Disclaimer: Ouran pertenece a Bisco Hatori (tristemente para mí)
Categoría: M, ¡vivan las emes!
Advertencias:
Universo completamente alternísimo, incesto, relación hombre/hombre (yaoi), violencia, lemon. Si está de acuerdo con todo eso puede seguir leyendo.

Notas
Me encuentro reeditando los capítulos desde el I hasta el XI. Los cambios son muy ligeros, por lo que no es necesario leer todo nuevamente, ¡abrazos para quien todavía tiene ganas de leer esto xD!

Advertencia para este capítulo: Lemon pseudo no consentido.


ADULTERIO
Su hermano gemelo no es más que un simple experimento.
Una mitad de él que fue creada para ser usado como conejillo de indias en un Laboratorio.
En realidad, él no es más que tú mismo, en otro cuerpo, idéntico al tuyo
¿Podría decirse entonces...que él era un narcisista, por amarse a sí mismo?


Capítulo X

Nótame, que tus ojos me observen solamente a mí.
Desquíciate por estar siempre conmigo, en una desesperanza que corte tu respiración cuando tu piel se aleje de la mía.
Llora, gime en dolor, revuélcate contra el piso, golpea los muros, grita.

Que la sangre se detenga en tus venas cuando yo no esté.
¿Soy lo más importante en tu vida, Hikaru?

El nombre de Sophie pestañeaba incansable en la pantalla del celular desde hacía horas. El pelirrojo se encontraba harto de la situación; el hermano menor dormía plácidamente en la cama, ajeno a lo demás.

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—A cambio —habló nuevamente Hikaru, captando la atención del otro. – Necesito que me hagas un favor.

Takashi volvió a asentir.

—Necesito tu departamento por algún tiempo.

Un juego de piezas se unió rápidamente en la mente de Morinozka, formando abruptamente el rompecabezas roto.

—¿Huyendo? —preguntó, casi sin interés.

Una sonrisa mal trecha se formó en las fisuras de los labios de Hikaru.

—Sophie no debe enterarse de nada, es por eso.

Takashi meditó unos instantes.

—Está bien.

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Y seguía pestañeando. Hikaru se encontraba a segundos de querer lanzarlo por el balcón; de seguro el aparato del infierno no resistiría caer desde un décimo piso.

Pero no.
Descolgó, llevándose el móvil al oído, sintiendo que el pulso le martillaba en el cerebro.

—Dime —murmuró.

La respiración casi fatigada, presurosa. Sí, aquella era Sophie.

—¿Dónde… estás? —la voz en un arrullo, no había duda, era Sophie.

Kaoru se removió entre las sábanas, captando la atención de su hermano mayor. Entonces, una de sus manos se dirigió al cabello largo, ensortijándose en medio de las hebras rojas, acariciando a su amado durmiente.

Toda duda se disipó completamente.

—Estoy muerto —respondió.

La respuesta de su esposa tardó en llegar.

—¿Q-Qué? —murmuró, con la voz casi extinguida.

—Estoy muerto —repitió gélido—. Así que no me busques —sintió que Sophie iba a decir algo más, pero colgó antes de escucharla. Dejó caer el móvil al suelo, y casi con ira mal infundada le aplastó con el zapato, haciendo trizas la pantalla.

—¿Hikaru? —percibió como la voz de Kaoru le llamaba, y volteándose hacia él encontró esos orbes ámbar observándole fijamente.

—Perdona, ¿te desperté? —murmuró con la ternura implícita en su voz, mientras se recostaba a un lado de su hermano menor, abrigándole en un abrazo protector. Kaoru aprovechó la instancia para hundir la nariz en el pecho de Hikaru, aspirando su aroma con fuerza, hasta impregnarse.

—No importa —susurró, cerrando los ojos un tanto adormilado.

—Descansa —le dijo, mientras le besaba en una de sus mejillas—. Mañana será un nuevo día.

