Bleach no es de mi autoría, le pertenece a KuboTite. Historia original, escrita por mí.
UNIVERSO ALTERNO.
Nota: palabras en cursiva, memorias del pasado de cada uno de los personajes.
Importante: por efectos en esta historia, Ichigo es ambidiestro.
Introspección: Luego de vivir tres años de como un vago, porque lo dejo se ex; hacen estragos en cualquiera. Que te paguen 15 centavos por tus servicios, es deprimente. Pero, ¿quién eres para quejarte?
Sumary: Bastan solo 15 centavos al día, para cambiar la vida de cualquiera.
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– Ichigo no kēki–
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Por Ireth I. Nainieum
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Capitulo X
Nada es finito, todo es infinito
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"—Una vez tuve un sueño. Caminaba por el bosque, no sé porque, se levantó el viento y mi sombrero voló.
—Y lo perseguiste ¿no?, corrías y corrías y finalmente lo alcanzabas.
Lo recogiste, pero ya no era un sombrero se había convertido en otra caso, en algo maravilloso.
—No, seguía siendo un sombrero y no lo perseguía. No hay nada más ridículo que un hombre corriendo tras su sombrero"
- Muerte entre las flores -
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El sonido constante del bambú golpeando la piedra rítmicamente una y otra vez, era lo único escuchado en la amplia sala donde se llevaba el examen final de los estudiantes. Más de uno se mantenía estupefacto ante lo que admiraban delante de sus ojos y entre estos individuos estaban los tres invitados —Lisa, Urahara y Sado—, así como los representantes de la Universidad —Nanao y Giriko—, todos ellos, no daban crédito a la osadía expuesta tan pretenciosamente en el bello jardín donde se llevaba a cabo el examen final de los futuros graduados. La porra que tanto la ovacionó, paró de inmediato al ser testigos de su trabajo, ninguno era capaz de comprender lo que miraban. La naturalidad y la tranquilidad en el rostro de la joven artista era algo incomprensible para la gran mayoría.
Aunque habían incontables metros hasta la puerta, Rukia fácilmente pudo observar el pulgar en lo alto de su vago favorito, y supo que todo estaría bien. Él confió en ella, la incentivó, la motivó y la apoyó. Cual fuese el resultado, poco le importaba. En ese preciso instante, brillaba en lo alto su estrella de la fortuna, todo lo que necesitaba, todo lo que deseaba, estaba ahí a su lado. Su hermano, sus amigos, sus conocidos, su vago… Ichigo… Ya no le interesaba el mostrarse ante los demás como la «señorita perfecta», sino como una mujer que estaba dispuesta a cometer errores. Después de todo, ella era por sí misma, un error maravilloso.
—El «Suiboku (1) a través del tiempo como parte de la cultura japonesa, aplicada en el ámbito comercial» —repitió por segunda vez aquel día, manteniendo la calma—. ¿Qué es el arte? —Hizo una pregunta en general y ciertamente, no esperando que alguien se animase a responderle—, podemos tomar el diccionario y encontrar en sus hojas no menos de 15 repuestas plausibles, ¡pero…! —Entonó con gravedad paseándose por el frente de su obra— Futuros artistas, ¿qué es el arte para nosotros? —Dejó de hablar y les soltó una irónica sonrisa a sus compañeros de estudios que durante tantos años la hicieron sufrir—. ¡El arte es dinero! —Soltó para la sorpresa de todos.
Momo llevó con prisa su mano izquierda a la rodilla de Kira, mientras su rostro se palideció de inmediato. En ese mismo instante, creyó que su mejor amiga se había vuelto completamente loca—. ¡Está bromeando, ¿verdad?! —ella dijo.
Renji se rió para sus adentros. Era una verdadera desvergonzada por desnudar el lado oculto del arte, aquella parte que ni los mismos artistas querían citar, y hela ahí, delante de él paseándose tan cínicamente y sin vergüenza alguna. Que su ser se excitó de solo verla, aunque sabía que ya era muy tarde para él.
—¡Les pregunto una vez más¡ ¿Qué obra se vende por poco dinero? Lo cierto, es que ninguna —respondió al público presente que tan atentos la miraban— ¡Entones…! —Explayó acríticamente— ¿por qué forzar la belleza de Suiboku a los medios de comunicación? —Señaló los trabajos expuestos de sus compañeros, que prácticamente eran una campaña publicitaría con la venta de algún producto o anuncio con grandes letras que le acompañaban—. ¿No estamos aquí, acaso para ver con nuestros ojos como nos imaginamos o vislumbramos su transformación a través del tiempo? —Señaló el enorme letrero con el tema y por inercia la gran mayoría le miró—. ¡Damas y caballeros —se colocó junto a su trabajo de manera que fuese observado una vez más— la evolución del ancestral Suiboku llevado más allá de a frontera a la que Zangetsu nos llevó…
—Estás tan emocionada que lloras, ¿Orihime? —Ulquiorra le susurró contra su oído.
Moviendo suavemente su cabeza, ella le negó —Lloro, porque en este instante sí creo en los milagros —entrelazó su mano con la de su esposo y delicadamente recargó su cabeza en su hombro.
—… más allá de su innovadora técnica y ejecución, más allá de lo que alguno de ustedes se imaginó! La tinta indeleble le cede su lugar a la permanente, la austeridad de las formas a lo complejo, la claridad del tono al color intenso, la simple idea a la abstracta —recitaba como si lo tuviese memorizado, pero de hecho, aquel largo escrito que redacto lo olvidó por completo en el púlpito. Esas palabras, nacían desde lo más profundo de su corazón—, el frágil papel a la rigidez del lienzo! —Se colocó en el medio de su obra expuesta, alzó sus manos en el aire y las separó solo un poco, lo suficiente como para simular que lo cobijaba—. El arte es arte y nunca será comercial, no es pasajero, no se adapta a la publicidad mediática, es eterna, impone corrientes, ideas y principios —lentamente iba bajando sus manos y suspiró hondo—. El «Suiboku a través del tiempo como parte de la cultura japonesa, aplicada en el ámbito comercial», está es la representación para Kuchiki Rukia —les dijo sin la menor duda.
—Es una pícara insolente —dijo muy cómicamente Urahara a sus colegas.
Su trabajo consistía en un enmarañado conjunto de matices y formas, de todos los colores más vivos que podrían imaginar —sin tocar siquiera los fosforescentes—. Un complicado collage de sus viejos dibujos que tanta risa ocasionaron. Sin embargo, en ese preciso instante, ninguno se atrevió a reír. Fue hecho sobre un gran lienzo de 1 metro por 80 centímetros, pintado con acrílicos. Tantos y tan complejos dibujos fueron expuestos, que era imposible el no mirar un solo espacio sin ser usado. Solo una solitaria figurilla con forma de estrella, en la esquina superior izquierda parecía fuera de foco. Y de pronto, gran parte del público estalló en desvergonzadas carcajadas —no los conocidos de ella— que a la anterior Rukia pudieron haber cohibido, más no a la que ahora ahí estaba. Señalaban su trabajo, mientras cotilleaban entre sí, algunos incluso aplaudieron con desdén al creerla estúpida y seguros de que había reprobado. Aquella pedantería solo pudo arrancar una pequeña sonrisa juguetona en sus labios, que una vez más con labia se movieron.
—¿Les divierte…? —Masculló tan arrogante y tan fuertement, que las risas cesaron de inmediato—. ¿Creen que han hecho un trabajo mejor que el mío? —Espetó ruin a sus compañeros de clases, y ahora fue su turno para reírse ante el asombro de los invitados—. Hacer un Suiboku tradicional y solo agregare texto, ¿eso es mejor que mi obra? —Regresó al púlpito y desde ahí les aplaudió, aumentando la tensión del lugar y más de uno se removió incómodo en su asiento—. ¡Todos se rieron de Zangetsu cuando él llegó —los señaló con saña—, pero, él se rió de ustedes cuando hizo lo impensable, cuando nos devolvió el Suiboku! No como papel, tinta y pinceles; ¡sino como una corriente nueva, como el deseo de un hombre, como nuestra y desde ahí tipos como ustedes le imitaron! ¡Imitadores! —Les gritó a viva voz y se formó un silencio demasiado pesado en el pequeño jardín. Así estuvieron cuando menos 10 minutos en los cuales nadie se atrevió a decir o hacer algo más.
—¡Kuchiki…! —Nanao por sí misma no daba crédito a la magnifica replica oral que acababa de exponer. Nunca antes la había visto tan segura de sí misma.
Justo ahora, nadie era capaz de apartar la vista de la obra de Rukia que con tanto orgullo resplandecía entre los matices grisáceos del resto expuesto. Su trabajo estaba tan lleno de vida que transmitía su resolución en la sala de exposición. No fue hasta que Kisuke se levantó, que la tensión se agravió. Sus palabras lo definirían todo.
—Creo… —aclaró su garganta— que habló por mis colegas… cuando digo… Que es la primera vez que nos quedamos sin palabras, luego de ver una obra de arte y —se quitó su sombrero a rayas que tanto lo caracterizaba y tuvo un extraño dejó de nostalgia— por segunda vez como crítico, he de felicitar a alguien —le sonrió y su ameno gesto la tranquilizó por completo—. ¿Sabes quién fue el primero?
—No… —tartamudeó su respuesta.
Por un breve instante Urahara miró hacia la puerta, específicamente hacia el hombre recargado contra esta y solo por un instante se preguntó si « ¿sería obra de Ichigo?», pero así como lo pensó, lo desechó en el acto. No, aquella exposición era solamente de la jovencita. Regresó su atención a ella, no sin antes cabecear sutilmente con su cabeza.
—Fue Zangetsu —Rukia llevó sus manos con asombro a sus labios—. Él hombre que reinvento el Suiboku… y tú lo has llevado al siguiente nivel, Kuchiki-san —le aplaudió y le siguieron sus colegas, su catedrática, el rector, sus invitados y por último, el resto como mero compromiso. Una cascada de elogios, llenaron el recinto—. ¡Acabas de graduarte de la Universidad! —Gritó por lo alto del ruido el rubio con una gran sonrisa.
