Hola mis guapas y guapos lectores, gracias por entrar aquí, hoy les traigo el capítulo diez de este long fic. Espero que les guste :D
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Como siempre agradezco a todas las personas que leen mis historias y dejan reviews, a las que marcan mis historias o a mí como favorita y/o siguiendo, y a las que simplemente leen. Para todos ustedes, muchas gracias, me inspiran de cierto modo a continuar.
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Capítulo dedicado a todas las lindas personas que me dejaron un review en mi última actualización: Coeli Nara, Lirio-Shikatema, Bebitapreciosa, MarFer Hatake, Roronoa Saki y ANABELITA N. Gracias chicas por comentar, les mando un beso y un fuerte abrazo.
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Disclaimer: Naruto y todos sus personajes son propiedad de Masashi Kishimoto. La historia es mía y la publico sin ánimos de lucro.
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Lo que siempre nos unirá
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Capítulo 10.- Padre e hijo.
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POV Shikamaru.
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Faltaban cinco minutos para las diez de la mañana cuando salí de mi oficina.
Me acerqué al escritorio de mi asistente.
—Aquí están todos los expedientes, Nanami —espeté cansinamente, estirando mi mano con unos cuantos portafolios. Ella los recibió —, el resto los tiene mi padre. Él los va a revisar, y los firmará por mí.
Guardé mis manos en los bolsillos del pantalón.
—Está bien, señor Nara —asintió mi asistente, dejando los informes a un costado de su escritorio.
—Bueno, yo me retiro, le avisas a mi padre que fui —acoté de forma cordial—. Hasta mañana, Nanami.
—Hasta mañana, señor Nara —me respondió, y yo inmediatamente giré, y avancé hacia el ascensor.
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No tardé mucho en llegar a la mansión Uchiha. Aparqué cerca del gran portón, y me bajé del vehículo para tocar el timbre.
—Sí, ¿a quién busca? —preguntó, ella. Escuchar su voz nuevamente me puso nervioso, es una sensación que no puedo controlar, ¿será siempre esto así?
—Hola Temari, soy yo —le respondí tratando de que mi tono de voz sonara lo más normal posible. Menos mal que en este momento no me estaba viendo la cara. —Mendokusai—pensé para sí —, debo tratar de mantenerme sereno, ya que no será la única vez que trata con ella.
—Shikamaru, hola. Enseguida te abro —acotó pausadamente, y en cosa de segundos en portón comenzó abrirse. Caminé con parsimonia hasta mi carro, subí en éste, para luego, avanzar hasta el estacionamiento de la residencia.
Una vez que aparqué, la ansiedad se adueñó de mí. Sonreí como idiota, al pensar en aquella personita que me provocaba aquello. Quién sabe si mi hijo se siente igual que yo, pero era una sensación indescriptible, que de cierto modo me alegraba el corazón.
Suspiré, y salí del vehículo.
Volteé mi cuerpo hacia la entrada de la casa, e inmediatamente lo vi. Estaba parado unos cuantos pasos adelante de Temari, la cual estaba parada en el umbral de la puerta.
Él me regaló una amplia sonrisa, sin embargo, no se acercó. Pude ver la indecisión en su pequeño rostro.
Sonreí de medio lado.
—Hola hijo, ¿no vas a venir a saludar a tu papá? —espeté en un tono alto para que me escuchara. Mi corazón se aceleró inmediatamente al pronunciar aquellas palabras.
Los ojos aguamarina de mi pequeño se iluminaron, y sin dudarlo, corrió hacia mí.
La emoción me embargó por completo, y por instinto, me agaché a recibirlo.
Él me abrazó con fuerza, y yo le respondí de la misma manera. Cerré mis ojos con el fin de percibir todo el cariño que me brindaba.
Una sonrisa apareció en mi rostro.
Solté suavemente el abrazo, y lo miré a los ojos.
Él me volvió a sonreír.
—Dai, ¿cómo estás? —le pregunté sin dejar de ver sus orbes aguamarina.
—Bien —me respondió, mirándome con atención.
Le sonreí embobado, y acaricié su pequeño rostro, para luego, besar una de sus mejillas.
Dai se rió por mi gesto, aunque segundos después, él hizo lo mismo.
La alegría no me cabía en el pecho. Lo estreché nuevamente, y enseguida, lo cargué.
