Hola amiguitos del bosque! No esperéis más, ¡aquí está el capítulo 10! Genial, ¿no? Bien, ¿SABEN QUÉ COSA TAMBIÉN ES GENIAL? *SPOILER ALERT: Si no has jugado Gears of War 4 te recomiendo que bajes rápido e ignores el siguiente texto.
QUE SAM Y BAIRD ESTÁN JUNTOS EN EL JUEGO AHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHH, DIOS MÍO, EN SERIO ESTÁ PASANDO AHHHHHH *ce muere* . Bien, tranquilicémonos y hablemos de esto en la última nota de autor:p.
Como podrán notarlo, he cambiado el fanfic a M porque aquí se toca un tema delicado. Y lo siguiente cuenta como advertencia: si el tema de violación/abuso sexual te incomoda, deberás omitir desde "-Estoy listo." Hasta "-¡Matthew, soy yo!" Es un poco gráfico, y si la mención de éste tema te molesta, es mejor que no leas. Sobre aviso no hay engaño! Bien, espero y disfruten la lectura =)
-StormerHere
Capítulo 10 - Good Grief
Si Samantha pudiera comparar el reencuentro con alguna determinada situación, esa situación sería definitivamente parecida al momento en el que una persona se está ahogando. Sintió el aire escaparse de sus pulmones, sintió impotencia, desesperación, buscaba con persistencia aferrarse a algo —o en este caso a alguien —que la trajera de vuelta a la superficie. Pero sobre todo lo que estaba sintiendo, definitivamente el sentimiento que más presente se encontraba dentro de ella era el de estar perdida. No sabía qué hacer, ni qué decir, simplemente estaba perdida. Perdida y encontrada. Dos reacciones causadas por una misma persona que ahora la abrazaba con tanta aprehensión, sentados ambos en el piso de su habitación mientras los minutos corrían y sus respiraciones eventualmente se tranquilizaban después de estar tan alteradas y en un estado tan errático resonando en el pequeño espacio que ahora le parecía a Sam muy asfixiante. Todavía tenía el presentimiento de que despertaría tarde o temprano.
Sus ojos estaban hinchados, la garganta le dolía, su cuerpo entero se sentía agotado como si hubiese corrido una clase de maratón y todavía batallaba para respirar con normalidad. Las lágrimas se habían detenido hacía tiempo y ahora se secaban sobre sus mejillas. Había un silencioso y constante dolor en su corazón y en su cabeza que no era capaz de describir y que poco a poco la estaba volviendo loca. Tenía que ser un sueño, porque de no ser así, no sabría cómo iba a vivir de ahora en adelante. No era posible que fuera real; por supuesto que no. La persona que ahora la tenía resguardada entre sus brazos no podía ser Dom; no después de haberlo visto morir. Después de haber escuchado la ensordecedora explosión una y otra vez mientras las llamas se burlaban de ella danzando en sus pupilas. No quería despertar, quería permanecer en esa misma posición, cálida y reconfortante, de ser posible hasta el final de sus días. Porque por alguna extraña razón al estar de esa forma, tan cerca del hombre que jamás creyó volver a ver, se sentía completa. Recordaba el vacío que había sentido cuando Baird se había ido de su cuarto temprano por la mañana, y por instantes pensó que la razón por la que existía ese vacío era porque Damon la había dejado sola y por su cuenta una vez más. Pero en realidad era pura nostalgia y melancolía lo que había causado ese vacío, vacío que se había llenado en cuanto hubo vuelto a ver al soldado que había extrañado día y noche.
¿Sería posible morir de felicidad?
Inconscientemente se aferró más al cuerpo de Santiago, con el rostro escondido en la curva de su cuello y sintiendo las manos de Dom recorrer su espalda con delicadeza y gentileza, dos cualidades que valoraba en gran medida, ya que en ese momento se sentía como la persona más débil en Sera. Se sentía agobiada y exhausta, tanto física como mentalmente, y a pesar de tener miles de preguntas de las cuales quería recibir respuestas claras y detalladas, lo único que quería y buscaba era dormir. Dormir cuanto fuera necesario. Dormir para alejar todo lo que la atormentaba y agobiaba y sumergirse en una eterna oscuridad en donde podía sentirse segura y en lo absoluto perturbada. Sólo el silencio y ella. Su cuerpo se comenzó a aflojar, y Dom pareció percibir la relajación que el cuerpo de Sam estaba experimentado. Dejó que una risa alegre y comprensiva saliera de sus labios, y esa fue una razón más por la cual Samantha quiso permanecer despierta. El simple gesto de haber reído hizo que a los ojos de Sam volvieran una vez más las lágrimas. Su labio inferior empezó a temblar, y torció su boca en un intento inútil por contener su llanto, pero era demasiado tarde y las silenciosas gotas comenzaron a deslizarse a través de sus mejillas.
Su cuerpo comenzó a temblar con cada sollozo que escapaba de su boca, y al sentirla una vez más tan vulnerable, Dom la acercó a su cuerpo, empezando a susurrarle palabras de consuelo que sólo provocaban que Samantha quisiera llorar más. Ni siquiera tenía ya la fuerza para llorar con intensidad; se sentía patética.
Pero no se podía culpar. Habían pasado los minutos y aún no lograba procesar todo lo que había pasado. Hacía unos instantes se había estado preparando para ir a la cama, y un momento después una persona a la que había creído muerta por más de un año había tocado su puerta. Una voz interior oculta profundamente dentro de su mente le seguía insistiendo que todo era un sueño y que debía despertar de vuelta a la triste realidad, pero todo lo demás le gritaba que disfrutara del regreso del hombre por el cual alguna vez había sentido toda clase de sentimientos. Estaba en un debate interno, y se sentía frustrada por no saber qué hacer. Lo único que quería era una confirmación, una frase que le asegurara de que todo era real y que su subconsciente no se había puesto a fantasear mientras ella dormía. Necesitaba escucharlo venir de Santiago, porque si no oía una vez más su voz, tenía el temor de volverla a olvidar. Inhaló profundamente y exhaló al mismo tiempo en el que abría sus ojos con lentitud. Lo primero que vio fue el rostro consternado de Dom, sus bellos ojos azabaches mirándola con preocupación e interés. Había el rastro de una lágrima en su mejilla izquierda y sus ojos seguían rojizos. Lo miró por lo que parecieron horas, perdida en la intensidad que sus ojos negros como la noche mostraban. Quiso fundirse en su mirada, y sintió un escalofrío recorrer su cuerpo. Abrió su boca por inercia, pero no pudo auricular palabra alguna. Había tantas cosas corriendo por su mente, tantas preguntas y dudas, que en esos instantes le pareció imposible vocalizarlas. Quiso tocar su rostro, sentir su piel bajo la yema de sus dedos, percibir la calidez que emanaba y memorizar la textura de su tez morena. Quiso pasar sus dedos a través de su cabello, sentir la pequeña barba que empezaba a crecer en la parte inferior de sus mejillas rasparle sus yemas, pero no se atrevió. Cerró su boca y bajó su mirada cual niña avergonzada.
