persona receptora.
Y es que cuando David eleva la comisura izquierda de sus labios hacia arriba, sin enseñar los dientes, con las cejas alzadas y un brillo viperino en los ojos significa que se aburre.
Y como todo genio incomprendido, David tiene sus propias manías… y una de ellas es la de no aburrirse. Porque si se aburre significa que no tiene nada que hacer, y si no tiene nada que hacer quiere decir que no puede moverse, ni dar palmadas, ni andar, ni reír, ni hablar, ni pensar, ni pestañear, ni imaginar, ni soñar, ni molestar, ni hacer chistes, ni divertirse, ni inventar cosas, ni explotar cosas... ¡no puede hacer nada! Así que su cerebro entra en un estado comatoso en el que el cuerpo actúa por puros actos reflejos mientras la mente de David se queda en blanco, en proceso de shock buscando algo lo suficientemente interesante como para centrar completamente su atención en ello.
Y cuando David ha finalizado el estado de shock y ha encontrado algo externo con lo que divertirse un rato —aunque sea un chicle que ha encontrado en el suelo—, su sistema nervioso comienza a hacer operaciones matemáticas en las que ese pequeño momento de diversión se haga más y más largo, y grande, y emocionante, y divertido… a medida que sume complicados logaritmos y frases ridículamente estúpidas para conseguir su objetivo.
Y cuando ya tiene el resultado de esas complejas operaciones —que sólo otro genio podría comprender—, aparece el primer síntoma de que la bomba va a explotar: Sus cejas se elevan ligeramente, con tal rapidez para el ojo humano que cualquiera que haya parpadeado habrá perdido de vista ese sutil movimiento y pensará que antes estaban ahí y por eso no correrá.
Grave error.
La segunda señal de que algo no va bien. De que la bomba ya ha iniciado la cuenta atrás y quedan menos de diez segundos para que estalle el holocausto… es cuando David eleva la comisura izquierda de los labios, sólo la izquierda, si llegara a ser la derecha el problema no sería realmente grave. Pero si ves a David Walker y compruebas que, efectivamente, está elevando la parte izquierda de su boca, o corres muy, muy rápido o la onda expansiva te salpicará de golpe y porrazo.
Ya no tendrás ninguna posibilidad de escapar.
Y si, por último, ves que sus ojos azules se vuelven aún más azules... No es ningún efecto óptico. No es que tenga alguna especie de enfermedad ocular mediante la cual puedes medir su estado de aburrimiento interestelar-locura transitoria por la claridad de sus ojos azules. No. Sino que sus pupilas se contraen de la excitación, se vuelven chiquititas, muy chiquititas, y eso provoca que su tono de ojos se vuelva más claro de lo normal. Y si lo has visto, significa que estás lo suficientemente cerca como para captar ese ligero cambio de color...
Date por muerto.
La bomba ya ha hecho click.
David ya tiene su plan, con logaritmos, ecuaciones, paralelísticos y frases lingüísticamente correctas. Su sonrisa ya ha hecho completa aparición. Es imposible que escapes a su pequeño gran momento de no aburrimiento. También llamado, "Diversión made in David Walker, cómo no aburrirse cuando estás con gente aburrida". Incluso creó un perfume con ese nombre…
Pero volvamos al tema inicial… podríamos decir que la sonrisa de David es como el sonido de una olla a presión cuando el agua ha llegado al punto álgido de hervor, y las consecuencias... las consecuencias vendrían a ser lo que sucede si abres la olla en ese mismo instante.
El entorno completo quedaría con pequeñas salpicaduras de agua hirviendo que han sido milimétricamente teledirigidas a sus objetivos. Es como la bala de un francotirador. O acierta. O acierta. No hay más. Las probabilidades de escapar de algo así son prácticamente nulas. Nadie lo ha conseguido jamás.
Y Hermione, Neville, Draco y Vincent no iban a ser la excepción.
Pero empecemos por el principio… En el grupo dos teníamos a Draco Malfoy y a Pansy Parkinson como príncipe y princesa. Sirviendo a Sus Altezas estaban Hermione Granger y Astoria Greengrass. Y después, pasábamos a los caballeros Vincent Crabbe y Neville Longbottom, seguidos del ama de llaves Cormac McLaggen.
Estos siete chicos estaban al cuidado de Sergei Kühler, David Walker y Anna Cabello.
Y no sabían la que se les venía encima.
La mañana había comenzado relativamente bien para todos ellos. Hermione y Draco habían tenido un dulce despertar en el que, más pronto que tarde, la pequeña burbuja de felicidad que los envolvía estalló. Pansy despertó alegre y enseguida se deshizo de su compañera de cuarto para estar tranquilamente en sus aposentos de princesa. Pero, lamentablemente, se había encontrado con Neville Longbottom, y su buen humor se había ido al traste. Por su parte, Vincent estaba muy feliz de poder comer de nuevo. Sin embargo, la sorpresa la tuvo Astoria al descubrir ese brillo desconocido pero extrañamente familiar en Cormac.
Luego, todos tuvieron sus bromas, sus rencillas y sus reconciliaciones para verse en los establos que había detrás de la torre. Hasta allí todo fue normal. Incluso la explicación sobre las diferentes vestimentas y el armamento del caballero. Incluso las horas corriendo como buenamente podían con la armadura de unos cuarenta kilos de peso encima. Incluso los golpes dados con las espadas y los desequilibrios con el escudo del tamaño de los chicos... fue normal. Tampoco se desvió de la normalidad las conversaciones intrascendentales de las mujeres del grupo, al menos no mucho. No. Todo eso, dentro de las vivencias personales de los siete magos —más concretamente de Hermione, Vincent, Draco y Neville—, fue bastante normal y sencillo.
Lo extraño vino en la comida, cuando Sergei y Anna estaban hablando de no sé qué sobre un tal Smithsonian y David bostezaba de aburrimiento. Fue entonces que Hermione se fijo en el comportamiento del hombre. Cualquier cosa era mejor que ver ciertos ojos grises, después de todo… Así que Hermione se dedicó a contemplar los ojos azules del moreno. Encontrándose con varias cosas en las que antes no había reparado.
David Walker era un hombre alto. Si se fijaba bien, Hermione podía apreciar un cuerpo musculado, aunque sin llegar a ser grotesco. Más bien, parecía un hombre de negocios que iba al gimnasio regularmente. Con los ojos de un azul intenso, bastante oscuro, y la barba y el pelo perfectamente recortados, era el jefe de oficina más caliente que Hermione pudiera imaginar en una de esas novelas eróticas de su madre. El único problema con el hombre era su actitud prepotente y engreída… que recordaba a la de cierto rubio albino. Todos los hombres guapos deben ser igual de cretinos, resopló la castaña en sus pensamientos.
Pensamientos que pronto dejó de lado —al estar relacionados con su príncipe—, y al intuir que algo no marchaba bien. David acababa de quedarse completamente rígido, como si le hubieran lanzado un hechizo paralizador. Pero nadie tenía varitas allí. Y el hombre seguía tan rígido como una tabla de planchar. Casi con los ojos en blanco. Completamente absorto.
Y entonces Hermione se tranquilizó. Casi era hasta capaz de escuchar los engranajes del cerebro de ese hombre. Seguramente estaría en algún lugar de su mente más divertido que aquel, a juzgar por el rápido movimiento de sus ojos. De hecho, si Hermione no estuviera completamente segura de que era imposible, habría jurado que David estaba haciendo alguna clase de ecuación matemática. Pero eso era imposible...
