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Los personajes le pertenecen a Stephenie Meyer. La historia es mía.

Summary; Isabella Swan, tenía dinero, un buen trabajo y posesiones materiales, con eso le bastaba. No creía en el amor romántico, menos en sus clichés, como los apasionados besos bajo la lluvia. Una sorpresiva invitación, la llevará a derribar sus muros. Su mundo cambiará gracias a un encuentro inesperado. «¡Oh, por Dios! ¿Esta soy yo, besándome bajo la lluvia?»

SolCullen1; Gracias por ordenar mi desastre. Eres la mejor amiga del mundo. T/A.

Capítulo Diez; Bomba nuclear.

Si una vidente me hubiese advertido que mi vida cambiaría tanto en tan solo un par de meses, le habría pegado una patada en el culo, junto con lanzarle mi encantamiento favorito: Avada Kedavra. Soltar semejante estupidez, solo merece la maldición imperdonable y ser eliminado de la faz de la tierra. Lamentablemente, no hubo vidente, ni nadie me lo advirtió.

Pero, como una mujer responsable de treinta años, tengo que afrontar las consecuencias de mis actos con madurez…

«Quiero salir corriendo a esconderme en una cueva y no salir nunca más en la vida de ahí», bueno, supongo que ese, no es un pensamiento precisamente maduro, pero es lo único que me ronda en la cabeza.

A mi mente no viene Edward, ni mi hermana Tanya, ni Renée, sólo tengo en mente una cosa y es una maldita palabra, la cual cambió todo: «Positivo».

Positivo que mi estómago será como un huevo duro.

Positivo que tendré olor a popó de bebé impregnado en la piel.

Positivo que seré una fábrica de leche humana.

Positivo que tendré que despertarme en la mitad de la noche para ver si el bebé sigue respirando.

Positivo que —en un par de meses más—, voy a parecer un pingüino caminando.

¿Sigo?

En fin, estoy cagada..., fin de la historia.

Doblo el examen de sangre y lo dejo sobre el escritorio de mi consulta como si el papel fuese una bomba nuclear, que va a estallar en cualquier momento. Tomo un largo respiro para tratar de calmarme...

No quiero entrar en pánico, no quiero entrar en pánico…

¡No quiero entrar en pánico!

Porque si soy sincera no me siento temerosa, más bien, ésta nueva sensación se asemeja a un maldito sueño. Tengo la esperanza que mañana despertaré y todo volverá a ser igual que antes: Edward recostado en mi sofá, yo jugando con Tanya, sin nadie más, solo los tres..., igual que hasta ayer.

«Deseo morir», pienso en un momento de desesperación, aunque en realidad no lo siento.

Mi mente vaga en cada una de las posibilidades de cómo darle ésta «gran» noticia a Edward, porque es obvio que no le regalaré un par de calcetines o un horrible conjunto de bebé, porque apenas llevamos tres meses y medio de relación y aún, estoy en «aquel» proceso de la adaptación. He ido bajado con lentitud mis barreras con él, intentando comportarme como una mujer relativamente normal, pero al parecer, la barrera cedió mucho y ahora tendremos un jodido bebé.

«Maldita esperma, maldito óvulo, maldita vida que se encarga de volverme miserable. ―¿Serán mis pensamientos alguna vez positivos?―. Maldito sable de luz o como lo llamaré desde ahora: 'Varita de sauco', poderosa e invencible».

Ya me puse melodramática.

En esta etapa de mi vida, como toda mujer, debería anhelar miles de peluches o millones de asquerosas flores, pero me es imposible, mi mente solo procesa que tendremos un bebé que llorará, comerá y que tendré que aprender a cocinar, ya que no puedo darle comida preparada toda la vida…Un bebé que hará popó, que luego crecerá y comenzará con la etapa de los insoportables «¿por qué?», irá al colegio..., tendrá amiguitos… Vendrán las insoportables fiestas de cumpleaños y las tontas madres hablando de lo lindos que son sus nenes cuando se tiran pedos y tendré que ir a las aburridas reuniones de padres.

Después de eso, entrará a la odiosa adolescencia —si es mujer, solo espero que no sea como mi hermana, pobre de ella si sale igual de puta, porque juro que la mando al otro lado del mundo a rehabilitarse—, seguiremos con el primer amor y la odiosa charla del sexo —a Edward le tocará esa parte—y finalmente la universidad.

Una vez que se haya graduado de lo que sea, recién..., tan solo recién, podré decir que mi trabajo está casi completo y para eso faltan unos… veinticinco años y yo tendré… ¡Dios mío! ¡Tendré malditos cincuenta y cinco años! ¿En qué momento me volví tan vieja?

Deseo llorar con todas mis fuerzas, justo cuando recuerdo algo mucho peor…

«¡No más vino! ―se me escapa un sollozo desesperado de solo pensarlo―. ¡Oh, Dios mío, con lo que me gusta tomar vino!».

Quiero llorar.

Quiero llorar.

¡Necesito llorar!

Adiós exquisito vino que calma mis nervios. ¿Cómo podré soportar tal agonía? Es mucho tiempo sin poder beber una gota de alcohol. Ahora es cuando deseo salir corriendo por el pasillo del hospital y lanzarme por la ventana.

