The Space Cowboy
Pato nos rogó a Cole y a mí que lo acompañáramos para darle nuestra opinión sobre el esmoquin que usaría para el baile de despedida de preparatoria. Ya habíamos recorrido 7 tiendas, todas baratas y con gusto deplorable. En la última, que era la peor de todas.
En cuanto entramos, hice una mueca por el espantoso olor a viejo y moho que rodeaban a los trajes. Cualquier tipo de luz que pudiera entrar era cubierta por las letras de los mostradores que remarcaban los remates a mitad de precio, mínimo. El lugar estaba atestado de viejos modelos ochenteros y noventeros de esmóquines. Creo que vi uno hecho de mezclilla. No saben lo contentó que estuve de tener una novia considerada que me ayudaría con mi vestuario. También estaba merodeando un perro enorme con pelo descuidado que aumentaba el valor de hedor en todo el establecimiento.
En fin, Pato escogió su esmoquin predilecto: uno naranja chillón y unos zapatos bicolor azul-verde. Por alguna razón, no me sorprendí en absoluto cuando se decidió.
– ¡Dios bendito!– dijo Cole con un tono de asco y desaprobación notable en su voz–. Creo que hubiera sido mejor que mataras al perro del dueño y hacerte un saco con su piel –tocó la tela naranja–. Por lo menos tendría un tono normal –olió la tela, se le humedecieron los ojos–. Y creo que olerían igual de espantoso.
–No seas cruel, Cole –dije yo con tono divertido. Aunque Cole tuviera razón, olía a perro muerto-. Es obvio que ese perro estaba recién bañado, ni de lejos se compara el hedor que expide este exquisito traje– hice un ademán mostrando el horrible saco frutal como si fuera edecán de comercial.
–Ahora veo por qué no querías venir con él a comprarte el traje para su despedida de prepa– decía Cole, mientras Pato se quedaba ahí, inquisitivo–. Oh, por favor, no te ofendas –una sonrisa con ninguna culpa se le dibujo en la cara.
–Demasiado tarde, imbéciles –respondió Pato con tono mordaz y facha de indignado–. Además –se dio media vuelta mientras caminaba–, a mí no me va a vestir mi mami o mi noviecita…
–Porque no tienes– interrumpí algo a la defensiva.
–… Para la despedida– regresó su facha de indignado–, en una tienda cara como Louis Vuitton, Gucci o mariconadas así.
–Eso es mentira…–dije con desconfianza. Ambos me miraron juzgándome y antes de que dijeran algo, me adelanté–: En parte. Sí, me acompañarán mi madre y Liza –Cole y Pato se miraron entre sí satisfechos y con burla que destellaba en sus ojos– pero como consejeras.
–Díselo a alguien que se lo crea –respondió Cole, mientras seguían caminando.
Desde la esquina de la calle, tres hombres empezaron a seguirnos. Intenté mantenerme calmado. Hasta donde me había dicho Cole, ninguno de los que pudieran mandar serían usuarios. Unas veces tenía razón; otras, no. Al principio pude sentir mis palpitaciones mucho más rápidas y el sudor empezaba a salir en gotas frías. Pero recordé que hemos pasado por cosas peores. Y con lo poco que he aprendido, podemos enfrentarnos contra ellos sin problema.
–Ah, y para su información, hombres de poca fe –empezó otra vez Pato confiado de sí mismo. Cole notó la presencia de aquellos hombres con playeras de basquetbol exageradamente grandes, pantalones caídos y cachuchas chuecas. En cuanto los notó, me vio directamente a los ojos y asintió calmadamente–, si voy a llevar a alguien. Bueno, más bien la veré ahí.
– ¿Pensé que tu madre sólo te llevaría a la fiesta? –dije con una sonrisa de satisfacción. Cole y yo explotamos a reír.
–Ja, Ja, ja –fue una risa muy sarcástica por parte de Pato–, eres el amo Cez. Me refiero a Kylie– cerré el pico en seguida y la carcajada se perdió a través de la calle.
