¡Buenas de nuevo!
Mil gracias las personas bonicas que me dejaron reviews en el último capi, leáse LOL, Breyito-Black-Lupin, HardLovhe, Sariita3, Khadija da Silva, Elizabeth Serena. También a los que leen sin comentar, qué narices, que yo tampoco comento muchos fics que me gustan (la pereza me puede...).
Para compensar que el anterior fue inusualmente corto... en este me he pasado tres pueblos. Es posiblemente el capítulo más largo que he escrito jamás xD Disfrutadlo si llegáis al final -.-
IX. Sobre paseos bajo la lluvia y cama para dos
Max, el pequeño de la familia, se paseaba a sus anchas por la sala de armas observando cada rincón con genuina curiosidad infantil. Aquella armería era una de las más grandes del castillo, aunque pertenecía únicamente a las familias Lightwood y Herondale, estrechamente emparentadas. Sin embargo el único luchador activo de los Herondale, William, prefería evitar aquel lugar y por tanto la mayor parte del tiempo sólo había miembros de su propia familia.
Max siempre había sentido fascinación por las armas, aunque sabía que era demasiado pequeño y débil para manejarlas. Observó detenidamente media docena de arcos plateados dispuestos en hilera, la cuerda de metal entretejido tan tirante y fina como cabellos de mujer. A sus pies había una veintena de aljabas de flechas, las varillas delgadas y pulidas y las plumas de los extremos de un color semejante al oro. A su lado, estanterías y estanterías llenas de las armas más peculiares y extrañas que Max había visto nunca: látigos, lanzas desplegables, espadas de filo extremadamente afilado, mazas con espinas, dagas que surgían de anillos, horquillas de aspecto inofensivo e incluso un objeto punzante que, dedujo, se utilizaba adherido a los nudillos.
Lo que más fascinaba a Max, sin embargo, eran los cuchillos serafín. Había cerca de un centenar de ellos dispuestos en soportes metálicos. Aunque las hojas eran lisas y cristalinas, no relucían a no ser que un nefilim los estuviera empuñando. Max había visto cómo los utilizaban sus hermanos, susurrando el nombre del ángel al que evocaban para que se manifestara su verdadero y letal poder, encendiendo la hoja como una estrella arrancada de los cielos. A él todos le parecían idénticos, pero sus hermanos sabían distinguir cada uno y "ver" su verdadero nombre. Los cuchillos serafín podían decapitar vampiros de un corte, matar hombres lobo de una cuchillada, herir a los demonios más poderosos. La hoja nunca se rompía, y sólo de volvía negra cuando se manchaba con sangre de nefilim.
Sobre uno de los bancos había una caja metálica con intrincados dibujos labrados. Max la cogió por las asas y notó que no pesaba demasiado.
―¿Qué es esto, Izzy? ―sugirió, volviéndose hacia ella.
Isabelle se volvió sobre el taburete giratorio y vio a su hermano sacudiendo una caja de medio metro de anchura en cuyo interior tintineaban varias piezas.
―¡Por el Ángel, Max: deja eso en su sitio! ―exclamó con una exagerada expresión de pánico.
El niño se miró las manos con susto y se apresuró a dejar el artefacto en el mismo sitio en el que lo había encontrado, como si temiera que fuera a explotar en cualquier momento.
―¿Q-qué es? ―preguntó, temeroso.
―Una urna de empuñaduras rotas ―dijo Isabelle en tono tétrico, sacándole la lengua.
Max achicó los ojos con aire vengativo cuando su hermana estalló en carcajadas. Alec, que había estado reparando con precisión milimétrica la cuerda de su arco, sonrió levemente antes de volver a su ocupación.
Eran las diez de las mañana, seguía lloviendo a mares y los hermanos Lightwood, a excepción de Jace, pasaban el rato en la sala de armas. Habían regresado a las seis de la madrugada de una cacería, algo sencillo que no les había requerido más de un par de días, pero ninguno tenía demasiado sueño; era algo que sucedía a menudo, pues la adrenalina tardaba más tiempo en desaparecer del organismo de un nefilim que de un humano corriente.
Jace, como era de esperar, no había quedado satisfecho con aquella insignificante escaramuza y se había marchado al Salón de Reuniones con la esperanza de encontrar una misión que pusiera, aunque fuera un poco más, en riesgo su vida. Alec e Isabelle habían encontrado al pequeño Max cuando se dirigían a depositar las armas, y tras muchos ruegos habían accedido a que les acompañara.
Bueno, más bien Isabelle había accedido. Alec era más paranoico con el tema, y en su mente Max acababa herido de forma mortal al tocar por accidente alguna arma letal. Una parte de él, sobreprotectora en exceso, se negaba a aceptar que también el pequeño sería algún día un cazador que se enfrentaría a seres de pesadilla.
Jace eligió aquel momento para aparecer, aunque Alec lo supo antes de que abriera la puerta. Sonrió para sus adentros antes de darse la vuelta y dejar el arco de nuevo en su soporte.
―¿Hay algo? ―sugirió Isabelle, aunque con notable desinterés.
―Nada ―gruñó Jace de malhumor―. Y cuando digo "nada" me refiero a "absolutamente nada". Ni un mísero hombre lobo haciendo de las suyas, ni un maldito demonio devorando vírgenes. ¿Es que la lluvia les vuelve idiotas?
Isabelle puso los ojos en blanco y volvió a prestar atención al trenzado de oro de su látigo: una de las hebras se había desprendido cerca de la empuñadura y le daba calambres si entraba en contacto con la piel.
―No vas a morirte por descansar unos días, Jace ―dijo―. Creo que te despachaste a gusto con ése nido de demonios. ¿Por qué no haces algo constructivo en tus ratos libres?
―Creo que no eres la más indicada para sugerirme algo así ―le espetó Jace en tono mordaz―. Cuando no estamos cazando pasas todos los días probándote trapos y las noches de fiesta en fiesta en los barrios bajos.
―Se llama "disfrutar de la vida", Jonathan ―se burló la chica, apartándose el pelo de la cara―. Deberías probarlo. Es mucho mejor que estar lamentándose por no poder clavar tu cuchillo en algo.
Alec, un poco ajeno a la conversación de sus hermanos, sacaba lustre a uno de sus cuchillos serafín favoritos. Se llamaba Castiel, y era un regalo que le hizo su padre para su primera cacería. En la empuñadura llevaba las palabras "siempre fuerte, siempre leal" gravadas en idioma antiguo. Nunca había arrebatado la vida de un demonio con él, pero procuraba dejarlo reluciente como el cristal para la siguiente vez que lo usara.
Su mente, no obstante, estaba lejos de concentrarse en lo que estaba haciendo. No podía esperar al momento en el que sus hermanos decidieran irse a dormir y él tuviera la libertad de marcharse sin que le hicieran preguntas…
Jace pateó algo que estaba por los suelos más por aburrimiento que por enfado, y Alec dio un respingo, tras lo cual le dedicó una mirada reprobatoria.
―No creo que nuestro arsenal tenga la culpa de tus malas pulgas, Jace ―le espetó.
Alec sabía bien la razón del pésimo humor de su hermano. Habían suspendido las dos últimas justas por culpa del mal tiempo… aunque a nadie le sorprendía. A la llegada del otoño, en Idris podía llover tranquilamente un mes entero con la intensidad suficiente para volver la liza impracticable para los caballos. Jace tendría que posponer al menos una semana más sus ansias de demostrar su superioridad frente a Will.
Para los que le conocían bien, Jace podía llegar a ser absolutamente previsible.
―Si te sirve de consuelo, hoy podemos pasar la tarde entrenando ―intervino Alec, mirando a los ojos a su parabatai y dispensándole una palmada en el hombro con la mano libre―. Sé que no es lo mismo, pero prometo ser tan agresivo como pueda si eso sirve para que tu sentido del humor mejore. Hasta puedo morderte, como hacías tú cuando empezamos a luchar.
Colocó a Castiel en su soporte y les dedicó a sus tres hermanos una sonrisa deslumbrante.
―Estoy hecho polvo, así que me voy a la cama ―anunció―. Os veré a la hora de la comida.
Y dicho esto salió de la sala de armas con su acostumbrado paso firme. Isabelle, que le había observado marchar con las cejas muy levantadas, intercambió una expresión relajada con Jace.
―¿No lo notas?
―¿El qué? ―sugirió Jace.
Su expresión resultó tan ignorante que Isabelle deseó abofetearlo.
―Está mejor ―explicó―. Ya no parece… deprimido. De hecho… ¿recuerdas haberle visto nunca tan alegre?
―La cacería fue un éxito, y muy corta, debo añadir ―se encogió de hombros Jace―. Sabiendo lo poco que le gusta derramar sangre, quizá ha sido suficiente para subirle los ánimos.
―No todos son tan simples como tú, Jace ―repuso Isabelle con hastío―. Matar a media docena de demonios de bajo rango no el tipo de cosa que pondría una sonrisa en el rostro de Alec.
Jace lo sabía, porque Alec era posiblemente la persona que más le importaba en el mundo. Sencillamente no había querido comentar nada al respecto, esperando ingenuamente que su hermano decidiera hablar de ello. Del mismo modo que Alec era absolutamente empático con él, también Jace podía percibir sus cambios emocionales a través del vínculo que les unía, y en la última semana no había recibido más que buenas vibraciones, algo francamente desconcertante viniendo de él.
―¿Qué importa lo que haya sido si vuelve a estar animado? ―sugirió con fiereza―. A mí me sirve. Deberías alegrarte por él.
Después bostezó ruidosamente, sin molestarse en cubrirse la boca.
―Quizá también deberíamos irnos a dormir ―propuso, frotándose un ojo―. Tengo la sensación de que mamá se enfadará si nos quedamos dormidos sobre la ensalada.
Max e Isabelle estallaron en carcajadas.
―Ay… ―gruñó Simon, frotándose por enésima vez el dolorido trasero―. Es la última vez que te hago caso…
―Podría haber sido mucho, mucho peor ―le animó Clary, intentando contener una carcajada―. Yo me caí de un caballo con ocho años y pasé dos meses con la pierna envuelta en vendas y tablillas.
―Definitivamente, no les caigo bien a los animales… ―se lamentó el chico con expresión dolorida.
Clary sonrió, de buen humor, y se enganchó de su brazo en un gesto cariñoso.
Hacía dos días, Amatis había llamado a Simon a su presencia. El chico se había despedido de Clary con cara de alguien que camina directo a la horca. Sin embargo había vuelto al cabo de veinte minutos con una sonrisa de oreja a oreja.
La razón era muy simple: Amatis, en vistas de su buena relación con Clary, le había "ascendido" por así decirlo a su asistente y chico de compañía. Eso suponía no más fregonas y trapos y emplear todo su tiempo en acompañarla siempre que ella lo requiriera. Clary no cabía en sí de gozo, y la noticia había puesto una sonrisa en su rostro que aún no había sido capaz de borrar.
Aquella mañana ambos habían salido del palacio con la intención de cabalgar. A Simon casi se le salieron los ojos de las órbitas cuando Clary le condujo por las caballerizas y le enseñó un magnífico ejemplar de pelaje blanco moteado en negro y crines también negras.
―¿Es para mí? ―sugirió, patidifuso.
―Por supuesto ―asintió Clary, entrando en el establo y acariciando el cuello del caballo―. Me encanta cabalgar, y sería incómodo para ti tener que seguirme a pie.