Y Hermione volvió a prestar atención por un milisegundo a su plato de sopa hirviendo, queriendo dejar a David algo de privacidad con sus propias ideas... Pero es que era muy difícil, porque si dejaba al hombre tranquilo con sus pensamientos ella acabaría siendo aplastada por los suyos propios... Así que volvió a mirar a David, intentando descifrar si realmente estaría haciendo una ecuación matemática. ¿Antes tenía las cejas tan levantadas?, se preguntó extrañada. ¡Oh, no! ¡Ahora sonríe igual que Malfoy! ¿Es que todos tienen que ser iguales?, se lamentó Hermione a punto de estirarse de los pelos, intentando convencerse de que se lo había imaginado. Por lo que volvió a alzar la mirada hacia el moreno. ¿Ves? Sí que me lo he imaginado. Malfoy hace esa estúpida mueca hacia la derecha... Espera... Hermione empezó a mover el dedo índice para asegurarse de que las comisuras alzadas de los labios de David eran las de la izquierda. Sí, sonríe hacia la izquierda. Yo estoy en frente, y es mi derecha... Sí, David hace la mueca hacia la izquierda. Y como esa sonrisa era tan similar a la de Malfoy, Hermione no pudo evitar buscar si los ojos del moreno serian igual de grises que los del rubio…
Y fue entonces cuando la leona agachó la cabeza completamente avergonzada, mirando con inusitado interés su plato de sopa volcánica. No sabía cuánto tiempo llevaba observándolo, ni cuánto llevaría él sabiendo que ella lo había estado mirando. Pero el hecho era bien simple, David acababa de pillarla mirándolo. ¡Dios! ¡Qué vergüenza! ¿¡Por qué tenía que mirarme directamente a los ojos con ese maldito azul cristalino!?, se reprendía la chica. Espera... ¿cristalino? ¿Sus ojos no eran oscuros?
Pero ya era demasiado tarde para Hermione. La bomba ya había hecho click.
—Apestáis a muerto viviente. —dijo David como quien no quiere la cosa—. Iros a dar una ducha. Y en media hora os quiero aquí. —aclaró con voz dura y su sonrisa torcida.
Ante su comentario, Anna y Sergei callaron observando a los jóvenes. Se escuchó el sonido de cuatro sillas arrastrándose por el suelo, y los cuatro hombres del grupo se dispusieron a arrastrar los pies rumbo a las habitaciones… y a sus respectivas duchas.
—Oh, sí... Granger, —llamó el moreno, a lo que Hermione se paralizó maldiciéndose en todas las lenguas que conocía. Pero como eso no iba a sacarla de allí, se dio la vuelta con deliberada lentitud, siendo muy consciente del tono rojizo de su piel—. Asegúrate de lavarle bien la espalda a tu amo. —coronó la frase con esa sonrisa viperina.
Pansy estuvo a punto de hacerle la ola ahí mismo. Por su parte, Astoria y Cormac querían matarlo, Draco no sabía muy bien qué pensar, y Hermione… Hermione rogaba porque la tierra se apiadara de ella y se la tragara más pronto que tarde.
— ¡No puedes decirle eso a la chica! —protestó Anna.
—Mírame, cariño. —replicó David, todavía con la mueca de sonrisa—. Granger, lávale la espalda a tu amo como el buen escudero que sé que eres… Y vosotros dos, —añadió a Vincent y a Neville—. Limpiaros la espalda mutuamente también o algo.
Y con el sofoco de la mujer y la despedida de David, los cuatro jóvenes se apresuraron a obedecer.
— ¡Tenéis treinta minutos! —oyeron gritar a David con algo similar a la diversión.
Yo lo mato, yo lo mato, yo lo mato, yo lo mato… ¡Te juro que yo lo mato! decía Hermione cual sonsonete en sus pensamientos, concentrada en que sus piernas —las cuales acababan de adquirir la consistencia de la gelatina—, no se derrumbaran bajo el peso de su cuerpo. Con la consecuente caída que tendría.
— ¡Ni siquiera lo pienses Malfoy! —se apresuró a decir Hermione nada más quedarse a solas con el rubio—. No pienso bañarte, ni limpiarte, ni lavarte, ni enjabonarte la espalda. Ni nada de nada.
—Al menos tendrás que venir al baño. —dijo Draco con voz monocorde, sin mostrar ninguna emoción—. Podría venir a comprobar si haces lo que te ha dicho… Si te quedas en el baño al menos tendremos oportunidad de engañarle. —añadió con algo de cansancio, todavía le daba vueltas a las palabras de Pansy.
—Bien, —dijo Hermione tras pensarlo un momento—. Pero como intentes algo… —amenazó.
—Sí, sí, sí. Me matarás… Ya lo sé. —respondió el Slytherin con el mismo tono de voz, cogiendo sus cosas y adentrándose en el cuarto de baño.
Mierda, mierda, mierda. Pensaba Hermione diez minutos más tarde, sentada en el borde de la piscina que coronaba el baño. La chica se esforzaba en mirar sus manos, apoyadas en su regazo, mientras escuchaba el chapoteo del agua. Hermione, eres una idiota. Eres una autentica idiota. No hay persona en la faz de la tierra capaz de sobrepasar tu idiotez. ¿¡Pero en qué demonios estabas pensando!? ¿Por qué narices tenías que mirarle? ¿Eh? ¿No podías estar tranquilamente en tu silla con tu maldita sopa? No, no, no… ¡la grandiosa Hermione Granger tenía que ponerse a espiar a una de las personas que ahora mandan sobre ella! ¡La grandiosísima de Hermione Granger tenía que pensar que ese hombre era guapo! ¡Claro que sí! ¡Cómo si no tuvieras ya bastante con todo lo que tienes!... No te bastaba el lío monumental en el que estás. Hasta el cuello de mierda. ¡No! ¡Tenías que molestar a ese demonio con aires de Superman para estar completamente feliz! ¡Y ahora tienes que ver al idiota de Malfoy mientras se baña desnudo en la puñetera piscina! ¡Cómo si no tuvieras bastante! ¡Joder! Joder, joder, joder… ¡Eres una idiota! Idiota, idiota, idiota… repetía Hermione en su mente una y otra… y otra… y otra vez. Como si fuera un mantra.
Mientras Hermione se maldecía mentalmente, Draco pensaba en lo que le había dicho Pansy. ¿Qué pensaba obtener de la castaña? ¿Qué sentía realmente por Hermione Granger? Draco sabía que le atraía. Era divertido verla en ese mismo instante, por ejemplo, procurando no mirar hacia la enorme bañera para no ver nada inapropiado, haciendo aspavientos con las manos mientras cerraba los ojos con fuerza y se mordía el labio de vez en cuando. Sí, estaba claro que Hermione Granger le atraía. No estaba enamorado de ella. Draco no sabá lo que era enamorarse, nunca le habían dicho lo que era. Ni cómo se sentía. ¿Se sentiría como varios Crucios cuando sabes que la otra persona está en peligro? Se rascó la nuca, indeciso. Realmente no creía estar enamorado de la leona. Eso sería extraño, aunque se sorprendió al descubrir que no le molestaba la idea… Luego estaba el otro problema, Granger le gustaba físicamente. Sí, incluso podría decirse que adoraba pincharla y discutir con ella sobre cualquier cosa por el simple hecho de verla roja y toda sofocada. La sentía suya de un modo único, de una forma nueva, completamente ajena al sexo —como siempre le había pasado—. Draco volvió a rascarse la nuca. Tenía que descubrir si realmente estaba enamorado de la Gryffindor y qué quería de ella. De estarlo, ¿quería que ella lo correspondiera?
─Granger. ─el susurro del rubio sacó a Hermione de su auto tortura psicológica.
Bueno, y también le dio el mayor susto de su vida. Pues encontrarte de repente, cara a cara, con su archi enemigo jurado desde segundo curso… con el pelo mojado y pequeñas gotitas de agua cayendo por su rostro… por no hablar de esos ojos grises que tan grandes parecían ahora. Aunque, por suerte para Hermione, ya no parecían ser tan fríos como un tempano de hielo. Y mejor sumergirse en la diversión de ese turbulento océano. Sí, mejor no posar la mirada por debajo de su rostro, viendo el húmedo cuello. Ni el torso-… ¡Concéntrate Granger!