Me puse de pie.
—¿Ya tomaste desayuno? —le pregunté dulcemente, caminando en dirección hacia donde estaba Temari.
—Sí, me comí todo —espetó mientras apoyaba su cabecita en mi hombro y me estrechaba con sus bracitos.
—Eso está muy bien —acoté, mientras avanzaba con parsimonia —, así crecerás muy fuerte. ¿Y te costó despertar hoy?
Él levantó su cabecita de mi hombro, y se puso algo inquieto.
Me detuve en seco. Estaba a poco más de dos metros de Temari.
Dai giró un poco su rostro, y miró de reojo a su madre, para luego, mirarme y tomar mi rostro entre sus manos.
Se acercó a mi oído.
—Sí —me habló en secreto—. Mamá dijo que me echaría agua si siguía durmendo.
Agradecía que me haya hablado en un susurro, ya que estábamos a pocos metros de Temari.
—Dai, se dice «seguía», no «siguía»; tampoco se dice «durmendo», la palabra correcta es «durmiendo» —musité muy bajo, cosa que sólo él me escuchara —. Respecto al agua, sólo te puedo decir que tu madre es y siempre será una mujer problemática. Debes aprender a vivir con ello.
Mi pequeño me miró y sonrió resignado.
—No es tan terrible, hijo —aseveré dulcemente, mirándolo con cariño—. Mi madre es muy parecida a tu mamá, y yo aún sigo vivo.
Mis palabras le causaron gracia, dejando escapar una pequeña carcajada.
—Tu madre ya nos está mirando feo —le susurré, mientras comenzaba a avanzar—, así que mejor me acerco a saludarla.
Dai sólo asintió.
—Hola Temari, ¿cómo estás? —espeté a modo de saludo. Volví a sentir aquel nerviosismo que sentí al momento me hablamos por el intercomunicador.
—Bien, gracias —acotó escuetamente, mientras yo esperaba que me dijera algo más, pero… ¿qué esperaba que me dijera? Me regañé mentalmente, ya que si ella estaba en este momento aquí, era porque estaba acompañando al niño. Sin embargo, después de una fracción de segundos, la cual fue eterna para mí, movió sus labios con sutileza —, y tú, ¿cómo estás?
Sentí su mirada aguamarina sobre la mía, lo que incrementó aún más mi nerviosismo. Pese a los años que habían pasado, podía corroborar, que todavía tenía ese poder de inquietarme. —¿lo estaría habiendo a propósito? —pensé para sí.
—Estoy muy bien, feliz de tener a mi hijo conmigo —le respondí con seguridad. No quería perder el rumbo de la conversación, ya que si yo estaba en esa casa, era porque venía a ver a mi hijo, no a ella. No quise seguir mirando sus bellos y enigmáticos ojos, y volteé mi rostro hacia a mi hijo—. ¿Quieres que te baje?
Él me sonrió de medio lado, y negó con su cabecita.
—No, no quero —espetó con ternura, y me volvió abrazar.
Ese gesto me enterneció. Es como que quisiera que supiera cuanto me quiere. Sonreí para sí y acaricié con dulzura su cabello, centrando toda mi atención en él.
—Shikamaru, será mejor que entren a la sala —acotó Temari, de improviso. Desvié mi mirada hacia ella—, está algo fría la mañana para quedarse aquí afuera.
—Está bien, entremos —le respondí en mi tono habitual, fijando mi mirada en la suya. Era imposible no mirarla, ya que sus orbes aguamarina me atraían como un par de imanes.
A los pocos segundos, pude percibir su incomodidad, y utilizando el mismo recurso que hace un momento atrás, yo usé, desvió su mirada hacia el niño.
—Dai, si quieres puedes llevar a tu papá a tu habitación, para que así se sientan más a gusto —espetó tratando que su tono pareciese normal, sin embargo, no lo logró. Supongo que ella también se percató de mi nerviosismo al inicio de nuestra conversación—. Yo en un rato más les llevaré algo para que beban y coman.
Ella comenzó a avanzar hacia la puerta de entrada, mientras que Dai se inquietó entre mis brazos.
—¿Quieres bajar? —inquirí mirándolo con atención.
