Disclaimer: Hellsing no me pertenece pero Erine y lo que me invente sí.
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PITCH BLACK
CAPÍTULO 10: EL CLUB DE LA LUCHA
Me sorprendí al ver a mi secuestrador al otro lado de la puerta. Primero, porque no era normal que estuviera en mi habitación a esa hora, y segundo, porque no esperaba tener que enfrontarme a él tan pronto. Me puse un poco nerviosa y estaba convencida de que me había sonrojado.
Pero no entró, sino que adelantó una mano invitándome a salir. Le miré confundida. Él se limitó a señalar la caja con la carta encima ―que ahora estaba en el suelo en un rincón― y comprendí a donde me quería llevar. De la incomprensión pasé al enfado y crucé mis brazos a la vez que giraba la cabeza. No iba a moverme de ahí para que me usasen como un muñeco.
Mi secuestrador suspiró. Sabía cuál sería mi contestación. No tenía más remedio que entrar, sentarse a mi lado e intentar convencerme. "Pues le va a ser difícil. Más aún sin hablar."
Hizo lo que predije y volvió a ofrecerme su mano como diciendo: "Venga, va." Le ignoré y me levanté. Caminé hacia la silla con el libro, pero él se interpuso ofreciéndome la mano de nuevo. Suspiré, empezando a cansarme de él.
― No te esfuerces, no voy a ir por mucho que lo intentes.
Me senté en el borde de la cama. Mi secuestrador se arrodilló para estar a mi altura y adelantó la mano otra vez con cara de cordero degollado.
― ¿No lo pillas? No te creas que con esa cara me vas a convencer. He dicho que no voy a ir y no iré ―no se movió― No. Pienso. Ir. ¿Te lo tengo que deletrear o qué? ―siguió sin moverse. Pero esta vez se puso serio y pasó el pulgar por su cuello, haciéndome ver que si no iba me matarían. Eso me dio respeto y me entró algo de nerviosismo― ¡Lárgate! Maldita sea, ¡dejadme todos en paz! ¡No voy a permitir que me convirtáis en vuestra marioneta y diversión! ¡Yo solo quiero irme a casa!
Tanta era la frustración y la rábia que tenía acumulada que apenas me dí cuenta de las lágrimas que caían por mi rostro. "¡Estúpida! ¡No te pongas a llorar, y menos delante de él!" En cuanto me percaté de ello traté de limpiarlas, pero no podía frenar mi llanto.
― ¿Ves? ¡Esto es por vuestra culpa! ―dije mientras le golpeaba. Sin embargo, mis lágrimas al final tuvieron más fuerza que mis golpes y éstos acabaron siendo cada vez más débiles hasta que mis manos simplemente reposaban en su pecho. Poco a poco me fuí inclinando hacia adelante en busca de un hombro sobre el que desahogarme.
En aquel momento no lo noté, pero él estaba algo tenso. Seguramente muy pocas veces ―por no decir ninguna― había tenido que aguantar a un mujer llorando a lágrima viva. Eso sí que no se lo esperaba. Supuso que lo que necesitaba entonces era un abrazo y en cuanto me rodeó con sus brazos, yo hice lo mismo con su cuello, y con fuerza. Poco me importaba ya a quién estaba abrazando, lo único que quería era sacar todo lo que llevaba dentro.
― Solo quiero ir a casa... ―murmuré.
Poco a poco mi secuestrador se fue relajando y mi llanto disminuía. Me acarició el pelo. Aún cuando yo ya había dejado de llorar, continué abrazada a él y hasta que no me dí cuenta de lo que había hecho no me separé de él.
Avergonzada, dirigí mis manos a mi cara para limpiar los surcos que habían dejado mis lágrimas, pero él llegó antes. Los limpió con sus pulgares y me besó la nariz. Luego apoyó su frente contra mía mirándome a los ojos y con sus manos en mi cara. No sé porqué, pero su mirada tenía algo que me tranquilizó. Sonrió y, cerrando los ojos, me besó en los labios. Yo también los cerré.
