Entre el amor y el deber
Disclaimer: Ninguno de los personajes, lugares o nombres aquí mencionados me pertenecen, son propiedad de Nickelodeon, Dante Dimartino y Bryan Konietzko. Basados en la Leyenda de Korra.
NdelA: Waaa aquí hay un nuevo episodio de esta novela y uno bastante largo. De hecho es el capítulo más largo que he escrito. Le puse empeño, ojala se note. Una disculpa por no haber actualizado la semana pasada, pero es que mi perro azul me asalto y tuve una pequeña crisis y algunas peleas que me hicieron dejar de lado la escritura. Me obsesiono un poco con todo esto y me afecta en mis relaciones personales. Pero bueno, aquí estamos de nuevo. Debo decirles que me estaré enfocando exclusivamente en esta historia hasta terminarla y dejare en stand by los otros proyectos, menos el de la traducción, hasta nuevo aviso. Quiero que las cosas salgan bien y con una calidad decente. Espero haberlo logrado en este y prometer que los siguientes serán mejores o al menos se hará el intento.
Comencemos con los agradecimientos. Obini lamento la tardanza pero aquí ya está, espero cumplir las expectativas. cosasmias96 que todo ha sido con un poco de llanto y luego… tienes que leerlo. Montielowsky hey no te mueras, no quiero ser culpada de asesinato. deathinnocent tienes que leer el final de este capítulo, te va a dejar con ganas de leer el siguiente. aahh yo tampoco quiero que se separen, pero tiene que haber conflicto, que sería de la vida sin un poco de drama y que bueno que te animaste a dejarme un review. Panquem mujer, estamos en el rancho, la banda manda en el rancho. Si hasta los de Glee salieron haciendo el ridículo con Ricky Martin bailando con esas botas puntiagudas, que se espera de la vida después de eso. Por cierto, dejo un poco más de lemon, a ver si ahora si me das un like. LupitaAzucena que te digo mi querida lupis, Hiroshi no se va a quedar de brazos cruzados, pobre de aquel que ose ponerse en su contra. Amo a Kuvira y creo que me pase un poco poniéndola como una santa. Mea culpa. Lucy que bien que disfrutes esta historia, se hace lo mejor que se puede. Devil-In-My-Shoes no me linches. Solo eso diré. Susurro Nocturno es un honor tenerte por aquí y si usamos ese buen recurso para crear expectativa y hacer más atractiva la historia. Guest mi querido invitado, en efecto se viene problemas y más problemas.
Continuando con la música, este fic llega hasta ustedes bajo la inspiración de Hasta la Raiz de Natalia Lafourcade, la canción de amor Korrasami, Aunque ahora estes con él de Calibre 50, El ruido de tus zapatos de la Arrolladora Banda el Limon y por último la canción de A lo mejor de Banda MS. Pos es que estamos en el rancho y ¿la Cheyene apá? Ajua… Eso es lo que pasa por crecer con las películas de Pedro Infante y Jorge Negrete.
No los entretengo más, a leer sea dicho.
– o –
Asami caminaba del brazo de su esposa Kuvira, habían salido a dar un pequeño paseo alrededor de la hacienda. Detrás de ellas iban un par de mozos de la cuadra que guiaban los caballos que habían escogido para dar la vuelta, solo que la joven de ojos esmeralda le pidió a la militar que caminaran un tramo del trayecto, necesitaba pensar y despejar su mente. La mañana era ligeramente calurosa, los rayos del sol caían sobre ellas sin apenas ser opacados por alguna nube en el cielo. Hacía días que se esperaban las primeras lluvias del año, la época de zafra acababa de pasar, y los campesinos habían vuelto a sembrar para dar paso a un nuevo ciclo de cosecha, pero necesitaban las lluvias para que el suelo se alimentara del preciado líquido y germinara la nueva vida.
A Asami le encantaba particularmente esa época del año, la zafra, el aroma a azúcar de caña que se sentía en el ambiente le recordaba tanto a Kuvira. Era el olor que ella tenía en sus ropas cuando la había consolado por la muerte de Korra hacía ya algún tiempo atrás. La misma Korra que ahora caminaba junto a Baatar platicando de banalidades, como si nada hubiera pasado. Como si todo hubiera sido un sueño, un muy mal sueño. Ahora ese aroma de azúcar le sentaba mal. Se sentía enferma. Se sentía traicionera. Miró a su esposa que hablaba amenamente sobre todos los planes que tenía pensados ahora que regresaba a hacerse cargo de la herencia que su padre le dejara, estaba distraída y no había prestado ninguna atención a todo lo que le había dicho.
– Mientras estaba en la capital conocí a un inglés bastante excéntrico pero de muy buenas ideas y solvencia económica holgada que se interesó en el proyecto que tengo en mente para la hacienda. – Kuvira esperaba una respuesta suya pero la joven de labios rojos había estado tan perdida en sus pensamientos que no supo que decir.
– ¿El inglés de bigote chistoso? ¿Cuál era su nombre? No lo recuerdo. – Baatar pregunto desviando la atención que la militar tenía sobre su esposa. Asami agradeció internamente por eso.
– Sir Varrick Blackstone. – Le contesto Kuvira. – Lo invite a pasar unos días en la hacienda una vez regresara de su viaje por el caribe. – Se giró para continuar la conversación con su esposa. – El hombre está buscando tierras donde invertir para construir un ingenio y una alcoholera para exportar azúcar y ron a Europa.
– Eso sería magnífico. – Dijo Asami, ya enterada de cuál era el tema de la plática.
Detuvieron sus pasos, pues ya se encontraban al pie de uno de los tres trapiches que pertenecían a la familia Earth. Korra recordaba ese sitio solo que ahora lucia diferente. La joven de ojos zafiro había pasado muchos días trabajando en ese trapiche acarreando montones de caña para ser exprimidos y extraídos sus jugos para elaborar el azúcar. El molino era más grande y no solo había uno, sino tres, las pailas donde cristalizaban el jugo también habían aumentado en tamaño y cantidad. Sin dudas para dar abasto a la creciente demanda de producción.
– ¡Este lugar es bastante grande! – Exclamo con asombro Korra.
– Lo sé, trabajamos muy duro en esto hace dos años para poder procesar toda la cosecha y no tener que transportarla hasta el ingenio de Santa Rita. – Kuvira se sintió orgullosa al ver que esa parte de su trabajo era reconocido por la chica morena. – Solo que aún sigue quedando chico. Por eso necesito convencer a Varrick de invertir aquí y construir un ingenio aún más grande y moderno que el de Santa Rita.
– ¿Y dónde tienes contemplado que se construya? – Korra pregunto interesada.
– El arroyo corre unos metros más allá, – señalo hacia un lado de donde estaban, – de allí obtendríamos el agua necesaria para las calderas, pienso en construir un dique y una pequeña presa para almacenar el agua en las épocas de sequía para surtir el lugar, todo este tramo hasta el otro lado del camino será usado para levantar el edificio central donde estarán las condensadoras y el patio de recibo y molienda.
Asami se había perdido de nuevo en la conversación, ver a las dos mujeres que amaba hablando como si cualquier cosa pasara, la hacía sentir tan irreal. Allí estaba Kuvira vistiendo un pantalón de casimir verde pálido con chaparreras de gamuza café ceñido con un cinturón de cuero con bordados de caballos y herraduras, una camisa blanca de cuello militar, una chaqueta lisa de casimir a juego en el mismo color que el pantalón y una corbata de moño café. Un hermoso traje de faena que denotaba su posición como dueña de esas tierras. Por su parte, Baatar llevaba una camisa de manga larga gris perla con bordados plateados en el pecho y las hombreras, una delicada B manuscrita grabada en la bolsa izquierda de la camisa así como botones de plata que remataban el delicado atuendo. Usaba un pantalón negro que en los laterales seguía el mismo patrón bordado que la camisa. Ambos usaban un estilo de botín similar, en cuero negro con espuelas plateadas.
Korra vestía el traje militar verde que tanto le gustaba ver a Asami en el cuerpo de Kuvira. Era como si hubiesen cambiado de lugar. Por un momento la chica tuvo miedo de confundirlas y acercarse a una pensando en que era la otra. Rápidamente desecho esa idea. No podía equivocarse. Se dio cuenta de que la chica morena la veía con su intensa mirada azul y perdió el hilo de sus pensamientos.
– Me temo que aburrimos a su linda esposa con nuestra conversación comandante. – El verde oliva se posó sobre ella también y sus mejillas se tiñeron de rojo al verse observada y descubierta en sus ensoñaciones.
– ¿Asami, estas bien? – Kuvira se acercó a su joven esposa. – Te he notado distraída toda la mañana, ¿ocurre algo?
– No, no pasa nada, debe ser el calor. – Intento restarle importancia justificando su comportamiento a cuestiones del clima, cuando ella sabía bien que eso sonaba demasiado insulso, su esposa la miro con extrañeza al escuchar esa respuesta probablemente aun siguiera molesta por el haber invitado a la morena a quedarse en la casa mayor.
– ¿Quieres que regresemos a la casa? – Preguntó con precaución, dándole la opción a abandonar el paseo.
– No, no te preocupes. Podemos continuar, tengo muchas ganas de acompañarte y seguirte escuchando. – Esbozo una tierna sonrisa y tomo la mano de Kuvira para reforzar sus palabras.
