Un cordial saludo a todos:

En verdad lamento mucho la tardanza. Cambios de horario, molestias físicas, alguno que otro problema... pero ya pasó, he tardado más de lo que yo mismo me permito, les pido disculpas una vez más.

Aquí les traigo un intermedio que continúa la historia donde la dejó Diablo Guardián II. Qué fue de Paul, qué fue de Luna. Y así como estamos, creo que después de esto, quedarían dos capítulos y el epílogo. No se preocupen, no volveré a tardar tanto, será muy breve, principalmente porque los dos capítulos mencionados sólo necesitan correcciones técnicas para ser publicados. Ha sido este intermedio el que me ha tenido de cabeza... además de lo antes mencionado.

Una vez más, voy ridículamente mal de tiempo, así que pido disculpas si he olvidado a alguno de ustedes. Pero en particular quiero agradecer de corazón a dvxtrem, Chiara Polairix Edelstein, Julex93, Steven 002, el sin par UnderratedHero, sgtrinidad9, WerewolfMazuko117, siempre aguda mmunocan y Fipe2. Gracias a todos ustedes por mantener viva esta historia. Vivan para siempre.

Y sin nada más que añadir (Nickelodeon... redímete, no la friegues) los invito a la lectura. Bienvenidos todos.

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Si volviera a nacer, si empezara de nuevo,

volvería a buscarte en mi nave en el tiempo.

Es el destino quien nos lleva y nos guía,

nos separa y nos une a través de la vida.

Amaral, Cómo hablar

Sus clases tenían fama de ser jodidas. En más de un sentido. En todos los sentidos, a decir verdad.

De haber tenido chance, más de uno habría evadido esas ocasiones. Más de uno habría hecho lo que estuviera en su mano y lo que no tanto para no tener que pasar por algo así. Pero claro, tenía que ser una de las asignaturas requisito si acaso querían salir de esas aulas con algo más que aquellos lejanos días, cuando entraran a esas instituciones tras haber superado exitosamente la extenuante admisión, cargados de sueños y expectativas para darse de lleno con una sólida pared de acero que iba más allá de la realidad misma.

En honor a la verdad, el profesor en cuestión no estaba ni cerca de ser el primer muro del trayecto. Sin embargo, a esas alturas los pocos sobrevivientes del recorrido se preguntaban por qué, a esas alturas, cuando ya poco y nada les quedaba, a alguien se le ocurría la brillante ocurrencia de hacer más miserables su ya de por sí miserables rutinas estudiantiles imponiéndoles clases con semejante… sujeto.

Un sujeto que, coincidían casi todos, se trataba de un cabrón. En el mejor de los casos. Lo cual dependía de las circunstancias.

Aún se preguntaban muchos qué le había visto el director de departamento, otro desequilibrado más (si bastaba con recordar la recomendación de portar una cápsula de cianuro que les hiciera en el discurso de inauguración de cada año académico), a alguien así para depositar su confianza al punto de conferirle semejante responsabilidad. Algo insólito, hasta donde se sabía, secretos a voces mediante, tratándose de un novato sin aparente experiencia académica más allá de haber superado con éxito el suplicio requerido para ejercer la profesión.

Falto de experiencia o no, el tipo se las ingeniaba a su particular modo para captar su atención. En realidad, su estilo no distaba de otros tantos cabrones presentes en semestres anteriores. Sí podía destacarse en su persona ciertas características peculiares, siempre en el mejor de los casos. Como el brazo izquierdo tan útil como el jodido péndulo de cualquier reloj de pared. Largo de forma, ya fuera a causa de la estatura o que era tan delgado que con algo de suerte y buena voluntad conseguía llenar los ternos en los que, con facilidad, habrían entrado un par de hombres de su contextura. Por lo demás, peinado hacia atrás, expresión a ratos ausente, facciones afiladas… de buenas a primeras, a cualquiera le habría resultado hasta lastimoso, preguntándose qué carajos hacía un hombre así perdido en una institución de colosales dimensiones.

