Nota de la autora: Antes de pedir mil disculpas, quiero avisar que, a pesar de que dije que éste sería el último capítulo, no lo será.

Últimamente se me han ocurrido otras ideas así que creo que el fanfic en total tendrá unos 12 o 13 capítulos, que quizás no sean tan largos.

Pasando al tema principal: PERDÓN!, la verdad es que después de leer HP 7 odié a Remus, lo encontré tan cobarde y victimizado que mi amor profundo hacia él se esfumó, y mi cariño hacia la pobre de Tonks creció (pobrecita, debe ser horrible estar con alguien que lo único que quiere es escapar de ti). Sin importar las razones que hubiese tenido nuestro querido personaje inventado, no me gustó su actitud así que ni siquiera releí mi fanfic. Sin embargo, mi amor volvió a crecer y aquí estoy.

Ya salí de la uni, vacaciones de verano!! así que actualizaré más seguido.

VERANO ROSA

X: En la boca del lobo

Remus pensó que se había quedado mudo.

Nymphadora estaba sentada a horcajadas sobre su cuerpo, desnuda y con la mirada fija en él. Alargó sus brazos hacia el cuello, mientras acercaba su boca y le daba un beso suave en los labios, sin abrirlos.

Remus no se atrevía a bajar la mirada ni a tomarla de la cintura. Saber que centímetros más abajo estaba su sexo desnudo lo ponía tenso y nervioso. Si alguien hubiese mirado su cara, nunca habría pensado que aquel hombre pálido y castaño tenía una feroz erección entre las piernas.

Lupin era un hombre lobo, y aun cuando no estaba convertido gozaba de una sensibilidad sensitiva envidiable. Pero en ese justo momento no sabía si era su imaginación o qué, pero comenzaba a sentir un aroma envolvente, hipnotizante, atrayente; que según él se desprendía de ese lugar oscuro y recóndito que lo seducía más que nunca. El aroma subía por sus fosas y se desordenaba entre sus fauces y su sien, colmándolo; dejando un rastro de ansiedad y deseos de lamer la piel de la mujer que tenía encima.

- Tócame, Remus – pidió con voz suave, sin dejar de darle pequeños besos. Esa petición servía de detonante.
Con la seguridad de hace unos minutos, el macho dejó recorrer sus manos por la curva insipiente de la cintura de Nymphadora, sintiendo con placer cuan estrecha era esta. Ella bajó la mirada, buscando el sexo del lupino.

Abrió los ojos asombrada.

- ¿Qué sucede? – preguntó él, todavía disfrutando de su piel, aventurándose a extender sus palmas hacia la espalda baja.

Tonks no dijo nada, sólo siguió mirando con extremo asombro el miembro que se erguía desafiante, anhelante de su propio cuerpo.

Remus tardó unos segundos en percatarse; siguió la mirada de Nymphadora y quedó helado.

Primero pensó que ella estaba mirando una cicatriz particularmente grande justo en su pubis, y habría preferido que hubiese estado mirando eso en vez de… lo otro.

¿Porqué lo miraba de esa manera?, ¿acaso no le gustaba?, ¿esperaba todavía más?

El nerviosismo de hace unos minutos volvió a llenarlo de tensión. Dejó estáticas sus manos y las separó de la piel de la mujer de forma lenta, esperando la reacción de ella.

- Espera, ¿qué haces? – pronunció de pronto.

- Pues… - iba a sonar muy infantil decirle "es que me estabas mirando raro", así que prefirió no decir nada.

- Lo último que quiero es que dejes de tocarme – agregó, volviendo a besarlo, esta vez en el cuello. Besos húmedos y cálidos que se apropiaban cándidamente de la piel del lupino.

Sin bastarle con los besos, agarró con una mano el miembro erguido de Remus, deleitándose con el porte de este, sintiendo cómo es que un deseo abominable crecía en su vientre y se desplazaba hacia su propio sexo, clamando y rogando por ser invadido por esa exquisita porción de carne.

Ella no sabía masturbar a un hombre. McMillan nunca la dejó hacerlo. Sus movimientos eran algo torpes, no sabía si hacerlo muy rápido o muy lento, si apretar mucho o poco. Remus se percató de eso. Si bien el hecho de que ella lo tocara allí era muy excitante, que no supiera hacerlo lo frustraba un poco.

- Perdón… - pronunció, abatida. Habían pasado 3 minutos y Remus no había gemido ni una sola vez – es que nunca lo he hecho antes…

Él no sabía si creerle, si hubiesen estado en otra situación menos íntima (como no la primera vez juntos, por ejemplo), le habría preguntado que cómo diantre iba a ser inexperta habiendo estado de novia por un año con el mismo tipo; pero al ver la expresión de su rostro no pudo debatirle: Nymphadora lo miraba con vergüenza.

