Los personajes de Candy Candy son propiedad de Mizuki e Igarasshi, TOEI Animation, Tokio 1976, usados en este fic sin fines de lucro.

Capítulo 9
Como la palma de mi mano

Si ella le hubiera explicado toda esa locura, Albert no habría estado tranquilo. Ahora comprendía por qué el mensaje de Candy había sido tan ambiguo. Albert peinó su pelo con sus dedos, su mirada era dura, trataba de adivinar cómo la estría pasando su pequeña en medio de tantas cosas raras que Patty compartía con él.

-¿Así que Candy y este chico Anthony, ya son novios? – si la voz pudiera beberse, el sabor que Patricia hubiera encontrado sería agridulce. La muchacha movió la cabeza negativamente manteniendo el contacto visual.

-No – Albert se sintió aliviado; no era solo ese sentimiento que lo atolondraba cuando pensaba en Candy, había algo más: Empezaba a sentir desconfianza con esa familia, como si fuesen una especie de Adams de nueva generación –; por lo menos no eran novios anoche que me despedí de ellos – por su tono, la muchacha parecía no querer infundir ningún tipo de esperanza en su amigo.

Al parecer, ni siquiera el sol de esa mañana podría apaciguar el corazón del rubio, por lo menos eso era lo que él esperaba. Arqueó su ceja como intentado programarse mentalmente. Él habría creído que esa desesperanza le dolería más, pero por más que se esforzaba, no encontraba dentro de sí esa punzada certera que atravesara su corazón y lo estuviera sumiendo en agonía. Trató de discernir qué era lo que sentía, solo encontró preocupación por el hecho de que Candy estuviera en una casa de locos.

-Esta tarde no puedo buscarla, los domingos son los días de mayor trabajo en el restaurante – dijo como si Patricia estuviera esperando que él la trajera de regreso a casa – ¿Sabes que ya no soy lavaplatos?

-¿No? – Patty estaba esperando que él terminara de darle la noticia. Lo contemplaba expectante.

-No – como si estuviera caminando con todo el poder en su dedo; como si fuera un Midas moderno convirtiendo todo en oro, Albert le devolvió una mirada invitándola a tratar de adivinar. Patty trató de concentrarse – ¿Ya eres mesero?

-Bueno, debo decirte que la dueña del restaurante quería que yo fuera el host, dijo que podría atraerle muchas clientas – Albert sonrió divertido, le gustaba ver esa mezcla de celos y cuidado extremo que Candy y Patty volcaban hacia él.

-Por supuesto que le dijiste que no – esa no era solo una afirmación de la chica de anteojos, era más bien una especie de imperativa recomendación – no le gustaba la idea de ver a su amigo como atracción o símbolo sexual.

-Bueno… - él sonrió con coquetería y con aires de grandeza.

-Albert… - la chica le sonrió también ¿Qué podía hacer si esos ojos azules, aún sin querer, eran coquetos por naturaleza?

-Quiero presentarte al nuevo chef – sus aires fueron de grandeza, como si el mundo se rindiera a sus pies.

-¡No puedo creerlo! ¡Cuéntame todo! –Patty se arrojó a sus brazos para felicitarlo. Él la recibió encantado. Se sentía muy agradecido por las bellas anfitrionas que tenía

– De ahora en adelante, siempre que quieras podrás pedir la mesa del chef cuando vayas al lugar – le dijo sintiéndose feliz de poder corresponder a los cuidados recibidos.

-¡Espera a que Candy se entere! ¡Ya la conoces! ¡Ama tu pastel de chocolate! ¡Ahora no tendrá que comprarte los ingredientes! - ¡Ups! Patty se detuvo de súbito.

-¿Pasa algo Patty?

-Nada; es solo que ya no querrá salir de ahí. ¡Pero ahora sí! ¡Anda! ¡Cuéntamelo todo!

