Capítulo 10 – Arashi
Parte III: Poder
La habitación donde se queda se encuentra en completa oscuridad, Sana pasó esos dos días durmiendo durante la noche sobre el suelo en un lecho al puro estilo japonés tradicional. Eso debería estar haciendo al menos pero no ha conseguido pegar un ojo en toda la noche, se sienta de piernas cruzadas sobre el acolchado buscando sus calcetines para poder levantarse y recorrer la casa. La cena con Hisa fue más silenciosa que de costumbre, aunque la mujer no se notó enfadada tuvo esa actitud de dejar a Sana sola con sus pensamientos, esa actitud que la joven Arashi no se toma para nada bien e interpreta como una agresividad pasiva y silenciosa.
La ventana de su habitación se llenó de azul y morados la noche anterior pero esta es roja y marrón, apagada, oscura, la luna es incapaz de tirar una sola luz hacia su lado tapada enteramente por amenazantes nubes de tormenta que parecen querer tirar el mundo abajo.
Levantada toma su sudadera verde oscuro del suelo y la calza en su torso, subiendo el cierre solo hasta la mitad, patea el bolso con ropa que ha traído para los dos días mientras va saliendo de la habitación, simplemente porque puede, porque el bolso no saldrá a defenderse. La puerta se abre arrastrándose con un fuerte sonido que le hace encogerse de hombros y volverse para cerrarla con más cuidado una vez fuera de la habitación.
Bufa con desdén, a pesar de hacer un monologo interno completo sobre por qué su abuela no tiene razón… todavía le importa no despertarla.
¿Por qué quiero poder?
Cruza el largo pasillo, ojeando por la izquierda la puerta de la habitación de Hisa, solo escucha sus ronquidos y continua de largo hasta salir a la sala, no es necesario que prenda ninguna luz para saber exactamente donde está todo. La mesa donde tomaron té y comieron no hace mucho se sienta allí, cubierta de memorias negras y confusas, familias reunidas riendo, padres e hijos viviendo no en armonía pero haciéndolo juntos como familia.
No quiero ser más ella… quiero el poder para no volver a llorar.
Recuerda otro momento, otro lugar, días grises donde su cuerpo entraba en un modo automático, lloraba por las noches y durante el día se paseaba con ojos llenos de lágrimas, escuchaba al pasar los comentarios sobre su rostro marcado, su falta de brazo y como no podría seguir su vida normalmente nunca más. Palabras de lastima, miradas desde arriba a un animalito herido, sabía que aunque dijeran cosas bonitas lo que realmente pensaban era querer llevarla algún lado donde pueda tirarse a morir.
Solía llorar mucho, en algún punto el llanto se volvió molesto, sus ojos estaban constantemente borrosos, su garganta dolía todo el tiempo, los abrazos de su tío eran escasos como su tiempo en casa.
En algún momento tuvo que comenzar a valerse por sí misma, salir sola, volver sola del colegio, preparar para que Kazuhiko pueda hacer la cena, hacer sus deberes sola…
Porque si ella no lo hacía no habría una madre correteando detrás para retarle, o un padre para enseñarle. Todas las palabras que escuchaba sobre ella dolían, pero con cada una su expresión cambió, un ceño fruncido cada vez con más saña, más desprecio por los que la tratan distinto, ella no era débil, podía hacer lo mismo que todos los demás chicos.
Apoya la mano sobre la pared de madera, una mano blanca con algunos dedos rojos, raspones y marcas de cortadas que no saldrán por más tiempo que pase. Abre la puerta con esa misma mano dando un paso en el patio, la infinita oscuridad del campo sin luna o sol que le alumbre.
"¡Déjenla en paz idiotas!"
No recuerda el día, la estación, el año o la localización, solo recuerda estar sentada bajo un árbol con ambas manos en sus oídos intentando no oír los gritos de unos niños, llorando en silencio mientras a pocos metros de allí un pequeñito con orejas y cola de lobo le grita a otros tres. Los tres en cuestión no tienen cara en sus recuerdos, nunca los miró a la cara, solo veía sus ropas coloridas y sus cuerpos ligeramente más grandes al ser años mayor, recuerda sus sonrisas borrosas y sus gritos insultantes.
Escuchar que una niña en cierta escuela tiene un brazo menos y que su cuerpo entero del lado izquierdo está quemado debió ser toda una atracción para ellos, viajaron largas calles en ese momento para verla, pero Sana solo corrió de los insultos y las burlas.