Las palabras de Urahara solo eran un premio de segunda mano para Rukia, para ella, lo verdaderamente importante, era haber sobresalido por sobre todos los mediocres que alguna vez se burlaron de ella tan descaradamente. Los gritos de triunfo de sus amigos opacaban por completo los forzados aplausos del resto. Esos vanos gestos a ella no le interesaban y minutos antes, si la hubiesen suspendido no le hubiese importado. Lo que realmente valía en su vida, era el incondicional cariño de la gente que la apoyaba, en ese breve instante su vida era simplemente perfecta. No creía que nada pudiese acabar con su felicidad, no obstante, la vida es siempre tan efímera…
Colocó de nueva cuenta su trabajo en el bastidor cercano a la fuente y con una gran gracia en su andar fue a sentarse en el medio de Momo y Renji, donde las congratulaciones continuaron y no fue hasta que Nanao los silencio que las demás replicas orales continuaron. Giró su cabeza para ver a Ichigo, sin embargo, este ya no estaba. Una cara decepción se vislumbró en sus orbes, que sólo su amigo pelirrojo observó. Acarició con ternura la carta que su hermano le había escrito, y aguardaba impaciente el volver a la cafetería para leerla con calma. Transcurrieron 3 horas más, en los cuales sus compañeros fueron presentando poco a poco sus obras. No falta decir, que fueron duramente criticados por los oradores invitados. Aduciendo aquella circunstancia a la nula creatividad a los aspirantes a artistas, por haber convertido al Suiboku en una herramienta comercial y mundana, alejándolo del verdadero fin de arte, que en palabras textuales de Rukia era «dinero». Como la magnánima y certera frase de Sir Walter Scott: «La venganza es el manjar más sabroso condimentado en el infierno», a excepción de Rukia todos reprobaron. Kisuke, Lisa y Sado pasaron una hora más explayando una ardua lisonjera hablando sobre el trabajo de la Kuchiki. Más de uno intentó objetar —inútilmente— recelosos de su triunfo de la joven, más la sagaz lengua de Yadōmaru los acalló en el acto.
—¡Nosotros, somos críticos de arte y no estamos aquí para favorecer a nadie! —Lisa replicó ácidamente desde donde estaba colocado el púlpito—. Nuestras opiniones no han sido contrariadas, algo asombroso —admitió al ver a Kisuke y Sado—. Han sido juzgados en base a su propio esfuerzo, en base a su ímpetu, en base… —dejó pasar algunos segundos antes de continuar, solo por el mero hecho de generar mayor tensión entre los suspendidos— ¡al riesgo!, jóvenes. Los verdaderos artistas no temen enfrentar lo desconocido ¡no se van con lo seguro! —Hizo un ademán para señalar sus trabajos.
—La joven que aprobó —Sado continuó con la explicación, sin ser tan altanero— fue porque lo merecía—. El arte nunca se adapta, crea, innova, ideas, corrientes, vida…
—En hora buena, Kuchiki Rukia ¡felicidades! —Urahara terminó y una vez más le aplaudió.
Los tristes desafortunados salieron con prisa, inconformes con los resultados del examen. Ya se encargarían a primera hora del lunes de presentar sus respectivas quejas, Giriko solo pudo lamentarse por ello, le esperaría un día por demás largo. Se marchó sin siquiera despedirse de los invitados. La noticia se expandió como la pólvora por la Universidad de Shinsu (2) en donde más de uno creyó que se trataba de una broma. Los gestos de profundo cariño no se hicieron esperar en el jardín, donde los invitados de Rukia continuaron por un tiempo más.
—¿Qué opina —Indagó honestamente el Rubio, examinando nuevamente la obra de Rukia— Yadōmaru-san?
—Al principio, pensé que era una broma —respondió cruzándose de brazos, fijando su entera atención en la solitaria estrella del lienzo—. Pero, cuando la escuché hablar…
—… enmudeciste —Sado terminó la oración, captando de inmediato la atención de sus colegas que le miraron por el rabillo de sus ojos—. Me recordó a cuando Ichigo expusó por primera vez su trabajo ante los críticos. Pensé que lo harías pedazos —dijo recordando el día que su amigo y el rubio se habían conocido por primera vez, hacia un par de años—, pero no lo hiciste.
—No pude —objetó Kisuke con gracia—, me calló de inmediato cuando comenzó a hablar. El moreno se giró para marcharse— ¿Te vas?
—No… Intentaré convencerla de que presté su obra para la galería —le dijo.
Urahara no pudo más que reír.
—Pero, ¿todo estará bien? —La escuchó preguntar.
—¿Bien? —Repitió confuso el rubio.
—Cuando ella descubra que Ichigo y Zangetsu son la misma persona —farfulló impaciente cruzándose de brazos.
—No creo que tenga importancia alguna ese hecho, sino lo que haces para ganarte la confianza de las personas que quieres —le dijo con una voz a modo de juego que para nada le gusto, al tiempo que ocultaba sus ojos bajo la marcada sombra de su sombrero a rayas—. Además, no la creo tan ingenua como para no saberlo, o al menos intuirlo—susurró y su voz se volvió más profunda—. Ambos están bien así, por el momento. Después de todo… ambos tienen sus propios secretos.
—¿Hace cuánto que lo sabe? —Inquirió Lisa para continuar con la conversación.
—Desde el inicio —le sonrió a una enfadada Lisa que no hizo nada por ocultarlo—. Una amiga mía muy "querida" ha conocido a Rukia-chan desde que pequeña. No, no se preocupe —se explicó con prisa al verla preocupada—, ello no ha influido de alguna manera con mi crítica. Tiene un talento único, que Kurosaki-san fue capaz de explotar —Kisuke miro por su hombro como Rukia disfrutaba gratamente del momento—. Las decisiones más difíciles por afrontar, están a punto de ser tomadas.
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Ese día, Ichigo no kēki permanecería cerrado al público. Ahí se celebraría la fiesta en honor a Rukia. Todas las mesas fueron ocupadas por las incontables visitas que ansiosas aguardaban el suculento festín. Su vago favorito ya esperaba ahí, su presencia en la cafetería la tranquilizó. Había algo que lo incomodaba, y al parecer ella fue la única en percibirlo. Su ceño estaba más arrugado de lo usual, respondía con monosílabos y le notaba tensó; pero, no supo si el problema sería ella por lo que se armó de valor y se le acercó.
—¿Ichigo —preguntó en un suave murmulló, interrumpiendo su conversación con Hirako—, podemos hablar?
Shinji miró al par, el que sobraba ahí era él, por lo que decidió marcharse. Así que con su vino en mano —habían destapado algunas botellas para celebrar— se marchó. Dibujó en su rostro una socarrona sonrisa cuando vio a Hiyori a unas mesas de distancia peleando con un frasco de pepinillos que no podía abrir. Avanzó hacia ella como un cazador a su presa, listo para fastidiarle. Rukia se sentó muy nerviosa, ya que juagaba distraídamente con sus manos.
—Dime —él dijo.
—¿Estás enojado conmigo? —Liberó finalmente la angustiosa pregunta que tanto la martirizó por tanto tiempo—. ¿No hice bien mi exposición…?
—… ¿Qué? —Espetó fuera de sí—. ¡Claro que no! —Le gritó a viva voz y de pronto todos les miraron—. ¡A sus asuntos! —Les chilló todos completamente colorado—. ¿De dónde rayos te sacas esas estupideces? —Le murmuró por lo bajó intentando inútilmente el no llamar la atención en la concurrida cafetería—. ¡Estoy orgulloso de ti, tonta! —Fue su bonito halago que la hizo sonreír—. Es solo… —dejó de hablar.
—¿Solo?
—¡Déjalo! —Tajó con acritud, poniéndose de pie—. ¿No te avergüenza que tus amigos te vean conmigo? —Habló en plural y un poco más alto de lo usual. En realidad, deseaba escuchar la respuesta de Rukia ya que el tipo pelirrojo no le quitaba la vista de encima.
Rukia soltó una risita muy modesta incluso para ella, y se encogió de hombros saboreando el merengue del pastel de fresa que estaba sobre la mesa—. ¿Y quién dice que salgo contigo? —Replicó para el disgusto del vago y la risa en general de los presentes. Ichigo la miró muy feo, pero pronto captó su broma.
—Si, si —y se marchó en el acto. Lo suyo era solo de ellos, no había necesidad de involucrar al resto y además, ella ya había recuperado su ánimo y era todo lo que necesitaba.
—¿Me pregunto… —Rukia se dijo para sí al verlo alejándose yendo en dirección al sanitario— me pregunto… si algún día volverás a ser…?
—¡Felicidades, Rukia-chan! —Una muy ebria Mashiro la abrazó. Kensei de inmediato comenzó a reprenderla.
—¡Ya cásate con ella! —Love le gritó desde el fondo de la cafetería.
—¡Cállate! —Kensei explotó llenó de una renovada ira, no sin antes arrojarle los restos del pastel de fresa al hombre que se atrevió a vociferar tal barbaridad.
Ichigo mojó su rostro en abundante agua fría bajo el grifo del sanitario de hombres. Lo cerró y miró su reflejó en el único espejo. Existen hechos o circunstancias —como se les quiera llamar— de situaciones de las cuales uno nunca debería de enterarse, y lo que el mismo descubrió horas antes, era un claro ejemplo de ello.
Ichigo fue el primero en llegar a la cafetería que extrañamente llevaba su nombre « Ichigo no kēki » , a esperar la comida que gracias a Hirako degustarían. El antiguo jefe de Rukia acordó donar la comida, misma que solicito a un grupo de banquetes con el fin de darle un bien merecido descanso al chef del lugar. Solo debía de haber alguien para recibirla, y ese "alguien" resultó ser el vago. Casi una hora le tomó al servicio de banquetes el colocar todo en su lugar.
