¡Hola compañeras/os! De vuelta por aquí. Han pasado ya unos cuantos días desde la última vez, pero creo que este capítulo ha quedado bien, a mí personalmente me ha gustado mucho escribirlo, así que espero que se transmita a vuestras pantallas :D

Muchas gracias por seguir la historia, es muy alentador ver que se va uniendo gente. He visto en las estadísticas que el capítulo anterior os gustó más que otros, pero como no me comentáis na pues una no sabe exactamente qué es lo que os gusta xD No, en serio, sería un bonito detalle que comentaseis algo, si os nace :) (Gracias luy jeje)

Gracias de todas formas guapos y guapas.

Poco más que deciros, que ánimo y a leer, y que en esta cuarta temporada se echa de menos a Lexa :P

Disclaimer: ni The 100 ni sus personajes me pertenecen.

10. GRACIAS

Llegaron a Tondc prácticamente de noche. Habían decidido no parar hasta llegar y eso habían hecho, a pesar de las quejas de los más diurnos del grupo que componía la expedición a la primera central. Al llegar, apenas se despidieron unos de otros. Lexa dio unas cuantas órdenes a sus guerreros para distribuirlos y luego se dirigió a los Skaikru.

- Os haré llamar para concretar las próximas expediciones, supongo que necesitaréis más guerreros con vosotros para acudir a todas las centrales de la zona.

Con esa frase se despidió de ellos, dedicando su última mirada de soslayo a Clarke, tal vez definiéndola sin necesidad de palabras como la líder del grupo.

Pese a que lo más lógico y útil hubiese sido descansar tras la larga caminata desde la central y tras los acontecimientos en la aldea anterior, Clarke no podía irse a dormir sin tener una aproximación de un plan en su cabeza, aunque fuesen unos simples trazos de cómo pretendía Lexa ayudarles en próximas salidas a centrales. ¿O era su afán por ver a su adorada Comandante una vez más antes de tratar de conciliar el sueño? Fuese como fuese, Clarke no pensaba esperar a que esta la hiciese llamar, necesitaba saber cuál sería el siguiente paso.

Así pues, la rubia se acercó a la tienda de Lexa sin preocuparse de si estaría con Costia o reunida con sus consejeros o ya casi durmiendo, quería entrar y saber qué iba a pasar.

- Avisa a la Comandante, Gustus – casi ordenó la joven rubia.

El imponente guerrero la miró sin inmutarse, debatiéndose entre la posibilidad de hacer lo que decía o descargar su lanza contra ella y hacerla desaparecer de allí. Finalmente, entró para informar a Lexa de su presencia, y su respuesta debió de ser afirmativa, porque el guarda volvió a salir y apartó la cortina con indiferencia para que la skaikru entrase.

Lo primero que percibió al entrar fue el intenso olor a velas aromáticas, ese olor tan familiar que ya había experimentado durante su estancia en los aposentos de Lexa en Polis. Fue una especie de déjà vu agridulce que embargó todos sus sentidos y casi la hizo marearse por un momento. Tenía delante la silla de la gobernante, vacía, de ella colgaba el manto rojizo que solía arrastrar la mandataria para distinguirse del resto de su pueblo. Había a un lado una mesa de madera con un mapa, carbón para dibujar y varias figuras. Al fin, Lexa hizo acto de presencia descorriendo una cortinita al fondo de la tienda, donde se encontraba su sala privada para dormir y descansar.

- Clarke, no sé por qué no termina de sorprenderme verte por aquí a estas horas – dijo la Comandante con un deje de ironía divertida -, estoy segura de que necesitas respuestas antes de irte a dormir.

Clarke no se lo discutió y fue al grano, apartando así cualquier manifestación inconsciente que pudiese delatar sus deseos de verla otra vez.

- He estado haciendo cálculos, y con el número que somos mi familia y yo no podemos cubrir todo este terreno y las centrales que hay más allá del océano, necesitamos tu ayuda, Comandante.

Esta asintió pacientemente.

- Estoy terminando de quitarme la pintura de guerra, ven, pasa a esta zona – invitó, cediéndole el paso con la cortina abierta -, y por favor, no vuelvas a llamarme Comandante, no cuando estemos solas.