Simon puso un pie en el establo y contempló al enorme animal. El caballo notó su presencia y giró la cabeza, observándole con aquellos ojos oscuros y brillantes como canicas. El muchacho tragó saliva.
―No creo que sea buena idea… ―balbuceó.
―¿No me dirás que tienes miedo? ―se burló Clary―. Lo he escogido especialmente porque es rápido pero muy tranquilo.
El chico dio un paso más al frente sin despegar los ojos de enorme animal y levantó una mano de dedos temblorosos hacia el robusto cuello. El caballo bufó, inquieto, cuando la mano de Simon entró en contacto con su pelaje y se encabritó, piafando enloquecido sobre el suelo cubierto de paja. El muchacho retrocedió con aprensión cuando el animal soltó un sonoro relincho y, sin previo aviso, dio un fuerte bandazo que le empujó contra el tabique de madera que separaba los establos.
―¡Simon…! ―exclamó Clary, asustada.
La espalda de éste aterrizó con relativa fuerza sobre el muro, que crujió aparatosamente antes de que Simon se deslizara hasta quedar sentado en el suelo. El chico soltó un quejido de dolor mientras se recolocaba las gafas sobre el puente de la nariz y echaba una mirada aprensiva al caballo, que aún daba furiosos bandazos mientras Clary tiraba de las riendas y le acariciaba las crines en un intento de calmarlo.
―No comprendo lo que ha pasado… ―se lamentó―. Te prometo que suele ser muy tranquilo: mi madre me ayudó a escogerlo.
Lejos de enfadarse o venirse abajo, Simon se puso en pie con precaución de mantenerse lejos del animal y esbozó una sonrisa torcida con un encogimiento de hombros.
―Parece ser que al menos de momento tendremos que conformarnos con ir a pie ―opinó. Se llevó una mano a la parte baja de la espalda―. Aunque hoy en concreto te agradecería que buscáramos un lugar tranquilo donde sentarnos…
Y allí estaban, caminando por los concurridos pasillos y con Simon deseando que todos los huesos siguieran en su sitio. Cojeaba levemente, y un dolor sordo se expandía a pulsos por su espina dorsal, aunque estaba desapareciendo más rápido de lo que jamás admitiría.
―Bueno, vista mi mala suerte, ¿cuál es nuestro plan B para hoy? ―quiso saber.
―Podríamos escatimar algo de las cocinas ―propuso la chica, apartándose unos rizos rojísimos de la cara mientras sonreía pícaramente―. La parte malévola de mi mente siempre piensa mejor cuanta está saturada de azúcar…
―¡Clary! ―la llamó una voz entusiasta.
La aludida enderezó la cabeza y vio a Isabelle saludándola a lo lejos, los brazos desnudos llenos de runas y calzada con sus acostumbrados zapatos altísimos. Llevaba un vestido azul cobalto con ribetes de oro en los puños y el dobladillo que realzaba aún más sus curvas voluptuosas. La acompañaban Jace y Max, el pequeño de los Lightwood, con el que Clary había hablado unas cuantas veces y al que consideraba un niño encantador.
―Izzy ―apuntó la pelirroja con una sonrisa cuando ésta se detuvo frente a ella―. Me enteré de que estabais en una misión… ¿Ha ido todo bien?
―Pan comido ―reconoció Isabelle, quitándole importancia con un gesto de mano―. Sólo eran unos pocos demonios descuartizadores. Jace apenas tuvo tiempo de desenvainar su cuchillo, ¿verdad? ―sugirió, propinándole un codazo a su hermano.
No obtuvo respuesta. Los ojos dorados de Jace estaban posados en Simon, que se había apartado disimuladamente a un lado y se miraba los nudillos en un intento de pasar desapercibido. El nefilim le estudió de los pies a la cabeza, desde las botas con trozos de hierba adheridos al cuero a los cabellos oscuros que se le desordenaban en la coronilla.
―¿Es él? ―apuntó en tono burlón―. ¿Un mundano, en serio?
Clary supo exactamente a qué se refería, pero no fue la insinuación en sí lo que la enfureció. "Mundano" era un término bastante despectivo para referirse a los humanos corrientes, que no tenían ni una gota de sangre subterránea o de ángel en las venas.
Sebastian se había dirigido antes a Simon con aquel desprecio manifiesto, pero él era su hermano. A Jace no tenía porque tolerarle algo parecido.
―Así es ―confirmó, a la defensiva―. ¿Algún problema?
Sin dar tiempo a nadie a añadir nada más, levantó el brazo y cogió con fuerza la mano izquierda de Simon en un gesto más que obvio. Éste abrió mucho los ojos y miró a la pelirroja, totalmente incrédulo, pero Clary se limitó a seguir taladrando a Jace con la mirada.
A Simon le estaba escapando lo que sucedía a su alrededor. De pronto Clary le había tomado de la mano como si entre ellos hubiera algo que hasta entonces hubieran mantenido oculto, y Jace Wayland, aunque sereno en apariencia, parecía un volcán a punto de entrar en erupción ―con desastrosas consecuencias para todos los presentes, por cierto―. Agachó la cabeza y observó la unión que conformaban sus dos manos: la de ella, aunque con los nudillos blancos, era ardiente como si estuviera sosteniendo un tizón encendido. Algo en él le dictaba que debía soltarla, alejarse lo más posible porque en algún momento advertiría la temperatura inusualmente baja de su cuerpo…
…pero Isabelle le estaba observando atentamente, y darse cuenta de aquel simple hecho invirtió toda la mecánica del mundo en su cabeza.
Nadie podía decir que conocía la verdadera belleza sin antes haber contemplado a Isabelle Lightwood. El joven agachó la cabeza, azorado: era la primera vez en mucho tiempo que estaba tan cerca de ella, y a aquella distancia la chica aún era más imponente. Su cabello brillaba como el ébano más puro y sus ojos, oscuros e inteligentes, destilaban una fuerza innegable. La nefilim parecía inundarlo todo con su sola presencia, y Simon no se sorprendió de ser incapaz de siquiera parpadear, porque ello significaba perderla de vista unas milésimas de segundo.
Deseó con repentina fiereza que ella le recordara, que recordara a aquel niño que llegó a Alacante, mucho tiempo atrás, temblando y aferrándose a la mano de Maryse Lightwood con nieve en el pelo. Ya entonces había quedado maravillado con la visión de aquella niña que sonreía con dulzura, el rostro angelical que adivinaba una belleza incipiente que no haría más que crecer con el tiempo.
Esperó ver aquel fugaz chispazo de reconocimiento, pero Isabelle apartó rápidamente la mirada y la posó en Clary con una sonrisa maliciosa.
―Creo firmemente que debemos hablar más a menudo, Clary ―aseguró―. Están pasándote cosas interesantes de las que yo debería enterarme.
Simon balbuceó algo, pero las palabras murieron en su boca en una serie de sonidos confusos. Jace sonrió, socarrón, mientras se ponía las manos en los bolsillos.
―Vuestro amiguito parece muy locuaz, Princesa ―apuntó.
Isabelle se volvió hacia él y le fulminó con la mirada. Con tacones era más alta que él, y a simple vista no parecía demasiado sensato que Jace la hiciera enfadar. Abrió la boca para decir algo, pero inesperadamente Simon dio un paso al frente y habló en su lugar.
―Oye, ¿cuál es tu problema? ―le espetó.
Jace parpadeó un par de veces mientras le sostenía la mirada. Aunque Simon era tan alto como él, estaba mucho más delgado y su rostro en general tenía rasgos más aniñados. Parecía el típico chico al que los gamberros apedreaban y colgaban cabeza bajo de los árboles por simple diversión.
―¿Me hablas a mí? ―sugirió.
―Yo de ti me quitaría la cera de los oídos, Wayland ―repuso Simon con aspereza―. Parece que no oyes muy bien.
―A lo mejor es que mi mente bloquea las conversaciones irrelevantes ―especuló Jace―. Ya sabes, como cuando alguien desafina mientras canta en la ducha. ¿Quién demonios querría oír eso?
―¿Por qué exactamente te molesta que Clary esté conmigo, un mundano? ―insistió el muchacho, con las cejas muy juntas.
Simon, que siempre se había dirigido a los nefilim en mayestático, no solo había empezado a tutear a Jace sino que parecía capaz de morderle si ponía alguna extremidad lo suficientemente cerca. No se había soltado de la mano de Clary en todo el rato, y de hecho había empezado a apretarla con más fuerza de la justa. Jace soltó una risotada.
―No es que me moleste ―garantizó, poniéndose una mano en el pecho en un gesto melodramático―. Es cuestión de sensatez y buen gusto, mundano; sospecho que nuestra princesa tiene una seria carencia de esto último. O tan vez tenga un corazón de oro y por eso favorece a su pueblo, sin importar cuán humilde sea el origen de uno.
Jace se rio de su propio chiste, indiferente al hecho de que sus hermanos y Clary le miraban con absoluta pasividad. Simon pareció considerar que no gesticular en absoluto era muestra suficiente de desprecio.
―A lo mejor deberías explicarnos la gracia, ya que eres el único que se está riendo ―le espetó.
―El sentido del humor no está al alcance de todo el mundo ―repuso Jace sin sentirse ofendido―. Es privilegio de unos pocos, mundano.
―Me llamo Simon.
―Como sea. Otra información que no me resulta relevante.
―Disfrutas humillando a la gente, ¿eh, Wayland? ―prosiguió Simon, imparable. Cada sonido contenía una cantidad palpable de veneno y frustración―. Sólo porque seas un pomposo aristócrata con sangre de ángel, favorecido por la Clave y con más oro del que yo veré jamás, no significa que tengas derecho a despreciar a quien te dé la gana.
Clary le miraba totalmente boquiabierta. ¿Qué se había hecho del Simon retraído que se encogía cuando cualquier otro chico entraba en escena? De no haber estado tan centrada en las hirientes palabras de su amigo, hubiera notado que el color castaño de sus iris había mutado en pocos segundos a un negro brillante como el de la tinta recién derramada. Parecía diferente, furioso. Por un instante, Clary sintió un escalofrío en la espalda que le resultó vagamente familiar.
La expresión altiva de Jace se había descompuesto para dejar paso a una mueca neutra y temible. Le temblaba el labio inferior.
―No tienes ni idea de lo que estás hablando ―siseó, haciendo un ademán hacia delante.
―Jace… ―dijo Isabelle, interponiéndose entre ambos y poniéndole una mano en el pecho―. Cálmate, Jace: él no puede saber…
―¿Crees que lo sabes todo, mundano? ―masculló Jace, intentando desembarazarse del agarre de su hermana―. Tú, de entre todos, cuya mayor preocupación en la vida ha sido que Amatis no te descubra vagueando en algún rincón. Qué vida tan dura la tuya… Como si el destino del mundo pendiera de tus manos. ¿no?.
El oro de sus ojos se había oscurecido hasta adoptar el color de la madera vieja. Parecía dominado por el tipo de furia que controla los aspavientos de un animal moribundo. Simon, lejos de dejarse intimidar, hinchó el pecho en un intento de parecer más amenazador, aunque en aquellos momentos no le hacía ninguna falta.
―Sigues hablando como si estuvieras por encima de los demás ―apuntó―. Suerte que sólo eres el protegido de la Clave, destinado a nada más que matar, y no el heredero de este reino. Idris se merece algo mejor que un tío que se esconde tras la soberbia para que la gente le preste atención.