Cualquier impresión, primera o segunda, no obstante, se diluía en cuanto dejaba sus apuntes sobre el escritorio, les dirigía una mirada y abría la boca.

Y todo se desmadraba.

Daba igual si por momentos las rodillas le fallaban, no dejaría de caminar mientras hablaba. Y mientras hablaba, todos se cuestionaban su propia presencia en esa aula. Todos se preguntaban cuántos lunáticos más tendrían la desgracia de conocer a esas alturas, ya tan cerca del final, y si acaso ése en particular había sido puesto ahí, primero, para coronar a todos los demás o segundo, como aciago recordatorio de aquello en lo que se convertirían si seguían adelante o si acaso se les ocurría la estrafalaria idea de tenerlo como referente de algo que no fuera todo aquello que no debían hacer.

Bastaba con recordar la primera clase que les impartiera ese año. Si acaso podía definirse como clase una disertación de hora y media acerca de por qué Freud era el mayor zoquete de la historia de la profesión. Un compendio de argumentos, más o menos convincentes, destinados a desbaratar la figura histórica, el supuesto mito, el supuesto todo, suponiendo que en aquel salón quedara alguien que se molestara siquiera en mostrar cierto respeto por el individuo en cuestión. Y como si eso no hubiese sido suficiente…

‒Reprobaré al primero que lo cite de cualquier manera o incluso si lo veo con alguna de sus obras, ¿claro?

Como el agua. Como el cristal. Empañados. Trizados. Turbias. Pero a falta de algo mejor…

Y si al menos hubiese bastado con ese pobre tipo…

Pero tenían que llegar a las parafilias. Y de alguna rocambolesca manera, al Complejo de Lolita que el mismo profesor desmontó con despiadada dedicación, añadiendo de paso que alguien como Nabokov merecía ser recordado como "un estilista ridículo y pusilánime". A más de alguno de los presentes le dolió semejante descripción, luchando por morderse la lengua y aguantarse lo que tamaño mamarracho pudiera decir.

Porque a pesar de todo, algunas cosas tenían sentido. E incluso aprendiendo a ver por sobre la superficie (un cabrón de proporciones olímpicas) se descubrían líneas de pensamientos relativamente interesantes. El tipo sabía lo que hacía. Puede que incluso lo disfrutara. Pero agradar al entorno no parecía figurar en la lista de sus prioridades. Si acaso se colaba en los últimos puesto parecía pedir demasiado a la vida.

Corrían rumores sobre el cabrón. Sobre su vida antes de llegar a la universidad. Sobre su experiencia laboral. Incluso sobre el terrible accidente que inutilizara su brazo y perpetuara el desconcierto en sus facciones, preguntándose más de uno cómo era posible que alguien en sus condiciones fuera capaz de recordar cómo demonios llegar al aula cada mañana y qué hacer ahí además de caminar de un extremo a otro.

Habría mentido más de uno, a su vez, de haber afirmado que lo respetaba del todo. Porque todos se la tenían jurada, de una u otra forma. Todos afilaban cuchillos bajo sus ropas a la espera del instante oportuno en que el tipo perdiera un segundo la concentración o la expresión desorientada fuera algo más que sólo una expresión o parte de su conducta. Hasta existía una tabla de marcas. Ganaba el que se quedara con la cabeza o los genitales. Un brazo o una pierna los podía obtener cualquiera. El brazo izquierdo ni siquiera alcanzaba a ser un consuelo.

De ahí a que alguno de ellos se decidiera a poner en marcha las macabras maquinaciones… pero de cualquier forma, ahí estaban.

Si el profesor estaba enterado o no de su condición de potencial modelo para clases de Anatomía Avanzada, ni señales daba de ello. Sólo llegaba. Llegaba y hacía lo que se esperaba que hiciera alguien en su posición, en un extremo del aula, variante según la circunstancias, ante un puñado no menor de pobres desdichados condenados a tener que extraer lo útil, lo esencial, de cuanto pudiera decir un tipo que protagonizaba la considerable mayoría de las más sangrientas fantasías estudiantiles.

