LAUREN 4

—¿Qué has dicho, Evony? No te he escuchado bien con la radio tan alta — pregunté mientras giraba la cabeza para mirarla.

—He dicho que deberíais comprar comida, querida — respondió con tono deliberadamente lento e irónico.

—Vaya, Evony. Desde que eres humana ya veo que empiezas a tener las mismas necesidades que nosotras. ¿Quieres un burrito y una cerveza? Han sobrado un par del almuerzo.

—No me refería a tu asqueroso almuerzo, Lauren. Creo que ya sabes que las preferencias de Vex son la bebida y los azotes en el culo…

—¿Qué tiene que ver Vex con la comida? —inquirí confusa.

—En su nidito de amor no vas a encontrar nada de comer, así que más te valdría hacer la compra antes de subir la montaña. En cinco minutos pasaremos por un pueblo con supermercado.

—¿Sabes a dónde vamos?

—Que te crees, Lauren, ¿qué no tenía vigilado al idiota de Vex cuando yo era la Morrigan? ¡Dios!, eres tan tonta como él —respondió burlona.

—¡Mierda! —maldije volviendo mi cabeza y mirando a Crystal.

—¿Qué es lo que pasa? —terció Crystal, a la vez que hacía ademán de apagar la radio.

—No —susurré sujetando su mano antes que pudiera alcanzar el interruptor de la radio—. Para en el próximo pueblo, en un bar a ser posible —continué en voz baja.

Crystal me miró confusa, con intenciones de preguntarme el porqué de mi decisión. Mi mirada le hizo entender que era mejor hacerme caso y siguió conduciendo. Al cabo de unos tensos minutos llegamos un pequeño restaurante de carretera.

—¿Paro aquí?

—Sí, Crystal. Debajo de ese árbol estaría bien. Hay sombra y está alejado del aparcamiento.

Crystal estacionó donde yo le indicaba y me miró expectante.

—Vayamos a comer algo, Crystal. Me ha entrado el hambre. Y tú —dije volviendo mi cara para enfrentarla a la de Evony—, te quedas aquí. Eres libre de marcharte si te apetece o de esperarnos, pero recuerda que necesitas una inyección más y no creo que la consigas lejos de mí. ¿Entendido?

—Sí, doctora —replicó una rabiosa Evony.

—Ya te traeré una ensalada, que tienes que mantener la línea. Ahora que eres humana puedes engordar si comes mucho —sentencié dando un portazo.

Comencé a atravesar el aparcamiento a grandes pasos seguida de una confundida Crystal.

—Para —gritó tirando de mi brazo para voltearme hacia ella—. ¿Qué pasa, Lauren? Me tienes asustada.

—Lo sabe —respondí—. Evony sabe a dónde vamos. Y si ella conoce el refugio, puede que se lo haya dicho a Marcus y que ese no sea el mejor lugar para escondernos.

—¿Cómo? —contestó extrañada —. Lauren te estás volviendo paranoica. Evony lleva todo el día medio inconsciente en el asiento trasero del coche. Es imposible que se haya comunicado con nadie. Tranquilízate, por favor.

—Tienes razón —repuse sollozante—. Estoy muy nerviosa y a punto de explotar. No soporto no saber nada de Bo y tener esta sensación de que todo el mundo me persigue.

—Ven aquí, Lauren.

Crystal se acercó y me abrazó a la vez que me acariciaba el pelo con una de sus manos y depositaba un tierno beso en mi cabeza.

—Todo va a estar bien —susurró en mi oído—. Solo serán unos pocos días en la montaña, luego Bo vendrá a buscarte y todo se arreglara. Créeme.

El tierno abrazo de Crystal y sus palabras de ánimo calmaron un poco mis nervios y pude dejar de llorar. Levanté la cabeza y, lanzando un breve suspiro, miré fijamente a Crystal.

—Puede que tengas razón —tercié—. Pero por si acaso estas equivocada, tenemos que tener algo con lo que defendernos si se diera el caso que vinieran a por nosotras.