Clarke se le quedó mirando mientras pasaba a su lado, recibiendo de ella una mirada intensa a la vez que entrañable. Recordaba haber visto alguna vez de refilón esa parte de la tienda. Se componía de una cama cubierta de pieles, una mesilla con un par de libros y varias velas, una mesa con una tinaja con agua y un espejo. Bastante sencillo para una gobernante de su calibre, pero a Lexa le gustaban las cosas así, sencillas y prácticas a la vez que acogedoras. Clarke no pudo evitar percibir el envolvente olor a Lexa en aquella estancia, lo que le hizo alzar la comisura de los labios risueñamente. A Lexa no pareció pasarle desapercibido ese detalle, pero le respondió cordialmente como una dirigente.

- Me pondré en contacto con los gobernantes de otras partes del mundo para expandir el problema y comunicarles como solucionarlo, si es eso lo que os preocupa – explicó, sentándose en una silla frente al espejo y limpiándose los últimos restos de pintura negra de la sien -. Tu hermana, la morena, Raven, ¿verdad? Deberá describir detalladamente como hacerlo para así poder explicárselo a los otros clanes más allá del mar.

- Eso sería estupendo, gracias – respondió la rubia -. Aunque debería ser cuanto antes, no hay tiempo.

- Parece que el tema del tiempo es algo que realmente te preocupa, ¿eh?

- De hecho, sí. No es que yo sea una paranoica, es que...es importante, de verdad.

Lexa se giró hacia ella con solemnidad y asintió de nuevo, como un cachorro que obedece y entiende a su amo.

- No te preocupes, mañana mismo me ocupo de ello.

- Gracias, Lexa.

Se quedaron unos segundos en silencio y luego Clarke se dispuso a dirigirse de nuevo hacia la pequeña cortina que daba salida de los aposentos privados de Lexa, comprendiendo que era el momento de abandonar la tienda y dejar a la dirigente descansar. Su razón le decía una y otra vez que se obligase a salir de allí, y sin embargo, en ese momento Clarke sentía su vida anterior con Lexa tan vívida como si estuviese pasando ahora mismo, con una Lexa cálida e intensa frente a ella esperando también a dar un paso, un paso que no se hizo de rogar. La Comandante, al ver a la rubia moverse decididamente hacia la salida, se puso en pie con un movimiento rápido y atrapó su mano con la suya propia.

- ¿Ya te vas, Clarke?

Clarke se giró sorprendida y casi asustada por la reacción tan repentina. Acto seguido se miró la mano, apresada entre los fuertes y largos dedos de Lexa. Se dio cuenta de que su propia mano se aferraba a la mano de la grounder, como si encajasen a la perfección, como si llevasen tiempo echándose de menos. Lexa no parecía menos sorprendida, ya que Clarke se fijó en como tragaba saliva lentamente mientras la cuestionaba con la mirada.

- He de irme, es tarde y tienes que descansar – desvió la mirada.

"O dejo de mirarte o no aguantaré..."

Los ojos de Lexa relumbraban con las brillantes luces en la penumbra, y cierto deje de emoción tintineaba en ellos como las estrellas del firmamento a las que tanto miraban. Esos ojos eran igual de cálidos y expresivos que cuando la conoció, por lo visto eso es algo que la Comandante nunca pudo cambiar, sus ojos siempre la delataron. Mostraban sus más profundos anhelos.

- Siento una extraña predilección por ti, Clarke – Lexa la miraba con desconcierto y sinceridad, encendida por la emoción y asustada por la incertidumbre -. Yo...tengo la necesidad de acercarme a ti.

Clarke se derritió. Sabía perfectamente lo que le estaba ocurriendo a Lexa, sabía que estaba empezando a enamorarse de ella, no entendía como había podido pasar tan rápido ni si tenía que ver con su pasado, pero estaba pasando. En Lexa se estaba despertando un sentimiento hacia Clarke que ya había tratado de describir en un par de ocasiones. Y en Clarke, inevitablemente, se estaba reavivando ese fuego que sólo se encendía con Lexa. Con la certeza de que los sentimientos se desplegaban entre ellas, Clarke sólo podía deshacerse en ternura ante la transparencia que la grounder mostraba ante ella.