Esa mañana, por supuesto, no sería la excepción.

A diferencia de aquellos ya lejanos días que simbolizaban el comienzo de aquella tortuosa travesía, el profesor lucía más presentable, recuperando peso, color, movilidad. Se podía decir que incluso tenía mejor semblante, hasta parecía capaz de sonreír sin que el gesto semejara una mueca o la misma amenazara con destrozarle la cara en varios pedazos. Las ocasionales bromas de su parte incluso parecían formar parte de la rutina, ninguna de las cuales, no obstante, se atrevía a corresponder alguno de los presentes por temor a represalias, iniciativa que parecía decepcionar en parte al profesor.

Lejos de las primeras clases, había alcanzado mejor aspecto, algo parecido a la buena salud. Pero a ratos, además de desorientado, parecía un tanto aburrido. Fuera de ellos. Fuera más de sí mismo. Llegando incluso a hacer pequeñas concesiones que, en otro momento, habrían parecido tan probables viniendo de él como un gesto desinteresado por parte de Satanás.

‒Esta teoría postula una disolución de los lazos entre los sujetos, lo cual puede tener una serie de explicaciones, pero más allá de la validez de las mismas, dicha disolución permite pasar por alto factores biológicos arraigados, llevándonos a los resultados ya expuestos ‒con una rápida línea sobre la pizarra uniendo otras tantas, completó el enrevesado esquema‒. Así que… ¿Dudas? ¿Preguntas? ‒La mirada del profesor de posó en la primera mano en alzarse. Un muchacho desgarbado que parecía a punto de ceder bajo el peso de sus dreadlocks‒. Te escucho.

‒En particular, profesor, ¿quién postula esta teoría?

‒Yo ‒uno que otro murmullo delató el desconcierto generalizado‒. Y sí, esto entrará en el examen, así que espero no intenten pasarse de listos conmigo, ¿más dudas? ¿Consultas?

La mayoría de las manos volvieron a sus sitios a excepción de una ubicado al final del salón. A todas luces un… un chico, sí. Sudadera, la capucha sobre la cabeza, gafas oscuras y el cuello levantado hasta cubrir su boca. Cierto que aquellos días no destacaban por su calidez, pero a muchos les dio la impresión que, estando en el interior del recinto, aquello rozaba la exageración. Sin embargo, cualquier comentario debieron contenerlo en vista de la inminente pregunta:

‒Te escucho.

‒¿Se basó en experiencias personales para dar forma a esa teoría?

Más de uno sintió el impulso de aplaudir la osadía de ese chico, el mismo que pronunciara la pregunta con un ligero acento… ¿latino? Daba igual, incluso repitiéndose el eco de la pregunta en la cabeza de tantos, decepcionándose muchos al ver que el profesor ni siquiera se inmutaba o estaba lo bastante versado en el tema para no dar mayores señales de ello.

‒Por supuesto, el estudio siempre es una experiencia personal, no me gusta dejar mi trabajo en manos de otros.

Cabrón. Malnacido. Dando la vuelta. Jaque mate…

‒Pero en la práctica, todo lo postulado sigue siendo una teoría, ¿verdad?

Pero el chico parecía decidido a sacar algo en limpio. Tamaña obstinación era digna de admiración.

‒Viniendo de una voz solitaria, cuanto pueda decir, más allá del estudio, sigue siendo una teoría.

‒¿De manera que basa un examen en su incapacidad de completar algo?

De acuerdo, la obstinación no había tardado en dar forma a la impertinencia, casi la insolencia, conteniendo todos el aliento. Ya el valor se parecía demasiado al impulso suicida. ¿Existía esa clase de estudiante en la universidad, la que fuera? ¿El tipo de persona que nada tiene que perder? Al parecer sí, teniendo en cuenta esas palabras…

Mismas que parecieron divertir sobremanera al profesor. Qué demonios estaba pasando…

‒Menos trabajo para los estudiantes, para que no se diga que soy un desgraciado ‒si el chico iba o no a replicar, la campana ahogó sus intentos‒. Recuerden que el examen es la próxima semana, aunque no tendría problemas en recordárselos el mismo día, puede ser hasta divertido.

