Hola de nuevo! Por fin estoy consiguiendo acercarme a esa imagen que taaaanto me gustó y que me hizo escribir tooooda esta rallada mental, je. Supongo que lo entenderéis cuando lo léais... quien lo lea, jajajaja!
Gracias como siempre por los comentarios. Perdonar también todas las meteduras de pata (incluídas las "electrónicas" que menciono, pues no tengo muy claro que exista realmente algún tipo de "aparato" como el que escribo en esta parte. Ya lo entenderéis cuando lo leáis, je).
Un último apunte, especialmente dirigido a Avarel Van-Castada: Tienes toda la razón, yo misma sentía un poco lejanos a Damon y Elena... y quiero que sepas que, tras leer tu comentario y pensarlo detenidamente, estoy preparando un... cómo decirlo... un "momento 3x19" de estos dos. O algo así, je. Espero terminarlo pronto y ponerlo como la siguiente parte a ésta ;)
Muchísimas gracias por leer, y por los comentarios!
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Suceda lo que suceda en el mundo, se den los cambios que se den, hay algo que siempre permanece estable: el tiempo. Jamás se detiene, tan solo avanza sin tregua ni cuartel. Y, suceda lo que suceda en Mystic Falls, esta variable tampoco se interrumpe, sino que continúa y continúa adelantando a los minutos y a las horas.
De este modo, Mystic Falls se despide del día, saluda a la noche, y vuelve a despertar con suaves rayos de sol interrumpiendo en las casas, y más concretamente en la ventana del cuarto de Stefan Salvatore, donde Elena se mantiene en la inconsciencia más absoluta... hasta que despierta de golpe.
Y está sola en el lecho. Lo sabe tan pronto abre los ojos y contempla el techo de la habitación. Por unos instantes, teme que todo se haya estropeado por lo sucedido horas antes: Cuando Stefan le dio las noches con un beso que no quería dar por terminada la actuación. Cuando comprendió que su novio, aquél al que ella eligiera no muchos días atrás, quería finalmente intentar volver a ser dueño de su cuerpo.
Y ella se vio respondiéndole, claro. Con su cuerpo hirviendo en pasión mientras Stefan besaba su cuello, con sus manos a punto de engarfiarse de pura desesperación... hasta que él había vuelto su rostro al de ella y la había mirado con auténtico ardor en unos ojos ennegrecidos...
Siendo ese preciso momento el que su cuerpo había decidido, nuevamente, volverse un témpano de hielo. Siendo ese instante en el que una única palabra le había llenado la mente y los labios: "no". No podía.
Y él parecía haberlo comprendido. Había asentido muy muy despacio, esbozado una triste sonrisa conciliadora, y dado las buenas noches... para tumbarse nuevamente a su lado y terminar el momento con un silencio mortuorio.
Ni siquiera le había podido pedir perdón, no había podido explicarse... porque no entendía por qué se había detenido. Era Stefan, por todos los santos. Su novio. El amor de su vida, su compañero. Su amigo.
Poco a poco su cuerpo se había ido suavizando, para caer repentinamente en el sueño congestionado de la especie a la que ahora pertenecía... Hasta volver a despertar, ahora sola y con múltiples dudas rondando por su cabeza.
¿Qué le estaba pasando? ¿Era por su conversión? ¿O ésta sólo estaba amplificando algo que no quería, que no podía admitirse a sí misma?
- Buenos días, preciosa- del susto, está a punto de caer de la cama, mientras Stefan hace su aparición en el cuarto. Parece apresurado, porque recoge una camiseta con rapidez y se cambia allí mismo-. Lo siento de veras, pero tengo que irme: Caroline me ha llamado, por lo visto ha habido una infiltración repentina de uno del Consejo que no habíamos tratado aún hacia más gente... y necesita mi ayuda para obligarlos a olvidar.
Automáticamente, Elena se levanta, y comienza a buscar su ropa entre el pequeño montoncillo de prendas que están colocadas sobre la mesa.
- Voy contigo, Stefan.