Nell cerró la puerta tras de sí. Y él escuchó el sonido del pestillo de la puerta trasera de la cocina, que era el sitio por donde las compras ingresaban e Ichigo arrugó su ceño inseguro de que sentir. En un solo instante se sintió terriblemente incómodo de estar arrinconado en ese estrecho lugar, con ella ahí. Había algo distinto en su mirada, así como en su sonrisa. Lentamente ella se le fue acercando, y él fue dando pasos hacia atrás en igual medida, hasta que quedó atrapado por le estantería de frescas verduras, sin tener sitio hacia donde moverse. Justo cuando volvió a mirarla, ella lo besó. La suave calidez de sus labios lo hizo temblar y la empujó de inmediato.
—¡Maldita sea, Nell! ¿Qué haces? —Con ayuda de su antebrazo, Ichigo limpio los rastros de la saliva de ella sobre sus belfos—. ¡Nell…! —Aguardó impaciente la respuesta.
—Es la despedida —murmuró mordiendo su labio inferior y sintiendo la impotencia al haber sido rechazada por el hombre del que estaba enamorada.
—¿La despedida? —Preguntó jadeante, como si se estuviese ahogando.
—Vuelvo a Italia —dijo aún sin mirarle.
—¡¿Pero que demonios?!
Cuando su antigua mecenas (3) alzó su rostro, se quedó sin palabras. Sus hermosos ojos esmeraldas estaban acuosos, ella lloraba y él era la causa de su sufrimiento. Nell dio un paso al frente —Ichigo continuaba estoico— y ella recargó su frente sobre su pecho.
—Soy una mala persona… Ichigo —gimió dolida encallando sus finas uñas en los antebrazos del hombre—, yo tuve la culpa.
Ichigo hizo un genuino gesto de dolor al sentir esas filosas uñas clavándose en su cuerpo. No obstante, en esa ocasión, no tuvo el valor de apartarla, tampoco pudo alejarse. Se quedó ensimismado, quieto y escuchando a su acelerado corazón y una disculpa que no comprendía.
—Eres… una de las mejores personas que he conocido en mi vida —dijo intentando que sus palabras la animaran.
Nell sonrió llena de pena, un gesto que Ichigo no percibió dada la postura en la que se encontraba—. Yo… incentive a Misato con Takeru —le reveló—. Yo le dije que podía engañarte.
De pronto un sentimiento tan profundo dominó a Ichigo, la sujetó con fuerza de sus antebrazos y la obligó a mirarlo. Su rostro crispaba, las aletas de su nariz se contraían violentamente—. « ¡No…! Ella le mentía» —se decía. La mujer a la que tanto respetaba nunca le hubiera hecho eso—. ¡Explícate! —Le exigió, soltándola. Su voz se volvió completamente agria, pero extrañamente estaba muy calmado.
—Le dije a Misato, que podría tenerlos a ambos —musitó.
Ichigo pasó a su lado y se le notaba irritado—. ¡Mientes! —La acusó.
Cuando Nell se giró para mirarlo, vio unos ojos llenos de rencor. Sonrió con amargura, ya se lo esperaba, pero lo que nunca pudo imaginar fue ese dolor tan agudo en su pecho—. Te quería para mí —el furioso rostro de Ichigo transmutó en uno de irrealidad pura—. ¿No lo entiendes? —Dio un paso al frente, el mismo que él retrocedo y con eso ella comprendió que no debía avanzar más—. Me enamoré de ti, Ichigo… Aún te amo —suspiró— y te amaré siempre. Si me quedo aquí, volveré a ser una mujer muy egoísta —él permitió que ella se le acercase lo suficiente para tomar su mano izquierda entre las suyas, la llevó hacia sus labios y besó amorosamente su palma—. Con Rukia-chan serás inmensamente feliz, si eres capaz de apoyarla hasta el final. Ella está por necesitarte más de lo que te imaginas.
Ambos permanecieron en un muy largo silencio, a los dos incluso les costaba respirar. Sus miradas estaban encontradas, pero los orbes del hombre parecían indiferentes ante sus palabras. La pesada mano de Ichigo fue liberada y el peso cayó abruptamente a su costado. Ese era el adiós definitivo para ella. Justo cuando pasaba a su lado, con el resto del decoro que le quedaba su antiguo protegido hizo algo que la heló por completo y que la dejó completamente anonadada. La abrazó contra sí, y con tanta fuerza que sus piernas no pudieron sostenerla por más tiempo.
—Gracias por todo, Nell…
Liberándose finalmente de aquella carga emocional, pudo ella finalmente sentirse en paz consigo misma.
Rukia se reía de la cómica representación de Shunsui con respecto a su reciente ojo morado —producto de la ira de su novia—, cuando Ichigo se le acercó y dijo esas tan temidas palabras en una relación, no sin antes entrelazar sus dedos con los de ella.
—Tenemos que hablar —ella se estremeció por la manera en la que él pronunció las palabras, por el ruego en su mirada y por la forma en que apretaba sus dedos, como si le suplicara que le regalase parte de su tiempo.
El corazón de Rukia dio un brinco—. ¿Ahora…?
—Cuando acabe la fiesta —aclaró muy serio. No quería mentiras, ni mucho menos encubrimientos. Le diría la verdad, ¡toda! O al menos, eso quería.
Iemura e Isane ocupaban la mesa más alejada, y cuando Rukia se les acercó los escuchó discutir las nuevas reformas del gobierno a los impuestos, un tema que para nada comprendía y muy lentamente se apartó. Momo, Kira y Renji formaban otro grupo, en donde el último no paraba de divertirse repitiendo las pesadas bromas contra el rubio, humillándolo delante de la chica que le gustaba; solo para la complacencia del bermejo. Rangiku y Shunsui estaban por acabarse la tercera botella de Brunello di Montalcino (4), de la colección de finos vinos que Nell tan amablemente obsequió, no falta decir que ambos ya estaban más que pasados de copas. El otro par de blondos —Hirako y Hiyori—, reñían cual pareja de recién casados y de cuando en cuando el primero recibía uno que otro golpe. Michiru y Ryo se ponían al día y fue aquí donde la Kuchiki se unió. Iba conversaba con los padres de la estudiante de preparatoria. Kensei acurrucaba a la pobre de Mashiro que se había quedado completamente dormida en sus brazos, soportando las respectivas burlas de Love y Rose. En contraste, la mesa más serena era donde Ichigo se encontraba en compañía del matrimonio Ulquiorra.
—¡¿Hablarás con Rukia-chan?! —Orihime no pudo ocultar su sorpresa.
—¡Tengo que hacerlo! —Respondió dudoso, y en ese momento ya no estaba tan seguro de ello.
—¿Y…? ¿Qué te preocupa entonces? —Preguntó abruptamente el abogado Ulquiorra.
—Que la pierda —respondió con un hilo de voz que incluso al par le costó trabajo el escucharle.
—Ella no va a dejarte —Orihime explicó con una sonrisa, limpiándose sus labios y miro aturdida a su hermano adoptivo—. Rukia-chan te ama, estoy segura de eso. No deja de mirar hacia acá y no creo que busque con su mirada a mi marido —replicó juguetona.
—¿Comprenderá que soy Zangetsu?
—Encontrarás las palabras y el momento idóneo para eso, Kurosaki —cogió la taza y antes siquiera de llevarla a sus labios, está se cuarteó ante el horror del abogado. Horrorizado miró la cálida sonrisa de su esposa y un inusual frío recorrió su ser—. ¡Hay que ir a casa, cariño! —Dijo con urgida prisa.
Tanto Orihime como Ichigo le miraron con espasmo, más la mujer obedeció en el acto. Extrañamente, se sentía inusualmente cansada, por lo que la pareja fue la primera en retirarse, pese a las quejas de Rangiku. Aquel, fue el inicio de la tragedia en el matrimonio Ulquiorra. Las horas continuaron, y ya casi al amanecer se retiraron las últimas visitas. Ichigo se quedó bajo el pretexto de ayudarla a Rukia a levantar un poco el desastre del festejo. Kira había salido horas antes, despidiéndose vagamente y cargando a un ebrio pelirrojo, observó a Ichigo por un instante, y comprendió de inmediato que esa noche no llegaría a casa. El vago suspiró cerrando con llave la puerta frontal de la cafetería, lenta y pausadamente comenzó a subir por la escalera de la cocina, estaba lleno de nervios y a un paso de ceder ante su confesión con Rukia. Cuando llegó al segundo piso, ahí ella le esperaba, al término de está; abrazada a su mullida almohada de conejo y con la pijama puesta. Después de sus palabras, él bien sabía que para ella le resultó imposible el continuar disfrutando de la velada, se sintió culpable por ello. La encontró mirando el reloj y a él. Las luces de una patrulla iluminaron vagamente sus rostros, brindándoles la serenidad que tanto necesitaban.
—¿De qué, tenemos que hablar? —Rukia murmuró sin poder evitar el bostezó que escapó floridamente de sus labios.
Ichigo abrió la boca, pero al final no pudo decir nada. Toda la tarde estuvo practicando su discurso, el como se lo diría. Se imaginó tantas reacciones que creyó tener todas las respuestas que necesitaba; aunque, muy en el fondo, sabía que al final se bloquearía y no sabría como responderle sin sentirse como un verdadero tonto. Rukia agachó la mirada, luego de tanto tiempo el contemplarlo fijamente resultaba extrañamente doloroso, ya que el nudo en su garganta cada vez se apretaba más y más. Sin previo aviso, él la tomó por el mentón y la besó. Muy distinto a todas las otras ocasiones que lo había hecho antes, no había inocencia ni pudor alguno, sino más bien hambre y una extraña lujuria que los dominaba. Sus lenguas comenzaron a friccionarse una contra la otra, demandantes y urgidas de cariño. Pronto la mano del vago se aventuró bajo la delicada tela del pijama, cuando separaron sus labios en busca del necesitado aire. Sus frentes se tocaron, fue todo lo que necesitaron para calmar la tormenta que se vaticinaba. Aún no era el momento, ni el lugar, para ninguna de las dos cosas.
—Todavía no puedo… —murmuró contra su cuello, retirando los estorbosos mechones y besándola delicadamente antes de separarse. Rukia se aferró con más fuerza contra su almohada de conejo—. Hiciste un buen trabajo —le dijo al sentarse a su lado en el último escalón, al tiempo que pasaba su brazo tras su espalda y la acercaba a él.
—Nell… se fue —le dijo rompiendo en un amargo llanto.