— ¿Qué quieres? —preguntó Hermione intentando no sonar muy brusca. Quería disculparse con el chico por su anterior comportamiento, después de todo.
─Quiero que sepas que te perdono. ─¿Lo cualo?, el rostro de la leona era el mismísimo retrato de la perplejidad─. Ya sabes. Soy un caballero después de todo, soy un hombre decente… Y visto que no vas a disculparte por ser demasiado orgullosa… ─dramatizó Draco con una mueca.
─ ¿Perdona? ─chilló la chica en un tono de voz que evidenciaba claramente lo contrario de lo que decía.
─Por supuesto que te perdono. ─el tono divertido de su voz se podía hasta masticar.
─ ¡No te he pedido disculpas!
─Claro que lo has hecho. Aho-… ─se apresuró a responder Draco.
─Y no tengo por qué pedirte perdón. ─lo interrumpió ella.
─De hecho, sí. Y por eso te perdono.
La indignación de la castaña era palpable. Su rubor ya no se debía solamente por saber que su interlocutor estaba desnudo. Sino por el cabreo monumental que el rubio acababa de clamar para sí. El blanco de sus nudillos, apretados en sendos puños, el ceño fruncido, con la clara intención de convertirse en una única línea continua, y los dientes fuertemente apretados indicaban a las claras los instintos homicidas que Hermione empezaba a sentir hacia su rubio príncipe. Pero antes de que pudiese cumplir con sus instintos asesinos, Draco acercó su rostro un poquito más hacia ella y habló:
─Y ahora, ven a bañarte. ─Draco no permitió que la joven comprendiera sus palabras. La agarró del brazo y tiró hacia él… y hacia el interior de la enorme piscina que se asemejaba a la de los baños de prefectos.
─ ¡Qué demonios crees que estás haciendo Malfoy! ─gritó la castaña iracunda, chapoteando como podía dentro de la piscina, una vez hubo sacado la cabeza fuera del agua, intentando recuperarse del susto. Pero las maldiciones que tenía pensadas se le atoraron en la garganta al sentir la desnudez del pecho masculino. Draco la había abrazado y podían respirar el aliento del otro.
─Desnúdate, Granger.
─ ¿Q-Q-Q-Qué…? ─Hermione sintió un ligero deja vù al escuchar esa frase.
Sin embargo, de nuevo, Draco no le permitió pensar en ello. De un fuerte tirón le sacó la camisa por la cabeza, dejándola sólo con el sujetador.
─ ¡Qué demonios crees que estás haciendo Malfoy! ─volvió a chillar la chica, deseando tener su varita a mano para poder rebanarle la cabeza al rubio. Y manteniendo una distancia considerada del joven. Y tapándose como buenamente podía con un brazo, mientras con el otro alejaba al joven de ella.
─Recuerda que eres mi sirvienta, Granger. Tienes que hacer todo lo que yo ordene. ─respondió Draco con esa mueca tan característica de los Malfoy mientras se acercaba a ella lentamente.
─Recuerda que puedo denunciarte, Malfoy. ─amenazó Hermione de vuelta.
─¿Por ordenarte que laves mi espalda como dijo uno de nuestros instructores? ─preguntó él con voz inocente─. Dudo que a McGonagall le parezca una falta grave. ─añadió desinteresado.
─ ¡Acabas de arrancarme la camisa!
─ ¿No querrás bañarte vestida? ─replicó Draco imitando ese tono de voz tan petulante que la leona utilizaba en clase─. ¿Los muggles lo hacéis así? ─de nuevo ese tono inocente que no le pegaba en absoluto.
─Me bañaré cuando tú no estés dentro. ─gruño Hermione, negándose a darle un punto a favor por haber usado la palabra muggle en lugar de cualquier insulto.
─Granger, teníamos media hora. Ya han pasado quince minutos, ─explicó Draco como si le hablara a un niño de tres años─, y a mí aún me falta un rato…
─ ¿Y qué? ─lo desafió ella.
─ ¿De verdad podrás bañarte en tan poco tiempo? ─preguntó fingiendo sorpresa─. Bueno, supongo que algo has aprendido de la Comadreja. Tan pobres que incluso gastar un poco de agua da miedo, ¿eh?
─Cállate. ─bufó Hermione─. Y vete. ─añadió con la mirada ardiendo de furia e ira mal contenidas.
─ ¿Quién te salvaría entonces? ─dramatizó el muchacho, a lo que Hermione empalideció al recordar en qué momento exacto él la había salvado─. Además, si ese Walker nos castiga porque tú no has hecho lo que debías en el tiempo estipulado… ─Draco acortó la distancia como lo haría un lobo hacia la pequeña ovejita acorralada, con la sonrisa de la victoria en su rostro─. Me temo que tendré que castigarte, Granger. ─susurró al oído de una Hermione que temblaba por culpa del agua fría. Sí, por el agua fría. No porque sus labios se separaban por un solo suspiro─. Date prisa y báñate. ─dijo Draco saliendo con rapidez de la piscina. Antes de cometer alguna locura. Tenía que darle su maldito espacio.
Y Hermione se quedó igual que las ultimas, ¿qué?, ¿diez veces? Se quedó con las ganas. Con las ganas de pegar a Malfoy. De besarle e impedir que se alejara de ella ni un milímetro. Deseando destrozarle la cara a puñetazos. Queriendo curarle las heridas a besos... Y lo que más rabia le daba es que no sabía en qué orden quería hacerlo... Así que se limitó a fulminar la espalda torneada del rubio, apenas prestando atención a las marcas de su pasado.
Luego hay personas como Charles Tydale. Personas que han crecido en la pomposidad de la flor y nata de la sociedad. Personas que siempre han tenido lo que querían, cuando querían, como querían y donde querían. Siempre. Sin excepción. Desde que apenas midieran unos dos milímetros en el feto de sus madres.
¿Por qué? Porque esas personas nacen así de serie, lo tienen en su genética. Son como lobos al acecho, buscando presas, buscando cazar algo jugoso y delicioso. Y para Charles ese algo se convirtió en doblegar a toda mujer que se atreviera a intentar cazarlo —o mirarlo siquiera—, desde, más o menos, su decimotercer cumpleaños.
Charles Tydale era como el fuego abrasador que arrasa montes y poblados a su paso… sólo que con las pobres e inocentes hormonas femeninas —y, en ocasiones, hasta las masculinas—. A menudo le gustaba más la caza que la presa. Y jamás probaba bocado de aquellas mujeres que caían a sus pies con solo una mirada, quienes no ofrecían resistencia. Después de todo, lo interesante era la caza.
Ver una sonrisa de este hombre era como iniciar un fuego sin posibilidad de cortar, apagar ni doblegar en el cuerpo de cualquier mujer sexualmente activa. A veces no hacía falta ni eso. A veces incluso las hormonas masculinas sucumbían a ese deslumbrante gesto.
Y ahí era donde recaía el peligro de la sonrisa de Charles.
Porque ver una de sus sonrisas era como ver a un gigoló sonriendo con sensualidad a su ama, como ver a un tiburón disfrutando de los momentos previos a probar su presa, como la sonrisa de los tahúres del póker donde nunca sabes si sonríen porque van ganando o es que su farol es demasiado bueno. Ver la sonrisa de Charles Tydale es como ver el bostezo perezoso del león antes de que hinque sus fauces en la gacela. Es como una fuerza de la naturaleza. Indomable, imposible de controlar.
Y cuando sabes lo que significa, sólo deseas no volver a verla nunca. Y si no que se lo digan a Mikel Stoner...
Si Charles fuera un arma, la convención de Ginebra habría hecho un tratado único y exclusivo sólo para él. Los diccionarios de todo el mundo habrían tenido que modificar el significado de guerra con definición y catalogación nuevas sólo para poder incluir a Charles dentro. Si Charles fuera un arma, estaría prohibido por todas las organizaciones nacionales, internacionales y multinacionales del mundo por atentar contra los derechos y la integridad humanas. Ni siquiera se vendería en los mercados negros.
