Se que el cap de esta semana ya lo había subido, pero entre que llevo desde el lunes con un catarro que no me deja salir de casa y que tengo que ponerme a buscar cosas para el genderbend de Ganondorf que me estoy haciendo (algo que me da mucha pereza y acabo dejando para después) me ha salido otro cap, de modo que aquí lo tenéis.
El rostro de Zelda volvió a impactar nuevamente contra la arena de la zona de entrenamiento, mientras notaba a una de las mujeres contra las que había estado intentando luchar, la tal Aveil, apoyar el borde de su espada contra su cuello.
—Volví a derrotarla —sentenció la mujer con cierta sorna.
Zelda no entendía el motivo por el que esa mujer parecía alegrarse de cada derrota que le inflingía día tras día. Sólo llevaba dos semanas en la ciudadela, durante las que había pasado casi toda la mañana entrenando, siempre siendo vencida por las chicas contra las que les tocaba medirse.
La princesa admitía que nunca tuvo muchas expectativas cuando fue informada de que debería entrenar con las demás, para irse uniendo por completo a la rutina de la tribu. A pesar de que la joven sabía usar el arco con habilidad desde pequeña, pues su ama de cría se había empeñado en enseñarla, en lo referido al combate cuerpo a cuerpo era una completa neófita; aparte tenía que enfrentarse contra mujeres que llevaban entrenando toda su vida. Zelda había visto a las niñas pequeñas hacer ejercicios de habilidad mientras ella se preparaba para su propio entrenamiento.
Intentó levantarse, pero su cuerpo entumecido no le puso las cosas fáciles. Notaba sus músculos completamente tensos tanto por el esfuerzo al que los sometía durante el día como por la noche, pero a pesar del dolor que notaba con cada gesto, apretó los dientes y consiguió ponerse en pie, volviendo a colocarse en posición de defensa, esperando el nuevo ataque.
Zelda estaba intentando por todos los medios adaptarse a aquella sociedad que tan extraña le parecía, aunque le daba la impresión de que sus empeños caían siempre en saco roto. Antes de que el sol saliera por el este, abandonaba la cama y acudía a desayunar junto con el grupo de las mujeres que en ese momento se encontraran haciendo su turno en el palacio (había decidido llamarlo así aunque nadie le había dicho si era un palacio como tal, una fortaleza o el modo en el que se refirieran a ese lugar en la ciudad). Ganondorf nunca la acompañó en esas comidas a primera hora de la mañana; cuando la princesa se despertaba él ya hacía tiempo que había dejado la habitación, al parecer para entrenar por su cuenta.
Luego la joven debía pasar toda la mañana intentando ponerse al mismo nivel que las demás mujeres, como en ese mismo momento estaba haciendo. Mientras se esforzaba en mantenerse concentrada y en aprender todo lo posible, intentaba no escuchar los comentarios burlones que las otras soltaban de vez en cuando al verla morder el polvo. Sus rápidas palabras en gerudo muchas veces le eran ininteligibles, pero por el tono de sus voces no le cabía duda alguna del significado de las mismas.
Por las tardes se encerraba en el dormitorio, sin saber con qué llenar las horas muertas. Las mujeres no la acompañaban, los libros que había en aquel lugar se le hacían tediosos, pues muchas veces tenía que ir leyendo con suma lentitud para poder comprender los signos del alfabeto gerudo; ni siquiera su marido estaba presente. Únicamente lo veía durante las noches, cuando cenaban, ahora sí, juntos; siempre acompañados de otras gerudo, entre ellas Aveil. Tras cenar, la princesa solía retirarse, esperando a que el Rey Demonio decidiera volver al lecho para cumplir con sus deberes conyugales; luego caía rendida hasta el siguiente día.
Esquivó como buenamente pudo el ataque de la gerudo, haciendo que el arma de la mujer no rozara su piel por meros milímetros. Le gustaría poder contar con mejores reflejos, pero el agotamiento no le permitía reaccionar con mayor rapidez, había perdido la cuenta del tiempo que llevaba entrenando aquella mañana desde hacía tiempo… del mismo modo que estaba comenzando a perder la noción del paso de las jornadas, pues se le antojaban de la misma duración que si fueran meses.
Los pies de Zelda levantaron una pequeña polvareda cuando volvió a reposicionarse, siempre en modo defensivo, pues no se sentía con la suficiente soltura como para atacar y se limitaba a aprender a cubrirse con aquellas armas que tan poco familiares le eran. Aveil esbozó una mueca desdeñosa y cargó de nuevo contra la princesa, que volvió a esquivar como buenamente pudo.