Pudo sentir la mirada de Santiago aún sobre ella, pero fingió ignorarla. No podía ser un sueño, porque si lo era, Samantha no sabría cómo continuar con su vida normalmente. No quería que el recuerdo de Dom la estuviera asaltando día y noche, secretamente creyendo en la posibilidad de que algún día regresaría justo como en su sueño. Y pasarían los años, y los años, y ella aún tendría la esperanza. Lo seguiría esperando incluso sin estar consciente de ello. Pero volvería a ser doloroso, y de hecho nunca había dejado de serlo, pero no podía vivir para siempre con ese silencioso sufrimiento del cual sólo ella era conocedora. Estar esperando por un fantasma del pasado era estúpido. Y entonces tuvo el impulso de alejarse del cuerpo de Santiago, la necesidad de dejar de ilusionarse y de dejar de pensar en un futuro donde ambos estaban juntos. Lágrimas de rabia empezaron a caer una vez más, y se empezó a decir a sí misma que despertara de una buena vez, sino todo sería más difícil para ella.
—¿Sam? —abrió sus ojos repentinamente al escuchar la voz de Santiago pronunciar su nombre con tanta preocupación. Escuchar otra vez su nombre salir de los labios de Dom era una razón más para creer que no necesitaba despertar ya que en realidad todo estaba ocurriendo y Santiago en verdad estaba de vuelta—. ¿Estás bien? —Era una pregunta tan simple. Tan insignificante y tan simple. Pero al instante en el que se dio cuenta de que no podía responder a esas dos sencillas palabras se sintió vulnerable y patética. Se sintió inútil. Impotente.
—¿Eres real? —se sorprendió al escuchar su tono de voz tan débil e irreconocible. Sintió la mano de Dom viajar desde su espalda hasta su cabello y comenzar a pasar sus dedos por los mechones negros de los cuales se había encariñado rápidamente—. ¿Estás aquí?
—Por supuesto que sí —respondió con tanta seguridad en su voz que Samantha casi se convenció de ello. Casi—. ¿Qué necesito hacer para que me creas?
Y el silencio los envolvió. Era una buena pregunta, y Samantha se esforzó en encontrar una respuesta. Mordió su labio inferior, pensando con persistencia. Ahora que lo pensaba, se daba cuenta de que Dom le había dado muchas señales de que en realidad estaba ahí y de que era real. El simple hecho de sentir su calor envolverla era razón suficiente para creerlo.
—¿Por qué? —preguntó, su entrecejo fruncido. Subió el rostro y sus ojos azabaches conectaron con los de Santiago. Él la miró con clara confusión en su rostro, con su cabeza ladeada mientras su mano seguía jugueteando con su pelo—. ¿Por qué estás vivo?
Dom, tras escuchar la pregunta, suspiró. Pero eso no pudo evitar que sonriera con seguridad, y Samantha se deleitó con la curva que sus labios habían creado. Quiso delinearla con su dedo índice, pero se detuvo a sí misma.
—Eso es algo que te responderé con la más claridad que me sea posible. Pero deberías descansar; te ves exhausta.
—Respóndeme ahora.
—Sam...
—Ahora, por favor —su voz tembló al rogar por una respuesta, pero ni su tono ni sus palabras fueron capaces de doblegar a Dom, quien le siguió sonriendo con serenidad.
—Mañana tendremos todo el tiempo del mundo, Sam. Pero ahora tienes que descansar —la pelinegra se dio por vencida, y estaba a punto de ponerse de pie cuando sintió las manos de Dom colocarse bajo sus rodillas. En un segundo había estado en el suelo y al siguiente estaba siendo cargada por Santiago, y por inercia colocó sus brazos alrededor de su cuello. Santiago dio algunos pasos y después la depositó sobre la cama con delicadeza, asegurándose de que estuviera cómoda. La miró con dulzura, admirándola en silencio mientras ella secretamente lo hacía de igual forma.
—¿Te quedarás? —Samantha preguntó, ansiosa por escuchar una respuesta afirmativa. Santiago se sorprendió por la propuesta, pero no tardó en asentir, animado.
—Si eso es lo que quieres —y entonces los labios de Samantha formaron la primera pequeña sonrisa de la noche. Dom devolvió el gesto y se dio media vuelta. Sólo había dado un paso cuando sintió la mano de Sam sujetar su muñeca con un firme agarre. Santiago la volteó a ver con confusión, pero después entendió lo que trataba de hacer—. Sólo iba a cerrar la puerta, Sam —y entonces la pelinegra lo soltó, pero con cierta resistencia y segundos después de haber analizado la respuesta de Dom. Lo siguió con la mirada hasta la entrada, donde colocó su mano sobre la madera y la empujó hacia adelante hasta que ésta se cerró por completo provocando que la luz ya no pudiera entrar en el cuarto, dejándolo en la oscuridad de la noche, ciego por unos momentos. Parpadeó múltiples veces hasta que su vista se adaptó a la ausencia de luz, y caminó con paso lento y pausado hacia la cama de Sam, quien lo esperaba expectante y ansiosa. Rodeó la cama hasta poderse recostar a un lado de la pelinegra, y casi como si su vida dependiera de ello, Sam se acercó a él en cuanto su espalda tocó la cama.
Santiago notó la necesidad de ella por estar cerca de él, y se elevó con ayuda de sus manos para poder estar más arriba que Samantha y poder comenzar a acariciar su pelo, relajándola y arrullándola.
—Descansa, Sam. Mañana será otro día, pero por lo pronto descansa todo lo que necesites.
Y entonces Samantha sonrió, comenzando a sentir sus párpados pesados, y sus ojos se cerraron inconscientemente. Pero antes de dormir, tenía que asegurarse de algo.
—Prométeme que despertaré y estarás a mi lado.
—Te lo prometo —Santiago murmuró con una sonrisa plasmada en el rostro, continuando con sus movimientos que pronto hicieron efecto en Sam hasta que todo se tornó negro para ella.
Cuando escuchó a Sam empezar a gritar, diciéndole a Dom que no era real, quiso intervenir. Tuvo el gran impulso de hacerlo. Incluso salió de su pequeño escondite pero se detuvo tras dar dos pasos, considerando todas las opciones que tenía. No era para nada prudente e inteligente hacer semejante acto; interrumpir ese importante reencuentro iba a sentenciarlo a un profundo arrepentimiento. Además, ¿qué dirían ambos, Sam y Dom, cuando lo vieran en la entrada de la puerta contemplando la escena? Esperó unos minutos, sintiendo empatía hacia Sam tras escuchar su desgarrador llanto resonar en el angosto pasillo donde lo único que reinaba era un fúnebre silencio. Cerró sus ojos, recargándose en la pared y dejando que sus oídos recibieran todo lo que ocurría dentro de aquel cuarto. Suspiró agobiado, pero se tranquilizó cuando escuchó que el llanto de Sam, antes escandaloso y estruendoso, se había convertido en constantes sollozos que difícilmente podían ser percibidos estando en la distancia en la que él estaba.
Cuando confirmó que al parecer todo había salido a favor de Santiago, sintió el alivio recorrerlo por dentro, y comenzó a caminar con resistencia lejos de la habitación de Samantha al darse cuenta de que ya no podía escuchar nada con claridad. Sentía curiosidad por saber cómo terminaría todo, qué haría Sam una vez que se convenciera por completo de que en realidad Dom estaba vivo, pero ese era un lujo que no se podía dar, y se resignó con rapidez. Siguió caminando cabizbajo, pensando en todo lo que había ocurrido en tan sólo unas horas. Era increíble qué tanto podía cambiar el orden de una clase de rutina ya establecida por el regreso de una persona que había muerto como un héroe, logrando salvar cinco vidas sacrificando la suya. El regocijo y el júbilo de tenerlo de vuelta no iban a ser algo que terminaría de la noche a la mañana.
