Capítulo 10: Stronger Than You.

"Or else friend you are going to have a bad time."


El primer sueño de Sans resultó ser una pesadilla. Al principio no había imágenes o una situación concreta en la cual situarse, pero la sensación de ser pequeño, indefenso e impotente frente a una voz en una tipografía que nunca había conocido era igual de clara que una grabación activada dentro de su cráneo. Luego empezó a sentir una presión tirando de su cuello y de inmediato la voz en tipografía salía mezclada con la voz de la señorita Frida.

Ella (o esa otra persona) le pedía hacer algo que él no quería hacer y no sabía lo que era, pero la mera sugerencia le hacía estremecer su centro, apretujado en un helado compartimiento. Ni siquiera sabía a qué le tenía miedo, pero sabía que era algo que no iba a deshacerse sin importar cuánto fuera sacudido, gritado, ordenado, convertido en una insignificante criatura que perdía su propósito apenas dejaba de realizar su truco. Lo peor era lo familiar que era todo, el saber que nada de lo que hiciera iba a cambiar lo que estaba pasando.

En algún momento, la voz que también era la señorita Frida se diera cuenta de que no quería (no podía) hacer lo que ellos buscaban, de modo que le dejó perder apenas un poco de la presión en su cuello antes de alejarse de él, invadiéndolo de un nuevo miedo que ya no tenía nada que ver consigo mismo que todavía le hizo estremecer. No podía dejar que hicieran lo que querían. No podía permitirlo. No podía, no podía, no, no, no…

Sans abrió los ojos. Estaba todavía oscuro en su habitación, pero el hecho significaba nada ante la luz de un suave color verde que salía desde abajo. Antes de poder ver de lo que se trataba una mayor confusion ocupó su mente al percatarse de que Papyrus estaba en la misma cama que él, bajo sus mismas sábanas, y era el calor de su cuerpo contra el cual se había acurrucado en medio del sueño.

Teniendo mucho cuidado de no despertarlo, Sans se fue percatando de que estaba en el última en la fila de lechos, lo que quería decir que él estaba en la cama de Papyrus en lugar del otro en la suya. Eso explicaba porqué estaba en el borde mismo del colchón. No recordaba haberse levantado en ningún momento por algo así.

Pero ni siquiera eso era la parte más extraña de esa situación. Una vez pudo ubicarse en el espacio, Sans finalmente sintió curiosidad por el brillo verdoso que sucedía entre ellos. Su alma y la de Papyrus estaban completamente fuera de sus pechos, brillando uno justo en frente de otra pero sin llegar a tocarse. La luz celeste y naranja que emitían naturalmente cada uno se entremezclaba por donde entraban en contacto. La intensidad de la misma los iluminaba con su brillo incluso desde debajo de las sábanas y llegaba hasta las facciones del esqueleto más alto.

Sans nunca antes lo había visto antes tan relajado, siempre animado y en movimiento para realizar su siguiente gran proyecto. En lo absoluto para su sorpresa, el monstruo se veía atractivo incluso bajo esa iluminación que podría desfavorecer a otros, resaltando la superficie lisa y perfecta de sus huesos. Era hermoso. No había otra palabra para describirlo y no podía creer que le hubiera tomado todo ese tiempo designársela.

Su alma empezó a latir con una nueva potencia y por un momento la luz celeste superó a la naranja, volviendo al verde en uno más suave, más cerca del turquesa. La sensación de calor que solía envolverlo parecía más grande, más... ¿completa? Definitivamente era distinto ahora que antes. Al siguiente instante el alma de Papyrus dio un latido similar su luz alcanzó los niveles de la suya. Arriba, el esqueleto aún dormido esbozó una suave sonrisa mientras el resto de su cuerpo se estremecía ligeramente antes de soltar lo que sólo podía ser un suspiro de satisfacción, relajando el brazo que Sans sentía en su cadera. ¿Acaso Papyrus tenía idea de lo que estaba pasando? ¿Qué era lo que sentía él desde el otro lado?

La verdad era que tenía preguntas de sobra que hacerse acerca de lo que estaba pasando, pero esas últimas eran las que más le interesaba, como si ellas de alguna manera pudieran resolver todas sus dudas. Estaba maravillado observando la acción y reacción que sucedía entre la misma esencia de sus seres hasta que el calor no sólo provenía desde el interior sino desde el mínimo espacio que los separaba. Eran como el reflejo de un espejo, pero habría sido dificil saber quién era el reflejo en esa situación.

