Capítulo IX: Cuando es once de enero.


Al final sí se había ido a vivir al departamento de Javier, aunque las cosas ciertamente no habían resultado como él las había planeado.

El día antes de mudarse, tanto como Sarina y Max le habían preguntado si estaba seguro de su decisión, si no quería pensarlo un poquito más. Max le había dicho que, aunque Sarina pudiera parecer un monstruo al inicio, tampoco era tan mala. Pero él no había hecho caso y había continuado con su idea. No podía, tampoco, rechazar la invitación de Javier porque ya habían quedado de acuerdo y todo.

La primera noche había sido todo normal, habían platicado un poco y cada uno se había ido a su respectivo cuarto a dormir. A la mañana se habían despertado y habían ido al departamento de Max, pues ahí era donde Javier acostumbraba a comer (el pobre con suerte tenía un queso todo rancio en el refrigerador, y mucha cerveza). Durante el desayuno Sarina le había preguntado sospechosamente si había pasado una buena noche. Le había parecido rara la pregunta, pero había intentado no hacerle caso y ahí había muerto el tema.

El problema había comenzado en la segunda noche.

Eran alrededor de las dos de la mañana cuando unos golpes repetitivos en la pared lo despertaron. Uno, dos, tres. Los golpes continuaban y, pasado un tiempo, unos sonidos femeninos lo acompañaban. Yuuri, en su sopor, no le dio mucha importancia, claro, hasta que los sonidos comenzaron a subir de volumen y ya no eran simples gemidos, sino que llegaban a ser gritos.

―¡Ja-javieeeer!

¡Oh por dios! ¿Acaso estaban haciendo lo que creía que estaban haciendo?

¡Voy a llegar! ¡Más rápido, Javi!

No entendía ni mierda, la verdad, pero no hacía falta ser un genio para saber qué era lo que estaba ocurriendo en la otra habitación y que había terminado despertándolo.

Ya casi, ya casi… ―Esa era la voz de Javier.

Y bueno, hasta ahí llegó su paciencia. Recordó lo que Sarina le comentó, sobre la llave que había en el living para cualquier emergencia. ¡Esa era una emergencia! Así que se levantó, sin preocuparse mucho por hallarse en pijama y fue a buscar la dichosa llave. Gracias al cielo que Javier mantenía cierto orden en su departamento y la llave estaba donde le habían dicho. Sigilosamente, con los gemidos como música ambiental, salió del departamento y prácticamente corrió hacia la puerta de Max.

Al entrar, respiró aliviado, pensando en que prefería vivir con Sarina a tener que escuchar algo como eso nuevamente. Definitivamente, mañana les prepararía el desayuno y no le importaría llegar como perro apaleado pidiendo nuevamente alojamiento. Con ese pensamiento en mente, emprendió camino a la que fuera su habitación, pero no alcanzó a dar ni dos pasos cuando la voz adormilada de Max lo detuvo.

―¿Yuuri? ¿Qué haces acá? ―Todo aquello fue dicho en un susurro, al tiempo que Yuuri buscaba a tientas el interruptor.

―Javier tenía visitas. ―Esa era una forma amable de decirlo.

―Ah, entiendo. ―Y vaya que lo entendía, en todo caso.

La luz fue encendida y Max se tapó los ojos, al tiempo que Sarina, tendida sobre él, se removía un poco incómoda. Yuuri al ver la escena alzó las cejas, preguntándose hasta qué punto esa amistad podía confundirse con algo más.

―Es difícil de explicar ―musitó Max mientras intentaba que la luz no molestara a la joven, la cual hizo un sonido parecido a un sollozo, para volver a pegarse al pecho de su ex.

―¿Pasó algo? ―Era lógico preguntar eso cuando se podían notar restos de lágrimas secas en el rostro de la mujer.

―Nada que no vaya a superar en unos días. No te preocupes. ―Max tenía una expresión tranquila al decir eso, algo que lo calmó a él también.

Yuuri asintió, notando como Max se removía en el sofá, intentando encontrar una posición cómoda sin molestar mucho a la mujer sobre él.

―¿No deberías llevarla a su cuarto?

―Me odiará si la dejo sola, pero tienes razón, mejor voy a un lugar más cómodo. ―Luego se levantó sin mucho esfuerzo con la mujer en brazos y emprendió camino a su propia habitación.

Yuuri se abstuvo de preguntarle por qué se la llevaba a dormir con él, cuando lo más lógico era que la dejara en su propio cuarto, pero conocía poco a ese par y había cosas que ciertamente solo ellos dos entendían de esa rara relación de ex novios, así que se encogió de hombros y se fue dispuesto a dormir.

―¿Yuuri? ―Max lo llamó en un susurro.

―Dime.

―Es bueno tenerte de regreso y gracias por no haber vuelto ayer. ―Al ver que Yuuri lo miraba confundido, Max se apresuró a explicar―. Apostamos con Sarina cuánto durarías viviendo con Javier. Ella apostó que volvías a la primera noche y yo que a la segunda. Así que gracias a ti no tendré que cocinar durante una semana.