Los latidos del corazón de su hermano mayor eran acompasados, rítmicos en una melodía suave y arrulladora. Mañana será un nuevo día; el simple sabor de aquellas palabras en sus labios le provocó una emoción que desde hacía nueve años no sentía. Quería recorrerlo todo, quería abrir los brazos y coger aire, aire y más aire, explotar si fuese necesario, deseaba tanto topar sus ojos con el sol.

Y ese latido, el corazón de Hikaru.

Sintió como los dedos largos de su hermano sostenían su nuca, acariciándole con suavidad, y quizá, casi con timidez, pidiendo permiso, deslizándose en medio de la bata que aún llevaba encima debido a la rápida huída que Hikaru le había hecho hacer. Un suspiro escapó de sus labios, acomodándose en medio del cuerpo del mayor.

Y ese latido.

Era un reloj, un verdadero reloj que contaba los segundos. Y el silencio parecía consumirse en medio del sonido de sus respiraciones, la de él rebotando en el pecho de Hikaru, y la de éste, perdiéndose más abajo del cuello de Kaoru.

Y ese latido.

¿Así se sentía estar vivo?
Vivo…

La razón por la cuál somos gemelos.

¿Qué era esa voz?

Lo que hicieron fue… separar el gameto artificialmente.

Que alguien… callara a esa voz.

Mi padre me lo contó…

Que alguien… callara…

…tiempo después de casarme con Sophie…

¿Sophie?

…que tú eres un clon mío.

Incontrolable; el llanto pujó al grito y este estalló en una explosión violenta, sobresaltando al mayor de los hermanos, quien se incorporó en la cama con el menor entre sus brazos. Kaoru temblaba, mientras las lágrimas recorrían las mejillas ardientes en fuego, mientras sus manos se crispaban en la chaqueta de Hikaru.

—No es nada, Kaoru… no es nada… —arrulló el mayor mientras sus brazos le envolvían por la espalda, abrigándole—. Tranquilo, todo está bien, estoy aquí…

Oscuridad que absorbía cada espacio de su alma. Porque a pesar de ser nada más que una copia de lo verdadero, el pecho ardía como si verdaderamente Kaoru estuviese vivo.

Vivo.

Nunca estaría vivo, nunca podría disfrutar de considerarse un ser humano, de respirar con unos pulmones, de poseer tacto por medio de su piel. Todo eso se le había negado.

Asió con fuerza la chaqueta de su hermano mayor, pasándole los brazos a través del cuello, enterrándose en lo más oculto de su cuello mientras el llanto se volvía sordo.

¿Por qué dolía tanto si él no estaba vivo?

La delicadeza impresa en las manos de Hikaru le desestabilizaba por completo. Las palabras conciliadoras en su oído susurraban, resbalan por medio de su piel, alojándose en el hueco que ostentaba su pecho. Su hermano, lo que era él, lo que no era él, lo que nunca llegaría a ser, lo que merecía y lo que no, la vida que nunca tuvo, que nunca tendría. Era como un pedazo de sustancia artificial flotando en medio del espacio.

¿Podía un simple objeto sentir de tal forma?

Ahora entendía a su padre, porque nunca un gesto de cariño fue dedicado para él, porque todas las atenciones las recibía Hikaru, porque su hermano había sido merecedor de un futuro y él no, porque Hikaru tenía vida, dinero, estabilidad, una esposa.

Una esposa.
Alguien a quien amar.
Una esposa.
Sophie.

Las pestañas pesaban, los párpados también. Los ojos ardían como lava. Las lágrimas bañaban la piel del mayor, humedeciendo el cuello de su camisa, arrastrándose hasta los largos cabellos del hermano menor.

—oru… Kaoru… —percibió la voz de Hikaru en medio de las penumbras que su mente había provocado, y deshaciendo levemente el abrazo quiso observarle de frente, a aquellos ojos idénticos a los suyos—. ¿Qué sucede? —preguntó en un hilo de voz.

A diferencia de él, Hikaru si estaba vivo.

Deslizó una de sus manos en medio de ambos cuerpos, ante la mirada expectante del pelirrojo mayor, conduciéndola hasta el costado izquierdo de su pecho, sosteniéndola allí un momento.