De repente, cogió mis manos, me levantó y, con un rápido movimiento, pasó un brazo por mi cintura y el otro por encima de mis rodillas y me puso en su hombro cual saco de patatas.
― ¡Eh! ¿¡Qué haces!? ¡Bájame!
Él solo sonrió y salimos de la habitación.
― ¡Oye! ¡Que me haya desahogado no significa que me haya rendido! ¿Me estás oyendo? ¡Eh! ¡Estoy hablando contigo!
Rió y yo empecé a golpear su espalda y a mover las piernas.
― ¡Dije que no iría y no lo haré! ¡Bájame! ¡Qué me bajes! ―dejé de moverme y solté un bufido― Joder... ―intenté girarme lo que pude y golpeé su cabeza― ¡Eh! ¿Hay alguien ahí? ¡Erine llamando al secuestrador! ¡Erine llamando al secuestrador! ¿Quieres decir algo como mínimo, joder? ―Volvió a reír― ¡Me pones de los nervios!
Para mi sorpresa, me bajó. Pero no porque hubiera insistido en ello, sino porque habíamos llegado a la sala de tiro. Entramos.
Cogió una pistola de uno de los armarios que habían allí y me la alcanzó. Me crucé de brazos mirándole a los ojos. Suspiró y se dispuso a dispararle a la diana. Le dió justo en la cabeza. Luego se giró y se encogió de hombros como diciendo: "¿Ves? No pasa nada." Volvió a alargarme el arma y me hizo un gesto para que me acercase a la línia de tiro.
No pasa nada. Ahora quizá no porque le disparaba a un pedazo de papel, pero ¿y después? ¿A qué tendría que disparar? Decidí no pensar en aquel después. Me resigné con un bufido y cogí la pistola.
Intenté apuntar sin ganas a la sombra negra dibujada en el papel y dí en el blanco. En lo blanco del papel, se entiende.
Mi secuestrador soltó una risita.
― ¿Qué? No todos hemos estado en el ejército.
Se acercó a mí por detrás y me hizo apuntar de nuevo cogiendo mis manos, cosa que me hizo ruborizar. Las movió hasta estar en el punto exacto y disparé dándole de lleno en el corazón de la silueta. Me soltó y me incitó a probar de nuevo yo sola.
Esta vez intenté apuntar bien, sin ganas, pero bien. En el momento en que iba a disparar, mi secuestrador puso sus manos en mis hombros. Tenía que relajarlos. Cuando lo hice, me soltó e intenté concertrarme. Hasta que no estuve segura que iba a dar en la diana, no disparé. No alcancé ningún punto vital, pero al menos le dí a la silueta negra. Él sonrió, contento por mi momentánea mejora.
Pasamos la mañana allí. El papelito acabó agujereado por todas partes. Tenía que concentrarme para apuntar durante bastantes segundos si, como mínimo, no quería darle a la parte blanca. Puede que incluso minutos. Sin embargo, le había dado un par de veces al corazón, seguramente gracias un golpe de suerte.
Caminamos juntos hacia mi habitación. Cuando llegamos la comida ya estaba en la mesa y él hizo el rito de siempre: quitarse el abrigo y demás. Acabamos de comer, y yo me puse a leer La máquina del tiempo mientras que él miraba las musarañas. Y a mí, claro.
Durante la comida había tenido el tiempo suficiente para recordar la noche pasada y quería estar el menor tiempo posible con él. Sin embargo, por muy lejos que estuviera de él, me era imposible concentrarme en el maldito libro. Y cada vez pensaba más y más en ello, y eso hacía que notase como la sangre me subía a las mejillas.
De repente, pareció haber recordado algo. Se fue dejando atrás su abrigo, por lo que supuse que volvería. Y volvió, pero con ropa. Me la dio y ví que era ropa cómoda. "¿Para qué...? Oh, lo del gimnasio..." No recordaba que al gordo también le dio por enseñarme algo de lucha cuerpo a cuerpo. "Lo malo es que eso implica que de una manera o de otra alguna vez estaremos demasiado cerca el uno del otro. Ay, madre, no sé yo si voy a poder aguantar eso... Y menos ahora..."
