Regresó al Santuario mucho más sereno. Ver con una sonrisa tierna el Templo de Acuario no le produjo dolor, no digamos ansiedad.
Le habría dado gusto que Camus estuviese mirándolo desde arriba, pero era mucho pedir, seguramente dormía.
"Buenas noches, princesa de hielo." No había dormido bien desde el día en que Kile se fue, hasta hoy. Todas sus inquietudes habían desvanecido, su vida era un paraíso totalmente impecable de problemas. Aunque mañana sería el día, y se sentía especialmente, esto no fue excusa para interrumpir su sueño. Porque buscaría a Camus, y era imposible recibir un no por respuesta.
"Milo." Esta vez Camus lo saludó propiamente. Había ansiado tanto verlo en los últimos dos días. Lo primero que percato es que no estaba tan bien arreglado como la última vez, ahora parecía mucho más casual por no decir natural.
Milo le sonrió como era su costumbre. "Como has estado?" preguntó manteniendo aún distancia con él. No había empezado a atardecer, y la noche de por sí sería larga.
"Mucho mejor." Fue su respuesta cuando se aproximó algunos pasos. "Quería verte." Dijo en tono cálido y necesitado. Milo apretó con urgencia la mano que él le ofreció, desatando peligrosa electricidad entre sus cuerpos.
"También yo quería verte." Contestó pronunciando cada palabra lentamente para que Camus las entendiese perfectamente bien. Un leve pudor apareció en sus mejillas, y Milo pensó que se veía simplemente encantador. "Pero creí que necesitarías tiempo para... entender. Sé que no ha sido fácil para ti y-"
"Qué tonto!"
Escuchó que Camus le decía con ternura, y no había estado preparado para el fugaz beso que recibió en la mejilla. "Camus..." se le escapó en un respingo, tocando el lugar que había sido acariciado con sus labios.
Camus sonrió como solo lo había visto sonreír hace años. Sintió como entrelazaba sus dedos con los propios y solo su voz pudo haberle sacado del paraíso. "Milo. No vas a invitarme...?"
Milo respondió su sonrisa, que había desaparecido hace un momento por la repentina sorpresa. "Demos un paseo, dulzura."
Y ese era Camus, quien lo tomaba de la mano y recostaba la cabeza en su hombro. Dejándose guiar por los pasos de su compañía.
Camus era su sueño, cuantas veces soñó, y los dioses saben que lo hizo; con este momento precioso. El momento que sería el principio de la eternidad. Camus se veía tan enamorado, tan entregado a Milo, parecía no importarle realmente a donde se dirigían.
Dicho lugar fue la playa. Dejaban una profunda marca cada vez que sus pasos presionaban la arena, el sol les sonreía brindándole sus últimos rayos de luz naranja.
Esa tarde era perfecta y encantadora. Milo se lo agradeció a la deidad bondadosa responsable de tal belleza, tan solo para ellos.
"Aquí, hablemos." Se sentaron uno junto al otro, permitiendo que las pequeñas olas mojaran sus pies ocasionalmente, y Camus no dejaba de mirarle, como si esperara algo, pero Milo no sabía qué era.
Empezaba a sentirse un poco nervioso, porque la relación iba a empezar a partir de ese instante, y lo que dijera, hiciera o no hiciera, sería muy importante. Tragó saliva y dijo, mientras rascaba en caricia mansa el cuello de Camus. "Cuando te marchaste, siempre venía a este sitio y me preguntaba porqué nunca llegue a traerte. Pensaba mucho en ti las primeras noches."
Camus se apoderó de la mano de Milo en su cuello para besar sus dedos. Como una disculpa silenciosa. "Milo..."
"Los siguientes años me negué a pensar en ti, no por haber dejado de amarte, sino porque pensé que si te había hecho sufrir no debía ser en vano. Tenía que ser un-" un par de dedos groseros le silenciaron al instante, frente al rostro alegre de Camus que le miraba incitante.
"Y qué pensabas?"
"Uh, uh- pues, yo..." Milo no pensó que algún día debería hablarle sobre eso. Como muy pocas veces, se sintió profundamente abochornado. "Eeeh..."
"Ahora te has sonrojado, caballero."
