Hola a todos, gente bonita!
Siento si he tardado mucho en actualizar, pero es que ando liadilla estos días (sumado a lo vaga que soy, como ya sabéis) así que no he podido traeros capitulo nuevo antes. Lo siento!

Bueno, no hay mucho que decir, espero que disfrutéis leyendo y muchas gracias a todos por los comentarios y las cosas bonitas :DDD Me hacéis muy feliz.

Sin más, os dejo con un capítulo donde no pasa nada ajajaja

Abrazos y besos:
El Ninja Samurai


Capítulo 9: La inmensidad del mundo

-De acuerdo... - Murmuró Kanon, alisando el mapa abierto sobre sus rodillas que había comprado hacía apenas unos minutos. -¿Cómo se supone que vamos a dar con él?- Con una miradita rápida le indicó a Milo que se estaba dirigiendo a él expresamente, regresando pronto su atención sobre el papelajo recién adquirido.

Por su parte, el antiguo santo de Escorpio se llevó una mano a la nuca para rascársela como muestra de ligero nerviosismo (una manía ya conocida por todos), acercándose hacia el otro un tanto más sin deshacer su posición sentada. En situación similar, cruzado de piernas sobre el suelo cementado, Kanon movió el mapa sobre sus piernas para facilitar la revisión visual de Milo, esperando ansioso mientras que los otros dos (es decir, Saga y Aioria) se limitaban a permanecer mudos con la mirada perdida en el horizonte.

-Uff... - Suspiró Milo tras un silencio pensativo, repasando con sus ojos avispados el dibujo de la zona que pronto se lanzarían a explorar. Era complicado y con su sola actitud reflexiva lo dejó claro, chasqueando la lengua mientras trataba de recordar. -Vale, lo mejor será que volemos hasta Moscú.- Asintió para si mismo, clavando su dedo indicador y, al menos antes, asesino sobre el lugar en cuestión.

-De acuerdo.- Dijo Kanon, escuchando atento a las indicaciones del único que parecía versado en viajes largos y extranjeros.

-Desde allí, cogemos otro avión hasta... - Milo hizo un pequeño silencio indicador, recorriendo con su dedo índice el supuesto camino a seguir y próximo viaje que les esperaba. - ... hasta aquí: Yakutsk, la "ciudad más fría del mundo".- Kanon asintió un par de veces más, absortos ambos ahora por el mapa.

-En la puta Siberia.- Dijo Kanon, no pudiendo evitar aspirar hondo ante la sola mención de aquel mundo desconocido y lejano que, pareciéndole casi irreal por la lejanía, los recibiría pronto quisiera este cargar con ellos o no.

-En la puta Siberia.- Repitió Milo como afirmación, no pudiendo contener una risa queda y ahogada de pura resignación.

-¿Y luego?- Y es que Kanon intuía que aquello no podría ser tan fácil, sabiendo a pesar de conocerlo poco que Camus nunca se conformaría con vivir en una zona relativamente alcanzable y normal. Siempre fue un tipo muy raro, se dijo Kanon.

-Bueno, luego vendría la peor parte.- Milo se encogió de hombros, centrándose en el mapa y sus indicaciones para evitar pensar en el temor extraño que le despertaba la visita que pretendían llevar a cabo. -Desde Yakutsk tendríamos que llegar hasta Ust-Nera como mejor podamos. - Dijo Milo, no pudiendo evitar el mesarse el mentón pensativamente debido a la dificultad que estaba planteando y lo mucho que aún quedaría después. -Luego desde Ust-Nera tendríamos que recorrer la autopista de Kolima, que debe estar... - Un poco perdido, que ni siquiera Milo había llegado tan lejos, tanteó con su dedo el lugar por el que más o menos intuía que debía andar la mencionada autopista. - ... por aquí, creo yo. Y ya desde ahí llegar hasta Oymyakon que intuyo que queda por aquí, o al menos cerquita.-

-¿Y eso qué es?- A Kanon tanto nombre misterioso y lugar extraño le comenzaba a sonar a chino mandarín, no pudiendo evitar fruncir el ceño con confusión. -¿Una ciudad?- Dijo ligeramente esperanzado, sabiendo de ante mano que facilidad semejante no iba a darse en absoluto.

-¡Jah! Ya nos gustaría, ya.- Milo lo sacó pronto de su sueño, retirando por fin la vista de aquel mapa mientras dejaba escapar una sonrisa entre amarga y divertida. -Oymyakon es un pueblo, un pueblo enano al que llaman el Polo del Frío y que solo debe tener un jodido puñado de habitantes.- Kanon se tragó un gruñido de molestia, diciéndose a si mismo que debía haberlo esperado y que, en gran parte, ya lo imaginaba desde el principio. De nuevo, Camus no podía haber decidido formar una nueva vida en algún sitio corriente y sencillo, desde luego que no. Por este tipo de cosas Kanon nunca se llevó demasiado bien con él. Siempre lo consideró como una especie de extraterrestre que pretendía adecuarse a las costumbres humanas (con bastante malos resultados, además), recordándole a algunos de esos usurpadores de cuerpos que tan famosos se hicieron en las películas.