- No te preocupes – dijo el lupino, que mantenía sus manos aferradas a las caderas de la mujer, en un principio tensas pero luego algo aburridas. Acarició el vientre de ella al mismo tiempo que se daba el valor de comenzar él la seducción.

Continuó con la caricia hasta llegar a sus pechos, sin tomar demasiada precaución, arremetió contra sus pezones con fiereza, atrapándolos con sus labios y dientes, saboreando la piel surcadas de pliegues que le sabía dulce, que volvía a excitarlo de sobremanera, dejando atrás los recuerdos de una masturbación truncada.

Ella intentaba abrirse paso a la locura y no permitir que la pena la controlara. Tocaba a Remus por la nuca y adentraba sus yemas en su cabello, incitándolo en su tarea.

De pronto él la tomaba por las nalgas, arrimándose con fuerza a ellas, apretando y rasguñando la piel suave. Continuó besando sus pechos, luego su escote, el cuello y el mentón, en una danza apresurada y húmeda, que ella recibía con deleite a pesar de la violencia.

De pronto, el la tumbó en la cama con ferocidad y rapidez.

El instinto la hizo cubrirse los pechos una vez se halló sobre la colcha. Allí estaba, con las piernas cerradas intentando esconder lo que inexorablemente iba a ser descubierto.

- Te ves deliciosa así – dijo de pronto el lupino.

- Ven – alegó ella, con las mejillas sonrosadas y con una voz suave.

Él se arrodilló enfrente de ella, abrió sus piernas tomándola de las rodillas. Sin perderse detalle, no apartó la vista de ahí.

Una gama de rosas presumía su piel. Viscosidad y brillo atrayentes.

El miembro del lupino pareció erguirse más, apuntando desafiante hacia el dulce recoveco que clamaba en silencio ser invadido por él. No le parecía posible despegar su mirada del sexo, que parecía palpitar acorde a su deseo.

Ella lo miraba con pudor y algo de timidez. Hace muchísimo tiempo que no se dejaba observar a tal confianza, había olvidado la expresión voraz que se presentaba en el rostro de los machos segundos antes de penetrarla.

Remus la tomó por los muslos, mientras él seguía de rodillas. Tiró de su cuerpo liviano, acercándola. No le tomó más de un segundo ir de lleno al agujero, que se mantenía algo escondido.

Si había algo que volvía loco a Lupin (a parte de la luna llena) eran las mujeres con vulvas pequeñas, y todavía más lunático se volvía si sus vaginas eran estrechas, como suponía él que sería la de la pelirrosa que tan excitantemente se dejaba hacer.

Apuntando y sin titubear, sin siquiera pensar que las preliminares habían sido de muy poca duración para ser la primera vez, penetró de forma candente y constante, cargando todo su peso en el miembro rígido, presionando la barrera que imponía el cuerpo de ella.

Le pareció que Tonks se tensaba y que clavaba sus uñas sobre sus brazos, supuso que era de gozo, por lo que siguió estocándola, cada vez más a prisa y profundo. Con los ojos cerrados y la cabeza hacia atrás, se sentía en el paraíso prohibido.

No escuchaba gemidos ni jadeos que no fueran ajenos a su boca, por lo que aumentó la velocidad, y continuó aumentándola hasta que escuchó gemir a su hembra; y mantuvo esa velocidad por largos minutos, al mismo tiempo que las uñas de ella dejaban de clavársele.

"Ha de estar cerca del orgasmo" pensó, y abrió los ojos por primera vez desde que la penetró: ella también los tenía cerrados, y ahora sus manos estaban sobre la cama, aferrándose a la colcha mientras la expresión de su cara era indescifrable.

- ¿Te está gustando, verdad? – increpó el castaño con voz ronca, mientras seguía con su labor, sólo que esta vez había dejado de tomarla de los muslos. Se estiró sobre el cuerpo de Nymphadora, cargando su peso en los codos, mientras la miraba incesantemente.

No obtuvo por respuesta más que una seguidilla de gemidos, pero eso bastaba de bálsamo, humectaba sus pasiones y lo obligaba a continuar.

Y así siguió por otros largos minutos, hasta que quiso cambiar la posición.

- No, Remus – lo detuvo.

Él la miró sorprendido. Y lo sorprendió aun más que ella desviara la mirada. "¿Eso había sido todo?...".