– De acuerdo, pero de aquí en adelante iremos a caballo y tú vendrás conmigo. – La militar entrelazo los dedos con su bella esposa y le planto un pequeño beso en los labios.
El gesto le incomodo un poco sabiéndose observada por la chica de los ojos azules. La culpa asomaba dentro de ella.
Dieron un vistazo al trapiche, Kuvira hablo con algunos de los trabajadores y después de dar indicaciones subieron a los caballos para ir al siguiente trapiche que estaba cerca de allí. Korra y Baatar montaron cada uno un caballo mientras que Kuvira dejo que Asami fuera montada en la silla del suyo como amazona, ya que llevaba un vestido de enaguas largas, y ella montó en los cuartos traseros del animal. Cabalgaron a paso lento disfrutando del paisaje. La comandante llevaba rodeada en brazos a Asami quien se recargo en su pecho tratando de calmar sus nervios escuchando su voz reverberar a través de la caja torácica de ésta.
Cuando llegaron al lugar, Tonraq estaba allí. El capataz estaba dando órdenes a los hombres que subían a unas carretas los costales de azúcar para ser llevados al almacén de la hacienda. Korra y Baatar apearon, Kuvira ayudo a Asami a bajar del caballo y los cuatro se presentaron frente al capataz.
– ¡Señora Kuvira, Señora Asami, buenos días a todos! – Saludo con cortesía el hombretón.
– ¡Buenos días Tonraq! ¿Cuáles son las novedades? – Kuvira se adelantó para hablar con el capataz y ponerse al día de los problemas.
Korra compartió una fugaz mirada con su padre y asintió con la cabeza, dejándole ver que todo estaba bien. El gesto paso desapercibido para el resto de los allí presentes. Baatar se quedó con Asami acompañándola, platicaron mientras Kuvira atendía sus pendientes y Korra se perdió de la vista dando una vuelta por los alrededores.
Al poco rato unos hombres a caballo aparecieron en el lugar, venían a toda prisa buscando al capataz con urgencia.
– ¿Qué es lo que ocurre? – Tonraq salió del trapiche junto con la comandante y le pidió razones a los que acababan de llegar.
– Tonraq se vieron a un grupo de cuatreros cerca de la casa de del viejo Yi dicen que son revueltistas y que andan buscando que comer. El viejo Yi nos pidió ayuda porque teme que le hagan algo a sus hijas, ya rompieron el corral donde guarda sus animales y se robaron unas ovejas y gallinas. – Le contesto uno de los caballerangos que bajo del animal donde iba montado.
El hombre en cuestión, Yi, era un viejo ya entrado en años que sobrevivía a duras penas con sus cuatro hijas y su esposa, él era el único varón de su familia, pues sus dos yernos casados con sus hijas mayores habían fallecido en la guerra, quedándose con un par de nietos que empezaban a caminar apenas. Poco o nada podía hacer frente a un grupo de maleantes.
Kuvira conto a los hombres que habían llegado, eran tres. Si ella, Baatar o Korra y Tonraq se unían serian seis, algo un poco más decente para enfrentarles pero no lo suficiente.
– ¿Saben cuántos son? – La comandante se dirigió a ellos.
– ¡Patrona! ¡Qué bueno que ya regreso! – El hombre se sorprendió al ver a la mujer allí. –No son muchos, una docena aparentemente pero están armados con rifles y pistolas. Ya le dispararon a Saúl y a Fermín, se los llevaron al dispensario del pueblo. – Le respondió el caballerango.
Kuvira sopeso la situación, en ese momento ninguno de ellos traía más armas que un par de pistolas y un machete en la silla de montar. Sin embargo no podían dejar morir solo con sus hijas al hombre aquel.
– Tonraq, iremos a ayudar. ¡Que traigan los caballos! – Ordenó la comandante.
Fue hasta donde Asami y Baatar estaban, busco con la mirada a Korra quien se acercó también a ellos en ese momento saliendo de quien sabe dónde.
– Baatar tu me acompañaras a apoyar a la familia de este hombre, Korra necesito que tu lleves a Asami a la casa mayor y después nos alcances. Alguno de los mozos de la casa te guiará hasta donde vamos. Tendrás que llevarnos algo mejor que solo pistolas. - La militar saco de inmediato su innato don de mando para disponer de sus recursos y solventar la situación de la mejor manera.
– ¡No! Iré al pueblo a ayudar a Kya, si hay heridos me gustaría apoyar aunque sea en eso. – Kuvira la miró con un inmenso amor, le encantaba ver como Asami ahora se preocupaba y se ocupaba en auxiliar a los que lo necesitarán.
– ¡Muy bien! En ese caso que Korra te lleve al pueblo. – La susodicha sonrió de medio lado, está era la oportunidad que quería para quedarse a solas con Asami sin temer por alguna interferencia. – Enviare a uno de los mozos por refuerzos y armas a la hacienda.
La chica de labios rojos tembló al saber que se quedaría con Korra. Miró con súplica a Kuvira pero esta interpretó su mirada como una de preocupación por la tarea que emprendía al ir a defender a aquella familia de granjeros. La atrajo hacia ella dándole un abrazo y llenándose de su delicioso aroma a jazmín, cuando se separaron la comandante le regaló un pequeño beso antes de subir a su caballo y partir a galope.
Baatar, el capataz, los mozos de la casa y los hombres que habían llegado salieron tras ella en sus caballos. Atrás quedaba Asami junto con Korra que se relamia los bigotes como un gato frente a su presa.
– Señora Asami, ¿cuándo usted guste podemos irnos también? – Dijo Korra dirigiéndose a ella en un tono que le disgustó demasiado a la de cabello negro.
– No se preocupe por mi, yo se llegar al pueblo y bien puedo caminar hasta allá. – Le respondió con molestia echándose a andar pero la chica de ojos zafiro le corto el paso.
– Insisto en acompañarla, pero a caballo será más rápido llegar. – Se plantó delante de ella y chocaron en el movimiento, Korra tomo los brazos de Asami para impedirle escapar y la obligó a mirarla a los ojos.
Las esmeraldas se posaron sobre los zafiros y fue como caer por un agujero profundo para la joven de cabellera negra. ¿Acaso aún podía Korra hacerla temblar de esa manera cuando la tenia cerca? Sacudió esos pensamientos de su mente, si le temía, no era por amor, sino por lo que pudiera hacer pensando que aún era amor. Ya ni sabia que pensar.
– Entonces, ¿me permitirás llevarte? – Korra le hablaba de forma cortes pero de nuevo se había distraído.
– Si... Si esta bien. – Contestó de forma titubeante.
La hija del capataz fue por el último caballo que quedaba en el trapiche y le ofreció montar en él. Asami subió al animal, ahora era Korra quien la llevaba en brazos a lomos del caballo. Estaba tan nerviosa que todo su cuerpo temblaba involuntariamente por la cercanía de la joven. Sentir su respiración sobre su rostro y sus brazos rodeandola tan protectoramente la hacía sentir tan culpable, sobre todo porque la morena la sujetaba con firmeza contra su cuerpo. Estando en ese estado, no se dio cuenta de a donde se dirigían hasta que Korra detuvo al caballo y bajo de él. Habían llegado al pequeño campo de flores donde solían pasar los días ellas dos mucho tiempo atrás. El lugar no había cambiado en nada a comparación de ellas que habían cambiado tanto. Estaban los mismos árboles frondosos que daban esa rica sombra en los días calurosos como ese, las piedras enormes que nadie había podido quitar para arar ese campo y pudo distinguir a lo lejos en la corteza de uno de esos árboles las iniciales de sus nombres grabadas por el cuchillo de Korra cuando eran unas niñas.
Korra le ofreció su mano y la ayudo a descender. Asami estaba sorprendida. El lugar estaba lleno de esas flores blancas y amarillas que la joven de labios rojos solía recolectar para hacer coronas y collares que regalaba a Korra como premio por hacerla reír con sus ocurrencias. Se le estrujo el corazón al recordar todo eso.
– ¿Qué hacemos en este lugar? – Miró a los zafiros en busca de una respuesta.
– Quería venir aquí, quería estar a solas contigo y hablar de lo que paso. – Korra se acercó a ella y sin esperar nada unió sus labios a los labios rojos de Asami.
La chica no se esperaba aquel beso que la tomó desprevenida e hizo que sus piernas perdieran la fuerza por lo que Korra la sostuvo por la cintura evitando que cayera aún más profundo de lo que ya se sentía cayendo. Al no ofrecer resistencia, la chica de los zafiros busco profundizar el beso mostrándole y ofreciendo todos sus sentimientos contenidos durante todo el tiempo que estuvieron separadas. Nada le importaba, ni quien era ella, ni quien era nadie. Solo quería fundirse con esos labios y con ese cuerpo que estaba entre el suyo. Al fin Asami reaccionó empujandole y dándole una bofetada en la cara.
– ¡Como te atreves! Soy una mujer casada. – Dijo con enojo pero al instante se arrepintió al ver el dolor en los ojos de la chica frente a ella. – Yo lo siento... Discúlpame, no quise...
– No, no te preocupes. Se que debería entender, pero no quiero hacerlo, me niego a hacerlo. Yo debería estar en el lugar en que está Kuvira. Te amo Asami, nunca he dejado de amarte, ni siquiera un poco y nada ni nadie va a evitar que yo te ame mi hermoso rayo de luna. – El corazón de Asami se contrajo al escuchar sus palabras.