Milo lo miró desafiante. "Es solo el calor, no tengo problemas en contarte."
"Te escucho." Camus fingió creerle cuando se acostó arropándose nada más que con la arena que saltaba en ocasiones sobre su cuerpo. Le estaba retando, bien. "En qué pensabas?"
Escorpio aceptó el reto gateando sobre el cual minino, como siempre pensaba al estar lo más cerca posible de Camus, ¡qué hermosa criatura!
"Quiero escucharte, Milo. Habla y no dejes de mirarme, solo a mí." Pidió con seriedad, asegurando en un agarre fuerte su petición que era voluntariamente cumplida.
"Yo me sentaba en este lugar, y pensaba, te añoraba. Porque las olas al chocar parecían susurrar tu nombre, avivando constantemente nuestro amor." Agradeció a Camus no interrumpirle, ahora sintió que tenía tanto que decir, tantas cosas que Camus no supo.
Y ahora que él, Milo, le hacía sombra a su rostro de alabastro atento y conmovido por cada pequeño orden de palabras, no, no podía dejar pasar la gloriosa oportunidad. Aspiró la brisa marina y la esencia de Acuario bajo él.
Acuario, qué ironía. Camus en ese momento era el mar mismo, el verdadero mar que siempre deseaba ver salir de la espuma de la playa todas las noches. "Antes de resignarme, debo admitir que empezaba a volverme loco..." confesó haciendo una mueca graciosa, tratando con éxito de robarle una suave risa, y volviendo a dominar la conversación, prosiguió. "Tu sonrisa es hermosa," elogió embelesado por el exclusivo paisaje. "tus labios no se dividen, pero no se juntan. Perfecta."
"Eres muy observador."
"De tu cuerpo veo muchas partes, no todas." Agregó lo último con importancia." Aves sobre ellos se hicieron notar, marcándose en la arena como sombras que dibujaban los últimos destellos de sol.
"Qué no puedes ver, Milo?" preguntó atrapando con cautela, la cadera del aludido con sus piernas. "Creí que podías verlo todo." Dijo antes que Milo.
Y Milo le sonrió, abriendo pequeños hoyuelos en sus mejillas. "Siempre amé tus ojos, eran tan azules como el cielo al mediodía. Pero ahora no puedo definirlos, se han vuelto incoloros."
"Realmente?" Camus arrugó el ceño, porque no entendía, no realmente. "Que-"
"Tal vez me equivoque, podría ser la distancia." Milo se inclinó todavía más, pero no veía los ojos de Camus porque sus propios párpados estaban de hecho cerrados, y acariciaba la nariz de Acuario con la punta de la suya. "No puedo ver tus ojos," sopló las palabras cálidas en el rostro amante. "porque inevitablemente me pierdo en ellos." Entonces abrió los párpados, y sonrió más ampliamente si era posible. "Me llevas continuamente al paraíso sin haber hecho un movimiento. Eres magia, mi indiscutible primer y último amor."
Lagrimas gemelas brotaron de los ojos de Camus sin dificultad alguna. El mismo Milo se encargó de secarlas suave y delicadamente con sus pulgares, como si de una fina muñeca de porcelana se tratase. "No llores, bonito. No hay por qué." Suplicó besando hasta el último rincón de su rostro. "Me harás sentir mal."
"Es la alegría, Milo. Yo simplemente- no puedo creer..., estás aquí... después de haber sufrido ahora sé la verdad y-" las palabras e ideas de Camus quedaban continuamente bloqueadas por el llanto, pues ya la magnitud de lágrimas había aumentado. "y ahora estoy contigo, me estás besando..."
Milo se rindió ante su alegría y dolor. Abrazó a Camus hundiendo el rostro en su cabello, respirando en su cuello. "Porque te amo, quiero volver a ser tu amante. Estarías siempre cerca y nadie te hará daño. Concédeme el honor de nuevo."
"Cómo podría negarme," susurró cuando Milo había sido resignado a recibir caricias suaves en la espalda hasta el amanecer. Pero Camus sí le respondía, y se incorporó para ver su cara bastante húmeda por las lágrimas, ahora serena y decidida. "Si estar junto a ti es lo único que deseo en la vida."