«No, no, no», golpeo mi rostro sobre la cubierta de mi escritorio como una completa loca, tanto, que estoy a punto de agarrarme las mechas hasta arrancármelas, gracias a Dios, mi celular vibra para salvarme de quedarme pelada.

—¡¿Sí?! —Mi voz se escucha como un gato en celo siendo torturado hasta morir.

—Hija, ¿qué pasa? ―pregunta preocupada mi adorable madre al oír mis patéticos intentos de llanto―. ¿Estás llorando?

Ojalá pudiera llorar, pero no..., no estoy llorando solo estoy un poco histérica.

—No —tomo aire e intento tranquilizar mis nervios—. ¿Cómo estás? ―masajeo mi cabeza donde me estaba golpeando hace unos segundos atrás.

Espero que no me quede una marca por loca.

—Bien, ¿y tú?

Nos sumergimos en un silencio, no sé qué más decir, no sé qué hacer con nada... Quiero irme a casa, tomar a mi nena en mis brazos y decirle que solo ella será la bebé más linda y a la que más amo, que no la dejaré botada, que la seguiré cuidando. No seré como esos idiotas que olvidan a sus mascotas, solo por tener un bebé.

—Muy bien ―está sonriendo, lo sé con tan solo escucharla―. ¿Vendrás éste fin de semana, no? Prometiste traer a ese guapo novio que tienes.

He olvidado por completo que prometí visitar a mamá. Ahora, ni siquiera sé si podré llevar a Edward, seguro saldrá corriendo cuando le diga que enterró la semillita y tendremos un bebé que «mágicamente» está creciendo en mi vientre.

—No lo he olvidado —miento cerrando los ojos—. Ahí estaré. Tengo que cortar, todavía tengo pacientes que atender.

Se despide anunciando que Tanya, mi hermana, va a controlar su boca delante Edward, según ella, la está «adiestrando». A mí eso, me suena a como si ella fuese una vil perra. Literalmente.

Al final del día, cuando mi jornada laboral ha terminado, el odioso sonido del WhatsApp, me recuerda al futuro padre. Estoy en lo cierto, es él:

Pasaré a casa para ducharme y cambiarme de ropa. No cenes sin mí. Te extraño mucho mi loquita preferida.

Tu sexy novio que te ama

Edward.

«Engreído», pienso, sin embargo, me es inevitable sonreír.

No creo que demore mucho, ya que vive en un departamento no muy lejos de mi casa. Es un departamento amplio y muy bien decorado —seguramente su madre tuvo que ver en eso—, pero como todo buen hombre, es un completo caos. No es que tenga los bóxers tirados en la sala o que la mugre surge por todos lados, pero es un departamento de soltero. La primera vez que fui, un macetero con una linda planta llamó mi atención. Pobre planta, llevaba sin ser regada como cinco días. Edward, es un inconsciente de lo peor con el medio ambiente.

Cuando llego a casa, Tanya sale desde algún rincón, alegremente comienza a ladrar y a mover su colita, se alza en sus patas traseras, quiere que me digne a tomarla en mis brazos.

—Oh, nena..., mi única nena… —murmuro como una idiota meciéndola y besando sus orejotas—. Yo te amo, tanto, tanto...

Ella se acurrucaba en mi pecho y comienza a morder juguetonamente los dedos de mi mano que la sostiene.

—¡Ey!, dejemos que mami ordene un poco tu desastre ―la «regaño» dejándola en el suelo e inspeccionando con la vista el living.

Un confort está tirado —todo mordido y despedazado— sobre la alfombra de la sala de estar, una de mis pantuflas sobre el sofá, los cojines tirados en el suelo y su pollo de goma, en el rincón donde suele esconder las cosas.

—Seguramente, cuando sea un huevo duro con patas, no podré ni siquiera recoger tu juguetes —le digo al mismo tiempo que me pongo de rodillas, para sacar los objetos que se encuentran debajo de la mesa de centro.

Una vez que ordeno sus travesuras, camino directo a la cocina y me preparo un té.

―Tendrás algo así como un hermanito ―le revelo a Tanya que se encuentra persiguiendo su cola como una verdadera loca, no me hace caso, supongo que para ella la noticia no es interesante.

Levanto un poco mi odioso uniforme y miro mi estómago desnudo, pálido y con un lunar cerca del ombligo. Hoy en la mañana recibí el examen de sangre del laboratorio y ni siquiera he llevado mi mano a mi vientre como suelen hacer todas las embarazadas, tampoco me he mirado al espejo. Dejo la taza de té sobre la encimera y con mi dedo índice doy suaves golpes cerca del ombligo.

—Ni en sueños puedo verme como tú mamá… Intentaré ser buena…―esas son, las primeras palabras que le digo a mi bebé.

«Tendré que hacerme a la idea», pienso resignada, cubro mi vientre con el uniforme y unos suaves golpes se escuchan provenientes de la puerta principal.

Tanya sale corriendo delante de mí, cuando llega a ésta, comienza a saltar sobre sus patas traseras para que abra la puerta, ella sabe que es Edward. Al abrir, me encuentro con un Edward exquisitamente guapo, viste un pantalón negro y una camisa celeste, hace unos días que se cortó el cabello y ahora, lo lleva cuidadosamente peinado. Se ve como un niño adorable.