Poso su mano sobre la mejilla enrojecida donde antes había descargado la cachetada, en un intento de calmar el dolor que expresaba Korra con cada uno de sus gestos. Si las cosas no hubieran sucedido como lo hicieron, quizás las dos estuvieran juntas ahora. Pensó en Kuvira y el amor incondicional que le profesaba la militar, se mordió los labios y desvío la mirada.
– Fui a buscar los caballos... – Asami volvió a mirarla y colocó un dedo sobre los labios de Korra.
– Por favor no digas nada. – Pidió en una súplica, no quería escucharla, tenía miedo de oír sus palabras y sucumbir ante los sentimientos que tenía hacia la joven de ojos zafiro. Korra beso su mano y continuó hablando.
– Ensille un caballo para mí y a tu yegua favorita para ti. El teniente llego, discutimos acerca de la prohibición que tu padre hiciera sobre que me apareciera de nuevo por la casona y estuviera cerca de ti, tenía órdenes de mantenernos separadas, íbamos a pelear. Sin embargo… No me di cuenta de nada, – Asami cerro los ojos no quería escucharla, – alguien se acercó a mi en silencio y me golpeó por detrás. – Korra se había sentado sobre una gran piedra y había comenzado a explicarle todo lo que había querido decirle durante este tiempo. – Perdí el conocimiento por el golpe, para cuando volví a despertar ya estaba lejos de la hacienda. En una casa enmedio de ningún lugar. Un hombre que no conocía me retenía alli contra mi voluntad. Como pude logre escapar pero el tipo me apuñaló dejándome muy mal. Pensé que iba a morir. – Sin darse cuenta la chica de ojos esmeralda se había situado entre las piernas de Korra y la había abrazado, las lágrimas zurcaban su rostro al pensar en todo lo malo que le sucedió a la chica de ojos azules. Lo cerca que estuvo de morir por culpa de su padre, no, en realidad era por culpa suya.
– Perdóname, Korra, todo fue mi culpa. – Los ojos azules se encontraron con los ojos verdes.
– No tengo que perdonarte nada, las cosas se dieron así quizás porque así tenían que ser. Yo no era nadie y tu padre no iba a permitir que estuvieras conmigo. No me importa dar mi vida por ti mi rayo de luna. Por estar contigo haría lo que sea necesario. – Korra volvió a hundir su cabeza en el pecho de Asami estrechandola más, la chica de ojos esmeralda acariciaba sus cabellos castaños con sus dedos pálidos.
– Lamento lo que mi padre hizo, estuvo muy... Mal, fue terrible. Entiendo el por qué tu padre fingió tu muerte. Era el único modo o al menos es lo que quiero creer, el único modo en que pudieras continuar con tu vida. – Se apartó de los brazos de la chica morena y esta resintió el alejamiento de ese cuerpo que ansiaba tanto. – El saber que estabas muerta me destrozó, lloré día y noche por ti. Pensando que habías muerto por mi culpa. Porque todo esto es mi culpa. Yo... Yo no tenía razones para seguir viviendo.
Los ojos esmeraldas estaban inundados en lágrimas, todos acuosos, Korra fue hasta ella y volvió a envolverla entre sus brazos.
– Eso ya no importa. Ahora estamos aquí. Tú y yo. Volvamos a empezar. Ven conmigo, vayámonos de este lugar. – Tomo el rostro de Asami acunando sus mejillas entre sus manos.
– Sabes que no puedo hacer eso. – La joven retiro las manos de Korra y le dio la espalda. – Te creí muerta y Kuvira estuvo allí para mí cuando mi mundo se vino abajo, cuando tú no estuviste allí. – Korra quiso objetar pero Asami la detuvo. – Aunque no haya sido tu intención. Me sentí sola, abandonada y ella me acogió y me dio su amor. No puedo simplemente irme así de fácil.
– ¿Tú la amas? – Korra formulo la pregunta con miedo de escuchar la respuesta, la giro para que se lo dijera cara a cara.
– Yo… yo… la amo. – No pudo mantener la mirada sobre las orbes azules y bajo la vista.
– Dímelo, mírame a los ojos y dime que la amas de verdad y que ya no sientes nada por mí. – Espero una reacción de la chica, pero Asami solo sollozo manteniendo la cabeza agachada.
– Por favor… No quiero hacerle daño a Kuvira. – La ira se sentó en Korra y no pudo evitar reaccionar de forma explosiva al escucharla decir eso.
– ¿No quieres hacerle daño? ¿Es en serio? ¿Qué hay de mí, de nosotras? ¿Qué hay de lo que sentimos, nuestro amor? ¿Lo vas a desechar solo porque no quieres hacerle daño? – La chica de ojos zafiro estaba alterada.
– Korra por favor… Ella ha sido buena conmigo, no puedo hacerle esto. Entiéndelo. Estoy casada, tengo un compromiso que cumplir. – Trato de calmarse, no lograría nada de esa forma y solo alejaría a Asami, pero su sangre hervía de oírla preocuparse por la hija del viejo Wan.
– Si ese es el problema, hablemos con Kuvira. Deshagamos el matrimonio. Ella tiene a alguien más que seguramente estará más que complacida en consolarla. – No pudo evitarlo, soltó el comentario esperando que Asami se decidiera con eso.
– ¿De que estas hablando? – Ya no había forma de echarse atrás, pero no quería hablar de algo que no le constaba.
– Olvídalo, en realidad no lo sé a ciencia cierta, la comandante es muy discreta en esas cuestiones, pero sé que hay ciertas personas interesadas en ella. No tienes que preocuparte. Ven conmigo. – Tendió la mano pero Asami la rechazo.
– No puedes presentarte aquí, poner mi mundo de cabeza, meterme la idea de que mi esposa me es infiel y esperar que con eso corra a tus brazos. Así no funcionan las cosas. – Las lágrimas habían cesado de salir de sus ojos, ahora lo único que tenía eran… no sabía definir exactamente que eran, pero no quería seguir más en ese lugar.
– Asami… – La chica de ojos azules sabía que había errado el tiro por millas.
– No Korra, iré al pueblo tu… no quiero verte ahora. – Fue a buscar el caballo y monto en él con gracia al estilo amazona. Volvió a mirarla antes de salir a galope.
– o –
Asami llego al dispensario, su mente venia hecha una tormenta. Aun resonaba en su cabeza la insinuación que Korra hizo acerca de Kuvira y la posibilidad de que ella tuviera a alguien más en la capital. Estaba enojada, más bien furiosa. ¿Acaso estaba celosa? Descarto esa idea de inmediato. Ella no podía estar celosa. Aunque la verdad, Asami no sabía nada de la vida de Kuvira en la capital, no sabía nada acerca de su esposa en realidad, de cuales habían sido sus sueños, sus intereses, si tenía a alguien más... ¿Y si era así? ¿Si se hubiera casado con ella por obligación, por cumplir la voluntad de su padre el señor Wan aunque ya tenía un amor en la capital? Le dolía la cabeza de pensar en eso y ni siquiera había llegado al tema de Korra. ¿Qué sentía por ella en realidad? ¿La seguía amando o solo era un amor del pasado? Era un hecho que seguía sintiendo cosas por la morena, pero… La verdad, no sabía a ciencia cierta nada.
– Señora Asami, ¿usted por aquí? Había acordado con cierta militar galante que ibas a tomarte unos días de vacaciones para que pudieran estar juntas. – La doctora Kya la saludo en cuanto entro por la puerta, estaba atareada atendiendo a algunos de los hombres heridos del encuentro con los cuatreros, aún así no pudo evitar bromear un poco con la joven.
– Lo sé, pero mi esposa… – ¿Mi esposa? ¿De dónde salió esa posesividad? Pensó la chica. – Kuvira fue a apoyar a la granja del viejo Yi y yo quise ayudar también. – Corrió a ponerse un delantal y lavarse las manos para comenzar a atender las tareas que le asignara la doctora.
– En ese caso, adelante, siempre son bienvenidas un par de manos extra. – Kya le dijo de forma agradecida.
– o –
Korra estaba que no la calentaba ni el sol. Había arruinado las cosas con su estúpido comentario. Tenía que buscar la manera de volver a ganarse a Asami. Actuó de forma muy ingenua pensando que la chica la aceptaría de nuevo tan fácil. Ciertamente no había sucedido así. Regreso a pie al pueblo, el calor de la tarde caía a plomo sobre las calles. Ya no estaba acostumbrada al clima caluroso aunque la altitud no era como la de la capital y eso ayudaba un poco. Camino hasta el dispensario y se sentó afuera del mismo, bajo la sombra de un árbol de almendras a esperar a que Asami saliera de allí.
Después de algunas horas de espera pudo ver que un grupo de hombres a caballo avanzando hasta el dispensario. Baatar iba a la cabeza, su padre venía con ellos, pero no vio a la comandante a simple vista sino hasta que estuvieron más cerca.
– Me lleva la chin… con esta mujer, ¿acaso no puede evitar que la intenten matar cada vez? – grito con exasperación.
Los caballos levantaban la polvareda de las calles a su paso. Una vez estuvieron al pie del pequeño hospitalito, Korra fue hasta el animal que transportaba a la comandante y la bajo con cuidado y con ayuda de Tonraq llevaron a Kuvira al interior del edificio. Baatar iba detrás de ellos, se iba agarrando el brazo.