—¿En qué estás pensando?

—Armas.

—¡Armas! —exclamó incrédula —. Las armas son difíciles de conseguir y muy caras. Ya me dirás donde hay armas a la venta en este pueblo, por no hablar del dinero necesario.

—El dinero no es un problema, Crystal. Y mi amiga Alex vive a unas dos horas de aquí.

—¿Eres amiga de una traficante de armas?

—Ya sabes… mis años locos. Déjame hacer una llamada y luego te lo cuento todo mientras comemos.

Me alejé un poco de Crystal y marqué en el teléfono el número de Alex. Tras un par de tonos de llamada escuché su cálida voz.

—Sí.

—Hola, Alex. Soy Karen.

—¡Karen! —exclamó Alex ilusionada—. No sabes lo que te he echado de menos. Hace mucho tiempo que no sé nada de ti. Lo último que supe es que estabas en el Congo y luego tu pista se perdió.

—Ya, lo siento, Alex. Tenía que haber sido un poco más comunicativa, pero han sido tiempos difíciles.

—¿Podemos vernos? —preguntó expectante—. Tengo ganas de darte un abrazo… y si te dejas, algo más —continuó con voz sugerente.

—Te llamaba para eso… bueno, no exactamente para "eso". Necesito de tus servicios profesionales.

—Vaya —respondió un poco desilusionada—. ¿Estás en problemas?

—Hablamos cuando vengas, Alex.

—De acuerdo. Dime donde estás…

Le di a Alex el nombre del pueblo y la dirección del restaurante y ella me aseguró que en una hora a más tardar nos reuniríamos. Retorné donde estaba Crystal y, cogiéndola del brazo, me la llevé al restaurante. Pedimos una ensalada para llevar y dos menús del día para tomar en el restaurante. Crystal se marcho a llevarle la comida a Evony mientras yo localizaba una mesa desde la que se veía el coche. No creía a Evony capaz de escaparse, pero toda precaución era poca.

Me senté en la mesa a esperar que Crystal regresara de llevar la comida a Evony. Para cuando Crystal volvió, ya nos habían servido la comida. Una ensalada templada para compartir y dos sendos entrecots acompañados de una guarnición de puré de patatas y verduritas salteadas. Pedí también una botella de vino.

—¿Qué hace Evony? —pregunté mientras servia un par de copas de vino.

—Dormitar —contestó Crystal después de apurar un buen trago de su copa—. Creo que no está bien del todo.

—Cuando lleguemos al refugio le pondré otra inyección. No puedo permitir que se muera, aunque ahora sea humana sigue siendo una fae con gran peso en su sociedad y si le pasara algo no haría más que aumentar mis problemas con los faes. Pero ahora comamos —sonreí y ataque con voracidad el entrecot—. Los nervios siempre me dan hambre.

Nos comimos en silencio la mayor parte del plato. Sumida como estaba en mis pensamientos acerca de Bo, del peligro que suponía Marcus, de la inminente llegada de Alex y de los recuerdos que rescataba de mi memoria, no presté mucha atención a Crystal. Apenas me di cuenta de las miradas cargadas de curiosidad y expectación que ella me lanzaba entre bocado y bocado.

—¡Bueno! —exclamó.

—Dime, Crystal —repuse sorprendida.

—¿Me vas a contar quién es Alex o te tengo que torturar con el tenedor para que hables? —inquirió burlona.

—Alex, nuestra querida Alex —murmuré evocando en mi mente escenas de lo que se me hacia otra vida—. Una vida muy alejada en el tiempo y el espacio.

—¿Nuestra? Yo no la conozco, Lauren.

—Eso espero —sonreí y me serví otra copa de vino—. Sería demasiada casualidad. Alex fue el primer amor de mi hermano.

—¿El ecoterrorista?