Suficiente. Qué alivio. Tras esas palabras, tardaron bastante en salir todos. En parte porque todos tenían la misma urgencia. El final seguía siendo la mejor parte y con él, no tener que volverle la cara a ese tipo hasta la próxima semana, aunque tener que estudiar para la siguiente jornada no causaba mayor entusiasmo a nadie.

Con tal urgencia, nadie se percató y por tanto, nadie se sorprendió o se molestó siquiera en preguntarse qué carajos podía querer el chico de las últimas preguntas como para permanecer, a pesar de todo, adherido a su asiento.

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‒Así que… ¿a esto te dedicas?

Paul intentó mostrarse sorprendido, fracasando miserablemente en el proceso.

Había ordenado sus apuntes sobre el escritorio con la facilidad propia del lisiado desprovisto de un brazo. Antes incluso de voltear, sabía con qué se encontraría. O con quién, qué más daba, de todos modos seguía ahí y no parecía tener mayores intenciones de hacer abandono antes que él.

Desprovista de la capucha, las gafas y descubierto el resto de la cara, confirmó la chica las primeras impresiones. Seguía como siempre. Ni siquiera se había molestado Luna en dejar crecer su cabello. No más de lo usual. Una que otra mecha desentonaba con el conjunto. Una que otra mecha teñida. Bastante cercana a la imagen ofrecida en tantos vídeos de sus presentaciones que circulaban entre los estudiantes. Bastante cercana de no ser por el atuendo casual, incluso deportivo. El cambio a Paul incluso le pareció divertido.

‒Qué va, me perdí y tuve que disimular la vergüenza de algún modo.

Jamás nunca le había hecho mayor gracia a la muchacha comentarios similares. En realidad, la mayoría de las veces Paul recibía de ella una sonrisa burlona. Sin embargo, no sólo el escenario del encuentro había cambiado. Bastante seguro estaba sin necesidad de observar la gélida expresión de Luna al tiempo que se acercaba a él hasta apenas separarlo un metro de distancia. Puede que más, pero al ojo quién iba a saber nada de exactitud.

‒Me reconociste, ¿verdad? ‒Viniendo de la rockera, la pregunta final parecía más una forma de instarlo a hablar que una duda en sí misma.

‒Jamás has conseguido replicar un acento, además del inglés y el sueco, con tanta precisión, pero hoy con el latino…

‒Ni siquiera era latino, Paul…

‒Peor para ti, eres afortunada por no vivir de ello ‒si bien ni falta hacía, el psicólogo devenido en profesor universitario volvió la vista y la mano útil a los apuntes que descansaban impasibles sobre el escritorio -Aunque no lo creas, bastantes chicos por aquí saben quién eres, si quieres evitar una improvisada firma de autógrafos, te recomiendo que recuperes el disfraz, mantengas cerrada la boca y no hagas ruido de camino a la salida.

Pero la chica no hizo ademán de moverse. Una pena que estuviera precisamente entre él y la única salida del salón. Tampoco esperaba demasiado… de acuerdo, tratándose de Luna Loud, siempre se permitía, pobre iluso, una pequeña, una minúscula esperanza. Pero esa jodida familia parecía tener grabada la rebeldía en su código genético. ¿Aún lo dudaba después de tantos años? Tal vez sólo intentaba olvidarlo. Como todo cuanto tuviera relación con ellos.

‒Paul… no pensarás que me conformaré con irme sin más, ¿o sí?

‒Eso ya me conformaría bastante.