—Sí —asintió, y yo inmediatamente, lo bajé y me enderecé. Él alzó su rostro. —Ven —me dijo con una sonrisa, tomando mi mano, para comenzar a caminar deprisa.
Tuve que seguirlo, alcanzando a Temari en la puerta, sin embargo, nosotros seguimos de largo hasta la escalera que estaba en la entrada de la sala.
Subimos de inmediato.
Caminamos por un pasillo, el cual era bastante conocido para mí, ya que más de alguna ocasión, había venido a esta casa a realizar algún trabajo con Sasuke, en mi época de colegio o de universidad, sin embargo, a la habitación a la cual ingresamos, no fue la que tenía Sasuke en ese tiempo, sino la que utilizaba Itachi en esos años.
Era un dormitorio bastante espacioso con juguetes por todos lados.
Dai soltó mi mano, y corrió hacia donde había una gran caja plástica.
—¿Te gustan los juguetes? —me preguntó alegre, destapando la caja y sacando unos cuatro o cinco autos.
—Sí, me gustan. Tráelos— le respondí con una semi sonrisa, y me agaché para quedar más o menos a su altura.
Corrió hacia a mí con éstos entre sus manos, y me los pasó.
—Voy a taer más —espetó, y giró nuevamente en dirección a la caja.
—¡Espera, Dai! —exclamé, deteniéndolo. Me puse de pie —. Mejor voy a buscar la caja.
Mi pequeño asintió.
—Tenlos por mientras —le devolví sus juguetes, y me encaminé hacia la caja. La tomé, y la dejé cerca de mi hijo. Éste me sonrió, y enseguida la abrió.
Me senté a su lado.
Comenzó a sacar un montón de autos de colección, como también de otro tipo.
—Dai, tienes muchos autos —le dije observando todo lo que sacaba. Desvié la vista hacia la caja, había muchos vehículos más —. ¿Quién te los regaló? —lo miré curioso.
Inmediatamente alzó su mirada.
—El tío Kanky y el tío Gaara —me respondió mirándome con atención.
—¿El tío Kanky? —inquirí de improviso, era extraño escuchar aquel nombre en diminutivo.
—Sí, el tío Kanky es el mejor —aseveró con seguridad, sin embargo, a los segundos se puso a reír.
Una sutil sonrisa se dibujó en mi rostro.
—Supongo que Kankuro te entrenó para que dijeras eso, ¿verdad? —inquirí sin quitarle los ojos de encima.
Bajó la mirada y sonrió.
—Sí, al tío Kankuro le gusta —espetó, y luego se sobó la nuca.
Ese simple gesto me emocionó, estiré mi brazo y lo atraje hacia mí.
Lo estreché fuertemente. Era impresionante ver las cosas que había heredado de mí.
La sensación de sentir que era padre era maravillosa.
Solté suavemente el abrazo, y lo miré con dulzura.
—Te quiero mucho, hijo, ¿ya te lo había dicho hoy?
Él negó con su cabecita.
—Pues, soy un tonto —le dije acariciando su carita. Sus ojitos aguamarina me miraban con atención—, se me olvidó decírtelo en el momento que llegué.
Sonrió ampliamente iluminando por completo mi corazón.
Le sonreí de vuelta.
—Porque mejor no te sientas aquí, conmigo —acoté con cariño, señalándole mi pierna. Dai de inmediato me hizo caso, y yo lo abracé con uno de mis brazos—. Haber, cuéntame… ¿Cómo es tu tío Gaara, contigo? —bajé la mirada enfocándola en su pequeño rostro—, ¿es bueno o es enojón?
De forma inmediata, capté su atención.
—Es bueno, cuando toy cansado siempe me toma en bazos —me respondió esbozando una sutil sonrisa.
—Y Kankuro, ¿es aburrido o es chistoso? —inquirí con falsa curiosidad. Sabía muy bien cuál sería su respuesta.
—Es chistoso, me hace reír mucho —espetó contento. Era evidente el cariño que le tenía a ambos.
—Se nota que ellos te quieren mucho —acoté cansinamente, acariciándole el cabello—, te han regalado tantos juguetes, que casi llenas esa enorme caja.
Él me sonrió, achicando los ojos, y asintiendo con la cabeza.
Fue como un déja vu.
Tenía gestos tan parecidos a la problemática, a parte de la sonrisa y esos bellos ojos. Sin duda, era mezcla perfecta de ella y yo.