Sans estaba tan concentrado en observar sus colores que por poco se le pasa escuchar unos pasos pesados en el pasillo. Le tomó un par de segundos darse cuenta de que los pasos parecían dirigirse a su cuarto. Momentos antes de que Toriel abriera la puerta, Sans se transportó de vuelta a su cama. La súbita pérdida del otra alma le dejó una dolorosa sensación de vacío, como si hubiera vomitado toda su comida de golpe. O al menos como se imaginaba que eso sería si pudiera vomitar.

En todo caso apenas había podido empezar a acomodarse bajo las sábanas cuando Toriel abrió la puerta.

-Oh -dijo la monstruo en un susurro-. Disculpa, Sans, ¿te desperté?

-No, no -dijo Sans-. No hay problema. ¿Buscabas algo, Toriel?

-De hecho -dijo la monstruo, desviando los ojos hacia la figura durmiente de Papyrus, quien se había abrazado a su almohada al perderle el contacto-, me preguntaba si Papyrus está bien. Normalmente él sería el primero en levantarse para fijarse en los niños y hacer algo de limpieza antes del desayuno. Me preocupé un poco al no verlo.

-No sé qué decirte, Toriel -comentó Sans y era la pura verdad. Era la primera vez desde que llegara a la mansión que él se despertaba antes que el otro monstruo-. A lo mejor sólo estaba cansado. Yo lo veo bien.

-Bueno -dijo la monstruo con el ceño todavía fruncido-, supongo que siempre hay una primera vez para todo, pero sólo por si acaso… -Toriel se adelantó en la habitación en penumbras y se puso a estudiar las estadísticas del esqueleto dormido. Una vez vio que todo estaba bien, la mujer sonrió y le dio una palmada amable en el cráneo. Papyrus emitía un sutil ronquido que casi recordaba al ronroneo de un gato y ante el gesto, el parecido se intensificó mientras el esqueleto se hundía contra su almohada-. Pobre. Lo dejaré descansar. Vendré a buscarlo cuando el desayuno esté listo. Disculpa las molestias, Sans.

-No hay problema –dijo Sans, sonriente-. Nada más tenía una pepita de sueño de todos modos.

La monstruo se cubrió la boca para tapar su risa.

-Ya veo. ¿Quieres ir al comedor? Puedo servirte un café si quieres.

-Nah, está bien. Gracias de todos modos.

-Bueno, si es que me necesitas estaré en la cocina –La mujer dirigió una última mirada a Papyrus antes de volverse para salir.

La habitación volvió a envolverse en oscuridad. Sans se dejó caer en su cama. Trató de recordar el contenido de su pesadilla, pero sólo podía ubicar el miedo dentro de sí como algo reconocible. ¿Eran así las pesadillas normalmente para otros monstruos? Sans miró al otro lado de la habitación, hacia el tranquilo monstruo. Le recordaba a su primera noche en la mansión y cómo pensaba en volverse su amigo, en volverse más cercano a él. Al parecer no sólo seguía queriendo hacer lo mismo, sino que ahora lo cumplía físicamente durante su sueño. ¿Tan desesperado estaba por su compañía?

Por no mencionar esa cosa que sus almas habían hecho. Tenía que ser algo relacionado con esqueletos. Una manera de relacionarse entre ellos. Sin carne ni músculos, era claro que ellos dependían de la magia como extensiones de sus cuerpos de la misma manera que los fantasmas, hechos sólo de magia. Tenía que ser algo así, ¿no?

Sans se dijo que investigaría al respecto. Si no por nada, al menos para intentar reducir esos transportes nocturnos para no acabar espantando a Papyrus.

Todos ya estaban en la mesa disfrutando de un desayuno creado enteramente por Toriel, cuando del pasillo les llegó un "nyehe" que sonaba agitado y segundos más tarde el alto esqueleto apareció en el resquicio de la entrada, su camisa mal abotonada, uno de los tirantes de su pantalón colgándole de un costado y las cuencas agrandadas.

-Oh, santo cielo –dijo el esqueleto, llevándose una mano al rostro.

-Buen día, querido –dijo Mettaton, volviéndose con su única ceja visible alzada-. Ya me estaba preguntando qué había pasado que no veía a tu bella presencia aquí.