Decidí no montar otra escena y cambiarme ―aunque tampoco me hacía gracia―, ya que no sabía cuando iríamos al gimnasio aquel. Me dirigí al lavabo y mi secuestrador se rió un poco. ¿Para qué iba a cambiarme al baño si ya me había visto desnuda? Me ruboricé, pero no le hice caso.
Cuando salí me puse a leer de nuevo.
A las cinco, mi secuestrador se levantó y cogió sus cosas, por lo que supuse que había llegado la hora. Dejé el libro y le seguí. Esta vez me fijé por donde iba para saber por donde ir cuando tuviese que volver allí.
No estaba muy lejos y era bastante grande. Había de todo: sacos de boxeo, máquinas para hacer ejercicios, anillas y cuerdas colgadas del techo... y además el suelo estaba cubierto de un material blando para absorber los golpes. Pero se notaba que nadie lo usaba; estaba completamente desierto y parecía haberlo estado un buen tiempo. "Bueno, como mínimo no va venir nadie a molestar. Me sé de uno al que le encanta."
― Bueno... ¿Y ahora qué?
Mi secuestrador lanzó su abrigo a un lado y caminó hacia el centro de la sala, haciéndome un gesto para que le siguiera.
Comenzamos con unos cinco minutos de calentamiento básico, parecido al que hacía en Educación Física cuando iba al instituto, solo que sin dar vueltas a la pista como idiotas cinco minutos. Lo pasamos muy por encima. No era muy importante, solo servía para evitar lesiones musculares y esas cosas. Después de aquello, comenzó el entrenamiento.
No me esforcé mucho. Pensé que aquello era una pérdida de tiempo, tanto si me utilizaban para lo que estuviesen planeando como si no. No tenía sentido aprender aquello. A él no parecía hacerle gracia que pusiera tan poco de mi parte, pero tampoco hizo nada para impedirlo. Solo me miraba con mala cara de vez en cuando. Y tampoco es que me importase mucho si se enfadaba, pasaba de todo lo que pudiese decirme. Al pensar eso no pude evitar soltar una tímida sonrisa. "Decir, digo... ¿Y qué me va a decir?"
Empezamos con cosas básicas. Lo primero que me enseñó fue a rodar ―aunque, bueno, dar volteretas lo sabe hacer todo el mundo― y a esquivar golpes. Le puso mucho empeño e insistió mucho en ello, pero no sabía por qué se centraba tanto en eso. ¿No se suponía que la base de cualquier tipo de lucha son los golpes? Esquivar era importante, sí, pero ¿no lo era más dar un buen puñetazo? ¿Sino cómo se suponía que iba a vencer a mi adversario? Aunque me daba algo de respeto tener que practicar con él, por lo que tampoco me iba a quejar. Seguro que acababa hecha un mapa. De hecho, tener que esquivar sus golpes ya me daba algo de miedo.
En cualquier caso, no lo sabía ni me importaba y, por supuesto, no se lo iba a preguntar. Como si me fuera a responder. Tampoco sabía contra quién habría de luchar ―si luchaba―... o contra qué. Mi futuro era demasiado incierto.
Al final, él tampoco se empleó a fondo, no sé si para evitar hacerme demasiado daño o porque vió lo poco que me esforzaba.
Como no le había puesto mucho esmero en la actividad, cuando acabamos a las siete y media no estava muy cansada y apenas sudaba. Y, bueno, mi secuestrador estaba fresco como una rosa. Debía de ser difícil que acabara agotado por algo. "No, espera, sí que hay un ejercicio con el que acaba cansado... ¡Argh! ¡No, no pienses en eso, Erine! ¿Pero qué soy, masoquista?"
Volvimos a mi habitación pero él, abrigo en mano, no entró. Al abrir la puerta me besó, inclinó la cabeza a modo de saludo y se fue.
