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Capitulo 8
A indicación de su abuelo, Candy tomó asiento esa noche a su lado y aprovechó aquellos minutos de calma para hablar con él.
—Laird Andrew —comenzó, tras un breve carraspeo. Su abuelo se volvió hacia ella—. Quería hablaros sobre George. ¿Hay algún modo de saber cómo está? ¿Si... si sigue vivo?
—Espero averiguarlo muy pronto. Envié a un par de hombres a las tierras de los MacNab, con el caballo que «tomaste prestado» y una yegua joven como compensación por las molestias. Espero que ese acto de buena fe los ablande un poco.
—Lamento haberos colocado en una situación tan delicada.
—No ha sido culpa tuya. Es una rencilla demasiado antigua, que ya ni siquiera tiene sentido. Fingal y yo somos dos viejos cascarrabias. La mayoría de las veces, cuando nos reunimos con el resto de clanes, nos ignoramos, y siempre vota en contra de todo lo que yo apoyo, aunque en el fondo esté de acuerdo conmigo. Es una suerte que sus tierras estén tan al sur. Si no fuera así, llevaríamos décadas enzarzados en una guerra sin fin.
Malcolm hizo una pausa antes de continuar.
—Si George está vivo, lo traeremos de vuelta. A casa.
—«No dejamos a nadie atrás.» —Candy susurró para sí el lema del clan.
Unos minutos más tarde, sirvieron las bandejas de comida. Sobre la mesa, jabalí asado, nabos y cebollas guisados y una fuente de humeantes berzas, cuyo olor revolvía las tripas de la joven. Jamás le habían gustado. Su abuelo le sirvió una generosa ración de todo y ella se limitó a apartarlas con la punta de su cuchillo, para poder comerse el resto sin que el sabor de las berzas hubiera quedado impregnado en los demás ingredientes. El jabalí estaba algo duro, pero muy sabroso, y se concentró en su plato mientras a su lado los hombres hablaban, cada vez más acalorados, sobre la situación de Escocia.
—¿Se sabe algo de Balliol? —preguntó Albert a su laird.
—Parece que sigue viviendo en Inglaterra, mantenido por el rey Eduardo. Confiemos en que permanezca allí y se olvide de sus aspiraciones al trono escocés.
—¿Quién es Balliol? —se atrevió a preguntar Candy.
Su abuelo la miró con atención y de pronto pareció comprender que era muy poco probable que ella conociera la historia reciente de aquella tierra.
—Edward Balliol —explicó Malcolm Andrew—. Su padre fue rey de Escocia durante unos años, aunque estaba al servicio de Inglaterra. Cuando se volvió contra el rey inglés fue encarcelado y nuestro trono se quedó vacío.
—Hasta que llegó Robert the Bruce —contestó un guerrero de la edad de su abuelo, sentado en diagonal a ella, y con una fea cicatriz que le partía en dos la barbilla. Recordó de repente que se llamaba Lachlan y que se lo habían presentado unos días antes. Formaba parte del Consejo de su abuelo, un reducido grupo de guerreros veteranos que le ayudaban a gobernar aquellas tierras.
—Pero luego Robert murió —siguió su abuelo—, y el trono lo heredó su hijo David, que entonces solo era un niño. Y el hijo de Balliol, también llamado Edward —hizo una pausa para escupir en el suelo—, aprovechó para intentar conseguir el trono escocés, y se alió de nuevo con los ingleses. Hemos estado en guerra durante años, hasta que Eduardo de Inglaterra hizo abdicar a Balliol. ¡Malditos Plantagenet!
—¿Y ahora quién es el rey de Escocia? —preguntó Candy.
—Para nosotros, el hijo de Robert, David the Bruce —contestó Albert.
—Pero David sigue preso en la Torre de Londres, de nada nos sirve allí. —Lachlan dio un largo trago de su jarra.
—Mientras tanto, Robert Stewart no lo hace mal como regente—apuntó Albert.
—Al menos él es nieto de Robert the Bruce, aunque sea por línea materna.
—Cierto, y además escucha al Parlamento. —Lachlan se limpió la boca con la manga de su camisa.
—Me temo que al rey inglés no le quedó más remedio que apartar a Balliol del poder. Se lo pusimos bien difícil. Cuando los clanes se unen... —Malcolm soltó una risotada con la que estuvo a punto de atragantarse.