-Nyeh –dejó escapar Papyrus, sus mejillas coloreándose de un suave naranja-. Creo que me quedé dormido.

-Fui a despertarte, pero te veías tan tranquilo durmiendo que no pude –dijo Toriel, levantándose de su silla-. Iba a dejarte algo para más tarde, pero ya que estás aquí te lo serviré caliente. Acomódate, por favor.

-Buenos días a todos –saludó el esqueleto de camino a su asiento, recibiendo las respuestas de los otros residentes.

Sans giró la cabeza para sonreírle y su alma revivió un poco cuando el otro le devolvió el gesto, todavía un poco apenado por su tardía. Una vez se sentó en su sitio de costumbre recién entonces se percató del estado en que estaba su ropa. Emitiendo rezongos de frustración hacia sí mismo, se puso a arreglarse de una vez. Sans se quedó viendo la manera elegante en la que movía los dedos (en su humilde opinión, era un pequeño espectáculo en sí mismo) hasta que el alto esqueleto se encontró satisfecho con su apariencia.

-Parece que tuviste tan buen sueño que no lo querías dejar –comentó Sans.

Un costado de la mandíbula de Papyrus se inclinó.

-Por favor, Sans, ya es demasiado que ahora esté fuera de horario y no haya podido proveer con mi asistencia con la cocina, de modo que ahora todos se verán privados del toque especial que sólo el gran Papyrus puede proveer.

-No, no. Lo digo en serio. Me alegro que hayas pasado buena noche.

-Es curioso, de hecho –dijo Papyrus. Toriel apareció desde la cocina con un plato lleno de panqueques con apenas un poco de jarabe y zarzamoras por encima. A Papyrus no solían gustarle las cosas dulces y este le agradeció la consideración, lo que la monstruo se tomó con su gracia usual-. En realidad soñé absolutamente nada anoche. Fue… un agradable cambio para variar.

-¿Y eso? –inquirió Sans-. ¿No suelen ser agradables tus sueños?

-No exactamente –dijo Papyrus, cortando un gran trozo con el tenedor-. ¡Pero está bien! ¡Los sueños son nada más que eso, sueños! No significan nada ni tienen la menor importancia! Estoy seguro de que todo el mundo tiene alguno malo de vez en cuando. Sigue sin ser excusa para no abandonar la cama cuando hay cosas por hacer.

Sans empezaba a creer que para Papyrus esas pesadillas se daban mucho más seguido que ocasionalmente. Por lo general nadie decía "para variar" si no se trataba de algo que sucedía con cierta frecuencia. Y considerando que Papyrus siempre se había despertado antes que cualquiera en la mansión antes de ese día, de pronto el cumplimiento de su ética de trabajo no parecía tan positivo como antes. ¿Podía ser que esas pesadillas le hubieran servido como una especie de alarma? Si era así, a Sans no le importaba tomarlas en su lugar. Papyrus podía usar un real despertador si le hacía falta. Conociendo su experiencia con las alarmas, ni siquiera podría despertarlo.

Después del desayuno, y habiendo insistido en que quería limpiar los platos para compensar su ausencia, Papyrus le hizo saber que en cuanto acabara iba a salir con Asgore y Asriel por un asunto del cual no le podía hablar gracias a sus meñiques. En cuanto Sans comprendió que se refería a que era algo relacionado con el circo que todavía deseaban hacer, asintió y le deseó buena suerte. Podía ser que todavía no viera el proyecto como la mejor opción posible, pero estaba claro que era importante para Papyrus y con eso era suficiente para él. Antes de marcharse, Papyrus le encontró en el salón, adonde jugaba a las cartas con los niños, y le tomó el rostro para dejarle un beso de despedida, chocando sus dientes.

-Húmero dos –dijo Sans.

Emitió una leve risa cuando las manos del alto esqueleto le soltaron de golpe.

-¿En serio vas a llevar la cuenta ahora?

-Puedo contarlo como el húmero uno en frente de otros. ¿O ese también sería el húmero dos?

-Dos, porque los vimos anoche –apuntó Chara, estirando la mano hacia las cartas de Frisk y tomando dos.

-Será el húmero trendón entonces.

Nicky y Frisk se rieron por lo bajo.

