Nada de esto me pertenece solo me adjudico la traduccion y adaptacion
Capitulo 9: Pequeña pelea
Edward tomó a Bella del brazo para llevarla hasta su coche. Una de las primeras reglas del boxeo era no pelear nunca enfadado porque eso le daba ventaja a tu oponente. Él había aprendido la lección y no pensaba decir nada hasta que estuviera más calmado. Algo difícil de imaginar en aquel momento.
Estaba más que cabreado y el deseo de ponerse a gritar, algo que no hacía nunca, lo superaba.
—Suéltalo de una vez —dijo Bella cuando llegaron al coche.
—No tengo nada que decir.
Ella puso los ojos en blanco.
—Por favor, si prácticamente echas espuma por la boca. Dilo de una vez.
—Estoy bien —insistió Edward, esperando hasta que entró en el coche para cerrar la puerta y sentarse tras el volante.
—Venga, te sentirás mejor.
—Muy bien, no tenías derecho a hacerlo.
—O sea, que estás enfadado.
—¿Cómo se te ha ocurrido?
—Ah, ya veo que las palabras amables se han terminado.
—¿Qué quieres decir?
—Antes, cuanto he tenido que ponerme a cantar muerta de vergüenza para animar la fiesta, has sido muy amable conmigo. Pero ahora, por una simple sugerencia, estás enfadado.
—¿Una simple sugerencia? ¿Es así como lo llamas? No tenías derecho, Isabella. Yo llevo un negocio y nuestro acuerdo no te da autoridad sobre mí o sobre mis decisiones. No sabías de lo que hablabas y tendré que solucionarlo como pueda….
—¿Te sientes mejor ahora?
—No soy un niño, no tienes que aplacarme.
—Entiendo que eso es un no.
Bella no le tenía miedo y, en el fondo, Edward agradecía que así fuera.
—Mira, vamos a dejarlo.
—Pues yo sigo pensando que no es mala idea.
—Tú no eres la que tendría que pagar por ello.
—Pero si tú ya estás pagando —dijo Bella tranquilamente—. Los padres tienen que faltar al trabajo porque no hay suficientes guarderías o tienen que irse antes porque sus hijos se ponen enfermos. Es algo que no se puede controlar y la gente se preocupa, Edward. Y la gente preocupada no puede trabajar al cien por cien.
—No pienso construir una guardería en la empresa, es ridículo.
—¿Por qué?
—Para empezar, es caro e innecesario.
—¿Lo sabes con total seguridad?
—¿Y tú sabes si serviría de algo?
—No, pero estaría dispuesta a probar. ¿Y tú?
—Yo no voy a tu colegio para decirte cómo debes dar las clases y te agradecería que no me dijeras cómo llevar mi empresa —replicó Edward, furioso.
—No te estoy diciendo cómo llevar tu empresa. He hablado con un grupo de empleados y todos estaban de acuerdo en que es un problema. Yo sólo dije que sería una idea interesante y algo que tú podrías estudiar.
—No debes hablar por mí.
—¿Y qué querías que hiciera? —le preguntó ella entonces—. Todo el mundo cree que soy tu novia. Hemos llegado a este acuerdo para que la gente crea que eres una persona decente. Y las personas decentes tienen buenas ideas.
—No es una buena idea. Yo escucho cuando alguien me ofrece algo interesante, esto no lo es.
—¿Y por qué no? ¿Necesito un máster en Economía para darte una idea? Ahora entiendo que todo el mundo estuviera tan asustado. No dejas que nadie diga nada sin tu permiso —protestó Bella—. Pues si no escuchas a nadie, imagino que las reuniones contigo deben ser cortísimas. Además, ¿para qué tienes reuniones? Eres tan engreído… das una orden y todo el mundo se pone firme. Qué absurdo.
Estaba seriamente enfadada. Tan enfadada que se inclinó hacia delante y clavó un dedo en su brazo.
—No seas tonto, tú sabes que la idea podría ser interesante. Otras compañías lo han hecho y nadie se ha arrepentido. O también podrías hablar con un par de guarderías cercanas para que permaneciesen abiertas más horas, llegar a algún tipo de acuerdo, ofrecer un precio especial para tus empleados… yo qué sé. Lo que digo es que si es un problema para tus empleados, es un problema y punto.
Edward se apoyó en la puerta del coche.
—¿Has terminado?
—No, la gente de la fiesta te tenía miedo y eso no es bueno.
Edward sabía que tenía razón en ese punto. Unos empleados asustados ponían más energía en protegerse que en luchar por la empresa.
—No quiero que me tengan miedo —admitió—. Quiero que trabajen.
—A la mayoría de la gente se la puede motivar con un objetivo común. Mucho mejor que con intimidaciones.
—¿Qué intimidaciones? Tú no me tienes miedo.
—Porque yo no trabajo para ti. Bueno, se podría considerar que me has contratado, pero yo te conozco, ellos no. Tú puedes dar mucho miedo y lo utilizas cuando quieres. Tal vez esa estrategia te dé resultado algunas veces, pero ahora mismo es un obstáculo.
—No pienso volverme blando, es ridículo.
—Tal vez no, pero tampoco tienes que ser un ogro. Y sabes que tengo razón sobre el asunto de la guardería, deberías pensarlo.
Tenía razón, maldita fuera. Y lo más frustrante era que ya no estaba enfadado. ¿Cómo había hecho eso?
—Eres una mujer extraña, Isabella Swan.
—Es parte de mi encanto —sonrió ella.
Era algo más que encanto, pensó Edward, tirando de su mano para besarla.
Y ella le devolvió el beso sin protestar.
No sabía lo que era hacer las paces con un hombre después de una discusión porque ella no tenía por costumbre discutir, pero había oído que era magnífico. Y, a juzgar por el incendio que recorría todo su cuerpo en ese momento, era algo que habría que estudiar.
Se sentía llena de energía después de la discusión. Le gustaba pelearse con él sabiendo que podía ser firme. Aunque Edward podría ganarle físicamente, emocionalmente estaban a la misma altura. Y seguiría siendo así porque algo le decía que Edward era una persona justa.
Bella inclinó a un lado la cabeza y él enredó los dedos en su pelo, mientras abría sus labios con la lengua. Sabía a whisky a menta y se apretó contra él un poco más, echándole los brazos al cuello.
Sentía que sus pechos se hinchaban y una extraña presión entre las piernas. Si la palanca de marchas no hubiera estado entre los dos, seguramente le habría arrancado la chaqueta y la camisa.
Pero, en lugar de sugerir que siguieran en otro sitio, Edwrad se apartó un poco.
En la oscuridad no podía ver sus ojos y no sabía lo que estaba pensando.
—Eres una complicación, Bella—dijo él entonces.
¿Eso era bueno o malo?, se preguntó.
—También soy Piscis y me gusta viajar y dar largos paseos por la playa.
Edward rió. Y, como siempre, el sonido hizo que se le encogiera el estómago.
—Maldita sea —murmuró él—. Voy a llevarte a casa antes de que hagamos algo que lamentemos más tarde.
¿Lamentar? Ella no pensaba lamentar nada. Pero como no estaba segura de su respuesta, decidió callarse. Desear a Edward era una cosa. Desear a Edward y que él dijera que no estaba interesado era más de lo que estaba dispuesta a soportar.
El valor era una cosa curiosa, pensó mientras se ponía el cinturón de seguridad. Y, aparentemente, ella iba a tener que encontrar el suyo.
Siento haberme tardado tanto :(
Besos a todas y nos leemos