La europea hizo que Kira y Momo llevasen las finas botellas de vino a las mesas, listas para ser servidas. Solo fue un pretexto para llevar a Rukia a la cocina y de ahí pasar a una seria conversación entre mujeres adultas.
—Ven —Nell pidió inusualmente seria.
Desde ahí, podían escuchar el sonido de la música y los chistes que sucedían en el área de la cafetería, la europea tenía los ojos rojos y la nariz constipada de tanto llorar. Rukia se sintió inusualmente incómoda, y sobre todo fuera de lugar; por primera vez en mucho tiempo no sabía el cómo debía de actuar.
—¿Nell…? —Hubo duda al llamarla.
—Vuelvo a Italia —los ojos de Rukia se abrieron con mesura, aquellas palabras sin lugar a duda no se las esperaba. Sobre todo, porque para ella Nell ya era un miembro más de su querida familia—. No te pongas así, sabías que esto sucedería— vaciló en sus últimas palabras, como si le hubiese costado encontrar la forma más dulce de decirlo.
—¡Pe… pero no hoy! ¡Ahora! —Farfulló fuera de sus casillas, aquello debía de ser una mas de sus tontas bromas. O al menos, eso pedía.
—Rukia-chan —suspiró con pesadez, explicarse le resultaría muy difícil—, no puedo vivir por más tiempo aquí…
—… ¡Este también es tu hogar! —Irrumpió Rukia a la europea, más esta continuó haciendo caso omiso a la interrupción.
—… Lo siento, —se excusó ella después de lo que parecieron eternos minutos— porque yo también amo a Ichigo —por primera vez en ese largo tiempo, Rukia la miro con desconfianza ya que vaciló al dar un par de pasos hacia atrás—. Le he amado desde hace mucho tiempo, años atrás —le reveló el agrio secreto que guardaba—. Él se ha enamorado en dos ocasiones, y en ambas no me ha elegido —intentó sonreír, más un hosco gesto se dibujó en sus labios—. La primera vez cometí el error de querer tenerlo para mí… esta ocasión… estoy dispuesta a apartarme.
Rukia mordió sus labios—. ¿Por qué me lo dices ahora? —Murmuró.
—Porque esta vez voy a luchar justamente por él —Rukia alzó su rostro y la fragilidad de antes desapareció. En su lugar, las duras facciones de su familia relucieron con fuerza. Ese simple gesto hizo sonreír a Nell, la joven ante ella tenía toda la fuerza que necesitaba para los tiempos que estaban por venir—. Cuando salga por esa puerta, seremos rivales.
—¡¿Así que solo buscabas una forma de meterte en mi vida?! —Exclamó Rukia totalmente fuera de sus casillas, pero inusualmente manteniendo el tono bajo de voz.
—Para nada —interrumpió su queja como si esta no fuese importante—. Mi ayuda fue auténtica, y vino desde el fondo de mi corazón. Quiero que entiendas que seré tu rival, pero antes que nada, tu amiga y… la única perdedora. Si, Rukia-chan —le sonrió para transmitirle confianza—, me has ganado sin mover un solo dedo. Siendo tú, auténtica —finalmente se le pudo acercar y la abrazó fuertemente contra sí—. Él te ha elegido a ti —besó su frente y comenzó a caminar hacia atrás, hasta que llegó a la puerta de la pequeña cocina y ahí estaba su maleta.
—Él no es solo un vago bueno para nada— Rukia cerró los ojos por un momento y respiró profundamente.
Nell abrió la puerta y aspiró el dulce aire del exterior —Dale su tiempo, tú lo sabes mejor que nadie —salió por esta, y salió de su vida.
Apartó las sábanas, y sus pequeños pies tocaron el helado suelo. Traía puesta la pijama infantil, con la cual Nell solía hacerla rabiar tan constantemente, sin ser plenamente consciente de sus acciones, su pasos la llevaron hacía la habitación contigua, tomó el picaporte y la abrió. «Vacía», estaba completamente vacía y por primera vez en mucho tiempo se sintió abandonada, justo como cuando su hermano le retiró su ayuda y poco a poco le fue cerrando el camino de la única vida que hasta entonces ella conocía. Entonces lo entendió, que las cosas nunca volverían a ser como antes. Lo que había sucedido en esos cortos meses, era algo que ella debería de atesorar para siempre en su corazón. Aquella fría mañana de septiembre, Ichigo no kēki permanecería fuera de servicio. Todos los empleados de la cafetería se tomarían un día de descanso, así que no importaba que el reloj de la pared marcase el medio día. Fue entonces que hizo hincapié en el hecho de que ella sola. Hasta donde recordaba, se había quedado dormida en los brazos del vago.
—¿Ichigo? —Le llamó bajando pausadamente por las escaleras—. ¿Ichigo? —Repitió admirando la cocina completamente limpia.
No había nadie más, salvo ella, y se preguntó… ¿cuándo él volvería?
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• Ichigo no kēki •
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Jugaba con sus pulgares bastante nervioso en un continuo movimiento, mientras sus ojos estaban fijos en el enmarañado patrón irregular del techo. Llevaba contados más de un millón de esos pequeños agujeros que se encargaban de mantener a su mente distraída y que le evitan el que pensase en su razón de estar ahí en realidad. El vuelo de una mosca arruinó su intrínseca contabilidad y farfulló muy molesto al tiempo que se estiraba perezosamente en el cómodo sofá de su oficina, cual si fuese una más de sus rutinas matutinas —aunque, ciertamente, no lo era—. Ahí nadie le prestó la menor atención, los demás ya trabajaban laboriosamente en turnos de 24 horas y esa mañana en particular que resultó ser muy escandalosa. Los teléfonos no paraban de sonar constantemente, la máquina de fax perennemente hacía ese molesto ruido que fácilmente lo sacaba de casillas, la máquina de café ahora emitía ese delicioso aroma del brebaje recién hecho y él tenía siempre el privilegio de ser el primero en recibir la primera taza todas las mañanas. Su escritorio era un verdadero caos, cientos de papeles puestos en interminables pilas que lo ocultaban de la vista permanente de sus oficiales, más sólo le necesitaba estirar lo suficiente su cabeza como para darles una dura reprimenda con la mirada. Las persianas estaban permanentemente cerradas, y el único rastro de luz era la vieja lámpara sobre su mesa de trabajo, constantemente parecía más un cueva que la oficina del jefe de la policía. Yumichika le había entregado el reporte por el cual pasó la noche en vela, y lo que ahí leyó para nada le gusto. Molesto —más que de costumbre—, se levantó y cogió su blanco haori antes de salir como un demonio con los papeles en mano de esa investigación que le había ordenado.
Era una serie de fotografías y largas palabras finamente escritas sobre su esposa, «ex» mejor dicho; aún tenía el viejo hábito de aparentar que ella seguía siendo suya. Las imágenes las habían capturado en uno de los mejores izakaya (5) de la prefectura de Naru, de la ciudad de Karakura —que no era su sector a vigilar— de ella con nada más y nada menos en compañía de un hombre de blanquecina cabellera al que conocía perfectamente bien. Ya que era nada más y nada menos, que el maldito abogado que había llevado el caso de Retsu. En fechas recientes, se corría un cuento sobre sus conexiones con la Yakuza y se había malogrado el afiche de «Shiroi hebi o serpiente blanca». En los más altos mandos, se corría el rumor sobre una supuesta conexión criminal entre este hombre y el muy respetado Aizen Sōsuke. Famoso por sus bien logradas evasiones fiscales y aparentemente el individuo fotografiado con Unohana solo era la pantalla del verdadero problema, ya que Ichimaru Gin se encargaba del lavado de dinero. Aunque, «sólo era un rumor, a medias palabras». Hasta ahí, pudo sentirse hasta cierto punto tranquilo. Pero, la última fotografía fue una enviada a la estación policial de su propio oficial encubierto —Yumichika—, mientras este se encontraba en su investigación. Zaraki no tenía la menor duda, fue el mismo Aizen el que le envió la imagen, si comprendía bien… este le decía decorosamente que Retsu era un estorbo en sus planes y él mejor que nadie sabía lo que vendría sino actuaba con prisa.
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• Ichigo no kēki •
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El vago anduvo recorriendo la misma estación de tren en por lo menos dos ocasiones, antes de armarse del valor suficiente como para bajar de esta. Pisada tras pisada, sintió como aquellos zapatos prestados estuviesen hechos de plomo. La garganta la sintió seca al tomar la llave que tiempo atrás el famoso «Chad» le había dado en una mañana como esa. Volver a sus raíces, ir a Karakura siempre le resultaba difícil. La puerta rechinó al abrirse, y una suave brisa ventiló el estudio que por años permaneció cerrado. A través de un halo de luz por una ventana mal cubierta, pudo ver el finísimo polvo que flotaba y cada mueble estaba cubierto de una pequeña capa grisácea de mugre; nada que con una buena limpiada no se quitase. Todo seguía exactamente igual a como él lo había abandonado, incluso en el lienzo en blanco continuaba el boceto a lápiz de Misato sobre el fino papel. Sonrió con ironía y pena de sí mismo, del tiempo perdido y que había pasado. Lento, pero firme, caminó hacia el bastidor y sin el menor reparo tomó el papel estraza y lo rompió en el acto. Se sintió por primera vez libre, y al mismo tiempo sintió unas horribles ganas de vomitar y corrió hacia el baño. Justo cuando bajaba la palanca escuchó unos pasos a su espalda, contempló al hombre a través del espejo, se miraron… mejor dicho.
—La alarma contra robos se encendió —fue el primero en hablar con una excusa tonta, como si necesitase un pretexto para hablar delante de su único hijo varón—. Estás hecho un lío —dijo con una sonrisa más amena y la bien restaurada tranquilidad de un padre.
—Creo que la barba me da un estilo… «Chic» como diría Yuzu —respondió con gracia, o al menos eso era de lo que intentaba convencerse.
Isshin se cruzó de brazos y recargó su peso contra el marco de la puerta, hasta cierto punto imposibilitándole cualquier huída—. No hablo de tu aspecto físico, Ichigo —el tono de su voz destiló ácido y luego suspiró—. Sino de lo que se refleja en tus ojos, no veo un solo atisbo de duda en ellos.