Si Charles fuera un arma, su sonrisa sería el equivalente a detonar un centenar de estrellas. Pero lo que poca gente sabe, es que las estrellas no explotan. Implosionan. Es decir, no estallan hacia fuera, explotan hacia adentro. Y eso es lo que hace la sonrisa de Charles en todo aquel que la ve, en especial en las féminas. Y más concretamente, en su sistema neuroendocrino.
Cuando una estrella implosiona, se convierte en un agujero negro que se come hasta la ley de Schrodinguer, baila a la comba con la ley de la gravedad y juega a las cartas con el tiempo. Un agujero negro devora desde luz, hasta sonido. Pasando por miles y miles de cuerpos celestes, planetas, satélites, asteroides... Devoran desde su pequeño sistema solar al completo, hasta galaxias enteras que se encontraban a años luz de distancia. Devoran incluso a otras estrellas. Hasta el tiempo queda convertido en una masa pastosa, como postre para el agujero negro.
Eso es lo que Charles provoca cuando enseña todos y cada uno de sus perfectos y brillantes dientes blancos. Es como si alguien apretara ese botón rojo en el que dice claramente: NO APRETAR BAJO NINGUNA CIRCUNSTANCIA. PUEDE PROVOCAR UN APOCALIPSIS UNIVERSAL.
A efectos prácticos, Charles era como una máquina del día del juicio final, podrías llevártelo de paseo, jugar con él, incluso tomarle el pelo. Era completamente inofensivo... hasta que a algún gilipollas se le ocurría pulsar el botón. Y Charles sonreía. Y desataba una vorágine intergaláctica en las neuronas de cualquier indefensa mujer… que podía desencadenar en la creación de un agujero negro. Y en ocasiones también las neuronas masculinas terminaban teniendo la consistencia del puré.
Más o menos, eso acababa de pasarle a Cho Chang en su sistema neuroendocrino cuando vio la brillante y perfecta sonrisa del moreno. Su cerebro quedó con la misma consistencia gelatinosa que los espaguetis pasados de tiempo, sus neuronas se pusieron a bailar claqué encima de su médula espinal mientras las vertebrabas giraban cual estríper baila en la barra vertical, solo que éstas lo hacían por su columna vertebral. Las células de su páncreas gritaron "REVOLUCIÓN" y tomaron de rehenes y a la flora y fauna que vivía en el estómago e intestinos de la chica. Lo que provocó que cientos de sádicas mariposas empezaran a hacer el pino puente en su vientre. El esfínter de Cho se fue de vacaciones sin billete de vuelta y un pequeño líquido entre amarillo y transparente comenzó a humedecer sus piernas. Cho dejó de interesarse por las teorías de la asociación y de las conexiones y la parte de su cerebro menos evolucionada, la más primitiva y carnal tomó control de su cuerpo.
Para Cho, aquella sonrisa había supuesto convertirse en una máquina unineuronal, aunque apenas tenía ni eso. Con la capacidad de sentir miedo reducida a la amígdala amordazada por el tálamo y el córtex, mientras el diencéfalo formaba un trío con los hemisferios cerebrales y el hipocampo violaba a la glándula pineal. Sus ojos se desenfocaron y sus oídos pasaron a recibir la señal auditiva de los mosquitos cual zumbido incesante que no termina ni a la de tres. Sus piernas fueron incapaces de sostener su cuerpo por más tiempo y éste tan sólo pudo seguir las leyes de la gravedad, resbalando a cámara lenta por el tronco del árbol mientras Charles Tydale se alejaba con esa sonrisa demoníaca en sus labios después de decirle lo siguiente:
—Verás, pequeña. No soy un hombre de rosas rojas y poemas románticos. No soy un hombre de corazones y flores. En primer lugar, yo no hago el amor. Yo follo... duro. No soy amable ni cariñoso. Yo te ataré y te follaré hasta partirte en dos. Para que cuando te despiertes por la mañana te duela. Y te acuerdes de mí. De que yo te he follado. Cada vez que te muevas, recordarás que yo he estado dentro de ti. Sólo yo. Porque serás mía. —Charles agarró su mentón. Hablando directamente con sus labios—. Soy un hombre muy celoso, pequeña. Y si no eres capaz de estar a la altura de lo que proclamas estaría muy decepcionado.
Y así fue como comenzó la locura de Cho—transitoria o definitiva, aún no se sabe— de la que nunca consiguió recuperarse.
Pero luego está la gente como Adam Tydale, que sólo surge una vez cada dos generaciones, y mediante aparición espontánea.
Adam era uno de esos niños superdotados que sólo aprenden mediante tutores particulares que no les duran ni dos semanas. Pero no porque sean malos niños, no. Si no, simplemente, porque todos y cada uno de esos tutores particulares con un CI superior a 170 son incapaces de enseñarles nada más… pues ya lo han aprendido todo.
Adam Tydale, además, era el "bastardo" de su familia. El hijo de la señora de la casa y de un mayordomo. Era un niño solitario que había crecido en un ambiente caucásico, cuasi espartano. Era el tipo de niño tranquilo y silencioso que no decía nada. Ese niño que apenas podías saber si estaba vivo o no porque eras incapaz de escucharle ni la respiración. De esos que prefería estar a cierta distancia, mirando. De los que preferían callar y escuchar a decir nada. De los que no iban a jugar con otros niños porque preferían observar los hechos que actuar para cambiar algo… lo que fuera.
Adam era el tipo de chico melancólico, callado y misterioso. Ese compañero de ciencias que siempre se sienta al final de la clase, completamente solo y del que nadie sabe absolutamente nada… Y entonces empiezan a surgir los rumores. De todo tipo, tamaño y forma.
Es curioso cómo la gente subestima los rumores. Hay personas que dicen que los golpes duelen, pero las palabras no pueden hacer daño... Tonterías. La palabra tiene poder. Y mucho. Y los rumores no son un simple conjunto de palabras. No, son palabras dichas entre susurros, en un halo de misterio. Los rumores son ese tipo de cosas que no te creerías ni borracho, pero que si te cuenta una mujer con bata y la cabeza llena de rulos… no hay error posible. El rumor es cierto.
Y luego, cuando estabas esperando a que el chico pusiera su mejor pose de indignación con los aires de furia y un cabreo de tres pares de narices porque el rumor se había pasado de irreal. Y deseando que diera su perfecto discurso de inocencia que jamás creerías porque ya tenías toda la historia de su vida perfectamente formada a base de rumores absurdos... Adam sólo sonreía.
En pocas palabras, Adam sonreía ante una posible situación potencialmente divertida ─como, por ejemplo, una cadena de extraños rumores, o la fiera determinación de un grupo de adolescentes por descubrir su tapadera─. Para conseguir que Adam Tydale sonriera, había que llevar a cabo un ejercicio de deliberada paciencia... Y de una forma parecida a la de David, hacía los cálculos precisos para que la diversión se magnificara hasta tal punto que valiera la pena recordarlo. Se necesitaba de todo un arsenal de cosas incomprensibles para hacer que Adam sonriera. Y su sonrisa era... ¿cómo decirlo? Sutil.
La sonrisa de Adam era como el suave aleteo de los petirrojos, como el lento recorrido de los glaciares montañosos. La sonrisa de Adam sería el equivalente auditivo al estallar de los vaporosos pétalos blancos de un diente de león. Sería el resultado de una imperceptible elevación de las comisuras labiales mientras cerraba los ojos cual chinito mandarín, con un aire inocente que engañaría a cualquiera que lo viera. Y sus consecuencias... sus consecuencias eran otro cantar.
En cierto modo, Adam era una especie de niño grande. Un pequeño muchacho que había crecido con escasa vida social, y que estaba encerrado en el cuerpo de un adulto. Y ese cuerpo era el de un adulto muy fuerte... ¿Y qué pasa cuando los niños grandes y fuertes encuentran algo divertido que hacer? Nada bueno.