–Estás bromeando– respondí, incrédulo. Cole sólo se quedó ahí callado y extrañado de mi súbito cambio tan serio–. Kylie, ¿la Kylie de nuestra escuela?– enfaticé cada palabra como si se lo estuviera explicando a alguien. Obviamente a mí mismo. Pato asintió con la cabeza, la satisfacción en su sonrisa era solemne.
– ¿De qué carajo hablan?– por fin dijo Cole, mientras dejaba que aquellos hombres nos siguieran.
–Díselo tú, no seas malito, ¿si Cez? –respondió Pato con tono burlón mientras admiraba una vez más su esmoquin.
–Kylie Bowie es la hija menor de la familia más adinerada de toda la ciudad. Está en nuestra escuela pública por alguna razón. A lo mejor sólo fue un capricho y le gustó tanto que se quedó ahí.
–Supongo que está buena– dijo Cole en tono serio.
–Supones bien– interrumpió Pato mientras nos abrazaba por los hombros y mostraba enorme sonrisa.
–Sí, sí, está buena– continué mientras me quitaba su asquerosa y presuntuosa mano de encima–. Pero es un poco excéntrica… – hice una pequeña pausa para aclarar mejor mis ideas. Cole lo miró intrigado–, demasiado excéntrica. Es del tipo de mujer que usa ropa por lo menos 3 tallas mayores de la que debería, sin ningún patrón de color apreciable, maquillaje peculiar, diría yo, y el cabello con 4 diferentes colores.
–Te equivocas– volvió a interrumpir Pato–. Me dijo que su cabello lo llevaría de dos colores, naranja con azul cielo.
–Eso explica el esmoquin– dijo Cole–. Quieres hacer juego con tu nuevo amorcito– levantó la boca como si besara al aire.
Desde la otra esquina de la calle donde nos dirigíamos, otros tres hombres con ropas grandes y gorras desaliñadas salieron sin apartar la vista de nosotros tres. Cole y yo nos vimos mutuamente, Pato para nosotros dos sólo era un transeúnte, si tomábamos el riesgo iba a ser un daño colateral demasiado grande. Pero Pato ya los había visto, él sabía lo que iba a pasar, así que se echó a correr. Lo detuve en cuanto no té el pánico en su mirada. Lo protegeríamos con todo lo que tuviéramos.
Era demasiado tarde. Para ese momento Cole, Pato y yo estábamos rodeados y nos superaban 2 a 1. "Se puede hacer", leí en la maldita mirada de Cole cargada de confianza. Él se adelantó. Uno de los otros lo miraba con la barbilla arriba y desdén.
– ¿Eddie los envía?– dijo Cole con una sonrisa sedienta de la respuesta correcta para actuar. Cualquier respuesta.
Uno sonrió, todos rieron, pero nadie respondió. La sed de Cole iba a ser saciada. Los tres que estaban delante de Cole cargaron contra él, los otros tres contra nosotros dos. Yo saqué de la pelea a Pato con una esfera, la hice girar tan rápido que el viento generado lo dejó metros alejado de ahí. Lo hice en el momento justo. Cuando me enfrenté cara a cara contra los otros tres, quitándolo de la vista de estos atacantes, pude ver las navajas listas para dejarnos como quesos suizos.
Cole estaba listo. Yo también. Cole me había preparado para días como este.
…
La noche que llegué al hospital, Cole me contó sobre Mapache y la Fire Nation, mejor conocida como la Seven Nation Army y sobre cómo ellos estaban cazando usuarios de stands.
Mientras Cole dejaba reposar a Liza en la silla de huéspedes en mi habitación, me contó sobre los planes de la SNA.
–Tranquilízate, Cez, somos amigos, ¿recuerdas?– yo mantenía una mirada fría, aunque estaba dispuesto a escuchar a aquel muchacho–. Déjame explicar la situación– no estaba dispuesto a decir nada. Sólo pensaba para mí mismo cuándo y cómo iba a actuar. Pero no quería hacerlo, después de todo me había ayudado después de mi pequeña riña–. Hay una persona demasiado peligrosa para todos los usuarios, incluyendo a tu familia.
