Me pareció que el timbre nunca anunciaría el final de las clases. La de Cálculo me resultó terriblemente larga y aburrida y la de Inglés, angustiosa. Me sorprendí mirando hacia el otro extremo del aula (en dirección a Seiya) varias veces, anhelando volver a sentir el entumecimiento mental que me proporcionaban sus brazos, manos y labios.
Rogué que mis amigas no se hubieran dado cuenta. Lita, por supuesto, me creería si le aseguraba que eran imaginaciones suyas; Mina, por el contrario... Bueno, con un poco de suerte Mina estaría demasiado absorta en la clase de gramática de la señora Haruna (sí, sí, cómo no) para mirarme. Probablemente me interrogaría durante horas y acabaría adivinando todo lo que había pasado, por mucho que yo lo negara. Tenía que largarme de allí de una vez antes de que se descubriera mi secreto.
Sin embargo, cuando por fin sonó el timbre, no me apresuré a salir.
Lita se dirigió a la cafetería dando saltitos con la castaña coleta rebotando tras ella.
—¡Estoy deseando verlo!
—Lo entendemos, Lita —dijo Mina—. Quieres mucho a tu hermano mayor. Es muy tierno, de verdad, pero ya has dicho eso como unas... veinte veces. Puede que treinta.
Lita se sonrojó.
—Bueno, es que estoy muy emocionada.
—Ya lo sé —contestó Mina con una sonrisa—. Y estoy segura de que él también se alegrará de verte, pero quizá deberías calmarte un poquito. —Se detuvo en medio de la cafetería y miró por encima del hombro—. ¿Vienes, Usa?
—No —respondí mientras me agachaba y me toqueteaba los cordones—. Tengo que... atarme los zapatos. Adelántense ustedes. No retrasen el encuentro por mí.
Mina me dirigió una mirada de comprensión antes de asentir con la cabeza y empujar a Lita para que siguiera caminando. Además, empezó una nueva conversación para distraer a Lita de mi patética excusa.
—Bueno, háblame de la prometida. ¿Cómo es? ¿Es guapa? ¿Tiene menos cerebro que un mosquito? Cuéntame todos los detalles.
Esperé en la cafetería unos veinte minutos, pues no quería arriesgarme a encontrármelo en el aparcamiento. Era curioso que menos de siete horas antes hubiera estado evitando a un chico completamente diferente... al que ahora me moría por ver. Por muy enfermizo y retorcido que fuera, estaba deseando regresar al cuarto de Seiya. A mi refugio privado. A mi mundo de evasión. Pero primero tenía que esperar a que Mamoru se marchara del aparcamiento.
Cuando estuve segura de que se había ido, salí del instituto envolviéndome en el abrigo. El viento de febrero me azotó la cara mientras atravesaba el aparcamiento vacío, y divisar mi coche sin calefacción no me consoló. Me senté en el asiento del conductor, temblando de manera incontrolable, y arranqué. Me pareció que tardé horas en llegar a casa a pesar de que el Instituto Jubban estaba solo a unos seis kilómetros de distancia.
Había empezado a plantearme si podría ir a casa de Seiya unas horas antes de lo previsto cuando aparqué en la entrada de mi casa y me acordé de mi padre. Genial. Su coche estaba allí, pero todavía no debería haber vuelto del trabajo.
—¡Mierda! —exclamé. Golpeé el volante y me sobresalté como una idiota cuando sonó el claxon—. ¡Mierda! ¡Mierda!
La culpa se apoderó de mí. ¿Cómo podía haberme olvidado de papá? ¿De mi pobre y solitario padre, que se había atrincherado en su cuarto? Salí del coche y subí penosamente por la acera, preocupada de que siguiera en su habitación. Si era así, ¿tendría que derribar la puerta? Y luego ¿qué? ¿Gritarle? ¿Llorar con él? ¿Decirle que mamá no lo merecía? ¿Cuál era la respuesta correcta?