Hiro intervino metiéndose con ellos por molestarla, les gritó y les empujó pero por cada vez que Sana levantó la mirada se acercaban más, exigiendo verla.
"¿Qué va a hacer? ¿Va a llorar? ¿La pequeñita de mamá va a llorar?"
Sus voces eran molestas pero verdaderas, ella lloraba, la pequeñita de una mamá que ni siquiera podría limpiar sus lágrimas.
En algún momento todo se fue de control, cuando uno de los chicos empujó a Hiro y lo envió de cara al suelo, este levantándose con un gran raspón en su mejilla, mostrando ferocidad y a punto de saltar a sus gargantas.
Pero una roca voló y devolvió el golpe a uno de los matoncillos.
La engendro de una mano se acercó como una furia, no recuerda bien que gritó para hacerles retroceder, solo que se arrancó las vendas de su rostro y les reveló las quemaduras todavía visibles, como garras bajando desde su mejilla hasta el cuello, de un asqueroso color entre piel oscura y marrón violáceo, lo suficiente para que ellos dudaran de lo que hacían y se retiraran no sin antes jurar venganza hacia los dos fenómenos.
Esa fue Sana, la nueva, la que no aceptaría más maltrato de nadie, la que escondió sus lágrimas para ser fuerte.
No quería hacerlo pero tuvo que.
Endurecida gracias a otros, embravecida por ver a su amigo herido.
Y años después se encuentra allí, de rodillas con los ojos cerrados, rodeada enteramente por un santuario a un dios que no conoce, frente a la máscara de un hombre que apenas recuerda, lamentándose por perdidas que ya no duelen y entrenando para una guerra que no entiende. Sus manos en sus rodillas están tensas, apretando con poca fuerza su piel debajo del pantalón de jean rasposo y viejo, ese zumbido sobrenatural y esa conexión vuelven a invadir su mente y su cuerpo, pequeños vestigios de su propia energía salen disparados hacia arriba sonando como apagados pitidos de ave.
- No sé qué hago aquí – Abre uno de sus ojos, le observa el dios del rayo con una mirada de juicio severo – Ni sé a quién le hablo específicamente pero… necesito ayuda… -
De solo admitirlo le da rabia, sus garras metálicas duelen en la rodilla pero no le importa, mantiene sus ojos cerrados sin postrarse más de la cuenta, el solo pensar de que ha caído tan bajo como para pedirle ayuda a la gente que no puede siquiera hablarle le da asco.
Al mismo tiempo recuerda una fatídica noche en el muelle, las risas de un tipo poderoso pero malvado, jugando con la vida de los inocentes como si fueran nada simplemente para entregar un mensaje estúpido y violento, algo que podría haber sido tratado sin arriesgar ninguna sola vida y terminó cobrando dos, culpables, pero dos vidas al fin y al cabo.
- ¿Por qué tengo que ser tan débil? ¿No soy una de ustedes…? ¿No soy una Arashi? – El poder es algo por lo que ha tenido que pelear toda su vida, comenzando débilmente desde las tardes con su tío donde le enseñó a tirar un simple golpe hasta intentar hacer caer rayos, nada es garantizado, pero si quisiera que fuera un poco más simple - ¿No soy la buena en esta historia? ¿Dónde está mi ayuda…? –
"Es una decepción, esperaba algo más de la hija de la tormenta" Ivory ríe desde su posición ventajosa "No importa, solo necesitas un poco de dolor… es el mejor maestro" Sora golpeándole una y otra vez mientras el chiquillo observa, momentos antes de arrancarle uno por uno los dedos y volver a sentir ese horrible dolor. Durante todo eso solo pensaba en ese niño, y como podría hacer para salvarlo.
"Vamos Ojiro, levántate" Lleva a su compañero por el hombro, su pierna está rota y huye de un animal salvaje hecho un hombre, su cuerpo duele pero no tanto como el dolor de no poder hacer nada, tener que retirarse así con la cola entre las patas, hasta que fueron salvados por los héroes profesionales.
"Una vez arriba derrites un agujero en su cabeza y yo entraré, podré desactivarlo en segundos… si no lo hacemos nadie conseguirá ningún punto, aunque no valga nada, al menos podemos intentar" La primera vez enfrentando a un peligro fuera de su alcance, solo pensó en poder mejorar la situación para todos, el resto dejaron de ser rivales y pasaron a ser un equipo, donde conoció a una chica que pasaría a ser muy importante para ella.
