CAPÍTULO 7
EXTRAÑOS
Lo primero que deben saber, lectores, es que en Aventos existe el Mes de la Magia, que es algo parecido a la Navidad. Una inexplicable alegría suele contagiarse entre los habitantes de los distintos reinos de Aventos. Decoran las calles de las ciudades y pueblos con coloridos banderines y faroles nocturnos, e invaden las avenidas con un delicado aroma a canela de los pastelillos. Eso último era lo que recordaba Will con nostalgia, pues para él este año no hubo Magia. Casi había olvidado que rondaban esas fechas, y todo reapareció en su memoria como quien abre un cofre guardado desde hace muchísimo tiempo. Fue una extraña sensación ya que no había pasado ni un año desde la última celebración al lado de su madre, sus amigos, y su hermano.
Segundo, la presencia de los dos Geolitas no le pareció en lo absoluto raro. En Aventos una criatura así solo puede provenir de Bión, el reino de la vida, y posiblemente haya criaturas aún más raras que dos ratas-duende. Lo que sí le pareció raro fue lo que ellas mencionaron… Navidad. Pero por la descripción entendió que se trataba de una celebración muy similar a las que hacía durante el Mes de la Magia.
-Pero dijeron cinco tickets… yo solo veo tres –murmuró Will luego de la extraña visita aquella noche.
-Pues yo me quedo con uno –dijo Lance tras arrebatarle uno de los llamativos boletos.
-Te iba a dar uno de todas maneras –contestó Will. Y guardó el resto en sus bolsillos- Igual no tenemos tiempo para fiestas locales-.
Era verdad. Will y sus compañeros partieron de la posada muy temprano en la mañana pues fugaban de los peligros que acarreaban los tiempos en los que vivían. Detrás de ellos venían Bandidos, Or'khans, Revenant y criaturas que les daban la caza pues ellos tenían una misión muy importante. Pero quizás este día en particular esos detalles sean irrelevantes.
…
El cielo permaneció nublado como era usual en las temporadas de frío en la región del Norte. El grupo había optado por cortar camino a través del gran bosque para llegar hacia los puertos de Hangar, y sobrevivir allí era difícil pues toda la leña estaba mojada, la caza escaseaba y el suelo se había vuelto lodoso. Era eso o enfrentar la vulnerabilidad que ofrecía el sendero que rodeaba las montañas y tardar muchos días en ser cruzado. La elección fue obvia, además, la madre naturaleza ocultaría sus rastros, y Neoh también.
Hace horas que habían dejado la posada abandonada en el bosque y se detuvieron a almorzar sin calcular la hora que era, lo cual era usual. El grupo se había dividido las tareas. Eran siete en total, y a Will le tocó lo más difícil, buscar madera seca. El joven escogió ir solo, y se llevó los odres de agua pues tenía la esperanza de encontrar algún arroyo o estanque para llenarlas. Caminó en silencio a través de los altos robles, pinos y eucaliptos, intentando olvidar por algunos instantes que desde hace meses lo único que había hecho en su vida era correr del peligro… y eso no era propio de un soldado. Will era alto, no más que los dos Elvans que viajaban con él. Su delgadez no lo hacía parecer un guerrero. La camisa de tela gruesa azul le quedaba muy suelta, al igual que los pantalones de piel, y era gracias a la capa que sus hombros parecían tener más volumen. A veces lo confundían con algún noble, por su tez blanca, pelo rubio castaño, nariz ganchuda muy típica en las familias de alta alcurnia de aquel reino, y por los ojos azules… pero no era nada. Will no tenía más herencia que una casita, arados y un pequeño huerto, los cuales fueron destruidos durante la invasión que arrasó con su pueblo y le arrebató a su familia… a todos excepto a Lancelot, su hermano menor.