El rostro del alto esqueleto se había coloreado de naranja al escuchar a su ahijado, pero todavía mantuvo su postura de manos en la cadera frente a Sans.

-No voy a llegar tarso para rótular tus malos chistes. Si ya acabaste de ser una luxación en mi calavera, hiodebe escápular de aquí.

Satisfecho de arrancar unas risas más altas por parte de los niños (incluso una baja de Chara), Papyrus emitió un satisfecho "¡nyeh!" antes de salir corriendo por la puerta delantera, agitando una mano en despedida. Sans se llevó una mano al pecho y suspiró, hundiéndose en el sofá.

-Creo que estoy enamorado –dijo al aire.

Los dos niños volvieron a reír mientras Chara sólo consintió el comentario girando los ojos. Sans volvió a erguirse y dejó sus cartas sobre la mesa, alzando las manos.

-Yo me salgo, chicos. Diviértanse ustedes.

-¿Por qué? –preguntó Nicky sin ocultar su decepción.

La concentración que requería para mantener sus cartas en el aire y que ni siquiera los chistes habían roto tembló en ese instante, casi tirando su mano sólo para recuperar su forma un segundo después. Al parecer Toriel había tomado la tarea no sólo de enseñarle su currículo sino que también se dedicaba a enseñarle a controlar su magia. En verdad era impresionante todo el adelanto que el niño había hecho en tan poco tiempo.

Sans le dio una palmada a la cabeza.

-Quiero averiguar una cosa en la biblioteca. Nicky, mi dinero es contigo. Hazlo valer.

-Pero no estamos apostando dinero –escuchó Sans que Chara apuntaba a sus espaldas.

Dejó de percibir sus voces mientras Nicky le explicaba que sólo estaba bromeando.

La biblioteca del segundo piso era la mayor fuente de información con la que contaba de momento, de modo que se puso a revisar ahí después de decidir que no quería volver a dormirse. Los temas que habían interesado a los dueños de la mansión habían sido muy variados, yendo desde biología humana hasta astronomía y pasando por unos principios básicos de otras ciencias entre clásicos literarios. Si no encontraba ahí, difícilmente lo encontraría en ninguna otra parte.

Mettaton seguía hablando acerca de lo groseros que los humanos podían volver en Internet el momento se enteraban que un monstruo estaba detrás de la pantalla. ¿Quién le decía que ellos iban a ser tan amables como decirle algo verdadero acerca de su especie? Pero iba a tener que intentarlo si el papel tampoco le servía.

¿Existían siquiera libros de monstruos? Nunca se lo había preguntado. No sabía mucho acerca de lo que había pasado durante o justo después la liberación de los monstruos de aquella montaña que los mantuviera atrapados durante tanto tiempo antes de que los humanos les permitieran integrarse en su sociedad ya hecha. Sus primeros recuerdos consistían puramente de la señorita Frida estremeciéndose y frunciendo la nariz cada vez que tenía que tocarlo.

"Pareces un niño muerto", le había dicho ella una vez que se ensució jugando con tierra. Esa era la razón por la que ella apenas resistía estar demasiado tiempo en su presencia. No era lindo como un pequeño dinosaurio amarillo o un conejo de largas orejas expresivas. Era puro hueso y, por lo que a la mujer respectaba, era una visión perturbadora que sólo aguantó porque al menos tenía suficiente control sobre su magia para actuar en el escenario y hacerle ganar algún dinero.

De alguna forma dudaba de que hubiera muchos monstruos autores ahí afuera o estuvieran tan interesados en estudiarlos. Después de todo, estaban hechos de magia y eso era una directa contradicción al mundo científico y lleno de pruebas físicas a la que su metodología humana estaba acostumbrada. No eran como plantas que reaccionaban a la posición del sol o animales que sangrarían si los herían.

Algunos de ellos ni siquiera tenían sangre. Por lo que él sabía, para los humanos sólo servían como sirvientes. Ellos eran la especie que había llegado después de que los humanos ya hubieran construido su sociedad. Era solo natural que a ellos le tocaran las migajas en la mesa de dos patas. O al menos con esa impresión habían crecido varios de ellos sin poder hacer nada para responder.

