Disclaimer: Lo de siempre, J.K creó el mundo de Harry Potter, yo sólo juego con él y con sus maravillosos personajes.


Capítulo 10

Snape llevaba un par de semanas, simplemente, ignorándola.

Al principio creyó que era algún tipo de paranoia suya, que estaba elucubrando tonterías y que todo estaba en su cabeza. Al fin y al cabo, en las clases de pociones se comportaba igual que siempre. Seguía siendo el mismo tirano cruel que les quitaba puntos a la mínima ocasión, y sus sesiones privadas permanecían inalterables.

El gran abismo de distancia que parecía insalvable entre ellos, la incomodidad, el temor de las primeras semanas, había ido reduciéndose poco a poco conforme avanzaban los meses, hasta que había sentido que la trataba casi como a una igual, como a alguien a su misma altura.

Pero algo había cambiado, sutilmente, y Hermione lo sabía.

De repente todo lo que había conseguido, su respeto, su tolerancia, su compañía, que él le enseñase parte de su conocimiento a ella, se había consumido en la nada, como la llama de una vela que brilla intensamente durante un segundo y luego, inexplicablemente, se apaga.

Lo peor de todo es que dolía. Dolía más de lo que jamás hubiera creído, y empezaba a tener una ligera idea de por qué. Se decía a sí misma que lo que sentía por él no era más que respeto y muchísima admiración, pero una vocecilla traidora en su cabeza insistía en que había algo más. Hermione silenciaba esa irritante vocecilla constantemente.

Las charlas sobre sus libros, las pequeñas…"bromas", la comodidad entre ambos, la preparación de la poción, todo había quedado reducido a cenizas. Habían vuelto al punto en el que el único trato que mantenían, uno seco y muy formal, era durante las sesiones de Oclumancia , y Hermione no entendía qué estaba sucediendo.

En ocasiones, cuando pasaba cerca y trataba de hablar con él, simplemente la evitaba, y se escurría sigilosamente al punto opuesto de la habitación en el que ella se encontraba, frustrándola tremendamente.

Las primeras veces pensó que se lo estaba imaginando. Luego se dio cuenta de que no.

Trató de analizarlo, de encontrar una explicación lógica, algo que hubiera pasado por alto, algo que hubiera hecho para ofenderle, para ser merecedora de su frialdad.

No encontró nada, exceptuando que su mente, como si de una pequeña alarma roja parpadeante se tratase, la llevaba una y otra vez al día de la dichosa planta carnívora.

Pero aquel día las cosas habían ido bien, lo había reflexionado mucho. Él no sólo se dejó curar por ella—se sonrojaba cada vez que lo recordaba—sino que, milagrosamente, le había hecho un cumplido. Snape-le-hizo-un-cumplido. Le dio igual que le quitase quince puntos, ¡como si le quitaba cincuenta! La sonrisa no se borró de su rostro hasta mucho después de llegar a la sala común.

Desde luego aquel fue un buen día. Un muy buen día. Entonces…¿Qué pasaba? ¿A cuento de qué aquel cambio?


Severus había llegado a una resolución hacía un par de semanas tras mucho meditar al respecto: tenía que alejarse de Hermione Granger. Era eso o lanzarle comentarios crueles día sí día también hasta que le odiase y se apartase por sí misma de su camino.

Escogió la primera opción.

Sencillamente lo que sucedió había estado completamente fuera de lugar. Sabía que había cedido cierto espacio a la castaña, pero permitirle…¿Tocarle? ¿En qué demonios estaba pensando? ¿Cómo había bajado tanto la guardia? ¿Por qué no la gritó que se marchase? Mejor aún, ¿Por qué no se burló atrozmente de ella? Eso era lo que hacía, eso era lo que necesitaba para encontrarse al mando de cualquier situación: intimidar, hundir, machacar a las personas.

Con Granger últimamente había sido casi hasta agradable. Gruñó despectivamente contra sí mismo al recordar que incluso le hizo un cumplido.

Debió soltar alguna frase hiriente y dejar que se fuese de allí con los ojos encharcados en lágrimas, tal y como hacía siempre cuando alguien invadía un poco su espacio personal.

Por algún motivo que no quiso pararse a analizar, el estómago se le encogió dolorosamente al imaginar el rostro de la chica humedecido por el llanto.

No pudo apartarse, no de ella. La había dejado permanecer próxima a él durante demasiado tiempo. Había sido descuidado, se había dejado deslumbrar por la personalidad de la chica, por su cercanía, por su inteligencia.

Siempre creyó que tenía las riendas de la situación, que estaba cediendo exactamente hasta donde él quería, pero se equivocó. Había abierto de más sus muros y Granger se coló entre ellos con una facilidad pasmosa. No entendía cómo lo había hecho, pero no la vio venir. Se le fue de las manos.