Intentando disimular su desesperación, la rockera dio un paso hacia él. En otro tiempo, habría percibido en él las señales de alarma. En cambio, sólo vio apenas un ligero, un leve atisbo de inquietud que bien podría haber atribuido a un hábito del que parecía incapaz de despojarse. Sin embargo, seguía albergando la muchacha la esperanza de que, lejos de tratarse de una mera reacción refleja, guardara relación con la situación… con algo que pudiera ir más allá del pasado, más próximo al presente.

El psicólogo parecía aguardar algo. Lo que fuera. Lo que fuera o hiciera falta viniendo de ella, cualquier cosa que, parecía creer, le diera ventaja. Y en lugar de ello, se encontró con que la muchacha también recordaba cómo seguirle el juego. Pues ahí se quedó. Y ahí guardó silencio. Recordándole con su sola presencia que no se movería y que si intentaba moverla a la fuerza… digamos que sabía exactamente dónde, cómo y cuándo le dolía.

Un suspiro cansado escapando de los agrietados labios de Paul marcó el primer punto de la partida obtenido por Luna.

‒¿Cómo carajos diste conmigo?

‒Con tu ayuda ‒a pesar de la tensión casi palpable que invadía la instancia, la joven Loud se permitió divertirse ante la escandalizada expresión de Siderakis‒. Debo decir que la televisión te favorece bastante.

‒Ya veo

Ya podía felicitarse por tamaña metedura de pata. Pero cómo iba siquiera a imaginar que justamente esa noche, a esa insólita hora, la rockera del momento, quizá la más solicitada en el año en curso, iba a sintonizar precisamente el canal noticioso más aburrido de todo el jodido estado y tal vez del país, el programa de entrevistas más soporífero del que tal vez se tuviera registro, en el momento exacto en que un aburrido, a ratos plácido, entrevistador, le preguntaba por el escandaloso tratado de psicología que ya tenía a sus colegas arrancándose el cabello y pidiendo su cabeza en el mejor de los casos.

Tampoco esperaba recibir llamadas al día siguiente comentándole lo obvio. "Te vi en televisión"; "No jodas, ¿en serio? Qué falta me hacía que me lo recordaras". Tal vez por eso había aceptado participar en la instancia (además de la paga), la presunta garantía de mantener oculto su paradero, su situación. A juzgar por los números de sintonía, con algo de suerte la mamá del entrevistador había encendido la televisión y a nadie le habría extrañado que se quedara dormida ni bien su retoño dio comienzo a la tortuosa tanda de preguntas.

Tal parecía, sin embargo, que a la veterana le habían hecho compañía.

‒Después de eso, no fue tan difícil ‒Y Paul creía en las palabras de la muchacha. Después de todo, no hacía demasiado de esa emisión. A punto estuvo de soltar un comentario, el que fuera, pero Luna parecía dispuesta a no perder el control momentáneo de la situación‒. También te has hecho un nombre por aquí, ¿verdad? Aunque por lo que he oído… si te pagaran por ser querido, no dudes que te morirías de hambre.

‒Sí, lloro todas las noches pensándolo ‒deslizando un largo dedo sobre su propia caligrafía, Paul parecía buscar entre las líneas algo que parecía hacerle falta, sin tener plena certeza de qué podía ser ese algo salvo de la necesidad de su presencia para hacer frente a esa chica.

Al final, sólo necesitó guardar silencio. Como era de esperar, la chica no estaba ni remotamente cerca de la seguridad que buscaba proyectar. Él tampoco, pero algo había aprendido en todo ese tiempo. Al fin y al cabo, la docencia, en la institución que fuera, requería cierto grado de contención. Meses de práctica al fin rendían frutos. Tampoco Luna lo hacía mal. Los escenarios la habían curtido. Pero sí había sido la primera en ceder. Le bastó identificar la vacilación en su mirada para lanzar el asedio.

‒¿Qué te conformaría ya que quieres hablar de eso?

‒No lo dirás en serio…

‒¿Me parezco a Luan acaso?

‒Ah, entonces sí recuerdas a mi familia.