—Sí, pero no me interrumpas que no te cuento más —amenacé suavemente a la vez que le servía otra copa de vino—. Bebe y disfruta, que la historia es larga.

—De acuerdo. Me callo y bebo.

—Como te decía —continué—, Alex fue el primer amor de mi hermano y yo se la robé.

—¡Brindo por la doctora! —exclamó Crystal alzando su copa, ligeramente achispada.

Me reí liberada de la tensión que me tenía atenazada desde que supe que Evony sabía lo del refugio Mire a Crystal y acaricié el borde de la copa evocando recuerdos pretéritos. Tomé otro sorbo de vino y continué con la historia.

—Mi hermano y yo somos mellizos y creo que el hecho de haber estado juntos en el vientre materno nos hace compartir muchas cosas… como el gusto por las mujeres, especialmente si son morenas y de fuerte carácter.

Le eché una mirada picara a Crystal y continué hablando.

»Mis padres tenían una casa en las montañas y, cuando nosotros nacimos, ellos decidieron dejar la ciudad e irse a vivir en ella con el objetivo de ofrecernos una vida más sana y, a su juicio, mejor. Crecimos rodeados de la naturaleza. Mi padre nos llevaba a recorrer los bosques, enseñándonos los nombres de las plantas y las costumbres de los animales. Hacíamos acampadas en las que pasábamos las noches observando a los animales en su entorno. Esa clase de vida creó en nosotros una gran conciencia ecológica, bastante más fuerte en mi hermano que en mí. Yo tenía un reducido círculo de amistades y, algunas veces, solía bajar al pueblo a disfrutar de la vida social, pero mi hermano apenas se relacionaba con nadie, le gustaba pasear por los bosques y, en ocasiones, desaparecía durante días realizando largas excursiones por las montañas, solo o acompañado de mi padre.

»Cuando acabamos el instituto regresamos a la ciudad a cursar estudios universitarios. Yo me decanté por la medicina y mi hermano por la ecología. Al poco de empezar los estudios mi hermano entabló amistad con un grupo de gente con una visión bastante radical de la defensa de la naturaleza. Yo compartía en cierta medida esa visión, pero no estaba tan implicada como mi hermano.

—Y Alex estaba en ese grupo —terció Crystal entusiasmada—. Ya lo pillo. Tímido estudiante de ecología se enamora de la hermosa y combativa líder de un grupo ecologista radical, pero esta se enamora de la hermosa estudiante de medicina.

—Deducción incorrecta —sonreí—. Alex era la dueña del restaurante situado enfrente del local donde se reunían mi hermano y sus amigos. Ellos solían acudir a tomar unas copas después de las reuniones y mi hermano se enamoró de ella desde la primera vez que la vio. Una hermosa muchacha mexicana de piel oscura, pelo color azabache a juego con unos inmensos e hipnóticos ojos negros. Al principio ella no era muy receptiva al cortejo de mi hermano, pero con el tiempo, y debido a su insistencia, acabó cediendo y aceptando una invitación para cenar. Mi hermano no tenía ninguna experiencia con las mujeres y, temeroso de no hacerlo bien con Alex, me rogó que le ayudara. Yo organicé una cena en nuestra casa e invité a un buen amigo nuestro con el fin de hacerlo parecer una cena informal, no un intento de conquista por parte de mi hermano. Cuando Alex llegó a casa nuestras miradas se cruzaron y solo hizo falta eso y un par de palabras para darme cuenta del porqué era tan poco receptiva a los halagos de mi hermano. No dudo de que le tuviera cariño a mi hermano, pero definitivamente los hombres no la atraían. Le atraían las mujeres, especialmente yo, por lo que pude ver y sentir en esa velada.

—Y el sentimiento era mutuo, ¿verdad, Lauren?