-Será mañana Patty, tengo que irme. Regresaré muy tarde, pero en cuanto vuelva solo me daré un baño e iré a traer a Candy; esa señorita no puede abandonarnos así nada más – Albert se levantó con una brillante sonrisa –. Verás que mañana esa tal Elroy Andrew me va a escuchar, ella va a saber quién es Albert… Albert… ¡Albert quién sabe qué! – Bromeó - ¡Faltaba más!

Una risilla divertida salió de la chica.

-¡Adelante! – lo animó como si fuera una porrista. La chica lo miró salir conservando la sonrisa ¿dónde había visto esos gestos? ¿Dónde? Quizás si no usara esa barba de candado podría ayudarla un poco más… ¿dónde había visto esa mirada? ¿Y si lo convencían finalmente de que se sujetara su cabello? No eso sería un desperdicio, Albert tenía un hermoso cabello rubio largo hasta sus hombros, suave, brillante y sedoso; un día quizás podría preguntarle su secreto. Patty se encogió de hombros desechando esas ideas, decidió ir a la cocina por un vaso de leche.

Una vez más durante la mañana la tía colgó el teléfono. Estaba preocupada. Literalmente había estado llamando a medio mundo y aún no lograba su objetivo.

Ya había llamado a cuanto lugar llegaba a su memoria, a cuántos amigos recordaba, pero nada, no había señales de él. Esa mañana en especial había decidido llamar a todos sus amigos asiáticos. En solo un par de días ya había barrido con los contactos europeos y africanos. Hoy estaría en la biblioteca todo el día si era necesario, pero ella tenía que encontrarlo, ya no podía esperar más.

El corazón de la dama sentía haber renacido con le presencia de Candy en casa, no permitió que volvieran a obligarla a sentarse en esa horrible silla de ruedas; hoy se sentía como una jovencita de dieciséis años, y eso, claro, era gracias a que ella estaba en la mansión.

Escuchó la risa de Candy proveniente del jardín, algo le decía Anthony al oído y al parecer debía de ser algo que si no era graciosa, por lo menos la hacía feliz.

-Si pudieras verlos disfrutando de este maravilloso domingo – dijo en voz baja – estoy segura de que estarías feliz con la idea.

Se sentía sumamente feliz porque su nieto hubiese encontrado el apoyo que necesitaba en esos momentos. Sabía que mucho del ímpetu de su padre estaba con él, así como lo estaba en William Albert. Su triste pensamiento le hizo estremecer, lanzó un suspiro de agotamiento, pero este no era el momento de rendirse, ella sabía en su corazón que su hijo mayor estaba bien. Su hijo, sí; para Elroy Andrew ella era la madre de esos cuatro chiquillos que había criado y que hoy la enaltecían, su corazón le decía que William Albert estaba bien, solo esperaba que pronto volviera a casa.

Arrojó esos pensamientos, tomó nuevamente el teléfono decidida a empezar su pesquisa de una vez por todas.

Después de un par de horas, las ancianas manos marcaban temblando un número al que sus pesquisas la habían conducido. Estaba en Toronto, no muy lejos de Chicago relativamente; es decir, lo había buscado incluso en Australia, así que la distancia se había reducido considerablemente.

El corazón de la mujer latía como si fuera el de una colegiala, incluso estaba ruborizada, sabía que si no se concentraba su voz temblaría cuando el momento llegara, unos segundos después, una voz madura y varonil respondía del otro lado de la línea.

-Diga… - en ese momento el tiempo retrocedió para Elroy Andrew.

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Anthony dibujaba pequeños círculos en la palma de la mano de Candy. Ya hacía algunos minutos que no decían nada, solamente estaban disfrutando de su mutua compañía. Él empezaba a sentirse dependiente de la compañía de Candy; este fin de semana había sido muy extraño, la tía continuaba encerrada en la biblioteca; además, seguía empeñada en hacer que toda la servidumbre tratara a Candy como una más de la familia.