Lo seguí mirando embobado.
—¡Papá! —exclamó en tono ligeramente más alto, sacándome por completo de mis cavilaciones.
—¿Qué pasa Dai? —inquirió algo desorientado.
—Te quedaste callado con cara de tonto —me contestó riéndose. Esa faceta burlesca, por donde la mirara era Sabaku no.
Por inercia, esbocé una sonrisa.
—¿En serio? —le pregunté sabiendo muy bien que confirmaría sus dichos.
—Sí —aseveró, ahogando su risa con una de sus manos.
Volví acariciar su rostro.
—Sólo observaba lo mucho que te pareces a tu madre —espeté con un deje de melancolía.
Justo en ese instante, la puerta se abrió. Ambos miramos hacia ésta.
Era ella.
—Aquí les traigo jugo y galletas —espetó en su tono habitual, caminando hacia el escritorio.
—Gracias —le respondimos al unísono, aunque Dai no pronunció bien la palabra.
—Bueno, si necesitan algo, estaré abajo —espetó rápidamente mirando a Dai, y luego a mí.
No espero ni un segundo más, giró su cuerpo y avanzó hacia la puerta.
Me hubiese gustado decirle que se quedara, que compartiera conmigo este momento junto a Dai, pero creo que si se lo hubiese pedido, sólo la hubiese incomodado.
Suspiré.
Me enfoqué nuevamente en mi hijo.
—Dai, ¿quieres ir a comer galletas? —le pregunté mirándolo con atención.
—¡Siiii! —me respondió con ansias, colocándose inmediatamente de pie. Corrió hacia el escritorio.
Sonreí de medio lado. El gen del hambre, seguro, lo había heredado de Kankuro.
Me puse de pie, y me acerqué a él.
Lo observé.
Comía con tanto entusiasmo.
—Tranquilo, no comas tan rápido —le dije algo preocupado. Ya veía que se atragantaba.
Alzó la mirada y tragó lo que tenía en la boca. Bebió un poco de jugo.
—Es que me gustan mucho —me respondió mirándome de forma suplicante.
Me enterneció. Ese niño iba a hacer lo que quisiera conmigo.
—Dai, sólo lo digo para evitar que te ahogues —le dije suavemente, mirándolo con cariño. Enseguida, le cambié el tema—. Después que termines de comer, ¿a qué vamos jugar?
Sus ojitos aguamarina me miraron emocionados.
—A la autopista —espetó con gran sonrisa.
Lo miré con cariño.
—¿Y dónde está guardada la autopista para comenzar a armarla? —acoté curiosidad.
—Ahí —me respondió, apuntando con su mano hacia la repisa.
Enseguida vi la caja.
—Okey, sigue comiendo mientras yo la armo.
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Llevaba una hora jugando con mi hijo, sentados en el piso, cuando recordé lo que le había dicho a mi padre. Tenía que persuadir a Dai, si quería que me acompañase.
—Sabes, Dai, me gustaría que conocieras a mis papás.
Mis palabras captaron su atención.
—¿Los papás tuyos? —inquirió curioso, fijando su mirada en la mía.
Sonreí de medio lado.
—Sí, tus abuelos —le respondí acariciándole el rostro —. Ellos viven en una casa grande igual que ésta, como a veinte minutos de acá, ¿te gustaría ir a conocerlos?
Bajó la mirada. Una semi sonrisa apareció en su pequeño rostro.
—No sé —me respondió con un deje de inseguridad.
—¿Por qué no sabes?, ¿acaso te da vergüenza? —inquirí en tono suave, tomándole la mano. Tenía que saber cuál era el problema, para así poder encontrarle solución.
Alzó su rostro y asintió con la cabeza.
—No tiene por qué darte vergüenza, yo voy a estar contigo —acoté con dulzura, sonriéndole al final—. Además ellos te recibirán con los brazos abiertos. Hoy, le hablé de ti, a tu abuelo Shikaku, y está muy ansioso de conocerte.
—¿Shikaku? —me preguntó, riéndose.
—Sí, así se llama, ¿cuál es el chiste? —inquirí curioso. Lo miré con atención.
Sonrió y achicó los ojos.
—Que yo soy Shikadai, y tú, Shikamaru —me respondió en un tono divertido.