Por Merlín, ni siquiera experimentó deseos de echarla.

Para añadir más leña al fuego había tenido la ilusión-porque Snape sabía que era una ilusión-de sentir algo, algo cercano a la calidez, algo peligrosamente cercano al…afecto.

Y se sentía culpable, y ella era su alumna, y aquello estaba mal. Incorrecto. Intolerable. Imperdonable.

Tenía que arrancarla de sí mismo antes de que se llevase su cordura, antes de que se metiera dentro de su piel y ya no hubiera forma de extirparla. La obligaría a irse, la obligaría aunque tuviera que sacarla a rastras de su vida y de su alma.

Ya era hora de retomar el control.

Con ese último pensamiento salió del castillo, ondeando suavemente su capa tras él.

Estaba siendo convocado.


No había nada que hacer, nada excepto darle vueltas una y otra vez a lo mismo.

Harry estaba en el despacho de Dumbledore. Últimamente el director pasaba muchas horas con él, instruyéndole y enseñándole magia avanzada. Para aquel momento Harry por fin había abierto los ojos y se había dado cuenta de que al director no le sobraba demasiado tiempo, y era una de las últimas figuras "paternas" que le quedaban, así que pasaba la mayor parte de sus ratos libres adiestrándose con él.

Ron estaba en la sala de los menesteres, habían vuelto a las clases del ED y él enseñaba en ausencia de Harry. Le hubiera encantado ayudar, pero sin su magia-la poción con las raíces potenciadoras no funcionó, después de todo-no tenía ganas de estar allí, se sentía un estorbo inútil.

Pensó en los últimos libros que Snape le había dejado. Los terminó haría una semana, pero no se los había devuelto porque era una cobarde, porque le daba miedo enfrentarse a la dura e indiferente mirada de su profesor, porque echaba mucho de menos el reconocimiento y la cercanía que habían reflejado sus profundos pozos negros semanas atrás.

Inspiró largamente, armándose de valor.

No había visto a Snape en todo el día, pero se dijo a sí misma que tampoco era tan extraño que no bajase al comedor un día. Se sabía de memoria sus horarios—"Calla, estúpida voz, es sólo simple preocupación, no le estoy espiando"—y sabía que en aquel momento estaría en su despacho, así que cogió los libros que le había prestado, y enfiló hacia allí.

Dos golpes en la puerta.

Nada.

Otros dos y el eco de los golpes resonando contra la madera como única respuesta.

—¿Profesor?—intentó con voz aparentemente firme.

Silencio.

No sabía cuál de las dos opciones le gustaba menos: que no estuviera en su despacho o que estuviera pero no quisiera responder. Comenzó a angustiarse, no le había visto en todo el día, ¿y sí…?

—¿Señorita Granger?—dijo una voz a sus espaldas.

Definitivamente no era la voz que quería escuchar.

—Profesora McGonagall—se giró—¿Ha visto al profesor Snape?

—Severus no se encuentra disponible ahora mismo. ¿Necesita algo?

El corazón se le paró.

—¿Cómo que no se encuentra disponible? ¿Eso significa que ha salido? ¿No está en el castillo?

McGonagall la miró con el ceño fruncido.

—Me temo que eso no es de su incumbencia, señorita Granger. Si no puedo hacer nada por usted le ruego que regrese a su sala común.

Salió corriendo de allí, apretando los libros fuertemente contra el pecho.

Cuando llegó a la torre de Gryffindor se dio de bruces con la segunda persona que encabezaba su lista de seres humanos a los que quería ver.

—¡Harry! ¡Gracias a Merlín! Necesito que me dejes tu capa y el mapa—trató de sonar menos ansiosa de lo que se sentía en realidad. Fracasó estrepitosamente.

—Hermione—perplejo —¿Qué sucede?

—Ahora no puedo explicártelo—sabía que si le decía que era para velar por Snape ni lo entendería ni lo aceptaría, así que no lo hizo—pero los necesito con urgencia. Por favor, Harry, confía en mí.

Deseó que sonase suficientemente convincente. Sólo tuvo que esperar dos segundos para recibir una respuesta.

—Está bien—sonrió—pero espero que me lo cuentes pronto. Sea lo que sea lo que vayas a hacer, ten cuidado, Hermione—dijo preocupado.

Se lo agradeció con un abrazo rápido cuando él regreso de su habitación con los objetos. Después de comprobar el mapa y ver que el nombre de Snape no aparecía por ninguna parte se apresuró a coger un pequeño candelabro y un mechero antes de irse, por si acaso, y salió disparada hacia la torre de astronomía como alma que lleva el diablo.