Pese a que no había sudado mucho, decidí darme una ducha rápida. Esta vez al acabar, salí envuelta en una toalla; dubada que mi secuestrador viniera antes de la hora de la cena. Y por suerte, tuve razón.
No iba a volver salir de mi habitación para nada más, así que me puse el pijama. Me sequé un poco por encima el pelo, me lo recogí en una coleta y luego me dejé caer sobre la cama. Al hacerlo oí el sonido de papel arrugándose. "¿Otra vez?" Cogí la nota sobre la que estaba tumbada. Esta vez era más larga.
" Sé que esto no es fácil para ti. Pero por favor, haz un esfuerzo. Obviamente no lo harás por nosotros, así que como mínimo hazlo por ti.
No te entreno para que luches contra humanos o te protejas de ellos. Te entreno para que lo hagas contra monstruos. Si aprendieras solamente a esquivar, aunque fuera solo eso, podrías ganar el tiempo suficiente para huir de quien te ataque. Necesitas aprender a protegerte. Puede que no siempre esté allí para salvarte. ¿Y si algún día no oigo los disparos? Sé de sobras que valoras tu vida lo suficiente como para no hacer nada estúpido.
Al menos piensatelo. Espero que mañana le pongas más ganas."
"Pues si que está 'hablador' hoy." Por eso no había hecho nada viendo que no me esforzaba durante el entrenamiento. Porque pensaba decirme todo eso y ya me dirás como me podría haber comunicado todo lo que había escrito mediante señas.
Pero había algo en lo que no me había percatado. "Aprender a protegerme, dice. Mmm... Eso no lo había pensado yo." Tenía algo de razón. Pero es que no era de seres humanos de lo que tenía que protegerme sino de vampiros y demás bichos del infierno. Aunque intentase huir, lo más seguro es que me pillasen y acabase muerta. "Pero bueno, dice que me entrena para luchar contra ellos. Igual ya lo tiene en cuenta y hace una especie de entrenamiento especial." Pero en realidad... ¿ellos qué ganaban con esto?
"De verdad que cada vez pillo menos de qué va todo esto." Me estiré otra vez en la cama mirando el techo, pensando qué podía o qué debía hacer. Como mis pensamientos no llegaban a ninguna parte, decidí consultarlo con la almohada. "Yo, hacer algo estúpido, dice... Anda ya."
Al día siguiente me desperté justo cuando el niño gato entraba con el almuerzo. Me miró con una sonrisa pícara. "Mierda... Hoy sí que me va a dar el coñazo..."
― ¡Hola, Erine! ―dijo poniendo la bandeja encima de la mesa― Qué, ¿has dormido bien hoy?
― Sí, muy bien... ―me levanté y caminé hacia el almuerzo. Procuré no mirarle y mostrar indiferencia.
― Ya veo, estarías cansada del entrenamiento, ¿no?
― Ajá, un poco...
― Y... la otra noche qué, ¿también dormiste bien?
Retiré la silla algo más bruscamente de lo normal. "Más le vale que tenga cuidado con lo que dice...", pensé, empezando a cabrearme.
― Como un lirón...
― Claro, claro, también debías de estar cansada... ―se sentó encima de la mesa balanceando las piernas. Intenté ignorar aquel comentario.
― Sí... ―comencé a comer.
― Oye, ¿no deberías de esperarle para comer? No sé, pensaba que ahora que habíais estrechado lazos, le tomarías un poco más en consideración...
― No hemos estrechado nada. Y empezaré a comer cuando me plazca. No veo porqué debería ir a su ritmo―cada vez me ponía más furiosa.
― Vaaaya, y yo que pensaba que estábais algo más unidos... Por cierto, ¿escuchaste aquella noche unos ruidos raros?
Oír eso hizo que me atragantara y me pusiera a toser. "La madre que lo parió, como diga algo más lo mato, es que lo mato..." Debía de estar rojísima.
― Te lo imaginarías, yo no oí nada ―dije rápidamente al recuperarme.