—¿Y qué pasará ahora? —preguntó Albert, y Candy aguzó el oído. No quería perderse ni un detalle de lo que ocurría a su alrededor y las voces de los jóvenes de la parte del fondo eran cada vez más estridentes.
—Habrá que negociar, me temo —respondió su abuelo—. El rey inglés no dejará en libertad a David tan fácilmente, pero necesita dinero para su guerra contra Francia.
—¿Por qué está preso el rey David? —preguntó ella al final, al ver que la conversación no continuaba.
—Balliol se alió con el rey inglés y nos vencieron en Dupplin Moor.
—¿Y entonces capturaron al rey David? —volvió a preguntar ella.
—Oh, no —contestó su abuelo, una vez más—. La batalla de Dupplin Moor fue en el 32, creo. ¿O fue en el 33?
—En el 32, Malcolm —repuso Lachlan—. En el 33 luchamos en la colina de Halidon Hill.
—Sí, es verdad. —Una sombra oscura pasó por el rostro del laird y Candy recordó que le había dicho que su primogénito había muerto justamente allí, en Halidon Hill—. En fin, el caso es que desde entonces estuvimos en guerra contra los Balliol, apoyados por los ingleses, hasta que sufrimos la derrota de Neville's Cross hace diez años y el rey David fue capturado.
—Maldito Liddesdale... —murmuró Albert. Los otros dos se limitaron a asentir, con el gesto sombrío.
—¿Quién es Liddesdale? —Estaba claro que, si ella no preguntaba, aquellos hombres no iban a acabar con su explicación.
—Un malnacido —dijo su abuelo.
—Un traidor —respondió Albert al mismo tiempo—. Se volvió contra nosotros cuando el rey inglés también le prometió el trono, e intentó matar a David the Bruce. Fue Liddesdale quien informó a los ingleses de dónde íbamos a atacar, y sus huestes nos esperaban en el cruce de Neville's.
—¿Tú también estuviste allí? —inquirió ella, sorprendida. Debía ser apenas un muchacho.
—Por suerte para mí —respondió su abuelo—. Este joven me salvó la vida. —Posó su enorme mano sobre el hombro de Albert, que agachó ligeramente la cabeza.
—Hice lo que cualquiera habría hecho en mi lugar. —Candy habría jurado que el rostro de Albert se había teñido de rubor, pero las llamas de la chimenea quedaban demasiado cerca y no podía asegurarlo.
—Bueno, tal vez cualquiera no —añadió Lachlan, que dirigió la vista hacia el final de la mesa, donde los más jóvenes habían comenzado a tirarse trozos de comida.
—¿Y dónde está Liddesdale ahora?
—Muerto y enterrado —contestó Albert—. Su propio ahijado, William Douglas, acabó con él en el bosque Ettrick hace tres años, al intentar volver a Escocia. Había estado prisionero también en la Torre de Londres, a pesar de su apoyo a los ingleses. Su ahijado William no le perdonó su traición e hizo bien. Si no hubiera sido él, lo habría hecho cualquiera de nosotros.
A Candy le habría encantado continuar preguntando sobre aquel conflicto que se extendía ya varias décadas, pero entonces llegaron varias mujeres con tartas de manzana y barriles de cerveza y la conversación se perdió entre chanzas y bromas subidas de tono, sobre todo del viejo guerrero, que no dudó en pellizcar las posaderas de una rolliza mujer que, según supo más tarde, era su propia esposa.
Pensó que los hombres retomarían la conversación, pero aquel ya debía de ser un tema antiguo para ellos y no se atrevió a volver a intervenir mientras los escuchaba hablar sobre el estado de una de las torres del perímetro, que su abuelo deseaba reparar cuanto antes.
—Nunca se sabe cuándo los ingleses van a volver a llamar a tu puerta —dijo, guiñándole un ojo a su nieto.
Luego, Albert se levantó y se fue a charlar con Logan, otro guerrero ocupó su lugar en la mesa y comenzó a hablar con el laird sobre un caballo que le daba problemas, y ahí Candy perdió casi todo el interés. Alzó la mirada y barrió la sala con ella. Sus ojos, de forma instintiva, buscaron a Albert en primer lugar, y lo vio allí de pie, compartiendo una jarra con su amigo, tan hermoso como un dios griego. Y vio al pequeño Anthony que correteaba a su alrededor mientras perseguía a una niña de su edad, que supuso hija de Logan y Wallis, una preciosidad con los cabellos tan rojos como una granada madura. También dedicó unos segundos a observar a los más jóvenes, y vio a Neal echar un pulso en ese momento con el joven Jimmy, que no daba muestras de estar muy sobrio. Apartó la vista de inmediato, asqueada.