Cuando llegó se quedó allí, sentada, intercalando alternativamente una mirada hacia los terrenos de Hogwarts y otra hacia el mapa, y esperó.


Severus estaba de pie en un círculo formado por él y otros Mortífagos mientras el Lord, varita en mano y en el centro, torturaba al marido de Emmeline Vance, tanto para sacarle información, como por placer.

Lo habían capturado esa misma tarde a las puertas de su casa, él había participado en el secuestro, asqueado, junto con otros Mortífagos que no le quitaron los ojos de encima ni durante un segundo. Voldemort había ordenado que le vigilasen, por supuesto.

Vance no tuvo ni una sola oportunidad.

Snape sabía que Emmeline conocía su rol dentro de la Orden del fénix. Su marido era muggle y ella se había unido a Dumbledore para intentar protegerle, para luchar por un futuro mejor para ambos.

Menuda protección, menudo futuro.

Arrastró sus pensamientos sobre el señor Vance a las capas más profundas de su mente, completamente consciente de que quizá su mujer le hubiera hablado sobre él, sobre su papel como espía.

Completamente consciente de que, quizá, a aquel pobre hombre se le escapase la información entre tortura y tortura, y entonces él jamás saldría con vida de allí.

Compuso su mejor máscara inexpresiva y se mantuvo sereno, impasible, e indiferente, con sus pensamientos bien ocultos durante todo el tiempo que duró aquella abominación, soportando como Bellatrix coreaba y animaba ruidosamente a su señor, sedienta de sangre.

No podía hacer nada para ayudar. Hacía tiempo que había aprendido a soportarse a sí mismo por no intentar salvar la vida de aquellos pobres desgraciados.

Él sabía, igual que lo supo siempre con todos los demás, que Vance no iba a sobrevivir, lo único que no sabía era si el hombre sería capaz de mantener la boca cerrada hasta que el Lord Tenebroso se cansase de jugar y lo matase.

Se preguntó cuántas posibilidades tenía de regresar a Hogwarts aquella noche, y le sorprendió descubrir que quería regresar.

Hacía años que no le importaba lo más mínimo.

Evito cualquier otro pensamiento hasta que, minutos u horas después, no lo sabía, el Lord dictó la sentencia final lanzando el Avada Kedavra.

Vance gritó, lloró, gimió, chilló, y sufrió inhumanamente, pero no pronunció ni una sola palabra.

Cuando su cuerpo se agitó en el suelo por última vez, Voldemort se giró hacia él impunemente, y entonces habló.

—Severus. Tenemos una conversación pendiente desde hace algún tiempo—dijo con voz sedosa

—Mi Lord—le dedicó un pequeño gesto de inclinación con la cabeza.

—La sangresucia amiga de Potter debió morir meses atrás, cuando yo mismo la maté. Sin embargo sigue viva, y sólo una poción tuya podría haberla salvado—su tono parecía suave y conciliador, sin embargo a Snape no se le pasó por alto la amenaza subyacente en sus palabras.

—Mi señor, Dumbledore me lo pidió, habría sido sospechoso negarme.

—El espía perfecto ¿verdad, Severus? Como infiltrado me enorgulleces, como mi leal servidor no puedo decir lo mismo. Hasta he tenido que enterarme por otros. ¡CRUCIO!.

Cayó de rodillas y sus músculos se tensaron, estirándose y contrayéndose debido a la tortura. Respiró hondo, tratando de adaptarse a las familiares sensaciones. Se quedó completamente en blanco, como siempre hacía, concentrándose únicamente en relajarse.

El Señor Oscuro incrementó la violencia del ataque y sintió sus articulaciones retorcerse y arder por dentro. Intentó contener los espasmos y cerró los ojos.

Rizos castaños alborotados y una suave fragancia que olía a vainilla y pergaminos llenando su mente.

Abrió los ojos. Su subconsciente le estaba jugando una mala pasada, trataba de huir del suplicio y había recurrido a ella como método de evasión.

Otra oleada de dolor y esta vez apenas pudo soportarlo.

Cerró los ojos y se dejó llevar.

Ella tenía sus pequeñas manos de algodón sujetando la suya, estaba acariciando la herida de la planta, trazando círculos con el pulgar mientras masajeaba la zona, rozándole con delicadeza, como si él no fuese el asesino que era, como si mereciese su toque.

Jamás le habían tocado así, haciéndole sentir que alguien podía preocuparse por él.

Supo que debía haberla apartado al instante, lo supo cuando aquello pasó y lo sabía ahora, pero simplemente no tuvo fuerzas para hacerlo, ni siquiera las tenía en su propio pensamiento.

De nuevo la calidez de sus dedos recorriendo el dorso de su mano, la suavidad de su tacto y la paz extendiéndose por todo su cuerpo, reconfortándole, enviándole a un lugar seguro, muy lejos de allí.