-De puta madre.- Murmuró Kanon irónico, aguantándose las ganas por malmeter contra el antiguo santo de Acuario debido a la presencia de su más cercano (y seguramente único) amigo.

-Sí, de puta madre.- Repitió Milo de nuevo, no pudiendo evitar una ligera diversión al comprobar satisfecho que hasta el mismísimo Kanon, aquel tozudo de voluntad inquebrantable y optimismo constante, parecía contener unas ganas tremendas de echarse atrás. -Tenemos que viajar hasta Moscú para llegar a la ciudad más fría del mundo en la puta Siberia, viajar hasta otro lugar jodidamente frío y recorrer una autopista que llaman "carretera de los huesos" para dar con el Polo del Frío.- Ante semejante cosa, Aioria y Saga les dedicaron una miradita de ligera atención, habiéndose enterado malamente de cuanto habían dicho los otros dos. No soltaron palabra, regresando Saga a su posición hundida de hombros mientras que Aioria se acomodaba de nuevo en el mismo lugar, fumando distraídamente un cigarrillo.

-Bueno, al menos será un pueblo pequeño.- Desbaratar la ilusión natural (a veces hasta frustrante) de Kanon nunca sería una tarea sencilla, encogiéndose de hombros con una sonrisa luminosa mientras trataba de buscar el lado positivo de tanta complicación y gélido futuro. -Dar con el puñetero Camus será sencillo una vez lleguemos allí.- Ante la mención del nombre maldito (y ya iban dos, siendo el primero el de Delia), Milo no pudo evitar una expresión dolorosa que aunque fugaz, no pasó desapercibida para el otro. Decidió ignorarlo, no obstante.

-Olvídate de eso.- Dijo Milo, chasqueando la lengua con pesadez para después suspirar larga y sonoramente. -No vive en el pueblo, pero la última vez que supe algo de él debía andar cerca.- Una oleada nostálgica pareció hacerse hueco en su interior, clavando rápido su vista sobre el mapa para evitar ser analizado por el ojo descubridor del siempre atento Kanon.

-¿Cómo que no vive en el pueblo?- Y es que dónde iba a vivir si no, que incluso siendo Camus a Kanon le resultaba imposible semejante afirmación. Incrédulo, el menor de ambos gemelos esperó ansioso por la explicación pertinente, comenzando a rogar por que mantuviera su hogar en las afueras de dicho pueblo o algo similar. Nuevamente, una voz interior se rió de él y le exigió que dejara de soñar. -¿Tiene una casa cerca o algo así?- Kanon lo intentó de todas formas.

-¿A dónde leches me estáis llevando?- Susurró Aioria, dándole una calada larga a su cigarrillo mientras negaba con la cabeza resignadamente. Una vez que había aceptado él no iba a echarse atrás pero, cuestionar aquello aunque fuera para si mismo, había sido algo imposible de contener.

-No tiene ninguna casa.- Pero fue buenamente ignorado, soltando aquello Milo con molestia mientras negaba con la cabeza, todavía falsamente atento al mapa. -Vive por ahí en plan nómada o algo así, con una tribu asalvajada o alguna mierda similar.- Y más que hablar parecía que lo estaba maldiciendo, no pudiendo evitar el que todo su profundo y doloroso enfado comenzara a volverse notable. -Una gente rara que conoció cuando le dio por jugar a ser diplomático.- Kanon abrió su ojo sano con sorpresa desagradable, pareciendo tan incrédulo de la noticia como Milo lo había estado hacía bastantes años atrás.

-Espera, ¿eso iba en serio?- Y es que Kanon nunca entendería a los tipos como Camus (si es que acaso había más como él, cosa que dudaba), abriendo su mano con indicación mientras trataba de expandir su mente ante decisiones que tan absurdas y locas se le hacían. -¿Cuándo las llamaban "tribus" se referían a tribus, tribus?- Una imagen primitiva y estereotipada acudió a su mente, imaginándose un montón de gente con ropajes extraños bailando y gritando alrededor de una hoguera. -De esas tribus que hacen cosas tribales y viven a lo... - No sabía demasiado bien como explicarse, teniendo Kanon que guardar silencio un instante para continuar sin haberse aclarado en absoluto. - ... a lo tribal, ¿Ese tipo de tribus?-

-Sí, ese tipo de tribus tribales que viven a lo tribal.- Escupió Milo, soltando seriamente semejante frase a pesar de lo ridículo que podría haber sonado.