- No sé quién eres, no sé de donde vienes, algo me dice que no lo llegaré a entender – prosiguió la Comandante -, pero creo que de todas formas no quiero entenderlo, no todavía – hizo una mueca, medio cerrando un ojo.

Clarke se relajó. Se quedó de frente a Lexa, sin soltarle la mano.

- No hace falta que sepamos nada de nuestro pasado, eso viaja con nosotras – le acarició suavemente la palma de la mano -. Pero en este torbellino de circunstancias yo también te...te siento como una persona especial, Lexa.

Y de repente, todas sus defensas cedieron.

Pareció un momento perdido, descolgado de la continuidad de la vida que estaban viviendo, ese momento iba aparte, como si fuera necesario vivirlo a pesar de que las circunstancias lo prohibían. Pero algo las empujaba la una hacia la otra irremediablemente y ni siquiera Clarke fue capaz de tomar el mando en esa situación incierta y cargada de intensidad.

Clarke se acercó más, Lexa se dejó, esperando nerviosamente el siguiente paso de la rubia, con la mente completamente en blanco. Clarke puso su mano en la nuca de la Comandante, agarrándola con fuerza, como si todas su dudas se concentrasen en ese contacto y así pudiese controlarse tanto a sí misma como a la gobernante. Percibió los ojos verdes de Lexa directamente en sus labios, como si ese fuese el foco al que querían dirigirse de alguna forma. Clarke se lo concedió. Despacio, muy despacio. La atrajo hacia sí lentamente, disfrutando de la cercanía con Lexa, esa cercanía que tanto había echado de menos. Se quedaron a unos pocos centímetros, pudiendo disfrutar del aliento de la otra. Clarke notó como Lexa casi temblaba. La Comandante y guerrera que a tantas cosas le hacía frente durante el día, temblaba frente a ella como una niña asustada, sin saber qué iba a pasar, aterrada frente a unos ojos azules que la miraban con pasión. Esta vez fue Lexa la que acortó distancias, ladeando ligeramente la cabeza para encajar mejor con la rubia.

Un poco más, un poco más...

Sus labios se rozaron como una brizna de aire. Se quedaron así unos segundos, y acto seguido Lexa abrió más su boca, inclinándose hacia Clarke.

"Lexa, Costia...no".

Rápidamente Clarke le puso la mano en la clavícula y la frenó en seco.

- No, Lexa, siento haber llegado hasta aquí, pero sabes que no puede ser – subió la mano hasta su mandíbula, perfilándola con el dedo pulgar -. Lo siento...pero sabes que es así.

Lexa no pudo esconder su sacudida emocional, primero por el impacto de haber sido cortada tan drásticamente por Clarke, y luego por la realización de que tenía razón, no podía ser. Así que asintió amargamente y se distanció un poco sin soltar la mano de Clarke y posando la otra sobre la mano que la rubia mantenía en su mejilla. Se dejó acariciar un poco más antes de hablar.

- Eres fuerte de corazón, extranjera – sonrió de medio lado -. Gracias.

Como no podía ser de otra manera, Gustus no tardó en avisar a Lexa de que otra visita la esperaba. Ambas volvieron a la normalidad con rapidez, y Clarke se despidió cordial pero divertidamente de la grounder, que le devolvió un significativo "adiós" silencioso, sólo con sus ojos expresivos y jocosos. Ese silencio hablaba más que cualquier palabra que hubiesen podido pronunciar. Al salir de la tienda, Clarke vio que la visita era Costia, que la miró con algo de desaire sin pronunciar palabra. Era más que evidente que la chica había percibido la tensión entre su novia y la recién llegada rubia, y esta no la culpaba, su reacción era completamente normal.

Se reunió con el resto de los skaikru, hablando de cosas banales y de lo que harían los próximos días. Cenaron tranquilamente todos juntos junto a un fuego que había preparado Kane. Hacía una noche tranquila y despejada y el ambiente grounder parecía apacible. Clarke trataba de aparentar normalidad bajo la escrutadora mirada de su madre, que indudablemente había percibido algo en su hija. También hablaron de Nyjah y del pequeño detalle de que no le habían dado la pastilla del olvido, lo cuál podría suponer un problema si no la encontraban, pues en el futuro podría reaccionar de una manera extraña. Pero no pudieron llegar a ninguna solución, pues una voz gritó a sus espaldas.