Milo se incorporó para encarar de frente sus ojos. La figura de miles de estrellas se veían reflejadas en ellos, y se perdió en la asombrosa visión antes de contestarle algo, cualquier cosa. "Voy a hacerte el amor. Ahora mismo, Camus."
Los ojos tranquilos de Camus no se inmutaron en lo absoluto. Hizo más firme, si era posible, el abrazo que hacían sus piernas en las caderas de Milo. "Tendré que pensarlo.." Contestó en el mismo tono, entre sensual y pícaro, pero siempre serio.
Para ambos fue difícil describir la sensación de sus labios unidos nuevamente. Lo que empezó como un beso dulce, tierno, de reencuentro, se propagó a un desastre natural.
Milo mordió los finos labios con ferocidad, con ganas de arrancarlos de su lugar y poseerlos por y para siempre. "Mío." Gimió Camus rompiendo el beso a su pesar. "Alguien podría vernos. Aquí no." Parecía dispuesto a acabar con la escena, pero aún así volvió a besarlo con pasión.
Indescriptible la sensación...
Me quedaré con tu aliento... No
aguanto más... Démonos prisa...
Esa noche en el Templo de Escorpio, expresaron su amor de una manera más madura. "Siéntate, vamos." Camus obedeció sentándose en la orilla de la cama, demasiado ocupado con los labios de Milo como para responder. Por su parte, Escorpio se arrodilló frente a él cuando le arrebató la zona superior de la túnica y besó su cuello, gradualmente deslizándose hasta su pecho y sus pezones. Mordiéndolos, disfrutando del placer de Camus suelto en cada gemido.
El resto de las prendas cayeron en pocos momentos en toda la habitación. Cada una más lejos de la cama que la anterior.
Milo desnudo sobre Camus detuvo las caricias para contemplarle. No era esa la primera vez que veía a Camus desnudo, pero esa noche estuvo tan exageradamente deseable. Su piel todavía conservaba el aroma de la brisa de mar, y sintió deseos de robarle esa esencia.
Camus suspiró devolviéndole la misma mirada ensoñadora. Buscó una mano de Milo para frotarla suavemente sobre su pecho. Su espalda se arqueó sensualmente, incitante.
Milo introdujo en su boca el dedo donde brilló la aguja escarlata, ahora de una corta longitud. La lamió hasta dejarla totalmente empapada, y luego compartir su humedad con la boca de Camus que la exigió de inmediato.
Escorpio se mordió el labio inferior, tras el placer de su dedo en la boca de ese bello hombre y su virilidad sobre la de este.
"Estrecho?" fue solo un débil susurro que voló de sus labios a los oídos de Camus cuando se sentó y lo cargó sobre su cadera. Camus sonrió por lo bajo, besando y succionando el rocío salado del cuello de Milo.
"El aguijón de un escorpión. Placentero...Ahhh" exclamó lo último reaccionando a la sensación del dedo de Milo penetrando en su interior.
"Duele, mi amor?" preguntó sin preocuparse del todo, concentrado en su labor. "Tan sólo un segundo."
"Dioses... Milo, sí..." finalmente Milo jugó a sacarlo y volverlo a meter lentamente. Sabía que a Camus no podía dolerle, no mientras gimiera su nombre de ese modo. Milo, Milo, y AH... era lo único que podía oírse ahora.
A su vez Milo tuvo que morder el lóbulo de la oreja de Camus. Estaba fuera de control, ninguno conservó la mínima parte de su cordura.
Introdujo otro dedo, aumentando el placer. El orificio estaba cada vez más dilatado, no faltaba mucho más. Con la mano libre frotó el miembro erecto de Camus, intentando sin lograr resultados, que este dejara de rasguñar su espalda.
Unas incomprensibles y atropelladas palabras en francés fue su respuesta.
Pero debía admitir que eso le excitaba aún más. Tomando en cuenta la idea que lo estaba haciendo suyo... suyo! Ahora sería de él, de Milo. Y sonrió satisfecho bajo el velo de cabello mojado por el sudor.
"Voy a entrar ahora." No supo si Camus le escuchó. Este no detuvo un movimiento, una caricia o un beso. Y esos ojos endemoniadamente sensuales, impúdicos... no podía soportarlo un segundo más.