Apenas había empezado a familiarizarse con el lugar cuando la puerta a sus espaldas se abrió y Leonard apareció, ataviado con un vestido floral que debió haberle pedido prestado a Mettaton. El monstruo león siempre había tenido una marcada predilección por disfrazarse, pero desde que empezara a sentirse más cómodo en su nuevo ambiente, era con vestidos en colores pasteles y florales con los que se le veía más fecuentemente. Ya era raro verlo con cualquier cosa.

Lo bueno de ser un monstruo era que los humanos jamás tenían un problema con el hecho de que fuera del género masculino. Si su voz era más grave o profunda o incluso si tenía una melena alrededor del cuello, la gente solo asumía que así eran las hembras monstruo de esa especie. A Leonard no le hacía ninguna gracia el tener que dejarlos creer eso, pero sí que hacía mucho más fácil lidiar con ellos. Toriel les había explicado que los humanos podían ser muy crueles incluso entre sí mismos si rompían alguna de esas normas sociales a las que estaban tan apegadas, y aunque en la actualidad la mentalidad era bastante menos rígida que antes, seguían habiendo repercusiones para todos, humanos y monstruos, los que no supieran asimilarse.

De todos modos, en cuanto Leonard aprendiera todo lo necesario para arreglar prendas de vestir, podría trabajar tranquilamente desde la mansión, adonde no tenía que preocuparse por esas tonterías. Como nota aparte, el monstruo también había tomado un inesperado interés en los libros y cuando no estaba practicando puntadas bajo la supervisión de Toriel, se lo podía encontrar con el hocico metido en medio de unas páginas, totalmente desconectado del mundo.

"Perfecto", pensó Sans al verlo. Él debía tener una mejor idea de adonde podía encontrar lo que buscaba.

-S-sans -dijo el monstruo, sonriendo-. B-buenos días. No e-esperaba v-verte aquí.

-Sí, sólo estoy de paso por una cosa. ¿Crees que podrías ayudarme con eso?

Leonard estaba colocando el libro que tenía bajo el brazo en su estante correspondiente. Ni siquiera había dudado un instante, como si lo tuviera impreso en su memoria.

-C-claro -respondió el león-. ¿Qué n-necesitas?

-Quiero ver algo sobre esqueletos. No esqueletos humanos, sino, ya sabes, monstruos esqueleto. ¿No sabes si hay algo así por aquí?

-Oh, ¿q-quieres nuevo para tus ch-chistes? -Leonard sonrió-. Y eso que esperaba que P-papyrus resultara ser una buena influencia.

-Nah, más bien creo que yo seré la mala influencia. El otro día dijo que él siempre trabajaba hasta que le dolían los huesos, desde la coronilla hasta la espinilla. Ni siquiera se dio cuenta de lo que dijo hasta que me vio reír. Sé que le encantan esos chistes y de por sí es muy inteligente. Marca mis palabras: dentro de nada él va a superarme contándolos.

-Nunca he v-visto a un monstruo t-tan alegre de ser reemplazado.

-Heh, si el reemplazo es lo bastante bueno hasta es un honor -Sans dio su característico guiño de cuenca-. Pero volviendo al tema, en realidad no es por eso que estoy aquí. Sólo tengo algo de curiosidad.

-Mmm -dijo Leonard, tocándose un lado del hocico, pensativo-. ¡Ah, sí, había algo!

El monstruo león corrió hacia unos libreros del fondo y buscó entre los estantes superiores. De pronto exclamó "¡aja!" mientras sacaba un libro del montón. Sans se transportó a su lado y Leonard, en lo absoluto sorprendido, le pasó un amplio libro de colorida portada en la que se veían dibujos infantiles de monstruos de tipo animal. En una letra estilizada se leía "Las clases de monstruos más comunes y cómo tratar con ellos". El lector para algo así debían ser niños pequeños. Niños humanos. ¿Era así como algunos padres decidían introducir a sus crías a la realidad de los monstruos? Ya desde el título sonaba como si ellos no fueran nada más que una tanda de animales exóticos. A pesar de que estaba polviento y los bordes de las páginas estaban amarillentos, Sans se sorprendió de ver que el interior se veía casi nuevo.

-C-creo que se lo habrán d-dado a los dueños de la mansión d-después de q-que Chara naciera, p-pero e-ellos nunca se lo mostraron a este. I-imagino que incluso ol-l...olvidaron de que lo tenían siquiera.