Varios grupos se habían reunido junto a la enorme chimenea, y charlaban animadamente. Descubrió que le habría gustado estar ya tan integrada que formar parte de cualquiera de ellos fuese natural, como si siempre hubiera estado allí, como si no hubiera nacido a más de mil millas de aquel lugar. Tal vez pronto, muy pronto, pudiera disfrutar de ese privilegio. El pensamiento le provocó una sonrisa, que se quedó congelada en cuanto sus ojos se dirigieron al fondo del salón. Allí, cerca del pie de las escaleras, junto a la puerta que conducía a las cocinas, Sarah Andrew, la madre de Neal, a la que había conocido solo un par de horas antes, parecía querer fulminarla con la mirada. Fue incapaz de sostener el escrutinio demasiado tiempo y volvió a concentrarse en su plato, donde un crujiente pedazo de tarta la aguardaba. Sin embargo, había perdido por completo el apetito.
Esa mañana, Candy descubrió con horror que tenían público. Dos jovencitas, que no pasarían de los quince años, habían tomado asiento en un rincón del campo, sobre una piedra plana en la que incidían los rayos de un sol tímido. Arrebujadas bajo sus tartanes, le sonreían con coquetería y cuchicheaban entre ellas, lo que la ponía especialmente nerviosa. ¿Acaso no tenían nada mejor que hacer que estar allí?
—Parece que hoy no estaremos solos —apuntó Albert, en un tono demasiado socarrón para su gusto. Anthony no había venido ese día, estaba en casa de Wallis y Logan.
—Seguro que han venido a verte a ti —masculló ella.
—Lo dudo mucho. —Albert echó un vistazo rápido a las muchachas—. Conozco a esas mocosas desde que andaban a gatas. Y puedo asegurarte que jamás han venido a verme.
Candy apretó los dientes y se dispuso a comenzar los ejercicios. Sin embargo, Albert varió el orden del día. Ya había aprendido los movimientos básicos con la espada, y podía hacerlos casi con los ojos cerrados. Se colocó frente a ella y le pidió que los pusiera en práctica con él.
Candy sintió que los músculos se le habían quedado rígidos y que no le respondían. A pesar de que trabajaban con espadas de madera —Albert no habría corrido ningún riesgo con el nieto del laird—, la idea de luchar con él, frente a frente, la superaba.
—¿Estás esperando algún tipo de inspiración divina?
Albert permanecía frente a ella, con las piernas abiertas y la espada colgando de su mano derecha. Parecía listo para entrar en combate. Ella seguía sin poder moverse.
—Puedo decirles que se marchen —anunció él.
—¿Qué? —Candy despertó de su sopor.
—A las chicas.
Durante un rato ni siquiera había sido consciente de que estaban allí, se había olvidado por completo de ellas. Lo único que podía ver era la imponente figura de aquel guerrero, plantado frente a ella, como si pudiera cortar el mundo por la mitad con aquella simple espada de madera.
Apretó de nuevo los dientes y alzó su espada. De repente parecía pesar el doble que el día anterior. Hizo un movimiento suave, para adaptar la muñeca, y se obligó a mover los músculos para colocar las piernas en la posición correcta. Albert apenas la dejó terminar. Antes de que se diera cuenta, había golpeado su arma y esta había caído al suelo.
Candy enrojeció hasta la raíz del cabello, mientras oía de fondo las risas de las chiquillas. Albert alzó una ceja y la miró extrañado.
—¿Se puede saber qué te pasa hoy? —le preguntó sin alzar la voz.
—Nada, no me pasa nada. —Se agachó y recuperó la espada.
—¿Es por Neal?
—¿Neal? —Su sorpresa era genuina. ¿Qué significaba aquella pregunta?
—Os vi la otra noche, no parecía que fueseis muy amigos.
—Neal es imbécil.
Albert soltó una carcajada, lo que hizo que, de repente, ella se sintiera algo más cómoda. Tenía una risa grave y ronca, tan sensual como el resto de su persona. Por Dios, ¿qué demonios le pasaba con aquel hombre?
—Es una opinión que es probable compartan algunos otros miembros del clan.
—¿Como tú, por ejemplo?
—Eso no es asunto tuyo —le contestó con media sonrisa—. Coge la espada y volvamos a empezar.