—Ahhh, era eso —espeté cansinamente, sin quitarle la vista—. Todos llevamos el prefijo Shika al principio del nombre. Es una tradición familiar.
—¿Y el nombe de la abuela? —inquirió con un deje de curiosidad. Sus ojitos aguamarina me miraban expectantes.
—Se llama Yoshino, y es una mujer muy problemática, así como tu mamá —le contesté en un tono parsimonioso, sacándole un sonrisa—. Es muy activa y quiere que todos sigamos su mismo ritmo, por eso nos dice que somos unos vagos.
—Mamá también dice que soy vago —aseveró esbozando una semi sonrisa.
—Por eso te digo que es una mujer problemática —acoté afirmado lo obvio —, la más problemáticas de todas.
Al decir esas últimas palabras, no pude evitar sentir nostalgia, ya que esa mujer problemática, por circunstancias de la vida, ya no era mi problemática.
No quise seguir pensado en aquello, así que decidí retomar el tema que estaba tratando con mi hijo.
—¿Y qué me dices?, ¿quieres ir a conocerlos? —inquirí nuevamente, pero esta vez con un tono más entusiasta.
Sus ojitos aguamarina brillaron emocionados.
—Sí, quero —espetó con alegría.
Sentí una felicidad inmensa en mi corazón.
—Gracias hijo, te prometo que no te arrepentirás —lo atraje hacia mí y lo abracé —. Ahora bajemos, y vamos a hablar con tu mamá para que te dé permiso.
Al instante, nos pusimos de pie y bajamos a la sala.
Avanzamos por ésta, pero Temari no estaba.
El ruido de una aspiradora llamó mi atención. Ambos miramos hacia allá.
Era una mujer joven que estaba limpiando. Supongo que era la persona que ayudaba a Temari a llevar esta casa, ya que ésta era bastante grande.
—¡Hana!, ¿dónde está mama? —espetó, Dai, en tono bastante elevado, logrando que la mujer lo escuchara.
Ella alzó su rostro.
—Buenos días, señor —me saludó, y yo le contesté enseguida. Desvió su mirada al niño —. Dai, ella está en la cocina.
—Gracias, Hana —le respondió, y salió corriendo en esa dirección.
Yo tuve que apurar el paso para alcanzarlo.
Estaba a varios pasos de la cocina, cuando oí hablar a Dai.
—Mamá, quero decirte algo.
—¿Qué pasa, Dai? —escuché a la problemática, responderle. Decidí apurarme.
Ingresé a la cocina.
Sentí sus ojos puestos en mí. Estaba agachada junto al niño.
Caminé con parsimonia hasta ellos, y me detuve a unos cuantos pasos.
Dai me miró y sonrió, luego miró a Temari. Una carcajada se le escapó.
Me reí por inercia.
—¿Qué les pasa a ustedes dos? —preguntó, Temari, de forma inquisidora, mirándome primero a mí y luego al niño. Frunció ligeramente el entrecejo y se puso de pie.
Dejé de reírme al ver su semblante tan amenazador, sin embargo, Dai, no pensó lo mismo que yo.
—Papá tene razón, es una pobemática —espetó como si nada, luego se tapó la boca para ahogar sus carcajadas.
Ella frunció más el ceño, y desvió su mirada hacia mí.
Tragué saliva.
Verla enojada me hizo sentir una sensación tan extraña, era una mezcla entre miedo y nostalgia. Tantos años tuvieron que pasar para ver nuevamente esa problemática reacción.
—¿Por qué Dai está diciendo eso? —inquirió secamente. Su molestia se veía a leguas.
Llevé mi mano a la parte posterior del cuello y lo masajeé.
—Sólo le conté como era mi madre, e hicimos una comparación contigo —le dije la verdad, no sacaba nada con negárselo—. Al parecer, él me encontró toda la razón.
Mi explicación más que mejorar la situación, la empeoró, pero ésta había sido necesaria para poder enfrentar aquel impasse. Ya le iba a enseñar a Dai que hay ciertos códigos entre hombres que no podemos develar.
Podía ver el enfado en su rostro. Desvió la mirada hacia a Dai.
Él inmediatamente bajó la mirada. No era ningún tonto, sabía muy bien que había metido la pata hasta el fondo.