Will estaba un poco absorto en recordar viejos tiempos. Y una vez más recordó el Mes de la Magia. Y la espesa humedad del bosque se tornó en el recuerdo que más añoraba de aquellas épocas, el olor a la canela de los pastelillos. Resultaba emocionante pensar viejos tiempos, de ya no sentir lodo en las botas, sino la suave y cálida superficie de las callecitas del pueblo; de ya no ver árboles sino casas decoradas con cintas de colores y farolillos; de ya no oír el tétrico graznido de los cuervos, sino el dulce sonido de los carillones que se mecían con el viento. Y de llegar a casa y ser recibido por mamá con un bizcocho de nueces recién horneado y chocolate caliente. Pudo recordar su sonrisa, su calor, su tierna voz, pero una vez más todo se desvanecía y se convertía en la densa y fría neblina del bosque, y era consumido por el dolor pues tenía que aceptar que esos días jamás volverían. La emoción se convirtió en dolor, como las punzadas de una daga en el corazón. Will se apretó el pecho y tragó saliva. Ya había pasado mucho tiempo desde la tragedia, y tenía que superarlo… Por Lance y por él. Pero una vez más sintió mucho ardor en los ojos, y una furia incontrolable. Las lágrimas empezaron a brotar y le quemaban.
-¡No otra vez! –pensó, como luchando consigo mismo por intentar calmarse. La sola imagen de su madre resultaba excesivamente dolorosa, y la furia se extendía por su cuerpo como fuego. Gritó. Cayó de rodillas al suelo y la cabeza le empezó a zumbar -¡Basta! ¡Ya detente! –suplicó repetidas veces hasta que ahogó su repentina ira con un golpe al tronco grueso y áspero de un pino.
El árbol se sacudió violentamente. Las aves que anidaban ahí emprendieron vuelo, y todo el rocío cayó sobre Will como lluvia. Quedó muy empapado, con el cabello revoloteado y los nudillos ensangrentados.
-Duele más que la mierda –gruñó. Pero sentía el alivio de haber aplacado su ira.
Siguió su camino pensando en aquello que acababa de suceder. En reiteradas ocasiones ya había pasado lo mismo. No era un berrinche, como solían decir sus amigos. La primera vez que sucedió fue durante un torneo de lucha en donde enfrentó a un rival injustamente seleccionado, muy superior a él, y este, en venganza por una rivalidad entre academias militares, lo humilló de la peor manera. Eso enfureció a Will de tal manera que el odio lo consumió y atacó a su rival a punta de puñetazos dejándolo medio muerto, consiguiendo así su descalificación y expulsión de la academia. Como era de esperar, luego de aquel incidente, nadie le creyó la historia de que fue consumido por la ira como si esta fuese un fantasma o espíritu. Tampoco tenía esperanzas de que le creyeran ahora, incluso se sintió idiota pues terminó todo empapado y con los nudillos destrozados manchados de sangre.
-Leo y Orbbit se partirían el culo de risa y sería el hazmerreír de la semana–pensó tras un largo suspiro- Que suerte que estoy solo. Aunque con tantos "Feos" tras de nosotros lo mejor será que vuelva de inmediato.
Will caminó un poco, buscando entre los montículos de hojas caídas algo de leña seca, pero era imposible. Las ramas de los árboles también estaban húmedas. Decidió adentrarse un poco más, marcando algunos árboles con la espada para encontrar el camino de regreso. Y la suerte le sonrió cuando encontró en medio de un claro un pequeño estanque. Pero era un claro, y estaba muy vulnerable si se adentraba sin sigilo.
-Viva la experiencia –pensó. Ya los habían emboscado una vez cuando se detuvieron a descansar en un claro, y estando solo no había derecho a cometer un error.
Se acercó con prudencia a través de la hierba alta y se acomodó detrás de un pilar de rocas. No era seguro, pero si nadie lo vio acercarse hasta ahí, sería un excelente punto ciego para cualquier enemigo. Tampoco se iba a quedar mucho tiempo. Llenó primero los odres, y luego se lavó las manos y la cara. El agua estaba helada, pero eso lo hizo pensar mejor.
Ya estaba pensando volver cuando se percató de que no estaba solo. Primero se llevó un fuerte susto, pero no era más que una niña pequeña. Se escondió detrás de la roca y esperó a recuperar el aliento, pues aún estaba aprendiendo a mantener la compostura.
-¿Qué hace una niña aquí? –pensó.
La pequeña parecía perdida, temerosa, llevaba un morralito en la espalda y su única arma era un bastón. Llamaba bastante la atención por su cabello; negro y lacio, que le llegaba hasta la espalda, y cuyos flequillos tenían un corte recto. Estaba muy lejos de Will como para darse cuenta de su presencia, y se acercó a beber agua del estanque. El muchacho quedó un instante fascinado ante la presencia de la niña, pero un gruñido grotesco lo alertó, y supo inmediatamente que era peligro. Sigilosamente alzó la vista y vio a tres lobos grises.