Candy no insistió y volvió a empuñar el arma. Hizo el primer movimiento que Albert le había enseñado. Echó la pierna derecha ligeramente hacia atrás y arremetió con la espada en posición horizontal, y él interceptó la maniobra limpiamente, sin haberse movido ni un centímetro de su posición. Trató de recordar las enseñanzas de su padre, de Ramón Monforte y del propio George. Claro que, por aquel entonces, había entrenado con una hoja mucho más fina y liviana, capaz de hacer movimientos impensables con aquel mandoble. Sin embargo, a medida que Albert desviaba sus golpes, pensó que, con aquella espada de madera hecha casi para un niño, tal vez sí que podría usar alguno de sus viejos trucos. Cuando el guerrero pasó a atacar, ella, en lugar de desviar la hoja con la parte plana de la suya, se agachó, echó el brazo hacia atrás, y arremetió con su arma hasta tocar el vientre de Albert, que reculó un paso, sorprendido. A su izquierda escuchó la exclamación de las dos jovencitas, pero ni siquiera se volvió a mirarlas.
—Vaya, así es que sí sabes usar una espada, después de todo.
—Mi padre me enseñó algunas cosas.
—Ya veo. De todos modos, es muy posible que no puedas emplear ese truco en un combate real.
—¿Y por qué no?
—Porque nuestras espadas son mucho más largas y más pesadas. Para atravesar a un hombre desde esa posición, debes poseer un brazo de hierro, y me temo que no es tu caso. Al menos no de momento.
—Con mi espada podría hacerlo. Es de acero toledano.
—Tu espada se partiría por la mitad al primer toque de una de las nuestras. Y es tan corta que jamás alcanzarías a tu contrincante en un cuerpo a cuerpo sin quedar ensartado en su hoja.
Candy supo que tenía razón, pero aquella muestra de destreza le había provocado una enorme satisfacción. Había conseguido sorprender a Albert Andrew y eso le había infundido cierta confianza. Pero era cierto, debía aprender a entrenarse con las espadas escocesas, aunque era poco probable que las fuera a usar en el futuro.
Candy tamborileaba con los dedos sobre la mesa, mientras esperaba a que Albert y Anthony se levantaran. Ella ya se había lavado a conciencia, incluso el pelo, que había repeinado hacia atrás. Se había puesto su mejor camisa, sus calzas más nuevas, y cepillado el jubón que, de tanto en tanto, alisaba con las palmas de las manos para evitar que se arrugase.
La puerta de la habitación se abrió, y padre e hijo emergieron de ella. A Candy le sorprendió que llevasen las mismas ropas arrugadas del día anterior y, en el caso de Anthony, con algunas manchas.
—¿Hoy no es domingo? —Temió haberse equivocado de día.
—Sí, hoy descansaremos —repuso Albert, sin mirarla apenas.
—¿Y no vamos a misa?
Los dos se volvieron a la vez.
—¿A misa? —Albert miró a Anthony, que se limitó a encogerse de hombros, como si no supiera de lo que hablaba—. ¿Por eso vas con el pelo tan pegado al cráneo que parece que te lo hubiera lamido una vaca?
Candy se echó las manos a la cabeza, molesta con el comentario jocoso.
—Y se ha limpiado las botas, papá —apuntó Anthony, señalando sus pies—. A lo mejor la vaca...
—¿Es que vosotros no vais a la iglesia? —interrumpió ella, que no tenía ganas de escuchar otra chanza a su costa—. En fin, no he visto ninguna cerca, pero seguro que habrá un lugar donde os reunáis los domingos para rezar, ¿no?
—No hay iglesia —contestó Albert, que hundió la cabeza en el barril de agua y la sacó de golpe, con toda la melena mojada trazando un arco en el aire. Algunas gotas salpicaron la ropa y la piel de Candy, aunque ella ni siquiera se dio cuenta. Se le había olvidado incluso respirar ante aquella visión—. Pero tenemos una pequeña capilla en el extremo oeste. —Se volvió hacia ella y se secó el pelo con un trozo de tela—. Anthony puede acompañarte si quieres.
—No quiero —repuso el pequeño, que imitó el gesto de su padre subido a su pequeño taburete.
—Deberías ser un poco más amable, Anthony —le dijo Albert pasándole el lienzo en cuanto sacó la cabeza del agua.
