¡Hola! Les traigo un nuevo episodio de esto que me gusta llamar "¿Qué va a pasar con estas dos?", disfrútenlo, no hay que agradecer por haberlo hecho tan rápido.
Vuelvo pronto y espero verlos por aquí.
— ¿Te vas a casa, Marceline?
—Sí, Cassie, estoy agotada —dijo mientras estiraba los brazos detrás de su cabeza.
—Tendrás que esperar un poco —dijo revisando su tabla con papeles—. Tengo algo que darte. Acompáñame.
Comenzó a caminar y Marceline la siguió. ¿Qué podía tener para ella? ¿Algún regalo por su desempeño? Cassie no le parecía el tipo de persona que anda por la vida felicitando a la gente. En todo caso, es ella quien merece las gracias por todo lo que hace dentro de ese lugar.
— ¿Algo para mí? —preguntó confundida—. ¿De qué se trata?
—No seas ansiosa. —Sonrió.
La llevó a la bodega donde guardaban los objetos que servirían durante las sesiones de fotos, aunque también había en un rincón una pequeña oficina con muchos papeles amontonados. Fue justo ahí donde llegaron.
— ¿Qué es todo esto? —preguntó paseándose por delante del escritorio y tomando un papel para leerlo.
Cassie se lo quitó enseguida y lo dejó boca abajo. La vio abrir uno de los cajones y sacó una bolsa donde cabría perfectamente un balón de fútbol. la revisó y asintió antes de entregársela.
Marceline estaba confundida, pero la chica comenzó a caminar hasta la salida y no tuvo más opción que seguirla. Sin embargo, no se contuvo de echar una mirada a la bolsa y vio un montón de cartas dentro, eso lo entendió todavía menos.
—Oye Cassie, ya dime qué es esto —rogó una vez se encontraron en el set de nuevo.
—Es tu correspondencia —respondió como si fuera obvio.
— ¿Eh?
Volteó a verla y se detuvo para explicarse, por lo visto todo esto era nuevo para Marceline, debió haberlo tomado en cuenta desde un principio.
—Marceline, ahora hay mucha gente que te conoce e igual que pasa con las otras modelos, comienzas a tener fans por lo que algunos quieren comunicarse contigo y lo hacen por medio de cartas que envían al estudio, seguramente porque no saben cómo encontrarte en persona, claro.
La pelinegra se quedó pensando en lo que le decía. No se sentía especialmente emocionada por ello, le gustaba su trabajo, pero ella hubiera sido feliz de haber permanecido en el anonimato. Ahora que sabía que mucha gente la conocía le daba algo de miedo, aunque no se explicaba la razón.
—Ah, bien. Entonces me las llevo. Adiós, Cassie, despídeme de Laura.
La chica asintió.
Era hora de irse a su casa, estaba ansiosa por llegar, por fin se había mudado a su departamento hace dos días y eso la tenía muy contenta, aunque claro, todavía faltaban partes por pintar y utensilios que comprar, pero ya era habitable y eso le bastó para marcharse a dormir en su nuevo hogar. El padre Petrikov seguía viéndose triste cuando se fue, le daba algo de pena dejarlo solo, se sentía como una malagradecida.
Hizo una mueca. Al menos no vivía lejos de él y podría visitarlo cuando quisiera, además, el padre no se quejó, a decir verdad, lo que hizo fue desearle toda la suerte del mundo en esto y en todo lo que quisiera hacer.
A estas alturas ya todos habían asumido que no recuperaría la memoria, debía admitir que hasta ella estaba convencida de eso. Si bien seguía teniendo esos flashbacks que le desvelaban retazos de su vida anterior, no lograba encontrarles mucho sentido, sin contar que de las personas que aparecían ahí no sabía ni sus nombres, en ningún recuerdo fue capaz de averiguarlo.