"¡No te dejaré bajar los brazos! ¡Voy a darte un buen golpe en esa cabeza dura tuya si es necesario!" Esa misma chica luego le alegraría en un día gris, durante uno de sus muchos fallos en esta colina para convertirse en héroe, su sola voz y su sonrisa fueron la razón por la que siguió el día con felicidad, es lo que causa en ella cada vez que la ve al llegar a la academia.
- Quiero protegerlos… -
Le sale por instinto, palabras escapan a su boca que inmediatamente causan una reacción de tristeza, su ceño fruncido en furia pronto se convierte en tristeza y su posición arrodillada recta se hunde un poco en su propia incapacidad.
- He perdido tanto, de mi misma y de mi familia… no sé qué haría si la pierdo a ella, a mi tío o… a cualquiera de mis compañeros – Se le escapa una débil risa – Maldita sea, son todos tan agradables, es muy difícil hacer que nada me importe. Cada vez que fallo miserablemente es porque estoy protegiendo o ayudando a alguien, y no quiero que sea una debilidad, quiero ser fuerte para protegerlos… -
Hay silencio.
Sana queda allí, presionando las manos sobre sus rodillas todavía, su columna se ha doblado en una reverencia hacia ambas entidades silenciosas frente a ella. Cada momento con sus compañeros pasa por su cabeza, cada sonrisa y cada mala noticia, cada vez que Aizawa les ha dado una mala experiencia solo para revelar la verdadera intención de su trampa lógica, cada vez que ha tenido que estampar a Mineta contra una pared, cada tarde de almuerzo escuchando música con Jiro en la esquina "antisocial" del comedor, incluso la practica con el grupo 1-B y sus gracias luego en los vestidores.
No importa cuánto intente su corazón no deja de admitir gente, y para protegerlos tendría que ser tan fuerte como una jodida tormenta, es solo un paso lógico querer serlo, es lo que la empuja, proteger al débil y al que quiere, encontrar a los que le hicieron mal para detenerlos y así salvar más vidas.
Levanta la mirada levemente con un ojo abierto, espiando por cualquier magia que podría suceder, ver nada le hace enojar, de algún modo esperaba un milagro.
El silencio es rellenado por un sonido familiar que retumba en su estómago, un trueno surcando las nubes sobre ella.
Una tormenta.
Le envían una tormenta.
Afuera Sana observa el cielo, rojo y nublado, refulgente con destellos de los truenos que atraviesan el cielo en todas direcciones, gotas comenzando a golpear el césped alrededor creando una sinfonía de naturaleza sin igual. Quien sea la ha escuchado, la vida misma, ha mandado una tormenta y ella se lo toma a pecho, un insulto, incapaz de disparar o controlar sus propios rayos el cielo refleja lo que ella no puede hacer, en dos días ha logrado progreso pero las nubes llevan haciéndolo miles de millones de años y solo fanfarronean frente a ella.
¿Creen que pueden burlarse de mí?
Si se dirige a su abuelo o al dios de los tambores todavía no lo tiene claro, por eso habla en plural, como si estuvieran sentados sobre las nubes riéndose de ella o juzgándola, con esas sonrisas demoniacas en sus máscaras.
De acuerdo
Corre a través del patio y su cuerpo se enciende de luces blancas, se despega del suelo con un rápido salto aterrizando sobre el techo, las tejas hacen un ruido suficiente para despertar a cualquiera pero a este punto poco le importa, tiene su vista fija en el cielo y en nada más. Mientras paso a paso sube para encontrarse en el punto más alto la intensidad de la lluvia aumenta, de una llovizna a una completa tormenta con un caos de rayos y truenos sobrevolando el área, el viento agita su cabello mojado haciendo difícil que vea hasta que lo tira hacia atrás con una de sus manos.
Llega arriba manteniendo el equilibrio mientras levanta las manos, con suerte actuaria de pararrayos y lograría atraerlos.
- ¡Aquí estoy! ¡Si quieren burlarse de mi entonces háganlo en mi cara! ¡Golpéenme justo aquí como el resto lo hace! –
Y su deseo es concedido, todo se ilumina repentinamente.
Puede sentir el golpe del rayo cayendo y dándole por encima, retrocede cayendo sobre el techo pero logrando mantenerse con sus garras para no volver al suelo, sus oídos zumban y su cuerpo entero tiembla por el susto. Cuando logra reincorporarse se da cuenta que ha sido golpeada directo, la sensación está allí pero su cuerpo ha absorbido toda la energía por instinto, se siente más calurosa que nunca y echa chispas en todas direcciones pero logra mantenerse en una pieza.