Era en esos momentos, por ejemplo, cuando uno podía ver a Adam gastando pequeñas bromas a Marie Ann, que se ponía colorada de vergüenza. O cuando se ofrecía voluntario ante una muchedumbre para que comprobaran si eran verdad ciertos rumores. Cuando retaba silenciosamente a Olya a un duelo que bien podía terminar en la Tercera Guerra Mundial… y que ningún miembro de Miles Seculi permitía nunca. Jamás. Bajo ninguna circunstancia. No importa lo que sucediera.
O, por ejemplo, cuando se podía ver a Adam desnudo de cintura para arriba y desarmado, esquivando los estacazos de siete figuras altamente protegidas mientras parecía bailar el lago de los cisnes con sus contrincantes… Y, por ejemplo, cuando esas figuras acolchadas hasta las orejas acababan barriendo el suelo con sus culos.
Todo, para comprobar personalmente si era tan divertido vivir la situación, como lo había sido leer sobre ella en un libro... Porque eso merecía la pena ser recordado.
Era entonces que se podía ver a Susan Bonnes, princesa de su grupo, digna miembro de la honorable Hufflepuff, renqueando como podía con su pierna mala, procurando no quejarse y maldiciendo a todo el que se le acercara a ayudarla. O cuando se podía vislumbrar de qué pasta estaba verdaderamente hecha Daphne Greengrass, una serpiente incapaz de admitir la derrota, incapaz de dejarse vencer. Si ambas llegaran a conocerse más, seguramente serian buenas amigas, pues eran muy parecidas. Ninguna quería fallar. Ninguna quería perder. Ninguna iba a dejarse vencer.
Era entonces cuando uno podía darse cuenta de que Ernie Macmillan era más que un simple cerebrito alto y grande. El chico era fuerte y lo más sorprendente, sabía manejar su enorme cuerpo. Cosa que no se le daba tan bien a su amigo Justin Finch-Fletchley. Pues el pobre maldecía tanto como Susan por culpa del enorme escudo, más alto que él, y la pesada hacha… podríamos decir que la armadura llevaba a Justin, y no al revés.
Era entontes cuando uno veía que Hannah Abbott y Dean Thomas, hacían lo que podían. Se gritaban órdenes y consejos para conseguir su objetivo, hacían eses y se movían cual pulpo descoordinado. Pero hacían lo que podían, todos y cada uno de ellos.
Y luego… luego estaba Ronald Weasley.
Era consciente de todo a su alrededor. Del sol en su cenit, dando calor con su sola presencia. De la ligera brisa que soplaba desde el norte y le libraba del hedor sudoroso de su cuerpo. De la respiración de sus compañeros, esperando su próximo movimiento. Del parloteo continúo de Marie Ann, describiendo sus ataques. De la sonrisa de superioridad en su contrincante.
Cerró los ojos.
El yelmo le asfixiaba, no le dejaba ver. El escudo le pesaba, le hacía desequilibrarse. El gambesón le hacía sudar, restringía sus movimientos. La espada le incomodaba, no le permitía tocar su objetivo.
Volvió a cerrar los ojos, respirando entrecortadamente. Todo su cuerpo estaba en tensión, esperando el próximo movimiento, el próximo ataque. Los brazos le pesaban y las piernas apenas podían sostener el peso de su cuerpo y el de su armadura. Tenía la garganta seca y los labios quebradizos. Pero tenía que seguir. Parecía que llevase años peleando con ese monstruo. Estaba desfallecido.
Ron dio un paso hacia delante, hacia su objetivo. Centró la vista en la mancha oscura que conseguía distinguir. Ellos iban de amarillo… esa mancha oscura debía ser Adam. Avanzó otro paso, luego otro y otro más. Poco a poco tomó carrerilla y se lanzo al ataque, de nuevo. Alzo la espada sobre su cabeza, dispuesto a destrozar el cráneo de su contrincante.
No lo consiguió.
La mancha oscura desapareció de su campo de visión. ¿Dónde estaba? No podía ver bien. Giró sobre sí mismo, buscando a su objetivo. A Adam.
El golpe vino de todos los lugares y de ninguno en particular. Ron no se lo esperaba. El hombre acertó de lleno en la espalda del pelirrojo, dejándolo momentáneamente sin aire. El príncipe tosió fuertemente, intentando recuperarse, pero Adam no se lo ponía fácil. Seguía atacando. Mierda.
Habían conseguido rodearlo entre los siete pero no servía de nada. No servía que el hombre estuviese desarmado y sin armadura. No servía que fueran más que él. No servía nada. El morocho atacaba sin cesar, apenas se defendía. Simplemente se limitaba a esquivar los golpes. Parecía danzar alrededor de los siete magos.
De nuevo un golpe. Esta vez en el escudo. No lo había visto. De nuevo. Ron juraba deshacerse del maldito yelmo que lo asfixiaba cuando recibió otro golpe más. Esta vez en la cabeza. El casco vibró ante el golpe, sus oídos retumbaron por dentro. Él se tambaleó, desorientado.
Le costó unos minutos volver a enfocar la vista. Entre la nube de lágrimas distinguió tres manchas amarillas peleando contra Adam. Tres manchas amarillas pequeñas, muy pequeñas para tratarse de los chicos. Mierda. No podía dejar que el hombre se cebara con las chicas, no tenía medida. Bones cojeaba de una pierna y poco podía moverse. Las otras dos parecían no poder ni con su alma… Y ellos no estaban en mejores condiciones.
Ronald se adelantó un par de pasos. Adam le daba la espalda. Era imposible que hubiera notado su presencia, aunque su respiración era la de un toro embravecido. Volvió al ataque, lanzando un grito de guerra mientras se aproximaba hacia el hombre desnudo de protección. Por su espalda.
De nada sirvió eso tampoco.
Adam lo esquivó con simpleza dando una media vuelta con su cuerpo. Se puso frente a frente. Ron podía ver su maldita sonrisa de superioridad. Se la iba a arrancar a ostias, o espadazos en su defecto.
Atacó. Una. Dos. Tres veces. Bloqueó con el escudo. Cargó. Estocada. Pero nada, el esquivaba cual bailarín danzando en un escenario. Y ahí seguía. Su sonrisa. Su maldita sonrisa.
Ron volvió a cargar, negándose a retroceder. Negándose a pedir ayuda a sus compañeros. Negándose a descansar. Cargó.
Y cayó. Adam había vuelto a desaparecer del campo de visión del pelirrojo y había barrido su pierna acolchada por la tela con una acertada patada. Ron cayó. Cayó al suelo. Cayó de bruces. Y no pudo evitarlo.
—Au, au, au, au. ¡AU! —eso había dolido, y mucho—. ¡Maldición!
Ron estaba seguro de que con la caída se había roto la nariz, su sangre manaría a raudales manchando su rostro y cuello, la totalidad de su cara habría adquirido la tan horrenda forma del caso. Y lo peor, la humillación. La dichosa sonrisa que sentía en su contrincante sin necesidad de verla.
—Otra vez. —se limitó a decir Adam con su maliciosa sonrisa adornando el bello rostro.
Dolía. Mucho. Por eso a Ron no le importó empezar a maldecir, a patalear y a sollozar tal y como estaba. En el suelo, besándolo de no ser por la fina capa de hierro que lo separaba de la dura tierra… Lloró como lloran los bebés al pedir comida y no obtenerla. Como lloran los torturados en medio del dolor. Como lloran los hombres que se saben derrotados y vencidos. Lloró con dolor. Lloró con frustración. Lloró con amargura.
Y lo único que consiguió que los sollozos y quejas de Ronald Weasley terminaran fue la estridente risa que se podía escuchar perfectamente en todo el claro. Una risa que provenía de una muy colorada Daphne Greengrass que se había desprendido del casco por el ruido que había provocado la caída del pelirrojo. La rubia había olvidado toda su educación sobre el buen comportamiento de una dama y el cansancio de sus músculos por el sobreesfuerzo físico. Pues se debatía entre respirar o seguir riendo, casi en el suelo. Tal era su ataque de risa.