– ¿Nos estás amenazando? –dije con la calma que sólo pronosticaba una tormenta terrible. Por el contrario, Cole sonrió con confianza abrumadora y sinceridad palpable.
–Habría sido bastante fácil matarlos a todos mientras hacían su pequeña fiestecita, ¿no crees? –no contesté–. La policía jamás me encontraría porque barrería con ustedes con mi stand. Recuerda, no sabes qué hace exactamente.
Cole tenía razón, yo lo sabía y no me gustaba nada.
–Pero no, mi buen amigo Cez, no hice nada de eso y jamás lo haré– la sinceridad en Cole era incuestionable–. Nuestro enemigo es Iván Kilmister y la SNA.
No quería confiar en él, pero había algo en Cole que podría convencer a cualquiera de matar a un cachorro sólo con una sonrisa. Lo que menos me gustaba es que, aunque mi instinto me ordenaba todo lo contrario, confiaba en él.
– ¿Quiénes son ellos?– al fin pregunté, dejando de lado toda la desconfianza que sentía por Cole–. La SNA me suena, pero dijo papá que ya no existía, que la policía se había encargado de esa banda.
Cole carcajeó.
–Oh, Cez, eres tan puro como un niño de 5 años –Cole contuvo un poco sus risas para tratar de explicarse mejor. Vio la molestia en mi mirada y cambió por completo su actitud–. La SNA es grande, enorme diría yo. Lo peor del caso es que son personas normales, con la diferencia que ellos no tienen el mínimo de los escrúpulos.
–Explícate –exigí.
–Trabajan en todos lados, como meseros, choferes, guardias de seguridad, barrenderos, policías, incluso enfermeros– esto último lo dijo siniestramente, esperando a que alguien apareciera o peor–. Por eso creen que han desaparecido, ya no son delincuentes, sólo son "personas comunes y corrientes".
–Entonces, ¿cuál es el peligro?
–Pues, que Iván necesita a un tipo especial de gente para crear su anarquía.
– ¡Dios santo, Cole!, ¿es que no sabes explicar nada?– no estaba obteniendo las respuestas que esperaba. Nada consistente aún.
–Cálmate, déjame aclarar las cosas. Iván es el maestro de la orquesta, él ha convencido al mandamás de la SNA en ayudarle.
– ¿A qué, exactamente?
–A "alcanzar el cielo", o una tontería así.
– ¿Y eso cómo nos afecta?
–Ah, pues, según dice Kilmister, se necesitan dos usuarios viejos, no sé, tal vez tú, tal vez yo, tal vez tus padres- no me contuve en mostrar repulsión en mi mirada–; y dos usuarios nuevos, ni siquiera yo sé qué tan "nuevos". Por eso hay que ponernos manos a la obra y buscar al mayor número de usuarios "nuevos" posibles-Cole se recargó en la silla con una sonrisa de confianza–. Supongo que aún tienes una pregunta.
– ¿Cómo sabes todo esto?
–Larga historia –se recargó en sus propias rodillas, se tapó la cara con las manos y se talló los ojos–. La versión corta es que teníamos una amiga en común e hizo un par de falsas promesas –vio a la ventana con una mirada melancólica. Sentí un terrible remordimiento–. Yo también hice unas promesas –suspiró y limpió las pocas lágrimas que trataron de escapar por sus ojos–.Y a diferencia de ella, pienso cumplirlas.
Al día siguiente Liza se levantó como si nada hubiera pasado. Yo no había dormido nada, pero estaba completamente recuperado; Cole había desaparecido en cuanto le quité los ojos de encima. Durante el medio día los doctores me revisaron los signos vitales y no encontraron nada malo; me dejaron salir con unas cuantas precauciones. Liza me acompañó en todo.