Se queja y gruñe pero sigue allí en el techo, mirando directamente a esa dichosa tormenta que le ha aventado un golpe mortal, logra pararse y el viento le da de frente, la manga derecha de su sudadera ha quedado hecha cenizas dejando su hombro expuesto a la lluvia que prácticamente está cayendo de manera lateral.
- Si as-sí es como go-golpean entonces no va a f-funcionar – Dice con voz temblorosa, no por frio sino por sobrecarga, sintiéndose cada vez más como Kaminari al freírse el cerebro – ¡He andado por ríos de mierda, un rayito no va a tenerme abajo mucho tiempo! –
Alza su mano derecha en el aire, concentrando energía allí, enseguida todo su calor corporal parece juntarse en esa sección de su cuerpo, los rayos brotando hacia todos lados enredando su brazo como cadenas intermitentes de blanco. Siente que su ojo derecho va a explotar, el viento vuela agua de lluvia a su cara y limpia la sangre cayendo de su nariz y su boca, el sabor a azufre mezclado con la fría agua le parece repulsivo, tiene que cerrar un ojo para que los pedazos de vegetación volando por el arrebato del viento no le dejen ciega.
Quiero ser más fuerte para protegerlos, y si tengo que sangrar para ello entonces que así sea.
Todo mi dolor y mis alegrías, mi amor y mi dolor… pondré siempre todo para quien quiero…
Todo su cuerpo se pone de lado, sus pies se aferran por poco a la superficie del techo mojado, estira su brazo derecho para adelante apuntando con un solo dedo, el índice, directo hacia las nubes que tanto la odian.
Y abre la boca en un grito, un rugido.
El cielo se ilumina de blanco, de lejos se ve como un rayo de ese color puro y sobrio se eleva al cielo en dirección contraria a lo que todos acostumbran, abriéndose paso entre las nubes, quebrándolas y hallando el camino hasta desaparecer en una explosión de luz que ya nadie puede ver.
El viento se calma, la lluvia vuelve a caer con más suavidad, y ella se sienta a descansar.
De su boca sale humo, su cuerpo entero tiembla, hay silencio en el mundo entero…
O tal vez se ha quedado sorda por semejante grito que ha pegado.
Vuelve adentro, empapada, sucia, cansada y parcialmente enferma por tanta exposición al frio llevando media sudadera y una camiseta de tirantes. Adentro la espera una mujer anciana, de espaldas a ella, preparando un poco de café para beber en una maquina algo moderna que parece estar completamente fuera de lugar en una casa tan antigua como la de los Arashi.
- ¡Abuela…!-
- Ya lo sé, lo oí todo – Responde la anciana, finalmente voltea para dedicarle una sonrisa con cansancio a su nieta, acercándose lentamente – Eres realmente una fuerza de la naturaleza, temo por quien sea que se cruce en tu camino –
- Lo que dijiste era verdad… ahora sé por qué quiero ser más fuerte… por quienes… -
- Y sé que esas personas estarán allí para apoyarte cuando más lo necesites, hija, justo como tú quieres protegerles ellos lo harán contigo –
- Todavía tengo que perfeccionarlo y… pensar todo bien pero… ¡Finalmente! ¡Soy una Arashi! –
La felicidad con la que lo admite la muchacha es contagiosa, la propia anciana se ríe y le da una palmadita en el brazo, sintiendo lo mojado y frio que está. Su rostro moreno sonríe a pesar de la sangre y el agua de tormenta, lo que parece ahora una buena analogía para su vida, una sonrisa constante frente a la adversidad y sus propias limitaciones.
- Ya, ya, ve a darte un baño antes de que te enfermes –
No tiene mucha opción, la palabra de su abuela es ley, cruza el pasillo en busca del baño tosiendo un poco, comenzando a sentir el frio en su cuerpo.
- La heredera que siempre quisiste Hanzo, pero no tenías que maltratármela tanto… -
Su felicidad durará por un rato, luego vendrán las preguntas sobre este nuevo camino, y con ellas los problemas, pero por ahora disfrutará de su nieta de buen humor, sabe bien que no es algo que pase muy a menudo.
Se cierra este capitulo en la vida de nuestra (inexperta) heroina, y con un nuevo objetivo hayado para buscar su camino continua. Se acercan pruebas difíciles que podrían resultar de lo mas problemáticas...
De vuelta ya de vacaciones, así que intentaré no tardar demasiado con los siguientes capitulos ¡Gracias por todo el apoyo como siempre! Y espero ver esos reviews y favs aparecer de a poco, que apenas comenzamos con este nuevo volumen.
¡Nos leemos pronto!