‒Estrés post traumático, ¿tienes una jodida idea de cuánto puede tomar la recuperación plena?

‒¿Eso fui para ti, Paul? ¿Un trauma?

Ahí estaba otra vez. Era buena. Jodidamente buena. Tomando sus piezas, volviéndolas en su contra. Cuántas veces lo había puesto contra las cuerdas del mismo modo. Cuánto había tardado en sólo ofrecerle peones. Tampoco disponía de una estrategia del todo acabada, pero al menos Siderakis creía tener una vaga idea de cómo hacerle frente sin salir del todo arañado.

‒Fuiste demasiadas cosas, Luna, no todas del todo buenas y como puedes ver… estoy lejos de resistir tanto como solía incluso antes de conocerte.

Lo peor para Luna no era oírlo sino creerlo. Visualizar en él las huellas del agotamiento. Mismas que apreciara por primera vez la fatídica noche en la que se despidiera de ella y de todo cuanto pudiera representar su apellido. Tantos meses después y las marcas seguían ahí. Las mismas que la rabia del momento le hiciera pasar por alto.

‒Lincoln se marchó, supongo… supongo que ya lo sabías.

Sí. Lo sabía, claro que lo sabía. Y no pasaba una miserable noche sin que pensara en eso. No pasaba una miserable noche en la que no se sintiera todos los epítetos disponibles por no haber… por haber… por… por todo aquello que pudiera guardar relación con el chico y cada noticia que recibía de los novatos embarcados en la próxima entrega de democracia y libertad que hiciera falta en un país con exceso de hidrocarburos.

Pensaba en ello con más frecuencia de la deseada. Un pensamiento llevaba a otro y al final tenía que luchar por convencerse de la validez de sus decisiones, incluyendo esa posición más segura, pero infinitamente aburrida.

Aburrida. Era todo lo que necesitaba y se sentía aburrido. Qué buena onda.

Lincoln se había marchado. Y suponía que lo sabía. Claro que lo sabía. Lo contrario resultaba inconcebible. Y tal certeza empeoraba las cosas.

‒Después del circo armado esa noche… habría sido vergonzoso desdecirse, ¿no te parece?

Circo. Su familia había caminado al borde del abismo, suponiendo que no hubieran caído ya. Y él lo limitaba a un circo. Del mismo modo que Lynn Leonard Loud había limitado su discapacidad a una desagradable tanda de chistes sobre lisiados. Incluso sin recordar ese fiasco, el rencor en la voz del psicólogo era casi palpable. Más teniendo en cuenta que ella misma le había armado un circo particular a las afueras de la residencia Loud.

Quizás era eso lo que Luna Loud necesitaba. A su pesar, pero…

‒Tenías razón ‒se oyó decir la joven y por un segundo, tuvo una desagradable sensación de déjà vu de la que le resultó imposible desprenderse‒. Tal vez nos concernía como familia, pero… tú… tú no estabas obligado a…

‒¿Y de qué me sirve? ‒Interrumpió Siderakis, esbozando una mueca muy parecida a una sonrisa que mezclaba fastidio e ironía‒. ¿Crees que me sirve de algo tener la razón? ¿Crees que es la primera vez que la tengo? Sinceramente, Luna, ¿crees que no recuerdo todas las veces que repetiste esas palabras?

‒Paul…

‒Sinceramente… ¿Crees que esas palabras, viniendo de ti o de cualquiera, han servido de algo alguna vez?

Luna conocía la respuesta. La conocía de sobra. Y aquello no le ayudó demasiado, desmoronando lo poco que pudiera quedarle de seguridad. Mantuvo el tipo a pesar de todo. Mantuvo su posición. Mantuvo incluso la mirada sobre él a pesar de apreciar su imagen distorsionada a causa, creía ella a su pesar, del ardor cada vez más evidente y tan parecido al tenso nudo que se cerraba en su garganta.

