Las embarcaciones inglesas cortaban las olas moviéndose hacia la costa de Veracruz. Antonio trataba en vano de parar el avance inglés a base de cañones y flechas mientras que las naves francesas y prusianas rodeaban a la armada inglesa pero las olas no estaban de su lado. Parecía que el mar podía sentir la ira del británico y actuaba para su beneficio.
Miles de balas de cañón salían de todos los barcos. Conforme los galeones británicos se acercaban a la costa, comenzaba el abordaje. Francis dirigió sus barcos hacia el centro de la armada inglesa pero ésta no podía contra el poder de la flota más poderosa del mundo.
Gilbert ordenaba un ataque tras otro y aunque la flota prusiana era realmente efectiva, poco podía hacer. Derrumbaron varias naves inglesas rodeándolos con diferentes tácticas pero no lograban detenerlos.
Arthur abordó un pequeño barco para dirigirse a tierra firme mientras sus hombres mantenían ocupados a los enemigos. Inglaterra mantenía un semblante firme y serio, como un hombre dispuesto a matar a sangre fría. Pasó entre los imponentes galeones españoles sin inmutarse.
-¡Aléjate de mis tierras, Kirkland!-gritó Antonio al verlo cruzar como si fuera el dueño del lugar.
-¡Oblígame!-le gritó de regreso el rubio mientras su pequeño bote navegaba hasta tocar tierra. Los ingleses desembarcaron- Find him, bloody idiots!-les gritó a sus hombres que se separaron para encontrar a Alfred.
-¡Joder!-gruñó España y señaló a varios tripulantes- Ustedes, vengan conmigo…
Los españoles subieron a otro barco de remos y regresaron para detener a los ingleses que comenzaron a saquear las casas cercanas al puerto. Cuando Antonio tocó tierra corrió tras el rubio de los ojos verdes con la alabarda en alto
-¡Lárgate!-gritó el mayor atacándolo. Arthur lo vio venir y se defendió con su espada y lo fulminó con la mirada
-¿Dónde está?-gruñó el británico furioso atacando al ibérico con fuerza obligándolo a retroceder-¡¿Dónde está Alfred, Carriedo?!
-No lo encontrarás aquí…-le espetó el castaño pero antes de que pudiera decir algo más, se escucharon pasos apresurados en el muelle golpeando las tablas del puerto.
-England!-gritó New England al ver al mayor. Arthur inmediatamente volteó y sonrió al verlo, sin embargo notó que había crecido. ¡¿Cómo se atrevía ese niño a crecer?! Una ira ciega se apoderó del anglosajón.
-Kill them!-gruñó Inglaterra furioso y sus hombres regresaron al barco. Eliminarían a todos los presentes, españoles, franceses y prusianos por igual- Kill them all!
-¡No!-gritó el castaño- Bien, yo tenía a Alfredo… ¡Llévatelo y no regreses!
Una risa fría y cruel salió de la boca de Arthur. Era una risa cínica que helaba la sangre y causaba escalofríos. Antonio no pudo evitar estremecerse ante semejante sonido lleno de maldad
-¡Haré que pagues por tratar de llevarte a mi colonia!-le espetó el inglés con una sonrisa maligna y de pronto, todas las naves británicas cambiaron la bandera de Gran Bretaña por viejas y desgastadas banderas negras.
El corazón de Francia se encogió al ver las banderas negras, ya no se enfrentaban a simples ingleses, eran piratas. Prusia estaba confundido al ver que las naves de sus amigos retrocedían.
-¿Qué ocurre?-preguntó el albino confundido pues nunca se había enfrentado a los piratas ingleses.- ¡¿Cuál es el problema?!
De pronto notó como los barcos se movían más rápido y una doble fila de cañones atacaba cada barco. Las naves francesas comenzaban a hundirse una por una. Francis no podía creer su suerte, creía que había estado luchando contra la disciplinada armada inglesa… pero no… era la mayor flota de piratas.
-¡Alto!-gritó España al ver sus naves hundirse indefensas en las frías aguas pero esa distracción le costó un golpe en el estomago. El rubio golpeó sus manos obligándolo a soltar la alabarda
-¡Tajtli!-gritó Nueva España cuando el filo del arma inglesa estuvo cerca del cuello español. Los ojos verdes del ibérico chocaron con los dorados tratando de calmarla pero la niña corrió hacia ellos seguida por el pequeño rubio-¡No! ¡Suelta a mi tajtli!
-María ¡NO! –Gritó Antonio cuando los niños se acercaron-¡Detente! ¡Estoy bien!
-No le mientas a la niña, Carriedo-le espetó el británico antes de acuchillarlo en el estómago. Ambos niños ahogaron un grito al ver eso- Let's go… -Arthur caminó hacia su pequeño barco. Alfred estaba asustado por lo que vio, no sabía si seguir o no al inglés.
La verdad es que había sido muy feliz y había sentido verdadera libertad estando con el español, no quería regresar a las cadenas del mayor en Nueva York. Miró a su lado, María lloraba abrazada al cuerpo del español el cual respiraba con dificultad.
-Alfred?-preguntó el británico al ver que no lo seguía- Come on… let's go home…-el inglés les hizo algunas señales a los tripulantes que aun seguían en tierra que se llevaran al español preso. María gritó y trató de evitarlo pero no pudo y la encerraron en un barril.
-But…-el niño dudó sin embargo terminó siguiendo al mayor con la cabeza agachada. Su mirada celeste se dirigió hacia el horizonte donde las balas inglesas destruían barcos a diestra y siniestra.
-Haces bien en venir conmigo…-dijo el mayor. Ambos subieron al bote de remos y se dirigieron entre los destrozos de los galeones españoles hacia la flota inglesa.
-¿Debías destruir todos esos barcos?-preguntó el pequeño ojiazul mientras subían al barco principal de la armada británica y avanzaban hacia el norte.
-Yes…-dijo Arthur y varios hombres se acercaron llevando prisioneros al francés y al prusiano que observaron horrorizados al castaño herido-Carriedo ya pagó… toda su flota está destruida… y ahora ustedes lo harán…
-Quiero verte intentarlo-le gruñó el francés con una mirada rebelde y orgullosa pues a pesar de que su armada también estaba completamente destruida, no pensaba rendirse nunca
-No nos das miedo…-le espetó Gilbert- El asombroso yo escapará y tu caerás, Kirkland…
-Nunca… reten… a un pirata…-dijo el inglés y ordenó que los apuñalaran y metieran a una celda. Sabía que eso no los mataría pero era bastante humillante. El grito de dolor de los prisioneros no se hizo esperar mientras Inglaterra caminaba hacia su camarote seguido por el pequeño americano-Me alegro que estés de nuevo conmigo…
Arthur se sentó en su silla favorita, su trono y palmeó suavemente su regazo para que el americano se sentara. Alfred suspiró y lo hizo antes de que el mayor acariciara victoriosamente sus cabellos rubios sintiéndose el rey del mundo… y lo era pues tenía a Francia, Prusia y España a sus pies... ahora nadie se atrevería jamás a quitarle su colonia de nuevo.
Excepto que su colonia añorara la libertad con cada fibra de su ser.
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