El dolor estaba desapareciendo, vencido por el recuerdo de la piel de Hermione.

"Basta"

Apretó los dientes para no gritar y se obligó a abrir los ojos, impidiéndose a sí mismo evocar a la chica. Eran pensamientos peligrosos, ella era peligrosa. Si Voldemort leía su mente y descubría...

Con un esfuerzo sobrehumano se concentró en dejar de pensar, aguantando como pudo hasta que fue llevado al límite de sus fuerzas y aquello, por fin, terminó.


Eran las tres de la mañana y Hermione llevaba horas en la misma posición mirando fijamente por la ventana. Tenía los músculos agarrotados y se le habían dormido las piernas un par de veces.

No le importaba.

Lo único que importaba era que él regresara. Esperaría el tiempo que fuese necesario hasta verle aparecer.

No pensaba moverse de allí.

Echó otro vistazo al mapa por si acaso había vuelto por algún pasadizo oculto, rogando por ver su nombre dentro del papel, pero nada había cambiado.

Desesperada rodó nuevamente la vista hacia la ventana, y entonces lo vio.

Estaba lejos, caminando hacia la puerta del castillo, pero ella le hubiera reconocido en cualquier momento, a cualquier distancia.

Miró el mapa sólo para corroborar lo que ya sabía, y ahora sí aparecieron lenta y elegantemente las letras que conformaban las palabras "Severus Snape" en el plano mágico.

Notó extrañas sus mejillas, así que las tocó, y un poco contrariada encontró en ellas restos de humedad que no sabía que estaban ahí. Había estado llorando, pero ni siquiera se había dado cuenta hasta aquel momento.

Aliviada cogió el candelabro, se puso la capa, se quitó los zapatos para no hacer ruido y salió de la torre fugazmente, dispuesta a asegurarse de que Snape llegaba a sus habitaciones sano y salvo.

Casi se dio de bruces contra él en su persecución, pero se las arregló, gracias a la capa, para ir tras él sin ser vista.

Su profesor caminaba sin su habitual elegancia ni su silenciosa presencia. Más bien iba dando tumbos, cojeando, y apoyándose contra algunas de las paredes para poder avanzar.

En una ocasión lo vio trastabillar hasta que casi cayó al suelo, en aquel momento Hermione estuvo a punto de salir de su escondrijo para ayudarle, pero al final se contuvo.

Quizá si esa situación se hubiera producido semanas atrás sí hubiera salido a ayudarle. Tal y como estaban las cosas entre ellos en aquellos momentos decidió ser menos impulsiva y más cautelosa. Esta vez se quedaría atrás, cobijada entre las sombras como hacía él, protegiéndole secretamente sin ser vista ni detectada.

Lo que más deseaba era dejar de esconderse, dejar de reprimirse, caminar hasta tenerlo en frente, y entonces abrazarle fuertemente durante lo que quedaba de noche. Consolarlo entre sus brazos por lo que fuera que acabase de vivir. Sabía que era una fantasía estúpida, y que tenía que contentarse con saberle vivo desde la distancia.

Cuando llegaron a las mazmorras Snape, a golpe de varita, hizo aparecer en la pared un adorno de una pequeña serpiente. Tocó entre sus ojos y justo al lado se abrió una puerta. Hermione supo que aquella puerta daba a sus aposentos.

Estaba a salvo.

Se retiró de allí, tan agotada como dolorida, pero satisfecha. Con el corazón en un puño regresó a la sala común, tirándose en la cama sin siquiera cambiarse de ropa. Completamente exhausta cerró los ojos y en menos de un minuto ya se encontraba profundamente dormida.


N. de A. Esperábais que saliese a ayudarle, ¿a que sí? Pues nada de eso. He sido un monstruo cruel xD

Reviews:

Aigo Snape: Jajaja, a mi también me gusta la plantita. Ojalá hubiera una en todos los capítulos que sirviera de excusa para acercar a estos dos, pero mucho me temo que Snape, el pobre, tiene una lucha interna bastante dura, y es un cabezota (Aunque Hermione también :-D). xD

Yazmin Snape Marvolo: Bieen, me alegra que te gustase ^^Wa, quién no puede amarlo, haga lo que haga (L). Y sí, los dos son muy testarudos. Si es que son tal para cuál (L) xD

LadyBasilisco220282 No puedes quejarte, ha sido pronto ;-P. Sí, Hermione es brillante, y se preocupa mucho por los demás, yo también creo que es muy suyo inventar soluciones, sobretodo si son para otros. La pobre tiene unos genes la mar de altruistas, lo contrario que Snape xD

Espero que os haya gustado.

¡Hasta la próxima!