-Su puta madre.- Dijo Kanon entre dientes, maldiciendo en todas las formas posibles a aquel cuyo paradero y forma de vida comenzaba a resultar tan misteriosa como complicada. Definitivamente, ahora sabía que Camus no era simplemente raro si no que, bajo toda aquella frialdad y aparente inexpresión, debía estar completamente majareta. -¿Quieres decir que vive en el campo como un nómada o algo así? ¿En plan correteando por la puta naturaleza, a lo salvaje, como un jodido hippi desquiciado que ha llevado sus mierdas demasiado lejos?-

-No sé si es exactamente como "un jodido hippi desquiciado", pero en lo de la naturaleza y lo de nómada aciertas.- A pesar de su arranque anterior de furia oculta, Milo parecía totalmente resignado. -Lo único que sé es que la última vez andaban cerca de Oymyakon, pero yo solo he llegado hasta Yakutsk. Si tanto quieres dar con él, tendremos que buscarle y aún así puede que no le encontremos.- Junto a Saga y estando ambos tan sentados como los otros, Aioria se asomó como pudo para encarar a Milo.

-¿Por qué sólo hasta ahí?- Cuestionó con curiosidad genuina y habiendo atendido tan solo al final de la conversación, logrando que tanto Milo como Kanon levantaran la vista para mirarlo.

-¿Eh?- Desagradable por motivos que el afectado desconocía, Milo le observó con mirada cansada a la vez que confusa. Por su parte, Kanon decidió regresar su atención al mapa mientras que Saga, levemente despierto, los vigilaba de reojo.

-¿Por qué solo llegaste hasta Yakutsk?- El inocente Aioria no hizo demasiado caso a la expresión claramente desdeñativa del otro, buscando saciar su curiosidad ante tal viaje inacabado de Milo.

-Porque quería ver la ciudad.- Mintió Milo automáticamente, clavando pronto su mirada también sobre el mapa como indicación de que daba la conversación por finalizada.

Kanon asintió perdidamente como muestra obligada de que creía en sus palabras, sabiendo no obstante que debía andar mintiendo descaradamente. A pesar de su conocimiento y de lo evidente que le resultaba tanto embrollo interno, el menor de Géminis optó por ser amistoso y no remover algo ya de por si explosivo, convencido como estaba de que ir por semejantes derroteros no causaría más que dolor y una rotunda defensiva del único al que podía haber llamado amigo alguna vez.

Saga, funcionando como barrera humana entre el curioso Aioria y el tenso Milo, continuó callado para clavar de nuevo su vista hacia el horizonte que el mar les mostraba. Por muchos desajustes que pudiera tener, Saga siempre fue un hombre inteligente, decidiendo guardar silencio y permanecer a sus propias cosas como señal de que ese tema intocable quedaba zanjado.

Aioria, en cambio, siempre fue más de instinto que de razonamiento.

-Claro, pero... - También fue siempre un tipo inocente, lanzando aquel temidisimo "pero" que hizo que los otros tres se removieran incómodos. Había algo más que gritaba por salir, algo velado y oscurecido que necesitaba soltarse como un huracán y arrasar con todo para, solo de esa manera, relajarse y dejar de cortar dolorosamente. Aioria no sabía que ocurría exactamente, de que se trataba o si acaso era realmente palpable o lógico, pero su interior salvaje le impulsaba dominante a continuar escarbando en aquella cuestión que había decidido remover. - ... pero antes has dicho que Camus andaba cerca de no-sé-qué otro sitio.- Kanon no sabía si quería golpearlo o palmearle la cabeza con ternura, observando tan de reojo como su hermano la expresión curiosa e inocente de un Aioria que no sabía mantener la boca cerrada.

Milo masticó algo, pareciendo que se debatía entre fingir que el otro no estaba allí o bien salir corriendo despavorido. O gritarle alguna burrada, eso también era una opción a tener a cuenta.

-¿Y eso qué?- Por suerte, no se decidió por ninguna de las tres cosas, soltando Milo aquello de manera matadora y punzante. Ante tan corto pero potente despliegue de desprecio, que la actitud del otro era suficiente para demostrar que sus dudas no eran bien recibidas, Aioria no pudo evitar mostrarse ligeramente inseguro.

-Pues... - Aioria titubeó un poco, no sabiendo si estaba realmente hurgando en una herida peligrosa o si bien Milo tan solo era tan idiota como solía recordarle, esquivando por un segundo la mirada hastiada y enfurecida que le estaba dedicando. Pero Aioria no iba a echarse atrás, claro que no. Ese no era su estilo. -Pues que es una lástima que llegaras hasta allí y no fueras a ver a Camus.- Kanon tuvo que aguantar con todas sus ganas el no girarse hacia Aioria y negar con la cabeza, sabiendo que aquel gesto no haría más que aumentar su confusión.

-Cómo si no hubiera mejores cosas que ver.- Se limitó Milo a decir entre dientes con un odio visceral, dedicando sobre Aioria una mirada burlona que prácticamente lo estaba llamando estúpido sin palabras.

-Pero él es tu amigo.- Y para Aioria sonaba como lo más evidente e importante del universo, abriendo sus ojos brillantes con total incredulidad.

-Como sea.- Escupió Milo entre dientes, agitando una mano con desprecio para después bajar la cabeza de nuevo hacia el mapa salvador.