Suspiró. Le gustaría saber lo que pasó en su vida antes de conocer al padre, pero si hasta ahora no había sido capaz seguro su mente tendría sus razones. Pensó en ir a un psicólogo, sin embargo, al final la había olvidado por completo y ahora que venía a recordarlo la idea no le gustaba. ¿Qué tal si ese pasado era algo que ella no quería saber? ¿Qué tal si no era nada bueno? Intuía que, de algún modo, estaba en lo correcto al plantearse esas dudas, después de todo, ¿acaso no le tenía terror a la oscuridad? Tampoco soportaba estar en lugares cerrados (por lo menos cuando eran espacios pequeños). Tenía miedo de averiguar porque le pasaban esas cosas, aunque tratara de actuar muy despreocupada frente a sus amigos y al padre, lo cierto es que los nervios a veces la invadían al pensar en las posibilidades de todo lo que pudo haber vivido antes.
Llegó a su casa y dejó la bolsa de cartas en una esquina de la cocina para prepararse un sándwich, tenía hambre, pero no ganas de cocinar por lo que decidió comer sólo eso, ya lo haría después, también podía pedir pizza.
Se lo pensó. Pedir comida no sonaba mal. Buscó el número de la pizza en internet y minutos después ya la esperaba sentada en la cama mientras veía la tele, mantenía la puerta abierta y desde ahí podía ver la entrada perfectamente bien.
Tenía un mensaje de Finn. Ese pobre chico, era su amigo y no le gustaba verlo mal, la forma en la que su padre lo trataba le provocó serios problemas de conducta, entre otras cosas. Al menos ahora que Fionna y su mamá estaban más al pendiente de él, dejó de robar, ya ni a ellas les interesaba recibir al padre en casa después de lo que sucedió la última vez. Y eso que no conocían la versión completa.
La televisión comenzó a aburrirle de modo que llamó a Bonnie, sabía que hoy era su día libre y si no fue a verla se debía a que Laura estaría ahí con ella, o al menos eso había escuchado. Tampoco debería llamar, pero decidió ignorar eso, quería escuchar su voz.
Sonrió ante eso último.
—Hola, Marcy —saludó la pelirrosa.
Sí, definitivamente adoraba escucharla, aunque fuera en algo tan simple como un saludo.
—Hola, Bon-Bon.
A veces la llamaba así jugando. En parte porque sabía lo avergonzada que se ponía hasta casi competir con un tomate y, por otro lado, era su manera de decirle guapa sin que se diera cuenta de ello. Aunque igual y sí lo sabía, quién sabe.
—Lo haces a propósito, ¿cierto?
—No sé de qué hablas —fingió demencia.
Escuchó gritos al otro lado y se habría asustado si no conociera ya esa voz. Sintió escalofríos, Laura sólo gritaba de ese modo cuando estaba enojada, daba mucho miedo, pero notó que Bonnie no se amedrentó, todo lo contrario, se lo tomó con calma. No logró escuchar exactamente lo que dijeron, pero un segundo después ya era Laura quien estaba al teléfono.
—Marceline.
—Eh… ¿Qué sucede Laura?
—Haz entrar en razón a esta mujer, por favor. Yo ya intenté por todos los medios convencerla, pero ha sido imposible.
— ¿De qué hablas? —preguntó extrañada—. ¿Qué es lo que debe entender?
— ¡Laura, devuélveme mi celular! —escuchó protestar a Bonnie un poco más lejos.
Ella ya estaba un tanto alarmada por las palabras de su jefa. ¿Qué podría haber pasado?
—Entró alguien a su casa mientras no estaba. La casa está patas arriba y faltan cosas. La policía dijo "haremos todo lo que podamos para encontrar al responsable". —Había hecho una voz muy tonta al imitarlos—. Y por supuesto, no van a proteger a Bonnie por si regresan. —la aludida seguía protestando al fondo—. Le dije que se quede unos días en mi casa, yo estaré de viaje, pero tiene seguridad suficiente como para sentir que está a salvo.
— ¿Qué? ¿Cómo fue que no me avisó?
—A mí tampoco me dijo nada, tuve que venir y ver todo el desastre por mi cuenta. ¿Sabes qué hacía? ¡Estaba acomodando! Muy tranquila como si nada.