—Te extrañé —saluda abrazando mi cintura y apretándome contra él—, tanto, tanto.

Entierra su rostro en mi cuello y yo, solo me derrito en sus fuertes brazos. Sí..., él es algo demostrativo con sus sentimientos y eso me encanta.

—Yo también —admito, acaricio con suavidad los cortos mechones de su cabello y ambos entramos a la casa.

—¿Cenaste? —pregunta tomando a Tanya entre sus brazos y haciéndole cosquillas en la panza—. Por supuesto que no cenaste, si apenas sabes cocinar.

Lo fulmino con la mirada completamente indignada ante su comentario. Sé muy bien, que no soy capaz de cocinar ni siquiera un poco de arroz. No es necesario recordarlo.

—No pongas esa cara —murmura sonriente y deja a Tanya en el suelo—. Como soy un hombre que me adelanto a los hechos, pedí pizza. Debe estar por llegar.

Asiento mirándolo en silencio.

No puedo creer que Edward haya depositado la «semilla de la vida en mí», vamos a tener un jodido bebé, quizá, tan engreído como él, con esos ojos maravillosamente verdes que cautivaran a las adolescentes, «tendré que comprarme una escoba para patear los culos de aquellas mujeres que querrán venir a pervertir a mi bebé». ¿Y si es mujer? Supongo que Edward, podrá comprarse una escopeta y encargase de ello.

—¿Por qué me miras así? —todo rastro de alegría de su rostro se evapora. Frunce el ceño y sus ojos se ven inquietos.

—Tenemos que hablar —anuncio sintiendo como mi corazón, comienza a acelerarse.

Éste es el momento donde Edward, toma todas sus cosas y se va corriendo, o afronta las cosas como el hombre adulto que es.

Sé que decidí no tomar la pastilla del día después o ninguna de esas tonterías que solucionarían nuestro descuido sin consultarle, pero tengo treinta años, buena situación económica y además trabajo con niños, simplemente, no podía arreglar nuestras irresponsabilidades por el camino más fácil. Sólo espero, que Edward concuerde conmigo.

«Dilo, Isabella».

—¿P-pasó algo?

Edward toma asiento en el sofá, de su rostro han escapado los colores, está lívido.

—Sí, pasó —tomo asiento a su lado, inspiro profundo y suelto sin rodeos―: Estoy embarazada.

Sí, así, sin preámbulo ni parafernalia le suelto la pequeña bomba nuclear. Saco el sobre con el examen de sangre y lo dejo encima de sus piernas. No dice nada, sólo me mira por unos segundos, incluso está temblando un poco.

Nuevos golpes se escuchan en la puerta de entrada, me levanto de mi asiento dejándolo absolutamente estupefacto, aunque no entiendo mucho su reacción, ya que él sabía que existía la posibilidad de que esto sucediera. En fin.

Abro la puerta, un joven de aspecto cansado es quien trae la pizza. Le sonrío con amabilidad —lo que es demasiado extraño— y le doy algo de propina. La pizza huele delicioso, tanto, que me es inevitable abrir la caja y tomar un pedazo entre mis dientes mientras vuelvo hacia donde se encuentra mi estupefacto Edward.

—¿Pizza? —le ofrezco con la boca llena.

Él me mira como si mi rostro hubiera sido reemplazado por un pene. Abre sus ojos, los cierra y desploma en el sofá.

«¡¿Se desmayó?!».

—Vamos a comer pizza, nena… —le hablo a Tanya que está sentada junto a mí, admirando a Edward con la cabeza ladeada—. Tendrá que salir del trance en algún momento.

Ella, feliz me ladra y mueve su cola.

.

.

.

—¡Dime que no le pusiste mi nombre a una perra!

Miro mis uñas despreocupada, necesito una manicure, urgente.

—¿Cuál es la diferencia, Tanya? ―mi voz suena cansada.

Sus ojos azules me miran con reproche, como si ponerle su nombre a mi nena, fuese un pecado o algo parecido a la maldición Cruciatus.

—No es mi culpa que mamá eligiera para ti, un nombre de perra —bromeo como una adolescente de quince años, «necesito madurar».

—¡No es un puto nombre de perra! —chilla la malcriada alzando su dedo índice frente mi rostro.

Creo que se ve horrible histérica.

Gracias a Dios, yo intento no pasar tantas rabias, ya que después de los treinta cada vez que frunces el ceño, de inmediato se te viene a la mente una jodida y asquerosa arruga.

—Como sea, compórtate —no le quiero dar importancia a sus estupideces.

Esa es nuestra hermanable relación. Creo que ambas, nos queremos mucho más estando lejos.

—Me voy a vengar, Bella —amenaza y entra a la casa, ya que Renée aparece por la puerta trasera anunciando que la cena está lista.

Sonrío. Lo que ella no sabe, es que ahora soy «súper mamá» y nadie puede conmigo. Edward me viene a buscar con nuestra nena en brazos —me refiero a mi nena perruna, Tanya— y los tres nos dirigimos hacia el comedor.

Mi adorada madre ha cocinado una exquisita lasaña, huele delicioso.