- No creo que sea lo conveniente, aún no. Es muy pronto, Elena. Habrá muchos humanos delante, humanos que no son amigos tuyos directamente, y... No creo que sea lo más adecuado- al ver su cara de decepción, él se aclara la garganta... y de pronto su rostro adquiere un tinte... incómodo-. Además, necesito... necesito que me hagas un favor aquí.
Y ella no sabe por qué, pero siente repentinamente cómo su cuerpo se tensa. O quizás sí lo sabe. Quizás no quiere pensarlo. Quizás todo se reduzca a un nombre, un nombre que no quiere oír.
- Necesito que vigiles a Damon- y el dichoso nombre parece estallar en la habitación, aunque sólo son sus oídos los que parecen reventar con él-. Sigue hablándole al vacío, Elena. Lo oí. Y tengo miedo de que vuelva a sucederle lo de la otra vez... y esté solo.
- No va a dejar que me quede a su lado, Stefan- su propia protesta le suena demasiado vacía.
- Lo sé. Por eso me he levantado esta mañana antes de tiempo, y... Le he colocado un micrófono en la cámara, porque es donde está aparentemente yendo más, y donde menos podemos oírle. En el resto de la casa, podemos acercarnos un poco más y escucharle más o menos bien. Aquí tienes los cascos, procura no salir de casa con ellos, o perderás la conexión- le acerca un pequeño aparato negro con auriculares, y la nueva vampiro los contempla estupefacta, mientras sus manos aceptan titubeantes el pequeño receptor-. Lo compré todo ayer en el pueblo.
El silencio atónito de Elena parece ser más que suficiente para Stefan, dado que tose incómodo, y se mueve con nerviosismo por el cuarto.
- Lo sé, no es algo muy honorable precisamente, Elena. Y créeme, no estoy orgulloso de ello. Pero tú más que nadie tiene que entenderlo: por muchas peleas y mucho odio que nos hayamos podido tener... sigue siendo mi hermano. Un hermano que en varias ocasiones me ha ayudado. No puedo dejarlo en la estocada.
Ella estrecha los ojos y se muerde el labio con fuerza.
- Cuando le pasó lo que fuera que le pasó no pudimos hacer mucho por él.
- También lo sé. Pero... ¿preferirías no estar cuando eso le sucediera? No quisiera llegar a casa y encontrármelo... ya sabes, mal. Le prometí a Caroline que la ayudaría; y no sólo eso, es que para nosotros mismos nos viene bien terminar con todo el asunto del Consejo de una vez por todas. Tengo que irme, Elena. Debo hacerlo. Pero no puedo dejarlo solo.
No, no puedes. Y yo tampoco podría.
- Es mi hermano-y con esas tres palabras susurradas en un tono angustiado queda aplastada toda posible resistencia... Aunque duda que realmente hubiese existido en algún momento semejante muro de impenetrabilidad.
- De acuerdo. Lo haré- asiente con firmeza, y cobija el aparato entre sus manos-. Te avisaré si sucediera algo.
- Gracias, de verdad. Ah, y otra cosa-una suave sonrisa le tiñe el rostro, y ella se encuentra instantáneamente correspondiéndole sin poder evitarlo-. Esta tarde quiero que estés preparada para salir. Tenemos que empezar a hacer cosas más... cotidianas, ya vale de estar todo el día encerrada. Iremos poco a poco, por supuesto, pero... tengo una sorpresa para tí- se acerca más a ella, y deposita un suave beso en sus labios.
- Pero Damon...
- Hablé también con tu hermano, si Damon siguiese encerrado en la cámara vendrá con Matt para vigilarlo.
- ¿Jeremy y Matt a solas con Damon? No creo que sea buena idea, Stefan.
- Tranquila. Ya han estado con él, y no ha pasado nada. Sabes que no les hará nada, no podría por tí- eso último parece tensar ligeramente el corto espacio que queda entre los dos, y Elena se apresura a besarle en la frente, dando una conformidad silenciosa-. Te quiero, Elena- le susurra. Y ella sonríe de nuevo, lo abraza, y le murmura un "te estaré esperando, no llegues muy tarde", que hace que el vampiro suspire satisfecho y salga finalmente del cuarto, dejándola sola con unos auriculares por única compañía...