—Papá… — se giró y se sintió como un niño pequeño a punto de ser reprendido por alguna travesura descubierta— yo…
—¿Qué buscas aquí, Ichigo? —Inquirió extendiéndole una toalla para que secase su barba que goteaba—. Aquí no encontrarás el valor que buscas —Ichigo la tomó y por un breve instante ocultó su rostro detrás de esta—. Nell-chan estuvo aquí ayer —dejó de hablar, mientras su hijo hacía grandes intentos por ganar tiempo secando su rostro—; no es fácil ver a una mujer abatida ni rechazada dos veces por el mismo hombre —el vago finalmente tuvo el valor de encararlo, más en sus ojos ahora sólo había duda—. Tú fuiste el único que no se dio cuenta —y suspiró—. Rukia-chan y tú… son como el día y la noche, el sol y la luna… Tan cercanos, pero a la vez tan distantes el uno del otro.
—¡¿Qué quieres decir papá?! —preguntó él, más en un susurro pero podía escucharse el tono tenso en su voz.
—No pueden fingir para siempre, ninguno de los dos. El tiempo se les agota —Ichigo no percibió el tono despectivo en la voz de su padre.
Por alguna razón, las palabras de su padre para nada le gustaron y antes de tener el tiempo para exigir una respuesta el celular de Isshin sonó con suma insistencia. En un primer inicio intentaron no hacer caso, más cuando el aparato no daba tregua alguna el médico estuvo a punto de apagarlo, hasta que leyó el nombre identificado. Con una extraña mirada, le pidió un minuto a su hijo. Contesto con monosílabos, uno tras otro cada vez más serio y áspero, hasta que llegó al punto de darle la espalda a Ichigo.
—¡¿Papá?!
Rara vez su padre estaba tan serio como en aquel preciso instante, su instinto le decía que acababa de recibir malas noticias.
—Orihime-chan está en el hospital… —fue lo único que pudo decirle antes de que Ichigo corriese a su lado.
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El hospital Quincy siempre le había resultado un sitio un tanto desagradable, personalmente. Nunca había tenido la oportunidad de visitarlo esperando recibir buenas noticias, de hecho, siempre estas iban tornándose cada vez más insoportables. El viaje al Seireitei resultó unos de los trayectos más largos en su vida, a cada segundo que pasaba su desesperación iba en aumento. Como era de esperarse, el lugar estaba atiborrado de pacientes, buscó con sus ojos una figura a la cual reconocer y pronto, lo miro hablando con una enfermera regordeta, y corrió con prisa a su encuentro.
—¡Ishida! —Su voz denotó suma urgencia.
Uryū le dio una mirada de absoluto fracaso, tanto emocional, como física y con un seco gesto Ichigo supo que ese día no habrían buenas noticias—. Sígueme —le ordenó dirigiendo sus pasos hacia un elevador que en ese preciso momento abría sus puertas y ambos se apresuraron a entrar. Una vez dentro, el médico soltó un pesado y largo suspiro que acabó por tensar la ya pesada situación—. Orihime fue ingresada ayer por la noche, presentaba un cuadro de encefalopatía urémica… —dejó de hablar al darse cuenta que sus tecnicismos no serían comprendidos— Está muriendo.
Con una gran rabia el médico fue arrinconado contra uno de los lados del elevador, sujetado fuertemente del cuello de su camisa—. ¡Ishida! —Con una perfecta sincronización las puertas se abrieron al llegar al piso en concreto; fue el chillido de una mujer lo que sacó de su trance a Ichigo. Ligeramente apenado, lo liberó en el acto. Uryū ajusto su corbata y aclaró pesadamente su garganta, antes siquiera de salir y calmar un poco a la agitada mujer que aún gritaba de manera histérica.
—Ichigo…
Sado llevaba la misma ropa del día anterior, un elegante traje gris oscuro; aunque su presencia era ligeramente desaliñada y tenía una incipiente barba maltrecha, producto de un solo día. Tenía una muy cargadas ojeras y bolsas bajo sus ojos, pero lo que en realidad acabo con cualquier esperanza que tenía fue ese inherente brillo de sus orbes. En ese preciso momento lo comprendió y lo intuyó.
—Necesito estar solo —le dijo el vago caminando por el solitario pasillo en la distancia.
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Pasaba del medio día, y ella continuaba dormida. Desde su primera noche luego de hacer el amor por primera vez, el verla respirar era uno de sus pequeños momentos perfectos y uno de sus mayores gustos culposos. Se embelesaba con sus largas pestañas, su nariz tan fina y pequeña que parecía haber sido cincelada por el mismo Miguel Ángel y esos sonrosados labios que tanto disfrutaba besar. Podían pasar horas simplemente acariciándose con la timidez de un par de adolescentes, tan solo disfrutando del entero placer de una caricia robada y un suspiro ahogado. Cogió una de sus manos, y en una muestra de infinito amor besó su palma y fue suficiente el gesto para despertarla de su largo sueño. Se miraron y las palabras no fueron necesarias, no en aquellas almas que tanto se comprendían. Orihime suspiró muy suavemente e invitó a Ulquiorra a sus brazos y como un niño asustado se acurrucó contra ella.
—¿Lo recuerdas…? Hoy, hace unos años que nos conocimos por primera vez —murmuró ella jugueteando con sus hebras negras, entrelazándolas entre sus dedos y dibujando una dulce sonrisa en sus labios.
—Como olvidarlo —la abrazó más contra sí, como si esperase despertar de aquella horrible pesadilla—, ese día… creí que Dios me había enviado un ángel —él sonrió con tristeza y ella elogiada por la maravillosa comparación que su esposo hacía sobre su persona—. Tengo miedo —él dijo al momento de erguirse. Colocó un poco de su larga cabellera contra su oreja y besó al final su mejilla, todo esto sin haber roto siquiera por un instante el contacto entre sus manos.
—Yo, no —Orihime respondió tan apacible que él no pudo más que mirarla estupefacto—. ¿Recuerdas lo que nos prometimos la mañana después de que hicimos el amor por primera vez? —Esa ocasión inquirió con un gesto por demás serio, nada usual en ella.
—Si —contestó con un frágil hilo de voz.
—¿Me prometes que lo harás… sin mí? —Suplicó la segunda frase de la pregunta con el timbre de voz resquebrajándosele.
—¡Por favor, no me pidas eso! —Se encogió una vez más sobre su regazo como un niño asustado en una tormentosa noche—. ¡No puedo hacerlo sin ti!
—Tonto… —Orihime suspiro y volvió a jugar con sus mechones, mientras tarareaba una canción infantil. La misma que su hermano le cantaba cuando ella estaba asustada, en aquellos lejanos días de tormenta—. Aunque yo no esté aquí, tú debes seguir con nuestro sueño, cariño.
—¡Mi sueño es hacerlo contigo! ¡Es nuestro sueño! —La sujetó de su rostro, como si su dura mirada pudiese transmitirle la fuerza que a ella tanto necesitaba.
—Y el mío, que tu sigas sin mí —sus frágiles y duras palabras hicieron que él la soltase, completamente abatido, terminó por derrumbarse a un costado de la cama—. ¡No llores! —Suplicó Orihime también en llanto, al haberlo escuchado desde la altura de donde lo miraba—. ¡Por favor, no llores! —Expresó con su corazón hecho añicos, finalmente… toda esperanza había desaparecido.
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• Ichigo no kēki •
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Una semana exacta había trascurrido y Rukia aun no tenía noticia alguna de Ichigo. Kira mismo desconocía su paradero y ella comenzaba a impacientarse; solía escabullirse de vez en cuando, algunos días… pero no tantos. Si Nell aún estuviese con ella, entre las dos ya habrían planeado un plan de contingencia, sin embargo… ella ahora estaba sola. Exhaló pesadamente arrugando la carta de su hermano entre sus manos, un documento que por dentro estaba vacío, en el exterior del sobre su nombre estaba escrito con la pulcra caligrafía de su hermano. Apoyó impaciente la cabeza sobre su escritorio, y marcó nuevamente el número personal del celular de su hermano. Pasaron cinco repiques hasta que se dio por vencida. Desde la nota en los medios de comunicación de sus «vacaciones» no había tenido noticias suya, y desde hacía una semana que Renji tampoco atendía ninguna de sus llamadas. Comenzaba a plantearse seriamente el ir al Corporativo y exigir respuestas. Su viejo celular finalmente timbró. El repique la tomó desprevenida y acabo tirando el aparato al suelo, pero antes de la tercera llamada contestó sin prestar la más mínima atención al número de la pantalla.
—¡Hermano! —Prácticamente gritó con el corazón latiéndole casi en la palma de su mano.
—Me temo que no —una voz que le resultó extrañamente familiar se dejo escuchar—, Rukia-san —era amable, más extrañamente le puso los pelos de punta.
—¿Quién habla? —Exigió pesadamente y hasta cierto punto con un fatuo timbre de voz.
—Me entristece Rukia-san, que se haya olvidado de aquel que le hizo amar al Conejo de Pascua durante su infancia.
—¡Aizen-sama! —Exclamó avergonzada, pero al mismo tiempo fue cauta.
—Así es, mi pequeña.
Rukia se levantó y se apartó del escritorio. Le había conocido durante su tierna infancia, en una de las tantas fiestas anuales que su familia solía realizar una vez al año. En aquella ocasión, coincidió con una festividad occidental, ella y el resto de los niños tuvieron la dicha y el placer de buscar en las inmediaciones de la vasta propiedad los escurridizos huevos de chocolate que el mismísimo «Conejo de Pascua» había ocultado. Fascinada con la historia y con su pequeño peluche en mano, fue preguntando a cada uno de los invitados la historia, más ninguno fue capaz de contársela. Hasta, que llegó ante un hombre de afable sonrisa y cálida mirada llamado Aizen Sōsuke. Recordaba bien su nombre, pesé a solo haberlo visto en aquella ocasión, después de todo ¿cómo olvidar al individuo que despertó su encanto en los conejitos? Y ciertamente, era la última persona que esperaba que la llamase.