-¿Por qué no querrías ver a tu... - El pequeño aspaviento que hicieron los hombros de Milo ante la inminente pregunta de Aioria fue suficiente, lanzándose Kanon a la aventura justo antes de que se desatara una nueva tormenta entre esos dos.

-De acuerdo, pues ya sabemos como dar con Camus.- Dijo Kanon alto y con su mejor actitud animada, fingiendo que había estado completamente perdido entre los dibujos del papel y que había regresado a la realidad en aquel preciso instante. Desenvuelto observó a sus tres acompañantes, logrando con su repentino comentario que la tensión reinante se dispersara un tanto. -Más o menos.- Indicó, encogiéndose de hombros con resignación debido a lo difícil que parecía dar con semejante energúmeno perdido entre las nieves. Aioria abrió la boca para decir algo, logrando que Kanon continuara veloz. Los necesitaba mínimamente unidos y para eso era preciso distraerlos. -Ya solo nos quedaría encontrar a Shaka. El último que supo de él creo que fue Shun y, según me comentó, se había asentado por algún sitio de India... - Con ilusión, Kanon rebuscó con su único ojo a través del mapa, dando con el país en cuestión y causando que su expresión alegre se deshiciera un tanto. - ... la cual es putamente inmensa.- Vagar durante décadas por todo el gigantesco y pobladísimo terreno no era, tampoco, una opción a tener en cuenta, llevándose Kanon una mano al mentón mientras buscaba en su cabeza por algún tipo de plan rápido, efectivo y lo más sencillo posible. Ciertamente, el lanzarse a la investigación para dar con cualquier otro de los antiguos santos dorados era una salida digna de cavilar, reflexionando que tanto por la complicada ubicación como por su propio carácter saber información segura de Shaka podía resultar una tarea, cuanto menos, imposible.

Shaka nunca tuvo muchos amigos ni se llevó demasiado bien con casi nadie, tampoco le vio nunca conversando amenamente con alguno o bien, simplemente, comportándose como una persona normal. Ahora que lo pensaba, Kanon apenas había cruzado alguna vez una mínima palabra con Shaka, siendo un tipo extraño y misterioso en el que nunca se había fijado demasiado ni tenido mucho en cuenta. Siempre se empeñó en conservar aquella capacidad de mantenerse al margen de todo.

Camus le caía un poco mal, pero en Shaka ni siquiera se había fijado demasiado alguna vez y, por lo poco que recordaba, no era un hombre sencillo ni amigable. Desde luego que no, acudiendo a su memoria la imagen borrosa de aquel antiguo compañero de personalidad más bien altiva (hasta el punto de rallar la prepotencia) que, flotando entre este mundo y el otro, les contemplaba con cabeza alta y actitud incluso condescendiente.

Quizá Shaka le daba algo de miedo y tampoco le caía demasiado bien.

Puede que no fuera una buena opción, después de todo.

-Shaka vive en Jashpur.- Aioria lo sacó pronto de sus dudas y cavilaciones, logrando con su inocente afirmación que tanto Kanon como los otros dos dieran un respinguito sorprendido. Resuelto e ignorante a las expresiones un tanto compungidas que recibió, el antiguo león de oro dio una corta calada a su cigarrillo para después señalar el mapa. -En una aldeíta pequeña y un poco alejada de todo.- Para Kanon era empujón y señal del destino suficiente, asintiendo atento a la vez que Saga y Milo contemplaban a Aioria entre sorprendidos e incómodos.

-¿Sabes cómo llegar hasta allí?- Cuestionó Kanon aguantándose la sorpresa para dedicarse completamente a su misión, sabiendo que había dudas más importantes que resolver.

-Claro, he ido un par de veces.- Para Aioria no había nada extraño ni sorprendente, sonriendo él también con alegría ante tal recuerdo mientras que el resto trataba de mantener la expresión más neutra posible. -En realidad, el año pasado fui unos días a verlos y... - De repente, la expresión contenta de Aioria se congeló, callando misterioso mientras que los otros trataban de no confundirse todavía más ante el plural que había utilizado. Con inseguridad y no sabiendo muy bien si decir aquello, el antiguo santo de Leo meneó la cabeza con pequeña reflexión, torciendo la boca antes de decidirse a continuar. -¿Sabes? Creo que no es buena idea. No creo que sea muy adecuado ir hasta su casa con esta... historia.- Dijo Aioria, tratando por pura naturaleza amable el no ofender a Kanon ni tampoco a si mismo o a los demás, que se habían dejado arrastrar por él. -Tampoco creo que sea buena idea exigirle nada ni pretender que se implique con nosotros.- Y Aioria soltó lo que los otros dos no se atrevían a pronunciar, respirando aliviados por la confesión dicha aunque fuera por motivos diferentes. Quizá Shaka no le cayera demasiado bien a ninguno, en realidad. Kanon abrió la boca con claras intenciones de quejarse, causando que Aioria le mirara con expresión seria y decidida. -No está pasando por un buen momento. Olvídalo.- Kanon no iba a hacer tal cosa, teniendo que tragarse el preguntar qué leches les pasaba a todos los antiguos compañeros que pretendía encontrarse y por qué a sus conocidos les parecía siempre tan mala idea.

