Dicen que los ojos son el reflejo del alma.
Gabriel recordaba siempre los ojos de su padre y realmente, nunca vio nada especial en ellos. Los ojos de su padre rara vez brillaban, si rostro está vez demostraba una sonrisa. Tampoco él era un hombre cariñoso.
Los ojos de su padre no brillaban, eran unos ojos que no demostraban nada. Era triste ver a un hombre que se mostraba serio durante casi todo el tiempo, realmente... nunca vio nada en ellos.
Los ojos de su madre en cambio demostraban una infinita tristeza, una tristeza que él siempre quiso quitar, pero nunca fue capaz. Sí, sus ojos brillaban cuando su único hijo tenía algún logro. Pero solo eso...
Los ojos más expresivos que alguna vez conoció en su vida fueron los de su esposa, Emilie.
Ella era como una niña.
Jugaba, saltaba, reía. Era muy feliz.
—¡Algún día seré la mejor actriz! Saldré en alguna película, cantaré...
Cuando hablaba de esos temas sus ojos brillaban más que nunca. Verla era todo un deleite.
—Estoy seguro de que podrás hacerlo.
Ella apretó su mano.
—Mi sueño es estar en un musical.
—¡Estoy seguro de que lo conseguirás!
Aunque no todo era felicidad. Gabriel recordaba la tristeza y el miedo que vio en los bellos ojos de Emilie el día que le contó la noticia.
—¡Estoy embarazada!
Sus ojos lloraban, su voz estaba quebrada. Se veía asustada, era como una niña pequeña con un gran temor.
—No llores, por favor —él corrió a abrazarla sin detenerse a pensar en la noticia, solo le importaba la felicidad de su amada —. Estaremos juntos en esto.
—¿No tienes miedo?
—Emilie, tú siempre quisiste ser madre. Jamás espere esta reacción en ti.
Ella rió entre lágrimas.
—Lo sé, pero sabes el mundo en el que vivimos, nuestros padres podrían enojarse mucho.
Con que eso era...
De pronto Gabriel tuvo un viaje al pasado. Cuando era apenas un niño y ya lo obligaban a tener actividades aburridas. Piano, esgrima, idiomas...
Él no era feliz. Él vivió entre obligaciones, solo porque había que mantener un estatus, solo por las apariencias.
—No nos preocupamos de eso, mientras estemos juntos ese bebé crecerá rodeado de amor.
Intentó calmarla, aunque él tampoco estaba del todo tranquilo. Pero debía ser maduro, solo por ella. Intentar ser más fuerte que nunca.
—¡Oh, Gabriel!
Y ambos se besaron.
El nacimiento de Adrien no fue sencillo, pero en ningún momento se abandonaron.
Ambos le dieron todo su amor. Ambos lo criaron con dulzura, comprensión y con paciencia. Ser padres no era tan sencillo como ellos pensaban, pero juntos lo intentaban.
El día que Emilie desapareció, cuando Adrien apenas tenía trece años, Gabriel le prestó más atención que nunca a su hijo.
Ese día descubrió que los ojos de su hijo eran los mismos que los de su desaparecida amada. Tuvo que sujetarse a una pared para no caer. Fue algo demasiado fuerte.
Le dolía ver a su hijo, prefería alejarse, prefería evitarlo. Pero... Tampoco podía dejarlo solo. Estaba en una encrucijada.
Él lo necesitaba. Pero él no podía verlo, porque aquello dolía.
—¿Esta bien Señor Agreste?
Vio los ojos de Nathalie. Tan serios, tan inexpresivos. Desde que era joven había sido así, un libro imposible de leer.
—Sí. Estaré en mi oficina, que nadie me moleste.
Gabriel fue a su oficina, y moviendo los botones adecuados llegó a su cuarto secreto, a su guarida.
¿Qué pasaba con sus propios ojos?
Él intentaba no demostrar nada. Porque su alma era toda una encrucijada. Él sentía mucho dolor, estaba lleno de amargura. Extrañaba a su esposa, y sentía el deseo de volver a encontrarla, estaba decidido a conseguirlo.
Pero, ¿qué sucedía con Hawk Moth?
Esa faceta suya solo demostraba odio, maldad. Era su peor lado, pero era necesario.
Sí, definitivamente el tema de los ojos era algo bastante complejo.