Miró por un instante a Isabelle, cuya expresión había cambiado de una absoluta perplejidad a un interés refrescante. Se volvió después hacia Clary sin soltarle la mano, y la decisión bullía en sus ojos como fuego.
―Vámonos, Clary ―propuso con firmeza―. No tenemos nada que hacer aquí.
Y dicho esto tiró de ella para conducirla por el pasillo en dirección contraria, arrollando a unas muchachas lobas con coloridos vestidos que se apartaron con sonidos indignados. Clary sencillamente se dejó llevar, demasiado atribulada por lo sucedido como para hacer valer su voluntad.
Debería sentirse satisfecha porque Simon le hubiera plantado cara a Jace, pero nada más lejos de la realidad: la decepción no conocía parangón en su cabeza. Aquel día que parecía ya tan lejano, cuando Jace le había confesado que se preocupada tanto por Alec, Clary habría entrevisto una faceta sensible y más humana de aquel pedante nefilim rubio que había conseguido despertar en ella cierta simpatía. Después de aquello, se sentía profundamente engañada.
Jonathan Wayland seguía siendo un completo imbécil.
Isabelle observó detenidamente a la pareja mientras se confundían con el resto de gente que circulaba por el corredor. Jace, a su lado, seguía sin reaccionar, mordiéndose el labio inferior como si contuviera las ganas de emprenderla a golpes con alguien. La chica era consciente de que acababa de presenciar algo que muy posiblemente no iba a repetirse nunca, como uno de esos hitos que aparecían en los viejos pergaminos que Hodge tenía en su biblioteca: Jace acababa de ser verbalmente noqueado por otro chico, un mundano ni más ni menos. Una parte de ella sentía pena por él porque… venga, era Jace. No era perfecto y comprendía totalmente que a muchos no les cayera simpático, más aún sin conocer sus razones para actuar como lo hacía.
Otra parte, sin embargo, seguía dando vueltas a la imagen del tal Simon, de sus ojos encendidos de determinación tras los cristales de la gafas. Le resultaba familiar de un modo extraño, como cuando a uno lo llevan a un sitio que sólo ha visto en pinturas, pero no conseguía recordar de qué le conocía.
A su lado, Jace soltó un bufido burlón y despectivo que la sacó de sus cavilaciones
―Uhhh… ¿Has visto eso? ―exhaló con una media sonrisa―. He visto cachorritos más amenazadores que ése mundano… Incluso de esos con orejas suaves y ojillos tiernos que vienen a lamerte las botas.
―Jace, ya basta ―le espetó Isabelle, frunciendo el ceño―: no es necesario que finjas conmigo.
La chica vio cómo él se ponía tenso, cuadrando los hombros y frunciendo levemente el ceño, pero se esforzó mucho porque no se le notara.
―¿Fingir? ―repuso, como si se asegurara de que había oído bien―. Isabelle, eso me ofende. Si pudieras hacer una estadística de todos los hombres del mundo, yo estaría en el 0,098 por ciento que nunca ha fingido nada.
―Sé que te ha molestado lo que ha dicho. Eres mi hermano y todo eso, pero debo romper una lanza a favor de ése chico ―aseguró la chica, cruzándose de brazos―: tú solito te lo has buscado.
―No tengo la culpa de que el tal Simon tenga semejante complejo de inferioridad ―apuntó Jace sin darse por enterado―. Prácticamente estaba echando fuego por los ojos…
―Debes estar ciego además de sordo ―siseó Isabelle, elevando el tono de voz. Empezaba a irritarla la vehemente negación de su hermano―: eres tú el que ha quedado en evidencia, Jonathan.
Jace arrugó el entrecejo: odiaba cuando la gente, y muy en especial su familia, le llamaban por su nombre completo. Por lo general sólo lo usaban cuando intentaban reprenderle.
―Me pregunto si has estado en el mismo sitio que yo y contemplando el mismo intercambio de palabras ―repuso, aunque con mayor seriedad―. Yo era el rubio despampanante, no el pringado con las gafas exageradamente grandes.
―Tú mejor que nadie sabes que esto es una simple pataleta ―le acusó su hermana―. Te gusta la princesa, pero eres incapaz de admitirlo. Ni siquiera para ti mismo.
Fue como si algún tipo de mecanismo se hubiera parado momentáneamente en la cabeza de Jace, para empezar a funcionar de nuevo a doble velocidad. Abrió la boca para decir algo, pero las palabras murieron en sus labios y acabó mordiéndoselos, notablemente fastidiado por aquella situación. Después se dio la vuelta y ascendió por la primera escalera que vio, intentando desembarazarse de Isabelle. La chica, incansable, le siguió.
―Interpretaré tu silencio como que he dado en el blanco ―repuso, apartándose unos mechones de cabello de la cara mientras andaba―. Te conozco desde que eras niño: hemos crecido juntos, y eres prácticamente tan obvio para mí como lo es Alec. Bueno, no a ése extremo, pero ya sabes lo que quiero decir. Te quiero, y por eso mismo voy a darte un consejo que espero que valores.
Jace se detuvo, el pie suspendido a medio camino entre un escalón y el siguiente. El clima lluvioso del exterior volvía la luz natural de un tono grisáceo que oscurecía el color de su cabello. Cuando se volvió a mirarla, sorprendentemente serio, sus ojos habían sufrido el mismo fenómeno y eran unos tonos más oscuros de lo habitual.
―Tu problema es muy simple: nunca te han rechazado ―prosiguió Isabelle, relajándose un poco al saber que tenía su atención―. Ir de gallito prepotente te ha servido hasta ahora con todas esas cabeza huecas, pero has encontrado una chica lo bastante sensata como para que eso no la cautive. Además está el asunto de que prefiere a otro, un chico que, aunque muy mono, a tu parecer no te llega a las suelas de los zapatos.
Jace le dedicó una mirada de desdén, como si no creyera que Isabelle hubiera clasificado a aquel desgarbado mundano como "mono".
―Resulta absurdo que estemos teniendo esta conversación ―gruñó―. Es el tipo de cosas que debería hablar con Alec, en todo caso. Él es un hombre y coincidiría de inmediato en que tu teoría es absurda.
―Ja-ja. Alec se pone nervioso simplemente porque alguien le dé un beso en la frente en público, así que creo que soy tu mejor opción para hablar de este tipo de cosas ―apuntó Isabelle.
―En ése caso pondré una excusa que hasta tú entenderás ―protestó Jace, altanero―: no me da la gana. Del mismo modo que tú no hablaste conmigo con lo del caballero hada, ni los dos vampiros gemelos, ni siquiera con lo del hombre lobo que te llevaba diez años…
―¿Cómo demonios te has enterado de lo del hombre lobo? ―sugirió Isabelle, patidifusa―. Ni siquiera Alec lo sabe.
―Una noche fuisteis al mismo tugurio que yo ―apuntó Jace, desviándose momentáneamente del tema―. Esa visión no es uno de mis recuerdos favoritos. ¿No pasaste la semana siguiente escupiendo pelo o algo?
Isabelle, lejos de dar cuerda a sus intentos de salirse por la tangente, le observaba con expresión compasiva. A ella nunca le había gustado alguien de verdad, no hasta el punto de agriarle el carácter como le pasaba a Jace: que su hermano hubiera descubierto tan tarde lo que sentía había herido su orgullo al ver que otro se había adelantado. Deseó que Clary pudiera ver, aunque fuera por un instante, al verdadero Jace, el que se desvivía por su familia y no exigía nada a cambio.
Jace había construido una personalidad que no era la suya, altanera y mordaz, para protegerse de las críticas que le habían acechado desde siempre debido a su complicado pasado familiar. Por primera vez, aquella argucia había jugado en su contra.
―¿Dónde está Max? ―apuntó Jace de pronto.
Isabelle pestañeó y miró alrededor, cayendo en la cuenta de que hacía rato que se había soltado de la mano del pequeño. Conociéndole, el niño habría empezado a descargar su curiosidad sobre cualquiera que encontrara en su camino. No era como si fuera a pasarle algo malo dentro de los muros de palacio, pero…
―Maldita sea ―gruñó y se alejó corriendo escaleras abajo, repiqueteando en el suelo con los tacones.
Jace suspiró con alivio, contento de haber podido esquivar el tema… por el momento. No se sentía cómodo hablando de aquellos asuntos, e Isabelle siempre construía una montaña de un grano de arena.
No podía negar que lo sucedido equivalía a un machacante mal humor por lo que quedaba de día lo cual, se dijo, era como si él y Alec hubieran intercambiado los papeles. Incluso a través de la distancia, sentía el hilo de felicidad que enviaba su parabatai desde, imaginó, su habitación. Ello le irritó aún más: pues sí que dormía a gusto el muy bendito.
Alec caminaba descalzo por el bosquecillo de avellanos en el que Clary y Simon habían merendado sólo unos días antes. Con los puños de la camisa arremangados hasta los codos, el cabello desordenado pegado a la cara y las botas en las manos, parecía más un niño que un cazador que se hubiera enfrentado a mil horrores. Magnus le seguía a poca distancia, silbando alegremente y con las manos en los bolsillos de sus pantalones de cuero. Del pañuelo naranja que llevaba al cuello colgaban pequeña borlas esponjosas, como copos de nieve.
Llevaban minutos sin hablar, pero no había sensación alguna de soledad o incomodidad. Porque Alec se daba la vuelta de vez en cuando, como si bailara bajo la tenue llovizna, y le sonreía fugazmente entre los mechones oscuros que azotaban su cara.
A Magnus aquella visión le evocaba momentos ya vividos, algunos lejanos como sueños de otras vidas y otros más cercanos que aún dolían en lo somero del alma. La misma escena pero en diferentes escenarios, diferentes rostros, diferentes épocas. Veía a aquella hermosa mujer de ojos verde claro sonreírle mientras caminaba frente a él, la brisa marina de Puerto de Plata haciendo ondear su vestido blanco y el cabello negligentemente rubio.
Y a pesar de ello, del inevitable déjà vu, sabía que aquella vez era distinto. Irreversible. Porque algo hacía estremecer su alma ante aquel trivial gesto de felicidad, algo que había buscado sin saberlo durante siglos.
Por supuesto, guardó aquellas impresiones para sí. Lo último que quería era abrumar a Alec con tales trascendentales pensamientos. Apretó el paso, retándose a sí mismo a alcanzarle antes de que se diera cuenta.
Alec, por su lado, disfrutaba de aquel preciado momento de distendida paz mientras se dirigía a ninguna parte en particular. Siempre había sentido una calma dopante al andar descalzo bajo la lluvia, y compartir aquel pequeño placer con Magnus lo hacía todo más tranquilizador.
Rememoró brevemente lo sucedido en la última semana. Había ido a buscar a Magnus el día siguiente de que se hubieran besado bajo el sauce, nervioso y a la vez emocionado, lo cual había dado como resultado pasos firmes y extrañamente mecánicos. El brujo le había abierto la puerta de su cuarto antes de que llamara, con una sonrisa de oreja a oreja, y sin mediar palabra se había lanzado a abrazarle, rebosante de dicha. Alec se había apartado al cabo de unos segundos, ruborizado, y había aceptado en silencio y muy recto la invitación del brujo de pasar a tomar un tentempié.