-Nada, seguro que se alegrará de vernos.- Estaba decidido, asintiendo Kanon un par de veces con emoción al ver que todo iba marchando a las mil maravillas.

-Eh...- Pero Aioria no estaba de acuerdo, titubeando un tanto debido a que no parecía dispuesto a soltar demasiado. -Creo que no.- Se limitó a decir, esperando que el tozudo Kanon fuera convencido por tan corta frase.

-Eso tú no lo sabes.- Kanon se encogió de hombros, tratando de ubicar con su mirada en el mapa el distrito de Jashpur a pesar de que no tenía ni idea de por dónde podía quedar.

-Bueno, él es mi amigo y... - Las palabras de Aioria hicieron que tanto Milo como Saga le miraran boquiabiertos. Así que resultaba que Shaka tenía un amigo, uno lo suficientemente cercano como para haber ido un par de veces a su casa y, se daba el caso, de que tal tipo no era otro más que Aioria. Los habían visto llevarse medianamente bien, siendo quizá un poco más cordial con el santo de Leo que con los otros, pero nunca habían imaginado que podrían mantener algún tipo de amistad corriente y al uso.

Quizá Shaka les diera un poco de miedo a todos. No se trataba de una cuestión de poder si no más bien de un tipo de actitud sabedora, algo cruel a veces y solo crítica en otras.

-¡Perfecto, entonces!- Exclamó Kanon con resolución y su típico optimismo, haciendo que Aioria frunciera el ceño afligido. -¿Cómo no iba a alegrarse por ver a su amigo?-

-¿Sois amigos?- Pero Saga no estaba siguiendo el hilo que Kanon pretendía, no pudiendo evitar el cuestionar aquello a pesar de que todavía le costaba horrores dirigirle la palabra a Aioria. A Saga comenzaba a costarle demasiado el hablar con demasiada gente.

-Sí, desde hace muchos años.- Dijo Aioria con pequeña seriedad, demostrando que para él tampoco parecía fácil relacionarse con Saga cordialmente. -Solo cuesta un poco al principio.- Se encogió de hombros como si aquello se tratara de la cuestión más sencilla del mundo, decidiendo que esa era respuesta suficiente a las caras de incredulidad que estaba recibiendo. -Una vez le conoces bien, es un gran tío.-

-Seguro.- Kanon no se lo creía pero decidió no discutirlo, asintiendo entre irónico y afirmativo. Kanon siempre tan ambiguo. -Pero el caso es que ya sabemos dónde encontrar al "amigo Shaka".- Lo otro no le interesaba, no todavía, siendo una cosa totalmente irrelevante ante la magnitud de la misión que trataba de cumplir. -Así que, como vamos a ir a India después de la puta Siberia, deberíamos enviar la furgoneta jurásica de Saga hasta el sitio más cerca de Jaspar, o Jushpar (o cómo cojones se llame), que podamos.- Semejante cosa hizo que el dueño del jurásico cacharro encarara a su hermano con horror en los ojos.

-¿Qué?- Cuestionó incrédulo, sabiendo de ante mano que Kanon andaba hablando muy en serio.

-Pues que no vamos a dejarla aquí, digo yo. Necesitamos esa mierda de trasto para movernos por ahí.- Kanon lo dijo con total evidencia, respondiendo a la expresión entre furiosa y horrorizada de su hermano con otra de convencimiento total.

-¡No pienso enviar mi furgoneta a otro país diferente del que este yo!- Exclamó Saga incrédulo y molesto, clavando sobre su hermano una mirada atónita y amenazante. -¡Y no la llames jurásica, ni mierda!-

-De acuerdo, Saga.- Pero Kanon no iba a echarse atrás acobardado, adoptando su conocida actitud burlona e irónica que nunca traía nada bueno. Asintiendo falso, el menor de ambos gemelos aguantó la negativa del otro, sabiendo desde el principio que se saldría con la suya al final. -¿Te la vas a llevar hasta el pueblo de la puta Siberia, entonces?- A Saga le hubiera gustado responder que sí tan solo para callarle la boca por una vez en su vida.

-No.- Dijo entre dientes y con el poco orgullo que le quedaba (y que solo Kanon parecía capaz de sacar a la luz) herido, no dispuesto a ceder a pesar de todo.

-Oh, vaya, entonces la cosa está bastante clara y resulta que yo tengo razón.- Y a Kanon le encantaba tener razón, mostrándose altivo y orgulloso frente a un Saga cada vez más nervioso.

-¡No está clara en absoluto!- Saga no iba a dar su brazo a torcer, no esta vez y cuando se trataba de su muy apreciado vehículo. -¡La furgoneta irá a dónde yo vaya y estará dónde yo vaya a estar!- Saga adoraba su furgoneta.