Cuando Asami las vio entrar por la puerta del pequeño dispensario se le fue el santo al cielo. La camisa blanca de Kuvira estaba teñida de rojo así como su chaqueta. Korra y su padre la depositaron en uno de los camastros libres y ella y la doctora fueron a revisarla de inmediato. Baatar se acercó sentándose en el camastro contiguo, la manga izquierda de su camisa gris también estaba llena de sangre y se presionaba la herida con su mano.
– Estoy bien, estoy bien, fue un disparo limpio. – Kuvira intento explicarse. – Se que se ve mas escandaloso de lo que es en realidad. – Vio la cara de preocupación de su esposa que le quitaba la chaqueta de casimir verde.
– Por favor no me des esos sustos. – Se miraron a los ojos. La militar la veía con unos hermosos ojos de niño regañado que hizo que Asami suavizara la suya.
– Lo lamento. – Kuvira jalo a Asami para darle un beso pero esta desvío la cara y el beso fue a parar en su mejilla.
– Ha sido mi culpa señora Asami. – El capataz habló. – Esa bala que recibió la patrona iba para mí, pero la señora se interpuso. – Eso tomó por sorpresa a Asami y aun más a Korra.
– Aun así seguiré molesta contigo. - Se levantó y fue por el material de curación. Estaba molesta, más bien enojada, lo que Korra le había dicho acerca de otras personas interesadas en la militar le caló.
Kya atendió la herida de Kuvira y Asami se dedicó a curar el raspón que una bala dejara en el brazo de Baatar. El pobre hombre tuvo que aguantarse el mal humor de la joven esposa, pues no fue particularmente gentil con él.
Tonraq y Korra se mantuvieron apartados en el fondo de la habitación hablando por lo bajo de como se habían dado las cosas en la granja del viejo Yi.
– ¿Qué fue todo eso? – Le preguntó a su padre buscando una explicación. – ¿Cómo es que la comandante te salvo la vida?
– Era una trampa, los tipos iban por mí. Hiroshi esta muy interesado en hacerse con esas tierras y ha estado hostigado al viejo para que le venda por una miseria. Yo me he opuesto abiertamente a ello y ve lo que ha querido hacer. – Korra contuvo su coraje, ese maldito hombre ambicioso había querido matar a su padre y ahora debía agradecer a Kuvira por salvarlo. Eso ya era el colmo. No sabía que le sacaba más de quicio.
La puerta del dispensario se abrió una vez más y una figura femenina entro por ella. Una chica en la flor de la juventud, de rasgos delicados y tranquilos, ojos grises y cabello castaño en un peinado de cebolla y de una belleza religiosa, llevaba una túnica monacal de color naranja y amarillo propia de los novicios de la religión que profesaba la gran mayoría de las personas. Se sorprendió al entrar y ver tal concurrencia en el hospitalito.
– ¡Oh Dios mío! ¡Korra! – La joven corrió a echarse en los brazos de la morena que reaccionó con asombro.
– ¡Jinora! - Fue lo único que atino a decir ante el efusivo abrazo de la novicia.
Asami y Tonraq estaban con el Jesús en la boca al ver a la chica reconocer a Korra de esa manera estando Kuvira presente. Tenían que buscar la manera de salir de esa.
– Korra cuanto tiempo sin verte. Escuche que habías regresado pero no lo creí posible. – La chica de ojos azules estaba erizada y tensa, lo que no paso desapercibido para Jinora que era una joven muy observadora.
– Jinora, si... ¡He vuelto! Disculpa que no te busque antes. – El nerviosismo de Korra era más que evidente.
– Tenemos que ponernos al día. Vamos a platicar, deja que entregue mi mandado y salgamos a caminar un rato. – La chica de ojos grises quiso sacar a Korra del lugar y hablar con ella, ya que se le veía bastante incómoda.
Jinora fue hasta Kya, saludando a Asami y a Kuvira, dándole la bienvenida a esta última. De forma cortés pregunto que era lo que había pasado y la doctora le explico la situación, ofreció sus mejores deseos para la recuperación de los heridos y lamento el incidente. Entrego una carta que su padre Tenzin enviaba a Asami, acerca de los preparativos del festival de verano que planeaban llevar a cabo, se excusó saliendo del lugar con Korra a rastras.
– Creí que Korra no era de aquí. – Baatar comentó una vez las chicas salieron del dispensario.
– Eso es lo que ella había dicho. – La militar le devolvió el comentario.
– Quizás se conozcan de otro sitio, Jinora ha estudiado fuera del pueblo, en el puerto, probablemente se hayan conocido allí. – Asami ofreció tratando de desviar la atención.
– Patrona, con respecto a lo que paso. – El capataz se adelantó cambiando el tema de conversación. – Me temo que el encuentro con los cuatreros ha sido una trampa.
– ¿En qué te basas para decir eso? – El chico de gafas gruesas le cuestionó.
– Es un tema que debemos hablar en privado. – Dijo mirando a Asami. Los dos militares decidieron salir del dispensario para hablar con mayor privacidad.
Fueron al patio interno del edificio y se sentaron en el borde de la fuente esperando que el capataz comenzará a hablar.
– Las tierras del viejo Yi están contempladas para la construcción de la estación de paso del tren que planean corra por aquí hacia el puerto. Pero el viejo no ha querido vender lo que le ha ganado algunos enemigos que quieren hacerse con esas tierras para luego venderlas a un precio más elevado al gobierno. – Kuvira y Baatar escucharon atentamente.
Ambos estaban enterados del proyecto, la presidenta Hou-Ting había trazado la ruta por donde pensaba unir la capital con el puerto oriental más importante del país para acortar la distancia y propiciar el comercio y los viajes. La madre de Baatar, Suyin, le estaba dando continuidad y esperaban poder terminar la construcción en unos meses más.
El proyecto ya estaba avanzado, habían comenzado el tirado de los rieles en dos puntos, el puerto y la capital, para de esa forma encontrarse a medio camino justo donde estaba el pueblo.
– Entiendo. – Kuvira se levantó de la fuente y posó su mano en el hombro del capataz. – Y creo que tengo la mejor solución al problema. – Miro a Baatar quien asintió en apoyo de su amiga. - Es un hecho que el gobierno va a comprar esas tierras y podemos ayudar a que el viejo Yi obtenga el mejor precio sin intermediarios y sobre todo sin que se siga exponiendo a su familia por intereses de terceros.
– ¿De qué manera? - Dijo dudoso el capataz.
– Aquí mi amigo, – señaló a Baatar, – podrá lograr un trato directo. Me gustaría hablar con el señor y ver que opina de la propuesta. Mañana por la mañana iremos a verlo, por lo pronto enviaremos una guardia a proteger a su familia y no tenga más problemas.
La idea de la comandante, no era mala más bien todo lo contrario, era la mejor forma de que el hombre obtuviera un trato justo, si el gobierno se decidía a expropiarle su propiedad era mejor que él consiguiera un acuerdo favorable. El capataz asintió.
– De acuerdo, iré a ver al viejo Yi y decirle que lo visitará mañana para darle una solución. – El capataz se retiró dándole las gracias nuevamente por haberlo salvado y se fue.
Kuvira lo despidió y se quedó a solas con Baatar que seguía sentado en la fuente.
– ¿Qué es lo que piensas? – El chico de las gafas las ajustó y se dirigió a la militar.
– Tengo que hablar con el administrador, le pedí que consiguiera esas tierras pero me temo que su táctica de intimidación no es la más apropiada. – Kuvira suspiró.
– Bueno al fin y al cabo podrás arreglar ese desastre y hacerte de esos terrenos. Mi madre no objetara pagarte por ellas lo que pidas. – Concluyó su compañero.
– Lo sé, necesito ese dinero para financiar mi propio proyecto. La apertura del tren ayudará a que Sir Varrick se decida a invertir su capital junto con el mio para levantar el ingenio y la alcoholera. – La comandante lamentaba el proceder del padre de Asami.
Platicaron un rato más del tema para después regresar al interior del hospitalito.
– o –
– Jinora, casi haces que me de un infarto. – La joven de ojos zafiros reprendió a su amiga.
– Lo lamento. Me gano la emoción de verte de nuevo. ¿Qué fue lo que paso? – Caminaron por las calles hasta llegar a la explanada del templo del pueblo, donde la familia de Jinora vivía.
– Tantas cosas... – Se sentaron en una banca cubriéndose de los rayos del sol al atardecer y Korra procedió a contarle los pormenores de su predicamento.
La noche llegó y la aparición de los molestos mosquitos las hizo moverse de la explanada del templo. La hija del capataz acompaño a Jinora hasta la puerta de su casa, la cual estaba detrás del templo, le agradeció el que la escuchara y quisiera apoyarla en lo que necesitará. A Korra le vendría bien su ayuda.
– ¿Estas segura qué quieres hacer esto? – La novicia estaba preocupada por lo que la morena pretendía hacer. – Creo sinceramente que deberías volver a iniciar tu vida, olvidarte de Asami.
– No puedo hacerlo, lo intente, pero el destino vuelve a cruzar mi pasado en mi presente. Ella es mi todo, no puedo dejarla ir. – La chica de ojos azules puso su mejor cara de ternura para que Jinora se apiadara de ella.
– Esta bien, tú me dirás cuando. – Dijo no muy convencida de las intenciones de Korra.