—Cambia el rostro, Tanya.

Quiero romper a carcajadas cuando al mismo tiempo, mi nena y mi hermana, miran a mi madre.

—Le puso mi nombre a una perra y tú, no le dices nada —masculla entre dientes, pero Renée la ignora sonriéndole a Edward, avergonzada de la actitud de su hija pequeña.

—Reina del drama, ¿saldrás hoy? —pregunto saboreando la comida en mi boca.

¡Está deliciosa! Quisiera cocinar como mamá.

—No —se cruza de brazos donde deberían estar sus pechos―. Mamá, no me dejó.

Lo bueno del embarazo es que por fin tendré tetas, aunque no sé si agradecer por eso, ya que estarán llenas de leche..., pero es mejor eso que nada, ¿o no?

Siento la mano de Edward colarse por debajo de mi blusa blanca, sus dedos acarician suavemente mi estómago, mientras habla con mi madre de alguna estupidez. El roce de sus dedos es suave y tierno.

Aún recuerdo cuando le di la noticia…

¿Pizza? —le ofrezco con la boca llena.

Él me mira como si mi rostro hubiera sido reemplazado por un pene. Abre sus ojos, los cierra y desploma en el sofá.

«¡¿Se desmayó?!».

Vamos a comer pizza, nena… —le hablo a Tanya que está sentada junto a mí, admirando a Edward con la cabeza ladeada—. Tendrá que salir del trance en algún momento.

Ella, feliz me ladra y mueve su cola.

¿Pizza? —pregunta Edward, cuando nuevamente abre los ojos.

«Idiota quizá, fingió el desmayo. Sus ojos buscan los míos y luego, el pedazo de pizza que tengo en la mano―. «Pobre, seguro tiene hambre».

Sí, está deliciosa —hablo con la boca llena y su ceja se alza al mirarme.

No puedo identificar la expresión de su rostro, tal vez shock, tal vez ternura, asombro y… hambre.

¿Por qué no estás llorando o algo así?

Se levanta del sofá, me quita la caja de pizza que tengo en las manos y la deja sobre la mesa centro. Chupo el resto de pizza que me queda en los dedos y él espera pacientemente mi respuesta.

No podría llorar —aclaro algo apenada por no llorar de emoción o saltar de alegría—. Es algo nuevo y tendré que aprender aceptarlo, porque tendremos un bebé, quieras o no.

¿Quiera o no? —sus cejas se alzan, impresionado al oírme. Sus manos viajan hacia mi cintura y me atrae hacia él.

Claro. Si quieres salir corriendo es mejor que lo hagas ahora, si no, tendremos que afrontar esto juntos.

Sus brazos me rodean con fuerza, incluso puedo sentir su corazón palpitando contra mí, esconde su rostro en mi cuello y deposita un suave beso en mi piel desnuda.

Te amo, loquita mía —suspira—. Estamos en edad de tener un bebé, ¿no?

Rio por su estúpido comentario.

¿No se supone que ahora viene un mar de cursis felicitaciones? «¿Me haces el hombre más feliz de la tierra?» «¿Los amo a ambos?». Bueno, tampoco puedo esperar que ame a alguien que apenas se ha enterado que existe. Creo que está igual que yo..., tratando de asumirlo lentamente.

Nos sentamos a disfrutar de la deliciosa pizza, como si nada hubiese pasado, pero después de eso, Edward me toma en brazos y me lleva a la habitación, para hacerme el amor dulcemente. Mientras unimos nuestros cuerpos, promete que estará conmigo en todos los momentos de ahora en adelante. Me rindo ante él, sintiendo como los rastros de aquella pared que yo misma he construido, se evapora como por arte de magia.

Ahora seremos cuatro, desde ahora algo nos unirá para toda la vida..., pase lo que pase.

—Hija, estás distraída —Renée toma mi mano por encima de la mesa y yo la miro volviendo a la realidad—. ¿Estás bien?

Edward aprieta levemente mi muslo llamando mi atención. Sus ojos se ven preocupados.

—Claro, sólo estaba recordando algo —subo mis cejas pícaramente y siento a mi madre carraspear.

—Dime, Edward… ¿Te gustan los niños? —inquiere la aguda voz de mi hermana.

Frunzo el ceño para su estúpida pregunta.

—Por supuesto, trabajo con ellos.

—Pues tendrás que saber que, aquí mi hermanita… —alza la barbilla hacia mí, ignorando por completo «la mirada» de mamá—, tiene menos instinto maternal que un gusano.

Silencio en la mesa.

—Tanya... —mamá le advierte y ella vuelve a ignorarla.

—¿Sabes que Isabella, acostumbra a mirar las manos de los hombres? —¡No puedo creer que tenga las agallas para decir tal estupidez!—. Ya sabes, como para hacerse una idea de que tan grande tienen su pen...

—¡Tanya! ¡Silencio!

Renée está sonrojada hasta las orejas, no sé si siente rabia o vergüenza, quizá, un poco de ambas. Edward me mira y esconde su mano —con la que se encontraba comiendo— debajo de la mesa.

«Tonto ―pienso poniendo los ojos en blanco, se comporta como si nunca hubiese visto su varita de Sauco y ¡vaya que si lo he visto! Es jodidamente..., apetecible―. Grrr».