- Clarke Kom Nokru – llamó una voz en la oscuridad nocturna.

En seguida vislumbraron las largas ropas de Titus, quien iba acompañado por dos grandes guerreros grounders, de pelo largo, sin camiseta, cubiertos tan solo por pantalones y varios tatuajes en el pecho. Clarke se puso en pie, y así lo hicieron el resto de skaikru.

- ¿Me buscas, Titus? - Preguntó, algo desafiante.

- Así es – respondió altivamente el hombre -. Me preguntaba si podías dar un paseo conmigo, tenemos varias cosas de las que hablar.

Clarke notó que alguien la agarraba del brazo. Era su madre, que le susurró que ella iba con ella a donde el consejero quisiese llevarla.

- No te preocupes, mamá, no hay nada de qué preocuparse - se giró hacia Titus y sus feroces guardianes -, ¿o sí?

Una sombra oscura cruzó los ojos del tatuado grounder.

- Desde luego que no, extranjera.

Clarke se dirigió a ellos sin vacilar. Se alejaron los cuatro sin hablar, hasta que Titus decidió alzar la voz.

- Tienes un talento especial para camelar a nuestra Comandante, ¿cómo lo haces?

El guardián de la Flama no se había andado con rodeos, fue directamente a lo que Clarke esperaba que fuese el tema central de la conversación: Lexa.

- No creo que posea ningún talento, simplemente tengo la suerte de coincidir con ella en el punto de vista de muchas cosas.

- O tal vez la haces coincidir con el tuyo de alguna manera – el hombre entrelazó las manos en su espalda mientras caminaban en dirección a ningún sitio en concreto, supuso la skaikru -. Dime, ¿cómo hiciste para implicarla en tu plan de las centrales?

Clarke no se dejaría engatusar ni marear por las palabras de ese hombre.

- Ya viste que no hice nada, fue ella misma la que razonó qué convendría más para el futuro de su pueblo, y te aseguro que salvarlo de un futuro deprimente era la opción más lógica que tenía – rugió la chica -. No creo que la Comandante deba dar más explicaciones sobre eso.

- Puede que ella no, pero desde luego tú y tu familia deberíais. Seguís sin dejarnos claro de dónde venís, qué queréis, y a donde os dirigís.

- Mira, lo único que necesitas saber es que estamos aquí para evitar una catástrofe, por tu bien y por el mío. No tenemos ninguna intención de inmiscuirnos en vuestra política ni en vuestra vida.

- Y sin embargo lo estás haciendo.

Clarke frunció el ceño. Sin duda, Titus se refería a su cada vez más estrecha relación con Lexa. Ese día más que ningún otro podía cederle parte de razón al hombre, pues su lazo con la Comandante se había estrechado más de lo que debería.

- Si te refieres a mi relación con la Comandante no debes preocuparte, no ha pasado nada entre nosotras, y no va a pasar.

- Si mis quejas te parecen algo ilusorias – prosiguió Titus -, debo decir que no soy el único que está descontento con este nuevo vínculo que ha crecido entre vosotras.

En ese momento, al avanzar unos pasos más, una solitaria antorcha iluminó pálidamente a una figura que Clarke reconoció al instante como Costia. La castaña se encontraba esperándolos al pie de una colina, con una antorcha en la mano.

- Costia...

Esto empezaba a alterar a Clarke. Titus, dos matones, y Costia. Algo no iba bien. Poco tardó en darse cuenta de que a unos pocos pasos de la chica había una cruz de madera, del estilo de las que había visto en Polis pero a ras de suelo, para alguien que pudiese sostenerse en pie en vez de quedar colgado...

- ¿Pero esto qué..?

No le dio tiempo ni a cuestionarse lo que todo eso significaba cuando uno de los dos corpulentos grounders la cargó al hombro y la llevó hasta la cruz.

- Lo siento, Clarke, me gustabas como persona, pero tal vez merezcas un escarmiento para saber adonde acercarte y adonde no – masculló Costia, que se acercó hasta la cruz también –. Las situaciones dolorosas se asocian a lecciones en la vida, ¿lo sabías? Por eso espero que con esto...decidas tener cuidado, eso es todo.