Marceline se tomó el rostro pensando en lo que Bonnie estaría pasando en esos momentos. Consideraba lógico que Laura acudiera a ella pues sabía que eran amigas y que últimamente pasaban mucho tiempo juntas.
Sonó el timbre y se levantó abrir.
—Iré para allá —dijo.
Escuchó una confirmación por parte de Laura y el pitido que indicaba el fin de la llamada. Le pagó al chico de la pizza y la dejó sobre la mesa. Ya tendría tiempo después para comerla, por ahora lo importante era ver cómo se encontraba Bonnibel.
No quedaba muy lejos, sin embargo, prefirió ahorrarse tanto tiempo como le fuera posible y paró un taxi. En menos de veinte minutos ya estaba ahí, Bonnibel la recibió, aunque parecía enojada, probablemente con Laura por haberle contado sobre el robo.
—Hola, Marceline.
Vaya, sí que estaba molesta. Hace mucho tiempo que no la llamaba por su nombre.
— ¿Me vas a dejar pasar?
Dudó. No era que no quisiera que entrara, pero todavía no terminaba de limpiar el desorden que le dejaron los ladrones y estaba segura de que al ver su casa así, se preocuparía más.
—Vamos, Bonnie —dijo Laura—. Deja que vea esto.
Bonnibel se enojó todavía más cuando Laura la hizo a un lado y le abrió la puerta a Marceline dejándola entrar.
La pelinegra había aprendido rápido que esa era la forma en la que su jefa demostraba autoridad, se convertía en un ser muy déspota y la mayor parte del tiempo trataba todo aquello que no tuviera que ver con la moda con desdén. Tenía un carácter dominante, lo sabía, y Bonnibel debería estar más acostumbrada que ella a ese tipo de arrebatos. Aun así, su expresión no dejó de verse enfadada.
La casa sí estaba patas arriba, cajones vacíos, el contenido esparcido por el suelo, la alacena abierta de par en par, los frascos abiertos, no había televisor. No quería ni pensar cómo estaría su habitación y entendía el porqué de que Laura quisiera sacarla de ahí.
—Bonnie, hazle caso a Laura.
Se había cruzado de brazos, fastidiada.
—No quiero.
—No seas berrinchuda.
Ella soltó un suspiro, seguía molesta, pero decidió calmarse y explicarles la razón de que no quisiera irse a casa de su mejor amiga.
—Si voy a casa de Laura voy a estar igual de sola que aquí. No tiene caso, ¿no les parece? Los policías dijeron que es poco probable que los ladrones vuelvan aparecer, así que en realidad no corro ningún peligro.
—Quédate en mi casa entonces.
Lo había dicho sin pensarlo, pero al momento le pareció la mejor opción. Ella no tenía trabajo esta semana y así se quedaría tranquila sabiendo que estaba en un lugar seguro, por lo menos mientras las autoridades hacían algo al respecto.
—No voy a darte molestias, Marcy.
—En realidad, sí que vas a hacerlo. Me parece una idea estupenda —declaró Laura ganándose otra mirada de odio de parte de Bonnibel que prefirió ignorar—. Hazlo por mí.
La pelirrosa suspiró con resignación y ambas sonrieron sabiendo que aceptaría. Si ellas estaban más contentas de saberla fuera de su casa, entonces es daría el gusto por esta ocasión.
—De acuerdo, pero primero recogeré todo este desastre —advirtió.
—Yo te ayudo —se ofreció Marceline.
—Y yo lo haría, pero podría arruinarme las uñas y mañana tengo el vuelo temprano. Les daré ánimos sentada en esta silla.
Marceline pensó por un momento que estaba bromeando hasta que la vio que, como había dicho, se sentó en una silla y no se paró de ahí. Se sorprendió, aunque por la forma en la que Bonnibel la ignoró, supuso que era algo típico de ella comportarse de ese modo.