Ronald, por su parte, no veía donde estaba la gracia. Y que hubiera estado recibiendo una autentica paliza por sentirse responsable de la chica y querer protegerla... ¡Ja! Cómo si Adam fuera a romperle ahora mismo todos los huesos del cuerpo. Él se iba.
Dicho y hecho. Bueno, más bien pensado e intentado. Con las carcajadas de la rubia como telón de fondo, marcha de batalla y recordatorio de su humillación, Ron se dispuso cumplir con sus palabras como buen caballero que era. Con toda la dignidad que le quedaba, que no era mucha, intentó levantarse del pasto como buenamente pudo. Cayó varias veces en el pasto al doblarse sus brazos por el peso y besó otras tantas veces el suelo. Pero al final lo consiguió.
El yelmo le asfixiaba, no le dejaba ver y se lo quitó como pudo tirándolo al suelo. El escudo le pesaba, le hacía desequilibrarse y lo tiró con toda la fuerza que aún le quedaba. La espada le incomodaba, no le permitía tocar su objetivo y la dejó caer, derrotado. El gambesón le hacía sudar, restringía sus movimientos y pronto se deshizo los nudos para poder quitárselo también.
Todavía con la risa de la Slytherin —que ahora estaba perpleja—, metida en su cabeza, Ron se adentró en el frío de la torre sin hacer caso a las atenciones de Marie Ann, las llamadas de sus compañeros, ni la maligna sonrisa de Adam.
Hay gente aunque, por suerte para todos, hay poca... que es como Olya Cabello. Un espécimen único e irrepetible con el que es mejor no encontrarse, con el que es mejor no hablar y al que, en definitiva, es mejor no conocer. Porque la mayor ventaja de Olya sobre el resto de personas comunes es que esa mujer es inteligente. Pero además de ser inteligente, es intuitiva. Y si ya queremos ponerle la guinda al pastel que implica su superioridad frente a la gente común, es el de que Olya ha estudiado psicología.
Las personas no suelen temer a los psicólogos. Y hacen bien. Los psicólogos existen, entre otras cosas, para ayudar a las personas con sus traumas, perseguir asesinos en serie y corroborar si, efectivamente, una persona está mintiendo o, por el contrario, está diciendo la verdad.
Por lo tanto, no debería ser un problema que Olya fuera psicóloga. Sin embargo, Olya era inteligente e intuitiva, y si a eso le sumábamos la capacidad de leer y comprender la conducta, los gestos y las palabras de los demás de una manera que cualquier persona común y corriente no sería capaz de hacer... con la personalidad tan particular que tenía...
Digamos que Olya era como un volcán. Era un pequeño volcán dulce y tranquilo que no hacía ningún mal a nadie, al menos la mayor parte del tiempo.
El problema sucedía cuando se aburría, o se cabreaba, o se diviertía demasiado, o despertaba la parte científica de su personalidad, o decidía poner en práctica su hobby favorito de cabrear a todos los que la rodean… y si el cabreado medía más de dos metros, mejor que mejor.
Siguiendo con la analogía del volcán, Olya podía ser muy sumisa y tranquila, permanecer en un estado de soporífero sueño... Si eras lo suficientemente agudo como para mantenerla en ese estado. Si no lo eras, lo mejor que podías hacer era correr.
Y es que Olya era una mujer muy, muy especial. Para comprender a alguien como ella había que entender su manera de pensar. Era tan sumamente especial que saltaba a la comba sobre el problema existencial de la humanidad de la vida y la muerte. Para ella no estamos vivos si pensamos, no hay vida ni antes ni después. Para ella no estamos en un posible sueño del que saldría nuestra vida. Para Olya estamos vivos y punto. No hay más. Era tan completamente única que no se preocupaba por si el gato de Schrodinger estaba vivo o muerto. Ella ni siquiera habría metido al gato en la caja. Más bien estaría jugando con el minino mientras comentaba a los científicos maneras más divertidas de utilizar la mente… como, por ejemplo, hacer un Sudoku.
Para Olya cualquier objeto, persona, planta u animal era completamente existencial e importante. Pero para ella ninguna de esas cosas tenía mayor importancia que la que tiene un mosquito para un elefante. Olya no pensaba en serie, con una idea detrás de otra. No, ella iba en paralelo, con millones de pequeñas ideas a la vez, todas conjuntadas y revueltas mientras tenía la mente completamente en blanco. Olya era el ying y el yang en su modo más extremo. Era la contradicción en estado puro. Era una nueva definición de incoherencia y congruente.
Si Charles era una fuerza de la naturaleza… Olya era una fuerza inter dimensional. Y luego, era una perfecta actriz que gustaba de hacerse ver dulce e inocente. El dicho "fiero lobo vestido de inocente corderito", adquiría un nuevo significado cuando pretendías contrastar su significado con la existencia misma de esa mujer.
Y es que Olya era una persona muy inocente. Y muy risueña. A Olya le encantaba sonreír. De hecho, tenía una sonrisa para cada momento del día, para cada pensamiento inconexo y para cada emoción subyacente a otra emoción. Ella había creado un nuevo significado y una dimensión completamente únicas para las sonrisas alegres, las divertidas, las tristes, las monótonas, las enfadadas, las traviesas y las inocentes. Olya gustaba mucho de usar las sonrisas sádicas, e incluso las macabras… Eran sus favoritas.
Pero, sin duda, había una sonrisa que era sólo suya. Esa sonrisa no podía pertenecer a nadie más, sólo ella era capaz de hacerla con el consecuente escalofrío en aquellos que sabían el significado oculto tras ese alzamiento de labios. Nadie que hubiera visto las consecuencias de esa sonrisa quería volver a verla.
Esa sonrisa… era apodada como la Sonrisa Snow Queen. Esa sonrisa era, básicamente, el motivo por el que todo el mundo soportaba las ocurrencias y locuras de Olya Cabello.
Alexis había sido quien bautizó la mentada sonrisa y lo hizo con el miedo y el temor de los que creen en un dios todopoderoso y vengativo. De aquellos que han visto lo imposible. De los que han visto un Ovni volar por el cielo estrellado. De los que han visto a una ardilla desafiar la gravedad. La perplejidad de los que han visto como una hormiga levantaba todo el peso de un elefante con una pata y aún le sobraban tres para jugar a las palmitas con una serpiente. De los que saben que es biológicamente imposible que un hibrido tenga descendientes... pero que han visto a una mula dar a luz.
Digamos que, en su adolescencia, Olya había sido apodada Snow Queen... y como buena Reina de las Nieves, helaba a cualquiera que se enfrentara a ella… Y la Sonrisa Snow Queen era como la bomba de hidrógeno de los Estados Unidos, era como el Romeo y Julieta de Shakespeare, como la Gioconda de Da Vinci, como la espada del samurái. Esa sonrisa era la vida de Olya, su arma secreta, su último ataque, su esencia.
Y también lo más mortífero que nadie quisiera ver jamás.
Mikel sólo había visto esa sonrisa una vez en los tres años que llevaba conociendo a la mujer. Y realmente rezaba por no volver a verla jamás. Lo que nunca olvidó... Lo que nunca olvidarían aquellos que estuvieron presentes ese 12 de julio, fueron las consecuencias de esas sonrisas. Simplemente sentían una corriente de heladora electricidad recorriéndoles por la columna vertebral, mientras sufrían espasmos a causa de los recuerdos. El simple recuerdo les helaba la sangre y el cerebro. Y nadie hablaba de ello. Nunca. Jamás.