Después de unos minutos de caminar y bajar escaleras, sumergido profundamente en sus pensamientos, Baird llegó a su habitación. Abrió la puerta con poco interés, y ni siquiera se molestó en encender la luz. No tenía ánimos de cambiarse, solamente quería recostarse en su cama y dejar que el sueño lo envolviera. Cerró la puerta tras adentrarse en su pequeño cuarto, y a tientas, camuflado por la oscuridad, se acercó a su cama. Se sentó en la orilla y se quitó sus goggles, colocándolos en la orilla de su mesa de noche. Después, tomó la pretina de su playera y levantó sus brazos para sacársela del cuerpo, aventándola segundos después al suelo sin importarle su paradero. Se retiró las botas que llevaba puestas, y finalmente su espalda tocó las frescas sábanas y la suave almohada que había estado anhelando sentir desde hacía unas horas. Cerró los ojos y permitió que un suspiro largo abandonara su boca, colocando una de sus manos sobre su pecho y la otra extendida a su costado.
Mientras esperaba que el sueño llegara a él, no pudo evitar pensar en lo solo que estaba. Siempre había sido mejor para él estar sin compañía alguna a menos de que fuera sumamente necesario. Su razón era muy sencilla, y esa razón era porque trabajaba mejor estando así. Pero ahora sentía una extraña incomodidad invadirlo, incomodidad que no era muy intensa y que fue fácil de dejar a un lado, haciéndole caso omiso a la misma. Pero entonces, se dio cuenta de que si los eventos de aquella mañana hubieran sido distintos, tal vez en esos instantes no tendría que estar preocupándose por su inminente soledad, y en vez de eso estaría compartiendo la cama con la persona que en esos instantes la debía de estar compartiendo con el mismísimo Dominic Santiago.
Y, con ese pensamiento en mente y una mueca plantada en su rostro, Baird se quedó profundamente dormido.
Despertó, pero aún así permaneció con los ojos cerrados. Podía sentir la potente luz solar atacar sus párpados entrando desde la ventana, su brazo subiendo inconscientemente hacia su frente para aminorar el impacto que los rayos ultravioleta tenían en su piel. Frunció el entrecejo y bostezó. Le dolía la cabeza y sentía los ojos hinchados, ¿por qué...?
Y entonces de pronto, los sucesos de la noche anterior regresaron de golpe a su mente, provocando que se levantara exaltada, inmediatamente saliendo de la cama y tropezando en el proceso, cayendo sobre el piso y provocando que un sonido hueco resonara en las cuatro paredes Se puso a la defensiva con rapidez, y comenzó a enderezarse con abrumadora lentitud, con los ojos abiertos ampliamente mientras trataba de asimilar todo. Entonces lo vio. Estaba ahí, en el otro lado de la cama, durmiendo. Su boca estaba semiabierta y su cabeza estaba ligeramente torcida, su mano derecha estaba sobre su abdomen, y la otra se encontraba extendida sobre la almohada en la que Sam había estado recostada hacía unos segundos. Lucía tan tranquilo y tan pacífico que Samantha sintió el calor subir a sus mejillas, adornándolas con un bello tono rosado.
Su corazón latía con fuerza y todo dentro de ella gritaba con alegría y júbilo, impulsándola a acercarse más y a confirmar que Dom realmente estaba ahí. La noche anterior había llorado amargamente, había sentido desesperación, ansiedad, tristeza y melancolía. Pero al parecer, esa clase de sentimientos había sido remplazada por la rebosante alegría y felicidad que ahora reinaban en su interior. Tenía que acercarse, sentirlo. Asegurarse de que en realidad estaba ahí con ella. Quiso gritar de emoción pero se detuvo a sí misma de hacerlo. Con paso cauteloso y pausado, Sam se acercó a la cama, rodeándola mientras sus ojos azabaches miraban fijamente a la figura que dormía con placidez en su cama. Se aproximó con extremo cuidado, consciente de que cualquier movimiento en falso podría arruinar el estudio que estaba a punto de hacerle a Dom. Cuando estaba a un lado de él, contuvo su respiración y se quedó de pie, inmóvil y con el rostro inexpresivo, por lo que parecieron horas. En verdad estaba ahí. Dom, el mismo hombre que había visto morir hacía más de un año estaba en su cama. Con cierto titubeo, Sam levantó su brazo y lo extendió hacia adelante, dejando la punta de sus dedos a centímetros de tocar el rostro de Santiago. Se detuvo y mordió su labio inferior, debatiéndose entre tocarlo o no. Permaneció en la misma posición varios segundos, considerando los pros y los contras que podría traer lo que estaba a punto de hacer. Pero en esos momentos decidió que pensar con lógica y razonar era lo menos indicado, así que hizo caso omiso a lo que su mente le advertía, y la puso completamente en blanco.
Entonces lo tocó. Su dedo índice sintió la suave piel de la mejilla de Santiago, y ganó más confianza cuando vio que no había causado ninguna clase de reacción en el soldado. Siguió su recorrido, dirigiéndose hacia la parte inferior y pudiendo percibir la rasposa y creciente barba que la hizo sonreír tontamente. Delineó su nariz, la parte baja de su ojo, sus cejas y su frente, maravillada con tan simple acción. Entonces sus ojos viajaron desde la parte superior del rostro de Santiago hasta sus labios, los cuales había cerrado en algún momento de su estudio sin que ella lo hubiese notado. Bajó su dedo índice y se detuvo en la comisura de sus labios, pero sacudió su cabeza y dejó que el destino decidiera por ella. Pasó con suavidad la yema de su dedo sobre el labio inferior, sintiendo al mismo ligeramente reseco. Dom frunció el entrecejo, pero ella estaba demasiado ocupada como para percibir el movimiento. Siguió con su pequeño estudio, y Santiago comenzó a abrir sus ojos con la confusión y duda plantadas en ellos.
Lo primero que vio fue a Samantha sobre él, y su brazo aparentemente moviéndose. Después, sintió algo recorrer con delicadeza sus labios y un cosquilleo que lo impulsó a deshacerse de cualquier cosa que estuviera tocando sus labios. Hizo un sonido con su garganta y el movimiento se detuvo al mismo tiempo en el que vio al cuerpo entero de Sam ponerse rígido. Dom ladeó la cabeza hacia un lado, y no pudo evitar que una sonrisa tierna apareciera en sus labios cuando vio cómo Samantha empezó a subir su mirada con nerviosismo y resistencia hasta lograr hacer contacto visual con Dom. Los ojos de Sam lo hipnotizaron; eran profundos y misteriosos, ojos azabaches encontrándose con otro par de ojos azabaches. Se quiso perder en ellos, y sintió una calidez llegar a su corazón. La pelinegra entonces pareció salir de su pequeño trance, y comenzó a sonreír ampliamente hasta el punto en el que sus resplandecientes dientes se mostraron ante el soldado.
—¡Santiago! ¡Eres tú, eres tú! —exclamó emocionada, lanzándose hacia él y abrazándolo del cuello con fuerza, su cabeza quedó sobre su pecho y el resto de su cuerpo inmovilizó a Dom, quien comenzó a reír con serenidad al escuchar la risa de Sam resonar en la habitación—. ¡Dios mío, eres tú! —sintió sus ojos humedecerse, pero entonces no hubo duda alguna de que las lágrimas que ahora iban a recorrer sus mejillas eran causadas por la desbordante felicidad que sentía. Las pequeñas gotas comenzaron a hacer su recorrido, y sintió las manos de Santiago comenzar a subir y bajar a lo largo de su espalda.