La diferencia era radical, mínima, pero a la vez eterna.

Allí, en ese cuerpo, en el suyo, no había vida, ni rastros de ella.

—¿Kaoru?

Nótame, que tu vida gire en torno a mi respiración.
No dejes de observarme, nunca. Nótame, siénteme.
Siento, escucho, respiro. No existo.

Porque soy y no soy.

Existo como una realidad inconexa.
Como un trozo de carne trasladado en un túnel, oscuro, encerrado.
Y tú, afuera, en la luz.
Tú vives.

Yo nací muerto.
El llanto terminó durmiendo al menor, cobijado por los brazos de Hikaru, finalmente.


Los párpados pesaban, pegados como dos trozos de acero fundidos, y el sol comenzaba a molestar al escaparse entre los rendijas de la ventana y los pliegues descorridos de la cortina.

Kaoru abrió los ojos perezosamente, encontrándose con una realidad distinta a la que lo había recibido durante largos e interminables nueve años. Incorporándose hasta sentarse en la cama, notó como la luz se deslizaba en medio de sus manos encogidas en la cobija; se sentía cálido.

¿Qué era aquello?

Casi con miedo, pero con la curiosidad a flor de piel levantó ambas manos, intentando asir el haz que tanto llamaba su atención; algo desconocido, algo nuevo.

—¿Qué haces? —indagó su hermano mayor, apareciendo por la puerta.

—Está cálido —murmuró el menor, refiriéndose al rayo de sol que calentaba sus manos.

Hikaru sonrió al percatarse de que su hermano parecía un niño pequeño que recién conocía el mundo; el corazón se le encogió al percatarse de que aquel pensamiento era tan verdadero como nunca antes. Dirigiéndose hasta su hermano, se sentó en el borde de la cama, dejando una bandeja repleta de fruta picada encima de la pequeña mesita que se encontraba a un costado.

—Traje algo para que comieras —murmuró aún con una media sonrisa flotando en sus labios, guiando una de sus manos hasta el rostro de su hermano y acariciándolo lentamente.

Kaoru deslizó ambos brazos por el cuello de Hikaru, abrazándose a él con toda la fuerza que sus brazos le permitían.

—Hazme recordar… —arrulló el menor, hundiéndose en el pecho de su hermano—. Cada vez que lo intento, todo se mezcla… imagino que creo recuerdos yo mismo, cosas que nunca sucedieron. Quiero recordarte.

Quiero recordarte.

Kaoru jadeó sorprendido al ser arrastrado por el peso de su hermano hasta terminar recostado nuevamente entre las sábanas. Hikaru, a horcajadas encima de él y apoyándose en sus codos y rodillas para no aplastarle, le observaba con una expresión indescifrable.

—Siempre fuiste mío —habló, con la voz empastada por un sentimiento desconocido. Kaoru se sobresaltó al percatarse como los ojos de su hermano parecían dos pozos oscuros y profundos, interminables—. Nunca quise compartirte con nadie, ni con mi padre. Era feliz con que él ignorase tu existencia, porque eras únicamente mío, dependiente de mi. Siempre tan vulnerable, siempre con las recaídas de tus enfermedades provocadas por la reacción de tu cuerpo a los fármacos, siempre pálido, siempre necesitado de mi. Siempre mío.

Siempre tan egoísta.

.

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—Me gusta cuando tocas el piano.

Esbozó una leve sonrisa, a la par que su gemelo mantenía aquella melodía en sus dedos.
Cada roce de ellos con alguna tecla producía una tranquilidad inexplicable.

—Quiero que toques el piano sólo para mí.

Los dedos se detuvieron para que el menor de los gemelos observara al mayor con una mirada sorprendida por las palabras dichas.

—Sólo para mí.

Los dedos se detuvieron, para que el menor de los gemelos, observara al mayor con una mirada sorprendida por las palabras dichas.
—Sólo para mí.

—Está bien —sonrió el menor con ternura—. Desde ahora en adelante, sólo tocaré el piano para ti.

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Pero siempre mío.