—¿Aizen-sama…?
—Debemos charlar, Rukia-san —él pidió en un tono de voz calmado y profundo—, es sobre su hermano —él concluyó sabiendo bien que ella no se negaría—. Tengo una automóvil aparcado frente a su cafetería —tras la línea escuchaba perfectamente el ajetreo de la joven y su urgida prisa, por ir al encuentro del tan mencionado vehículo en cuestión y Aizen solo pudo sonreír tras la línea antes de colgar.
—¿No es un poco cruel, Aizen-sama? —Indagó con una peculiar sonrisa el hombre de blanquecina cabellera, poco después de llevarse la cerveza a la boca. Pero Sōsuke se limitó a firmar el documento que Halibel le entregó.
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El viaje de Nagano a Tokio demoró poco más de tres horas en el tren bala, y en todo ese tiempo la duda y la angustia no hicieron más que impacientarla. De entre todas las personas que conocía, Aizen era el último que esperaba que pudiese brindarle alguna respuesta con respecto al paradero de su hermano. Llámenlo el sexto sentido, o intuición femenina, pero algo muy dentro de ella en ese preciso momento le decía que había tomado la decisión más tonta en todo su vida. Lo que ella no comprendía, es que tras esa reunión las cosas en su vida jamás volverían a ser lo que una ocasión fue y que todo lo que hasta ese entonces tenía estaba a punto de volverse humo entre sus manos. Llegó al Grand Hyatt Tokyo en la capital del país, y desde que la puerta del Rolls-Royce negro le fue abierta fue para ella como sumergirse nuevamente en la acelerada vida que una vez vio en el cansado rostro de Byakuya. El hombre moreno —y el chofer de hacia unos instantes—, silenciosamente le pidió que lo siguiese mientras un aparca coches se llevaba el elegante vehículo al estacionamiento. Rukia comenzó a sudar, era evidente que la vestimenta que llevaba no cumplía con el estricto protocolo del afamado restaurante donde Aizen le esperaba. Ante ellos llegó el gerente en turno del Keyakizaka (6) y murmuró algunas palabras con Zommari, era como si esperase que la sacase de ahí, ya que recibía inquisidoras miradas sobre ella.
—Vamos —murmuró ronco el hombre atezado a Rukia.
Ambos siguieron al gerente por un largo corredor, mientras cada mirada se detenía con atención en Rukia. Y casi juraría que al pasar al costado de una mesa el oír «es ella, la chica de Kimu botan (7)». Sus mejillas se tiñeron de rosado, había recordado algo que continuaba avergonzándola. De par en par, las puertas fueron abiertas y llegaron a un decoroso cuarto privado de reuniones de negocios formales del Keyakizaka, en el afamado salón llamado «Yuki». Contuvo el aliento en cuanto ingresó, Aizen no estaba solo. Habían unas cuantas personas más, algunos rostros que no conocía; pero de entre todos estaba uno que si conocía a la perfección.
—Un poco tarde —Aizen habló.
—Lo… siento, el tren… —comenzó Rukia a excusarse.
—Mil disculpas, Aizen-sama —Zommari presentó sus justificaciones—, se debió de usar el jet privado tal como usted recomendó. ¡Discúlpeme! —Repitió con mayor énfasis al momento de retirarse en compañía del gerente.
—Rukia-san, por favor —señaló el único asiento vacio junto a su viejo amigo Tōshirō.
El mismo joven de blanquecina cabellera mostró su rostro más estupefacto, había sido invitado por Aizen a una cena formal y aparentemente sin ninguna presunción de negocios. Sin embargo, desde el momento que entró en la sala Yuki comprendió que el empresario se traía algo entre manos. Reunidos en torno a la mesa se encontraban los miembros de la rama secundaria de la familia Kuchiki, mismos que no pudieron ocultar su asombro al verlo ingresar. De entre todos los presentes, resaltaba Kōga el líder actual de la rama secundaria. Por un momento, observó a la nerviosa joven y única mujer presente, luego devolvió su entera atención al exquisito festín que degustaba. De soslayó observó una fina línea a penas perceptible en los labios de Aizen. Los murmullos entre la familia que había dejado de ver por al menos cinco años no se hicieron esperar, y en solo un instante el ameno ambiente que se disfrutaba tuvo un giro completamente radical, cortesía del instigador de la noche.
—Aizen-san… —Kōga se vio forzado a intervenir.
—¡Por favor, todos disfruten! —La puerta frontal volvió a ser abierta, y esa ocasión llegó un dueto de música tradicional que comenzó a amenizar la reunión—. Más tarde hablaremos de negocios —expresó duramente, sin la intención de ser contrariado por alguno de los presentes.
Rukia a penas y pudo disfrutar de la deliciosa cena, así como de la música. Su mente estaba completamente enfrascada en su hermano, así como su incomprensión en la aparente reunión familiar que se estaba llevando en aquel restaurante en Tokio. No despegó su vista en todo momento de su comida, pese a que apenas y probó unos cuantos bocados. Sentía algo muy extraño en su cuerpo, y en ese momento solo quería a Ichigo a su lado. De alguna manera, ese vago le trasmitía la fuerza de la que ella carecía. Una hermosa mujer de piel trigueña ingresó con una ligera prisa en su andar, le entregó a Aizen un celular y de igual forma salió por la puerta sin decir o hacer algo más.
—Entiendo… procede —ordenó secamente, dando una orden que cambiaría a más de una vida—. Mi abogada, Halibel —presentó a la mujer que ya se había marchado de la sala, y casi como si un comando programado fuese impuesto con anterioridad, la música que amenizó la cena se retiró. Con la misma agilidad, el resto de los platillos fueron retirados y en su lugar pequeñas botellas se sake fueron colocadas delante de cada uno de los comensales; con la diferencia, de que a Rukia le fue colocada una tableta electrónica con la pantalla en negro—. La traición que puedes ver no es nada... Lo verdaderamente aterrador, es la traición que no puedes ver… **—ella lo observó atenta y nerviosa con sus grandes y hermosos ojos violáceos— Rukia-chan —la tuteó como si fuese una niña—, por favor mira bien, aquella verdad que los reunidos convirtieron en una mentira.
Eran varias fotografías del lamentable estado de salud de Byakuya, así como un video de una de las muchas terapias que realizaba día a día en compañía de dos rostros que le fueron perfectamente familiares. Retsu era la primera de ellas, la otra persona era una joven enfermera a la recordaba bien su nombre, Yuzu, así como su inconfundible apellido… Kurosaki. Envuelta en lágrimas observó a sus familiares, así como a Tōshirō y ninguno fue capaz de mantenerle la mirada; finalmente detuvo su mirada en Aizen que se servía un poco de sake.
—Rukia… —Hitsugaya murmuró con los puños apretados bajo la mesa.
—Ahora sí… — Sōsuke brindó con los reunidos en la sala— hablemos de negocios —terminó por decir y luego bebió, brindando por aquella simple victoria.
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Un automóvil rojo… sin frenos, estampado contra una barrera de contención y un baño de sangre que no pudo ser detenido. Y la ira de un hombre que había sido saciada, ante una traición que ya la esperaba.
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• Ichigo no kēki •
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Era la segunda semana que no se presentaba en Ichigo no kēki, y en todo ese tiempo no se había comunicado con Rukia. Suspiró, arrugando más el entrecejo en la oscura sombra que se proyectaba en la esquina más alejada de la habitación donde Orihime reposaba. Su aspecto desgarbado y desaliñado regresó a sus viejos días —salvo el hecho de que diariamente se bañaba en el hospital—, su barba estaba más crecida, al igual que sus uñas y su aspecto de por sí delgado se volvió anquilosado, ya que a penas y probaba algún bocado. No tenía hambre, y tampoco quería pensar… lo único que deseaba desde lo más profundo de su corazón era cerrar sus ojos y que al abrirlos estuviese en el alquilado cuarto en compañía de Kira y listo para disfrutar de otro día en la cafetería.
Hacía 3 días que Orihime había entrado en coma, y no había indicio alguno de que pronto pudiese despertar. En palabras de Ryūken, «ella presentaba una metástasis múltiple, que la había llevado a un coma urémico». Era solo cuestión de tiempo para lo inevitable. El riñón aparentemente sano, colapsó antes de lo esperado y de ahí el resto de sus órganos le siguieron como una cascada. Su piel ligeramente bronceada, acabó por tornarse amarillosa, signo inequívoco de que las toxinas rápidamente invadían su cuerpo. Se levantó del mullido sofá y cada paso fue una verdadera agonía hasta la cama, tomó un pequeño cubo de hielo y con suma ternura lo pasó por sobre los secos y maltratados labios de su hermana adoptiva. Besó su frente, como si estuviese intuyendo que esa sería la última vez que la vería.
—Necesito tu consejo, Orihime… No se que hacer con respecto a Rukia, ¿debería decirle quien soy realmente, o debo seguir con esta mentira?
La noche anterior, finalmente se había llenado de valor y le marcó a Rukia en la cafetería, sin embargo, extrañamente no la encontró; pese a ser las 6 de la tarde —la hora pico—. Al preguntar por ella, nadie fue capaz de darle razón de su paradero. Momo le dijo que llevaba varios días despareciendo a penas el sol salía y no solía regresar hasta casi la media noche. Era evidente que algo no estaba bien, pero al mismo tiempo no podía ir en ese preciso instante a su lado y dejar a Orihime. Ya lo había hecho una vez, había puesto en un pedestal a otra mujer y lo había pagado muy caro. Hizo su elección, y esa ocasión fue por su hermana adoptiva por quien se quedó. Le marcó a Kira, y le pidió que le dijera a Rukia: «que necesitaba un par de días». No pretendía asustarla y no lo consideraba necesario, al menos, no por ahora.
—Esa respuesta la has tenido siempre ante ti, Kurosaki.