La habitación de Magnus era muy distinta a como la recordaba de las dos veces anteriores, aunque supuso que la decoración era un problema trivial para alguien que conseguía lo que quería con un chasquido de dedos. Aquel día el verde y el oro reinaban en cada rincón, con muebles de ébano y alfombras con motivos vegetales tapizando el suelo. Ondulantes columnas de humo de incienso quemaban en puntos estratégicos, inundando la habitación de un relajante aroma a vainilla y lavanda. La decena de espejos que cubrían la pared que daba al oeste creaba el fascinante espejismo de que la habitación era el doble de grande de lo que era.
Magnus parloteaba sin parar, riéndose todo el tiempo y haciendo gala de un inagotable buen humor. Aquel primer día, sentados uno frente al otro en una mesa junto a la ventana abierta de la habitación del brujo, Alec había escuchado con interés y fascinación los relatos de algunos de sus viajes. No parecía haber rincón del mundo que Magnus no hubiera visitado. Le habló de valles recónditos donde crecían manzanos dorados bajo perpetuos arcoíris, cascadas de agua caliente que se pulverizaban antes de tocar el fondo, de ciudades lejanas cuyas casas, tan altas que parecían arañar el cielo, estaban construidas en vidrio y metal en lugar de madera y piedra. Le habló de islas desconocidas perdidas en el océano, envueltas de remolinos que se tragaban barcos enteros y barreras de coral tan rojo como la sangre.
―Apenas he visto nunca el mar ―le había interrumpido Alec con una sonrisa fascinada―. Sólo he ido un par de veces a Puerto de Plata, y los asuntos que me han traído allí no me han permitido tiempo para contemplar el paisaje.
Magnus había sonreído, tomándole brevemente la mano sobre la mesa.
―Iremos algún día ―prometió―. Y sentirás la caricia de la espuma en los pies. No es mi lugar favorito del mundo, pero admito que tiene su encanto.
Alec había sonreído ante la propuesta, imaginando una puesta de sol que tiñera el mar y los ojos de Magnus de oro y rojo. Un maullido había interrumpido la conversación, y ambos habían bajado la vista para ver al diminuto gato de Magnus aparecer tras un mueble y acercarse a pasos indolentes, zarandeando lentamente su larga cola peluda.
―¿Siempre está aquí? ―sugirió Alec, inclinándose para rascarle tras las orejas.
―Sale a cazar ratones de vez en cuando, pero es un niño mimado y sabe que aquí tendrá todo lo que quiera ―admitió Magnus, apoyando la barbilla en una mano―. A veces creo que se pone celoso de que preste atención a otras personas.
El gato ronroneó con gusto y después saltó sobre el regazo de Alec, restregando la cabeza peluda contra su pecho. Magnus levantó las cejas hasta que se confundieron con su flequillo.
―Sigo sorprendiéndome de lo bien que le has caído ―murmuró―. Suele ser muy arisco con la gente nueva… lo cual me incluye. El día que le recogí me mordió. Dos veces.
Alec rió mientras aupaba a Presidente Miau y permitía que el gato frotara la cabeza en el hueco entre su cuello y la mandíbula. Magnus le observó en silencio durante unos segundos y decidió mentalmente que era la visión más adorable que sus ojos habían contemplado en su larga vida. Imaginó lo que dirían el resto de nefilim si vieran a al aparentemente apático y serio Alexander Lightwood dispensar tales mimos a un gato diminuto y sonrió para sus adentros.
Aquella primera cita, si se le podía llamar así, había acabado convertida en una conversación distendida que ambos necesitaban, alejándose de la tensión que había reinado entre ellos desde que se habían conocido. Alec se había dirigido a la puerta, consciente de que sus hermanos pronto empezarían a sospechar de su ausencia, pero la mano de Magnus apareció a su espalda y se apoyó en la puerta antes de que tuviera tiempo de abrirla.
Se dio la vuelta con desconcierto, encarándole. De cerca resultaba aún más perturbador, con los labios rosados y brillantes sonriéndole maliciosamente. Su aroma, aquel característico perfume a azúcar quemado y madera de sándalo, golpeó su sensible nariz y disparó un pulso de excitación por su espina dorsal.
―¿Debo rogarte por ello? ―sugirió Magnus con voz aterciopelada―. Eres un ser cruel, Alexander Lightwood.
Alec comprendió en el acto a qué se refería, y titubeó un poco antes de acercarse a él en un beso superficial. El contacto sensibilizó su piel, suave y a la vez abrumadoramente cálido contra sus labios. Todas las veces que le había besado, el chico sentía como si sus piernas flaquearan y le fueran a dejar caer. Aquella nueva y a la vez familiar sensación ardiente ascendió por su estómago y borró su percepción del mundo.
Una vez sumergido en el beso, todo resultaba más fácil, exactamente igual que la primera vez. Alec había hundido una mano en su cabello y la había hecho descender hasta su nuca, presionando con más fuerza contra él. Magnus le había correspondido con entusiasmo, sonriendo ante la creciente soltura de su compañero. Alec aún era inexperto, demasiado tímido para su gusto: romper aquella cohibición, el miedo impuesto a ser natural, era una de las muchas cosas que pretendía conseguir con él.
Alec había dado fin al beso, sus labios despegándose poco a poco como si quisiera decir algo pero no encontrara las palabras adecuadas. Tragó saliva, midiendo su fuerza y deslizando suavemente índice y corazón por la piel sensible de su nuca.
―Claro que no tienes que suplicar por ello ―murmuró con cierto recato antes de marcharse y dejarle en una nube.
Se había visto todos los días desde entonces hasta que Alec había tenido que asistir a aquella fugaz misión, y con cada encuentro se sentía más cómodo en su compañía. Agradecía que Magnus tuviera paciencia con él y no le abrumara yendo demasiado deprisa.
Sin embargo, también había reforzado su impresión de que Magnus era muy… físico en su trato. Él rara vez intercambiaba gestos de cariño con la gente más que ocasionalmente con sus hermanos, pero Magnus era asiduo de cogerle la mano, abrazarle y besarle sin previo aviso. A Alec toda aquella espontaneidad, si bien le producía una sensación agradable, le hacía ponerse tenso al no ser capaz de ser naturalmente recíproco.
Sin que se diera cuenta, Magnus había conseguido darle alcance y le sorprendió pasando un brazo sobre su clavícula, atrayéndole hacia él hasta que su espalda entró en contacto con el pecho del brujo.
―Pillado ―murmuró con aire triunfante en su oído―. Ahora exijo algún tipo de recompensa por mi hazaña.
Alec sonrió levemente, consciente del cosquilleo que el aliento de Magnus producía en la sensible zona alrededor de su oreja.
―¿Y qué sería recompensa suficiente? ―sugirió, siguiéndole el juego.
―Es simple, aunque deberías haberlo hecho antes ―aseguró Magnus―. Lo primero que deberías hacer al regresar de un viaje que pone en riesgo tu vida es llamar a mi puerta y echarte a mis brazos, confesándome entre lágrimas lo mucho que me has echado de menos ―opinó con aire teatral.
Alec se detuvo, soltó un sonido de incredulidad y se liberó de su abrazo.
―¿De verdad me imaginas haciendo algo como eso? ―sugirió con una ceja arqueada.
―¿La verdad?: no ―admitió Magnus tras una corta reflexión―. Sería muy raro viniendo de ti, señor soy-un-bloque-de-hielo. Creería que te han hechizado o que te has dado un golpe muy fuerte. O quizá ambas cosas.
El nefilim se detuvo bruscamente, con los pies desnudos hundidos en un charco sobre hierba y flores blancas casi marchitas. Magnus le imitó, observando su nuca con desconcierto.
―¿Qué ocurre? ―preguntó.
―¿Así que es eso lo que crees? ―repuso Alec sin girarse. Su voz sonaba súbitamente dolida―. ¿Que soy frío y apático?
Magnus echó levemente la cabeza hacia atrás, desprotegido ante aquella imprevisible reacción.
―Alec, no quería decir…
Pero el chico se había dado la vuelta, mirándole fijamente, y parecía un muchacho más joven de lo que era con unas botas demasiado grandes en la mano.
―No sé cómo hacer esto, ¿vale? ―admitió, su voz carente de enfado―. No sé cómo rayos se supone que debería comportarme ―guardó silencio un instante, levantando los brazos para expresarse mejor―. No quiero que pienses que soy alguien ridículo, Magnus. Nunca he estado con nadie antes y tengo miedo de estropearlo todo…
El brujo le observó durante unos instantes sin reaccionar, incapaz de creer lo que acababa de oír. Veía al chico de pie frente a él, con la cabeza gacha, y algo no encajaba en dicha visión: era un cazador de sombras, como así lo evidenciaban los brazos fuertes, las cicatrices viejas y recientes esparcidas por su piel y las Marcas que hablaban de la voluntad de los Ángeles. Y aún así había en él una fragilidad inherente, algo quebradizo oculto tras la fachada firme que pretendía mostrar a los demás. Magnus no era ajeno a las historias de los Lightwood, los guerreros sin piedad que mataban a todos los subterráneos que pasaban bajo sus ojos verdes.
Alec, paradójicamente, era lo menos parecido a un Lightwood que había visto nunca.
―Ven aquí ―pidió, cogiéndole de un brazo y tirando de él.
Y acto seguido Alec sintió los brazos del brujo envolviéndole, atrapándole en su abrazo sorprendentemente cálido en contraste con la lluvia que les rociaba a ambos. Se preparó para la tensión instintiva que sin duda se apoderaría de su cuerpo, pero ésta no acudió.
Resultaba curioso que estar de aquel modo, estrechado en su abrazo, supusiera un acto tan natural en su cabeza. Predestinado. Suspiró profundamente e hizo ascender sus manos hasta tocarle los omoplatos, aferrando la camisa húmeda que se adhería a las formas de su cuerpo. La piel de Magnus era caliente al tacto bajo sus dedos y la fina tela, y Alec cerró los ojos sin quererlo mientras apoyaba la frente en su barbilla. Él no era del tipo de persona que abrazaba a otros porque sí, en aquellos espontáneos gestos de cariño y felicidad que tan a menudo había contemplado. Por lo general sólo le salía de dentro tras situaciones peligrosas, siendo una manifestación del alivio de seguir vivos.
Era una sensación desconocida, y a la vez tenía claro que si pudiera no se alejaría jamás de aquel cálido espacio entre sus brazos.
Magnus le besó la coronilla y luego en la frente. Siguió bajando deliberadamente, haciendo rodar los labios por su mejilla hasta encontrar su boca. Alec sintió la calidez del contacto, el tacto de las gotas de lluvia deslizándose por sus labios, y éstos se abrieron por inercia en un desesperado deseo de más.
En honor a la verdad, el miedo nunca le abandonaba, el temor a que alguien apareciera de repente y le viera besándose con otro hombre en algún rincón que había creído privado. Pero cada vez más había un tinte excitante en el secreto, una sensación de inherente satisfacción al caminar entre los otros nefilim y saber que compartía con Magnus algo prohibido sobre lo que nadie conocía.
Alec suspiró cuando Magnus se alejó, del modo inconscientemente molesto en el que alguien lo hace cuando le arrancan las mantas de encima en una mañana de invierno. Notó la mano de Magnus en su cabeza, enredándose en su cabello mojado, en un gesto que hasta entonces había asociado con un hermano consolando a otro.