¿Cuánto iba a poder soportar todo aquello, las largas jornadas de entrenamiento y soledad; las noches interminables donde tras dejarse hacer de todo por su esposo acababa rendida al sueño? Había creído que podría compaginar el adaptarse a su nueva vida y el estar al tanto de lo que sucedía en Hyrule, pero dudaba que fuera posible, pues a tanta distancia las noticias de su reino llegarían con demasiado retraso como para que ella pudiera hacer algo. De su cabeza no se iba la sequía que amenazaba a su reino; ¿habría aprobado Leoni que se hicieran las reservas finalmente o lo había dejado de lado debido a que la idea había sido de ella? Su corazón se encogió al recordar a los que dejó atrás, a las personas con las que compartió sus días hasta que tuvo que marcharse. El día anterior había escrito una carta en sus horas de soledad y aquella misma mañana había mandado a una emisaria para que la misiva fuera recibida en Hyrule lo antes posible…
Un pellizco en su pecho, justo a la altura del corazón, hizo que se estremeciera, perdiendo la concentración que había mantenido hasta el momento, siendo sustituída por la nostalgia de su tierra natal: añoraba el olor del pasto, la compañía de sus doncellas, de su hermano, de todos los que convivían con ellos en el castillo; añoraba el suave viento que siempre soplaba al atardecer, tibio y perfumado, tan diferente del aire abrasador que quemaba su rostro cuando se arriesgaba a salir al balcón de su habitación para ver el sol hundirse en el horizonte.
Un fuerte golpe a la altura del esternón la hizo volver a la realidad. Al despistarse, Aveil había conseguido golpearla con el puño de su mano libre de tal forma que la joven cayó hacia atrás, soltando el arma en el proceso. Intentó levantarse, pero su cuerpo decidió que había llegado al límite, de tal modo que sus músculos no respondieron por mucho que la joven apretase los dientes y tratara de esquivar a su oponente.
La mujer sonrió levemente, mientras avanzaba hacia ella, alzando un pie. Zelda supo lo que iba a hacer antes incluso de que sucediera: iba a posar su pie sobre su pecho, un gesto que en Hyrule era considerado sumamente humillante y que al parecer entre aquella tribu tenía la misma connotación.
Aún así no apartó la vista de la mujer, dispuesta a mirarla a los ojos con firmeza, mientras esperaba sentir el peso de la gerudo sobre ella.
Pero nunca llegó, ya que antes de que la ladrona la "pisase", Aveil fue lanzada hacia atrás de forma repentina. La princesa la escuchó maldecir en gerudo mientras se alzaba del suelo a duras penas, intentando ponerse en pie. Nadie fue a ayudarla, aunque tampoco esperó un trato diferente, ninguna gerudo alzaba a otra que hubiera caído, quizás a modo de endurecimiento.
En su esfuerzo alzó la vista por inercia y sus ojos se toparon con los iris dorados de Ganondorf, que había aparecido en la arena de entrenamiento sin mediar palabra. Por la mano que el hombre tenía extendida en dirección a Aveil Zelda supo, para su sorpresa, que había sido él quien había apartado a la mujer.
—¡Maldita sea, la había derrotado! —bramó la ladrona, que avanzaba con gesto airado hacia el Rey Demonio —¡Tenía derecho a vanagloriarme de mi victoria! No me digas que ahora te vas a poner de parte de esa hyliana cuando tú mismo me prometiste que podría divertirme a su costa.
Zelda observó a ambos, sin entender el motivo por el que Dragmire había decidido interceder a su favor ni por qué permitía que Aveil le hablara de ese modo cuando en teoría era el rey de aquella tribu. Simplemente estaba tan cansada que cojeó hasta la columna más cercana y se apoyó contra la misma, cerrando sus ojos mientras intentaba recuperar sus fuerzas.
—Ya te has divertido durante dos semanas —le escuchó contestar.
Desde que se convirtió en candidato al trono de Hyrule, Ganondorf no había dejado de estudiar una y otra vez las opciones que tenía para conseguir hacerse con el reino. Era consciente de que el príncipe hyliano no se lo iba a poner sencillo, más que nada porque supo reconocer en aquel joven la misma chispa de ambición que había habido en su interior cuando intentó tomar Hyrule por la fuerza la primera vez, pagando luego su impetuosidad con una derrota tras otra. Por eso ahora prefería mover sus fichas con cautela, buscando aliados más que enemigos, como sucedió en el pasado. A pesar de que las casas nobles de Hyrule le habían jurado lealtad no podía confiar en su palabra, ya que siempre recelaba de los hylianos, recelo que por otro lado no dejaban de estar justificados. Aunque habían pasado siglos desde la última masacre, los recuerdos de su pueblo pereciendo bajo el fuego y el metal de los hylianos seguían frescos en su mente, tan frescos como los de sus múltiples derrotas. Eran esas mismas memorias las que lo impulsaban a desear con todas sus fuerzas el trono hyliano, quizás a modo de redención por todos los fracasos que había ido acumulando en el pasado y, también, para hacer que en la familia real de aquel reino hubiera sangre gerudo, de tal modo que su pueblo quedara protegido de genocidios por el estilo.