― ¿Tu crees? ―se hizo el inocente― Yo juraría que los oí, igual es que tu ―me miró maliciosamente― estabas demasiado concentrada en lo que fuera que hacías...
Eso fue la gota que colmó el vaso. Me levanté ruidosamente y miré con odio al maldito criajo. Él saltó de la mesa listo para escapar.
― Eh, que era broma...
―Broma, dice... ¡Ven aquí, niño del demonio! ―comencé a perseguirle dando vueltas por toda la habitación― ¡Vas a ver en qué más me puedo concentrar!
― ¿En perdonarme la vida?
― ¡No, en cargarme niñatos insolentes! ¡No deberías meterte en temas de adultos!
― ¡Ja! ¡No puedes atraparme! ―me sacó la lengua.
― ¡No me desafíes, porque acabarás mal!
Entonces, la puerta se abrió. Mi secuestrador había llegado.
― ¡Capi! ¡Menos mal que has llegado! ―fue corriendo hacia él y le abrazó. Luego me señaló― ¡Erine quería matarme!
― ¿No me digas? ¿Y por qué será?
― Pues fácil, porque...
― ¿Eh? ¡Oye...!
― ...no sabéis cerrar las puertas ―me quedé flipando.
― ¿De qué estás...? Oh... No jodas que... nos la dejamos... abierta...
El niño me miró con malicia. Yo estaba más que ruborizada. Y mi secuestrador hacía cara de haber entendido por fin de qué iba la historia. Sonriendo, faltaría más.
― Se oía todo muy bien. Además, cualquiera podría haber entrado... ―dijo el chaval.
― ¿Y tu...? ―pregunté, temiendo la respuesta.
― ¿Yo? Uy, no, yo no, lo que pasa es que cuando ayer te traje el desayuno vi que dormías... muy ligera de ropa... y claro, no hace falta ser un genio para adivinar qué había pasado ―rió, como si lo que acababa de decir fuera muy divertido, y mi secuestrador se unió a él.
― Sí, sí, muy divertido... ―dije de mala gana. Me estaba arrepintiendo cada vez más de lo que había hecho aquella maldita noche.
Me volví para sentarme otra vez e ignorarles, pero mi secuestrador me cogió del brazo haciéndome girar y me besó. El niño silbó.
― ¡Iros a un motel!
Immediatamente rompí el beso y le dí un buen golpe en la cabeza al niño de las narices.
― ¡Ayy!
― ¡Vuelve a decirlo, si te atreves, mocoso!
En aquel momento el chaval se cruzó de brazos enfadado, en una muestra de que estaba teniendo la típica rabieta de crío de cinco años. Mi secuestrador hacía cara de estar pasándolo bien.
― ¡Antipática! ¿Sabes? ¡Cada vez me caes peor! ¡Ya no juegas al escondite conmigo y me tratas mal! ¡Eres...!
― ¿Soy qué, niñato?
― ¡Eres... Eres como el Doc!
Me imaginé a mí misma con bata blanca, un bisturí alzado y cara de loca y me entraron escalofríos. "Espero no ser nunca así. Me daría miedo a mí misma." En cambio, mi secuestrador empezó a reír. Puede que también se imaginara como me quedaría la bata y el bisturí. O igual era por la situación en general.
― Me voy, aquí ya no pinto nada ―acto seguido, desapareció.
― ¡Por fin! ―me dirigí a mi secuestrador de mala manera― Y vosotros, tan malos que sois, ¿cómo es que no le habéis cortado la cabeza y seguís aguantándole? Es más, ¿qué hace un crío en un lugar como éste?
Eso no hizo más que aumentar su risa.
― ¡Siempre igual! ¡Deja de reírte! ―le golpeé en el hombro― ¡Yo no le veo la gracia! ―le golpeé cada vez más― ¡Ya me gustaría a mí verte en mi situación! ¡Secuestrada por un atajo de locos belicosos que me tienen metida en un zepelín junto con un niñato descarado y molesto!
Él solo reía y reía. Nada de lo que decía parecía influir, de hecho, posiblemente ni me escuchara. Me cogió suavemente las muñecas haciendo que parara de pegarle.
