10. Descubrimientos
En los días siguientes, todo fue volviéndose más tranquilo, aunque Luz aun insistía en no ver a otras personas. El tío Jeb me dio un ultimátum: tenía una semana para volver a mis tareas habituales, contando desde el día en que Luz había comenzado a hablar. Me maldije a mí mismo por haberles dicho el momento y el modo exactos en los que lo había hecho. Yo y mi bocota.
Ahora ya habían pasado tres días. Estábamos sentados en la habitación, cada uno leyendo su libro. Ya casi estaba terminándolo. No habíamos hablado demasiado desde que ella había decidido ceder, pero al menos ahora ya no se trataba de un monólogo. Parecía estar acostumbrándose a mí.
Estaba atardeciendo, y la oscuridad hacía que fuese más y más difícil continuar leyendo, hasta que finalmente ambos cerramos nuestros libros. La miré por un momento y me devolvió la mirada. La pálida luz del atardecer hacía que sus ojos parecieran grises. Estaba sentada con las piernas cruzadas debajo de su cuerpo, en el otro extremo del cochón, enfrentándome. Yo me encontraba más cerca de la salida.
- ¿Quieres que busque una linterna? –le pregunté. Se encogió de hombros y dejó el libro a un lado, en el piso.
- ¿Puedo preguntarte algo? –murmuró en lugar de responder. Asentí con la cabeza-. ¿Qué crees que haya ahí afuera?
Fruncí la boca. Recordaba haberle dicho que se trataba de un desierto, no había mucho más que decir sin revelar nuestra ubicación. La miré a los ojos, intentando descifrar lo que quería saber.
- El desierto –respondí finalmente.
- Sí, lo sé… pero no era eso a lo que me refería.
- ¿Y a qué te refieres?
- Para ti. Quiero decir ¿Qué hay ahí afuera para ti?
- ¿Que signifique algo para mí?
- Exacto –concedió. Lo pensé por casi un minuto entero y necesité cerrar los ojos para imaginarme aquello que quería ver.
- Estrellas –respondí finalmente-. Viento. Carreteras… bosques. Parrilladas al aire libre y kilómetros y kilómetros de césped para correr –no pude evitar sonreír mientras hablaba-. Lagos en los que puedes nadar por horas, hasta que sientes que los brazos se te caerán por el esfuerzo. Solíamos ir a un lago cuando era pequeño. Mis padres, Mel y yo. Antes de que las almas… llegaran –mi voz se quebró y abrí los ojos para borrar el recuerdo de mis padres de mi mente. No era justo que los hubiera perdido con tan pocos recuerdos suyos para atesorar.
Miré a Luz, pero su expresión era inescrutable.
- Hablas de este planeta como si fuera la gran cosa –murmuró.
- Lo es para mí –respondí, un poco ofendido por la insinuación de que no lo era. Se encogió de hombros.
- Tiene demasiadas cosas malas –replicó-. No me siento a gusto aquí –fruncí el ceño y me lo pensé por un segundo. En cierta forma, podía entenderla. Quizás no fuéramos tan diferentes después de todo.
- Yo me sentía así antes –musité casi sin sonido. Soltó un pequeño bufido incrédulo.
- Este es tu planeta –su tono era burlón.
- No me refiero a la Tierra –aclaré al tiempo que negaba con la cabeza-. Me refiero a las cuevas.
- Creí que estabas a gusto aquí –hice una mueca: esto sería difícil de explicar.
- Lo estaba. Hasta hace unos años. Hace poco comencé a sentirme muy… solo. Como si nada de lo que hiciera pudiera ser suficiente para lograr que me miraran de una forma diferente a la que lo hacían. Me dormía en las noches sintiéndome vacío… me despertaba deseando tener a alguien que me comprendiera
Me armé de valor y la miré a los ojos. Los míos se nublaban por la humedad que les traía la culpa de la confesión que se atoraba en mi garganta.
- Fui yo quien insistió en realizar esa expedición –solté-. Fui yo quien ya no soportaba estar aquí dentro.
Temí a su reacción, temí que me gritara, que me pidiera que me alejara, pero su expresión no mostraba odio. Ni siquiera un ápice de desprecio. Y eso solo hizo que me sintiera aún peor. Comprendí que necesitaba que me culpara. Que entendiera que toda su desgracia era por mi causa.