Ulquiorra llegaba puntual a las 7 de la tarde, listo para cumplir la estadía nocturna en la habitación de su esposa en el Hospital Quincy. Su perfecta azabache cabellera, poco a poco se fue cubriendo con delgadas líneas blancas, negras ojeras parecían pintadas bajo el contorno de sus ojos y se le notaba más demacrado —de lo usual—; no tenía un buen aspecto, y todos lo entendían. No todos los días, se moría la esposa de uno de sus amigos. Por un instante los orbes de los varones se cruzaron. Muy lento, el abogado caminó hacia el sillón donde Ichigo estuvo sentado durante algún tiempo y procedió con su rutina vespertina. Desanudó pausadamente la corbata y se quitó el saco, el mismo que lo dobló de la forma en que Orihime le había enseñado. Se detuvo en seco, al comprender todas las cosas que no harían juntos.
—¿Qué ocurre? —Preguntó Ichigo al percibirlo completamente tenso.
—No es nada… —musitó escueto, sin la menor intención de compartir sus preocupaciones con el pintor.
El tórax de Orihime bajaba y subía rítmicamente, y sonrió apacible al verla tan tranquila. Su rostro se había dulcificado nuevamente, y tenía el viejo aire de la mujer de la que se había enamorado. Salvo el tono de su piel, perfectamente disfrazado por los matices anaranjados del cielo, aquel momento era simplemente perfecto para el matrimonio Ulquiorra. Sintiendo que nada debía de hacer ahí, en completo silencio Ichigo se retiró de la habitación. Ya se había despedido, y tal como el litigante le dijo: «la respuesta, ya la tenía ante sí», lo único que necesitaba era el valor para realizarla.
—Kurosaki necesita de ti, amor. Y yo también… Por favor, abre tus ojos —susurró contra su oído, la misma plegaría que repetía desde hacía 3 días.
Ya no era un rumor a puertas cerradas, como lo fue en días pasados. Stark mismo se lo había confirmado aquella tarde en que presentó su renuncia —que su jefe tomó más bien como un "largo periodo vacacional" —. Se presentaban grandes cambios en el Corporativo Senbonzakura, una importante reestructuración se llevaría a cabo a primera hora del día siguiente y se había enterado que…
Un suspiro largo y ahogado salió desde el fondo de los pulmones de Orihime, una extenuante respiración sublime y delicada; la alarma de su habitación sonó con fuerza, cuando una de las máquinas presentó una línea recta. Un escalofrío recorrió el cuerpo de Ulquiorra, se quedó inmóvil cuando el equipo de reanimación llego con Uryū al mando. No fue consciente de quien lo apartó de la cama, o quien lo llevó al pasillo; ni siquiera percibió en que momento llegó Ichigo. Lo siguiente que recordó, fue al médico y amigo suyo saliendo en silencio con el resto del personal que entró en la habitación de su esposa retirando la máquina y Uryū detuvo al vago que intentó ingresar. Cada paso hacia la cama, resultaron ser los más difíciles de su vida, no fue capaz de llegar al borde. Una fina tela blanca cubría el rostro de Orihime, el abogado cayó rendido sobre sus rodillas y estiró su mano hacia donde yacía el cuerpo de la mujer que una vez fue su esposa.
—Ya veo... Así que esto en la palma de mi mano, era tu corazón —fueron las palabras de su amarga despedida.
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• Ichigo no kēki •
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Era el último. Sonrió sumamente satisfecha de su impecable organización, nada quedaba al aire, sin cabos sueltos. Tenía la frente sudorosa y las manos llenas de polvo, pero había valido la pena. Unos golpecitos en la puerta la hicieron voltearse hacia esta.
—Adelante —a penas y despegó sus labios al hablar.
Momo asomó delicadamente su cabeza tras esta—. ¿Podemos hablar?
Rukia esbozó una sonrisa y extendió sus brazos hacia ella, en esos momentos necesitaba un abrazo. Ambas permanecieron en aquel fraternal gesto durante un largo tiempo.
—Gracias por todo, Momo —la chica nombrada la apretó con mayor fuerza, como si tuviese miedo de que al soltarla la perdería. En realidad, sus temores no carecían de verdad—. Todos estos años, has sido mi única y mejor amiga incondicional. Gracias, Momo… —repitió para alejarse, pese a que la joven del molote no lo deseaba— Gracias —le besó ambas mejillas—. Todo esto es tuyo… —señaló los libros de contabilidad— y sobre todo esto —le entregó el título de propiedad de Ichigo no kēki, algo que Hinamori se negó a tomar,
—¡No! —Chilló sobresaltada—. ¡Ichigo no kēki te pertenece! —Gritó fuera de sus cabales.
Rukia la miró hacer su rabieta por algunos minutos, sin decir ni hacer nada, simplemente la miro en completo silencio. En cuanto su amiga se tranquilizó un poco, fue hacia el borde de su cama y ahí se sentó durante algún tiempo, en el cuan ninguna le dijo nada a la otra.
—Momo… ¿por qué es tan difícil que me entiendas? —Se dijo más para ella, que para su amiga en sí—. Ya tomé mi decisión.
—¡No puedes tomar ninguna decisión, porque no has hablado con Ichigo! —Se sintió mal consigo misma por no poder darle una verdadera fuerza. Por ser tan inútil en ese momento en que ella más necesitaba a alguien que la apoyara.
Por un instante, la mención de su vago la ofusco—. Con Ichigo aquí o no… mi decisión ya está tomada —le repitió.
—Pe… pero —balbuceó con lágrimas a punto de brotar y con la garganta hecha un lío.
—Si nuestros destinos están destinados a estar juntos, entonces el destino encontrará la manera de acercarnos nuevamente el uno al otro —se puso de pie y caminó hacia el armario donde se calzó con las zapatillas negras de Christian Louboutin y caminó hacia el espejo de cuerpo entero colocado detrás de la puerta y se admiró… y por un instante no pudo reconocerse. Extendió la mano hacia su amiga y Momo la sujetó en el acto. Ambas admiraron el espacio vació que Rukia dejaba tras de sí. Durante 2 largas semanas se dio el tiempo para arreglar los hechos como Kuchiki Rukia, la chica universitaria. Se armó de valor y juntas descendieron por las escaleras—. Los amo —les dijo a todos los que estaban reunidos en la cocina de la cafetería, soltó la mano de Hinamori y se acercó a esos rostros que tan bien conocía—. Hanatarō, Hiyori, Mashiro, —a cada uno de ellos les besó la mejilla.
—¡Rukia-chan…! —La aludida volteó hacia Momo— No te preocupes —le sonrió, secando las lágrimas que amenazaban con salir de sus ojos esa mañana—, si desde lo mas profundo de tu corazón crees que perteneces aquí... entonces tu corazón pertenece aquí, y si tu corazón pertenece aquí entonces esa es tu razón para esta aquí. **
Sus palabras fueron un aliciente para pedir a Dios que el hermoso deseo de Momo pudiese realizarse algún día no muy lejano. Rukia les sonrió a todos en Ichigo no kēki—. ¡Entonces volveré… eso es seguro! —les dijo al momento de abandonar la cocina, segura de que algún día volvería.
El Mercedes blanco la esperaba, el chofer de inmediato le abrió la puerta. Antes de subir, Rukia le dio una última mirada al sitio que considero su hogar durante tantos años, abordó el vehículo luego de darle un rápido vistazo al cielo azul. Desde el fondo de su corazón comprendió, que no tenía que temer ante lo que sucedería a partir de aquel día. De una manera u otra, el destino se encargaría de reunirlos nuevamente. Distrajo sus pensamientos enredando una y otra vez su cabellera entre sus dedos.
Aquel, era el día predestinado…
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• Ichigo no kēki •
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La puerta del baño se encontraba entre abierta y a pesar de ello, el espejo estaba completamente empañado. Con su gran mano eliminó el vapor excedente y se miró de frente. Hoy era el día y uno que nunca quiso que llegase, y que irremediablemente terminó acechándolo. ¿Cuántos años habían pasado desde la última vez que usó un traje tan sobrio como aquel que le esperaba en la habitación contigua? ¿Cuántos… 10, 15… no 20 años? Tenía una toalla en la mitad de su cintura, levantó su rostro del lavabo y limpió los rastros del agua fría que resbalaban con desidia sobre su espesa barba. Salió del baño y en el medio de la habitación estaba una silla, junto a una amplia cama y colocado elegantemente, la vestimenta que tanto despreciaba.
—¿Seguro? —Inquirió por quinta vez ese día, entrando con una bandeja llena de los implementos para esa petición.
—Vamos, Nell… O llegaré tarde —se sentó en la silla.
La europea había vuelto, y esa ocasión, como una invaluable amiga. Las delicadas y finas manos de Nell acariciaron su rostro, no como una amorosa amante, sino como una madre. Cerró sus ojos y por un momento quiso volver el tiempo, a cuando su propia progenitora le cortaba su cabellera, o cuando su querida hermanita le reprendía al dejárselo crecer tanto, o cuando Orihime se reía de su aspecto… Si, quiso que Dios escuchase su plegaría de volver el tiempo. Una máquina comenzó a zumbar y pronto percibió el helado metal contra su mejilla. Poco a poco, la pesada, descuidada y nefasta barba cayó en pedazos al suelo y en cuestión de minutos la enmarañada cabellera quedó esparcida por el suelo. Abrió sus ojos, al escuchar los tacones alejándose de sí. Se había quedado completamente solo, con la puerta cerrada y con Nell esperándolo en la habitación contigua. Durante un instante, no quiso levantarse de la silla, porque lo sabía, que en cuanto se mirase, la falacia del vago desaparecía. Debió de haber pasado un buen rato en que permaneció inmóvil, porque alguien más ingresó en la recámara.
—¡Vamos! —Le urgió la voz de Grimmjow.
Ichigo se levantó, y se miró al espejo con esa apariencia por primera vez en esos ya 4 años. Había envejecido, de eso no le quedaba la menor duda. Se le notaba afligido y cansado… muy cansado. Las ojeras y las bolsas bajo sus ojos no podían ser ocultadas. Pese a todo, cualquiera que lo viese ahora sabría que ya no era el mismo Kurosaki Ichigo de hacia 4 años. No, ahora era un hombre completamente diferente; ni siquiera podía decirse que el ilustre artista Zangetsu había vuelto, pero tampoco era el vago bueno para nada. El último papel que había representado, y el que más confianza y tranquilidad le había dado. No quería volver al pasado de aquella dolorosa forma, no de esa manera.