—Alguien despertó alegre hoy —Dom observó, sonriente. Dejó que la pelinegra lo abrazara con toda la fuerza que había dentro de ella, y se dejó llevar por el momento. Descubrió que le gustaba esa atención proviniendo de Sam, y disfrutó lo que aquel gesto duró. El sentimiento de estar completo se incrementó a niveles a los cuales nunca había llegado desde que había despertado, y estaba agradecido por ello. Cerró sus ojos y dejó que el llanto combinado con la risa de Sam lo llevaran a través de un viaje que deseaba que nunca terminara.
—Santiago... —Samantha susurró en su oreja—. Santiago, en verdad eres tú —la emoción de su voz se había minimizado, y una paz y tranquilidad la habían invadido en su lugar. Dom se sentía conmovido por la reacción de la pelinegra; la noche anterior Sam había hablado muy poco, y lo único que había hecho era llorar incontrolablemente. Le molestaba haberle causado ese dolor a ella, le fastidiaba haberle hecho sentir confusión, tristeza y ansiedad, pero ahora podía disfrutar de aquella sonrisa que estaba estampada contra su piel y que le hacía cosquillas en el cuello. Pero sus pensamientos fueron interrumpidos cuando de pronto y sin aviso, Sam se levantó exaltada, sus manos levantadas en el aire y una alegre sonrisa plasmada en su rostro.
—¡Santiago, por Dios! ¿Ya lo saben los demás? ¿Qué hay de Marcus? ¿Cómo es que sobreviviste? ¿Cómo llegaste aquí? ¿Cómo encontraste mi habitación? ¿Venías acompañado? ¿Por qué te tardaste tanto en regresar? —Sam inhaló y exhaló repetidas veces en un intento por recuperar el aliento tras haber hablado tan rápido. Dom rio con serenidad y admiró a una ansiosa y emocionada Samantha desde su posición en la cama. Se enderezó poco a poco hasta que pudo sentarse en la orilla.
—Lo tomaremos con calma, ¿de acuerdo? —entonces Santiago palmeó el espacio vacío de la cama que había a un lado de él, invitando a la pelinegra a tomar asiento. Ella no dudó en sentarse a su lado, expectante y desesperada por conocer todos los detalles que Dom tenía para contarle. El soldado comenzó con lo más sencillo, explicando la forma en la que despertó completamente desorientado y perdido. Narró su encuentro con Matthew Ross, agregando el hecho de que Matt lo había acompañado y que lo más probable era que en esos instantes se encontrara en la habitación. Sam pareció ansiosa por conocer al hombre que rescató a Dom, y éste le dijo que en cuanto terminara su relato, irían a verlo.
Santiago también dijo que había estado en coma por un año entero y que esa había sido la razón por la cual había tardado tanto en regresar. Samantha comprendió, y le pidió que continuara contando su historia. Le contó sobre el hospital en el que se había quedado por más de dos días, le contó sobre el recorrido hacia Mercy, el encuentro con Hoffman, el viaje hasta Anvil Gate, el Raven que el coronel le había prestado, la llegada a Azura, la reacción de Marcus al verlo, la reunión que habían organizado de todo Delta para darles las noticias y sobre Baird indicándole dónde estaba la habitación de Sam.
Al terminar su relato, la pelinegra lucía ligeramente aturdida, pero completamente fascinada por la historia. Tenía una sonrisa amplia en su rostro y sus ojos brillaban con emoción, estudiando a Dom con cuidado en un análisis minucioso antes de suspirar y cerrar sus ojos.
—Santiago, todo lo que me contaste es...un milagro —dijo, sorprendida—. Estabas destinado a vivir, a regresar con nosotros, a compartir el mañana con tu familia. No puedo ni siquiera expresar qué tan feliz me siento por tenerte de vuelta, Santiago.
—Yo también me siento alegre de haber regresado, Sam —Dom dijo con una pequeña sonrisa, un gesto que la pelinegra respondió casi de forma inmediata—. Gracias por recibirme tan cálidamente.
—No tienes nada que agradecer —Samantha se levantó con lentitud, sus ojos azabaches no pudiendo abandonar la figura del soldado. Extendió sus brazos hacia adelante y los dejó suspendidos en el aire tras ladear su cabeza hacia la derecha y sonreír abiertamente—. ¿Un abrazo de bienvenida? —Santiago rió, pero no dudó en levantarse y dar un largo paso que lo llevó hasta la pelinegra. Él la envolvió con sus brazos, encontrando espacio entre los de Sam, y se acercaron hasta que Dom pudo esconder su rostro en la curva del cuello de Samantha. La pelinegra cerró sus ojos cuando la calidez proviniendo de Santiago recorrió cada parte de su cuerpo, y sintió como si pudiera quedarse en aquella posición todo el día. Se aferró más a él, sin importarle mostrar su emoción de volverlo a ver vivo y completo, Santiago, a su vez, quiso transmitirle lo mismo.
Mientras estaba siendo abrazada por el soldado, no pudo evitar pensar en el pasado que ambos, o más bien sólo ella, tenían. Samantha había llegado a sentir grandes y diversas cosas por Santiago; sentimientos y emociones que tristemente no habían sido correspondidos por él. Ahora que lo tenía de vuelta a su lado, sentía como si todo lo que alguna vez había sentido hacia Santiago hubiera regresado a ella, pero incrementado; más intenso y más potente. No quería pensar en eso en esos instantes, ni tampoco quería sentirse abrumada por tantos sentimientos encontrados que no venían al caso. Pero sabía que tarde o temprano tendría que reflexionar sobre sus renacidos y vívidos sentimientos hacia Dom, así que comenzó a prepararse mentalmente hasta que aquel momento llegara.
Ambos se separaron tras haber permanecido unos minutos aferrándose el uno al otro. Santiago deshizo el abrazo con cierta resistencia, pero eventualmente desistió y permitió que Samantha quedara en libertad. Se quedaron mirando unos momentos, mientras sus respiraciones resonaban en la habitación.
—Tenemos tantas cosas que hacer —Sam dijo, soltando un suspiro que buscaba transmitirle a Dom su situación sentimental en esos instantes. No pareció percibirlo—. Pero me estoy muriendo de hambre. ¿Quieres ir a la cafetería? —arqueó una ceja cuando vio la inseguridad que el rostro de Santiago reflejó tras hacerle la sugerencia.
—Habrá mucha gente —Samantha asintió con lentitud, tratando de entender lo que Dom trataba de decir—. Mucha gente que conozco.
—Oh —Samantha finalmente comprendió—. Pero, si se te acercan a preguntarte, te miran, o te rodean, estaremos ahí. Todos nosotros. No te preocupes, Santiago. Es mejor hacer esto de una buena vez —el soldado permaneció unos segundos en silencio, su mirada perdida en la de Sam, considerando sus opciones. Movió su cabeza de un lado a otro y suspiró en forma de resignación.
—De acuerdo —dijo, relajando sus hombros—. Pero antes iremos por Matthew, querías conocerlo, ¿o no?
—¡Por supuesto! —San exclamó, sonriente—. ¿Estás listo para irnos? —Dom miró a la pelinegra por largos segundos, contagiado por su sonrisa la cual había desafortunadamente olvidado. Y ahora que la podía ver de nuevo, y sabiendo que la razón que provocaba en Sam esa sonrisa deslumbrante era él, lo único que quería y anhelaba era verla todo el tiempo que fuera posible. Santiago sonrió más ampliamente, encogiéndose de hombros.
—Estoy listo.