Se retiró de ella, anonadado, confundido y algo molesto. No sabía muy bien qué hacer, ¿se tenía que ir a dormir a otra habitación y dejarla sola?, ¿o quedarse con ella?

Se tumbó a su lado, pronunció un hechizo que limpió todo (y ayudó a bajar la erección) y se quedó quieto, mirando el techo como único panorama posible.

Nymphadora tardó unos segundos en abrazarlo, y posar su cabeza en el torso sudado y gris que tanto le enamoraba. Mas él se mostraba algo distante. No quiso preguntar.

Los dos se durmieron, él sumergido en la molestia; ella, en el dolor.

X

Si Minerva McGonagall daba una orden, había que cumplirla a cabalidad, sin importar cual fuera. Así que cuando Remus escuchó que debía volver al bendito bosque de hace unas semanas con Nymphadora, dejó todos sus sentimientos de lado y se dispuso a concretar la misión.

Lo que más le molestaba era que ella no fuese capaz de hacer acto de presencia, quería preguntarle por qué coño se había portado así con él, por qué lo había seducido hasta el cansancio y luego lo abandonaba así sin más.

"Isabelle me hizo lo mismo" recordó. Pero el sabor de esas caricias eran de otro calibre, tenían lujuria y desenfreno. En cambio la sesión con Nymphadora no dejaba más que dudas… y ganas.

Tristemente, si tenía que hacer la comparación y dejar de lado los sentimientos, Isabelle ganaba por lejos.

Llegó al punto de reunión. "Debajo de un árbol con corteza rosa pálido" dijo la directora como única coordenada, "Genial, si no me paso 5 horas buscando el árbol, será milagro" pensó con poco entusiasmo.

Tan sólo 5 minutos más y ella debía estar allí.

Ya iban 10.

Luego 15.

Comenzó a hartarse. Eran demasiadas cosas juntas que soportar de ella.

Lo realmente trágico y horrible, era que Remus no había tomado en cuenta que su transformación estaba próxima, muy próxima. Nunca había sentido ni celos, ni la frustración magna que sentía por culpa de esa mujer, así que todos sus sentimientos eran amplificados todavía más si la luna llena estaba cerca.

Él no era de esos tipos que armaban show si tenían celos, aquellos peleones o especiales amantes de la trifulca, él era de los pacíficos… pero de esos encubiertos que cuando hay que sacar las garras, se les pasa la mano.

- Perdón por la tardanza – se escuchó de pronto.

No había necesidad de voltearse a mirar quién era.

- Llevo 15 minutos esperándote.

- Lo sé – se disculpó, acercándose – es que no encontraba el árbol.

Remus soltó una risita desdeñosa.

- Da igual, apresúrate.

Tardó unos segundos en procesar el ánimo de su gesto. Estaba acostumbrada a que la gente se burlara de su torpeza, incluso habían cuestionado su calidad como auror por ese detalle. Pero que lo hiciera Remus era tan catastrófico como surrealista.

- Minerva me dijo que tendremos que internarnos en el bosque hoy, mañana y pasado. Luego tendremos que seguir las órdenes que nos manden – comentó la mujer, quitándose los pensamientos entristecedores de la cabeza.

- Si, ya sé.

Ambos caminaban a paso rápido, él mucho más.

El suelo estaba cubierto de raíces levantadas y de formas serpenteadas que amenazaban con derribar el cuerpo torpe de la pelirrosa en cualquier momento. Y aquello no era lo terrible, sino que el macho que iba delante no parecía tener la predisposición para ayudarla.

De repente ella tropezó. De rodillas cayó al suelo, clavándose en una palma la punta de una raíz particularmente puntiaguda.

El estrépito fue lo suficientemente fuerte como para hacerlo detener, aunque no había necesidad de voltearse para enterarse.

Le dolía muchísimo. La palma, las rodillas y ciertos músculos que antes estaban resentidos y que ahora volvían a molestarle.

- ¿Necesitas ayuda? – preguntó el lupino, de lado frente a ella, debatiéndose entre quedarse a pararla o continuar la aburrida caminata.

- No – contestó, comenzando a hartarse por la frialdad de Remus.

Les dieron las 7 de la tarde hasta que por fin pudieron encontrar un lugar para acampar. El camino se hizo extremadamente latoso y hostigante. Nymphadora tenía vergüenza y tristeza, ese bosque la hacía rememorar situaciones dolorosas, sin contar con que la herida en la mano le dolía cada vez más. "Ya sabía que algún día iba a necesitar recordar el condenado hechizo cicatrizante" pensó varias veces.