―No creo que seas frío ―aseguró Magnus con ternura―. Sencillamente es difícil para ti expresar los sentimientos… y es algo que comprendo perfectamente. Mejorará con el tiempo, ya lo verás.
Alec levantó la mirada, y la expresión tan comprensiva de Magnus le hizo sonreír. Era como si el brujo fuera a aceptar cada uno de sus fallos sin juzgarle jamás. Magnus palmeó frente a sus ojos, emocionado, y le guiñó un ojo en señal de complicidad.
―Puedes empezar ahora mismo ―propuso con súbito entusiasmo―. Di lo primero que te pase por la cabeza. Yo lo hago muy a menudo, y no me va tan mal…
Alec levantó las cejas hasta que se confundieron con su negro flequillo: era un gesto que Magnus le había visto hacer a menudo, y le encantaba la indiscutible inocencia de dicha expresión.
―No, Magnus… ―pareciera que iba a atragantarse con las palabras―. Vamos, es absurdo…
―Inténtalo ―le animó Magnus―: será como un juego. Me encantan los juegos ―añadió, y sólo le faltaba ponerse a dar saltitos para parecer un niño emocionado con un juguete nuevo.
Alec no tenía ni idea de por dónde empezar: su mente parecía un enorme trastero en los últimos días, acumulando vivencias y pensamientos sin orden de una manera que le hacía sentir curiosamente transgresor. Tomó aire, y al hacerlo su sensible olfato se impregnó con aquella familiar esencia a sándalo y, por debajo, a flor de jazmín.
―P-pienso en lo mucho que me gusta el perfume que llevas… ―tartamudeó.
La expresión de Magnus se suavizó, complacida como la de una mascota peluda y adorable a la que uno rasca tras las orejas.
―¿Qué más? ―ronroneó.
Aquello era realmente un juego, se dijo Alec. Uno que Magnus estaba disfrutando a sobremanera. Hundió la mano en su cabello húmedo, revolviéndolo, sintiendo como se le escurría entre los dedos con la ligereza de la seda. Era un negro tan intenso que a menudo presentaba reflejos azules, aunque Alec no sabía si era natural o debido al reiterado uso de tinte.
―Me encanta tu pelo ―murmuró―. Da igual si lo llevas teñido o al natural… Es tan suave que me dan ganas de tocarlo…
Observó sus ojos, tan parecidos a los de un gato. El verde y el dorado no estaban totalmente separados, sino que había motas de tonos intermedios esparcidos por todo el iris. Alec tenía la sensación de que cambiaban a cada instante, como una manifestación más del poder mágico que palpitaba en su alma.
―Nunca ha habido unos ojos como los tuyos… ―aseguró―. Son los más… increíbles que he visto jamás…
Aquel cumplido sí consiguió hacer mella en Magnus, que durante un tiempo que se le antojaba ya muy lejano había considerado sus ojos como una maldición. Lo cierto era que hasta aquel momento nadie le había dicho que sus ojos fueran bonitos: siempre había pensado que la gente de su alrededor ignoraba deliberadamente aquel detalle, incapaces de mirarlos sin pensar en su origen demoníaco.
A Alec en cambio parecían fascinarle: era algo que ya sabía, por supuesto, porque a veces le había descubierto quedándose hipnotizado mirándole a los ojos. Oírselo decir, aún así, era un pequeño placer personal.
Puso las manos en sus hombros en un gesto repentino y le hizo retroceder, provocando que se le cayeran las botas de las manos. La espalda de Alec impactó contra el tronco de un solitario abedul y Magnus se acercó hasta que sólo unos milímetros separaron sus narices.
―¿Y qué más…? ―insistió.
Alec pensó por un momento que debería haber reaccionado de manera muy diferente. Sus reflejos deberían haber actuado, obligándole a moverse en defensa ante un gesto que le había arrinconado contra un árbol. Magnus tenía ése efecto en él, el de atraparle con la guardia bajada, como si confiara que nada en aquel mundo podría hacerle daño si le tenía cerca. ¿Era correcto confiar tan ciegamente en un subterráneo?
Las palabras manaron de sus labios sin reflexiones, venidas directamente del alma.
―Me recuerdo a cada instante lo afortunado que soy de haberte conocido… ―admitió.
Calló en el acto, como si creyera que se había excedido con aquel comentario. Arrugó el entrecejo y le dedicó una mirada incómoda mientras sus mejillas se encendían en rojo.
―No me pidas que vuelva a hacer esto, ¿vale? ―rogó―. Espero que te hayas divertido, porque no volverá a pasar. Seamos sinceros y admitamos que no va conmigo…
Magnus soltó una melodiosa carcajada y le pinchó la mejilla ruborizada con un dedo cuya uña estaba pintada de verde pistacho.
―Demonios, Alexander… ¿Habrá existido alguna vez algo más mono que tú?
Toda la incomodidad que Alec había sentido al soltar aquella retahíla de cursilerías se volatilizó de su rostro para convertirse en una mueca incrédula.
―¿"Mono"? ―sugirió, burlón―. ¿En serio?
―No sé… Tenía la sensación de que llamarte "bomboncín" equivaldría a ganarme una patada en mis partes nobles ―repuso Magnus, bromista.
Después, en un gesto espontáneo, le escondió unos mechones de cabello mojado detrás de las orejas. Nada debería cubrir jamás aquel mágico azul, hipnótico como el mismísimo ondear del mar. Bajó la mirada y encontró sus labios, casi rojos en contraste con su piel siempre pálida, incitantes. Se besaron con la naturalidad con la que el sol desciende hasta fundirse con el mar.
Alec era como pólvora: frío y oscuro en apariencia, pero capaz de consumirlo todo cuando se prendía la llama. Rara vez daba el primer paso… y no obstante cómo se entregaba, curioso como un niño que acaba de descubrir el mundo que hay tras los barrotes de su cuna. Magnus lo notaba en los sonidos suaves que escapaban de su boca, en el estremecimiento imperceptible de su cuerpo cerca del suyo, el calor que irradiaba su piel y que parecía aumentar por momentos.
Le acarició el cuello con lentitud, recorriendo una y otra vez la línea donde empezaba el cabello. Sus pulgares en cambio se paseaban por su mandíbula, presionando cerca de la comisura de sus labios mientras le besaba con más profundidad, colando la lengua en su boca sin encontrar más que reciprocidad.
Alec gimió quedamente cuando Magnus le mordisqueó el labio superior para después chuparle vorazmente el inferior. Era hábil de una forma apabullante: algo en cómo variaba el ángulo del beso a cada instante, cómo sus pulgares jugaban en consonancia con su lengua para crear un despliegue de sensaciones placenteras. Las manos del nefilim se posaron en el pecho del brujo, semicerradas, ignorante de si el deseo compulsivo de abrirle la camisa y tocarle la piel desnuda sería bien recibido.
Magnus le ahorró tener que tomar la decisión. El joven era malditamente tentador, como una fruta dorada y prohibida pendiendo de una rama ―cruelmente― al alcance de su mano. Alec se arqueó instintivamente hacia él, hundiendo los omoplatos en el tronco y acercando sus caderas hasta que casi se tocaron. Movió una mano compulsivamente hasta que sus dedos se cerraron sobre el cabello del brujo, inconsciente de sus gestos mientras permanecía a la deriva en aquella muestra de incipiente pasión. Las manos de Magnus estaban en su cintura, los dedos hurgando ansiosamente sobre la ropa en los huesos de su cadera. Una parte de él se asustaba porque todo en él le gritaba que quería más, y más… Hasta dónde, ni siquiera podía imaginarlo.
Los dedos de Magnus tantearon el borde de su camisa y acariciaron el pedazo de piel adyacente. El estómago de suaves abdominales se contrajo levemente; Alec se estremeció y soltó un siseo entre dientes, apartándose. Magnus temió por un momento haber ido demasiado lejos, haber cruzado una línea que, aunque invisible, aún estaba ahí. La respuesta de Alec, no obstante, fue muy diferente.
―Tienes las manos frías… ―se quejó.
Magnus levantó una de las comisuras de los labios, lo cual dio como resultado una expresión de lo más satisfecha. Sopló sobre sus manos, exhalando un aliento cargado de chispas, y después volvió a sus lentas caricias, colando la mano bajo la camisa y levantándola ligeramente. Alec emitió un sonido quedo, muy semejante a un ronroneo: los dedos de Magnus estaban calientes, tanto que conseguía que la piel se erizara con el placentero contacto. Era demasiado cálido, íntimo. Alec podía sentir la sangre martillearle las sienes, llenándole los oídos de un zumbido agradable que le impedía oír nada más. Miraba a Magnus, cuyo rostro mostraba una mezcla de satisfacción y concentración; la lengua sonrosada le asomaba tímidamente entre los labios, brillantes a pesar de todos los besos que habían compartido. No tuvo tiempo de analizar nada más, porque Magnus se inclinó de nuevo sobre él y capturó sus labios.
Era una sensación muy curiosa, casi mística, sentir sus cuerpos tocarse por tantos puntos; las manos de Magnus en su cintura, apretando lo justo sobre la piel, y las suyas rodeándole el cuello y sumergiéndose en su cabello eran como un lazo por el que circulaban incontables emociones, vibrantes y definitivamente adictivas. Los dedos de Magnus ascendían poco a poco, como si marcara pasos en una senda, toqueteando los huesos de las costillas y explayándose en el relieve de sus cicatrices. El último botón de su camisa reventó, pero Alec no pareció notarlo, perdido en el placentero cosquilleo que los dedos de Magnus provocaban en su abdomen. Pensó si era magia lo que estaba sintiendo, o sencillamente que nadie le había tocado nunca como el brujo lo estaba haciendo, con devoción y un deseo contenido que percibía claramente tras el imperceptible temblor de sus dedos.
Los labios de Magnus abandonaron los suyos y se quedaron suspendidos frente a él, sus narices tocándose levemente. Era la primera vez que le veía ruborizado, lo cual añadía un aspecto sorprendentemente aniñado a la vez que atractivo a su rostro exótico y bronceado.
―Puedo acostumbrarme a tu reserva y falta de romanticismo si lo compensas de este modo ―aseguró, sin aliento.
Alec se rió en voz baja, porque Magnus era una de las pocas personas en el mundo capaz de hacerle reír, y le abrazó fugazmente. Le hacía sentirse importante, aunque aún no supiera la razón, de una manera que jamás había sentido junto a su familia. Sus padres y hermanos le querían y se lo demostraban a menudo, pero jamás se había sentido del todo irremplazable, no del modo en el que lo eran Jace o Isabelle.
Quizá por eso lo que estaba a punto de decir le dolió antes de oír su propia voz.
―Tengo que irme ―anunció con seriedad―. Se supone que debería estar durmiendo: mi hermana irá a buscarme dentro de un rato y no quiero tener que dar explicaciones a nadie.
―Te odio cuando haces eso ―gruñó Magnus con contrariedad.
Sacó las manos de dentro de su camisa, internamente complacido porque Alec no le hubiera frenado aquel atrevimiento. Ni en sus mejores sueños se libraba de un cuchillazo al meter mano de forma tan descarada a un cazador de sombras. Alec inspiró profundamente y levantó la mirada, sus pestañas punteadas de agua como rocío sobre frágiles hojas.
―No creo que pueda verte esta tarde ―dijo―. No en privado, al menos.