Matthew se encontraba recostado sobre la cómoda y confortable cama que se le había asignado luego de hablar con el líder de la CGO. Tras despertar, se había percatado de que Dom no estaba a su lado, pero de todos modos había creído que el soldado no había llegado a dormir. Había conocido finalmente a Delta: Marcus, Anya, Clayton, Jace, Cole, Baird y Dizzy. Todos eran buenas personas y lo habían tratado como si fuera uno más de ellos; en cuanto pudo descubrir la calidez y la fraternidad que había entre cada soldado, todas sus preocupaciones por no encajar habían desaparecido, ayudándolo a a tomar más confianza. Había reído, narrado su parte de la historia, convivido con los amigos del hombre que había salvado. ¿Quién hubiera imaginado todos los beneficios que salvar a alguien podría tener? Parecía que había sido ayer cuando había rescatado a Dom del fuego y las llamas, cuando lo había llevado al hospital y lo había cuidado como si hubiera sido de su propia sangre. Al parecer el destino quería que existiera esa amistad; y Matthew no recordaba haber conectado tan bien con una persona desde que había conocido a Jessie, su esposa.
Suspiró al recordarla. La extrañaba tanto. Ella y su hijo habían sido su fuente de felicidad, de alegría, de esperanza. Jamás podría agradecerles todo lo que inconscientemente le habían llegado a dar, y esperaba reunirse con ellos algún día en un futuro no muy lejano. Siempre había tratado de alejar el recuerdo de cómo había sido su vida antes de que todo ese caos se desatara, y de hecho ese había sido el consejo que le había dado a Dom aquella noche donde había sentido la necesidad de sincerarse con su nuevo compañero. No debía quedarse en el pasado. Pero era inevitable hacer eso; lo había logrado por meses, manteniéndose ocupado para evitar que todo lo relacionado con su vida anterior entrara en su mente y lo obligara a reflexionar sobre la vida que había llevado. Pero ahora que estaba solo, mirando el techo de su habitación, en un hotel localizado sobre una isla a millones de kilómetros lejos de su hogar, no pudo evitar que pequeños fragmentos de su vida como doctor, padre y esposo se proyectaran en su mente. Era interesante cómo el universo ponía las cosas. Cómo el mundo se sincronizaba con la vida de las personas para hacer que algo pasara, que un evento ocurriera. Como a veces la vida era tan injusta y cruel para someter a los inocentes a cosas a las que nunca nadie debería de ser sometido. Era inhumano, desagradable, traumatizante.
Entonces, ese pensamiento lo llevó al único recuerdo que no quería revivir. Cerró sus ojos y respiró hondamente, inhalando y exhalando una y otra vez, sintiéndose a sí mismo comenzar a adentrarse en lo que parecía un ataque de pánico. Pánico. El sentimiento que se había apoderado de él en algún momento de su vida, un sentimiento que lo había empujado a hacer lo que hizo. Cerró los ojos con más fuerza y cubrió su rostro con sus manos, sintiendo de inmediato el sudor frío de sus palmas conectar con sus mejillas. Todo le empezó a dar vueltas, el entorno que lo rodeaba ya no era importante y se sintió perdido en el vacío. No quería pensar en eso. Pero el sonido de la bala siendo disparada ya retumbaba en su mente como para recordarle lo que había hecho y lo que había causado. Su corazón latía cual tambor siendo golpeado con rapidez y fuerza, y un zumbido molesto apareció en sus oídos.
—Basta —susurró, su voz temblorosa. Apretó sus dientes y su mandíbula comenzó a temblar—. Basta —repitió, moviendo la cabeza de un lado a otro, mientras el sonido de la bala se reproducía una y otra vez en su cabeza—. Basta, basta —la recordó. Su bella silueta se proyectó en su mente, pero después la vio en el piso, con un agujero en su cabeza, su mirada perdida y su boca abierta—. Por favor, detente —dijo, ahora con más urgencia, más desesperación. Su voz se escuchaba como si estuviera al borde de las lágrimas. Volvió a sentir la sangre salpicar su rostro, volvió a escuchar el sonido hueco que había resonado en aquella habitación cuando el cuerpo inerte había caído al suelo como si se tratara de una simple e insignificante bolsa de basura. Volvió a ver la imagen de aquel desgraciado bastardo aprovecharse de su estado, acercándose a él con una sonrisa torcida y mórbida en su rostro, sujetarlo con fuerza y aventarlo al suelo. Volvió a escuchar el sonido de su bragueta bajarse. Volvió a sentir el dolor mientras lo hacía una y otra y otra y otra vez. Sin cansarse. Sin molestarse por el estado de trauma que él presentaba. Solamente riéndose, riéndose de sus gemidos de dolor, de su llanto, recordándole lo marica que era y lo débil y sumiso que debía ser cada vez que el bastardo entrara en su habitación y comenzara a hacerle cosas que lo habían marcado de por vida, camuflado en la oscuridad mientras sus caderas se movían de adelante hacia atrás. Sintió las lágrimas formarse en su rostro, y mordió su labio inferior hasta sentir el sabor a sangre invadir su boca.
Había pasado ya dos décadas, pero él nunca olvidaría aquella etapa. Atrapado en su propio hogar, viendo como día a día el cadáver de su madre se iba pudriendo, provocando que un olor de muerte y enfermedad invadiera la casa a tal punto de volverlo loco. Y su padre. Su repugnante y perverso padre. Sus pasos resonando en el pasillo mientras se acercaba a su habitación, bebiendo de su botella de whisky casero. No tenía que abrir la puerta y hacerse notar para que Matthew empezara a llorar descontroladamente. Se cubría con las sábanas rotas y desgastadas, cerrando sus ojos en un intento por imaginarse a sí mismo estando en otro lugar. En cualquier otro lugar menos su habitación. Entonces abriría la puerta con una patada, se acercaría al pobre chico que temblaba bajo las sábanas del miedo, se inclinaría hacia él con su olor a whisky invadiendo su boca y le susurraría que era hora de la diversión. Lo pondría sobre su estómago, o sobre sus brazos y piernas, siempre era una diferente postura. Conforme fue creciendo, las posiciones se volvieron más creativas y bizarras. Peligrosas. Salvajes. Escucharía el sonido de su bragueta bajarse, y entonces trataría de imaginarse a su madre cuando todo era perfecto antes de que ese hombre entrara en sus vidas. Sentiría las asquerosas, callosas manos de su padrastro acariciarlo desde la espalda hasta las piernas. Después, experimentaría un asco y un dolor que jamás podría lograr describir. La cama provocaría chirridos y mordería la almohada para suprimir sus gritos ya que sabía que si gritaba entonces algo malo pasaría. Lo decía por experiencia. Porque eran incontables las veces que había intentado pedir ayuda, y todas esas veces había sido golpeado hasta el punto de caer inconsciente, o amenazado con la misma pistola con la que su padre había asesinado en sangre fría a su madre con un disparo limpio en la cabeza.
Un sudor frío apareció en todo su cuerpo y comenzó a temblar, reviviendo la sensación de la caliente respiración de su padrastro estamparse contra su cuello. Logró tranquilizarse un poco cuando recordó el día en el que terminó con toda la tortura física y psicológica que su padre le había causado. Aún recordaba la textura del cuchillo de cocina que había tomado mientras su padre dormía frente al televisor con una botella de cerveza medio vacía en su mano; se acercó sigiloso, temblando internamente, apretando sus dientes superiores contra los inferiores y sintiendo la rabia y la ira recorrer cada parte de su sistema. Cuando estaba a su lado, lo miró por lo que parecieron horas. Las lágrimas bajaban por su rostro y el agarre en el mango del cuchillo se fortalecía con cada minuto que pasaba, hasta que finalmente se atrevió a hacerlo. Había leído libros de medicina, cortesía de su madre. Sabía cuáles puntos exactos podían terminar con la vida de una persona en cuestión de segundos, pero aún así no quiso dejarlo morir tan rápido. Lo había apuñalado, una y otra y otra vez. Por su madre. Por cada noche en la que había abusado de su inocencia, por cada noche en la que había violado su cuerpo, su mente y su alma. Por cada golpe, cada paliza, cada colilla de cigarrillo apagada sobre su piel, por cada grito, cada pedida de auxilio. La autopsia había indicado que lo había apuñalado treinta y seis veces. El asunto con la policía fue más fácil de lo que había pensado una vez que le avisaron que tenía que ir a la corte. Habían atestiguado los vecinos, los médicos, los forenses, los policías que habían llegado a la escena del crimen ese fatídico día. Había sido encontrado inocente por enfermedad, y había tenido que cumplir una rehabilitación completa en un hospital psiquiátrico que había durado más de cuatro años.