Empujó sin más espera su miembro dentro de Camus. Esta vez, los dos guardaron silencio. Una respiración, un gemido, nada. Milo sintió como Camus se tensaba en sus brazos, al igual que sus uñas como zarpas le rasgaban la piel.
Y un unísimo chillido de placer suelto por los dos se escuchó en la habitación. No esperaban semejante y repentina oleada de placer.
Era toda una experiencia para Milo. Nunca antes había hecho algo... así.
Camus lo acostó con un empuje suave acompañado de un urgente beso sobre la cama. Y Milo suspiró mirándolo desde abajo, sus pulmones necesitaban aire. Tomó con fuerza la cadera de Camus cuando esta empezó a moverse rítmicamente. La mirada de Camus era endemoniadamente salvaje. Milo excavó en ella, pensando.
Esto no podía ser igual a cualquier antigua aventura. Este hombre, esos ojos, la posesión y lujuria con que daba cada una de sus caricias... todo... era increíble. Camus le amaba con tal intensidad, que pudo sentirse en paz con el universo entero. Era una suerte tener a un ángel en esa situación sin temor que le fuera arrebatado. El mismo Camus se había hecho suyo a voluntad. Qué honor.
Arqueó la espalda disfrutando de los movimientos de Camus sobre él, la sensación de sus cuerpos unidos...
Sus manos escalaron hasta las costillas, para acariciar de regreso su torso, donde músculos apetitosos y bien definidos le rendían culto. Camus liberó con un dejo de placer un largo gemido cuando se corrió sobre el vientre de el otro. El ritmo de su cadera disminuyó al flexionarse por otro beso, profundo y suave.
Milo lo respondió al instante. Bebiendo el sudor salado de los labios y mejillas de Camus.
Buscó ávido el liquido blanco sobre él con sus dedos y los lamió como el dulce más delicioso para el deleite de su amante. "Es lo mejor que puedes hacer... mi amor?" jadeó en burla fingida. Milo no esperó que hablar le costara tanto esfuerzo. Es que Camus lo estaba matando de goce.
Y el ofendido Camus le respondió con una sonrisa de advertencia. Donde tras ella se escondía la inimaginable cantidad de atrevimientos, sacrilegios y normas que violarían esa noche en uno de los doce Templos.
No es necesario decir lo que hicieron esa noche, hasta mucho pasado el amanecer.
"Milo..."
Milo le oyó murmurar en sus sueños. Hacía menos de una hora habían caído rendidos uno en los brazos del otro. Camus sobre Milo quien le abrazaba protectoramente contra su pecho. Tuvo que inclinar perezosamente su cabeza para enfocar mejor su rostro hermoso.
Delineó con un dedo sus labios entreabiertos, cansados, dormidos y desgastados, pero bellos. El dueño de dicha tentación abrió lentamente los párpados. Demasiado exhausto para cualquier cosa. Sin embargo, al encontrarse con la mirada de su amante sus labios se curvaron en una sonrisa débil. "Cariño..." empezó abrazándose a su pecho. "Qué hora es?"
"Es hora de dormir." Contestó dulcemente, obligándole a volver a recostarse sobre su cuerpo. "Pero Milo..."
"Duerme ya, bebé." Él mismo empezaba a quedarse dormido, pero su esfuerzo por mantenerse despierto fue considerable. "Quiero sentir tu calor, acuéstate."
Camus a penas cedió relajando su cuerpo sobre el suyo. Acarició distraídamente el pecho ancho con la yema de sus dedos para volver a hablar minutos después. "Notarán que no estoy en casa." Y Milo ya no le escuchaba.
Suspiró volviendo a acomodarse. Qué hermosa noche había sido.
Se sintió tan lleno de vida, tan humano mientras hacían el amor, por primera vez. Vivo, su primera vez.
Besó con agradecimiento silencioso el pecho de Milo, acariciándolo con sus labios mientras él dormía.
"Tesoro." Susurró. Y tampoco tardo en caer rendido entre los brazos de Morfeo, que inconscientemente le abrazaron la espalda. "Dulces sueños."
Piezas de vidrio amortiguaron en el suelo. Numerosos hilos de sangre brotaron del puño de Saga, aún incrustado en la tabla que estaba detrás de lo que antes solía ser un espejo enorme, diseñado para gigantes.