—Sí. Alex y yo empezamos una relación al día siguiente. Al principio un poco a escondidas, temerosa de lastimar a mi hermano, pero poco a poco se hizo más evidente lo que pasaba entre nosotras y él se enteró. Se lo tomó bastante mal y empezamos a distanciarnos. Se marchó de casa a vivir con uno de sus compañeros del grupo y empezó a radicalizarse cada vez más. Volcaba toda la ira y la frustración que tenía en realizar acciones cada vez más arriesgadas, como si nada le importara.

—Incluido poner bombas, ¿me temo? —inquirió Crystal con cautela.

—Esa fue la primera y la última vez que lo hizo. Vino a mi casa y me pidió que fabricara una bomba, aprovechando mis pobres conocimientos de química. Ten en cuenta que no eran más que un grupo de jóvenes idealistas con muchas ganas y pocos conocimientos. Acababan de construir una refinería en la ciudad y su objetivo era poner una bomba y destruir gran parte de la misma. Mi hermano me aseguró que no habría víctimas ya que la instalación todavía no se hallaba operativa. Yo accedí a ayudarle porque no quería hacer más grande la brecha que se había abierto entre nosotros.

—¿Qué salió mal para que hubiera once víctimas? —preguntó Crystal mientras rellenaba las copas y me lanzaba una mirada cargada de ternura.

—Una inspección de última hora, Crystal. Un maldito trámite burocrático ocasionó que once personas del servicio de seguridad estuvieran recorriendo la instalación justo cuando explotó la bomba —apuré un gran trago de vino sintiendo el dolor que todavía me producía recordar aquellos momentos.

—¿Cómo lograsteis escapar?

—Gracias a Alex. Al tratarse de un atentado con un gran numero de víctimas la policía uso muchos recursos para dar con los culpables. Mi hermano y sus amigos eran tan torpes que dejaron múltiples pistas con lo que el cerco policial se hizo evidente de la noche a la mañana. Entonces, cuando creía que nos iban a atrapar se lo confesé todo a Alex y ella usó su red de contactos para hacernos escapar. Mi querida Alex, lo supe entonces, no era simplemente la dueña del restaurante. Era la hija pequeña del cabecilla de un poderoso cartel Mexicano dedicado al tráfico de armas y drogas. Ella se encargaba de todo el negocio que generaba el cartel en el norte de Estados Unidos y en todo nuestro país.

—¡Poderosa novia! —exclamó Crystal.

—Es la primera vez que me sentí feliz de tener una novia con pasado oculto —repuse—. Ella nos consiguió a mi hermano y a mí una nueva identidad y nos marchamos de la ciudad. Mi hermano se fue solo, no sé con que destino, y no he vuelto a saber nada de él desde entonces. De eso hace ya muchos años, Crystal.

—Ha tenido que ser duro —terció Crystal.

—Fueron unos años por una parte duros, pero también bonitos y llenos de buenos recuerdos —repliqué—. Yo no escapé sola. Alex se vino conmigo a Yale, donde acabé mi carrera de medicina y estudié mis especialidades. Estuvimos unos años juntas…más o menos. Su "particular" trabajo la hacía desaparecer largas temporadas, supongo que las pasaba en Mexico cuidando de sus asuntos, pero yo nunca quise preguntar mucho. Por un lado estábamos muy unidas, pero por otro lado yo notaba que existía una especie de distancia entre nosotras que nunca iba a desaparecer. Desde el principio supe que aquello terminaría algún día…

Dejé de hablar por un momento, sintiendo como los recuerdos encontrados de aquella época afloraban a la superficie. Miré por la ventana del restaurante, nerviosa pero expectante, con ganas de volver a ver a Alex después de tanto tiempo. Dos grandes todoterrenos negros abandonaron en ese momento la carretera y se introdujeron en el aparcamiento del restaurante. Sus cristales tintados no me dejaban ver quienes eran sus ocupantes, pero no necesitaba verla para saber que ella estaba dentro.

—Crystal.

—Dime, Lauren.

—¿Te importaría ir a ver como está Evony y esperarme en el coche? —pregunté nerviosa—. Alex se sentirá más cómoda si habla conmigo a solas.