―No importa ―aseguró Magnus, aunque no estaba siendo sincero―: tengo trabajo que hacer. Si no acabo cierto hechizo para esta noche, una horda de vampiros furiosos echará mi puerta abajo.
―Te veré mañana, entonces ―prometió Alec, formal.
Allí estaba de nuevo, se dijo el brujo con amargura. Aquella frialdad fingida, una seriedad hiriente que Alec exhibía como una máscara cuando se separaban. Magnus sabía la causa: una mezcla de miedo y orgullo, de temor a que alguien notara los "actos abominables" que habían compartido. Era como si el chico necesitara convencerse a sí mismo de su actuación, de que la apariencia que había creado a su alrededor era sólida como una roca y que nadie podía mirar más allá.
Se forzó a sonreír. No podía pedir de la noche a la mañana que el sol invirtiera su órbita en el cielo.
―Lo esperaré con ansias ―admitió.
Alec le presionó levemente el hombro, del modo en el que lo hacen los compañeros que han vivido juntos mil batallas, y después se alejó en dirección al castillo. Magnus no podía esperar nada más, no por entonces: encuentros fugaces que no disponían de continuidad, bruscamente cortados cuando el tiempo se les acababa.
Se dio la vuelta y le miró mientras se alejaba, moviéndose con aquella graciosa agilidad que exhibían los nefilim. Sus ojos fueron bajando sin darse cuenta, deteniéndose más tiempo del debido en el punto donde el pantalón ceñía las formas de debajo. Se mordió el labio, obligándose a despegar los ojos del lugar donde su espalda perdía el nombre, y chasqueó los dedos.
―Eh, nefilim ―le llamó.
Alec se volvió rápidamente. La lluvia había vuelto semitransparente la tela de su camisa y Magnus podía ver el contorno de algunas de las Marcas que poblaban su cuerpo. Sonrió burlonamente y levantó con un dedo las botas viejas y embarradas del chico.
―¿No llamará aunque sea un poco la atención que vuelvas al castillo sin zapatos? ―sugirió.
Clary entró como un huracán en su habitación y empezó a arrancarse furiosamente los pasadores de jade del pelo, dejando que cayera en rojas ondas sobre sus hombros.
―Ése maldito Jace Wayland… ¿Cómo se atreve? ―gruñía―. ¿A él qué le importa lo que yo haga con mi vida? Y encima despreciándote por ser un mundano… ¡Ja! Cerdo engreído…
Se volvió, esperando que Simon coincidiera con ella o que al menos se mostrara de acuerdo con un asentimiento, pero no hizo ninguna de las dos cosas. El chico seguía de pie en medio de la sala, con las manos colgando a ambos lados del cuerpo y la vista fija en el suelo. Se le habían resbalado las gafas al inclinar la cabeza y éstas pendían peligrosamente cerca de la punta de su nariz. Parecía sobrecogido.
No, aquella no era la palabra. Más bien aterrorizado.
Clary no se equivocaba del todo. Si hubiera podido echar un vistazo a la mente de Simon, la hubiera encontrado caótica e ilegible como páginas recién escritas sobre las que el agua ha emborronado la tinta. Sus pensamientos eran una amalgama confusa de sensaciones vibrantes y contradictorias; de agitación, arrepentimiento y adrenalina. La imagen de él enfrentando a Jace Wayland no desaparecía de sus retinas; hasta un rato antes jamás hubiera osado siquiera levantar la voz en exceso delante de él, y aún así…
…qué vivo se sentía. Valiente, imparable. Como si pudiera hacer frente a la vez a todos aquellos que le habían mirado por encima del hombro. Debería sentirse asustado, porque sabía demasiado bien a qué era debido aquel arranque de temperamento, y a pesar de ello no podía evitar la excitación que aún había vibrar sus nervios.
―Simon… ¿te encuentras bien? ―sugirió Clary, sacándole de su ensimismamiento―. Estás muy raro hoy…
El chico pestañó y posó la mirada en ella. Sus ojos aún parecían extrañamente enfebrecidos.
―¿Hablabas en serio? ―preguntó de pronto.
―¿Qué? ―sugirió Clary, desconcertada.
Simon ladeó la cabeza sobre un hombro, y aquel aire intimidatorio desapareció de su expresión. Súbitamente no quedaba nada del aplomo espontáneo y era de nuevo Simon, inseguro y simpático.
―Antes ―apuntó―. Que si lo decías en serio. Sobre… nosotros.
Clary permaneció unos instantes inmóvil… y entonces se acordó. Ni siquiera había dado especial importancia a lo sucedido: se había limitado a decir y hacer lo que en aquel momento había supuesto que sería un golpe más bajo en el orgullo de Jace. Dado que Simon le había seguido el juego, Clary había dado por sentado que le tenía tantas ganas como ella al chico Wayland.
Había estado equivocada ―y ciega, muy ciega―, y quizá era uno de aquellos errores que alguien no se perdona en su vida.
―Simon, yo…
El chico exhaló dolorosamente, como si alguien le hubiera clavado algo afilado entre las costillas, y cerró momentáneamente los ojos. Sus rasgos se descompusieron, y Clary experimentó lo mismo que sentiría si alguien apedreara a un cachorro en su presencia. Sólo que sentía que era ella la que acababa de lanzar las piedras con demoníaca puntería.
Hizo memoria, y mil y un detalles acudieron como fogonazos a su cabeza, del mismo modo que frases aleatorias de un libro sólo cobran sentido cuando se lee la última línea. Simon siempre pendiente de ella, siguiéndola a todas partes y siendo inagotablemente comprensivo y encantador. Simon con ella en la glorieta, sonriéndole mientras comían dulces que embadurnaban sus labios de azúcar glasé. Simon enfureciéndose al mencionar a Jace Wayland, su mirada tornándose de aquel negro que tanto la asustaba.
Clary sintió un peso frío en el estómago, casi seguro arrepentimiento. Había sido totalmente ignorante, y en su ignorancia había llevado a cabo incontables gestos ambiguos. Palabras, abrazos. Horas perdidas y manos en la frente que con toda seguridad no habían tenido el mismo significado para él que para ella.
Simon tomó aire con lentitud y se apretó la nariz por debajo de las gafas. Estaba dolido, decepcionado: hasta ella podía verlo. Temblaba, como un frágil junco sacudido por una brisa demasiado fuerte.
―Simon… ―empezó Clary de nuevo.
―No, por favor ―la cortó él, levantando ambas manos frente a sí―. ¿Sabes?, olvídalo… Debería haberlo sabido y así ahorrarme este ridículo. Debí imaginar que sólo era una manera de poner a ése cretino en su lugar…
―Es que no ha sido solo eso ―le interrumpió Clary, con la voz dos octavas más aguda de lo normal.
Simon se congeló, con las manos suspendidas ante él en el último gesto de negación que había empezado. Levantó la mirada y la observó por encima de los cristales de las gafas, con la boca convertida en una pequeña "o". Clary le estaba mirando con los grandes ojos verdes llenos de emociones, y el chico se sintió sobrecogido por aquella visión.
La chica tomó aire, tan profundamente que el corsé que siempre llevaba medio suelto le oprimió las costillas. Empezó a retorcerse nerviosamente un rizo que le pendía sobre el hombro, tironeando de él hasta casi hacerse daño. Más aún que los gestos ambiguos que le había dedicado, le vinieron a la cabeza sus propias reacciones: el calor desmedido en las mejillas cuando él estaba cerca, el modo en el que se le cortaba el aliento cuando le dedicaba aquellas intensas miradas. Bueno… ¿no era así como la gente solía describir el amor?
Tal vez también había estado ciega respecto a sus propios sentimientos.
―Siento algo por ti ―admitió, eligiendo cuidadosamente las palabras―. Nunca… me había pasado antes, así que… no puedo decidir qué es exactamente…
La boca de Simon se abrió más de incredulidad al tiempo que sus cejas se juntaban, como cuando alguien se concentra mucho en leer una letra muy pequeña.
―¿Qué? Pero… ¿cómo…? Tú nunca… ―se sentía incapaz de pronunciar ninguna frase coherente―. ¡Nunca me has dicho nada!
―B-bueno… ¿Cómo iba a hacerlo? ―se defendió Clary, sintiéndose repentinamente estúpida―. Eres mi mejor amigo desde que he llegado a Idris, y no quería fastidiarlo todo por pretender algo sobre lo que no estaba segura… Además, a veces me hablas de lo muy maravillosa que es Isabelle, y daba por sentado que...
―¿Que qué? ―sugirió Simon. No sonaba agresivo, más bien desconcertado. Se apuntó el pecho con un dedo―. ¿Que estaba enamorado de Isabelle Lightwood? Clary, a todos los chicos les gusta Isabelle. Es algo… instintivo, supongo. Pero eso no quiere decir que todos estemos enamorados de ella. Es atrayente, no puedo negarlo, pero también caprichosa e inalcanzable, como esos ángeles vuestros. Y admite que en ése tipo de relación el simple mortal suele acabar chamuscado…
―Deja de bromear, Simon ―exclamó Clary, perdiendo la paciencia―. Esto es muy serio…
El chico calló, adoptando un aspecto compungido y casi herido. No era justo, se dijo Clary. Ella debería ser la que pareciera dolida y no él, que acababa de soltar una interminable serie de alabanzas sobre Isabelle.
―¿Estabas celosa de Isabelle, entonces? ―sugirió Simon.
―Supongo. Sabes que también la aprecio, pero eso no quita que esté celosa de ella ―reconoció Clary, agachando la cabeza con el gesto contraído―. Es una cazadora de sombras, alta y guapísima mientras que yo soy un pigmeo pelirrojo que en su vida ha hecho ningún acto heroico…
―Clary, mírame ―pidió Simon.
La chica sintió sus dedos bajo la barbilla, suaves y temblorosos, fríos como siempre eran las manos de Simon. Se mordisqueó el labio inferior con nerviosismo antes de atreverse a mirarle a los ojos, sin saber qué esperaba encontrar. Pero sólo era el Simon de siempre, con la sonrisa leve e inocente de un niño, las gafas demasiado grandes y aquel extraño brillo febril en la mirada.
―¿Qué crees que pasaría si me planto frente a Isabelle Lightwood y me pongo a hablarle incansablemente durante horas de lo mucho que me gustan las justas? ―preguntó el joven.
Clary se lo pensó brevemente, dirigiendo la mirada al techo. Pensar en aquella simple situación la hizo reír, porque Isabelle no era precisamente paciente y tenía cambios de humor muy variables.
―Probablemente acabarías con uno de sus tacones hundido en la espinilla ―teorizó.
―Probablemente ―coincidió Simon con una sonrisa―. Pero tú en cambio te sientas y me escuchas, aunque a veces te aburra…
―No me aburre ―puntualizó Clary rápidamente―. Me encanta que hables conmigo de los torneos, Simon.
―Con más razón ―añadió éste, ensanchando la sonrisa―. Lo que quiero decir con todo esto es que podría haberte ignorado todo este tiempo y seguir yendo tras Isabelle como una patética sombra. No sería el primero ni el último, por cierto. Pero me resulta mucho más… atractivo sentarme con una pigmea pelirroja, con los ojos más increíblemente verdes que he visto nunca, hablando de tonterías y riendo por nada que ir tras una cazadora de sombras con la que no tengo nada en común.
Simon estaba siendo sincero, pero tiempo después su opinión sobre Isabelle Lightwood cambiaría diametralmente. Él, por supuesto, aún no podía saberlo.