Auriculares que se coloca en las orejas, encendiendo justo después el pequeño botoncito de la máquina que llevan consigo. Un silencio con un suave y confortable crepitar penetra en su sobre amplificado conducto auditivo, y se levanta para comenzar un nuevo día acompañada de los diarios de Stefan (que él finalmente le ha dejado leer, a pesar de su evidente incomodez por sus años tenebrosos), y de ese silencio mecánico que parece augurar algo importante, algo quizás molesto... y algo interesante.
Comienza el espectáculo, sea lo que sea.
No es hasta que oye la puerta principal cerrarse tras su novio, cuando se da cuenta de que no le ha respondido realmente a su declaración. Ningún "te quiero" que antes le salía de los labios sin apenas pensarlo, expresiones que, desde que lo había conocido, jamás le había costado decir realmente... No, no le ha dicho nada.
Absolutamente nada.
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Damon Salvatore despierta al son del ruido de una motocicleta a una distancia considerable de la mansión, y con un único pensamiento en mente: volver a la cámara. Picar algo rápido, ducha bien veloz, y discusiones absurdas, suena estimulante como orden del día.
Es cierto, tiene que reconocerlo: la fisgona empieza a ser una compañía cuanto menos entretenida, que le hace olvidar por unos instantes dónde está, con quién comparte casa, aquellos que se han ido para siempre de su lado (y sin tomar siquiera una última cerveza juntos, maldita sea), y...
Elena.
Cómo no.
Aparta de un manotazo imaginario el nombre de su mente, y silbando se levanta del lecho y se da una ducha rápida, ducha que devuelve halos de vapor a los espejos y le hace dibujar pequeños círculos unidos entre sí con los dedos sobre la mampara, humedeciendo aún más si cabe las yemas de sus dedos.
No es hasta que lleva cuatro o cinco "pintados" cuando se detiene en seco, dedo en ristre y expresión de seguro sorprendida. Hacía... joder, hacía muchos años que no se veía con lo de los circulitos. Una manía ridícula que había cogido de su madre, cuando él era pequeño y ella le lavaba en agua casi hirviendo. Los dos juntos pintaban y pintaban, se "pisaban" el uno a la otra los circulitos que dibujasen, en medio de sonrisas y auténticas carcajadas. En aquel entonces, los círculos eran matizados en otras superficies, por supuesto; pero los hacía, claro que sí.
Cuando era humano.
Su cuerpo se tensa por el impacto de esa realidad. Cuando era humano. Hacía más de ciento cincuenta años.
Sacude la cabeza con confusión, y termina la ducha rápidamente, para salir con el pelo aún chorreando agua y los pantalones y camiseta excesivamente pegados a su húmedo cuerpo. Sus pies se le asemejan a tristes pescados recién salidos de la pecera, metiéndose mojados dentro del calzado. Pero vamos, tampoco es que se preocupe mucho: hace tanto que no puede resfriarse, que ya ni recuerda lo que se sentía al respecto.
Sale del baño, y avanza después con pasos demasiado grandes incluso para él, como si con ello consiguiera comprender de ese modo qué acaba de pasar minutos antes. Como si el llegar cuanto antes a la cámara hiciera que el desconcierto saliera despedido por sus zapatos. Sí, pasos enormes, zancadas inmensamente elocuentes... Que lo hacen detenerse a mitad de camino, justo al pasar por enfrente de la puerta entreabierta del cuarto de su hermano.
Puede ver el trozo marfilíneo de una pierna de ella desde donde está, y algo en su interior se retuerce sólo por eso. Quiere salir corriendo, tirarse desde cualquier acantilado que encuentre; pero no consigue que su cuerpo se mueva de donde está. Lo que le faltaba: modo acosador encendido, qué estupendo.