—Porque eres mío y de nadie más, ni siquiera le perteneces a la muerte —sus dedos perfilaban las mejillas de Kaoru, sus labios murmuraban mientras con pasmosa calma se deslizaban por la piel descubierta del cuello del menor—. Te arrebaté de sus brazos y te traje de regreso conmigo, te encerré nueve años y continuaste siendo mío. Te convertí en escoria, y aquí estás, mío —los dedos de su mano derecha se habían sujetado firmemente al cuello pálido de Kaoru, ejerciendo una presión que comenzaba a dejar marcas irregulares y largas en la nívea piel—. Tanto si rompo este fino cuello tuyo ahora mismo, o cuanto más quiera hacerte, es mi decisión sobre tus deseos, porque eres mío.

A pesar de la sórdida situación, el rostro de Kaoru se mostraba inalterable, con una trémula sonrisa mal formada, quizás debido al tiempo transcurrido desde que no efectuaba aquel gesto.

—Entonces… mátame —habló sin hacer acopio de sus fuerzas, las cuales parecían estar muy, muy lejos—.Soy tuyo…

Los labios de Hikaru ya estaban clavados en los de Kaoru mucho antes de que pudiese continuar hablando, en un beso fiero, donde la magnitud de los sentimientos se hicieron irreparablemente etéreos.


Dolía, aquello dolía demasiado. Las uñas de Hikaru se encontraban demasiado largas, raspaban por dentro sin miramientos, se revolvían mientras el aliento de fuego golpeaba en el oído ya maltratado de Kaoru.

—Mío, mío —murmuraba el mayor, mientras su zurda acariciaba el hombro de su hermano, deslizándose por su abdomen y acariciando su ombligo—. Mío…

—Ah…ah… —no se había fijado cuando había comenzado a llorar, ni cuando su cuerpo había comenzado a reaccionar ante los estímulos en su ano, mucho menos cuando había comenzado a moverse contra esos dedos que le estaban torturando—. Du-duele…duele…

Hikaru se estaba restregando contra él sin pudor, con los pantalones y la ropa interior en las rodillas, frotando piel con piel, calor con fuego.

Y aquella invasión entre más dolorosa era, más placer entregaba. Hikaru le tomó con ambas manos por las nalgas, separándoselas con una bestial lujuria, jugueteando con la piel sensible y temblorosa alrededor de la entrada del pequeño. Kaoru enterró el rostro en el colchón, mordiendo el edredón mientras jadeaba, moviendo las caderas inconscientemente, en busca de algo que su mente no recordaba existiera, pero que su cuerpo rememoraba.

—Recuerda, recuérdame —y entonces lo sintió, como el aliento de Hikaru resbalaba por su piel húmeda, y como algo caliente se sumergía en la hendidura de sus nalgas, enterrándose cada vez más profundo; y como la boca de su hermano mayor succionaba una y otra vez. Kaoru comenzó a gritar, revolviéndose desesperado, agitándose, pidiendo por algo que no tenía idea, cuando inesperadamente se sintió vacío al detener Hikaru los movimientos con su lengua—. Quiero cogerte, quiero cogerte como esa vez…

Kaoru no asimilaba lo que esa vez, ni las palabras quiero cogerte significaban con exactitud, su cerebro no era más que un torbellino de sensaciones de placer que jamás creyó poder llegar a sentir.

Hikaru rechinaba los dientes, incapaz de obedecer a la voz consiente en su cabeza gritándole que aquello acabaría mal. Desde hacía horas que había matado a aquella vocecita. Desesperado, comenzó a restregarse nuevamente contra el trasero de su hermano, frotando una más que incipiente erección contra la carne débil y dilatada de su enano.

—Aaah, Hikaru, Hikaru… —murmuró Kaoru con la voz hecha añicos, incapaz de decir algo más. No obstante, aquellos tímidos gemidos consiguieron terminar con toda la coherencia de su hermano que, sin hacerse rogar por más tiempo, tomó con una de sus manos su necesitado miembro guiándolo hasta el ano del menor, introduciéndose lentamente, buscando el ángulo perfecto para hacerlo gritar; y Kaoru gritó, muriéndose por lo que sus entrañas estaban sintiendo, apretando las mantas entre sus puños, con la boca abierta en busca de aire que entrara a sus pulmones.