-¡Qué materialista de tu parte, Saga!- Exclamó Kanon con dramática decepción, negando después con la cabeza y logrando que su hermano se molestara todavía más. -Y que poco práctico, además. Está claro que no podemos llevar la furgoneta a la puta Siberia. Es mucho más razonable y cómodo que la enviemos hacia India y la recojamos allí.-

-¡Qué no pienso enviar mi furgoneta a India mientras yo estoy en la puta Siberia, joder!- Saga estalló un tanto, haciendo que Milo los mirara de reojo bastante hastiado y que Aioria se mostrara sorprendido ante la discusión fraternal.

-Si no lo haces tú, lo haré yo, entonces.- Dijo Kanon con resolución y deseos ocultos por molestar a Saga, removiendosele dentro aquel resentimiento eterno que siempre mantendrían el uno con el otro.

-¡Cómo si pudieras hacerlo!- Saga se negaba en rotundo a que Kanon se saliera con la suya, decidido a ni siquiera pensar tal opción a pesar de que seguramente tuviera mucho sentido. -La furgoneta es mía, Kanon ¡No puedes enviar el coche de otro a otro país!-

-El de otro no, pero el tuyo sí.- Dijo Kanon con contento y altivez, señalando a su hermano con indicación. -Somos gemelos, majo, puedo hacerme pasar por ti en cualquier momento si consigo los... - En realidad, Kanon no sabía nada de ese mundo ajeno, ignorante como era del proceso o papeleo que lo que relataba pudiera implicar. - ... documentos adecuados.- Concluyó, dándose por satisfecho.

-Por si lo has olvidado te falta un ojo y tienes la cara hecha un cromo.- De repente Milo entró al ruedo, curioso como estaba de cuáles podrían ser los planes de Kanon ante la rotunda negativa de Saga.

-¿Y qué más da? Seguimos teniendo la misma cara.- Kanon se encogió de hombros, convencido como estaba de llevar a cabo semejante suplantación en caso de que fuera necesario. -Además, me he hecho pasar por Saga muchas veces, cuando eramos pequeños.- Saga lo miró con los ojos tan abiertos como la boca, ignorando Milo al susodicho mientras escuchaba atento las palabras de Kanon. -Lo de la furgoneta no puede ser mucho más complicado.-

-¡¿Qué tú qué?!- Era el colmo y un hecho del que Saga nada sabía, gritando aquello hasta con susto mientras esperaba recibir las explicaciones pertinentes.

-Solo tengo que decir que acabo de llegar de una puta guerra y que por eso tengo el geto así.- Pero Kanon no le dio a su hermano nada de lo que sería correcto, ignorándolo olímpicamente mientras cavilaba su plan junto a Milo.

-Lo de la guerra no es buena idea.- Aioria parecía dispuesto a participar en la locura, también, asomándose tras el incrédulo y furioso Saga con la intención de hablar con los otros dos. -Tendrías que dar muchas explicaciones. Lo mejor será que digas que tuviste un accidente de tráfico o algo así.- Dijo Aioria, que podía ser muy práctico y sencillo.

-De acuerdo.- Asintió Kanon, llevándose su única mano a la mejilla para rascársela pensativo. -Entonces, ¿nos presentamos allí y decimos que soy Saga o cómo va la cosa?-

-¡Qué Saga solo soy yo!- Exclamó Saga incluso infantil debido a la tensión, no sabiendo a cuál de los tres asesinar con la mirada.

-Eso solo no valdrá.- Nuevamente fue ignorado, negando Milo con la cabeza antes de continuar maquinando. -Tendríamos que quitarle la documentación.-

-Y los papeles del coche.- Dijo Aioria, más curtidos como estaban en los asuntos del mundo exterior que ese Kanon recién lanzado a lo mundano y común.

-¡Ni se os ocurra!- Gritó Saga, observando impotente como era absolutamente ignorado y futura presa de planes maquiavélicos.

-¿Dónde guardas los papeles del coche, Saga?- Le preguntó Kanon como si se tratara de la cuestión más inocente del mundo, logrando que su hermano no supiera si echarse a llorar desesperado o bien matarlos a los tres.

-¡¿Pero te crees tú que te lo voy a decir?! ¡Así, sin más!- Incrédulo ante semejante desfachatez y falta de consideración, Saga estalló frente a la cara de su hermano, a quien consideraba el gran blanco de su furia a pesar de que los otros dos habían participado alegremente. -¡¿Qué carajo te pasa?! ¡No...! Te crees... - Comenzó a trabarse en su propio enfado y crispación nerviosa, haciendo aspavientos con las manos mientras que su lengua se enredaba sin querer. -¡Sois unos...la furgoneta no...! ¡Bah!- Al final, Saga dio la tarea por perdida, lanzando aquella última exclamación con desdén acompañada de una sacudida violenta de su mano. Enfurruñado, el mayor de ambos hermanos decidió que había sido suficiente, recogiendo sus piernas frente a si para cruzar los brazos sobre sus rodillas. Con una mueca de desagrado malamente controlado, Saga se limitó a guardar silencio de nuevo mientras clavaba su vista enfadada sobre el paisaje calmante del mar frente a ellos.