Remus, por su parte, sentía una creciente oleada de disgusto. Había notado como el caminar de ella los retrasaba; en vez de llegar a las 7 deberían haber llegado a las 5. Apenas iban a tener tiempo suficiente como para montar las carpas antes de que anocheciera.

Encontraron un claro muy lindo, rodeado de altos árboles con troncos delgados.

- Allá puedes poner tu carpa – sugirió con cierta distancia Lupin – la mía estará aquí, pondremos hechizos para hacerlas invisibles.

Ella sólo asintió.

"¿Qué?, ¿ahora no me quieres hablar?", Remus seguía acumulando enojo.

- Espera – pronunció ella, varios minutos después, cuando él entraba a su tienda.

- ¿Si?

- Quiero preguntarte algo…

- Dime.

- … ¿estás enojado conmigo?

Silencio

- ¿Me estás tomando el pelo?

Abrió los ojos asombrada, él nunca le había hablado así.

- N-no… sólo quiero saber porqué te comportas tan frío conmigo.

Y volvió la risita desdeñosa.

- Me seduces, tenemos sexo, y luego te detienes sin más, ¿ esperas que haga la vista gorda?

- Oh… es eso.

Nymphadora bajó la mirada, avergonzada de nuevo, el color carmín subió por sus mejillas.

Que actuara como víctima lo encolerizaba todavía más.

- No sé porqué hiciste eso, quizás tienes poca resistencia, o no puedes seguirme el ritmo, o tu ex novio también era malo en la cama, pero…

Al segundo de haber dicho esa última frase, se sintió el hombre más perro del mundo. Sin embargo el enojo era tanto, acompañado del resentimiento y el sentir que habían jugado con él, que no le importó retractarse.

Había sido evidente que esas palabras la habían calado hasta lo más profundo. No pudo suprimir la expresión de absoluta sorpresa y tristeza. Y lo más triste era que no lograba reponerse y actuar como cualquier Black lo hubiese hecho.

Se devolvió hacia su tienda, asombrada de su propio asombro. Nunca nadie le había dicho algo semejante. Nunca una frase había dolido y humillado tanto como esa.

- ¿Vas a seguir evitándome?, ¿tendré que soportar una semana tus niñerías sin saber porqué actuaste así? – el silencio lograba perturbarlo todavía más, en esos instantes era donde el lobo se superponía al humano.

- La respuesta que tenga para darte no es importante – contestó ella, sin mirarlo a la cara, sintiendo cómo la vergüenza le hacía sentir la cara anestesiada por una bofetada invisible.

- No me importa, algo es algo.

Eso último volvió a sonarle como humillación, pero a esas alturas no sabía si era de paranoica o qué.

Hizo acopio de sus fuerzas para voltearse y mirarlo a la cara. Y fue en ese momento cuando Remus pudo vislumbrar gotitas brillantes que caían por sus mejillas.

"Otra vez llorando" pensó, sin tanta compasión.

- Si te pedí que te detuvieras fue porque… - ¿cómo podía decirlo sin que le sonara bobo? – fue porque… - ¿acaso era posible que esa frase a su edad no sonara boba? - ah, olvídalo.

- No – pronunció él con voz ronca, al mismo tiempo que caminaba dando grandes zancadas hacia ella, y la agarraba del brazo – dime, yo necesito saberlo – eso último le sonó a ruego… así que se apiadó.

- Te pedí que te detuvieras porque me dolía demasiado.

Ahora el sorprendido era él.

- ¿Te dolía? – preguntó con el ceño fruncido - ¿qué te dolía?

- Pues… ya sabes.

- Si supiera no estaría preguntándote.

"¿Por qué el esmero de hacerme sentir mal?" pensó taciturna.

- Me dolía la penetración.

- ¡JA!, ¡pero si no parabas de gemir! – arremetió él, divertido de las palabras de la mujer.

Nymphadora se soltó de su agarre y caminó aprisa hacia la tienda, dejando atrás a Remus que no podía sentirse más superado por la situación.

- ¡HEY! – le gritó él, acercándose hacia ella con la misma velocidad.

- ¿Qué más quieres saber? – propinó Tonks, comenzando a disgustarse y no sólo a lamentarse – al principio si estaba excitada, mientras me besabas y me tocabas, pero cuando me penetraste me dolió mucho y en serio traté de que se me pasara pero luego comenzaste a moverte más rápido y no podía seguir soportando el dolor…

- No entiendo, tu no eras virgen, no debía haberte dolido – continuó terco, mirándola con una mezcla de burla y duda.