Pero papá estaba sentado en el sofá cuando entré, con un cuenco de palomitas en el regazo. Vacilé en la entrada, sin saber muy bien qué estaba pasando. Parecía... normal. No daba la impresión de que hubiera estado llorando, bebiendo ni nada por el estilo. Simplemente parecía mi padre, con sus gafas de montura gruesa y desordenado pelo obscuro. Tenía el mismo aspecto que cualquier otro día.
—Hola, conejita —dijo levantando la mirada—. ¿Quieres palomitas? Están poniendo una película de Clint Eastwood.
—Esto... no, gracias.
Recorrí la habitación con la mirada. No había cristales rotos ni botellas de cerveza, como si hoy no hubiera estado bebiendo. Me pregunté si eso sería todo. Si la recaída había terminado. ¿Las recaídas eran así? No tenía ni idea, pero no pude evitar sentir cierta cautela.
—¿Estás bien, papá?
—Ah, sí, perfectamente —contestó—. Esta mañana me he despertado tarde, por lo que he llamado al trabajo y les he dicho que estaba enfermo. No me he cogido ningún día de vacaciones, así que no pasa nada.
Eché un vistazo hacia la cocina. El sobre de papel manila seguía en la mesa. Intacto. Papá debió de seguir mi mirada, o imaginárselo, porque comentó encogiéndose de hombros:
—¡Ah, esos estúpidos papeles! Me dieron un buen susto, ¿sabes? Pero al final pensé en ello y comprendí que solo se trata de un error. El abogado de tu madre debe de haberse enterado de que lleva fuera un poco más de lo normal y se precipitó.
—¿Has hablado con ella?
—No —admitió papá—. Pero estoy seguro de que ese es el problema. Tiene que ser eso. No hay nada de lo que preocuparse, conejita. ¿Qué tal el día?
—Bien.
Ambos estábamos mintiendo, pero yo sí sabía que mis palabras no eran ciertas. Él, por el contrario, parecía realmente convencido. ¿Cómo podía recordarle que la firma de mamá estaba en los papeles? ¿Cómo podía devolverlo a la realidad? Con eso solo conseguiría que volviera a encerrarse en su cuarto, o se buscara una botella, y arruinar ese momento de paz ficticia.
Además, no quería ser yo la que se cargara la sobriedad de mi padre.
Era el shock, decidí mientras subía las escaleras rumbo a mi habitación. Simplemente estaba en estado de shock. Pero el periodo de negación no duraría mucho. Al final, acabaría despertando. Solo esperaba que lo hiciera de buen talante.
Me tumbé en la cama con el libro de cálculo delante intentando hacer unos deberes que en realidad no entendía. Mi mirada volvía una y otra vez al despertador situado sobre la mesita de noche. 17:28... 17:31... 17:37... Transcurrieron los minutos y los problemas de mates se transformaron en borrosos diseños de símbolos indescifrables parecidos a runas antiguas. Al final, cerré el libro y reconocí la derrota.
Aquello era enfermizo. No debería pensar en Seiya. No debería besar a Seiya. No debería acostarme con Seiya. Por Dios, si hacía apenas una semana hablar con él me parecía una tortura. Sin embargo, cuanto más giraba mi mundo, más me atraía. No me malinterpreten, todavía lo odiaba con todo mi ser. Su arrogancia me daba ganas de gritar, pero su habilidad para liberarme de mis problemas (aunque solo fuera de manera temporal) resultaba adictiva. Seiya era mi droga. Enfermizo, sin duda.
Pero aún más enfermiza fue la forma en la que le mentí a Mina cuando me llamó a las cinco y media.
—Oye, ¿estás bien? Dios mío, no puedo creer que Mamoru haya vuelto. ¿Estás molesta? ¿Necesitas que vaya a tu casa?
—No. —Estaba nerviosa y seguía mirando el reloj cada pocos minutos—. Estoy bien.