—Es verdad —Tanya masculla indignada y se cruza de brazos—. Edward, deberías saber que Bella está completamente loca. Es rara, maldice, no le gustan mucho los niños, habla con la boca llena, se queja siempre que sus pechos son pequeños...

«Okay, ahora es cuando yo, Isabella Swan, mataré a mi hermana».

—A mí, me encantan sus pechos —murmura Edward, dejando callada a la bocazas de mi hermana.

Seguro la muy idiota, pensó que mi Edward saldría corriendo. No es algo que él no supiese ya.

«¿Cómo llegamos a discutir en la mesa de mis pechos?».

—¡Ey, tranquilos todos! —Trago la comida que tengo en la boca y vuelvo hablar—. Tanya, no es de tu incumbencia hablar de mis pechos —la fulmino con la mirada—. Además, tenemos noticias...

Edward vuelve apretar mi muslo por debajo de la mesa advirtiéndome.

Su idea para contar la gran noticia, era comprar los clichés zapatos de bebé, regalarle uno a Renée y el otro a sus padres, pero como yo soy algo... extraña, le dije que se fuera al diablo. No iba hacer esa tontería y, como soy una mujer de armas tomar y no me dejo dominar —mucho menos por un hombre— he decidido decir la noticia de ésta manera.

«¡Redoble de tambores!»

—Edward tuvo la genial idea —miro a Renée ignorando por completo al mueble viejo llamado Tanya— de no usar condón y bueno..., ahora tendremos un bebé.

Siento a Edward toser estruendosamente a mi lado, su mano —que estaba en mi muslo— sube a su pecho y lo golpea con desesperación. «Es un exagerado», pienso palmeando su espalda con suavidad, le ofrezco un poco de bebida y él toma sin dejar de mirarme horrorizado.

—En realidad, fue culpa de ambos… —musito sobando la espalda de Edward—. Nos emborrachamos y bueno, nos pusimos calientes olvidándonos del cond...

—¡Calla! —Tanya grita asqueada―. ¡No deseo saber cómo abriste las piernas!

Su ceja rubia está alzada y me mira en estado de shock, su pequeña boca rosada está «abierta»—«al igual que ella a decir verdad», ups, ese fue un pensamiento sucio e innecesario—, y sus ojos azules me miran furiosos.

—¿Es…, es..., verdad? —La voz de mi madre llama mi atención, me había olvidado completamente de ella.

—¡Claro que es verdad! —declaro indignada, ¿quién puede bromear con algo así?

En fin..., creo que no fue la mejor manera de decir la noticia, quizá, debimos comprar los estúpidos zapatitos.

—¡Oh, Bella, Edward! —Renée se levanta de la mesa y a los pocos segundos tengo mi rostro enterrado en sus bubbies.

No me deja respirar.

Mamá nunca ha sido demasiado delicada, ni siquiera me dio tiempo para levantarme de la silla y responder a su abrazo, ella solamente tomó mi rostro y lo enterró «ahí», como si fuese lo más cómodo del mundo.

—¡Estás tan grande! Felicidades a ambos.

Por fin suelta mi rostro y va hacia Edward. Al menos a él, no lo obliga a respirar entre sus tetas, sólo lo abraza maternalmente con los ojos anegados de lágrimas.

—No llores —pido angustiada, odio verla llorar—. No es tan terrible.

Ella se separa de Edward y limpia sus lágrimas. Me mira confundida y su ceño se frunce considerablemente, haciéndola ver mayor.

—¡Claro que no es terrible! ¡Es una noticia maravillosa! —exclama tomando asiento otra vez—. Hagamos un salud por eso.

—Sólo espero que tu bebé, se parezca a Edward —murmura Tanya con una sonrisa en los labios. Hace meses que no me sonríe de esa manera—. Porque si es igual a ti, juro que me pegaré un tiro en la cabeza. No podré soportarlo.

—Si yo puedo soportarte a ti, podrás soportar cualquier cosa —respondo sonriente.

—¡Niñas! —nos regaña Renée y alza su copa de vino para brindar por el bebé.

—¡Soy la tía más joven de la historia! —dice Tanya tomando mi copa de vino sin beber, la lleva hacia sus labios y se la traga por completo.

Juro que mamá se ha puesto pálida al ver que Tanya, deja la copa vacía sobre la mesa.

—Veo que es genético el gusto por el vino —susurra Edward cerca de mi oído—. Espero que nuestro hijo no saque el gen, pero solo para cerciorarnos, esconderemos las botellas en nuestra habitación.

Lo miro y suelto una carcajada. Yo solo espero, que el bebé no salga con mi locura o peor, con la de mi hermana...

.

.

—Por favor, Bella. Déjame hacer esto a mi manera.

Pongo los ojos en blanco, sintiéndome como un mueble viejo sin poder hacer nada por la humanidad. Edward palmea mi rodilla buscando mi mirada, pero lo ignoro.

—¡Vista al frente! —exclamo cabreada—. Manejas como una niña, si me hubieses dejado conducir, hubiésemos llegado a la casa de tus padres hace más de diez minutos.