Tocaron a la puerta e ingresó al cabo de unos segundos—. El servicio está por iniciar —Nell dijo y de pronto, enmudeció en el acto.
Ichigo lucia gallardo e imponente, con el traje ya puesto y con la apariencia lustrada. Estaba terminando de hacerse el nudo cuando ella ingresó. Durante unos escasos segundos se miró frente al espejo y esbozó una sonrisa que para los europeos fue imposible el comprender. Su aspecto era mucho más varonil y maduro, sus grandes manos y ojos serenos podrían paralizar el corazón de cualquier mujer y hacerla caer rendida a sus pies, pero Nell lo sabía muy bien, que en ese momento, solo una ocupaba su corazón.
Recorrió lento el contorno de su figura en el espejo—. Adiós, vago… —Ichigo murmuró.
Al llegar al evento, su sola presencia opaco el triste acontecimiento que se realizaba durante el servicio funerario, y se tuvo que hacer uso de la seguridad del mausoleo para pedir la retirada de los medios de comunicación. Si, era la nota del día «Zangetsu, había vuelto». Los sacerdotes se encargaron de recitar los sutras durante toda la noche —la de su muerte— y parte de la mañana —durante el velorio—, más tarde su cuerpo fue trasladado hacia el crematorio y un cuarto de hora después, su bella figura se había convertido en un montón de pequeños huesos irreconocibles. Con la mayor devoción que observó —quizás solo comparable con el trato que su propio padre llevó a cabo con los restos mortales de Masaki—, Ichigo admiró en completo silencio el doloroso proceso de colocar sus huesos en el recipiente que la llevaría a su última morada. Luego de colocar los restos de Orihime en la tumba, y dejar las flores blancas que a ella tanto le gustaban; el amargo proceso, finalmente había concluido. El artista se ofreció a llevar al viudo a la casa que una vez compartió con su esposa. En cuanto el hombre de tez pálida abrió la puerta, el artista enmudeció en el acto. No había un solo mueble —a excepción del Butsudan (8) en el que se apreciaba una fotografía de Orihime de cuando estudiaban en el Instituto, con su larga y ondeante cabellera, así como esa grácil sonrisa que la caracterizaba. Ichigo se le acercó, cauto y temeroso, y acarició el grueso listón negro que la enmarcaba.
—Orihime dijo que ese cuadro, reflejaba tu verdadero ser —murmuró al caminar hacia la pintura que Ichigo había realizado de ella meses atrás. Y por lo cual el artista se giró hacia el abogado.
—¿Ulquiorra…?
—Es hora de que me vaya… y cumpla con la promesa que le hice a mi esposa —le dijo al artista al momento de acercársele y entregarle las llaves del departamento—. La primera vez que Orihime y yo hicimos el amor, nos prometimos algo… —su voz se quebró por un instante y cuando se hubo recuperado solo un poco, continuó— y debo cumplirlo, Kurosaki —suspiró.
—No… ¡no debías vender tus cosas para eso! —Fue un comentario tan absurdo e innecesario que el abogado no pudo más que abrir sus orbes en demasía.
—No es un lugar al que desee volver por el momento —explicó extrañamente sereno. De hecho, tenía el mismo temple que una vez vio reflejado en su padre—. ¿Sabes por qué me enamoré de ella? —Ahora fue el turno de Ichigo para mostrarse asombrado y ante su inminente silencio Ulquiorra continuo—. Porque ella era todo lo que yo no soy, ni seré jamás. Amable, bondadosa, risueña… —comenzó a enumerar y poco a poco se fue acercando hacia el gran ventanal que tiempo atrás delimitó la sala— y porque sobre todas las cosas, ella me hacía sentir completo y que nada era imposible a su lado —comenzó a llover, tal vez por él, ya que de sus ojos nunca se derramó una sola lágrima—. Los preciosos recuerdos vivirán siempre en mi corazón. Kurosaki —volteó hacia él y de pronto lo observó inquisidoramente con sus grandes ojos verdes—, ¿eres capaz de mirar a tú corazón y decirle que la amas?
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Era la primera noche sin Orihime, un Déjà vu le invadió. Se parecía mucho, luego de sepultar a su madre, le invadió el mismo sentimiento de desespero e ira que una vez estuvo a punto de consumirlo. ¿Valor…? En ese momento carecía de ello, de un teléfono público marcó los diez dígitos del celular de Kira. Él solo le dijo que ella «se había ido», y le colgó. Permaneció un largo rato ensimismado con el teléfono en mano antes siquiera de ir hacia el automóvil que le esperaba, el chofer le cerró la puerta con gracia y rápidamente camino hacia el volante; sin siquiera preguntar, él lo sabía, a donde debía de ir. A través del espejo retrovisor contempló la tensión de su rostro y encendió el radio en una vieja estación de música clásica japonesa. Descendió del vehículo y sin ninguna prisa subió la pequeña escalinata que le separaba de la puerta de madera, la cual abrió con esa misma llave que usó días antes. Encendió las luces y estás titilaron un poco antes de encenderse. Se quitó el sacó negro que tanto le incomodaba, desanudó la negra corbata y terminó arrojándola a un rincón del estudio; desabotonó los gemelos y los guardo en sus bolsillos, acabó con ese ritual que tan bien conocía, arremangando las blancas mangas de la fina camisa.
El lienzo en blanco le recibió. Molesto y sin necesidad alguna de hacerlo, abrió el bote de pintura blanca cogió una brocha de 6 pulgada que mojó en abundante líquido y comenzó a borrar el inexistente perfil de aquella mujer que representaba sus años más grises. Estaba furioso, pero no con su ex novia, sino con él mismo, por el tiempo desperdiciado, por los años que no volverían, por todo lo que perdió con Orihime… y entonces lo supo, o mejor dicho lo comprendió, que la culpa jamás fue de Misato, sino de él mismo. Y tuvo miedo, de lo que sucedería de ahora en adelante. Casi brutalmente, repintaba el lienzo mientras su mente divagaba en otras preocupaciones, ¡no quería, y no estaba dispuesto a perder a nadie de Ichigo no kēki! ¡Ni a todas esas personas que llegaron a su vida gracias a ella… a su musa… a Rukia…! De su mano se deslizó la brocha que al caer, impregnó de blanco el elegante pantalón así como los zapatos haciéndolos inutilizables. No sabía nada de ella, y ello lo aterraba. Las frías e insulsas palabras de Kira no hicieron más que mella en su corazón «¿y si no la volvía a ver? ¿Qué sería de él?»
—Ya iba a llamar a la policía —le dijo entre vivaracho e intrigado el rubio que jugaba con su sombrero—, Kurosaki-san.
Y ahí los vio, abandonados sobre la mesita de trabajo, la cajetilla de cigarros que nunca acabó de fumar desde hacia años. Dio a penas dos pasos y se encendió uno—. Urahara-san —fue su despectivo e irónico saludo y luego se quitó la camisa.
—Es un mal vicio que pensé que habías abandonado —exclamó apretando su nariz asqueado por el aroma del cigarro.
—Mi papá también fuma.
—¡Fumaba! —Corrigió—, lo dejó cuando tu madre murió —le miro de soslayo, mientras soltaba el cigarro y lo pisaba con fuerza—, por si lo habías olvidado.
—¿Tienes la llave? Supongo que a eso has venido —se giró y Kisuke se la arrojó.
—Hacía años que tampoco miraba ese tatuaje —masculló al observar el intrínseco dibujo de una clavera llameante—. ¿Qué vas a pintar? —Dijo al devolver su atención al lienzo, aunque debería de esperar para ver la obra por retratar ya que la pintura blanca aún estaba fresca.
—Mi perdón —exclamó caminado hacia una puerta cerrada, donde seguramente usaría la llave que recién le habían entregado—, será mejor que te vayas, Urahara-san —dijo colocando la llave en la cerradura.
—Claro, claro —suspiró colocando un pequeño trozo de papel amarillo doblado cuidadosamente junto a la ya olvidada caja de cigarros—. Rukia-chan, está ahí… —le dijo saliendo por la puerta del estudio.
—Tengo miedo —Ichigo murmuró abriendo la puerta.
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Capitulo XI
Cántame esa canción, por favor
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Notas de la autora:
+ Bien, una disculpa enorme por esta falta de actualización. Razones, ¡miles! Y tantos pretextos que no son necesarios decir. Eso sí, creo yo que es un capitulo con un buen regreso.
+ El pintor en quien me baso en el trabajo de Rukia, es Takashi Murakami. Para los interesados.
+ Originalmentemente, no tenía contemplada la muerte de Orihime. Tan solo fluyó delicadamente a través de la pluma y el papel.
+ Recomendación, "A Company Man". Película coreana.
+ Gracias a todos los que han seguido a esta historia durante tanto tiempo +
** Citas del manga.
Glosario:
+ (1) Suiboku, es una técnica de dibujo monocromático en tinta de la escuela de pintura japonesa.
+ (2) Universidad de Sinshu, se encuentra en la prefectura de Nagano en Japón y cuenta con cinco campus en Matsumoto, Nishi-Nagano, Wakasato, Ueda y Minami-Minowa.
+ (3) Mecenas, persona o institución que promociona económicamente las actividades culturales de letras y artes, y a las personas que se dedican a ellas, generalmente dando dinero.
+ (4) Brunello di Montalcino, vino tinto elaborado por la bodega Ciacci Piccolomini d'Aragona en los alrededores de la ciudad de Montalcino, en la región de Toscana, con uvas enteramente Sangiovese.
+ (5) Izakaya, es un típico bar o restaurante japonés, son muy populares en Japón para tomar algo después del trabajo. En una izakaya se sirven tanto comidas como bebidas.
+ (6) Keyakizaka, nombre del restaurante japonés. Ubicado dentro del Grand Hyatt de Tokio.
+ (7) Kimu botan, literalmente " Botón de oro " en japonés. Es la flor que representa a la 9ª división.
+ (8) Butsudan, es un santuario que se encuentra en los hogares y templos de Japón.
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Nos vemos
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