Cuando salimos no podía pensar en otra cosa que no fuera la seguridad de Liza. Cualquier sonrisa que me mostraba sólo era una punzada que me recordaba en el peligro en que la estaba metiendo. No pude reaccionar como debí. Sin darme cuenta, fui demasiado frío y distante. No fue mi intención.
– ¿Qué pasa, Cesar?– estaba dolida, por fin estábamos juntos. Lo que yo había querido tanto desde hace mucho, pero pareciera todo lo contrario.
–Que… Lo que pasa es… –estaba a punto de alejarme, salvarle el pellejo, salvar cualquier terrible cosa que le pudieran hacer. Pero si la SNA era tan peligrosa, tal vez ni eso habría sido suficiente. Tomé una decisión–… Que no tengo traje de gala para la despedida y no tengo el más mínimo sentido de la moda.
Liza se carcajeó y pude ver que la tensión que le ocasioné en sus hombros se liberó.
–Tontito, me tenías preocupada– se abalanzó hacia mí, apretujando mi brazo. Era más cálido y bonito que cualquier abrazo que nos hubiéramos dado como amigos. La besé y mis sentidos volaron en éxtasis–. Estaría encantada de enseñarte un par de cosas sobre la moda, bobito.
Esa misma tarde no llegué a casa. Me sentía revitalizado y Cole se había ofrecido a enseñarme realmente lo que estaba pasando con respecto a la SNA. Decidí hacerle caso, en ningún momento el mini-Ex de mi padre me paralizó. Lo cual podía significar dos cosas: Mi nuevo compañero de malaventuras tenía razón o de alguna manera Cole mismo había desactivado el stand de mi padre. Poco probable, ya que Excision es el stand más poderoso que conozco.
Déjenme explicarme. Sé que he dicho que escondía mi dinero en mis calzoncillos, pero siempre salía técnicamente ileso de las situaciones. No saben cuántas veces he escuchado que mueren jóvenes como yo por unos cuantos billetes de menos de los que usualmente tengo. Eso sin dejar de mencionar que cada cumpleaños mi madre me compra el celular móvil más caro del año. Este año fue el iWagon 3. Nunca me han quitado nada más que unos cuantos cientos, agregando moretones y una que otra costilla rota.
Una vez que estoy en peligro real, puedo sentir cómo cada uno de los componentes rectangulares, verdes opacos y acoplables empiezan a amontonarse frente a mí, sólo puedo pensar en cerrar los ojos. Cuando termina, no hay nadie más, sólo mi dolor y yo. «Es tu responsabilidad cuidar del dinero que te damos, nerd. Así que sobrevivirás esta semana con lo poco que hayas ahorrado», eran las palabras de papá cada vez que llegaba golpeado y me salvaba el trasero en un callejón oscuro.
Una vez obtenida la aprobación silenciosa de papá, Cole me dijo que era "imperativo" que nos reuniéramos en un club de mala muerte llamado El Bicho. En su tiempo era bastante frecuentado por los jóvenes estudiantes, yo no obviamente, de la zona. Pero desde que esos jóvenes decidieron unirse a la SNA, era uno de los lugares favoritos de "los altos mandos" de la organización. Todo aquello en el momento me parecían puras patrañas de Cole
¿Por qué debería de creerle? ¿por qué me estoy arriesgando por alguien que acabó de conocer? Hasta ahora, no lo sé. Fue honesto conmigo, como nunca nadie lo había sido. Está desesperado por ayuda. Me salvó la vida, de alguna manera. Y por todo lo que ha pasado… No, eso está mal. Por todo lo que he pasado, sé lo que es estar sólo como Usuario y tener a alguien como él a mí lado se siente tremendamente bien. Así que estoy dispuesto a seguirlo en este cometido porque yo, al igual que él, quiero una aventura con mi stand. O por lo menos eso es lo que creía.
Una vez que llegamos al famoso bar. Un hombre alto y bien parecido, con una elegancia desmedida para aquel lugar, salió furioso y tumbando a Cole con un simple choque de hombros. Cole se recuperó rápido con su sonrisa burlona que lo caracteriza. Era imposible que no te contagiara. Si él puede burlarse de sí mismo ¿por qué no lo iba a hacer yo?