― Ya estamos, ¡suéltame y para de reírte, por Dios!
Aquello último lo dije con menos fuerza y convicción. Y es que al ver lo mucho que reía mi secuestrador estaba haciendo que poco a poco se me pegara a mi también. Me fijé en que no era una risa maliciosa ni burlona, sino una sincera, de las que todo el mundo suelta cuando algo le hace gracia. Me pareció auténtica.
― Eh, eh, ahora en serio, para ―mi sonrisa crecía conforme hablaba―. Deja de reír, ¿vale? Porque sino...
No pude evitarlo. Acabé uniéndome a él.
― ¡Mira lo que has hecho! ¡Es culpa tuya, que lo sepas! ―dije entre risas.
Casi sin darme cuenta, puso sus manos en mi cara y se inclinó para besarme. Me dejé llevar al instante en aquel suave y corto beso. Luego nos abrazamos, poniendo él una mano en mi pelo y otra en mi espalda, y yo ambas manos en la suya. Los dos teníamos sonrisas en la cara. A la primera caricia que sentí en mi pelo, reaccioné.
― ¡Eh! ―me separé bruscamente de él― ¡No aproveches cuando bajo la guardia!
Rió de nuevo mientras me encaminaba a la mesa para acabar de desayunar con el ceño fruncido de indignación. Pronto su risa cesó y procedió a quitarse el abrigo, como siempre, antes de sentarse.
Estubo risueño durante todo el almuerzo. A veces me preguntaba qué debía pasar por aquella cabeza suya. Parecía tener una barrera impenetrable y dudaba que alguna vez hubiera dejado pasar a alguien a mirar qué había en su interior.
Se me ocurrió pensar en si había vuelto a preguntarse alguna vez porqué me acosté con él. ¿Seguiría pensando que estaba loca o enferma o que me había tomado o fumado algo? "No, no lo creo. Diría que no es tan estúpido como para pensar eso." Quizá le daba igual. En realidad, no importaba nada la razón, ya había conseguido lo que quería, ¿verdad? Puede que para él fuese solo una curiosidad de las que no pasa nada si no se sacian. "Podrá vivir sin saberlo, seguro que eso no le va quitar el sueño. ¿Será tan idiota como para pensar que ahora que se ha acostado conmigo podrá hacerme lo que quiera cuando le plazca? Más le vale que no, porque como aprenda todo lo que me está enseñando se iba a enterar."
Ahora que lo pensaba, ¿qué iba a hacer con los entrenamientos aquellos? La almohada de poco había servido y por mucho que le preguntase qué hacer me hablaría tanto como mi secuestrador, haciendo que me acordase de él entrando en un vórtice de pensamientos, preocupaciones, traumas, tensiones y nerviosismo del que sólo escaparía cuando consiguiera dormir gracias al cansancio acumulado por el estrés, también acumulado por todos esos pensamientos, preocupaciones, traumas, tensiones y nerviosismo. "Oh, sí, jamás me había sentido tan feliz como ahora. Esto es el paraíso", pensé con sarcasmo.
"Creo... que me esforzaré más. Será mi secuestrador, pero en algo tiene razón: igual me ayuda a escapar de mis atacantes... sean quienes sean." Suspiré. Al final la almohada no pudo hacer nada por mí. Y eso que sabe que no me gusta tomar decisiones como ésta. Son... difíciles. "Me gustaría volver a ser una niña. Entonces no tomaba decisiones de ningún tipo. Qué coñazo es esto de crecer y madurar. Y más en un ambiente como en el que estoy metida. Pero ya lo decían en el Rey león: Es el ciclo de la vidaaa... ...Walt Disney era un genio."
Acabé antes que él y me estiré en la cama con mi libro. Esta vez pude concentrarme más en las páginas que leía. Todavía no había llegado a la mitad del libro.