—Pero no conducirás mi Volvo. Además, podríamos terminar todos muertos gracias a la loca manera en que tú lo haces —responde quitando la mano de mi rodilla, para pasarla por sus cabellos—. ¡Diablos! ―gruñe―. Olvidé que tuve la genial idea de cortarme el cabello, ya no puedo hacer esto.

Rio, sólo él se preocupa por esa estupidez.

—Te ves lindo y fue para mejor —aseguro mirando por la ventana el terrible paisaje de los bosques, al menos el día está despejado y algo caluroso—, ya que parecías un salvaje y si a eso le sumas tus rasgos femeninos, no te veías muy varonil que digamos con ese cabello tan largo.

—¿Rasgos femeninos?

Sonrío contra la ventana. Una de las cosas que adoro, es molestar a Edward con mi hermosa boca.

—Exacto.

De reojo, veo que se toca la cara y no puedo evitar reír por su actitud.

—Ey, es broma —tomo su mano derecha.

—Claro, que es broma —se encoge de hombros—. Soy el hombre más sexy y varonil, con quien has tenido el placer de estar.

Extrañaba a «Don engreído», es como un grano en el trasero o un bebé en el vientre. Okay..., eso último, no.

Hoy es el turno de los padres de Edward para informarles de la gran noticia, aunque en ésta ocasión, no seré yo quien suelte la bomba nuclear. No por temor a lo que ellos dirán, sino por la manera «tan poco sutil» ―dijo Edward―, con que yo la anuncio.

―Mis padres son diferentes, necesitamos tener mayor consideración con ellos…

Fueron sus educadas palabras, para no decir que mi familia al contrario de la suya, estaba de manicomio. Lo cierto es que no me interesa, no es algo nuevo para mí.

Solo tengo vagos recuerdos de sus padres, además de las fotografías que vi cuando estuve por primera vez, en la casita de dos pisos y aunque esta será algo así como una presentación formal de todo, no me siento nerviosa. Tengo treinta años..., creo que esa etapa, quedó atrás hace bastante tiempo.

Solo espero, que la madre no sea una arpía.

—Llegamos ―anuncia Edward estacionando el Volvo paralelo a la solera, justo enfrente de la casa.

Nos bajamos del automóvil y Edward toma mi mano entre las suyas.

La pequeña vivienda de dos pisos de color ladrillo, me da la bienvenida. No recuerdo haber visto un jardín lleno de flores haciendo un lindo camino hacia la entrada principal. Lo que más llama mi atención, es el árbol que se encuentra a unos metros de nosotros; en el, cuelgan dos cuerdas con una rueda de automóvil.

—Mi juguete de infancia —murmura Edward mordiéndose el labio inferior—. Siempre quise tener un columpio y papá construyó ese para mí.

«¿Podría ser algo más tierno?».

—Papá solía regañarme por ser algo traviesa —murmuro aligerando el ambiente—. Qué lindo detalle.

Una mujer de baja estatura, algo pasada de peso sale rodeando la casa de ladrillos, viene distraída quitándose unos guantes floreados. Seguramente se encontraba plantando algo en el jardín, ya que lleva un jeans — manchados de tierra en las rodillas—, una blusa celeste y una trenza pequeña en su cabello.

—Mamá.

La mujer de cabellos cobrizos alza la cabeza, se queda de pie donde se encuentra y sus grandes ojos verdes se abren por la impresión. Estoy casi segura que se olvidó de que vendríamos a visitarla.

—¡Hijo! —Una hermosa sonrisa deja entrever sus alineados y blancos dientes.

«¡Qué buenos genes!», pienso admirándola.

—Dijiste que vendrías más tarde... —se acerca a él y besa dulcemente su mejilla—. ¿Isabella? —se voltea hacia mí con la mirada cargada de ternura.

—Sí, mucho gusto.

Ella besa mi mejilla y me mira con atención.

Ahora es cuando piensa: «ésta es la puta que le robó el corazón a mi bebé». O quizá, no sea tan malo y piense: «oh, que hermosa mujer..., ideal para Edward».

Desearía leer mentes. ¡Oh, sí!

—Qué alegría conocerte —nos sonríe—. Vamos adentro.

Edward toma mi mano y los tres nos dirigimos hacia la entrada. Ella saca una llave de sus jeans y abre la puerta. Tal como la recordaba, la acogedora casa nos recibe.

—¡Carlisle! —llama Esme con una dulce voz. Me provoca algo de envidia su personalidad tan calmada y maternal.

Un hombre mayor de cabello rubio y hermosos ojos azules, deja el periódico que lee a su lado, se levanta del sofá y sonríe.

—¡Edward! —Avanza hacia su hijo y le da un abrazo golpeando suavemente su espalda—. Te has desaparecido, ya no quieres venir a ver a tus viejos.

Edward ríe negando con la cabeza y dice sonriendo―: Mentira, es el trabajo papá…

Carlisle debió ser igual o más apuesto que Edward en su juventud, sus ojos azules derrochan alegría al igual que su hijo, es alto y corpulento.

―Ella es Bella ―Edward nos presenta y su padre ―quien aún sonríe― al escuchar mi nombre, alza ambas cejas impresionado.