—No te lo guardes dentro, Usa —insistió.
—No me guardo nada. Estoy bien.
—Voy para allá —decidió.
—No —repuse rápidamente—. No vengas. No hay ningún motivo.
Se produjo un momento de silencio y, cuando Mina volvió a hablar, sonó algo dolida.
—Bueno... pero, aunque no hablemos de Mamoru, podríamos quedar o hacer algo.
—No puedo. Voy a... —Eran las cinco y treinta y tres. Aún quedaba una hora antes de que pudiera marcharme a casa de Seiya. Pero no podía decirle eso a Mina. Nunca lo entendería—. Creo que hoy voy a acostarme temprano.
—¿Qué?
—Anoche me quedé levantada hasta muy tarde viendo... una peli. Estoy agotada.
Mina sabía que estaba mintiendo (después de todo, era bastante evidente), pero no me hizo preguntas. En cambio, solo dijo:
—Bueno... vale, supongo. ¿Tal vez mañana? ¿O este fin de semana? Tienes que hablar de ello, Usa, en serio; aunque creas que no lo necesitas. Solo porque sea el hermano de Lita...
Al menos pensaba que estaba mintiéndole para ocultar mis problemas con Mamoru. Prefería que pensara eso antes que la verdad. Dios, era una amiga de mierda. Pero Seiya era algo sobre lo que tenía que mentir. A todo el mundo.
Cuando por fin fueron las seis y cuarenta y cinco, cogí el abrigo y bajé corriendo las escaleras con las llaves del coche ya en la mano. Encontré a papá en la cocina, calentando unas minipizzas en el microondas. Me sonrió mientras me ponía los guantes.
—Oye, papá, vuelvo en un rato.
—¿Adónde vas, conejita?
Vaya, buena pregunta. No había previsto ese problema. Pero cuando todo lo demás falla, es mejor decir la verdad... o, al menos, una parte.
—Voy a casa de Seiya Kou. Estamos haciendo un trabajo para la clase de Inglés. Pero no volveré tarde.
«Ay, por favor —pensé—. Por favor, que no me ponga colorada.»
—Vale —aceptó papá—. Diviértete con Seiya.
Salí a toda prisa de la cocina antes de que me ardiera la cara.
—¡Adiós, papá!
Prácticamente corrí hasta el coche y me esforcé muchísimo para no exceder el límite de velocidad cuando entré en la autopista. No iban a ponerme mi primera multa por culpa de Seiya Kou. Tenía que fijar el límite en alguna parte.
Aunque también era cierto que ya había cruzado varios límites.
Pero ¿se podía saber qué estaba haciendo? Siempre me había burlado de las chicas con las que se acostaba Seiya y, sin embargo, allí estaba yo, convertida en una de ellas. Me dije que había una diferencia. Aquellas chicas pensaban que tenían alguna posibilidad con Seiya; les parecía sexy y atractivo (y supongo que lo era, de una forma retorcida). Creían que era un buen chico al que podrían domar, pero yo sabía que era un imbécil. Yo solo quería su cuerpo, sin ataduras ni sentimientos. Solo quería el calentón.
¿Eso me convertía en una junkie y una zorra?
Detuve el coche delante de la gigantesca casa y decidí que mis actos eran disculpables. La gente con cáncer fuma maría con fines medicinales. Bueno, pues mi situación era muy similar. Si no usaba a Seiya para distraerme, me volvería loca; así que en realidad estaba salvándome a mí misma de la autodestrucción y estaba ahorrándome dinero en terapia.
Subí por la acera y llamé al timbre. Un segundo después, la cerradura chasqueó y el pomo giró. En cuanto la cara sonriente de Seiya apareció en la entrada, supe que, a pesar de mi razonamiento, todo eso estaba mal. Era repugnante, enfermizo y malsano.
Y absolutamente estimulante.