Él podía darse cuenta de que Candy no estaba cómoda con las atenciones que recibía. De hecho, de vez en cuando había tenido que llamarle la atención a Sonia, una de las mucamas que, habiendo escuchado del origen de Candy se negaba a tratarla según las indicaciones de la tía. Había estado a punto de despedirla; de no ser porque Candy prácticamente le había rogado que no lo hiciera, esa chica ya no estaría al servicio de la familia.

Se preguntaba en qué momento la joven le comentaría de los problemas que tenía el hogar de Pony con el banco de su familia, por lo visto, Candy no tenía la menor intención de hacerlo. Eso le provocaba sentimientos encontrados; por un lado concluía que ella no deseaba aprovecharse de su noviazgo y, por otro lado, se sentía un poco triste de que ella no confiara en él. Quizás, con el tiempo, ella sería capaz de hablarle sin reservas.

Él la había invitado a un paseo por los jardines. Se recargó en un árbol y ella se apoyó en su hombro. Era relajante estar así, solamente sintiéndose parte del otro. Anthony continuaba jugueteando con la mano de su novia. Se sentía muy unido a ella, tenía una sonrisa pícara mientras desplazaba su dedo índice en la palma de la mano de la rubia.

-¿Acaso sabes leer el futuro? – bromeó la muchacha para romper el silencio. Él la miró asombrado: Mientras que él pensaba en cuán diferentes eran sus manos, ella pensaba en cosas sin sentido.

-¿Crees en esas cosas Candy?

-Por supuesto que no – la jovencita atrapó con sus dedos los dedos juguetones de su novio – pero te veo tan concentrado escudriñando mi mano…

-Solo estoy jugueteando – le explicó intentando regresar a su juego –. Quería preguntarte Candy… ¿no consideras que me haya precipitado revelándote mis sentimientos? Prácticamente apenas nos conocemos, probablemente creas que estoy loco.

-Entonces somos dos locos – se mofó ella, pero la intensidad en la mirada de Anthony le hizo comprender que el muchacho hablaba muy en serio –. ¿Te arrepientes? – tuvo miedo de escuchar una respuesta que no quería.

-¿Arrepentirme? – repitió Anthony como meditando la respuesta. Miró hacia los rosales y la atrajo delicadamente hasta su regazo para rodearla con ambos brazos abandonando su juego. Suspiró profundo antes de hablar-: Yo… Candy… te he idealizado desde siempre, es muy extraño – explicó con nerviosismo – sé que suena raro, tonto o estúpido, como quieras llamarlo; pero me sucedió algo muy diferente cuando te vi. Hasta ahora, eres como te pensé, eres tan semejante que me asusta, es como si te conociera como a la palma de mi mano.

Ella lo miraba sorprendida, podía entender lo que él decía porque lo mismo le pasaba a ella y, para ser sinceros, también le asustaba; se había dado cuenta de que era totalmente vulnerable a él, a todo él.

Ambos se quedaron en silencio nuevamente meditando lo que les sucedía. Parecía, ciertamente una estupidez, seguramente muchos estarían dudando de su historia si la contaran a alguien, pero se negaban a participarla a alguien más. Era su especial tesoro, su conexión de siempre, no querían compartirla.

-Lo curioso es que parece que te conozco de toda la vida – dijo Anthony a media voz acariciándole el cabello y gozando el peso de ella sobre sus piernas. La abrazó como quien abraza algo delicado que no desea perder; la abrazó con recelo.

Ella lo miró, no era muy buena diciendo lo que sentía, pero se armó de valor para confesarle lo mismo. La intensidad de sus miradas era tal que los estremecía al más mínimo contacto. Era como si el contacto de sus labios pasase por momentos a segundo plano. Anthony y Candy podían hacer que sus ojos se susurraran cosas hermosas, besar sus almas a través de sus miradas.

Con dulzura él atrajo su mano, ella la tenía cerrada delicadamente y él la abrió. Nuevamente dibujó círculos enviando increíbles sensaciones que lograban que la piel femenina se erizara.