Siguiendo con la analogía de que Olya era como una fuerza inter dimensional. Podríamos comparar esa sonrisa con la llamada misma a todo el cosmos cual pararrayos para que la corriente de electricidad cayera sobre la tierra que ella estuviera pisando en ese justo momento... en todas las dimensiones existentes. Esa sonrisa era el equivalente a pintarse de rojo y ponerse una diana en la nuca mientras bailabas la macarena sobre una tabla suspendida en medio del océano, y debajo hubiera enormes y dientudos tiburones deseando que cayeras. Era como poner a todas y cada una de las dimensiones imaginables y posibles en sintonía. Como si Olya, con esa simple sonrisa, pusiera la sintonía exacta en la onda exacta y fuera capaz de comunicarse con las Olya Cabello de todas las dimensiones. Y con eso consiguiera los conocimientos de cada una de esas Olya.
Si Charles detonaba centenares de estrellas con su sonrisa, Olya detonaba centenares de estrellas de todas las dimensiones con el simple gesto.
Ese pequeño alzamiento de los bordes laterales de los labios de Olya. Esa pequeña sonrisita que apenas enseñaba sus incisivos, con los labios blancos y sus ojos inocentes. Ésa... ésa es la peor sonrisa que podía tener Olya Cabello y cuando se presentaba tenías exactamente cinco segundos para huir y ponerte a salvo en la otra punta del Universo. Y más te valía que todos tus yo del resto de las demás dimensiones hicieran lo mismo. Porque si no sería demasiado tarde.
Pero lo peor de todo no era la capacidad destructivamente silenciosa que llegaba cual pantera al acecho y terminaba en un derramamiento de sangre mayor que el de los circos romanos. Lo peor no era eso. No. Si no la asombrosa facilidad que existía de poder desencadenarla. De hecho, habitualmente sólo hacía falta una palabra: Olga.
Y si eras capaz de repetirla tres veces enfrente de ella por no ser capaz de ver el peligro en sus inocentes ojos negros... es que te merecías todo lo que pudiera pasarte.
Y Severus Snape no era del todo consciente de que acababa de firmar una declaración de guerra con la pequeña mujer, ni de que el diablo mismo lo había señalado como oveja negra de la humanidad. Mucho menos era consciente de que los diez castigos que Dios lanzó sobre la humanidad no iban ni a llegar a la punta del talón de lo que Olya haría con él.
Tres veces. Una por cada vez que había dicho Olga. Una por cada vez que había ignorado sus advertencias. Una por cada vez. Tres en total.
Y es que Olya era psicóloga. Podía ver cosas que el común de los mortales no. Sabría el más oscuro de tus secretos si eras demasiado descuidado con ella... Y Olya era muy imaginativa con sus pequeños actos vengativos. Y Mikel, blanco como la cera, sólo podía rezar por que la sangre no le salpicara a él… exactamente como había pasado la última vez.
Por su parte, Olya estaba entretenida llamando por teléfono.
—Danzarina. —dijo cuando recibió respuesta por el otro lado de la línea—. Tengo una sorpresa para ti. —Mikel odiaba esa sonrisa, casi tanto como la temía—. ¿Qué te parece si hacemos esto-…?
Luego están los llamados "casos a parte". La excepción a la regla, la oveja negra entre tanto blanco. El animal albino, el multicolor. Lo que es diferente. La tía de la prima de la nuera de la hermana de la abuela de la suegra de la hija de la madre. Aquello que nunca sabes por dónde te va a venir, que no sabes nunca qué va a hacer y que no estás completamente seguro de que vaya a perjudicarte. Esa fuerza de la naturaleza que decide recochinearse de la inteligencia humana e inventa un nuevo movimiento de placas terrestres con una fuerza igual a la divisoria partida por la tangente de la mayor, sólo para que el ser humano cree otra nueva escala de medida. O no, quizás lo hizo por algún movimiento sísmico del que aún no se tiene constancia...
Ese tipo de cosas que te cuentan, pero que tú no tienes ni la más remota idea de lo que te están hablando. Esas personas a las que por mucho que investigues y observes nunca vas a conseguir descifrar su comportamiento porque parecen ser el resultado de un juego de azar completamente aleatorio... Ese niño raro al que mejor le damos de comer aparte porque es muy, muy, muy raro y nadie lo entiende.
Ese término de "caso a parte" que un sabio anónimo inventó para describir a toda aquella cosa —viva o inerte—, completamente ajena a las leyes de la lógica, la física cuántica y el sentido común... Bueno, pues Marie Ann Bouffart era un "caso a parte".
Marie Ann no es que tuviera una sonrisa siniestra o macabra. No tenía una sonrisa invencible, ni un ataque mortal. No. El problema con la sonrisa de Marie Ann es que era PERMANENTE.
Marie Ann era el tipo de persona que siempre sonreía sin, absolutamente, ningún motivo remotamente válido para el resto de seres vivos que habitaban la faz de la tierra. Ella sonreía siempre, y siempre tenía energía. Mucha energía. Con Marie Ann era como si alguna fuerza sobrenatural hubiera decidido juntar el espíritu de veinte niños y niñas juguetones y sonrientes, de esos que no dejan de ver cosas, y jugar, y experimentar, y probar a que sabe meter los dedos en el enchufe... Marie Ann tenía ese tipo de personalidad infantil tan fácilmente influenciable y tan fastidiosamente alegre.
Y es que a veces parecía que Marie Ann absorbiera —cual dementor—, la energía vital de todo aquel que estuviese a su alrededor para poder seguir trotando, gritando, saltando y jugando. Marie Ann era como un vendaval que arrastraba a todos. Como un huracán que arrasara todo a su paso... Marie Ann tenía el espíritu de veinte niños pequeños. Y todos sabemos que ese tipo de niños son inagotables.
Por ello, no es que Marie Ann pudiera ser peligrosa al aburrirse, o fuera capaz de detonar alguna bomba nuclear ni de implosionar estrellas... No, lo que Marie Ann hacía era absorberte el alma lentamente, muy lentamente, cuando se emocionaba. Y Marie Ann Bouffart SIEMPRE estaba emocionada, y SIEMPRE podía emocionarse más aún.
Así que... digamos, que recibir una llamada donde tiene luz verde para enseñar danza y baile a veintiocho adolescentes. Sólo cabe resaltar una pregunta... ¿Quién sobreviviría?
─ ¡Me aburro! ─graznó Marie en el momento exacto en el que un sonido vibratorio se instalaba en el ambiente─. ¡Mi móvil! ─gritó la mujer yendo a por el trasto.
Cinco minutos después, volvía a aparecer Marie Ann por la sala con los ojos brillantes de emoción, un traje que recordaba a las bailarinas de la danza del vientre que había visto Justin en sus vacaciones en marruecos. Y un cinturón lleno de cascabeles.
─ ¿Qué haces? ─preguntó Erian extrañado.
─ ¡Adivina qué! ¡Adivina qué! ¡Adivina qué! ¡Adivina! ─dijo ella toda emoción─. ¡Vamos a la torre cuatro! Como tenemos que enseñarles baile y música, y yo soy la experta en la materia… ¡ya no voy a aburrirme! ─dijo brincando, con sus trencitas y sus cascabeles bailando al compás de su hiperactiva sobre energía─. ¡Vamos! Correr, correr, correr. ¡Vamos! ¡Más deprisa! ¡Venga! Vestiros que vamos a bailar. ─instó a los magos─. ¡Yay! ¡Ya no voy a aburrirme! —gritó completamente emocionada, dando saltitos y palmaditas.
─Espera. ─dijo Erian cogiéndola por los hombros para que parara, pues se olía algo raro en todo el asunto─. ¿Cómo que vamos a la torre cuatro? ¿Por qué?
─ ¡Pues porque yo soy la bailarina! —dijo como si eso fuera suficiente explicación. Pero al ver la interrogativa en los ojos del hombre, añadió—. ¡Y así enseñamos a todos los chicos a la vez!... ¡A bailar! ¡Y a tocar instrumentos! Y no tenéis que preocuparos de nada. ¡Ya he llamado a Alex y Anna para que lleven a los chicos también! ─gritó dando palmaditas y brincando de aquí para allá─. ¡Oh! ¡Y a dicho Olya que también podemos aprovechar para enseñarles algo de literatura y arte! ─dijo emocionada.