– Gracias. – Le regalo un beso en la mejilla por pura felicidad y salió de allí corriendo antes de que el padre de la novicia saliera a buscarla, la morena se perdió en la oscuridad de la noche que ya había caído sobre el pueblo.
– o –
Hiroshi Sato no había salido de la casa mayor en todo el día, estaba a la espera de que apareciera el teniente, pero el hombre no se había presentado aún. El administrador estaba impaciente, iracundo y con un humor de perros que nadie de la servidumbre se había atrevido a molestarlo a riesgo de ganarse unos azotes como acostumbraba cuando algo le irritaba sobremanera.
Eran casi las 7 de la noche cuando el teniente toco a la puerta del despacho de Hiroshi. Dicho despacho era casi igual al que perteneciera al anterior dueño de la hacienda, diferían en el tamaño y en los detalles con los que el administrador lo había personalizado. Una pintura familiar de él con su difunta esposa y con su hija Asami cuando era una niña pequeña dominaba la pared detrás del escritorio.
– ¡Adelante! – Gritó el señor Sato y el teniente solo pudo tragar saliva, el administrador estaba de mal humor y él no traía las mejores noticias, ya podía ir pensando en su obituario en el peor de los casos.
– Patrón. – Entro al despacho y con vacilación habló tanteando el terreno frente a él.
– Con una chingada, llevo todo el día esperando que aparezcas por aquí y te vienes a presentar hasta esta hora. ¿Dónde demonios estabas con un carajo? – El administrador se levantó de su silla detrás del escritorio y camino hacia el hombre que tembló un poco con la aproximación de su jefe.
– Patrón, estaba cumpliendo sus órdenes, estábamos con el asunto del viejo Yi. – Hiroshi se detuvo, había olvidado esa parte, con todo el relajo de la llegada de la hija del viejo Wan y la aparición de la india hija del capataz, olvido por completo el negocio que tenía entre manos con esos terrenos.
– ¿Y bien? ¿Los conseguiste? – Se sentó sobre el escritorio levantando una pierna y jugando con su fusta en las manos.
– Pues patrón, vera… – titubeo manoseando su sombrero con nerviosismo y la mirada iracunda del administrador lo fulmino. – En eso estábamos pero la patrona, su amigo y el capataz aparecieron a ayudar al viejo. No pudimos hacer mucho, intente por lo menos echarme al capataz pero la patrona se atravesó y fue ella la que recibió el balazo. Tuvimos que huir. – No termino de contar la historia cuando Hiroshi se fue sobre él propinándole un par de fuetazos en el cuerpo.
– Eres un imbécil. No pudiste amedrentar al viejo ni matar al jodido capataz. Encima de todo heriste a la esposa de mi hija. – Se volteó dándole la espalda al hombre que se sobaba los golpes recibidos. – Aunque… pensándolo bien, si se muere no estaría de más.
Caminó de vuelta hasta la silla de su escritorio y se sentó en ella recargando los codos sobre él.
– No han llegado noticias de la señora Kuvira, por lo que probablemente no murió. Ese tipo de cosas se saben de inmediato. – Desestimo de inmediato el tema, ya tendría tiempo de pensar en algo ahora que la idea de quitar a su nuera de en medio se había asentado en su mente. – Tenemos cosas más urgentes que atender.
El teniente lo miró con curiosidad, conocía a su patrón y sabía que planeaba alguna de sus ideas escabrosas cuando entrelazo sus dedos poniéndose en una actitud reflexiva.
– ¿Me podrías explicar cómo es que la hija de Tonraq sigue viva? – Dijo en tono calmo. El teniente se sorprendió. ¿Había escuchado bien? ¿La hija del capataz estaba viva?
– ¿De qué habla el patrón? La chamaca está muerta. – El teniente estaba contrariado.
– ¿Verificaste que en efecto hubiera muerto? ¿Viste el cuerpo? – Ahora que lo pensaba, nunca lo había hecho, se lamentó por su omisión.
– No, no lo hice. – El administrador ajusto sus anteojos y su aparente calma era más temible que sus arranques de cólera.
– Bueno, pues ahora la maldita escuincla vino aquí a amenazarme con descubrir mis negocios con mi nuera si yo la delataba con está acerca de quién era. – Recargo su cuerpo en el respaldo de la silla.
– ¿Qué quiere que hagamos con ella? – Preguntó con cautela.
– De momento nada, dejemos que se sienta en confianza. Ya pensare en algo para ella, algo especial… – Sonrió de forma maliciosa. Su mente estaba maquinando ya un nuevo plan. – ¿Y qué haces allí? Vete, te quiero aquí mañana a primera hora, tenemos cosas por hacer.
El teniente se despidió inclinando la cabeza y salió del despacho. No quería estar en el lugar de ninguno de los enemigos de su patrón. Mejor con el diablo que contra él, decía siempre para convencerse del porqué de su trabajo, aunque eso no le hacía sentir mejor del todo.
– o –
Ya era entrada la noche cuando la pequeña comitiva regreso a la casa mayor. Korra venía con ellos a una distancia prudente, le carcomían los celos al ver a su rayo de luna en brazos de otra. Llegaron a la hacienda donde Hiroshi los esperaba en la sala principal leyendo un periódico, fumando un cigarrillo y bebiendo whiskey. No tenía mucho rato que había despedido al teniente y él se dedicó a maquinar ideas mientras se relajaba. Hubiera querido ir al pueblo y visitar la casa de las meretrices pero de momento no podía hacerlo para no llamar la atención de su nuera. Ya tendría tiempo después para eso.
– ¡Buenas noches suegro! – Saludó la comandante al entrar en la sala principal y ver al administrador de la hacienda sentado en el sofá individual de madera de roble negro tapizado con cuero oscuro con tachones revestidos del mismo material.
– ¡Buenas noches! – Dio una fumada final a su cigarrillo antes de colocarlo en un cenicero de cristal en la mesa de roble negro a juego con la sala en el centro de la habitación. – ¿Qué es lo que ha pasado? ¿Están todos bien? Me he enterado esta tarde del incidente que hubo, me alegro que no haya pasado a mayores. – Cerró el periódico echándolo sobre el sofá mientras se levantaba para acercarse a su hija y darle un beso en la mejilla.
– Así es suegro, no fue más que un rasguño, nada que unos días de reposo y cuidado no curen. – La sala se fue llenando de concurrencia, Korra y Baatar se acomodaron en los sofás y sillones contiguos al lugar donde el administrador había estado sentado. – Sin embargo hay algo que quiero platicar con usted y me es imperioso tratar este tema. ¿Podemos pasar a mi despacho? – Kuvira se mantuvo en pie a un costado de Asami.
– De acuerdo, no hay ningún problema. – El administrador ya sabía lo que se venía pero se mantenía calmado.
– Entonces adelante. – Dio el paso a su suegro que salió de la sala dirigiéndose a la oficina de Kuvira y esta se giró para hablar con Asami antes de salir de la habitación. – ¿Podrás asignarle una alcoba a Korra para que se instale, por favor? – Asami quiso objetarle pero solo asintió con la cabeza. –Te alcanzare en un rato.
Tomó la mano de su esposa dándole un beso en esta y pronunciando un inaudible pero visible gracias.
– o –
Kuvira entro en su oficina y su suegro se sentó en una de las sillas al frente del escritorio mientras ella fue a colocarse en la que estaba detrás. Respiro profundo y comenzó a hablar.
– Señor Hiroshi, usted a servido a esta familia durante muchos años como administrador de los bienes e intereses de mi padre y se la clase de negocios que solían hacer y la forma en que estos se llevaban a cabo. Sin embargo yo no me manejo de la misma forma en que mi padre lo hacía. Sé que le pedí que se hiciera de los terrenos del viejo Yi bajo cualquier circunstancia pero me parece que la forma en que lo manejo no fue la mejor ni la que yo considero correcta. – El administrador mantuvo la calma apenas parpadeando los ojos y acomodándose las gafas mientras la escuchaba.
– Le ofrezco una disculpa por el encuentro que hubo esta mañana, a veces los hombres de campo pueden llegar a ser muy brutos y no miden las consecuencias. Me apena demasiado que haya tenido que involucrarse de esa forma y resultar herida, es una verdadera pena y créame que el que haya sido recibirá un castigo ejemplar. Aunque simplemente se seguían las ordenes y los modos usuales en que su padre, que Dios lo tenga en su gloria, trazó para este tipo de situaciones. – Contesto de forma firme y segura. Kuvira entendía que esa siempre había sido la manera en que su padre negociara sus tratos, coercionando e intimidando para obtener lo que quisiera, ella misma lo había hecho en más de una ocasión estando de servicio en el ejército a pesar de no estar de acuerdo con eso, la necesidad de las circunstancias la habían orillado a actuar de esa manera.
– Entiendo, pero antes de realizar una acción así necesito estar enterada. Le repito, yo no me manejo de esa forma y agradecería que nos limitáramos en esas cuestiones. Mañana hablare con el viejo para llegar a un acuerdo y poder adquirir esos terrenos, así que no es necesario que sigan hostigando al hombre. – Termino de hablar y su suegro seguía tan impasible, no se inmuto ni siquiera un poco.
Era un perro de la vieja escuela, la militar sabía que aun cuando ella le pidiera hacer las cosas de otra manera, él se seguiría guiando como acostumbraba. Es difícil cambiar las acciones de algunos hombres. Por lo que buscaría limitarlo para que no recurriera a esas prácticas ilegales.