‒Ése siempre ha sido tu maldito problema, Paul, siempre ‒por alto paso la muchacha el momentáneo desconcierto del aludido. A esas alturas ya poca importancia parecía tener cualquier cosa, sólo necesitaba quitarse eso de encima‒. Nunca ha sido… nunca será suficiente, ¿no es así? Nunca… nunca servirá… nunca han servido para algo según tú.

Buscó con desesperación algo de valor, algo de entereza, algo de lo que fuera en la ventana, en la puerta, en el salón, en sus pies, en la desconcertada figura de Siderakis, el mismo que parecía no atreverse siquiera a respirar, asumiendo tal vez a través de su actitud que aquello estaba lejos de cualquier discusión presenciada o asumida como carga.

‒Ahora mismo… ahora mismo, después de tanto, estoy aquí… estoy frente a ti, estoy… haciendo algo que nunca creí que haría por alguien, aquí estoy, eso… ¿Eso tampoco sirve de algo?

‒Luna…

‒¿Eso no significa algo para ti? ¿No es una maldita señal de que te he buscado incluso cuando creía que debía rendirme? ‒Fantástico, ya hablaba entre sollozos mal contenidos, pero Luna seguía luchando por no derrumbarse, por no terminar en el fondo del mismo abismo del que él se burlaba‒. No sólo… no sólo quiero hablar, Paul… cómo hablar ahora si cada parte… no sólo quiero hablarte, no sólo quiero que me escuches, quiero que ahora mismo… mires quién está frente a ti, ¿es mucho pedirte?

Paul no quería obedecer, pero ahí estaba una vez más. Descubriéndose envuelto en una lucha de aquellas. Deseando no haberse levantado de la cama, haber decidido que los chicos no merecían que pusiera los pies más allá de la habitación, al menos esa mañana. Los chicos no merecían nada. Nadie merecía algo de su parte, qué más daba, un día más o menos, quién iba a decir algo por un día, tal vez dos con algún justificativo convincente, podía conseguir licencias médicas…

Pero tenía que estar ahí. Tenía que estar frente a ella. Tenía que saberse envuelto en la lucha. Y como cada día, tenía que arrepentirse de cada paso dado hasta ese o cualquier punto en particular. Tenía… siempre tenía que…

‒Luna…

‒Sabes por qué estoy aquí, sabes… sabes que no tendría otro motivo.

‒Y tú bien sabes… que podría decir eso mismo.

Lo peor para Luna no era saberlo sino entenderlo. Y ya para qué. Contaba con no tener que llegar a ese punto. Una estupidez. Era inevitable. No porque fuera o no rencoroso, más bien… ¿Por qué las secuelas neurológicas del maldito accidente no podían llevarse lo peor de esos siete años? Habría apelado a lo bueno sin dudarlo, no habría tenido punto de comparación… no habría tenido rival posible, habría aceptado que por todo eso, valía la pena volver, buscar más…

Pero maldita la hora en que tenía que recordarlo. En la imposibilidad de esperar una hoja en blanco. Él recordaba sus motivos, por algo había terminado. Por algo se había marchado. Por algo ella lo había buscado. Por algo ambos estaban frente a frente, a tantos kilómetros y tiempo del lugar donde todo diera comienzo.

‒Está bien, es cierto ‒se oyó decir la muchacha, captando la atención del psicólogo‒. Fue un error, ¿sí? Creer… que por ser mi familia, también debía ser la tuya… creerlo a pesar de que a mi padre, por ejemplo, le habría encantado… que te partieras en dos en tu accidente, pero sabes… sabes cómo es él… lo recuerdas aunque no lo quieras.

Un gruñido apenas disimulado le dio la razón. La envalentonó. Le dio las alas que necesitaba.