—Por supuesto, Lauren —respondió mientras se levantaba, acariciándome suavemente la mano—. Nos vemos en un rato.

Miré por la ventana para ver como a la vez que Crystal cruzaba el aparcamiento, los todoterrenos aparcaban junto al restaurante. Las puertas de uno de los coches se abrieron y descendieron del mismo dos mexicanos robustos, ropas informales, gafas de sol y bultos en la sobaquera. Uno de ellos se dirigió a la puerta del restaurante y deslizó su dura mirada al interior, escrutando a cada una de las personas que nos encontrábamos dentro. Cuando estuvo satisfecho con su inspección hizo un leve gesto en dirección a su compañero y este procedió a abrir la puerta trasera del vehículo.

Zapatillas deportivas y unos vaqueros desgastados. Una camisa de talle ajustado ligeramente abierta, dejando entrever un hermoso escote, pelo negro recogido en una coleta alta. Sin atisbos de maquillaje ni joyas. Gafas de sol que ocultaban sus hermosos ojos. Andar rápido y seguro en dirección al restaurante. Alex, la "salvaje gata mexicana", entró en el restaurante. Miró en dirección a mi mesa y se quitó las gafas de sol. Me dedicó una amplia sonrisa y cruzó en un momento la distancia que nos separaba.

—Karen —susurró mirándome directamente a los ojos—. Cuanto tiempo.

—Siéntate, Alex —dije con dulzura, señalando la silla vacía.

—Ni un beso, ni un abrazo… —terció levemente disgustada. Sus brazos en jarras y una mirada expectante.

—Por favor, Alex. No es momento, ni lugar.

—De acuerdo. Tú ganas —respondió deslizándose suavemente en la silla—. Dime.

—Mi seguridad ha sido comprometida, Alex. Hace unos meses me vi obligada a trabajar para un científico llamado Isaac Taft. Él conocía mi identidad secreta. Y ahora hay una persona que me está persiguiendo. Solo sé que se llama Marcus. Creo que él también sabe lo de mi identidad oculta y puede que ambos estén conectados. La filtración tiene que haber salido de tu entorno, Alex. Tú eres la única que conoce mi identidad secreta.

—Yo y tu hermano —respondió Alex— ¿Lo has visto desde entonces?

—No lo he visto y no creo que él tenga nada que ver con este asunto.

—De acuerdo, Lauren. Voy a investigar a ver que puedo averiguar de ese doctor y del tal Marcus.

—Por Isaac no te preocupes. Está muerto. Él que me preocupa de verdad es Marcus.

—¿Fuiste tú quién lo mató? —preguntó con curiosidad.

—No. Isaac tenía enemigos mas poderosos que yo y ellos se encargaron de él.

—¿Algo más? —replicó Alex en tono profesional.

Era obvio que Alex esperaba algo más de este encuentro, algo más íntimo y acorde a los sentimientos que ella todavía tenía hacia mí.

—Necesito protección, Alex. Algunas armas por si necesito defenderme.

—Ven conmigo —dijo con un leve brillo de esperanza en los ojos—. Yo te protegeré de todo, Karen. Llevo cuatro años esperando la oportunidad de pedirte que vuelvas conmigo. Ahora todo es diferente, ya no habrá más separaciones y podremos ser felices de verdad.

—No veo que nada haya cambiado, Alex —repliqué con ternura mientras le acariciaba la mano—. O me vas a decir que esos dos brutos de ahí fuera, mas los que están en el coche, son tus amigos en vez de tus guardaespaldas…

—¡Escucha! —interrumpió mi réplica—. Cuando nos separamos la última vez, me fui a México y luché por cambiar mi situación. Luché por ti y por mí —continuó con voz entrecortada—. Y lo conseguí. Logré mi independencia. Es cierto que sigo dedicándome a lo mismo ya que no se hacer otra cosa, pero ya no dependo de nadie. Estoy sola en esto, y estoy aquí para buscarte y pedirte que estuvieras conmigo. Y lo único que pude averiguar es que estabas en el Congo y luego tu pista se perdió. Llevo años esperando una llamada tuya y, cuando la recibo, es para contarme que estás en peligro. Yo te puedo proteger de todo, Lauren. Y tú, ¿qué haces? ¿Me rechazas? No es justo, en absoluto justo.