-¡Mierda! –pensó asustado. Empezó a temblar, pero más temor sintió por la niña. Los lobos grises eran una verdadera molestia. Desde que entraron al bosque a Will y a los otros los vinieron siguiendo, pero nunca los atacaban a menos que estuvieran solos o completamente indefensos. Eran cobardes, pero devoraban los restos de comida y eso era bastante útil. Pero aquella niña estaba totalmente indefensa, y sabía que esos lobos preferirían atacarla a ella que a él.
La pequeña no se dio cuenta, se lavaba la cara y entonaba una canción. Will sudaba frío, intentaba hacerle señas, pero ella no lo lograba ver. Tampoco podía saltar sobre los lobos, pues lo superaban en número. Extrañó a su hermano, quien nunca salía sin su ballesta. Temía por la niña, y su corazón se aceleraba, pero sentía miedo.
Notó que ella se dio cuenta y volteó a ver a los lobos, pero no lo vio a él.
-No corras niña –pensó casi llorando. Había visto morir gente, pero nunca había visto morir a un niño. Empuñó su espada y se levantó lentamente, pero la incertidumbre lo hacía dudar- Por lo que más quieras niña… no corras. No corras-.
Respiró hondo. La niña parecía nerviosa y los lobos gruñían amenazantes. Ella empezó a retroceder sin quitar la mirada de los canes.
-No los mires a los ojos. No respires. Niña por favor –suplicaba Will.
Cerró los ojos y se armó de valor. Pero la niña sacó una pequeña flauta con la que entonó una dulce melodía. Eso tomó a Will desprevenido. La música calmó a las tres bestias, quienes se sometieron a su dulce encanto y empezaron a aullar, como si estuviesen cantando.
-He visto a Orbbit hacer cosas raras, pero nada como esto –pensó Will aún más extrañado. Quizá ahora le daba más miedo la niña que los lobos- ¿Quién es y de dónde diantres vendrá?-.
El canto se vio interrumpido cuando una flecha perdida hizo aullar a un lobo, quien cayó muerto delante de la pequeña. Los otros dos huyeron despavoridos y la música se detuvo de golpe. La niña gritó. Y enseguida se oyó el grave resonar de un cuerno.
-¡Un explorador Or'khan! –supo al instante Will. Enseguida otro cuerno más lejos contestó la llamada, y otros dos más por zonas cercanas al bosque- ¡Malditos sean los dioses, nos han rodeado!-.
Will se asomó otra vez, y vio que un Or'khan se acercaba lentamente a la niña sin decir nada, mirándola con ojos amenazadores y pícaros, como el gato montés que juega con su presa antes de liquidarla. Pero la pequeña parecía suplicar en un idioma que el joven no entendía. Sin piedad el Or'khan tensó su arco y apuntó a la niña.
-Duerme con los angelitos, pequeña salvaje –rio el monstruo.
-¡No! –gritó Will cuando estuvo lo suficientemente cerca del monstruo como para hacer fallar su tiro y asestarle una estocada limpia a un lado del tórax. Chilló como era normal, y el Or'khan murió tan dramáticamente como siempre lo hacían. La niña volvió a gritar cuando el explorador cayó, y posó sus ojos enormes sobre Will. El joven le devolvió la mirada y al ver el desconcierto y miedo de la chiquilla se sintió por primera vez como un asesino.
-¡Ima! ¡Ima! –gritaba la niña.
Will le extendió la mano. –Niña ven –le dijo- Estarás a salvo conmigo, tenemos que volver a mi campamento este lugar no es…- Pero la niña lo ignoró y empezó a correr muy asustada. Will entró en ansiedad -¡No huyas, niña! ¡Regresa!-.
Los cuernos retumbaron su grave aullido por el bosque. Y le contestó otro cuerno más agudo en respuesta.
-¡La señal de Artemis! ¡Rayos! –la señal volvía loco a Will, tenía que ir a ayudar a sus amigos, pero la niña estaba sola e indefensa y un explorador Or'khan nunca se alejaba demasiado si no venía con otros. Finalmente decidió dejar sus cosas, tomó la espada y corrió tras la niña.