– No se preocupe por eso, hablare con los hombres para que se detengan y lamento que haya tenido que meter las manos en este asunto, solo se hacían las cosas como se suele negociar, con mano dura y usando todos los recursos lícitos o no, como su padre me enseño a llevar sus negocios. – Dijo y se inclinó hacia adelante para hablarle más de cerca. – Si me lo permite, debería aprender del ejemplo de su padre, quien era un negociante temible y hábil a la hora de cerrar tratos. El siempre obtenía lo que quería.
– Lo sé, aprendí a la mala su forma de "negociar", la conozco de primera mano. – El recuerdo le vino a la mente, de todas y cada una de las veces que aquel hombre que decía ser su padre le hiciera la vida no solo difícil sino angustiante. – Aunque no lo acepte, él me quiso hacer a su imagen y semejanza y créame, yo también siempre obtengo lo que quiero.
Kuvira se levantó de su asiento y fue a servirse una copa de licor, de la fina licorera de cristal importado que perteneciera a su padre. Dio un trago profundo y se sirvió más ofreciéndole a su suegro una copa también, la cual aceptó para acompañarla.
– Aclarado ese tema, tenemos otros asuntos que tratar. – Volvió a tomar su lugar detrás del escritorio para hablar con su administrador de la situación de sus tierras y sus negocios.
– o –
Baatar se quedó en la sala tomando de la botella de whiskey que el señor Hiroshi dejara sobre la mesita central, le hacía falta un poco de licor para calmar el dolor y adormecerse un poco y poder ir a descansar a su cuarto. Asami le pidió a Korra que la siguiera, le asignarían una habitación para que fuera suya mientras estuviera en la casa mayor. Se despidieron del joven Beifong deseándole buenas noches.
Salieron de la sala principal yendo por el pasillo que daba al patio central, el cual cruzaron hasta llegar del otro lado y dirigirse al ala oeste de la casona. Eso era del lado contrario de donde estaba la habitación que Kuvira y Asami compartían. Entre más lejos la tuviera, más tranquila se podía sentir la chica de los ojos esmeralda.
Korra la siguió sin oponer resistencia ni intentar acercarse a ella. Tenía que dejarla relajarse, sabía que si intentaba algo en este momento sería rechazada de inmediato. Camino en silencio, simplemente conformándose en observar el paso de Asami, el vaivén de sus caderas y el aroma a jazmines que dejaba en el aire. Había extrañado tanto eso. Cuantas noches no había anhelado volver a verla y sentir su presencia. Volver a besar sus labios y que le permitiera perderse en las curvas de su cuerpo.
Llegaron hasta la puerta de la alcoba que sería de la morena, Asami abrió dejando el paso libre para que la chica pasara. La realidad golpeo a Korra cuando vio destellar ese pequeño brillo que provenía del anillo de matrimonio que la chica de labios rojos llevaba en la mano que recargaba sobre su vientre.
Los celos y la ira la invadieron de nuevo, subiendo por ella como la lava de un volcán a punto de estallar. La cegaron por completo. Atacó a Asami quien no se esperaba aquello, la joven esposa de pronto se vio siendo empujada dentro de la alcoba con Korra tomándola de los brazos para impedirle escapar.
– ¿Qué es lo que… – No pudo terminar la oración cuando sintió los labios de Korra sobre los suyos actuando de forma urgida.
Sus manos se desplazaron a su cintura y su espalda pego contra la pared impidiéndole alguna salida. Estaba acorralada contra el cuerpo de la chica de los zafiros que como pudo cerró la puerta de la habitación. Los besos estaban cargados de pasión y de un sentido de posesividad que no pudo resistirse a corresponderles. Amaba a Korra, no podía negarlo, le dolía todo lo que había pasado y aunque también amaba a Kuvira le era imposible no caer en los brazos de la morena.
– Korra, no debemos. – Dijo entre beso y beso, pero aún así no detenía a la morena del todo.
Compartieron sus labios, entrelazando sus lenguas y regalándose pequeños mordiscos una a la otra. Los dedos de Asami se enredaron en el cabello corto de la morena presionando su rostro devorándose mutuamente. La pasión le estaba nublado la razón. Las manos de Korra la recorrían de arriba abajo tratando de abrirse paso a través de la ropa de la joven de labios rojos y pronto se vieron presurosas levantando la falda dejando expuestos unos hermosos muslos níveos que recorrió con sus dedos trémulos. Todo pensamiento racional abandono la mente de la joven de ojos esmeralda por completo, solo deseaba seguir sintiendo el frenesí que la chica de tez bronceada derramaba sobre ella.
– Te extrañe tanto mi rayo de luna, quiero que seas mía, solo mía. – Pronuncio en el oído de la chica más pálida al tiempo que en su desesperación rompía el cuello del vestido para tener un mejor acceso al hermoso cuello de Asami.
Usando su fuerza, Korra levantó a la joven de labios rojos, cuyo labial se había desvanecido con los besos que se estaban dando, la alzó del suelo haciendo que las piernas de la joven rodearan su cintura presionando sus caderas contra el centro de esta. Un pequeño gemido escapo de sus labios encandilando aún más a la morena que le besaba el cuello de forma libre y lamia su piel deleitándose de su sabor. El tacto de su lengua la estaba volviendo loca, no había otra explicación para lo que estaba haciendo, una locura llamada Korra.
Esa locura buscó hacerse camino hacia las bragas de la chica de pálida piel. Asami intentó resistirse un poco, cuando por su mente cruzó el pensamiento de unos ojos aceitunados, pero pronto fue reemplazado por unos zafiros que la veían con arrebatador deseo. Un estremecimiento la barrio de arriba abajo cuando sintió los dedos tostados de Korra intentar penetrar en su intimidad.
Un ruido se escuchó cerca y Asami la apartó con fuerza obligándola a soltarla. Uno de los perros que merodean la casona ladraba fuertemente. El corazón le latía de forma descontrolada. El susto hizo que Asami volviera a entrar en sus cabales y alejo a Korra bruscamente apartándola aún más, la morena también se sorprendió con los ladridos del animal y se puso en guardia aguzando el oído para percibir algún otro ruido.
– No podemos hacer esto. – Dijo apenas con un hilo de voz Asami y la morena quiso arremeter nuevamente al oírla decir eso pero fue detenida. – ¡No!
– Mi rayo de luna, por favor. – Suplico apelándole. – Te amo, quiero estar contigo. – Se miraron a los ojos y Asami sintió doblegar su razón otra vez.
– Te amo también, pero no puedo hacerle esto a Kuvira. Lo siento. – Rompió el contacto visual y huyo de la habitación atendiendo a su razón antes de volver a perderla.
Camino con paso presuroso arreglándose el vestido, quería llegar rápido a la alcoba antes de que Kuvira volviera. Al pasar por el pasillo del patio central pudo ver la razón de los ladridos de los perros, Baatar estaba sentado en la fuente central bebiendo de una botella. El hombre estaba borracho y había espantado a los perros. Andaba con dificultad hacia su habitación. No quiso ir a ayudarlo porque en ese momento no estaba en condiciones, seguramente tendría aun las señas de su encuentro con Korra y no podía ponerse en evidencia con el amigo de su esposa. Llamó a una de las sirvientas de la cocina y pidió que alguien fuera a socorrer al militar y ella prácticamente corrió a su habitación.
Una vez llego, fue directa a su tocador a mirarse en el espejo. Su labial estaba corrido y daba evidencia de haber sido besada, no pudo contenerse y comenzó a llorar. ¿Qué clase de persona era? Estaba traicionando a su esposa y la confianza y el amor que Kuvira le daba, pero no podía ignorar lo que Korra sentía, lo que ella aun sentía por la morena, ese amor que alguna vez compartieron y ahora volvía para perseguirla.
Agarro una toalla y empezó a retirar el maquillaje entre gimoteos y lágrimas. Lavó su cara en la palangana del lavabo buscando que el agua se llevara los besos y la sensación de otros labios sobre ella. Se cambió las ropas, colocándose un delicado camisón de seda y fue a acostarse en su cama.
Muchos minutos después Kuvira entro en la habitación procurando no hacer mucho ruido. La militar supuso que su bella esposa estaría ya en el mundo de los sueños y no quiso importunarla. En silencio fue al baño a refrescarse, se retiró su ropa con cuidado pues aún le resultaba dolorosa la reciente herida. Una vez regreso al dormitorio, retiro las sabanas y se metió en la cama abrazando a la joven de ojos esmeralda.
Asami se giró quedando de frente a Kuvira. No había podido conciliar el sueño y había estado esperando a que su esposa fuera a dormir. Sujeto con fuerza la camisa de algodón de la joven de ojos oliva y rompió a llorar nuevamente. Estaba deshecha por lo que acababa de pasar con Korra, se sentía fatal. El corazón de la militar se estrujo al ver de esa forma a su esposa y la abrazo con fuerza contra ella, sin imaginar siquiera cual era la razón real de ese llanto, la estrecho entre sus brazos al menos con la fuerza que le permitió el dolor que se hizo presente por el disparo que había recibido.