Los otros tres esperaron unos segundos con parsimonia. Viendo que no parecía que Saga fuese a decir nada más al respecto y que ellos, la verdad, tampoco es que tuvieran mucho que comentar, al final optaron por callar también e imitar al enfurruñado.

El calor y el olor del mar, la hora vespertina que comenzaba a notarse por el cielo anaranjado junto con aquella visión inmensa que tenían frente a sus narices, hicieron que al final las cabezas de todos ellos se perdieran dentro de si mismas durante unos instantes. Ante sus ojos se extendía el océano en toda su fuerza e infinitud, relatando sin palabras a cuanto se acercara la historia de la inmensidad del mundo. No había límites visibles ni claras direcciones y la grandeza de la tierra que, a pesar de los golpes que pudiera sufrir, parecía resistir imponente y enorme, se rompía tan solo por el trocito de cemento como una terraza que se asomaba sobre el agua, sirviéndoles de asiento a cuatro extraños hombres que un día fueron llamados héroes.

Se suponía que fueron capaces de doblegar el cosmos y poner el universo bajos sus manos pero ahora, así quietos, con las piernas cruzadas sobre el suelo caliente y colocados frente al mayor signo de que el mundo era, definitivamente, inmenso, realmente ninguno de ellos se vería lo suficientemente grande como para afirmar cosa semejante. La tierra vivía y le gritaba a la humanidad que nada podría hacerle olvidar su existencia, que el asfalto y las ciudades no eran nada frente a una naturaleza más antigua que la vida misma.

Y si el mar, en su enormidad, era capaz de gritar semejante mensaje a toda la humanidad entera, ciertamente en que poca cosa se quedaban ellos que, por no tener, ni siquiera padres les quedaban. Ya no había misión vital que le diera un sentido a su existencia, no quedaban más historias y batallas gloriosas ni admiradores que les regalaran los oídos. Sin hogares auténticos ni apellidos conocidos, si quiera, sin apenas lazos de nacimiento ni tampoco demasiadas uniones de las escogidas.

El mundo era inmenso y ellos unos vagabundos. Unos sin nadie cuyas hazañas apenas se recordarían a través de historias sin autenticidad y demás honores dentro de un lugar perdido del que, la mayoría de la humanidad, jamás sabría nada.

Nadie escapa de la tierra ni del mar, ni de la nada ni del tiempo. Todo se vuelve pequeño cuando se encuentra enredado en la totalidad.

Sin haberse movido de su lugar, Milo suspiro larga y relajadamente.

-Adoro el mar.- Dijo perdido y de repente, habiéndole salido sola tal confesión debido a la contemplación larga y silenciosa. Sus palabras les hicieron despertar un tanto, removiéndose Aioria ligeramente incómodo mientras parecía que masticaba algo que no sabía muy bien si mencionar.

-Yo... - Al final, Aioria no pudo callarse, debatiéndose dentro de si mismo entre qué decir exactamente y de qué manera. - ... no demasiado.- Soltó, no pareciendo demasiado convencido con su propia confesión. Confuso, contempló más atentamente la superficie gigantesca y marítima, recapacitando malamente en su propia cabeza por el significado de las sensaciones contradictorias que le despertaba. La clara muestra que suponía de lo grande que era el mundo suponía un alivio para su persona, siempre tan atosigado por su alrededor pero, a su vez, tal cosa le despertaba un miedo irracional que lo hacía sentir muy pequeñito. Además, los seres humanos son criaturas terrestres y la naturaleza, que era poderosa en Aioria, le gritaba instintiva que el mar era peligroso.

-¿Quién te habrá preguntado?- Susurró Milo tan bajo que ni siquiera parecía haber pretendido ofender a Aioria realmente, no logrando afectar al susodicho debido a que andaba distraído por sus propias reflexiones. Chasqueando la lengua tan sigiloso como antes, el antiguo santo de Escorpio parecía que andaba afianzándose algo a si mismo más que buscando gresca. Milo notó un malestar creciente pinchándole por dentro, clavando veloz su mirada sobre el paisaje del mar para sentir un alivio casi instantáneo ante la imagen. El océano significaba que el mundo era enorme y que podía ir a donde quisiera, que cualquier lugar estaba a su alcance, en realidad. Significaba que podía huir lejos, muy, muy lejos si acaso lo necesitaba. Tan lejos que nadie antiguo pudiera encontrarle jamás.

-Pues para no gustarte demasiado, vives bien cerquita.- Kanon también había despertado de su letargo, observando el océano con expresión neutra y algo más seria de lo que era su costumbre. Al ver que había sido claramente hablado, el antes león dorado dio un pequeño respingo, teniendo aún que entender él mismo la respuesta a semejante contradicción.