Cuando él terminó, aún con un asomo de sonrisa, se puso a mirarme como era costumbre, aunque apenas me dí cuenta. No me incomodaba, sabía que haría eso y me había acostumbrado. ¿Pero qué esperaba conseguir con eso? ¿Una golosina? "Ja, mientras no me dé la patita, no... Oh, joder, los chistes estilo Víctor se contagian más que la varicela. Espero que no sea grave."
Hacia las diez y media, se levantó y cogió su abrigo. Dejé el libro y le seguí. Había llegado la hora de ir a la sala de tiro y no recordaba el camino, ya que había estado colgada como un saco de patatas y pataleando y tal, así que supuse que mi secuestrador se había quedado para acompañarme de nuevo y enseñarme por donde ir.
Al llegar me tendió la misma pistola del otro día. Esta vez no rechisté y me dirigí a la línea de tiro. Me concentré más que la otra vez y como conseqüencia no le dí a la parte blanca del papel y sí bastantes más veces a puntos vitales, no sólo un par. Además, me iba acostumbrando a sujetar la pistola, a disparar y a aguantar el pequeño retroceso del arma. Cada vez necesitaba menos tiempo de concentración para apuntar bien.
Mi secuestrador estaba contento. No sólo había decidido hacerle caso sino que estaba mejorando. Pero ahora que dominaba un poco la pistola, pensó que debía prácticar con un arma más grande. Abrió un armario y cogió el arma de nivel dos: un fusil.
Guardó la pistola y me enseñó como debía colocar el fusil para apuntar bien, de manera parecida a como se sujetan las escopetas de balines de las ferias. Apuntó y disparó. Luego me dió el arma y intenté cogerlo como me había mostrado, pero apareció por detrás y me lo acabó de colocar bien. Me ayudó a puntar y disparé, con la presión que significaba tenerlo detrás tan cerca.
Gracias a su ayuda le dí de lleno en la cabeza. Claro está, cuando prové yo sola no me salió tan bien y, además, el retroceso del arma era mayor, lo que muchas veces me hacía perder el punto que había fijado para apuntar. Me tenía que concentrar más.
Llegó la hora de comer, por lo que volvimos a mi habitación. La comida ya estaba en la mesa. Nos sentamos y comenzamos a comer. Desde el almuerzo no le había dirigido la palabra y él tampoco a mí, claro. Y sin querer, pensé en voz alta.
― ¿Por qué nunca habla? ―murmuré curiosa, más que reprochándoselo.
Mi secuestrador alzó la cabeza mirándome y al darme cuenta que lo había dicho en voz alta, intenté restarle importancia.
― Oh, eh... Déjalo, tonterías mías...
"Como si me lo fuera a decir. El día que hable monto una fiesta." Él se limitó a sonreír y seguimos comiendo. Cuando acabamos él se fue, suponiendo que yo recordaría el camino hacia el gimnasio, y me puse a leer. No me dijo a qué hora debía estar allí, así que imaginé que sería a la misma que el otro día. Antes de las cinco me vestí y luego me encaminé hacia mi entrenamiento.
Cuando llegué él ya estaba allí. Me besó como siempre y nos pusimos manos a la obra. Primero repasamos un poco por encima lo que habíamos hecho ya, lo cual no fue muy difícil.
Aquel día nos centramos en algunas técnicas. Su estilo precía una mezcla de unos cuantos. Yo de artes marciales no sabía nada, pero cualquiera puede distinguir entre los estilos orientales y los occidentales.
Comenzamos por cosas fáciles, pero mientras praticábamos una de esas técnicas me asaltó una duda. "Ahora que lo pienso, no va a pasar como en las películas, ¿no? Quiero decir, eso de que al hacer ciertos moviemientos ambos caigan al suelo uno encima del otro... y pase lo que pasa en estos casos. Dios, espero que no. Mmm... No, no puede ser, eso solo pasa en las películas... ¿verdad?" Intenté quitarme la idea de la cabeza mientras me enseñaba un nuevo movimiento.