Hikaru se movía salvajemente, rivalizando con la ternura que sus manos acariciaban las caderas de su hermano menor, hundiéndose tan fuerte y tan hondo en cada embestida que Kaoru creía se partiría en dos como continuara así.

El sentimiento era perturbador, desquiciante, avasallante. El mayor de ambos se movía con demasiada brutalidad, con deseos de enterrarse para siempre en ese cuerpo y Kaoru aullaba de dolor, de placer, de agonía, de felicidad, de una ambivalente opresión.

—Mío, mío —y cada palabra por parte de Hikaru era una embestida, mientras su boca revoloteaba en la espalda de su hermano, mordiendo cuando se le daba la gana, dejando marcas que tardarían semanas en desaparecer.

Kaoru no sabía que seguía a continuación. Sintió que el pecho se le apretaba, la necesidad de que sus manos se dirigieran a la parte baja de su entrepierna a acariciar su miembro que sin sus órdenes se había excitado y ahora se restregaba contra las sábanas. Una necesidad de liberarse, de gritar, y todo era demasiado rápido, demasiado fuerte, demasiado doloroso, inentendible. Gritando, gimiendo, aullando, mordió el colchón, sufriendo el orgasmo más potente y terrible en todo lo que recordaba de su existencia.

Pero Hikaru no tenía deseos de acabar aún, y de un manotón le dio la vuelta, quedando ambos observándose de frente. Kaoru, con los ojos empañados en lágrimas y su conciencia a punto de desaparecer, pudo sentir como de una estocada fuerte su hermano volvía a invadirle, moviéndose primero con lentitud pasmosa y luego de vuelta a la rapidez salvaje y dolorosa.

Ya no había placer, ya no había un sentimiento avasallador de querer gritar, abrazarse a él; quería que se detuviera. Pero sus brazos estaban demasiado cansados, su cuerpo no respondía. Aquello le estaba doliendo hasta la médula, y su boca tenía un sabor tan amargo que creyó vomitaría.

No supo como, pero aún sintiendo los movimientos brutales de su hermano, los ojos comenzaron a pesarle, hasta hacerle caer en la dulce inconciencia.


El orgasmo convulsionante que atacó a Hikaru fue como una corriente eléctrica que hizo retornar a su cerebro a la realidad, percatándose de lo que había hecho. Su amado hermano estaba allí, frente a él, manchado en sudor, en semen, en lágrimas, con marcas moradas por todo el cuerpo, desmayado.

Y él estaba sobre él, como animal en celo, con su hombría desgarrándole el ano.
Y simplemente no podía creerlo.

—N-No… —susurró con la voz cortada, mientras un nudo en su garganta se formaba en busca de llanto—. ¿Có-cómo pude… hacerte esto…?

Y es que se había vuelto loco cuando Kaoru le pidió que le ayudara a recordar.

Él me olvidó, fue lo que pensó.

Y ante tal pensamiento, un desquiciante Hikaru se abrió paso para apoderarse de su cuerpo.

Mordiéndose los labios, el mayor se salió del interior de su pequeño hermano con cuidado y delicadeza, tomándolo en brazos luego para poder recostarlo en la cama y cubrirlo con las sábanas, dándose cuenta de que éstas se encontraban sucias y pegajosas, al igual que el cuerpo de Kaoru. Se enfureció consigo mismo, arrancando las mantas de un tirón, tirándolas lejos, dirigiéndose al baño para volver con un paño húmedo para limpiar a su hermano menor.

Su mente comenzó a trabajar de nuevo a medida que intentaba hacer desaparecer el pecado de su adulterio en su preciado hermano gemelo. No logró contener las lágrimas, y cuando hubo terminado, llorando silenciosamente se recostó a un lado de Kaoru, sin atreverse a tocarlo, aguardando al sueño.