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Café. Una taza. Dos tazas.
Últimamente, el café era algo común en Ginny. Las prácticas de Quidditch le exigían adrenalina, y con un par de tazas de café, estaba a la orden del día. Sabía que no era la mejor forma, pero con el frío que se arrastraba por todas partes e invadía su cuerpo, Ginny no encontró una mejor forma de mantenerse despierta y caliente.
-¿Qué número es esa taza? –preguntó Harry, entrando a la cocina. Ginny llevaba un mes viviendo con él. El chico se había acostumbrado ya a la compañía de la bruja, aunque no podía evitar sentir ese ligero ahogo seguido de fuertes palpitaciones que lo llenaban cada vez que la veía.
-Tres –contestó Ginny llevándose el envase lleno de café a los labios. Suspiró. Ya tenía que irse.
-¿No puedes conseguir otra cosa qué…?
-No –interrumpió la chica, apurando la taza de café. Harry le daba un sermón todos los días de que acabaría volviéndose adicta, y una cháchara más que Ginny nunca escuchaba.
Harry rodó los ojos y murmuró un leve "Adiós" cuando Ginny pasó por su lado, besó su mejilla y salió corriendo al campo de Quidditch.
Era ridículo su deseo de ser una taza, rebosante de café. Ridículo.