-Bueno... - Aioria titubeó un poco, no sabiendo muy bien que decir al respecto. Nunca se le dieron bien estas cosas. -Tampoco lo odio. Es solo que... - Tuvo que pensar un poco, incapaz de ordenar y convertir en palabras sus propias emociones y sentimientos. - ... es demasiado grande... es inseguro y muy raro. No tiene nada que ver con las personas.- No era lo que quería decir exactamente, pero era lo más cercano que le había salido.

Kanon dejó escapar una carcajada seca y burlona sin poder evitarlo, haciendo que Aioria girara la cabeza hacia él para dedicarle una mirada de advertencia.

-¡Jah!- Una mirada de advertencia que no surtió ningún efecto. -¿Te da miedo el mar, Aioria? ¿Eres de esos que no se suben a un barco ni aunque los maten y que, cuando van a la playa, no se alejan de la orilla?- Y a pesar de la pregunta, Kanon sabía que la respuesta a aquello era un gigantesco y colosal "sí". Aioria era un tipo tan fácil y sencillo de leer... No como Camus o Saga.

-¡Claro que no!- Pero Aioria no iba a admitir algo así a pesar de que era cierto, comenzando a ponerse nervioso y a avergonzarse de si mismo. -¡Es solo que es muy... muy raro ¿vale?! ¡Y peligroso, ¿qué pintan las personas en el mar?! ¡No tiene nada que ver con nosotros!- Al final se descubrió a si mismo, evitando la mirada sabedora y satisfecha de Kanon por puro instinto al verse claramente pillado.

-Ajam.- Asintió Kanon, disfrutando notablemente el mal momento que le estaba haciendo pasar a Aioria. Ante tal escena Saga no pudo contener una risilla, regresando a la tierra de aquella manera tan ambigua y entre medias que le era ahora tan propia. Lo de la furgoneta ya se le había olvidado.

-A mi sí que me gusta el mar.- Dijo Saga con una sonrisa cerrada y serena, disfrutando del aroma salado y el ruido de las olas. Aunque le trajera recuerdos terribles y asfixiantes (como aquel intento de fratricidio), esos que lo habían convertido en un espejismo de si mismo, ciertamente el conocimiento de saber que era diminuto lo llenaba de calma y alegría. La visión del agua gigantesca indicaba que no era nadie, que no era nada, solo una partícula dentro del todo y que cuanto hiciera, en realidad, poco o nada tendría nunca de importancia. Que las consecuencias de sus acciones terribles serían apenas un nanosegundo en la historia del mundo, que el impacto no sería tal y que ni siquiera llegaría a ser un soplido.

El mar le decía que Saga no era nada ni significaba nada, que cuanto Saga hiciera tendría tan poca importancia como el mismo Saga.

Una sonrisa tranquila se dibujó sobre los labios de Saga y Kanon, que lo había estado vigilando de reojo, supo en seguida que aquella afirmación de su hermano no le había gustado absolutamente nada. No sabía por qué exactamente pero verlo allí, tan abandonado frente a la inmensidad, decidido a perderse a la deriva con tal de no hacer el esfuerzo por mantenerse a flote nunca más, llenó a Kanon de una molestia inexplicable que tuvo que aguantar para no buscarle las cosquillas a Saga y provocar así una pelea entre ellos.

Saga era un estúpido.

-Yo lo odio.- Escupió Kanon de repente, clavando su único ojo sobre el mar con expresión molesta. -El mar, quiero decir. Lo detesto.- Ante tales palabras los otros lo observaron ligeramente confusos, preguntándose cómo diablos un hombre que había pasado años, literalmente, bajo el mar era capaz de decir semejante cosa. -Lo detesto.- Repitió, pareciendo que quería dejarle claro al océano cuales eran sus sentimientos sobre él. No obstante, el muy maldito era inmune a sus malas palabras y mirada amenazante, recordándole constantemente que siempre sería mayor y más fuerte y que él, miserable y pequeñajo, no significaba nada importante ni traía consigo nada relevante.

El mar le gritaba constantemente que no era nadie y que sus empeños por llenarse de algo eran, cuanto menos, ridículos. Que moriría sin ser nada y que su desaparición no tendría ningún impacto real. Que si la partida de una diosa no había supuesto, en realidad, ningún problema a gran escala para el mundo (a excepción de la humanidad, que tampoco era nada), la suya no significaría absolutamente nada.

Y es que Kanon, al final, odiaba el mar por los mismos motivos que Saga lo adoraba.

Y Saga era un estúpido.

-Pero bueno... - Dijo repentinamente resuelto y jovial, haciéndoles saber a los otros tres que no podía traerse nada bueno entre manos. Sonriente se giró hacia su ahora calmado hermano, incapaz ya de contener aquel resentimiento inevitable que solo Saga era capaz de despertarle. -Entonces, dime, Saga.- El aludido salió de su agradable letargo no sin desgana, correspondiendo la mirada de su hermano con otra un tanto atontada y distraída todavía. -¿Dónde guardas los papeles del coche?-

Y el pequeño remanso de paz que habían conseguido se desvaneció en seguida.