Candy los miró y se preguntó si estarían bromeando. ¿Allí no acudían los domingos a misa, como mandaba la Iglesia? En Toledo habría sido impensable algo semejante. De hecho, todo el mundo se ponía sus mejores ropas y aprovechaba para charlar con sus vecinos y dar un paseo por la ciudad. Incluso su padre lo hacía.
—Aquí no hay sacerdote, Rob —le explicó Albert unos minutos después, mientras desayunaba con apetito—. Cada uno reza a Dios cuando lo necesita o le place. De vez en cuando, pasa el padre Graham por aquí y aprovecha para celebrar bodas o bautizos, y también algún oficio.
—Comprendo —musitó ella.
—Pero Anthony te acompañará con mucho gusto hasta la capilla.
El niño soltó un bufido y puso los ojos en blanco pero, un rato después, ambos recorrían uno de los senderos del asentamiento y parecía contento. Caminaba dando saltitos y hablando de mil cosas a la vez. Candy era incapaz de seguir el ritmo de su conversación porque, al igual que sus pies, sus palabras saltaban de un tema a otro sin descanso.
Cuando alcanzaron la capilla, descubrió que no era más que un edificio viejo con una cruz de madera en el dintel.
—Esa es —le informó Anthony, como si no resultara evidente.
—Está cerrada.
—Siempre está cerrada. —Anthony se acercó hasta la puerta y le dio un pequeño empujón, con una sonrisita pícara que lanzó en su dirección—. Pero se puede abrir.
Candy se sintió un tanto ridícula. Ni siquiera se había tomado la molestia de acercarse y comprobar si podía entrar.
Siguió a Anthony y se detuvo en el umbral. ¿Aquello era la capilla? Más bien parecía un almacén para trastos viejos. Trozos de muebles, espadas melladas y ruedas de carro se acumulaban junto a los muros y sobre los bancos de madera deslustrada. Al fondo, había un pequeño altar y una modesta cruz de madera colgaba de la pared. Pero ¿qué clase de salvajes vivían allí, que tenían la casa del Señor llena de trastos?
Recorrió el pasillo y comprobó que, al menos, las dos primeras hileras de asientos estaban vacías y bastante limpias, e imaginó que alguien se encargaría de mantener un mínimo de decoro entre aquellas paredes. Se santiguó frente al altar y se sentó.
—¿Qué haces? —le preguntó Anthony, que se había acercado hasta ella.
—Voy a rezar un rato. Hoy es domingo, el día del Señor.
—Todos los días son del Señor, Rob.
—Eh, bueno, sí, en realidad sí. —Candy imaginó que allí las cosas funcionaban de otro modo—. Pero los domingos son especiales, hay que ir a misa y...
—Pero no hay sacerdote.
—Ya lo sé, pero voy a imaginarme que sí que está ahí.
Anthony miró fijamente al altar y achinó los ojos, como si intentara imaginar lo mismo.
—El padre Graham es bajito y solo tiene un mechón de pelo casi blanco, que se peina con saliva así. —Anthony hizo el gesto de aplastarse el cabello al cráneo tras escupir, también figuradamente, en su mano—. Y tiene una barriga pequeña y redonda, como si llevara algo escondido debajo del hábito. Cuando sonríe solo se le ven cinco dientes. Christen y yo se los contamos la última vez que estuvo aquí, y...
—¡Anthony! —Candy no podía creer que aquel niño hablase en esos términos de un siervo del Señor—. ¡No hables así del padre Graham!
—¿Es que ya le conoces?
—¿Eh? No, claro que no.
—Pues entonces, ¿cómo te lo vas a imaginar si yo no te ayudo, eh?
Candy no supo qué contestar a eso. Dirigió la vista de nuevo al altar, y casi creyó ver al hombre que Anthony había descrito.
—Puedes marcharte si quieres, sabré regresar sin tu ayuda.
—De acuerdo —respondió el chiquillo.
Al parecer, había estado aguardando esas palabras, porque echó a correr y salió de la capilla como si le persiguiera un jabalí enfurecido. Candy no pudo evitar sonreír ante su desparpajo.
Luego, juntó las manos, elevó la vista hacia aquella humilde cruz y comenzó sus oraciones. Pidió por las almas de sus padres y de sus hermanos, por la de George si es que ya les acompañaba o por su salud si no era así. Por último, le dio las gracias por haberle permitido llegar hasta allí con vida y le rogó fuerzas para enfrentarse a los días venideros. Sin duda le iban a hacer falta.
CONTINUARA