–Problemas familiares– carcajeó.
En cuanto entramos, mis entrañas, nuca y nervios gritaron, imploraron que saliéramos corriendo de ahí al instante. Incluso tal vez si mi padre hubiera estado en medio del trabajo, habría dejado de escribir por un momento. Tal vez si hubiera estado en medio de una plática con un colega habría tartamudeado en medio de una oración. Tal vez mientras se sonaba la nariz se habría detenido por un momento a revisar si alguien no lo estaba vigilando. Tal vez, él también habría salido corriendo de aquel lugar. Mi papá sentía lo que yo sentía y veía lo que yo veía. Pero me dejó resolverlo por mí mismo. Me dejó tomar la decisión de quedarme.
Todos los que estaban ahí nos miraban con odio. Cole seguía sonriendo y por un momento me relajé al verlo.
–Prepárate, todos estos son viejos conocidos.
Empecé a sudar frío.
Un hombre alto con facciones fuertes, de piel curtida por tantas cicatrices, se levantó de su asiento en el fondo del bar.
– ¿Qué quieres aquí, Cole? –dijo aquel hombre.
Cole le sonrió, extendió sus brazos y le abrazó.
– ¡Joystick!–dijo mientras le palmeaba la espalda con entusiasmo–, viejo amigo. Nos tenemos que actualizar, desde nuestra última reunión no hemos hablado –Cole lo vio cara a cara, con un rostro de cachorro alegre; por el contrario, el tal Joystick parecía bulldog viejo, con ojos rojos, listo para morder– ¿Cómo sigue la señora? seguro igual de terca. ¿Aún no te deja? –Cole lo soltó– ¿cómo te va a dejar? Si te deja, la perseguirías hasta encontrarla y matarla ¿no? –Cole carcajeó sin una pizca de alegría en aquella risa. Parecía el lamento de una hiena moribunda.
Todos los que estábamos en el bar entramos en más tensión. Podía sentir cómo no yo, pero sí la comida del hospital quería escapar por mi salida de emergencia. Algunos se levantaron de su asiento, ofendidos por la actitud de Cole, otros se limitaban a ver desde sus asientos. Esos últimos no pude saber si me daban más miedo o calma.
–Las cosas han cambiado –dijo el tal Joystick–, ahora tenemos tus pequeños trucos, gracias a Iván.
–Sobrevivieron ¿eh? –dijo Cole mientras le arrebataba a un hombre delgado, de los que se había levantado, su bebida, El hombre sólo lo vio con odio– ¡Aaaah! Está algo fuerte, pero vigorizante ¿Cuántos?
–Aquí hay 15.
– ¿Contando al Mapache y a Ed?
–No.
Cole sonrió, confiado. Dejó el vaso del desconocido en la mesa con un billete de baja denominación debajo de éste. Vio a su alrededor:
– ¿Qué esperan? ¿Dónde están los valientes? –dijo. Nadie más se levantó. El lugar se llenó de murmullos y miradas inseguras. Joystick era el único que se atrevía a enfrentarse a Cole. No pude evitar sonreír.
–Te han abandonado– Cole empezó a frotar el dedo índice contra el pulgar–, disfruta la melodía del violín más pequeño del mundo –carcajeó. Joystick corrió hacia Cole. Éste lo detuvo con una mano hecha de cables y con brillo metálico.
–Su stand– susurré.
–No eres más que un triste remedo de hombre, Sticky.
Desde las mesas, salieron al asalto otros tres hombres con cuchillos en mano. Desde mi nuca algo me avisó que se acercaban, pero mis entrañas me obligaron a actuar.
Pude sentir la adrenalina salir desde lo más profundo de mí ser. Los hombres iban hacía los riñones e intestinos de Cole. No sé cómo lo sabía. De repente la posición de sus brazos y cuchillos tenían la forma rectangular perfecta que sólo encajaba con los puntos débiles de Cole.