Durante aquellas dos primeras semanas de matrimonio se dedicó a recluirse en la biblioteca que había en el edificio principal de la ciudadela, donde a veces leía cualquier tratado histórico que encontraba o, simplemente, se fingía perdido en la lectura mientras su mente iba creando diferente opciones con sus correspondientes dificultades.
Si tan sólo tuviera que concentrarse en preparar estrategias para conquistar Hyrule de forma "discreta" no sería demasiado agotador, pero para más inri debía también luchar contra los viejos recuerdos de Demise cada noche, cuando tomaba a su esposa. Ganondorf creía que había conseguido bloquear por completo la vieja voz del antiguo demonio por completo, pero ahora que compartía su cama con la reencarnación de Hylia aquellos antiguos recuerdos volvían con más fuerza que antes, cosa que no le hacía especial gracia. Si bien admitía que siempre se había sentido atraído por la princesa Zelda (obsesionado incluso) no era buena idea que empezaran a aflorar viejos sentimientos de vidas pasadas, sentimientos que, de momento, había conseguido desterrar en cuanto aparecían, recordando la crueldad que otras Zeldas mostraron hacia él cuando se enfrentaron o incluso cuando intentó pactar con ellas.
Sin embargo, a pesar de su desprecio hacia aquellas emociones que consideraba totalmente inútiles, una noche se encontró a si mismo dándose cuenta de que, si bien para él eran completamente prescindibles, siempre podría usarlos para subyugar a Zelda sin que ella se diera cuenta. Cada vez que el ciclo iniciaba él la despreciaba de algún modo o directamente atacaba su reino, por lo que nunca lo veía como a otra cosa que no fuera su enemigo. Ahora todo era diferente; ella era su esposa y le gustara más o menos, le debía lealtad filial, lo que en cierto modo la convertía en una especie de aliada. Claro que eso no era garantía de que, si llegaba el momento, se volviera contra él para defender a su hermano, pues el gerudo era consciente de la fuerza que tenían las uniones de sangre en las personas. Pero muchas veces dichas uniones eran rotas por la entrada en la ecuación de los sentimientos, ¿o acaso no había miles de historias en las que dos enamorados traicionaban a sus familias por estar juntos? Quizás ahí estaba una posible solución a un posible problema, hacer que Zelda cayera bajo su influjo hasta el punto de que llegara a amarlo… la idea era tan ridícula que le parecía risible, pero también plausible. Si ella cedía a sus "encantos" bien podría manipularla para enfrentarla con su hermano, o incluso arriesgarse a manipular a Leoni para que Zelda no tuviera más remedio que reclamar el trono por completo, logrando de ese modo convertirlo en rey… y sin haber tenido que recurrir a la guerra para tal propósito, de tal modo que el portadr de la Trifuerza del Valor no despertaría.
Con esa idea fue aquella mañana, cuando hubo terminado su propio entrenamiento, a ver luchar a las mujeres. Sabía bien que Zelda, a pesar de las derrotas que sufría día tras día, acudía a entrenar con ciega obediencia, por lo que no se sorprendió al verla allí, su rostro empapado en sudor mientras luchaba contra Aveil. No entendía por qué la chica prefería seguir usando la pesada ropa hyliana en lugar de pedir vestimentas gerudo, pues quizás con prendas más livianas no sufriría tanto calor y tal vez podría luchar con más soltura.
Pudo ver con exquisito detalle el modo en que la mujer derribó a la hyliana, aunque le sorprendió la entereza de la misma cuando en lugar de apartar la vista al ver que Aveil iba a marcarla como sometida, se limitó a mirarla. Aquella Zelda parecía tener cierto arrojo, al menos mucho más que otras encarnaciones con las que se había topado, demasiado delicadas como para permitirse siquiera pensar en tomar algún arma.
Puede que fuera ese arrojo o tal vez el plan que había ideado, no estaba del todo seguro, el que le forzó a usar su magia contra Aveil, apartándola de la princesa.
Fuera como fuera, lo cierto era es que estaba dispuesto a ganarse la confianza de la joven para que en aquel ciclo la Sabiduría se aliase con el Poder en lugar de con el Valor.
Muchas gracias a Zuri, TheDreamingArtist y Annie por comentar. De paso aprovecho para contestarle a esta última que sí, es Zelgan pero la trama no va a girar en torno a eso, pues creo que he ido dejando claro que lo que tiene más peso aquí es la trama política que se está montando. Sobre la sospecha del chico rubio que tuvo Zuri, me callo porque no quiero rebelar nada de ese tema por el momento ;)
Y a los demás que leéis pero no comentáis, ¿por qué no os animáis a dejar un review? Venga, que son gratis... y si me mandáis mucho, os paso fotos del progreso de mi cosplay (?)