– ¿Qué es lo que sucede? ¿Por qué lloras? Discúlpame si es por mi culpa. No ha sido mi intención hacerte sufrir por mi causa. Lamento haberme puesto en peligro de forma innecesaria. – Escuchar a Kuvira disculpándose lo único que provocó en la joven de tez pálida fue que sus lágrimas salieran con mayor intensidad y que se aferrara más a su camisa.
Con cuidado la militar la separo un poco y con una mano alzo su mentón haciendo que los ojos esmeraldas la miraran, acaricio su mejilla y la atrajo apretando sus labios a los de ella en un intento por consolarla. Al inicio Asami tembló con el contacto, no se sentía merecedora de ellos, para después con urgente desesperación besarlos sin tregua. Sus dedos buscaron los botones de la camisa y con premura comenzó a desabotonarlos dejando expuesta la piel debajo de esta. Kuvira no perdió el tiempo y se retiró la camisa así como el camisón que vestía Asami dejándola desnuda completamente. La pálida chica no traía nada debajo lo que hizo que la militar se calentara al observar su cuerpo con la tenue luz de la luna.
La joven de ojos esmeralda vio el vendaje que había colocado la doctora Kya hacia unas horas y echó hacia atrás el cuerpo de Kuvira colocándose ella encima a horcajadas. Quería sacar a Korra de sus pensamientos, vaciar su mente y llenarla toda solo del cuerpo y del amor de su esposa. Con hambre se arrojó a besar los labios de la militar queriendo que esos besos terminaran de borrar los que había recibido de cierta chica, que ahora comenzaba a difuminarse con las caricias que recibia.
Las manos rudas y ásperas de Kuvira recorrieron la espalda nívea haciendo estremecer a la joven encima de ella, la boca de Asami atrapó uno de las puntas de los pechos de la chica de ojos oliva y jugo con su lengua y dientes, mordiendo, chupando y lamiendo dando su atención a uno y a otro de los pechos que subían y bajaban debido a la excitación que le estaba provocando todo ese delicioso contacto. Poco a poco fue bajando prodigando besos a lo largo del abdomen musculoso de la militar, la despojo de la ropa que le estorbaba y arremetió contra la intimidad húmeda de Kuvira.
Desbordaba todo el fuego que la consumía por dentro, fuego que había sido iniciado por otra que no era la que ahora disfrutaba de él.
Su lengua danzaba en movimientos circulares dispensando placer al cuerpo que se agitaba con cada uno de sus embates. Kuvira entrelazo sus dedos con el cabello cuervo tirando de él para profundizar el toque de la lengua de Asami. Se mordía los labios para no alzar la voz demasiado pero eso no le impedía disfrutar de la hábil lengua de su esposa. Esto le encantaba. Le fascinaba el arrojo y la vehemencia con la que su joven esposa le hacia el amor.
– Te amo Asami. ¡Dios que bien lo haces! – Estaba por llegar, podía sentir el calor surgiendo de su entrepierna y pasando como un rayo por su espalda e inundando su cerebro con endorfinas.
La joven de tez pálida introdujo un par de dedos embistiendo el interior con fuerza ganándose un profundo estremecimiento que terminó de hacerla llegar a la culminación del orgasmo junto con la hábil lengua que seguía trabajando sobre su punto erguido. Kuvira estaba un tanto asombrada por la lujuria que había poseído a Asami pero no se quejaba de ella, más bien al contrario, deseaba tener más noches como esa, donde su joven esposa la poseyera con ese deseo.
El dolor por la herida desapareció, solo quedaban los remanentes de la satisfacción que acababa de recibir. Cogió la cara de su esposa y la atrajo hacia ella, besándola, quería darle el mismo trato y hacerla caer rendida de gozo.
– Tu hombro. – Fue lo que salió de la boca de Asami con preocupación.
– Está bien. No te preocupes. – Dijo en respuesta y callo sus objeciones con más besos.
La militar se sentó en la cama y Asami estaba sentada encima de ella con sus piernas alrededor de la cadera de la otra mujer. Sus uñas se clavaron en la fuerte espalda y el brazo bueno de Kuvira se metió dentro de sus piernas infiltrándose en el centro jugando con el botón que activó el placer en la mujer más pálida. Las caderas de Asami iban y venían marcando el ritmo de los empujes dentro de su intimidad, no tardo demasiado en volverse muy vocal y pedir por más, más adentro, más fuerte, más lento, más rápido, más placer, más todo, sin cortarse por un minuto. A grandes voces. Nada le importaba. Solo quería desfogar todas esas ansias.
La militar besaba el cuello pasando de la base del mismo a la oreja, succionaba el lóbulo y hacia pequeños gruñidos y gemidos para excitar aún más a la chica de ojos esmeralda que hacia surcos en su piel con el filo de sus uñas y oprimía con mayor fuerza cuando la excitación subía por su cuerpo desde su entrepierna. Sabía que eso le encantaba, la hacía perder la cabeza. Los dedos de la militar rozaban la rugosidad oprimiendo y acariciando, construyendo la base del orgasmo de Asami que estaba por llegar.
– Te amo Ko… – Se calló justo a tiempo mordiéndose los labios. Aún en ese momento la morena había hecho acto de presencia en su mente cuando pensó que ya la había desterrado.
Daba gracias que Kuvira no se había percatado de su tontería, sacudió la cabeza para librarse de ese fantasma y concentrarse solo en la mujer que tenía enfrente.
– Me encanta como me coges, Kuv. – Escucharla decir esa palabra soez encendió a la militar yendo más profundo en la intimidad de su esposa. Las caderas de Asami aumentaron el ritmo a una gran velocidad que ceso de golpe cuando el clímax la poseyó arqueando su espalda y emitiendo un grito que resonó por toda la habitación y un poco más allá en medio de la noche.
Ambas estaban perladas en sudor por el esfuerzo. La calma les llego de pronto. Asami se aferraba al cuerpo de Kuvira y esta le regalaba pequeños besos por su piel acariciando su espalda con la yema de sus dedos ganándose ligeros estremecimientos que quedaron como excedentes del encuentro.
La joven de ojos esmeralda había podido acabar con sus ganas, pero ahora solo le quedaba una sensación de desazón, se sentía pésimo por utilizar de esa manera a Kuvira buscando olvidarse de Korra. A sus ojos, se había convertido en una… una ramera, ese era el sentimiento exacto que se posó sobre ella.
Poco a poco dejaron que el cansancio las venciera y entre mimos y caricias se fueron quedando dormidas desnudas manteniendo el contacto de su piel. Asami se anido en el pecho de Kuvira tratando de sentirse protegida y segura, la chica de ojos oliva la mantuvo en esa posición sosteniéndola con su brazo sano. El ritmo de sus respiraciones se coordinó y al fin comenzaron a soñar.
– o –
A la mañana siguiente Kuvira, Baatar y Korra partieron muy temprano hacia la casa del viejo Yi. La comandante estaba particularmente alegre, después de la noche tan apasionada que paso tenía un humor muy bueno. Por el contrario Korra traía un humor de perros que no disimulaba ni un poco y Baatar iba con una cara de desvelo y un terrible dolor de cabeza todo por culpa del licor que se había tomado la noche anterior, lo que le gano un par de burlas de su amiga y la antipatía de la morena.
La casa del viejo era de ladrillo rojo en su mayoría, revestida con yeso y pintada con un color rojizo. La parte delantera estaba construida con ladrillo siendo un rectángulo grande de una hechura sencilla, tenía otro gran cuarto en la parte de atrás que estaba construido con tablas de madera y el techo de palma. Una casa muy sencilla y que podía ser hasta pequeña para la cantidad de personas que vivían en ella.
En la casa del hombre en cuestión ya los esperaba Tonraq el capataz, quien los saludo y los presentó.
– Viejo Yi, ella es la dueña de la hacienda de los Earth, Kuvira. Ellos son amigos suyos militares. - Señaló a los acompañantes de la joven heredera. – Baatar y Korra. – Tonraq ya había hablado con el hombre para que este no dijera nada al respecto de Korra y su parentesco con él, asegurándose de esa parte.
– ¡Buenos días tenga buen hombre! – Saludo cordial la comandante.
El hombre mayor ya estaba entrado en años, de complexión robusta, con un vientre un tanto abultado, tez morena resultado de trabajar tantos años en el campo, su cabello estaba totalmente blanco y una barba sin bigote surcaba la línea de su mandíbula. El anciano les dio el paso al interior de su humilde casa.
– Adelante, pasen, están en su casa. Le presento a mi familia, – cinco mujeres de diversas edades estaban formadas una junto a la otra, llevaban sus vestidos menos gastados y olían a jabón, el hombre seguramente buscaba quedar bien, lo que le ayudaba a ella en su cometido, – mi esposa y mis cuatro hijas, Min, May Li, Yu y mi pequeña Shi Lau. – las muchachas se veían jóvenes, la mayor probablemente tendría unos 20 años y la más pequeña estaría en los 14 o 15, en edad perfecta para casarlas.
– Mucho gusto en conocerlas. – La comandante saludo a casa una con cortesía y Baatar y Korra siguieron su ejemplo.
– Pasen por aquí. – El hombre anciano los llevo hasta un cuarto grande que hacía las veces de cocina y comedor, en el había una estufa de leña así como un comal encima. Tenía apiladas a un costado un montón de maderas para alimentar el fuego en el fogón. El comedor era de madera sencilla, pino blanco, era una mesa bastante grande donde cabrían una personas, las sillas eran de madera sin ningún adorno, solo servían para cumplir la función de asientos y no como parte de la decoración de una casa.