—¿La misma, Bella? —pregunta Carlisle viéndose confundido y Edward asiente sonrojándose un poco.

«Siento que me perdí de algo».

—¡Oh! —El hombre mayor abre sus ojos y luego se dirige a mí—. ¡Es un placer conocerte al fin! Edward estuvo muy enamorado de ti cuando estaban en el instituto. Lo recuerdo como si hubiese sido ayer…, quiso declararte su amor en varias ocasiones, pero no se atrevía.

«Oh, tendré un colapso mental. ¿Existe algo más tierno?», necesito ahogarme en alcohol, pero recuerdo que no puedo y tengo deseos de llorar por los siglos de los siglos.

—Por favor, papá.

Él suelta una risita traviesa. Al parecer, no soy la única que le gusta molestar a Edward.

—Mucho gusto ―Carlisle toma de mi mano y me lleva con él, al interior de la casa.

De ahí, las cosas pasan demasiado rápido en la casa de los Masen…

Nos sentamos a conocernos en la pequeña terraza que se encuentra en el jardín, mi nena corre de aquí para allá y de cuando en cuando, para a tomar agua; soy una buena madre, la traigo conmigo a donde quiera que yo vaya. Un poco antes de la hora de almuerzo Carlisle y Edward, se encargan de hacer la carne a la parrilla y Tanya, insiste en ponerles expresión de perrita hambrienta, como si yo no le diera alimento.

—¿Quieres algo de beber? —pregunta una sonriente Esme.

La miro y niego con la cabeza.

—No gracias.

Ella toma asiento a mi lado y sé que viene la conversación de: «madre preocupada de su hijo».

—Edward me ha contado mucho sobre ti —dice admirando a los hombres que ríen de alguna tontería.

No puedo hacerme la idea, si eso es bueno o malo. Quiero levantar mi trasero del asiento y caminar hacia Edward, pero supongo que tengo que entablar una buena relación con Esme y quedarme a conversar con ella.

—¿Qué cosas?—pregunto con curiosidad.

Tanya llega a mi lado y pide subir a mis piernas. Le acaricio las orejas y a los segundos cae rendida en los brazos de Morfeo. Pobre nena, se cansó de tanto correr.

—Que también trabajas con niños, que tienen a esta hermosa pequeña —Esme acaricia las orejas de Tanya—. Además, tuvo un enamoramiento adolescente contigo hace muchos años.

«¿Qué tan grande fue el enamoramiento de Edward para que sus padres recuerden eso?».

—Eso me lo dijo hace poco ―admito.

—Lo sé. Antes, solía ser bastante tímido.

Seguimos conversado de todo un poco junto a Esme, ella me parece amable y sincera. Mirándola, no puedo evitar pensar en Edward, es un espejo de su madre: mismo color de ojos, mismo color de cabello, incluso, alguno de sus rasgos y comportamiento.

Cuando la carne está lista, ayudo a Esme a traer las ensaladas —al parecer, Edward le ha advertido que soy un desastre en la cocina, ya que no me permite hacer nada— y nos sentamos a comer los cuatro en la terraza.

La conversación es normal, los padres de Edward avergonzándolo con anécdotas de cuando él era bebé, pidiendo sutilmente información de nuestras vidas, el porqué Edward no los había visitado por meses, trabajos, rutina e incluso como llegó Tanya a nuestras vidas.

—Se ven lindos juntos —comenta Carlisle, pasando su brazo por encima de los hombros de su mujer.

Sonrío, ya que Edward minutos antes, ha hecho lo mismo.

—Cualquier mujer se ve bien a mi lado —dice el muy engreído, y yo, quiero estallar a carcajadas ante su comentario, ¿cómo es posible que diga eso frente a sus padres?

—¡Edward, por favor! —Esme lo reprende como a un niño pequeño.

—Ella sabe que no es solo una mujer, mamá —Edward me mira a los ojos y luego, deposita un beso en mi frente.

«Lo desnudaría aquí mismo y besaría cada parte de su cuerpo, por mirarme de aquella manera tan intensa».

—Me recuerda a nosotros, Carlisle —Esme apoya la cabeza en el hombro de su marido y él besa su cabello tiernamente—. ¿Recuerdas cuando subías la ventana de mi habitación en las noches para verme?

Observo cuanto se aman y me pierdo en mis pensamientos…

«Creo que ahora sobramos con Edward».

«Quizá, tuvieron sexo con muchas ganas y por esa razón, Edward salió tan guapo».

«El bebé que esperamos, podría ser el bebé ser más bello del universo, porque también nosotros lo hicimos con muchas ganas y ¡vaya con que ganas!».

—Sí ―admite Carlisle riendo pícaro y su risa, me trae de vuelta a la amena conversación―. Tu padre me odiaba por besar a su adorable hija.

Esme suelta una risita y sus mejillas se sonrojan como la de un adolescente cuando es besada por su primer amor.

Se miran con intensidad, tanta, que estoy a punto de sonrojarme también. ¿Cómo es posible que después de tantos años, sigan mirándose de esa manera? Es como si todo el mundo hubiese desaparecido ante ellos, dejándolos absolutamente solos para demostrar todo lo que sienten con tan solo una mirada.

No es algo que se ve todos los días.