Casi era la hora de irnos, pero aún quedaba tiempo para una última técnica. Me indicó que le diera una patada lateral. Al hacerlo cogió mi pierna a la vez que se acercaba ajustándola en su cintura. Y entonces me empujó a la vez que me ponía la zancadilla. Y obviamente, caí al suelo... con él encima. "Mierda... Con que solo pasa en las películas..."
Pero ya lo dicen, cuanto antes lo piensas, antes pasa. Bueno en teoria tienes que decirlo, pero yo debo ser lo suficientemente gafe que me basto y me sobro con solo pensarlo para que pase. Se quedó mirándome y, para colmo, aún tenía mi pierna cogida. Sobra decir que me había sonrojado.
― Bueno, ¿piensas levantarte algún día?
Sonrió, pero no movió ni un músculo.
― Ni. Se. Te. Ocurra. Ni se te ocurra hacer lo que estás pensando. Porque sé lo que estás pensando.
Su sonrisa se tornó más amplia. Estaba claro que no me lo iba a sacar de encima de esa manera. Entonces pensé que ya me había divertido una vez con él. Quizá podría divertirme otra vez... con otro juego. Puse en práctica mi estrategia.
― Que sepas que si me acosté contigo fue porque me dió la santa gana, no porque me camelases o me conquistases o lo que sea. Y no va a volver a pasar porque al señorito le salga de las narices y le apetezca un poco de marcha. Si te sientes solo, te jodes. Vete al un club de carretera, paga a una fulana o cómprate revistas de esas y satisfazte tú solito, que tienes manos.
Se puso a reír mientras asentía con la cabeza. La verdad, no me lo imaginaba haciendo nada de eso ―ni quería―, pero ¿quién sabe? Cuando paró de reír, pasé a la segunda fase del... ¿plan? Bueno, no sabía cómo llamarlo, pero quedaba bien. Quedaba peliculero, como lo que estaba pasando. Había que hacer honor a la situación.
― Mmm... ¿Quieres saber porqué me acosté contigo? ―dije más calmada.
Asintió, con una actitud bastante interesada en el tema. Esta vez la que sonrió fuí yo.
― Pues verás... ―cogí la cadena que llevaba al cuello y le atraje hacia mí hasta que solo nos separaban unos pocos centímetros, por lo que obtuve un sonrisa pícara por su parte. Intenté ser lo más sensual que pude― Si quieres saberlo... ―le acerqué más hasta que pude hablarle a la oreja― ...tendrás que preguntarlo.
Le empujé apartándole y me levanté.
― ¡Ah! ¡Y no vale escribirlo!
Él se incorporó hasta quedar sentado y comenzó a reír. Supuse que había adivinado cual sería mi nueva ocupación, tampoco era tan difícil. Siempre me había preguntado como sería su voz.
― Bueno, ¿qué? ¿vas a quedarte ahí todo el día o me vas a enseñar algo? ―miré el reloj― En realidad, con la tontería ya es hora de irse.
Mi secuestrador dejó de reír y se levantó. Fué a por su abrigo y abrió al puerta, apartándose a un lado dejándome pasar.
― Que caballeroso te pones a veces ―dije sarcástica―. Se nota que estás chapado a la antigua. Eso ya no lo hace ni Dios ―pasé y luego él me siguió cerrando la puerta―. Pero, eh, no me voy a quejar. Por mí ya me puedes abrir todas las puertas que encuentres.
Soltó una risita y seguimos caminando hacia mi habitación. Al llegar volvió a abrirme la puerta, pero esta vez no me siguió. Me dió el beso de siempre y se fué.
Me dejé caer encima de la cama. Estaba cansada. Decidí darme una ducha, ahora sí que había sudado.
Respuestas a los reviews:
zory: Dudo mucho que mi lobito fuese virgen... más que nada porque pasa mucho tiempo conmigo... XDD Siento haber tardado tanto en actualizar! Pero es que he estado ocupadilla .' Ahora que hay vacaciones tendré más tiempo libre, y podré estar más por la labor, tu tranqui, que está historia la acabo aunque tarde milenios XDD
lucy: Gracias, me alegra que te guste. Espero que sigas leyendo!