Clarke la miró de hito en hito desde la espalda del hombre, ¿de verdad iba a dejar que la amarrasen a esas maderas? Pero a pesar de las palabras decididas de la novia de Lexa, su semblante no parecía tan convencido. Una fugaz sombra de duda relucía en sus ojos almendrados, y Clarke la vio.

- Costia, escúchame. Si lo que te preocupa es mi acercamiento a Lexa te aseguro que no tienes de qué preocuparte. No va a pasar nada, puedes estar segura.

- No es simplemente eso, Clarke. Has roto el balance que había en sus ideas, has roto el balance que había en nuestra relación. Hasta decide salvarte a ti en vez de a mí – Costia desvió la mirada y se cruzó de brazos, como si de pronto estuviese perdida en sus propias razones y cavilaciones respecto a su propia relación.

- Atadla – ordenó Titus sin dilación.

- ¡No! ¡No puedes hacer esto, Titus! - Bramó Clarke al tiempo que la cogían de los brazos y la forzaban a alzarlos para poder atarlos a las maderas.

- Sí puede – soltó de pronto uno de los fuertes guerreros -. No pensarás que vamos a dejar que humilles a mi familia, a mi pequeña hermana. Puede que no podamos hacer nada contra Lexa, pero sí contra ti – zanjó, y apretó con fuerza una cuerda a la muñeca de Clarke, lo que le hizo lanzar un quejido apagado.

"¿Qué? ¿Hermanos de Costia? Están haciendo esto para asegurar el honor de su familia, pues todo el pueblo grounder sabe que es la novia de la Comandante. Y obviamente a la Comandante no la pueden matar."

Clarke sintió sus fuerzas flaquear. No podía ser que nada ocurriera, tenía a sus amigos cerca, a Lexa en algún lugar cerca, ella misma estaba en otro sitio, en el espacio...y aún así no encontraba la manera de escapar de allí. El dolor se acercaba, lo notaba. "Lexa, mamá, venid a buscarme". Deseó con todas sus fuerzas, pero nadie aparecía.

- No temas, extranjera, sólo será una noche a la intemperie, tras eso espero que aprendas a escoger mejor tu camino – aclaró Titus.

Clarke quedó atada a los maderos casi sin darse cuenta. Alrededor todo era oscuridad, las puertas de la aldea quedaban a varias decenas de metros y nadie pasaría por allí a pasear, y menos en plena noche. Oyó lobos aullar. Nunca había tenido miedo de la noche, pero esta vez parecía que se le quería caer encima y encerrarla en su apabullante silencio lleno de sonidos. Titus y los guerreros se quedaron mirándola unos segundos y hablando en Trigedasleng, mientras Costia permanecía allí con prudencia, tanteando la situación y decidiendo si era lo correcto.

- Costia, sabes que esto no está bien, esto no va a cambiar nada, no es una solución a ningún problema, por favor.

La chica la ignoró deliberadamente y se reunió con sus hermanos y Titus.

- Mañana al alba volveremos a por ti – anunció el consejero con frialdad -, y el castigo habrá sido cumplido.

A Clarke le empezaron a temblar los labios, de frío y de rabia. Vio a las cuatro figuras alejarse, mientras ella empezaba a sentir cómo la sangre desaparecía de sus brazos y no alcanzaba a calentar el resto de su cuerpo. La impotencia se apoderó de ella e hizo que las lágrimas asaltasen sus ojos como única forma de expresarla. Lanzó un ligero sollozo, no gritaría a esos salvajes de corazón ni les suplicaría, sobre todo por algo que no había pasado. Su primera lágrima rozó el suelo cuando unos cascos de caballo se oyeron a lo lejos, acercándose poco a poco, como si estuviesen tratando de hallar el sendero correcto pero no terminaban de encontrarlo. Entonces, como un caballero medieval de los que tanto había leído Clarke cuando vivía en el Arca, la Comandante hizo su aparición en todo su esplendor y majestuosidad, saltando una roca que había a pocos metros de la base de la colina en la que se encontraban. El manto rojo de Comandante ondeaba a su espalda con poderío, formando una figura temeraria. Llegó por la misma dirección por la que se iban los cuatro grounders, por lo que la vieron llegar antes incluso que Clarke. Los rodeó con soberbia, montada en su caballo, al igual que había hecho con Nyjah unos días atrás. Frenó casi en seco por detrás de ellos, obligándolos a girarse de nuevo hacia Clarke.