Tomaron asiento colocándose Kuvira Baatar y Korra en un lado y en el contrario el viejo Yi y Tonraq. Sus hijas las mayores se dispusieron a preparar algo de comer y beber para los invitados mientras las más chicas cuidaban a sus sobrinos que jugaban en el patio trasero de la casa.
– Ustedes disculparan que no tenga que ofrecerles mucho, pero lo poco que tengo se los comparto. – Las mujeres sirvieron en un plato de barro un guiso de frijoles con carne, tortillas hechas a mano así como un rico y aromático café negro en tazas del mismo material que los platos.
– Muchas gracias, aceptamos con agrado su hospitalidad. Todo se ve y huele apetitoso. – Comento Kuvira agarrando una tortilla recién salida del comal dándole una mordida. – Extrañaba tanto la sazón de mi tierra, es muy complicado encontrar un lugar decente para comer en la capital. Tal vez hasta suba de peso con todo lo que he estado comiendo aquí. Pero no hay como la tierra donde uno nació.
– Jajaja, así es. – el anciano se rio por el comentario de la chica. – Te recuerdo, conocí a tu madre cuando éramos jóvenes, eres tan parecida a ella aunque también tienes algo del miserable de tu padre. – El anciano pronunció esto último con evidente desprecio, Kuvira lo entendía perfectamente, Wan no era querido por los jornaleros a quienes explotaba pagandoles una miseria y obligándonos a trabajar jornadas extenuantes.
– Lo sé, a veces quisiera no parecerme a él. – Dijo con pesar.
– Y sé que no lo eres. Cuando tu madre enfermo tu saliste adelante a pesar de los maltratos de ese hombre. Intentamos ayudarles, pero tu padre prohibió terminantemente que cualquiera lo hiciera, sin embargo siempre hay maneras. – El anciano entrecerró un ojo en complicidad y la joven comandante recordó esas ocasiones en que los jornaleros a escondidas le regalaban algo de comer y le ayudaban en sus faenas en el campo cuando su cuerpo ya no podía seguir adelante.
– Le agradezco profundamente por eso, nos salvaron más de una vez de no tener nada de comer. De hecho mi madre solía prepararme esta comida cuando nos dábamos el lujo de tener un poco de carne en la mesa. – Sonrío al probar el guiso que trajo al presente esas memorias.
– Kiran, tu madre le enseño a mi esposa, eran muy buenas amigas cuando niñas. – La joven se sintió sentimental, el recuerdo de su madre la ponía en ese estado, sin embargo estaba allí para hacer un negocio. Se aclaró la garganta y agradeció el gesto.
– Gracias. – Dijo sinceramente. – En honor a esa amistad es que he venido hoy a hablar con usted. Sé que últimamente se han visto perjudicados usted y su familia con respecto a estas tierras. Como debe saber, el gobierno está interesado en comprarle sus terrenos y eso le ha acarreado problemas con personas que han querido despojarlos para hacerse con ellas. – El hombre asintió. – Al final de cuentas, el gobierno vendrá y se hará con su casa sea el dueño que sea y mi intención es que usted obtenga el mejor trato y el beneficio de la venta.
– He vivido aquí toda mi vida, crecí aquí, me case en este lugar, mis hijas nacieron y crecieron aquí, eso no se puede comprar ni vender. Pero soy consciente de que ya sea por las buenas o las malas me quitaran mi vida en este lugar y estamos hartos de todo ese acoso de rufianes que quieren sacarnos. Solo que, ¿a dónde iremos? – El anciano se cruzó de brazos.
– Les ofrezco ya sea a cambio o en venta con el dinero que obtengan del gobierno un terreno de los que pertenecen a la hacienda. Cualquiera de los que están en el camino a San Martin. – Rasco su barba cana y sopeso la oferta que la joven dueña le ofrecía. Esas tierras no eran malas, de hecho eran bastante buenas, para ese rumbo la mayoría se dedicaban a la ganadería y él podría empezar a criar algo más que solo gallinas y ovejas.
– Me parece que es un buen trato. – El capataz hablo por primera vez y estuvo de acuerdo con lo que Kuvira había puesto sobre la mesa.
– Estoy de acuerdo, pero… – Seguía sopesando la idea.
– ¿Necesita alguna otra cosa? – Pregunto la patrona.
– Me gustaría iniciar mi propia cría de ganado, vacas y reses. – Su petición se le hizo válida a la joven de ojos oliva, el anciano quería asegurar un modo de vida para sus hijas.
– En ese caso, si me da a cambio sus tierras le entregare uno de mis mejores sementales y 3 hembras para crianza. Con eso podrá iniciar. – Esa era su oferta. El viejo volvió a rascarse la barba y sonrió extendiendo la mano.
– Me parece que tenemos un trato. – Kuvira estrecho la mano del viejo Yi cerrando el acuerdo. – Ahora disfrutemos del desayuno.
Platicaron el resto de la mañana de viejas anécdotas. La militar estaba satisfecha con el trato. Con el dinero que obtendría de la venta del terreno, gracias a Baatar y Suyin, tendría suficiente para empezar a echar a andar su proyecto. Esto pintaba para ser un excelente día.
Para el mediodía regresaron a la hacienda y el resto de la tropa que había acompañado a Kuvira desde la capital estaba reunida en el frente de la casa mayor. Mako y Bolin se sorprendieron de ver a Korra caminando como si nada por la hacienda. Algo había hecho su amiga la morena para pasearse de forma tan campante por el lugar. Ya hablarían con ella cuando estuvieran a solas.
La comandante paso lista a sus hombres y les asigno algunas tareas de vigilancia en el pueblo y la hacienda. Estarían apoyando a la guardia local. Ordeno a Korra hacerse cargo de la seguridad y Baatar la ayudaría en lo que necesitara, solo que él únicamente supervisaría que las indicaciones de la comandante se siguieran al pie de la letra. La chica de los zafiros se mantuvo ocupada toda la semana organizando y entrenando a la guardia local que era por decir lo más, simplemente mediocre.
Prácticamente no había tenido tiempo para acercarse a Asami quien la esquivaba cada vez que esta llegaba a la hacienda a descansar. Su padre le había llevado su vieja guitarra, aquella que tocara por las noches para cantarle alguna canción a su rayo de luna. Volvió a retomar esa vieja costumbre. Se ponía en el patio central, sacaba su guitarra y mientras que Baatar, en ocasiones Mako y Bolin, la acompañaban tomando un poco de alcohol y cantando a ronco pecho. A Kuvira eso le resultaba muy gracioso, ver a su dura y áspera jefa de la guardia cantando con tanto sentimiento que a veces pasaba un rato con ellos para despejarse del trabajo para después retirarse a su alcoba con su esposa. A Asami eso no se le hacía ni pizca de gracioso y le ponía los nervios de punta. Sobre todo cuando a Korra se lo ocurría la grandiosa idea de cantar su vieja canción, lo cual sucedía casi todas las noches.
– o –
Más de una semana después llego un mensajero al pueblo. Un soldado traía una carta para la dueña de la hacienda y otra carta para Baatar Beifong. La primera era una misiva con el sello de la presidencia, la segunda una carta personal, ambas con el mismo remitente. Korra llevo las cartas personalmente en cuanto le fueron entregadas.
Para su buena suerte, ese día Kuvira estaba en la casa mayor dirigiendo unas obras de mantenimiento en las caballerizas y Baatar como siempre la acompañaba.
– Traigo noticias de la capital. – Dijo en cuando los encontró.
– ¿Carta de quién? – Cuestiono con curiosidad y la morena le mostro el sello presidencial.
– ¡Oh! – Fue lo único que dijo la comandante y tomo la misiva abriéndola con rapidez.
Korra entrego la suya a Baatar quien también la abrió.
– Mi madre envía saludos. – El chico de las gafas leía con premura la carta. – Vendrá de visita…
– Dentro de una semana. – Completo la militar quien había terminado de leer su carta en fino papel. – Viene personalmente a supervisar el avance de la construcción del ferrocarril.
– Y traerá a la familia con ella. – Termino de decir el joven capitán.
– Es un aviso con poca antelación. – Korra hizo la observación.
– Así es mi madre cuando algo le incomoda. Debe haber algún inconveniente para que ella se movilice con toda la familia o solamente viene a visitarnos y conocer a tu esposa. – Comentó Baatar dirigiéndose a Kuvira.
La chica de ojos aceituna trago saliva pensando en cuál era la razón real por la cual Suyin Beifong dejaba la comodidad de la capital para venir a tomar el aire de provincia.
– Sea cual sea la razón, debemos prepararnos para su llegada. – La dueña de la hacienda dejo las caballerizas yendo a la casa, debía comenzar a organizar los preparativos para la importante visita, Korra y Baatar la siguieron.
– o –
Bueno hasta aquí llegamos. ¡Fuuuhh! Esas fueron muchas palabras. Espero les haya gustado el capítulo, tratamos de mejorar cada vez y al ver hacia atrás en los primeros y mirar estos últimos capítulos, puedo apreciar que la cosa fue mejorando en cuando a la escritura y la redacción, sin embargo aún nos queda mucho camino por andar. Así que no me dejen sin un review, no sean codos.
Espero sus comentarios con ansias. ¿Qué les ha parecido este episodio? ¡Cuentenmeeeee!
XD Saludos y cuídense.