- Fui a la biblioteca esperando encontrar historias nuevas. Esperando encontrar algo que me hiciera sentir vivo… y todo lo que logré fue arruinar tu vida también. Siento mucho saber que jamás podré compensar lo que te hice –sentí una gota de agua caer en mi mano y la miré por un segundo antes de comprender que se trataba de una lágrima. Me limpié el rostro con el dorso del brazo. Me quedé en silencio por un momento, y cuando hablé, mi voz fue apenas un susurro-. Si te sirve de algo… me arrepiento muchísimo de haberte traído en contra de tu voluntad. No era lo que quería. Simplemente… no había otra opción. Todas nuestras vidas dependen de que nadie sepa de nuestra existencia. La vida de mi familia, de mis amigos. No podía arriesgar eso.
Me tomé la cabeza entre las manos y cerré los ojos de nuevo, suspirando. Había contenido eso en mi pecho por demasiado tiempo, y aunque quizás solo lograra que ella me odiara, un peso se había quitado de mis hombros.
- Sé lo que es sentirse fuera de lugar –susurró Luz con un tono de voz tan dulce, que temí que solo fuera un producto de mi imaginación.
- Siento mucho oír eso –respondí mirándola finalmente. Me ofreció una media sonrisa. Hermosa y sincera.
- Ya te dije que el planeta no me gusta -dijo.
- Sí, no dejas de repetirlo… Pero tiene muchísimas casas buenas –argumenté.
- Pues aún no las he visto –murmuró después de un largo momento en silencio.
- Entonces algún día te las mostraré. Verás las maravillas que este mundo tiene para ofrecer –aseguré con una sonrisa. No soportaba la idea de que se sintiera tan desamparada en este lugar.
- No confío en ello –replicó.
- No confías en muchas cosas –contraataqué. Soltó una sonrisa y un bufido.
- No es mi culpa haber terminado en un nido de embusteros –sonreí mientras negaba con la cabeza. Tomaba sus palabras como un reto, más que como un insulto: solo significaban que debería probarle que se equivocaba. Con el tiempo lo sabría. Y su forma de hablar hacía que olvidara que estaba hablando con un alma.
- ¿Puedo preguntarte algo? –dije en voz baja. Ya había anochecido completamente, y la luz de la luna hacía que sus ojos estallaran en reflejos azules y plateados. Asintió con la cabeza-. ¿Dónde aprendiste a hablar de esa forma? –Se sonrojó y bajó la mirada.
- La biblioteca estatal contaba con una sección de televisión y cine –explicó-. Adoraba mirar esas historias por la noche. Aunque mis favoritos eran los libros.
- ¿Historias humanas? –pregunté.
- Sí, aunque solo miraba aquellas sin absurdas matanzas y mutilaciones –frunció el ceño, como si el reproche estuviera dirigido a mí en particular.
Pero a pesar de su mirada, yo creí que mis mejillas se desgarrarían por la sonrisa que se dibujó en mi rostro. Ahora comprendía por qué se comportaba como lo hacía, por qué hablaba como lo hacía. Había visto historias sobre nosotros… en cierta forma, nos conocía.
- Puedo contarte miles de historias humanas –susurré, y logré hacerla sonreír-, aunque no he podido ver demasiadas películas –agregué luego, cuando lo pensé mejor.
- Bien, entonces ¿qué te parece un intercambio? Yo te contaré películas, y a cambio, me contarás historias reales –propuso con un hermoso tono dulce. Le sonreí.
- Es un trato –concedí, sin dejar de mirarla.
En los días que siguieron, solo nos sentamos a hablar y leer en su habitación. Recordé que había dejado en el jeep los libros que había sacado a hurtadillas de la biblioteca, y Mel me acompañó una noche para buscarlos. Las cosas habían mejorado mucho entre nosotros desde esa noche.
- Así que… -comentó mientras ambos caminábamos hacia afuera de las cuevas-. ¿Cómo está todo? –soltó. Estaba más que seguro de que ella estaba al tanto de todo lo que sucedía, pero eso solo significaba que esta era su forma de entablar una conversación.
- Creo que todo está mucho mejor –murmuré con una sonrisa. Mel me golpeó suavemente con el codo en las costillas. Solté el aire en una carcajada muda-. Ok, ok… todo va genial –concedí.
- ¿Qué tan genial? –presionó. Me encogí de hombros.