-Por eso me gusta – confesó sintiéndose para siempre un prócer por ella – porque siento que te conozco como la palma de mi mano –. Anthony extendió su mano sobre la pequeña mano de Candy y finalmente entrelazó sus dedos. Después atrajo la unión de sus manos y depositó un suave y casto beso sobre la mano de ella, totalmente perdido en el verde azul de sus miradas.

La unión de sus manos sería desde entonces su secreto código. Entrelazarlas iba mucho más allá que una caricia.

La entrevista se alargó no poco tiempo más allá de lo normal. Hacía varios meses que George no se sentía así, simplemente no podía detenerse, era como si de pronto pudiese confiar el peso que tenía sobre sus hombros y compartirlo con alguien. Los minutos pasaron y George finalmente percibió que el momento de atender el resto de sus obligaciones había llegado. Miró a través de los ventanales hacia afuera de su oficina y vio la silueta de Alistar que pacientemente esperaba a que él se desocupara.

Ella se puso de pie con una gracia y una soltura inmejorable para despedirse de George.

-Le agradezco su tiempo señorita Alss – extraño apellido este, por cierto –meditó el caballero.

-Por el contrario señor Johnson – Galilea Alss sonrió y se despidió con un apretón de manos tan firme y fuerte como el primero. Ella lucía un traje sastre de falda ligeramente entubada cuya altura no lograba cubrir sus rodillas. Los zapatos de tacón mediano acentuaban la gracia de su desplazamiento. Estaba feliz tan solo de imaginar la cara que pondrían sus hermanas cuando les dijera con quién había pasado más de una hora.

Cuando Galilea llegó a la puerta, ya Alistar estaba de pie abriéndola para ella. Sin pudor alguno el inventor miró cómo la chica se alejaba, sus ojos estaban clavados en las pantorrillas de Galilea que, sin duda, eran de las mejores que el muchacho había visto jamás.

-Me alegro de que finalmente te hayas decidido a aceptar la idea de un asistente – Alistar aún no dejaba de mirar a la chica que se alejaba al mismo tiempo que hablaba con George, estaba totalmente embobado en la joven que se había detenido a esperar el elevador al fondo del pasillo. Ella sintió la mirada masculina y volteó para buscar la fuente, encontró a un Alistar aún en la puerta de la oficina que acababa de abandonar, sonriendo estúpidamente. El muchacho intentó disimular, con nerviosismo se giró y terminó de entrar a la oficina totalmente sonrojado; clareó su garganta - ¿cuándo empieza? – los ojos del muchacho brillaron con picardía; George se limitó a solamente señalarle el lugar que Galy había desocupado para empezar con la rutina del día. Stear percibió que aunque lo disimulaba muy bien, George Johnson estaba impresionado y nervioso.

Ya casi el sol se ponía en el punto máximo del cenit. William Albert detuvo al taxista frente a una majestuosa mansión. Verificó que la dirección fuera la misma que Patricia le había dado; sintió algo extraño, su corazón se volcó emocionado, el aroma de las rosas inundaba su ser por completo, había algo que él deseaba. Cruzar esa reja ahora iba mucho más que el mero deseo de encontrarse con Candy. No lograba comprender qué era, de pronto se sentía aliviado.

Era lunes, sabía que Candy no iría al colegio sino hasta un par de horas más tarde, esperaba poder volver con ella a casa, el departamento no era lo mismo. A él no le entusiasmaba en lo más mínimo volver a casa si sabía que ella no estaba.

Alisó su ropa, peinó su cabello que se alborotaba con el viento, levantó los hombros y despidió al chofer. En unos minutos Elroy Andrew tenía que comprender que no podía seguir reteniendo a Candy.

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De mi escritorio: Voy que vuelo para escribir el que sigue. Las chicas que escriben saben que no es de todos los días que los dedos se muevan solos, así que me apuro ahora que puedo! disculpen los horrores de dedo, prometo editarlo. ;P