—Mujer, no te enojes con el niño —espeté con firmeza, captando inmediatamente su atención —, si tienes que enojarte con alguien, enójate conmigo, pero era algo que tarde o temprano iba a suceder, más ahora que comenzaré a compartir más con él. Hay cosas que tengo arraigadas en mí, que obviamente, si le incumbe a él, se las haré saber. Tú hiciste lo mismo, Temari, y yo no me molesté.
Su rostro se le desfiguró, abrió los ojos de forma exorbitante.
—¿Cuándo hice eso? —inquirió con extrañeza. Seguramente, ni se acordaba.
La miré seriamente.
—Le dijiste a Dai que era un bebé llorón, y apenas él lo confirmó, me lo restregó en la cara.
Su rostro cambió radicalmente.
—Acaso le dije una mentira, Shikamaru.
Su tono irónico me fastidio de inmediato.
—Yo tampoco le mentí, Temari —aseveré con convicción—, simplemente, hice que él abriera los ojos.
Me miró sorprendida. Iba a replicarme, pero no alcanzó a hablar.
—Son unos pobemáticos —espetó, Dai, en un tono gracioso —, tú y mamá.
Al instante, se rió en nuestras caras.
La tensión de calmó.
Una sonrisa ladeada se me dibujó en el rostro.
—¿Es siempre tan Sabaku no para todas sus cosas? —inquirí mirándola a los ojos.
—No, a veces es prudente y sensato como un Nara —me respondió con una sutil sonrisa—, va a depender de la situación —humedeció sus labios y volvió a retomar la palabra —Volvamos a un principio, ¿qué los trajo por aquí? —inquirió con curiosidad, cambiando radicalmente el tema de conversación.
Seguí observándola como un idiota.
—Papa, mamá te habla —ese tono burlesco me hizo reaccionar de inmediato.
—Si ya la escuché, Dai, gracias —le respondí con falso fastidio, al mirarlo de reojo.
Volvía a enfocar mi mirada en ella.
—Temari, quiero llevar a Dai a casa de mis papás para que lo conozcan —le dije sin rodeos—. Ya hablé con el niño, y él está de acuerdo. ¿Qué me dices?, ¿puedo llevarlo?
Ella me miró con sorpresa, sin embargo a los segundos, suspiró.
—Sabía que algún día me pedirías eso, pero no pensé que sería tan pronto.
—Es mejor que los conozca pronto, mujer, son parte de su familia.
—Lo sé, Shikamaru —espetó en un tono neutro—. ¿A qué hora lo piensas llevar?
—Cerca de la una tarde, vamos a almorzar allá —le respondí mirándola fijamente. Se veía muy hermosa tan calmada, aunque encolerizada, se veía mucho más. Me regañé mentalmente por esos pensamientos, y retomé la conversación—. ¿Hay algo que no coma o no pueda comer?
—No come espinacas, ni…
—¿Zanahorias?
—Sí, zanahorias.
—Okey —acoté con una semi sonrisa, al saber que odiaba los mismos vegetales que yo.
—¿Tus padres saben que lo llevarás para allá? —inquirió mirándome con curiosidad.
—Sólo mi padre —espeté en mi tono cansino—, para mi madre será una sorpresa.
—Tremenda sorpresa —acotó con algo de preocupación —, ojalá no le pase nada.
—Es una mujer fuerte —le respondí con seguridad—, dudo que le pase algo.
Aunque en el fondo de mi ser, si estaba preocupado, no por ella, sino por mi padre y por mí. De seguro nos va a querer matar, cuando se entere que le ocultamos la existencia de Dai. Aunque sólo haya sido por unas horas.
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CONTINUARA…
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Gracias por leer, espero que les haya gustado.
Cualquier cosa que quieran decirme, pueden hacerlo a través de un review, me encanta leerlos y responderlos. Recuerden que los reviews siempre motivan al escritor, yo los amo :D
Más rato responderé todos los reviews pendientes, disculpen la demora.
Disculpen también las posibles faltas de ortografías, apenas tenga tiempo las corregiré :D
Nos leemos en mi próxima actualización.
Felices Fiestas Patrias, a todos los lectores de mi país. ¡VIVA CHILE, MIERDA!
Saludos a todos, les mando un fuerte abrazo :D