Al desastre en el suelo, astilla y vidrio, le continuaron lágrimas constantes que se escurrían a lo largo de la mascara que cubría su rostro.
Había dejado de sentir la cosmoenergía de Kanon hacía ya un mes. Un mes atrás, casi podía oír sus gritos. Llamándole con profunda desesperación y odio, exigiendo una explicación.
Su pequeño hermano, malvado e inocente. Dulce, con ideas raras, a veces escalofriantes.
Quería conquistar, apoderarse del mundo, del mismo universo, pasando hasta sobre la misma Athena. Deseaba matar, odiar y hacer cosas terribles. Pero siempre a su lado, de él, de Saga.
A su hermano mayor nunca le haría el menor daño, porque lo amaba. Aún así... Saga no podía consentir que le hiciera daño a otras personas, no podía dejarle cometer acciones que más tarde traerían graves consecuencias en su contra.
"Kanon..." Qué podía hablar de él. Cómo podría juzgarlo, viendo el reflejo de su propia maldad en un espejo.
Era terrible, era un monstruo comparado con Kanon, quien solo soñaba más no había matado una mosca hasta los momentos. Él mataría a Athena, la que representaba un futuro lleno de paz y amor en la tierra. Al matar a Athena, mataría a todos los que amaba. Y no podía evitarlo, no mientras estuviese siendo vigilado y controlado por él mismo. "Ka-non." Volvió a sollozar, pero era inútil. Su amado debía estar irremediablemente muerto, y su cadáver yacía tras los barrotes de cabo sunion.
"Buen día."
"Tarde Milo. Son más de las dos."
"En serio?" susurró rodeando un brazo en su cintura. "Fue una noche agotadora… te gustó?"
Camus sonrió apartándose a tiempo, antes de ser besado. "Aquí no, tonto."
"Aquí no." le imitó Milo entrelazando los dedos con los de Camus quien aún lo trataba de evitar. "No, aquí no…" suspiró, empujándolo con suavidad entre los pilares del Templo de Acuario que ofrecían una eficaz sombra en ese momento. "La negación es mi punto débil. Lo sabes, no me resisto..."
Camus aceptó un fugaz beso, se soltó para abrazarlo con ternura. "Lo hago por cuidarnos."
"Cuidarnos? De quien?"
"Eres demasiado indiscreto." Susurró en respuesta, dándole un picotazo leve en los labios. "No podemos hacer locuras, en especial ahora cuando Athena no tarda…"
"Solo tienes que pedirlo. Dices, Milo no debemos, y Milo no hace nada..."
"Y hasta qué punto podré confiar en él?"
"En Milo?"
"Ahá…" Camus arqueó una ceja con diversión, Milo pensaba.
"Bien, le preguntaré..." contestó exigiendo más besos. Camus por supuesto, se los daba. Qué niño! Realmente era este el temible caballero de Escorpio?
"Tendremos mucha más presión con la llegada de Athena. Supongo que aprenderás a ser menos impulsivo."
"Yo no soy impulsivo!" replicó indignado. Luego bajo el tono para que solo Camus pudiese escucharle. "Eres mi novio, es normal que quiera acariciarte en algún momento..."
"Pero no será frente a la Diosa." Cortó la conversación dando cierto énfasis a la palabra Diosa. Apretó las mejillas de Milo hasta hacer que su rostro adoptara por un momento la cara curiosa de un pececito. Escorpio frunció el ceño, y Acuario pensó que se veía más lindo. Milo era fácil de controlar. "Te amo, bonito." Susurró embelesado por lo visto. Se adelantó para besar los labios graciosos de Milo.
"Lo sé, eres perverso…"
"Por qué?" Milo acabó con la cercanía, era hora de irse.
"Desperté solo. Esperaba encontrarte."
"Dormías, amor." Camus rió ante el berrinche. "Era obvio tenía que regresar."
"Y la próxima?"
"Es una promesa."
"De caballero?"
"De caballero. Ahora ve, sabes no debemos prolongar estas visitas."
"Piensa en mí."