Me la quedé mirando, al borde de las lágrimas. Nunca pensé que para Alex yo fuera tan importante como para enfrentarse a los suyos y lograr una estabilidad que le permitiera estar conmigo. Me sentía fatal y culpable por haberla ignorado durante estos últimos cuatro años y no haberle dado la oportunidad de hablarme.

—No puedo, Alex —dije, sintiendo quemar mi garganta al pronunciar esas palabras—. Tengo un sitio dónde ir y unos amigos que me protegerán. Es mejor para las dos así.

—¿Porqué no me dejas ayudarte? —replicó indignada—. No crees que yo pueda protegerte de todo.

—Alex, por favor. Eres la más salvaje, leal y cariñosa persona que jamás haya conocido. Te quiero tanto que no puedo dejar que hagas por mí nada más que lo que te pido. Es mejor así.

—Perfecto —replicó enfadada—. No sirvo para tener una vida en común contigo porque soy una puta traficante de armas. Pero si sirvo para proporcionarte armas e investigar quien te está persiguiendo.

—Alex —susurré al borde de las lágrimas.

—¡Calla! —espetó—. Vámonos de este puto tugurio.

Sin decir más se levantó y se encamino a la salida del restaurante. Me incorporé de la silla y seguí sus pasos. Alex se dirigió al todoterreno e hizo una seña a sus dos guardaespaldas.

—Fidel —le ordenó a uno de ellos—. Dale a mi amiga la bolsa negra que hay en el maletero.

Fidel recogió la bolsa del maletero y me la tendió.

—Dentro hay dos automáticas y dos recortadas, además de suficiente munición para tus necesidades —dijo Alex—. Cuando sepa algo de lo tuyo te llamaré al número desde el que he recibido la llamada.

Sin decir nada más se montó en el vehículo e hizo una seña al conductor para que arrancara. El vehículo se puso en marcha y empezó el lento rodar hacia la salida del aparcamiento. Me quedé plantada en medio de la nada, incapaz de reaccionar ante tan brusca reacción por parte de Alex. Algo que me tenía merecido por no ser capaz de confiar en ella y contarle toda la historia. No me sentía capaz de hablarle a Alex de Bo. Eso la destrozaría.

El todoterreno se paró a la entrada del aparcamiento y Alex bajó del mismo. Cruzó a grandes pasos la distancia que nos separaba y se plantó delante mía. Me miró fijamente, con esos grandes y hermosos ojos negros cuajados de lágrimas. Me cogió por la nuca con una mano y, atrayendo mi cara a la suya, me dio un salvaje, intenso y húmedo beso. Su lengua penetró en mi boca, buscando con urgencia la mía. Respondí a su necesidad inmediatamente, poseída de una necesidad rayana en la locura. Nuestras bocas se fundieron en una sola, mientras apretaba mi cuerpo contra el suyo, sintiendo cada una de sus curvas, oliendo el dulce aroma de su cuerpo… Me sentí transportada a otra época, a noches locas en la ciudad. Dos jóvenes muchachas disfrutando del placer de la juventud, con todo por aprender. Un tiempo con sus altibajos, pero definitivamente mejor que lo que estaba viviendo ahora. Alex despegó ligeramente su boca de la mía, pero yo detuve su movimiento poniendo mi mano en su nuca y la volví a acercar a mi.

—Más —susurré excitada.

—Cuando estés conmigo —me susurró—. Esperaré cuánto quieras.

Se separó de mí y se dirigió al vehículo. Se montó sin mirar hacia atrás y desapareció por la carretera a gran velocidad.