Pero había salido adelante. Había salido adelante porque había conocido a Jessie. Ella era una de las enfermeras en el hospital; ella lo había entendido mejor que nadie, lo cuidaba, lo protegía. Si no hubiera sido por ella y sus palabras de aliento, no podría asegurar que su progreso de rehabilitación hubiese terminado tan pronto. Y se sentía infinitamente agradecido con su esposa.
Se sobresaltó cuando escuchó golpes azotar contra la puerta de su habitación. Salió de su trance, pero permaneció con la mirada perdida en el techo, calmando su respiración y alejando toda evidencia que pudiera demostrar su estado crítico de reflexión. Nadie podía conocer ese lado de él, oculto muy profundo dentro de Matthew sin que nunca nadie lograra ver el oscuro pasado que tenía. Era miedo el que sentía cada vez que pensaba en ser honesto y compartir sus traumas de niñez y de adolescencia. Miedo a ser juzgado, a ser excluido, al ver en los ojos de las personas que lo rodeaban el asco y el desprecio, la decepción y la pena. Si estaba orgulloso de algo, era de la capacidad que tenía por salir adelante. Por supuesto que los recuerdos seguían ahí, deambulando por su mente como fantasmas perdidos, y estaba completamente seguro de que nunca se irían. Pero no era en lo único que pensaba; su pasado nunca lo había detenido, nunca lo había limitado. Volvió a escuchar los golpes en la puerta y regresó a la realidad cuando la voz de Dom resonó en las cuatro paredes.
—¡Matthew, soy yo! —se preguntó a sí mismo si algún día sería capaz de mirar a Santiago a los ojos y decirle todo por lo que había pasado. La única persona que era consciente del trauma que había vivido era Jessie, pero ella ya no estaba más con él para compartir sus secretos. Se levantó con ligera pesadez y estiró su espalda, bostezando y caminando descalzo a través de la habitación para llegar a la puerta. Vestía un pants negro y una playera blanca, su cabello se hallaba despeinado y sus ojos color miel adormilados. Llegó a la puerta y tomó la perilla, girándola y removiendo el seguro para luego abrirla por completo y visualizar a su buen amigo Santiago y a una mujer que no pudo reconocer. No la había visto jamás, pero aun así Matthew se hizo una idea de quién podría ser.
—Hey, Dom, ¿qué tal? —preguntó, sonriendo.
—Bien, Matthew, ella es Sam —el soldado dijo casi como si estuviera orgulloso de la persona que estaba presentando. La pelinegra sonreía abiertamente y dio un paso tentativo hacia adelante, extendiendo su mano al frente. Matthew no dudo en corresponderle el gesto, estrechando la mano de la pelinegra.
—Oh, claro, Sam, la chica de la que siempre hablabas —Matthew soltó una risa y dirigió su atención a la joven Gear—. Es un placer finalmente conocerte, Samantha. Soy Matthew Ross, pero puedes llamarme Matt.
Se separaron y Sam asintió emocionada.
—El famoso Matthew, ¿no? El salvador de éste grandote de aquí —Samantha no pudo evitar acercarse más a Matt y sorprenderlo dándole un abrazo cálido y amigable. Con un poco de extrañeza, Matthew subió sus manos a la espalda de la pelinegra, incómodamente poniendo sus palmas sobre los omóplatos de Samantha. Miró a Dom, quien atestiguaba la escena con genuino interés, y le pidió respuestas con la mirada. Santiago sólo pudo encogerse de hombros—. Gracias, Matt. Gracias por haber salvado a Dom —entonces ahí fue cuando Matthew entendió el origen de aquel incómodo abrazo que ahora se había vuelto un tanto amigable y tranquilizador. La abrazó con más confianza y se sintió bien al recibir tanto agradecimiento proviniendo de dos personas por hacer algo que a él siempre le había apasionado hacer: salvar vidas. Después de unos segundos de permanecer en la misma posición, Sam rompió el abrazo y lo miró con pura y genuina alegría.
—Sólo hice lo que tenía que hacer —Matthew dijo, descubriendo que los ojos de Samantha transmitían lo mismo que los de Santiago la primera vez que le explicó que lo había salvado de su inminente muerte—. Y me alegro de haberlo hecho.
—Bien, ahora que finalmente se han conocido, ¿podemos ir a la cafetería? Muero de hambre —Dom intervino, riendo con animosidad y contagiando a las personas que lo acompañaban.
—En un segundo. Iré a cambiarme, estaré listo en unos minutos —Matt se adentró de nuevo en la habitación, dejando la puerta abierta como una forma de invitación a que los dos soldados entraran, lo cual hicieron sin mostrar resistencia alguna. Sam examinó el cuarto en donde Dom y Matthew estaban siendo hospedados. Era más grande que el suyo, de eso no había duda alguna. Las paredes estaban tapizadas con un café más oscuro que el de su habitación, pero las mismas lucían más desgastadas y dañadas por la humedad y el tiempo de estar sin uso que las del resto. Un olor a encerrado y a tierra pudo llegar a su nariz.
—Matthew luce como una persona agradable —Sam comentó tras recargarse en una de las paredes, viendo de frente a Santiago. Él sonrió ampliamente.
—Y lo es. Me ha ayudado demasiado; de no ser por él ni siquiera habría salido vivo, ¿sabes?
—Es difícil encontrar a personas que sacrifiquen lo que tienen para salvar a otras —ese comentario puso a reflexionar a Sam, porque Matthew no era el único que conocía que había sacrificado de cierta manera su tiempo y sus recursos para salvar a una persona. Adam, el padre de Marcus, también lo había hecho con el único objetivo de sacar a la humanidad se su miseria. Y cómo olvidar a Santiago, el hombre que ahora estaba de pie frente a ella, vivo como nunca antes lo había estado. De no ser por él, probablemente ella no hubiera salido viva de esa situación. De no ser por su valentía y su coraje, el mundo probablemente no hubiera podido ser salvado. Entonces se dio cuenta de que en realidad nunca le había agradecido a Dom por sus acciones, y ahora que se encontraba de forma temporal a solas con él no veía una mejor oportunidad para expresar su gratitud—. Santiago.
—¿Sí, Sam? —preguntó extrañado por la forma en la que la pelinegra pronunció su nombre para llamar su atención.
—Nunca pude agradecerte por lo que hiciste —quiso reír al ver la cara de confusión que el soldado mostró en cuanto las palabras salieron de su boca, pero se decidió por proseguir y explicar lo que había dicho—. Se tiene que tener mucha valentía como para hacer lo que hiciste, Santiago. Sacrificarte por tus amigos, tus compañeros de años. Sin ti lo más probable es que no hubiéramos podido ni siquiera llegar a Azura. Si Marcus no hubiese sobrevivido, Anya, Jace, Dizzy; si nosotros no hubiésemos sobrevivido, el mundo seguiría igual de jodido que siempre.