Elena está sentada en una silla, vestida con unos sencillos pantaloncitos cortos y una blusa oscura; así como concentrada al parecer en algún escrito apoyado en la mesita que usa Stefan como escritorio (eh, ¿podría jurar que es uno de los "cuadernos guión lamentos" de su hermano?), el codo derecho sujetando la cabeza camuflada por la cabellera, y con unos cascos insertados en los oídos. Los observa rebosar por el lóbulo de las orejas, deslizándose impenitentemente sobre su blanco cuello, caer sobre la camisa y hundirse en algún bolsillo de su pantalón, bajo la mesa. Por unos instantes le da por pensar tontamente cuál será la música que debe estar escuchando, mientras sus ojos parecen esforzarse en comerse cada milímetro del cuerpo de la vampiro. No debe tenerla con mucho volumen, ya que desde su posición no consigue escuchar absolutamente nada.
Me encantaría que me oyeras sólo a mí. No a tus amigos, no a tu hermano o al mío. Sólo a mí.
El pensamiento le hace esbozar una melancólica media sonrisa, y se intenta dar ánimos para acercarse a ella, pedirle perdón por la manera en que la trató apenas un día antes. Pero no puede, no puede...
Porque teme que, al tenerla a escasa distancia, sus palabras se perdieran en un batiburrillo de inconexas letras y sonidos y terminara intentando decirle con las manos lo que jamás ha conseguido expresarle con la boca. Casi un año juntos, codo con codo, sin Stefan de música de fondo... y nunca pudo decirle lo que sentía. Bueno, sin compulsión posterior a considerar, vaya.
Pero, ¿qué importancia habría tenido el decirle algo? Ella no le quiere, se reitera, furioso. Nunca le ha querido, sólo ha sentido una fuerte atracción por él que se ha convertido en humo frente a su balbuceante hermano pequeño. Tan sólo hubiera hecho el ridículo, habría puesto su corazón (si es que se puede considerar así) en una bandeja... y ella lo habría despedazado delante suya, con una mirada lastimera que lo habría conminado a cargarse a medio Mystic Falls. El amor épico es el de Stefan y Elena, por supuesto. Claro que sí. Damon nunca ha sido nada más que un buen amigo que, frente a una obligada austeridad sexual se convirtió para ella y durante un tiempo determinado en una mera distracción, un simple "eh, vaya, qué bueno estás".
Sus ilusiones no fueron más que eso mismo: ilusiones. Esperanzas vanas, y vacías.
Siempre vacías.
Apenas se da cuenta de cómo sus ojos se enrojecen por unas lágrimas que comienzan a resbalar por sus mejillas, y terminan de mojar una camisa de por sí mojada de agua del baño. Nunca me has querido, Elena. Al igual que Katherine, siempre preferís al bueno de los Salvatore, al mejor de los dos hermanos.
¿Pero sabes qué? En el fondo, haces bien por no quererme. Y es bueno que jamás lo hagas... Aunque yo nunca deje de hacerlo por tí.
Lentamente, sus pies se ponen en movimiento, alejándole del cuarto donde ha estado a punto de ceder a su agónica tristeza. Sabe que si lo hiciera, su mente impondría un foso imposible de sortear para su cuerpo, y podría permanecer siglos estancado en el dolor. En el dolor... y en la cólera. Debe distraerse, sí. Terminar de hacer lo que diantre estuviese haciendo en la biblioteca y la cámara y largarse de esa casa, de esa amargura que amenaza con convertirle en un cuerpo sin cerebro u opinión.
La fisgona le entretendrá. A su manera, le hace olvidar el dolor unos instantes, con sus historias surrealistas y entretenidas. Seguro que hasta le saca alguna sonrisilla, ya que le resulta insultantemente sencillo molestarla con cualquier comentario... y algo así, en estos días, le relaja, para qué engañarse.
Tan pronto abre la puerta de la cámara, enciende la luz, y la observa leyendo distraídamente, siente destensarse alguna parte perdida que supone su corazón.
- Así me gusta: que sean las mujeres las que me esperen a mí, y no al revés. ¿Me echaste de menos?
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A una distancia separada por gruesos muros de hormigón, y en ese preciso instante, Elena Gilbert pega un brinco del susto, al escuchar de la nada la voz de Damon colándose en sus oídos. El sonido llega nítido, palabra por palabra a sus conductos auditivos, y le provoca un instantáneo aceleramiento en la respiración.
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(Continuará)