-¿Y aquí hay algo sobre esqueletos monstruo? -preguntó Sans, pasando por encima ilustraciones con sus datos dentro de burbujas de diálogo que salían de la caricatura de un humano.

-S-supongo -dijo Leonard, inclinando las cejas-. N-no pude c-c-complet-tarlo. Es una lectura m-muy desagradab-ble.

Para que el mismo monstruo que se había leído una buena cantidad de libros desde que llegara dijera eso, debía ser verdad.

-Puedo creerlo -dijo Sans. Tampoco le sorprendía. ¿Qué más podía esperarse de los humanos? De todos modos, incluso tonterías provenientes de ellos podría decirle algo que no supiera ya-. ¿Es el único libro acerca de monstruos? -Leonard asintió-. De acuerdo, gracias.

-Sans -llamó el león cuando se giró para irse-. Es en-en serio. Es muy e-exagerado y d-dice cosas que no son v-verdad. ¿Es-estás s-seguro de que q-quieres leerlo?

Sans se encogió de hombros.

-No sería la primera vez que escucho lo que ellos piensan de nosotros -le dijo, guiñándole la cuenca-. Creo que podré soportarlo. Gracias, amigo.

-D-de nada.

El león se volvió hacia otro librero en busca de su próxima lectura. Sans se dirigió hacia la entrada de la biblioteca, adonde estaban los escritorios y se acomodó en la silla más cercana para leer. Primero le echó un vistazo a la contraportada adonde estaba la biografía de la autora, una mujer que había viajado con su marido por todo el mundo, especializada en zoología (el estudio de los animales, como le informó entre paréntesis el libro), encontrando varios monstruos en su camino y hablando con varios humanos que se habían relacionados con ellos y cómo se las habían arreglado.

No hubo la menor mención de la mujer o su marido hablando directamente con los monstruos para hacer su libro. Incluso sin la advertencia de Leonard pendiendo sobre su cráneo, sólo ese detalle debería haberle encendido todas las alarmas. Preparándose para lo peor, Sans empezó por la primera página.

Diez minutos más tarde, se dio cuenta de que había subestimado la capacidad de los humanos por inventarse y asumir estupideces que ni siquiera tenían sentido. El libro empezaba diciendo que los monstruos dependían en gran medida de la magia como los humanos lo hacían acerca del agua o el aire a su alredor, lo que era correcto, pero luego decía que por eso su ánimo podía ser muy voluble y había que ser cuidadoso hablando con ellos. Lo mejor era ponerles collares que permitieran regular el uso de su magia, de manera de garantizar la seguridad de las personas a su alrededor.

Esto era absolutamente necesario porque desde que salieran de la montaña bajo la cual ya nadie recordaba que estaban, los monstruos habían tenido suficiente tiempo e imginación para crear sus propias costumbres y culturas las que, por desgracia, se basaban bastante en su magia y por eso la convivencia con ellos, que ya no la necesitaban, podía volverse complicada. Acorde a la autora.

Luego decía algo acerca de que la mayoría de los monstruos eran como los animales que ya conocían y que el comportamiento de los segundos podía ser similar al de los segundos. De esa manera los monstruos perro eran muy susceptibles a los juegos y necesitaban ejercicio, pero debido a su tamaño, que podía ser mayor al del hombre promedio, no era recomendable dejarlos cerca de niños sin supervisión por si se volvían demasiado entusiastas. Los monstruos lagarto podían tener mal humor, por lo que un bozal que retuviera sus enormes hocicos era lo ideal. Para alimentarlos (cosa que no les hacía tanta falta a menos que se lastimen) lo recomendable era mantenerlos contra el suelo con un palo para recién permitirles abrir la boca. La imagen de alguien tratando a Rick de esa manera le hizo sentir enfermo. ¿Quién hubiera dicho que la señorita Frida podría haber sido peor de lo que fue?

Luego mencionaba algo que sólo podía ser un chiste; que los monstruos conejo eran pequeños y dóciles por naturaleza. Definitivamente ellos no habían conocido a muchos así. Pero la gracia se acabó en la siguiente página al hablar de los monstruos tipo "animales de granja", entre ellos los cabra como los Dreemurr.