—Sam...
—Gracias, Dom. En serio te lo agradezco. Y créeme, no soy la única que se siente así, toda Delta se siente agradecida por lo que hiciste —Samantha dio un paso hacia adelante, mirando a Dom directo a los ojos buscando descifrar qué era lo que pasaba por la mente del soldado en esos momentos—. Y siempre lo estaremos.
Santiago sonrió después de haber procesado lo que Samantha le había dicho. Una sonrisa genuina y amplia, alegre y sincera. Tuvo impulsos de abrazarla, pero su iniciativa fue interrumpida cuando Matthew entró de pronto en su vista periférica ya cambiado de ropa, usando unos jeans negros, una playera azul claro y las mismas botas cafés con las cuales ya estaba familiarizado. Santiago no supo qué decir, se quedó inmóvil en la habitación, un silencio envolviendo a ambos. Matthew se acercó al par de soldados mientras pasaba su mano por su cabello en un intento por peinar al mismo.
—¿Listos para irnos? —Samantha lo volteó a ver y le asintió animada, dándole un último vistazo a Santiago antes de caminar a la entrada y ser seguida por Matthew. Dom simplemente se dio media vuelta y se acercó a ellos, alcanzando el paso y caminando a través del pasillo hasta encontrarse con las escaleras.
—Y cuéntame, Matthew, ¿cómo es que salvaste a Santiago? —Samantha rompió el silencio, encontrando su lugar a un lado de Matt y dejando a Dom atrás por el angosto espacio que había al estar bajando las escaleras.
—Ese día tres hombres y yo habíamos ido de expedición para encontrar cualquier cosa que se nos fuese útil —Matthew comenzó a narrar mientras los recuerdos se producían en su mente—. Como sabíamos que Mercy estaba poblada, decidimos ir ahí para ver si podíamos intercambiar algunos productos. Pero cuando llegamos, no había absolutamente nadie, y lo primero que vimos fue el fuego y los cuerpos de los Locust esparcidos por el terreno. Nuestro primer impulso fue irnos, pero vi la munición en el suelo y varias Hammerbust tiradas y preferí quedarnos para recolectar armas y de ser posible munición. Me acerqué al fuego, interesado por saber qué había ocurrido ahí y cuánto tiempo había pasado desde entonces, y ahí fue cuando lo vi. Estaba inconsciente, su piel tenía graves quemaduras, tenía el pulso bajo y varias cortadas y heridas abiertas que necesitaban ser atendidas antes de que se infectaran.
—Pero, ¿cómo fue eso posible? —Sam preguntó, viendo a Matthew y después mirando a sus espaldas para ver a Dom. Su atención regresó al joven doctor—. Santiago iba directo a la explosión, ¿cómo pudo sobrevivir?
—Lo siento, pero eso es algo que no puedo explicar —Matthew respondió, pensativo—. Lo iba a dejar ahí porque creía que no iba a sobrevivir; lucía en muy mal estado, además de que temía acercarme demasiado al fuego. Pero eventualmente me convencí de que debía de intentarlo, y junto con mis hombres lo alejamos del peligro y lo llevamos a mi fuerte, un hospital ubicado a dos días de Mercy. Ahí lo estabilicé, y lo estuve cuidado por más de un año hasta que finalmente despertó. Fue un gran logro.
—Me lo imagino —Sam comentó, sonriendo—. Santiago es muy importante para nosotros, gracias.
—No tienes que agradecer, lo hice porque todos merecen una segunda oportunidad, ¿cierto? —Sam y Dom asintieron en unísono, seguido de bajar el último escalón para encontrarse con la recepción. La pelinegra comenzó a caminar a la derecha, y vio a varios Gears esparcidos alrededor de la gran sala. Se acercó a un par de puertas dobles y abrió ambas al mismo tiempo, y sus ojos analizaron inmediatamente el entorno. Había soldados reunidos por todas partes. Algunos comían, otros charlaban, otros simplemente disfrutaban de su tiempo a solas, y no pasó mucho tiempo antes de que Sam encontrara a Delta en una de las mesas ubicadas al fondo del gran salón. Miró sobre su hombro para invitar con un gesto realizado con su mano a Matthew y a Santiago para que se adentraran en la cafetería, y estos rápidamente obedecieron. Dom se sentía nervioso. Mientras caminaba, trató de ignorar las miradas que inmediatamente se pusieron sobre él una vez que fue reconocido por la multitud. Después siguieron los murmullos viniendo tanto de hombres como mujeres, ya que era imposible para ellos ocultar la sorpresa que sentían. Santiago bajó su rostro y aceleró el paso de su caminata, sintiéndose abrumado por tantos susurros y miradas dirigidas hacia él. Samantha notó su inseguridad e incomodidad, y colocó una mano sobre su hombro para transmitirle un poco de fortaleza. La conmoción fue tan grande que todo el salón cayó en un fúnebre silencio. Santiago no creía conocer a todos, pero cuando la guerra había terminado se había reconocido a los Gears sobresalientes en la misión. Su nombre había sido mencionado múltiples veces, seguido de una breve descripción en donde explicaban la forma en la que había muerto y la razón por la cual lo había hecho.
Entonces escuchó varias sillas ser arrastradas hacia atrás, seguido de lograr percibir el sonido de pasos aproximándose a él. Pudo lograr ver a Sam ponerse alerta, atenta a cualquier cosa que fuera a pasar. Santiago levantó su rostro para ver a dos caras que le eran desconocidas, pero que parecían muy emocionados de volverlo a ver.
—Tú eres Dom, ¿no es cierto? —el hombre más bajo con cabello castaño y ojos verdes claros preguntó, emocionado. Santiago asintió en silencio, deteniendo su caminata y analizando a los soldados que estaban frente a él —. ¡Eso es genial! Todos pensaron que estabas muerto, ¡que tú estabas muerto! Y ahora está aquí otra vez..., ¡demonios, eres Dominic Santiago! —el hombre dirigió su atención a la multitud que se había empezado a formar a sus espaldas—. ¡És él, es Dominic Santiago, el sujeto que se sacrificó por Delta! —y fue rápidamente ensordecido por los gritos de euforia y los silbidos de alegría que resonaron en las cuatro paredes, seguido de ser rodeado por casi todos los soldados que le cuestionaban incontables preguntas que ni siquiera tenía la oportunidad de responder. Dom comenzó a asfixiarse. Apreciaba el reconocimiento que tenía dentro de la Coalición, pero en esos instantes no tenía los ánimos para hacer frente a todas las preguntas que se le estaban haciendo de forma simultánea. Trató de hacerse paso, pero encontraba difícil el hecho de ignorar a las personas que lo único que buscaban era recibir respuestas de su parte. Buscó a Sam con la mirada, pero antes de que pudiera encontrarla, Marcus apareció y caminó entre la multitud para llegar a un lado de Dom.
—Ya terminaron, ¿de acuerdo? —fue lo único que necesitó decir para que un silencio lúgubre se hiciera presente entre la multitud. Marcus puso su mano sobre el hombro de Dom y comenzó a caminar hacia la mesa de donde había venido, las personas moviéndose para permitirles pasar. Santiago volteó hacia atrás, buscando con la mirada a Matthew y a Sam. Ambos salieron de entre la multitud, riendo y charlando con animosidad. Segundos después, Marcus y Dom llegaron a la mesa donde se encontraba Cole, Jace, Clayton y Anya disfrutando de su desayuno a excepción de Baird, quien simplemente escuchaba y observaba lo que pasaba a su alrededor. Sam y Matthew se les unieron tiempo después.