─ ¿Olya?
Adam ya estaba deseando ver lo que había preparado esa pequeña mujer, siempre resultaba muy entretenido. Erian, en cambio, sólo quería que le fuese leve.
─ ¡Ya están aquí! ─cantó Olya media hora más tarde al verlos llegar a todos─. ¡Venir por aquí! Ah, y Danzarina, ─dijo a Marie Ann─, no olvides lo que comentamos... Sé suave con los chicos. ─añadió unos segundos más tarde con un gracioso guiño.
─Alto ahí pequeño monstruo.
Había cuatro personas en el grupo recreacionista de Miles Seculi, además de Igor y Mikel, que no confiaban en la aparente inocencia de la muchacha. Y esos eran Charles, Sergei, David y Erian. A Alexis le daba completamente igual, ya la daba por perdida. Anna no conocía lo suficientemente bien cierta faceta de su hermana y a Adam le parecían divertidas las locuras de la pequeña mujer. En cuanto a Marie Ann y Edu… eran demasiado inocentes como para pensar que su amiga podría tener intenciones ocultas.
─ ¿Qué pretendes? ─acusó Sergei cruzándose de brazos.
─Agilizar nuestro trabajo y que los chicos aprendan las mismas bases en danza de una bailarina profesional. ─respondió Olya, toda dulzura e inocencia ella.
─A mi no me la cuelas. ─replicó David─. ¿Me dolerá?
─ ¿Vas a bailar? —preguntó ella por respuesta.
─No.
─Entonces no tiene por qué dolerte nada, ¿cierto? ─respondió la morena encogiéndose de hombros─. Estáis demasiado tensos. ─añadió todavía risueña─. Don't woorry, bee happy. ─les gritó desde lejos, dirigiendo a los perdidos chicos hacia la improvisada sala de baile.
Pero el cuerpo tenso de Mikel y la mirada perdida de Igor no les daban a los chicos buenos motivos para relajarse.
Finite!
Hasta aquí llegamos^^ ¿A que molan mis bebitos? ¿Que pensáis que vaya a suceder? Prometo de verdad de la buena que el próximo sí que será intenso, digamos que todo lo que pensaba poner en este capítulo (al menos una parte grande) será en el próximo... mientras aprenden a bailar!
Llega el verano y el fin de los exámenes n.n Yo ya acabé los míos, al menos xD... Así que, a lxs que los hayáis acabado, Felicidades! Espero que hayan sido todo un triunfo!. A los que aún estéis riñendo con las asignaturas, con el trabajo, etc... Ánimo y mucha fuerza! Sé que podéis.
Respuesta a lxs no registradxs:
Salesia: Sí, ya se sabe un poquito más de los caballeros del siglo XII. Y espero que la explicación haya sido entendible, también :)
Aquí, como decía más arriba. Has acertado completamente con la comparación... salvo que es Susan (y no Hannah) quien sufrió la tortura. Por lo demás, sería curioso ver una amistad entre serpiente y tejón, ¿verdad? *A ver como me las ingenio... xD* Oh! Lo que me temo que no va a ser es que ellos vayan a tener un entrenamiento un poco suave (?) Ya se ve un poco en este cap, ¿no?
xDD Pobre de Ron! Cómo se nota lo mucho que lo quieres! jajaja Sii, de hecho tenía pensado algo sobre vislumbrar a "Blancanieves" con sus siete enanitos xD *sonrisa malvada* Jou, jou, Gregy va a ser tooodo un amor de guardaespaldas ^^ Y Olya... digamos que es muy buena con las maquinaciones, por no decir que Mikel está encantado de ayudar con eso^^
Bueno, no hemos tenido un cambio de ropa con una Hermione hiper sonrojada... pero se parece un poco, ¿no? Espero que te haya gustado, iba para ti :D Ohhh, sip. En esta pequeña sesión de baile entre los muchachos podrán hablar mucho unos y otros. Aunque... cómo tan segura de que a Pansy le gusta Neville? Si se llevan fatal xD
Si xD En eso os habéis dado cuenta todxs xD. El pobre Mikel tuvo una metedura de pata muy grave (cierta culpa de Olya) en las Islas Caimán. Lo degradaron al rango de sargento de instruccion militar como castigo y debe instruir a los cadetes de Reino Unido (las Islas Caimán son de RU). Y como no puede estar con sus avioncitos y lo feliz que era como comandante en jefe... pues esa mala leche que se gasta con los cadetes, pobrecillos xD Realmente amo todos y cada uno de los fics de Promethea, (no se me nota mucho, verdad? XD)
*se hincha como un globo de puro orgullo* Me encanta que esté gustando tanto la pareja George-Padma n_n Yyyy, de nuevo me remito a lo de arriba. En esta historia, Parvati está viva... y Lavender también (creo que en la película morían?)
Lo siento por la decepción -.- No era un nuevo cap, no. Y me sabe fatal cuando veo eso en algún fic. Pero realmente sentía que debía avisar de alguna forma por lo que pudiera tardar (sobre todo porque la mayor parte de las notas perdidas eran a partir del día 2. Por suerte pude recuperar dos fragmentos...) Jejeje, naah... no creo que Blancanieves esté del todo infeliz :D
Con lo de los reviews... no lo tengo 100% comprobado, pero sí que es una sensación que llevo un tiempo teniendo. Y por si acaso aviso, no pueda pensar alguien que no respondo sus reviews por capricho o algo :P Muchas gracias por el apoyo, en serio... ¡Besetes!
Emma Felton: :) Muchas gracias por los ánimos. Mi saltando de felicidad por que te gustara tanto :)
Hermione está bastante confusa sí. Se suponía, en un principio, que en este capítulo fuera a desenmarañar por completo su lío. Pero la historia tiene vida propia... así que esperemos verlos con burbujita feliz en el siguiente cap, ya seguro le toca xD. Jejeje, Pansy enamorada de Nev? Eso sería algo raro, no?
Lo séeeee, los amo! Lo de "Mi Príncipe" fue una especie de iluminacion ^^ Su historia irá saliendo poco a poco, tranquila :)
XD Bueeeno, ya se verá. Promesa de niña buena.
Si, a mi también me gusta más Chocolatito. Probablemente acabemos llamándolo así xD Jejeje, me alegro que te guste Olya. Yo también la amo. Con lo de mi bebito favorito... la verdad es que cada uno tiene su parte amoadorable, y según lo que quieras... mejor uno u otro xD Por el momento, espero que los quieras un poquito más :) Si xD En eso os habéis dado cuenta todxs xD. El pobre Mikel tuvo una metedura de pata muy grave (cierta culpa de Olya) en las Islas Caimán. Lo degradaron al rango de sargento de instruccion militar como castigo y debe instruir a los cadetes de Reino Unido (las Islas Caimán son de RU). Y como no puede estar con sus avioncitos y lo feliz que era como comandante en jefe... pues esa mala leche que se gasta con los cadetes, pobrecillos xD
xD Pobre Harry, lo que le dice tito Sevy... y pobre Severus, le pegan un puñetazo (y la que le espera con Olya...) lalala
Draco empieza a pensar un poquito más sobre Hermione. Realmente espero que se reconcilien ya, quiero burbujita!
Lo sé, lo sé. Tambien me gustan sus rifirafes. Pensaba ponerlos en este cap, pero será doble en el siguiente. Lo intentaré! Y también sobre Astoria y Cormac, (de ellos sobre todo habrá el tercer día, que viene a ser dentro de dos días... Pero shhh, es secreto xD)
Sip! El baile será simplemente único! Ya empiezan a ensayar :) Y también voy cogiendo pequeñas ideas que me dais por aquí^^ Realmente espero que sea un baile épico xD Besetes!