Activé tres de mis seis bolas. El par que tengo de "Power Balls" y un medio del par de "Gravity Ball". Con las dos primeras rompí las muñecas de los que intentaban atacar los costados de Cole. Con la última, gracias a su densidad e increíble velocidad, logré que el tercer atacante soltara el cuchillo en medio de su salto; para luego rematarlo con un golpe en la mandíbula con la primera PB que quedó libre.
Mi corazón no paraba de latir. Todo lo podía ver más vivido, más "armonioso". No podía parar de sonreír. Estaba orgulloso por lo que acababa de hacer. También podía decir lo mismo de mi padre. El dolor punzante en la nuca había desaparecido. Ahora parecía una simple palmada de suficiencia por parte de mi padre. De repente los vi, vi a las personas alrededor. El único armonioso con sus movimientos, fluido y resuelto era Cole. Los demás apenas sabían cómo moverse, apenas sabían qué hacer. Recuperé mis bolas. O mejor dicho, apenas las obtuve para apoyar a Cole como él quería que lo hiciera.
Cole me sonrió. Le devolví la sonrisa con una ligera reverencia. Pero a nadie más le gustó lo que dos mocosos estaban haciendo. Antes de que pudiéramos reaccionar, ya estábamos rodeados por cada uno de los matones de aquel lugar. Fui descuidado. Al parecer King Creole me agudiza mi percepción armoniosa. Mi madre lo llamaba así. Cada vez que alguien está verdaderamente resuelto en hacer algo, siempre va a haber movimientos armoniosos en su actuar.
Lo descubrí mientras padre tocaba el piano para mamá. Cuando aún no podía controlar a King, de bebé, le rompí el dedo a mi padre en la nota crucial para la melodía. Padre no pudo tocar nada en el piano por un mes. Lo mismo pasó cuando un vecino trató de ahuyentar a un cachorro de la calle. Pude ver cada uno de sus pasos, cada uno de sus movimientos, pude ver el odio que tenía por aquel huérfano cuadrúpedo. Tenía 4 años, me enfurecí y sin querer, cuando aquel vecino dio el paso para zarandear al perro con la punta del palo, la rodilla se convirtió en un perfecto rectángulo y sabía qué era lo que tenía qué hacer para evitar el daño al cachorro. Rompí aquel rectángulo. El vecino quedo en el hospital varios meses y mi madre me castigó por el doble del tiempo.
Activé todas mis esferas y me concentré en King para que me diera la visión armoniosa. Cole sonrió, al igual que Joystick. Cole había bajado la guardia por un instante en aquel momento, Joystick aprovechó eso como tigre en la maleza dispuesto a matar.
Lo podía ver, podía ver en su rostro y frente cómo intentaba activar su stand. A duras penas lo logró. Era débil, demasiado débil para poder usarlo de manera eficaz contra Cole. Pero mi compañero entró en pánico.
Estábamos rodeados por más de treinta personas, cada una armada de alguna manera y acababa de sentir el stand de Joystick junto con su ansía de matar. Así que lo vi, por primera vez vi a aquella monstruosidad. Cuatro brazos, sin piernas y enormemente brutal. La cabeza de color dorado sin boca u ojos y con espinas como corona adornaban a sus brazos, que ninguno era igual. Uno, el derecho, parecía hecho de cables apenas amarrados; otro, el primer izquierdo, con la carne roja al vivo y latente; el tercero, el segundo izquierdo, hecho de cristal más fuerte que el diamante; y el último, dorado como su rostro y tenía el número 59 en el hombro. El pecho era majestuosamente fuerte y bien tallado. Casi como escultura griega. Pero la espalda era velluda y llena de tumores sobresalientes que palpitaban al son de su respiración. Pero, toda aquella masa de inconforme deformidad, todos esos palpitantes movimientos de tumores, brazos y respiraciones, era armonioso. Siempre sabía qué era lo que estaba haciendo, siempre dispuesta a asumir responsabilidad de lo que significaba y era. Precioso.