—Suelen ser así —murmura Edward en mi oído—. Con los años te acostumbras.

—Creo que necesitan un cuarto ―digo con descaro y Edward se ríe.

Carlisle vuelve la mirada hacia mí y yo me incomodo, quizá ha escuchado la estupidez que dije, pero es la verdad..., somos todos adultos para saber cómo funcionan las cosas.

—¿No dijiste que tenías una noticia que decirnos, Edward?

Me separo de él y me hundo en el asiento.

¡Qué maravilla! El día que vienes a conocer a los padres del hombre que amas, él les soltará la letal bomba de hidrógeno. Miro los cubiertos en la mesa y tengo deseos de tomar el cuchillo que descansa en el plato de Esme, lo puede utilizar contra mí, una vez que sepa la noticia.

Edward carraspea y toma mi mano. Está nervioso, lo conozco perfectamente para saber que desea salir corriendo de este lugar.

—Papá, mamá..., tenemos noticias.

Los ojos de ambos adultos se abren impresionados. La expresión de Carlisle es tranquila, sin embargo, la de Esme no la logro descifrar, ya que tiene la boca fruncida.

—¿Darán el, sí? —Intenta adivinar Carlisle con los ojos brillantes, parece un niño pequeño en navidad intentando predecir los presentes—. ¿Se casarán?

Edward se remueve incómodo en la silla. Pobre..., esta es la razón, por la cual hay que decir las cosas de una sola vez y sin rodeos. Las especulaciones son lo peor, más aun, cuando son una completa mentira, como una propuesta que jamás se me ha pasado por la mente.

—No —hablo, pero Edward me da una mirada de súplica—. Lo que Edward intenta decir es...

—…que estamos esperando un bebé ―se apresura en terminar la frase por mí, antes de yo la finalice de aquella manera «tan delicada» que me caracteriza.

Silencio en la mesa.

No sé si salir corriendo hacia el bosque que se encuentra tras la casa de los Masen. No sé si tomar a Tanya en mis brazos e ir a casa de mamá para evitar un homicidio.

—Oh…—balbucea Esme y Carlisle, toma la mano de su mujer, quien, al parecer, se encuentra en un estado de shock mirando mi estómago plano.

—¿No dirán nada? —pregunta Edward pasando su mano por su corto cabello, gruñe bajo y deja caer la mano. Se encuentra cabreado por haber cortado su cabello.

—Es un poco sorpresivo, hijo…―contesta su padre en tono neutro, pero al segundo una enorme sonrisa se expande en sus labios y exclama―: ¡Seré abuelo!

Carlisle se levanta de la mesa y nos abraza tiernamente a ambos. Quiero llorar, al menos la o él pequeñín que crece en mí, tendrá un abuelo.

—Amor, ¿no dirás nada?

Esme lo mira con una ceja alzada y una gran sonrisa adorna su bello rostro, lleva ambas manos a sus ojos, no había notado que está llorando.

—Seremos abuelos —dice levantándose de su silla—. ¡Felicidades! ―Abraza y besa a su hijo tiernamente y luego a mí.

Sus brazos me envuelven con delicadeza, como si yo fuera a romperme en cualquier momento. Pide permiso, lleva su mano a mi estómago plano y acaricia con suavidad por encima de la ropa.

—Espero que no haga tanto popó como Edward —comenta Carlisle riéndose—. Juro que podía olerlo desde el centro de Forks, cada vez que Esme le cambiaba el pañal.

Todos estallamos a carcajadas y Edward esconde el rostro en mi cuello completamente avergonzado.

Yo solo espero que el bebé crezca sano y fuerte, al menos, me quedan un par de meses para hacerme la idea que desde ahora, protegeré con la vida a esa personita que crece dentro de mí. ¿Será que mi instinto maternal está floreciendo?

Espero que sí.

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¡Hay bebe! ¿Qué será, niño o niña? Chan, chan, chan. ¿Será que nuestra Bella ha cambiado? jaja No. Sólo está viviendo algo nuevo junto a su Edward. El próximo capítulo la veremos—como ella dice— como un huevo duro. Quizás que estupideces se le ocurra hacer ahora.

¿Qué les pareció el capítulo?

Espero que lo hayan disfrutado tanto como yo disfruté escribiendo las locuras de mi Bella. ¡Nos queda poquito! El fic contará con doce capítulos, por ende solo queda otro más y el epilogo :/.

Tengo novedades con respecto a mi próximo fanfic, pero no quiero adelantarme mucho. Sólo diré que vuelvo al drama/romance. Ya nada más de Bellas locas, al contrario. Lo publicaré..., pronto.

Gracias aquellas personitas que se dan el tiempo de leer mis actualizaciones, que agregan a favoritos y a quienes me agregan como autora favorita. También a las personitas que me dejan un review con sus opiniones respecto al capítulo. Gracias.

Sus comentarios y opiniones son siempre bienvenidos, y me hacen muuuy feliz.

Hasta la próxima actualización (Prometo que intentaré actualizar pronto)

Las invito a unirse a mi grupo de Facebook (Link en el perfil de Fanfiction) Ahí podrán encontrar fotos de los capítulos, adelantos, etcétera.

Saludos desde Chile.

Anie.