- No estoy acostumbrada a tu tamaño…

- ¿Ahora me tengo que sentir culpable?

- No… - esa discusión no tenía pies ni cabeza. Cualquier persona compasiva habría entendido a Nymphadora, sin embargo aquel hombre tenía más parecido a Severus Snape que a Remus Lupin – no te estoy culpando de nada – lo miró fijamente a los ojos – lamento no haber estado a la altura de tus expectativas, quizás deberías quedarte con Isabelle.

Y logró colarse dentro de la tienda.

X

¿Nunca les ha pasado que saben que han hecho algo mal, que han causado un drama, pero ni siquiera la sensación amarga de haber sido victimario es lo suficientemente potente para ganarle a la rabia o al orgullo? Remus se sentía así.

Estaba sentado en la cama, con la mirada perdida en el suelo y con la espalda encorvada.

Hace dos horas que no veía a Tonks, y estaba segurísimo que en esos mismos instantes estaría llorando por su culpa. Ella era muy sensible.

No entendía del todo la situación: Nymphadora era una chica joven, guapa, de cuerpo bonito, seguro nunca le habían faltado los pretendientes, ¿cómo era posible que reaccionara de esa manera ante un… bueno, miembro medianamente grande?

"Yo no soy la gran cosa…" pensaba el castaño, mitad creyendo, mitad pensando que efectivamente era la gran cosa. ¿Pero que podía hacer un hombre frente a esa situación?, lo correcto sería ir y pedirle perdón, no, mejor rogarle perdón por haberla hecho sufrir, y luego hacerle el amor de manera cuidadosa y listo, problema resuelto… pero era terco y llevado a sus ideas, el saber que lo había abandonado por que la lastimaba no lo convencía del todo.

"Estuvo de novia un año con ese tipo, donde seguramente tuvieron sexo como conejos cada vez que podían… es prácticamente imposible lo que ella dice".

Pero no, era perfectamente posible, y eso él también lo sabía.

De pronto la poca luz del día se vio apagada, y él comenzó a sentirse muy extraño.

No le dio mayor importancia.

Salió al claro y se dispuso a mirar la noche. La luna estaba oculta por las copas de los árboles, pero no le preocupaba el astro plateado por el momento.

Entre los arbustos estaba la tienda de ella, y según veía, tenía una lámpara o la varita encendida, pues podía ver perfectamente su silueta. Estaba arrodillada y con las manos en los pechos, mientras hacía movimientos circulares.

A Remus le sorprendió eso, parecía estar dándose placer ella misma (cosa que no calzaba con el show lastimero de hace unas horas). Caminó cuidadoso hacia la pequeña abertura de la tienda, y lo que vio lo dejó helado: efectivamente ella se estaba tocando, pero no por placer, estaba esparciendo sobre su piel una crema color perla muy brillante.

Nymphadora tenía marcas de dientes y succión en los pechos, hematomas rojos y morados que se esparcían sobre su piel blanquecina. Y aquello no era todo, el castaño se percató que una de sus manos tenía una venda, en la que se veía claramente una mancha de sangre que cubría toda su palma. Ella, después de esparcir la crema y taparse con su pijama, destapó la venda y aplicó un líquido negro sobre la herida. Su bonito rostro fue explícito, le dolía en demasía, pero ella aguantaba mientras el líquido mojaba la carne rota y parecía cicatrizarla como si nunca hubiese estado herida.

No quiso seguir espiándola.

Se sentía malvado como nunca antes se había sentido. Las marcas de sus pechos eran claro símbolo de su rudeza.

Quiso poder despojarse de la momentánea cobardía que lo llenaba de nuevo, pensó en irse y no permitirse lastimarla otra vez. Pero aquello no iba a solucionar nada, muy por al contrario.

Inspiró hondo y caminó hacia la tienda, nomás unos pasos y ya estaba.

Cuando de repente, a sus espaldas, algo lo tocó.

En un abrir y cerrar de ojos tomó su varita y pronunció ¡Expelliarmus!, pero el ser que estaba allí logró saltar y esquivarlo.

- ¿Por qué tan agresivo? – susurró una voz femenina.

- Isabelle… - se le escapó de los labios a Remus, anonadado por su presencia.

- ¿Qué te parece repetir lo de hace unas semanas? – y lo tomó por la manga de la camisa, casi arrastrándolo hacia la tienda, pues él estaba tan shockeado que con suerte recordó su nombre.

Nymphadora creyó oír pasos afuera, se asomó con cautela. Lo último que vio fue cómo un plateado cabello se fundía en la negrura de la noche.