- ¡Lexa! - Oyó casi gritar a Costia.

- Heda – Titus bajó dócilmente la cabeza -, creí que esta sería buena forma de...

- No me interesan tus razones, Titus – declaró Lexa con una ira claramente contenida -. Sé que siempre actúas en concordancia con tus pensamientos, los cuales muchas veces son erróneos o fuera del contexto correcto.

Se bajó del caballo con su vara de pelea, para ponerse a la misma altura que ellos.

- No es así como tratamos a los invitados, sobre todo a los que nos están ayudando.

Nadie respondió.

- En cuanto a vosotros – dijo, dirigiéndose a los dos portentosos guerreros familiares de Costia -, entiendo vuestro apuro, pero no temáis por la reputación de vuestra familia. Y debéis agradecérselo a ella más que a mí – confesó con solemnidad la joven gobernante, manteniendo la barbilla altiva y los ojos abiertos y fijos no sin esfuerzo.

La culpabilidad empezó a bañar el ambiente, pero Lexa seguía sin mirar a Clarke, ni siquiera una mirada de soslayo. Sin decir nada más, los guerreros se dirigieron a regañadientes pero sin queja alguna a soltar a Clarke, sin embargo, fue Lexa la que se lo impidió poniendo su vara de pelea frente a ellos, rozando sus musculosos pechos descubiertos.

- Ni se os ocurra volver a tocarla – dijo con firmeza, clavando sus ojos verdes intensos en los dos hombres -. Largo.

Los dos grounders se dieron media vuelta y se fueron. Titus bajó la cabeza con respeto y se fue también, bajo la amenazante mirada de Lexa, que todavía contenía rabia y decepción.

- Yo también me voy, si te parece bien... - dijo Costia con cierta culpabilidad en su voz.

- No, no hace falta, quédate – la miró con condescendencia, indicando que entendía la situación y sus motivos.

Lexa dejó el palo junto a su caballo y se dio por fin la vuelta, en dirección a Clarke. Clarke no podía expresar en palabras el bálsamo que suponía ver a Lexa allí, el sosiego que le traía y la alegría. Se había visto pasando la noche allí a la intemperie, muerta de frío e impotencia, y ahora se encontraba frente a su amada Comandante que caminaba hacia ella a paso ligero sin despegar la mirada. Al fin, llegó hasta ella.

- Lexa, Lexa...gracias.

- Shhh, tranquila – susurró mientras cortaba las fuertes cuerdas que retenían sus muñecas con el puñal que Clarke vería años más tarde en los bosques.

- No sabía como salir de esta situación, lo siento – se lamentó la rubia, sin saber prácticamente ni por qué.

- No tienes nada que sentir, ¿entendido, Clarke? Yo soy la que lo siente de verdad – admitió apenada -. No he sabido controlar esta situación y te ha llevado a esto – terminó de soltarla -. Creo que ya no volverán a molestarte.

Clarke quería besarla. Quería abalanzarse sobre ella y abrazarla entre sus brazos hasta quedarse sin fuerzas, protegida entre sus tersos músculos y su piel dorada. Pero no era el momento, no podían forzar más la situación. Se limitaron simplemente a asentirse en silencio, aceptando las circunstancias y profesándose respeto. Costia, por su parte, no pareció tener nada que replicar ante esta situación, tal era su sentimiento de culpa. Clarke tenía la impresión de que había sido más idea de Titus que de Costia, pues esta había sido víctima de unos fuertes y completamente normales celos, pero no veía en ella esa maldad, no era mala persona.

Se reunieron las tres.

- No dejaré que duermas sin vigilancia esta noche, Clarke – comentó Lexa -. Tampoco volverás a tu tienda. Esta noche dormirás bajo mi custodia en mi tienda, hay lugar para ti – miró a Costia -. ¿Te parece bien?

Costia sonrió con alivio.

- Me parece bien.

- Vayamos entonces.

Y las tres, inesperadamente, en oposición a lo que hubiesen podido esperar de ese día, terminaron la noche en la tienda de la Comandante. Y fue ahí donde Clarke volvió a sentirse como en casa, en su hogar, en contraposición al desamparo helador que había vivido unos momentos antes.