―¿Tan difícil resulta de creer, Clary? ―preguntó Simon, y su voz era dulce como el sonido de seda frotándose.
La chica se lo quedó mirando con los labios entreabiertos, sin saber qué responder a aquello. Simon la cogió de las manos, notándolas pequeñas y ardientes entre las suyas, en un intento de infundirle ánimos para seguir hablando. Clary ladeó la cabeza sobre un hombro y le miró con una sonrisa.
―Nunca un chico me había dicho esas cosas ―admitió―. Hasta ahora todos los que han mostrado interés por mí lo han hecho por el renombre que mi padre tenía en Puerto de Plata. Nunca he creído estar a la altura de chicas como Isabelle…
Pero Simon no la dejó terminar. La aferró torpemente por la muñeca y un segundo después sus labios estaban juntos en un beso escueto y a la vez extrañamente inocente.
Simon sabía que nunca se habría atrevido a algo semejante de no tener aquella sobredosis de adrenalina pulsando por su cuerpo, pero también que era lo único de todo lo que había pasado en aquel día de lo que no iba a arrepentirse.
Clary gimió por la sorpresa y se estremeció, pero la otra mano de Simon se cerró sobre su hombro e impidió que se tambaleara. Se atrevió a echar un vistazo al rostro del joven, pero él no la miraba, con los ojos suavemente cerrados y ni una hilera de aquel negro reluciente asomando tras las pestañas. Sus labios eran extrañamente fríos, como cuando alguien olvida su bufanda al salir al exterior en invierno, pero al mismo tiempo gentiles y tímidos como la caricia de un niño.
¿Cómo no iba a querer aquello? ¿Cómo no iba a querer a Simon, cuando ya no imaginaba la vida sin él?
Cerró los ojos, correspondiéndole, haciendo ascender su mano por el brazo de él y arrugándole la tela de la camisa. Clary nunca había imaginado su primer beso de aquel modo, sino como algo mucho más apático con alguien con quien sus padres hubieran concertado un matrimonio. Que ella lo hubiera elegido, que hubiera encontrado a alguien con quien compartir aquella emoción incipiente, era mucho mejor de lo que jamás hubiera soñado.
Simon se echó hacia atrás, repentinamente tenso, aunque intentó disimularlo. Sus mejillas se habían sonrojado y sus labios enrojecido como cuando alguien pellizca con demasiada fuerza. Respiraba muy deprisa y apretaba los puños con fuerza. A Clary no le pareció una reacción del todo normal.
―¿Va todo bien? ―preguntó, dejando momentáneamente de lado lo que acababa de pasar. Tal vez estaba de nuevo enfermo…
―Claro… ―aseguró Simon, sonriendo nerviosamente―. Es sólo que… ¡Guau! Bueno, esto es incómodo del modo en el que lo sería que un sueño se hiciera realidad…
―¿Un sueño bueno? ―sugirió Clary maliciosamente.
―Eso sin dudarlo ―coincidió el chico.
Se acercó de nuevo a ella, y Clary nunca se había dado cuenta de que fuera tan alto hasta aquel momento. Simon se inclinó para depositar un beso, de repente tibio, sobre su frente. Clary notó sus pulgares bajo su mandíbula, rozando la piel como si temiera dañarla, y a continuación se inclinó hasta que sus frentes entraran en contacto.
Se sentía bien. Así sin más. Estar allí con Simon, inclinada sobre él y con sus frentes tocándose, parecía inexplicablemente tranquilizador y correcto. Ya no importaba que él fuera un mundano y ella una nefilim parte de la realeza, simplemente que él había sido más comprensivo y amable con ella de lo que jamás lo había sido nadie.
Le sonrió con complicidad. Incluso había olvidado la escaramuza con Jace Wayland.
Alec gruñó placenteramente y ciñó más las cobijas a su alrededor. Se hizo un ovillo con las piernas pegadas al pecho y sonrió con gusto sobre la almohada.
Una de las razones por la que prefería el otoño e invierno por encima de las épocas de más calor era aquello, acurrucarse entre las mantas mientras escuchaba el viento, la lluvia o la nieve arreciar en el exterior. Así como Jace e Isabelle no dormían si no era estrictamente necesario, él lo encontraba un verdadero placer, más aún cuando las condiciones meteorológicas eran adversas.
Su habitación y su cama eran un reducto donde los problemas habitualmente se quedaban al otro lado de la puerta, un espacio colmado de buenos recuerdos. Aquel era el cuarto que había compartido con Jace hasta que éste fue lo bastante mayor para pedir uno por su cuenta. Los cazadores de sombras no eran diferentes de cualquier otro niño en la infancia si se dejaban de lado los entrenamientos, y ambos junto a Isabelle habían pasado horas incontables fabricando fuertes con colchones y almohadas, disfrazándose con las sábanas y rodando por el suelo poniendo en práctica lo que aprendían en su instrucción. Una vez, Jace se había empeñado en fabricarse un arnés con la cuerda de la cortina y atarlo en las barras del dosel para imitar algunos saltos acrobáticos. Izzy y Alec habían intentado hacerle desistir, y quizá por ello Jace había estado de tan mal humor cuando le llevaron ante su madre con el brazo dislocado y vuelto en un ángulo antinatural.
El sueño empezaba a vencerle, arropado por tan apacibles memorias. Suspiró una vez más y se dio la vuelta, buscando el lado más fresco de la almohada. Su mano impactó contra algo terso y caliente, y sonrió en sueños ante lo agradable del contacto. En respuesta, otra mano se deslizó por su cintura y acabó descansando sobre su estómago, arropándole con las sábanas.
Medio dormido como estaba, la mente de Alec tardó unos cuantos segundos en caer en la cuenta que algo no iba como debiera. Demasiadas manos para estar solo en su cama.
Se incorporó a toda velocidad, abrió los ojos de par en par y casi se le paró el corazón: los ojos de gato de Magnus le miraban en la penumbra, relucientes como dos pequeñas lunas, a escasos centímetros de su rostro.
El susto fue tal que retrocedió bruscamente con una exclamación ahogada y a punto estuvo de caerse por el otro lado de la cama. Se aferró como pudo a las sábanas en un intento de recuperar la compostura.
―¿Qué demonios haces aquí? ―sugirió, alterado―. ¿Y cómo has…?
―Me ofendes ―protestó el brujo, poniendo los ojos en blanco―. ¿De verdad crees que una simple cerradura puede detener a alguien como yo?
Alec intentó que se le normalizara la respiración y observó al brujo de arriba abajo... bueno, al menos la parte de él que no cubrían las sábanas. El cabello le caía sobre los ojos, tan liso que parecía que hubiera pasado largo rato peinándoselo. Tenía las pupilas dilatadas, como las de los gatos en la oscuridad más absoluta, y sus iris eran de un verde más oscuro de lo habitual. Agradeció que como mínimo hubiera tenido la decencia de mantener las prendas en su sitio cuando se había metido en su cama. Se miró a sí mismo, recordó que sólo llevaba una vieja camisa sobre la ropa interior y se subió las sábanas hasta la mitad del pecho, sofocado.
Resultaba totalmente inadecuado que un hombre estuviera en la misma cama que su pareja antes de casarse… aunque algunos jóvenes, entre los que se contaban Jace e Isabelle, no lo siguieran precisamente al pie de la letra. Alec siempre hacía sido más de acorde a lo tradicionalmente establecido, pero… ¿podría aplicarse aquella máxima de decencia en dicho caso? No es como si se hubiera metido en la cama de una jovencita virgen… más bien un subterráneo se había metido en la suya.
Empezaba a dolerle la cabeza, y supuso que la contradicción interna que sentía se exteriorizó en su rostro porque la mirada de Magnus se ensombreció.
―¿En serio te molesta mi presencia aquí? ―murmuró. Parecía decepcionado.
―¡No! ―exclamó Alec rápidamente. Continuó en voz más baja, agachando la cabeza mientras intentaba ordenar sus ideas―. Claro que no. Es sólo que… bueno, no me lo esperaba. Dijiste que nos veríamos mañana.
Aquella respuesta pareció ser más que suficiente para Magnus, que le pasó un brazo por los hombros y depositó un beso en su sien izquierda.
―Soy impaciente ―confesó, sonriendo contra su oído―. Es un defecto del que no me avergüenzo.
Alec frunció los labios como lo haría un niño con una rabieta. Aunque seguía escandalizándole lo que Magnus había hecho, se sentía incapaz de prenderle… quizá porque en el fondo, detrás de todo el decoro, le alegraba que el brujo se hubiera tomado la molestia de acercarse hasta su habitación.
―Bueno, pues vamos a dormir ―dijo Magnus con total tranquilidad, empezando a quitarse la camisa―. Estoy que me caigo de sueño…
Alec se movió raudo y le cogió las manos, evitando que desabrochara un solo botón más. No estaba seguro de cómo iba a reaccionar si Magnus empezaba a pasearse por su habitación luciendo sus encantos a sus anchas. Tomó aire con lentitud, como si una parte de él se sintiera tentado de hacer algo mucho más atrevido, y levantó la mirada.
―¿Qué haces? ―sugirió. Toda aquella situación le parecía de lo más surrealista.
―Aunque te sorprenda, los brujos también dormimos ―apuntó Magnus con naturalidad―. Y esperaba que prefirieras abrazarte toda la noche a mi magnífico pecho desnudo en vez de a mi camisa que, aunque no niego que tiene cierto atractivo, definitivamente sale perdiendo en la comparación.
Alec posó los ojos en su pecho, como si intentara imaginar qué aspecto tenía sin camisa, y sus rasgos se congelaron en una expresión bobalicona que evidenciaba un bloqueo mental de diccionario.
―Creo que estoy pidiendo demasiado… ―suspiró Magnus, poniendo los ojos en blanco.
Se dejó caer sobre la cama, poniéndose de lado y hundiendo la cabeza en la almohada mientras se cubría con las sábanas. Le miró con el entrecejo fruncido, del modo en el que lo haría con alguien que ha empezado a cantar haciendo el pino.
―¿Los nefilim dormís sentados? ―sugirió en son de burla―. Algo más para añadir a mi larga lista de vuestras sorprendentes habilidades.
Alec gruñó en reproche y se recostó, cuidadosamente envuelto en su mitad de la manta. Le dio la espalda al brujo y tuvo la precaución de mantenerse lo más alejado posible de él. Sabiendo cómo era Magnus, sabía que no tardaría en hacerse oír de nuevo.
―¿Estás enfadado? ―le oyó decir. Su voz era baja, cautelosa, como si temiera su reacción.
Por supuesto que no estaba enfadado, pero sí se sentía algo violento. Hasta entonces aquel había sido un reducto solo suyo, donde podía esconderse de todos los problemas y aguardar pacientemente a que éstos desaparecieran. Porque eso había hecho toda su vida… Esquivar las complicaciones, enterrar las dificultades con la esperanza de que no entorpecieran su vida.
Bien pensado, en eso consistía una relación, ¿no? En dejar que la otra persona viera más allá, abrir todas las puertas de par en par y poner la única llave en su mano, confiando en que sabría comprender lo que viera tras cada umbral. Y él quería confiar en Magnus, con todas sus fuerzas, pero el cambio no le estaba resultando fácil.