‒Esa noche… cuando Lincoln dijo que se marcharía con los marine… a pesar de ver cómo todo se iba al demonio… a pesar de mi propia rabia, mi propia tristeza… ¿Sabes por qué no me derrumbé? ¿Sabes por qué conseguí resistir el golpe? ‒La chica se oyó tragar saliva, incapaz por un segundo de creer que diría lo que ya tenía adherido a la punta de la lengua‒. Porque tú estabas ahí, ¿puedes creerlo? ¿Qué mujer independiente necesita de un hombre para sostenerse ella sola? Pues esos momentos… esos momentos no tienen que ver con la independencia, Paul, sólo tienen que ver… con sabernos en nuestro límite y en ese momento supe que… mientras tú estuvieras conmigo… podría… no conocería límites.

Ante esas palabras, el psicólogo reunió el valor para mirarla. Poco y nada tardó en lamentarlo. En sentirse un bruto. Creyendo a lo largo de esos meses que bastaría ese lapso para resistir la contemplación de esa muchacha… esa mujer… y más llorando, de pie, con una sonrisa triste… con la postura desafiante a pesar de todo…

‒Ni creas que he venido a rogarte, Sid ‒soltó ella, altanera‒. Ni creas que he venido a postrarme, sólo he venido a hablar, nada más, porque dijiste todo esa noche, ahora es mi turno y de aquí no me voy hasta que escuches todo y ya después… haz lo que quieras.

Así Paul contuvo el aliento. Preguntándose cuánto hacía de la última vez que la oyera decirle así. Maldita sea, que ese jodido diminutivo aún tuviera cierto peso tras oírlo…

‒Haz lo que quieras, piensa lo que quieras, pero tenías razón y sí, me equivoqué, tú no eres de los Loud, tú no le perteneces a esa ni a ninguna familia, sólo a mí, ¿entiendes? Tú siempre fuiste… tu siempre serás mío, estés donde estés ‒con cierta rabia, la chica se secó las lágrimas que bañaban su rostro‒. Y si eso no basta para ti, bien; Si no basta para ti que esté parada frente a ti… con todo lo que me costó dar contigo, pues bien también, sé feliz; Pero recuerda que nadie, óyeme bien, nadie en ésta ni en ninguna vida… nadie te va a amar tanto como yo, ¿me oyes? No será la última vez que lo escuches… te lo puedo jurar.

No reparó en el momento exacto. Tal vez la chica se había acercado a medida que hablaba. Lo cierto es que cuando Paul parpadeó, pudo sentir las palabras rozándole la cara y cuando Luna Loud terminó de hablar, estaba a la distancia necesaria para bajarle la cabeza de un tirón de corbata, aprovechando el breve descuido para estamparle un beso en los labios.

Tal vez el contacto no durara más de unos segundos. Unos salvajes, intensos, infinitos segundos. Segundos en los que no atinó a reaccionar, demasiado ocupado lidiando con su propio desconcierto y con las alarmas familiares de su memoria que no se calmaron si aún cuando la chica lo soltó y le dio la espalda, caminando con decisión hacia la salida, llevándose consigo los elementos del disfraz y volteando en el umbral, dirigiéndole una mirada decidida que en otro tiempo lo habría hecho retroceder…

En otro tiempo… cómo no.

‒Ahora inténtalo, Sid ‒y a pesar del llanto, todavía le quedaban fuerzas para sonreír con sorna‒. Intenta ahora olvidarme.

No respondió ni falta que hizo. Ni habría servido de mucho una vez se vio solo en el salón, atrapado en un mar de aromas y sensaciones, sin disfrutar de la súbita frescura de su memoria y aquel exaltado desconcierto que tanto se parecía a la rabia. Sin importar cómo, sin importar qué, seguía siendo ella y lo contrario era tan posible como que un gato ladrara.

Incluso habiendo estudiantes presentes, a Siderakis poco y nada le habría importado. Sus piernas no sostuvieron su peso. Apoyada la espalda contra la pared y sentado en el piso, todo cuanto podía hacer era volver sobre esa última reacción… su último desafío…

Y dejar escapar el aire que no sabía que contenía mientras miraba la ventana más cercana, sabiendo que estaba en un quinto piso y que con algo de velocidad y un buen salto, tal vez podría…