Joystick no lo soportó. Yo apenas toleré aquella presión del stand de Cole, pero él al esforzarse de más para activar su stand lo único que logró fue desplomarse en el sitio donde estaba parado. Cole lo había tomado por el cuello con una sola mano en cuanto su stand se arremolinó detrás de él. Joystick quedó botado de la realidad, apenas mantenido a ésta por el brazo de Cole. La mitad del bar retrocedió. Tal vez más. Nadie estaba resuelto a atacar, ya no más. Lo habría notado. De alguna manera, del precioso stand de Cole refulgía un peligro para ellos, como lo es una serpiente a un ratón.
–Quince hombres con stands, quince nuevos usuarios –dijo Cole con repudio en la lengua– que no saben si quiera usarlo –inhaló profundamente y luego gritó–: ¡Inútiles mojones hechos hombres! ¡Eso es lo que son! –la tensión crecía.
Aquellas personas no sabían si actuar o no. Los pocos que pudieron haber visto el Stand de Cole, retrocedieron sin pensarlo. Los otros, que aún tenían un atisbo de confianza, dudaban en actuar; vieron que noqueó a Joystick sin siquiera tocarlo y aún podía cargarlo con una sola mano. No se atrevían ni a verme. Si eso era algo parecido al respeto, me gustó mucho.
Cole había hecho aparecer su stand de forma defensiva; nunca fue su intención. Olió la intención asesina de Joystick. Cole sabe perfectamente que un usuario novato puede matar en un solo ataque, incluso si no lo desean de verdad. Yo fracturé demasiadas veces a mis padres de bebé porque me parecía gracioso o interesante lo que hacían y mis PB actuaban sin que yo lo ordenara. Era un bebé tratando de manejar una bola de demolición. El stand de Cole fue lo suficientemente rápido y su presencia terrible para el nuevo usuario. Tuvimos algo de suerte al no saber aún su poder. Lo cual me preocupaba.
Nadie de la habitación sabía qué hacer. De atrás de toda la sala, se abrió una puerta. Salieron tres hombres. Los ojos de Cole estallaron de enojo y su boca mostró una sonrisa sedienta de más emoción. Uno de aquellos hombres que salió le devolvió la sonrisa. Pero Cole no lo veía a él, veía a la pared. Aquel individuo enfocó su atención en mí.
–No lo veas a los ojos– trató de advertirme Cole, pero fue demasiado tarde.
Cuando vi los ojos color sangre de aquel hombre, todos desaparecieron excepto él. Los rectángulos, la armonía, Cole, la tensión de mi padre, se esfumaron como humo de vela recién mojada. Intenté volver a ver a Cole, pero no lo encontré. No encontré a nadie.
Cuando regresé la mirada a aquel hombre con capucha oscura, vi a Cole, con su terrible stand furioso. Cole se abalanzó hacía mí con toda la horripilante aura que tiene el stand. Era aterradora. Supe que algo no iba bien. King no me mostraba armonía en aquellos movimientos, no podía ver cómo detener a su stand. Cuando lo vi por primera vez, sabía cuáles eran sus puntos débiles, sabía qué movimientos detener, porque su armonía era perfecta. Pero King me da la herramienta para destruir esa armonía casi intocable para cualquiera. No supe qué hacer. Traté de hablar con Cole, detenerlo, pero no me escuchó. Cole quería desquitar toda la rabia que tenía por aquellos "mojones de hombres" conmigo, o por lo menos eso parecía. No tenía opción, al parecer Cole estaba a punto de sacarme la mierda a golpes.
Llamé las GB y las PB. Lo golpearía en la cabeza. Un golpe limpio. No lo sentiría y caería en el suelo. Era bastante raro que no pudiera ver exactamente dónde atacarlo, aquel lugar en la sien era perfecto. Despertaría en la casa mientras mamá le preparaba algo de comer.