Camus negó con la cabeza mientras sonreía. Ahí iba su amor, saliendo de su templo. El sol hizo que su escultural sombra se tiñera en el suelo, solo para que Camus pudiese apreciarla. Qué fabuloso perfil apreció. Milo lucía bien en el Templo de Acuario, quién diría que no eran compatibles.
El caballero de Acuario, qué autoritario titulo. Suspiró pasando las yemas de sus dedos sobre un pilar que le pertenecía y que como deber tenía protegerlo, con su vida si era necesario. Su templo, que su maestro le había encargado.
"Maestro." La palabra escapó de sus labios ansiosa y sin pedir permiso. Alejó su mano.
Qué sería de su maestro ahora? El que lo había entrenado y convertido en lo que era? En qué momento había empezado en ver en él... no, no veía nada en él, lo sentía... acaso... su padre? El terrible Olmawi podía despertar en él ese sentimiento de nostalgia?
Milo se reiría, y Camus hizo una mueca divertida imaginando sus palabras y la expresión burlona en sus facciones.
La peste blanca- El apodo resonó en su cabeza, la imaginación imitaba a la perfección la voz de Milo. – Lo extrañas a él? Que te mira con esos ojos fríos, blancos como la nieve...Camus cerró los ojos, armando, recordando cada pequeño detalle en esos ojos eternamente grises, adaptándose perfectamente al clima de Siberia... Milo les llamaría fríos, blancos como la nieve misma... no debía juzgarlo de esa forma.
Olmawi en sus brazos, muriendo... hablándole de esa forma tan afectuosa, feliz... feliz aunque moria...
Sacudió su cabeza, evaporando la escena dolorosa. Sus ojos habían brillado tanto entonces, nunca había visto... tales ojos...
Te odia, Camus! Impidió que fueras feliz, te hizo más desdichado en la desdicha...-"Él- no." Las manos casi congeladas de Olmawi apretaban con fuerza la suya, y Camus lloró devolviendo el apretón con mucha más fuerza. "Maestro... Olmawi."
Cogió una bocanada de aire, había estado a punto de ahogarse en el mar de sus pensamientos. Los recuerdos...
Entró a la habitación que antes compartía, suya era en estos momentos. Curiosamente, siempre disfrutó de la sensación al regresar a ella.
Mientras a Milo, y a otros caballeros que pasaron alguna vez por su Templo decían a sus espaldas que era infernalmente helado e incomodo, para él fue lo contrario.
Era tan cálido, tan abrasador... El calendario, Camus lo vio desaprobándolo. De tantos años atrás... eso ya no servía.
Lo echó a la papelera, solo le importaba los años que vendrían ahora.
Febrero; tuvo el mejor cumpleaños de su vida, recibiendo por obsequio el único ser comparable con la belleza de Adonis, esa noche durmió en sus brazos, hasta el amanecer...
Mayo; La tan esperada y ansiada llegada de la Diosa llegó, todo el Santuario estaba muy agitado, todos estaban emocionados, la verdadera vida como Caballeros estaba a punto de empezar, y para sorpresa de ambos, Milo y Camus sintieron que eran aún más felices...
Las hojas seguían siendo descuidadamente arrancadas del calendario. Los días pasaban pronto, como minutos... los besos, las caricias en la oscuridad, en el baño, ocultos en el bosque, en un desconocido pueblo cuando una misión se les encomendaba lejos... sí, los días tenían la rapidez de un relámpago, y la misma potencia y ardor de uno especialmente fuerte...
Ellos eran amantes furtivos, jóvenes. Te amo, te amo, se declararon miles de veces, y esas palabras quedarían por siempre grabadas en el árbol cerca al Santuario.
Una ventisca fuerte intentó detenerlo, pero ya había avanzado demasiado como para flaquear ahora. Sus pies se sepultaron hasta las rodillas sobre la nieve, y su propio cabello en muchas ocasiones no le permitió ver. Finalmente lo encontró tras el velo de escarcha frente a él, una cruz con letras cuidadosamente talladas en francés.
Ici Olmawi se trouve, immortaliser pour toujours son amourKile sonrió con ternura y se arrodillo frente a la tumba. Apartó la capa de nieve para leer con claridad, y su cuerpo casi congelado ardió de pronto ante la emoción.
"Es invierno, viejo Icerberg. Sonríe."