No tenía ni idea de cómo expresar todo aquello con las palabras adecuadas, así que en su lugar tanteó el espacio entre las colchas y aferró la mano de Magnus. Tironeó suavemente de su muñeca y la pasó por encima de su costado, dejándola descansar en su estómago. Al cabo de unos segundos, notó que Magnus se arrimaba más a él, hundiendo las rodillas en el hueco de las suyas y deslizando la mano derecha bajo la almohada, como si intentara abarcarle entero.
Encajaban perfectamente, cada curva de sus cuerpos amoldándose a las del otro. Alec sentía el aliento calmado de Magnus impactarle en la coronilla, su nariz hundida en su cabello, y se lo imaginó sonriendo contra su cabeza. Aunque ―afortunadamente― llevaba pantalones, notaba el calor que irradiaba su piel a través de la ropa y oía su respiración, lenta y profunda, como siempre había imaginado que sería el arrullo del mar al llenar el silencio.
No se estaba mal. Nada mal, para ser sinceros.
Su abrazo era reconfortante, más tranquilizador que nada que hubiera sentido jamás. Inocente. Tan cálido que sintió deseos de llorar de felicidad. Sonrió adormilado, pegando instintivamente la espalda al pecho de Magnus. Podía acostumbrarse a compartir su cama con él, a sentirle unido a su cuerpo como si no existiera distancia entre ellos.
Aquella noche durmió de un tirón, soñando con el mar que algún día verían juntos.
Magnus gruñó con molestia cuando un inoportuno rayo de luz incidió en sus ojos. Mascullando maldiciones en una lengua ya extinta, chasqueó los dedos para cerrar las cortinas y se arropó con las sábanas. Se dio la vuelta en un intento de encontrar una posición más cómoda, donde ninguna dichosa condición atmosférica siguiera molestándole… pero entonces recordó que no estaba en su habitación y el sueño que sentía se volatilizó como si le hubieran echado agua helada por encima.
Abrió los ojos, tan aptos para ver en la oscuridad como los de los gatos, y suspiró de forma soñadora. Él había acabado casi al borde de la cama, pero Alec seguía exactamente en el mismo punto aunque de cara al colchón. Magnus experimentó un impulsivo deseo de moverse hacia él y volver a abrazarle estrechamente como la noche anterior, pero parecía estar durmiendo tan a gusto que prefirió no hacer nada que pudiera despertarle.
En su lugar le observó detenidamente, memorizando cada detalle de aquella visión con intención de conservarla para siempre. Verle dormir le inspiraba un sentimiento de tranquilidad y cariño que ya apenas recordaba. Había una belleza casi poética en el contraste abrumador del cabello totalmente negro sobre la cara roja por el calor y la almohada impolutamente blanca. La leve camisa se le había movido y dejaba al descubierto el hombro derecho, pálido y cruzado por dos ancianas cicatrices y una runa que tiempo después sabría que era para mejorar la memoria.
Buscó la mano de Alec bajo la almohada y entrelazó los dedos de ambos. El chico suspiró en sueños, agradeciendo el gesto, y se movió un poco en su dirección como si buscara instintivamente su calor. Magnus sabía que no reaccionaría con tantas confianzas de estar despierto, y aún así consiguió enternecerle.
Alec parecía más joven cuando dormía: casi era fácil pasar por alto que era un cazador de sombras cuya fuerza y habilidad excedían por mucho a la de cualquier ser humano corriente. Por lo general tenía un gesto de constante alerta en la cara cuando estaba en público; en su cama, sintiéndose a salvo, sólo era un chico con rostro de niño y las mejillas ruborizadas.
El nefilim suspiró y parpadeó, perdido momentáneamente en la confusión que sigue a un apacible despertar. A continuación notó su mano entrelazada con la de otra persona y levantó la cabeza como un resorte, encontrándose con Magnus y su sonrisa deslumbrante y genuina.
―Buenos días, ojos azules ―saludó éste con voz melodiosa.
―Magnus… ―murmuró Alec, tomando aire con lentitud.
El brujo ensanchó su sonrisa en respuesta, porque oír su nombre en los labios de Alec siempre era como ver el sol entre las nubes.
―¿Quién sino? ―se burló. Tronó los dedos y las cortinas se abrieron, dejando entrar la luz mortecina del amanecer.
Alec negó con la cabeza, sonriendo, y se incorporó ágilmente. Su pelo estaba aún más alborotado que de costumbre, lo cual le daba un aire casual y genuino que no podía imitarse. Los ojos soñolientos con las largas pestañas entornadas eran del azul del cielo en primavera. Alec se apresuró a recolocarse la camisa sobre el hombro antes de sentarse al borde de la cama.
Saltó con energía fuera de la cama, desperezándose sin demasiado esfuerzo. Su organismo estaba programado para la acción aún cuando supiera que no tenía misión alguna aquella mañana. Él, aún siendo especialmente dormilón en comparación con sus hermanos, era habitualmente incapaz de permanecer en la cama hasta más tarde de las ocho.
Giró sobre sí mismo y descubrió a Magnus mirándole con una sonrisa torcida, apoyado en la cama sobre un codo.
―¿Qué…? ―sugirió Alec, desconcertado.
―Nada. Estás muy guapo recién levantado ―opinó Magnus.
Alec parpadeó un par de veces y después agachó la mirada, ruborizándose como cada vez que Magnus mencionaba alguno de sus atributos físicos. El brujo parecía sentir una fascinación desmedida por su aspecto que aún entonces era incapaz de comprender. ¿Qué tipo de persona le dedicaba a uno un cumplido estando despeinado, con ojeras y una vieja camisa de dormir?
Miró hacia abajo y se apresuró a buscar sus pantalones a los pies de la cama. Magnus encontraba divertido que no quisiera que le viera en ropa interior cuando de hecho le había visto con menos ropa nadando en el río. Era otro de sus encantos… aunque una parte de su mente traviesa pensó en cómo reaccionaría si chasqueaba los dedos en aquel instante y hacía desaparecer todas sus prendas.
Uh, no. No resultaba prudente provocar a un nefilim cuya habitación tenía con toda seguridad un arsenal oculto bajo la ropa de cama.
Alec caminó descalzo hacia el cuarto de baño y se echó agua en la cara, intentando decidir cómo reaccionar al volver a la habitación. Una parte de él seguía sintiéndose incómoda porque Magnus estuviera allí, como si pasar más tiempo juntos le diera más oportunidades de arruinarlo todo… pero por otro lado recordaba los minutos antes de dejarse vencer por el sueño, sus brazos fuertes y tibios rodeándole estrechamente en un ademán protector. No podía evitar pensar que había sido romántico, casi idílico.
Afortunadamente, la primera visita de Magnus a su dormitorio no había sido como él había imaginado. No era que desconfiara de Magnus… pero los brujos no tenían buena fama en lo que a relaciones se refiere, y les precedía una reputación de lascivos amantes de multitud de mortales y otros tantos subterráneos. Aquella noche, sin embargo, había sido como una prueba que Magnus había pasado seguramente sin ser consciente de que le estaba midiendo. Le había dejado en claro que sus intenciones no eran básicamente lujuriosas y para él, acostumbrado a la multitud de conquistas de sus hermanos, era algo que tenía mucho valor. No quería un amante para unas pocas noches, y Magnus le demostraba cada vez más que aquella no era ni mucho menos su intención.
Volvió a la habitación tras haber intentado peinarse (con escaso éxito, como era habitual) y encontró a Magnus analizando con interés los objetos esparcidos por la cómoda. Había un poco de todo, desde partes de su equipo de cuero a libros abiertos por páginas al azar, una libreta de notas sobre diferentes criaturas a las que había cazado, una daga de mano… Al menos sí eran compatibles en lo que a niveles de desorden se refiere.
El brujo se volvió hacia él al verle entrar, y sonrió como si se sintiera realmente dichoso. Debía haber usado magia hacía poco, porque no había otra explicación para que su pelo estuviera de nuevo de punta, teñido de morado y amarillo, y que vistiera una camisa verde hierba con un pañuelo blanco al cuello sobre unos sencillos pantalones negros. Parecía alguien salido de algún cuento de hadas mientras él… bueno, sólo era Alec recién levantado.
―¿Y ahora qué? ―sugirió Magnus, acercándose a él. Sus botas repiqueteaban en el suelo al andar, como algunas que solía llevar Isabelle.
―Ahora irás a terminar el hechizo que con toda seguridad aún tienes pendiente ―apuntó Alec con un encogimiento de hombros―. Y yo tendré que correr, porque según mis cálculos ya llego tarde.
Magnus parecía decepcionado, pero hizo su mejor esfuerzo por no exteriorizarlo. Alec sabía que debía decir algo antes de que se marchara, hacerle saber de algún modo que valoraba lo bien que se estaba portando con él y la paciencia que estaba teniendo.
―Me gustaría que durmieras conmigo más veces… ―murmuró de pronto.
Supuso que no era la confesión apasionada que Magnus debía estar esperando, pero fue suficiente para hacerle sonreír de nuevo, y esta vez con un toque de picardía.
―¿Tanto te gustó? ―sugirió el brujo.
Alec asintió con dos manchas rojas extendiéndose por sus mejillas. Le miró de soslayo mientras se metía las manos en los pantalones al no saber de repente qué hacer con ellas.
―He dicho dormir, que quede claro ―puntualizó.
―Ya cambiarás de opinión ―aseguró Magnus, enseñando su blanca dentadura mientras se dirigía a la puerta.
Bueno, se dijo Alec para sí, quizá en parte les intenciones del brujo sí eran algo lascivas. Sonrió ligeramente y observó el cielo al otro lado de la ventana: había dejado de llover por primera vez en días, aunque el cielo aún era un tapiz irregular de blanco y gris. Las gotas acumuladas en los árboles que veía bajo su ventana los hacían relucir con el débil resplandor del alba. O tal vez se sentía tan optimista que todo le parecía hermoso.
Se volvió hacia Magnus y se quedó momentáneamente helado. Éste estaba a punto de abrir la puerta para marcharse, pero él fue más rápido y se lanzó sobre él a toda velocidad.
―Espera ―exclamó con firmeza, tirando de la manga de su camisa.
Magnus se volvió hacia él con expresión de susto y miró la puerta de reojo. Pudo oír pasos al otro lado, alguien que cruzaba el corredor de izquierda a derecha. Comprendió en el acto: no resultaba procedente que alguien le viera salir en plena mañana ―ni en ninguna otra hora del día― de la habitación de Alec. La gente se apresuraría a formular las obvias teorías y en menos de tres horas todo el mundo les señalaría con el dedo. A él no le hubiera importado… pero por lo visto a Alec sí. Sus ojos le miraban implorantes, casi atemorizados, cuando le dedicó una explicación.
―Supongo que entenderás que no quiera… airearlo por ahora ―murmuró.
―Lo entiendo ―aseguró Magnus, tratando de camuflar su amargura.
Se inclinó y le dio un beso rápido, corto y casi juguetón. Aquello sirvió para disolver la tensión entre ambos y para que Alec apoyara brevemente la frente en su mejilla, como si buscara en él un punto de apoyo.
―El pasillo está vacío ―anunció el chico transcurridos unos segundos.
Guiño poco o nada discreto a Sobrenatural :3
Esto es posiblemente lo más curqui/rosa que he escrito jamás. Perdonadme, pero en mi visión perfecta de una escena romántica siempre hay lluvia y besos bajo los árboles *huye*.