Una vez que terminaron de recoger la pelirrosa hizo una pequeña maleta donde guardó sólo lo más importante, Laura se había marchado después de un rato "ayudando", de manera que estaban solas ahora. Marceline apoyaba la espalda en la pared mientras la veía acomodar su ropa de forma tan pulcra que la hizo sonreír, sabía lo organizada que era, pero verla era otra cosa diferente. Se preguntaba cómo sería estar viviendo juntas, ella que solía dejar toda la semana las cosas en el lugar en el que cayeran al arrojarlas.
— ¿Te vas a llevar el champú, Bonnie? —preguntó confundida—. Tal vez todavía me falten muchas cosas por comprar, pero te aseguro que eso no es una de ellas.
—Estoy segura de que tienes uno, Marcy, no es por eso por lo que lo estoy empacando.
— ¿Entonces?
—Es un champú especial para que no se me maltrate el cabello.
—Claro, claro.
Ella no entendía porque el afán por usar cosas así, aunque tampoco es que fuera de su incumbencia así que simplemente se quedó en silencio tratando de evitar prestarle más atención de la necesaria a su figura y fallando en el intento. Con ese vestido que llevaba puesto era inevitable no mirar, parecía que le gritara por atención y ella, por supuesto, planeaba obedecer esa orden.
Bonnibel ni siquiera pareció darse cuenta, aunque sí le dedicó una mirada extraña cuando se dio la vuelta y la vio con la vista clavada en ella. Se sonrojó y desvió la mirada y con cada uno de esos gestos Marceline sentía que la quería un poco más.
Llegaron a su casa un rato después. Hasta ahora venía acordándose de que, a pesar de que tenía habitación de invitados, todavía no la amueblaba. Dejó la maleta de la pelirrosa en su habitación, después de todo el trabajo que les costó acomodar lo que los ladrones desordenaron, se sentían agotadas, en especial porque tardaron más de lo supuesto y en esos momentos ya era de noche. El día se les había ido volando.
Recordó la pizza que tenía sobre la mesa y sus tripas rugieron llamando la atención de Bonnie y de paso avergonzándola.
—Tengo pizza por si quieres comer —ofreció.
La pelirrosa asintió y la siguió a la cocina donde Marceline le hizo un gesto para que se sentara, cosa que no dudó en hacer. Mientras tanto ella se encargó de meter algunas rebanadas al microondas y las sobrantes en el refrigerador.
Una vez que estuvieron calientes se sentó junto a ella entregándole un plato con tres rebanadas y un vaso de soda que tenía guardada ahí.
No parecían tener mucho de lo que hablar, de vez en cuando alguna hacía un comentario casual, pero era evidente que ambas estaban nerviosas por dormir en la misma casa, Bonnibel parecía creer que estaba siendo una molestia y le costó mucho convencerla de que no era así. Cuando por fin terminaron le pareció un buen momento para comentarle lo de la habitación, por suerte había comprado un sofá muy suave, no se dormiría igual que en una cama, pero tampoco iba a estar tan mal.
—Bonnie, dormirás en mi recamara porque todavía no me he encargado de amueblar la habitación de invitados, pensé que no la iba a necesitar.
Las mejillas de Bonnibel competían en color con su cabello y entonces comprendió que quizá no se había dado a entender del todo bien.
—Yo… Dormiré en el sillón, por supuesto.
—No, Marcy, yo soy la que ha venido a incomodarte, deja que yo me quede en el sillón.
—Para nada, tú eres mi invitada y tengo que dejarte donde vayas a estar cómoda, además, preferiría que estuvieras tú en la cama.
— ¿Por qué? ¿Tiene algo malo la cama y quieres que me lastime a mí?
— ¿Qué? Claro que no. Sólo ve a dormir a la cama.
—No.
Se levantó y Marceline la siguió hasta que llegaron al sofá y Bonnibel se dejó caer en él, acurrucando el rostro entre sus manos. No parecía que tuviera planeado moverse y la dueña de la casa se cruzó de brazos alzando una ceja, ¿acaso era una niña?
—Bonnie, no puedes atrincherarte en el sofá. Ve y toma mi cama.
—Prefiero estar aquí, gracias.