—Dom, hermano, ¿qué tal? Veo que Sammy ya está enterada de tu regreso —Cole dijo mientras guiñaba el ojo provocando que Santiago riera con serenidad—. Me hubiera gustado ver tu reacción —comentó, su atención ahora dirigida hacia Sam.
—No sabes lo que dices —la pelinegra dijo, sonriendo. Se puso de pie y todos la voltearon a ver—. Iré por sus bandejas. Enseguida vuelvo —Dom estaba a punto de ofrecerse para ayudarle cuando vio que Damon se ponía de pie en silencio, acercándose a Sam—. ¿Vienes, Baird?
El soldado simplemente la miró con intensidad, provocando que Samantha se sintiera confundida. Damon comenzó a caminar en dirección a la barra de comida, con Sam siguiéndole el paso, aunque tuvo que trotar para poder alcanzarlo.
—¿Todo bien, Damon? —preguntó, consternada. Los sucesos que habían ocurrido las últimas horas habían provocado que se olvidara de lo que había pasado entre los dos, pero ahora que lo volvía a ver se daba cuenta de que había algo pendiente entre ambos. Se restringió a sí misma de suspirar en frustración al no escuchar respuesta alguna—. Necesitamos hablar, ¿sabes? —dijo al mismo tiempo en el que llegaban a la barra de comida. Baird pidió una bandeja para él y Sam pidió tres, aún esperando la respuesta del soldado—. No me puedes ignorar todo el tiempo.
—Sam, no hay nada de qué hablar —Damon la volteó a ver con la bandeja en la mano—. Es obvio que lo que pasó fue un error y jamás debió de haber pasado. Así que quiero que lo olvides, porque yo ya lo hice. No quiero que vuelvas a hablar de eso, es demasiado vergonzoso recordarme en esa clase de escenario contigo —y comenzó a caminar, dándole la espalda a la pelinegra. Samantha sintió la sorpresa recorrerla, pero esa sorpresa fue remplazada rápidamente por una ira impulsiva. Dio largas zancadas para alcanzar a Baird, tomándolo del brazo y aplicando la fuerza suficiente para que él se diera la vuelta y la encarara. El soldado puso sus ojos en blanco causando que la ira en Samantha sólo se incrementara más.
—¿Disculpa? Tú fuiste el que fue a mi habitación pidiendo perdón. Y no es algo que pueda dejar pasar, es algo que ocurrió y que tiene que ser hablado —argumentó la pelinegra, deseando poder hacer algo con respecto a la actitud de Damon.
—¿Por qué tiene que ser hablado? ¡Ya no tiene importancia! Fue una estupidez de mi parte, lo admito, pero al menos no actué de manera tan ridícula como tú. De cierta forma te agradezco que me hayas besado de sorpresa en la plataforma. El dejarte abandonada ahí fue suficiente evidencia como para darme cuenta de que bajo ninguna circunstancia yo me relacionaría con alguien como tú.
—¿Cuál es tu jodido problema, Damon? —preguntó, dando un paso defensivo hacia adelante—. ¿Sabes qué? No me importa. Quédate solo, es lo único bueno que sabes hacer, ¿no es cierto? Oh, espera; no es cierto, también puedes ser un arrogante e inmaduro bastardo.
—¿Inmaduro? Inmaduro el hecho de que le hayas pedido a Santiago que se quedara contigo a pasar la noche. Eso también me lo pediste a mí, ¿recuerdas? ¿A cualquiera que entre a tu habitación le pides que se acueste contigo? Vaya, Sam, estás llena de sorpresas.
Samantha jadeó de manera sorpresiva, sus ojos ampliándose y sus manos formándose en puños. Una ira inexplicable la bañó entera, y lo único que quería en esos momentos era sentir sus nudillos conectar con la mejilla de Damon.
—¿De qué demonios estás hablando? —siseó—. ¿A ti qué te importa lo que haga o no? Puede que haya invitado a los dos a quedarse en mi habitación, pero hay una diferencia: la invitación a Dom no fue un error, la tuya lo fue, y me arrepiento mucho de haber pasado la noche con alguien con tan poco corazón como tú.
—¿Sabes qué? Ya no quiero discutir contigo. No vales ni siquiera eso —se quedaron mirando por lo que parecieron horas, ajenos a lo que pasaba en su entorno. Afortunadamente la discusión sólo había llamado la atención de Delta y de algunos Gears que no le dieron mucha importancia. Anya, Cole, Clayton y Santiago habían querido ir a interrumpir el encuentro, pero el único que actuó fue Matthew, quien se puso de pie y se acercó a la conflictiva pareja que lucía como si ambos estuvieran a punto de matarse con la mirada. Se colocó entre los dos, sonriendo.
—¿Necesitas ayuda, Sam? —preguntó, mirando a los dos. Baird lo vio de soslayo, mofándose. Seguido de esto, el soldado estampó la bandeja que llevaba consigo contra Matthew quien por inercia subió sus manos para evitar que la misma cayera al suelo. Damon centró su atención en Sam una vez más.
—Ya perdí el apetito —dijo, entrecerrando sus ojos y girando sobre sus talones, para luego comenzar a caminar en dirección a la salida. La pelinegra bufó en lo alto, apenas notando la presencia de Matthew.
—Ese maldito —comenzó a maldecir bajo su respiración, dirigiéndose a la barra para luego tomar las dos bandejas que había pedido y dejar la tercera para que Matt la tomara. En silencio, caminaron hasta la mesa de Delta donde tomaron asiento, aunque la ira de Sam aún estaba presente y más clara que nunca. Dom trató de entender lo que acababa de pasar, con la confusión plantada en su rostro. Quiso preguntar, pero supo que no le correspondía y no debía entrometerse en los asuntos de los demás. Matthew y Santiago empezaron a comer, y gracias a Cole el ambiente de tensión que Sam cargaba consigo comenzó a ser eliminado.
Durante todo el desayuno, Dom no pudo alejar la curiosidad que sentía por saber qué había pasado entre Sam y Baird.
Y sorpresivamente, en su mente surgió el pensamiento egoísta de que, si algo había entre aquellos dos, haría hasta lo imposible para separarlos.
Hola, de nuevo! Bien, primero hablemos de Gears of War 4: ¿ya lo jugaron? ¿Qué les pareció la campaña? ¿Qué tal el multijugador? ¿Y qué tal la horda? Les diré mis calificaciones respectivamente: 7.5 u 8, 9, 9.5. La campaña pudo haber sido MUCHO mejor, y aunque el final es pues interesante(? le faltaron muchas cosas=/ . El multijugador me ha gustado un montón: Escalada, Carrera Armamentística y Dodgeball son increíbles! Me encantaron. Y horda ni se diga, me ha gustado mucho! Espero oír sus opiniones al respecto=).
Bien, ahora pasemos al tema de Matthew: miren, yo sé que es muy triste todo por lo que tuvo que pasar=(, e incluí éste aspecto de su vida porque será muy importante en un futuro ya que…bueno, sólo les digo que va a ser influyente en algo que Matthew hará en la futura trama, pero sólo eso=P . Lo bueno es saber que nuestro querido Matty ha salido adelante a pesar de estar medio chisqueado xD. Eso es lo único que quería decirles=).
Por cierto, ya sé que te agradezco todo el tiempo Jhezz, pero gracias por corregir éste capítulo y todo eso c: me eres de gran ayuda=) .
Sin más que decir, sayonaraaa!