Sí, era un buen plan. Hubiera salido a pedir de boca, de no haber sido porque me paralicé al instante. No podía ni pestañear. Sólo observaba la monstruosa masa de poder que es el Stand de Cole y su furia. Su terrible y enorme furia. Poco a poco la luz se atrapaba detrás de Cole. Algo no iba bien. Cerré los ojos con todas mis fuerzas.
Para cuando pude reaccionar, Cole me tenía cargado en su hombro, en calles que yo apenas conocía.
– ¿Qué carajo pasó?
–Nos encontramos a unos viejos conocidos míos –rio un poco. A veces me parece increíble ¿Es que Cole no se puede tomar nada en serio?
-¿No tienes conocidos que nos ofrezcan alguna cerveza o galletas recién horneadas? ¿O es que todos quieren matarte? –traté de seguirle su juego.
- ¿Incluso tú? –Ambos reímos un poco. Luego, me volví a desmayar.
Después, cuando llegamos a casa, papá me dijo qué fue lo que sucedió. Aquel hombre que tenía ojos color sangre usó su stand en mí, padre lo supo por el mini-Ex que me cuida cada segundo del día, cada respiro que tomo, cada movimiento que hago, él siempre estará vigilando. Papá está interconectado con mi mente, y él sintió una terrible migraña en aquel momento. Le ordenó a Excision que le informara lo que estaba sucediendo. No pudo. Así que decidió detener cualquier cosa que estuviera haciendo yo en aquel momento.
Entendí completamente, fui atacado por un enemigo. Al parecer, él no necesita hacer nada más que verme directamente a los ojos para atacar. Y por la manera tan rápida en cómo lo hizo, no pude ver sus movimientos resueltos a atacarme, sin dejar de lado que estaban saliendo de las penumbras de aquel asqueroso lugar. Fue un maldito cobarde. Un cobarde que fue mejor que yo. Le pregunté a papá si estaba de acuerdo con lo que estaba haciendo con Cole. Respondió:
–Más vale que aprendas a lidiar con usuarios enemigos –dijo completamente calmado–. Iba a pasar. Es una gravedad única que compartimos los de nuestra clase. Y mejor temprano que tarde. Así podrás aplicar algo de lo que tanto "jugábamos" cuando eras pequeño– terminó diciendo con una sonrisa en el rostro.
Ahora estamos tratando de salvar a Pato de estas personas casi peligrosas. Recordé la sonrisa de papá. Era la primera vez que veía un aire de esperanza y orgullo en él. Como si supiera que su pequeño polluelo está por convertirse en un poderoso halcón. Tal vez porque sabía lo que significaba amaestrar un Stand. Tal vez porque siempre ha estado orgulloso de mi. O simplemente tal vez, porque por fin su pequeñín podría demostrar todo el potencial de la familia Cannavaro-Zeppeli.
Cole y yo terminamos rápido con aquellos cinco que los intimidaron. Ninguno estaba resuelto verdaderamente a matarnos. A lo mejor pensaron que escaparíamos en cuanto desenfundaran sus navajas. A lo mejor eran nuevos en la SNA. De cualquier manera, bastó con que yo sólo actuara. Cole apenas aplaudía cada vez que noqueaba a alguno. Fueron mandados por Eddie. Sólo era una advertencia, dijo el que aún podía respirar. Los otros cuatro quedaron tendidos en el suelo con un pequeño charco de sangre debajo de cada una de las cabezas de los inconscientes. Aquel quinto, con una mueca ensangrentada y brillo infantil en sus ojos, le escupió en la cara a Cole mientras éste le interrogaba sobre el pequeño ataque.
–Habrá una fiesta –reía mostrando los espacios vacíos de su dentadura–. Y será de gala, así que vístanse como se debe –se carcajeó una vez más y luego cayó desfalleció entre las manos de Cole.
–Creo que es todo lo que le puedo sacar –dijo un poco insatisfecho–. Si hubiera sido un poco más rudo, le habría sacado los sesos– Cole tiene un sentido del humor demasiado cruel. Pero sigue siendo gracioso.
El baile de graduación se acercaba y tenía un mal presentimiento.