—Bien, tú lo pediste.
Se acercó hasta ella ante la mirada extrañada de la chica, que cambió a una de pánico cuando Marceline la tomó por la cintura y las piernas y la alzó sosteniéndola contra su pecho mientras ella forcejeaba por bajarse. Nunca imaginó que la chica tuviera tanta fuerza, pero logró llevarla hasta la habitación y dejarla caer en la cama, cuando trató de huir de nuevo se abrazó a su espalda y la retuvo.
Después de un rato ambas se quedaron quietas, con todo lo de antes y además este juego, se habían agotado, ni siquiera Bonnibel tuvo energía para seguir protestando, aunque sí estaba muy nerviosa por la cercanía de Marceline. Todavía la mantenía aferrada por la cintura y podía sentir su respiración en el cuello erizándole cada centímetro de piel. Lo disfrutó, aunque también le dieron ganas de salir corriendo en ese mismo instante.
—Iré a dormir al sillón —avisó la pelinegra e hizo un esfuerzo por irse.
Bonnie no la dejó, había atrapado su brazo entre los suyos impidiéndole zafarse fácilmente. No volteó a verla en ningún momento, pero estaba segura de que trataba de decirle algo porque la podía escuchar balbucear para sí misma.
— ¿Qué dijiste, Bonnie?
—Que te quedes aquí. Es tu cama, después de todo, y hay suficiente espacio para las dos, ¿no te parece?
Era cierto que la cama estaba bastante amplia, después de todo, se trataba de una de dos plazas. En un principio decidió llevarse esa porque le gustaba tener espacio para estirarse, en la cama que tenía en la iglesia siempre amanecía con una parte del cuerpo fuera. Ahora agradecía por completo que su decisión sirviera de algo.
— ¿Estás bien con eso?
—Sí. No mentí cuando dije que no quería sentirme sola, ahora que entraron a mi casa quise aparentar una calma que no sentía en realidad. Estaba asustada de quedarme sola y que esos sujetos volvieran, pero tampoco quería quedarme sola en casa de Laura.
—Con que es así. —Se acercó más abrazándose con fuerza a ella—. Será mejor que vayamos a dormir, ya no estás sola y aquí no va a entrar nadie a hacerte daño. No tienes que preocuparte.
—Muchas gracias, Marcy. —Suspiró—. Eres una gran amiga.
Dolió. Tal vez no lo dejó ver en ese momento y no lo dejaría ver nunca en todo lo que le restaba de vida, pero el hecho de que le hubiera dicho esa simple y pequeña palabra fue como recibir un disparo a quemarropa. Amigas, por supuesto. Pensó. Eso eran y probablemente así seguirían por lo que le restaba de vida.
Ella no dijo nada y se quedó ahí contemplando la cabellera de Bonnie desparramada sobre la almohada. No podía dormir bien sin su lámpara de noche, y no quiso prenderla por temor a una posible burla por parte de la joven. Podía sentir su respiración acompasada, claro síntoma de que ya había cedido completamente ante los brazos de Morfeo.
—Te quiero, Bon-Bon —le susurró en la oscuridad.
No escuchó otra cosa que el cantar de un grillo en su ventana y algunos coches en el exterior.
Respuestas de los reviews.
LucyLoquilla: Finn es un buen chico que ha pasado por cosas malas nada más.
Ahora Marcy será todavía más feliz, y Bonnie también, aunque ni enterada esté de sus sentimientos (bueno, ya no le falta tanto para enterarse).
Lo sé, extraño las actualizaciones de mis fickers favoritas u.u
alecita122: ¿De verdad? Yo pensé que simplemente la había abandonado o algo. Sí, por favor, inténtalo QnQ aunque la intención tampoco era presionarte, pero si funciona la estrategia, pues no me quejo xD
Pronto descubrirán sus sentimientos, tranquila, ya no faltan más de cinco o seis capítulos. Y también el pasado de Marcy se acerca, eso sí es motivo para temer xD En fin, espero verte pronto por aquí (actualizando, tal vez jaja).