Las hembras por lo general eran manejables pero podían tener una tendencia a escupir y lanzar alaridos unas a otras, sobretodo al estar emocionadas. Lo mejor, por lo tanto, era mantenerla en calma. Los machos, por otra parte, tenían una naturaleza bastante agresiva que podía llevarlos a tener conductas inapropiadas, especialmente a lo que respectaba a los niños. Afortunadamente, como todos los monstruos, su cuerpo se mantenía por magia, de modo que era posible disminuir los efectos de sus cambios de ánimo cortándoles o serruchándoles

Desde luego, Sans ya sabía todo eso pero leerlo así, con la lógica humana explicada ante sí, sabiendo que para muchos niños ese iba a ser su primero contacto con monstruos, era algo para lo que no podía haberse preparado. El siguiente capítulo era acerca de monstruos tipo "animales de la selva", incluyendo leones.

Con estos al parecer lo mejor era no relacionarse en lo absoluto, debido a la ferocidad natural en ellos que su magia sólo aumentaba. Solo dentro de una jaula o una reja reforzada se los podía controlar apropiadamente y, desde luego, si había que alimentarlos cualquier clase de carne cruda serviría perfecto. Al leer eso, a pesar de la rabia que se le subía por la garganta como un puño apretado, Sans casi dejó escapar una carcajada. ¡Leonard era vegetariano, por dios! La única vez que intentara comer carne (un perro caliente) había estado enfermo por dos días y ni siquiera pudo actuar.

Después de los monstruos animales, seguían los monstruos "más allá de la tumba", los cuales, según la autora, desafiaban sus ideas preconcebidas del más allá. Los monstruos zombies eran raros, pero todavía existían. Podían tener una tendencia a morder si no se tenía cuidado, por eso era mejor sacarles los dientes de tenerlos. Los fantasmas eran traviesos a más no poder, posesionando objetos solo para causar desastres alrededor de la familia en la cual se concentraban. Pero al menos no podían posesionar humanos, lo que era un alivio, y a pesar de que por lo general eran capaces de atravesar las superficies sólidas, los collares de control podían mantenerse en ellos en todo momento sin problema.

En cuanto a los esqueletos... Podían perder partes del cuerpo sin razón o motivo, pero se los podía volver a ajustar sin que estos sintieran el menor dolor o problema. No sentían frío o calor. Podían no ser muy listos debido a la falta de un cerebro como tal, pero solían ser tranquilos. Y eso era todo lo que había que saber.

Sans repasó las últimas páginas que se componían de la autora hablando de que, en todo caso, ningún niño debería ser dejado sin supervisión con ningún monstruo, pero eso era todo. A los esqueletos sólo le habían tocado esas dos hojas más que nada llenas con ilustraciones demostrando el parecido con los esqueletos humanos y una nota importante en la que se aclaraba que ellos definitivamente no eran personas revividas, pero ciertamente era divertido pensarlo.

Ni una palabra acerca de almas. De ningún alma. Era como si para ese libro ese concepto ni siquiera existía.

Sans cerró el libro de golpe, frotándose las sienes para bajar la jaqueca que estaba presintiendo. Qué enorme pérdida de tiempo. Qué montón de basura. Sin siquiera molestarse en volverse a Leonard, que leía en un escritorio a su espalda, Sans arrojó la maldita cosa en el tacho de basura más cercano. Estuvo seguro de que Leonard lo miraba, pero no hizo nada para detenerlo o para recoger el libro de vuelta.

Si es que nada, su postura y su expresión sugerían que se sentía culpable por haberle presentado la razón de su disgusto. Sans se volvió y se aseguró de mostrarle una sonrisa para mostrarle que no tenía nada de que preocuparse.

-Ahora cualquiera se vuelve escritor, ¿eh? -comentó de buen humor.

Leonard esbozó una sonrisa nerviosa.

-S-sí... los dibujos n-ni siquiera eran b-buenos.

-Bueno - dijo Sans, moviendo la cabeza para desentumecer el cuello-. Gracias de todos modos por la ayuda. Veré cómo más averiguo. Nos vemos.

-Nos v-vemos.

Algo era seguro, pensó Sans. Si esa era la información que se les daba a los niños, el internet que ellos habían creado definitivamente no iba a ser una mejor fuente. Para tratarse de algo acerca de monstruos, debió haber imaginado que su mejor alternativa era preguntarle a alguien que pudiera saber de esas cosas de primera mano.

A lo mejor ya era hora de consultar con la única doctora monstruo que conocía.