- Bueno… ojalá pudieras oírla, Mel. Ella es la mar de guay –solté subiendo la voz hasta dejar de hablar en susurros-. Tiene este montón de ideas sobre la pertenencia de las almas a los mundos, de cómo están atadas a diferentes lugares. ¡Y ve películas! Adora las películas. Tiene esta forma de hablar tan extraña, ¡no suena como un alma en absoluto!
- Suena bien –concedió.
- Es increíble… pero no deberíamos retenerla en contra de su voluntad. No es correcto.
Me lanzó una fugaz sonrisa, y luego se metió las manos en los bolsillos mientras seguía caminando.
- ¿Qué? –pregunté. Negó con la cabeza, pero aún sonreía.
- Nada, es solo que… a veces olvido cuanto has crecido –murmuró por lo bajo. Nos quedamos callados por un momento, los pies de ambos hundiéndose en la arena con cada paso que dábamos.
Una ráfaga de viento hizo que llenara mis pulmones y cerrara los ojos, apuntando el rostro al cielo. Me encantaba sentir la brisa en la cara.
- De todos modos –soltó Mel de repente, haciendo que abriera los ojos. Su tono era distendido ahora-. ¡Apuesto a que aún puedo ganarte! –gritó mientras comenzaba a correr. Un segundo después, mis pies la estaban siguiendo. Ella era rápida, pero ahora mis piernas eran mucho más largas. Solo me ganó por una fracción de segundo, así que luego de recoger los libros, nos pasamos todo el camino de vuelta riendo y discutiendo el hecho de que ella había hecho trampa.
Al día siguiente, Luz y yo escogimos uno de los libros. Decidimos leerlo juntos, así que nos turnamos para hacerlo: Cada uno leía una página en voz alta, mientras el otro escuchaba. Desarrollé una pequeña adicción por la forma en que leía. Era muy imaginativa. Se empeñó en que uno de los personajes tenía acento británico, así que lo interpretó de esa forma de ahí en adelante. Me reía cuando lo hacía, pero había algo en su tono, en su forma de leer y en la cadencia de su voz que hacía que me sumergiera en sus palabras.
El lado malo, era que me obligaba a imitar el acento cuando debía leer las líneas de ese personaje, así que terminaba haciendo el ridículo con un intento de británico que sonaba más como un campesino ebrio.
- Te toca –anunció, pasándome el libro. Ahora permanecíamos sentados, atravesados en el colchón, hombro con hombro y apoyados contra la pared. Lo tomé para continuar leyendo y recité una página completa sin quejarme. Gracias al cielo, el personaje que se suponía era inglés, no aparecía en este pasaje.
- Ya no puedo ver nada –comentó unas horas después, mientras acercaba el libro a su rostro intentando distinguir las letras.
- Pues entonces creo que es todo por hoy –respondí. Le quité el libro con delicadeza y coloqué un pedazo de papel entre las páginas antes de cerrarlo.
- Podría haber leído unos minutos más –replicó, frotándose los ojos con el dorso de sus manos.
- Claro, se nota que estás en perfectas condiciones –solté, sarcástico. Ella me miró y me mostró la lengua como si fuera una niña. Me reí por un momento, pero luego recordé que mi tiempo a solas con ella se estaba acabando. Cuando volviera a mis tareas habituales, ya casi no tendría tiempo libre para pasarlo con ella.
Suspiré llenando mis pulmones y ella se removió, acomodándose en contra de la pared.
- Mañana será mi último día libre –comenté despacio.
- Sí, lo sé –murmuró bajando la voz.
- ¿Estarás bien aquí tu sola? –pregunté luego de un momento en voz baja.
- Creo que podré apañármelas, grandulón –soltó en tono burlón, pero luego de un par de risas se quedó callada y comenzó a morder la uña de su dedo pulgar. Varios minutos pasaron en los que no supe qué decir.
Supe que era la hora de la cena cuando un agudo quejido de mi estómago rompió el silencio, avergonzándome a la vez que aliviándome de la carga de buscar un tema de conversación.
- Será mejor que busque algo para cenar –dije poniéndome de pie. Luz solo asintió. Mirándome mientras me marchaba. No quería que esto se terminara. No quería tener que dejarla.
Cuando estuve lo suficientemente lejos de la habitación, inmerso en la oscuridad del túnel, me apoyé contra la pared y suspiré.
- No quiero que mañana sea el último día que pasemos juntos –confesé en voz baja y sin testigos, sabiendo que de nada serviría decirlo frente a ella.