Yuuri no tuvo de otra que reír.

.

Al día siguiente Sarina estaba como siempre. Ni ella ni Max se comportaron de manera diferente de como usualmente eran y solo se podía presumir algo si mirabas la ligera hinchazón en la zona de sus ojos.

Sarina se había reído bastante por su sufrimiento y bueno, también lo había regañado por hacerla perder la apuesta. Algo usual, en verdad. Sarina no sería Sarina si no hiciera apuestas respecto a sus amigos y ese conocimiento solo le había llevado un fin de semana de convivencia. De hecho, cuando Javier había llegado al departamento a desayunar, él ni siquiera se había sentido tan nervioso como pensó que estaría en un inicio, y todo eso gracias al comentario que hizo Sarina ni bien Javier puso un pie en el comedor.

―Tuviste una noche movidita, al parecer. ―Luego apuntó a Yuuri―. El pobre quedó traumado.

Javier lo miró con extrañeza.

―¿De verdad? Vaya, lo siento. Pensé que estabas acostumbrado.

¡¿Y por qué él, por lo más sagrado, debería estar acostumbrado a algo como eso?!

Fue Max, de todos modos, quién expresó sus dudas en voz alta.

―Bueno, tiene veinticuatro años, ¿verdad? Estoy seguro que solo tú eres capaz de mantenerte virgen luego de los veinte, compadre.

Sarina rio, mientras Max reclamaba a su amigo, rojo de vergüenza. Por su parte, Yuuri sentía como si un bloque de cemento con el cartel de virgen le hubiese caído encima.

―¿Y qué si soy virgen? ―Max aún tenía la cara roja al decir eso―. Soy selectivo, eso es todo. Cuando quiera volver a hacer el amor, es porque estaré enamorado.

Javier sonrió burlón.

―Ojalá que cuando eso pase aún sepas como usarla, campeón. ¿Verdad, Yuuri?

¿Y qué demonios se suponía que debía contestar a eso?

―Ah, claro. ―Fue lo único que pudo decir luego de haber balbuceado como por un minuto, con el rostro del color de la grana.

Sarina lo miró durante un momento y luego esbozó esa acostumbrada sonrisa traviesa.

―Javier, que eres despistado. Se nota demasiado que nuestro Yuuri sigue siendo virgen. ―Yuuri no sabía si agradecerle o maldecirla. Dioses, ¿por qué no se lo tragaba la tierra ahora mismo?

―¿Qué? ¿De verdad? ―Javier sonó bastante decepcionado al decir aquello.

―S-sí.

―¿Viste, weón? Yuuri también piensa como yo.

―Claro, en mi caso, para llegar a tener relaciones debe haber un sentimiento fuerte de por medio. ―Aunque lo dijo con una voz diminuta, intentó sonar lo más solemne posible, omitiendo que, en su caso, era probable que siguiera siendo virgen incluso en su entierro.

Javier suspiró y pegó la frente en la mesa, mientras murmuraba cosas que nadie entendía.

―¡Yuuri, bienvenido al club! ―Sarina dijo aquello mientras rodeaba su cuello con uno de sus brazos―. ¡Ya somos cinco miembros!

¿Había un club? Sarina y su tendencia a formar clubes, ¿eh? Aun así, rio cuando la mujer comenzó a restregar su mejilla con la suya, murmurado que debían realizarle alguna fiesta de bienvenida.

Javier, despegando su frente de la mesa, miró a las otras tres personas con fastidio.

―¿Por qué mejor no le haces una fiesta cuando deje de ser virgen? Ahí sí que sería digno de celebrar.

Sarina, con la mejilla aún junto a la suya, miró a Javier con desdén.

―Lo siento, pero debes ser miembro del grupo para poder opinar.

―Soy miembro honorario.

―No, no inventes. A ti no te queda nada virgen.

Javier dejó caer, nuevamente, su cabeza contra la mesa, mientras de sus labios salía un gemido agónico.

―¿Cuándo vuelve Lucas, de todos modos? Rodeado de tanta gente pura y casta llego a sentirme culpable de ser alguien que disfruta sanamente de su sexualidad.

Sarina suspiró, separándose al fin de él y comenzando a prepararse un pan ―y sí, con palta.

―Lamento decirte que te sentirás culpable hasta marzo.

Javier, al oírla, no pudo evitar presionar más su frente contra la madera.

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―Sarina, ¿no crees que ya es mucho?

Era la tarde de ese mismo día miércoles, y Yuuri caminaba por las calles de Lihuén, cargado de bolsas y con una Sarina que parecía que no estaba conforme con todo lo que había comprado ya.

―Tranquilo ―musitó la muchacha mientras sacaba unas cuentas en su celular―, solo nos queda ir a retirar la torta, y sería. Ven, vamos a dejar las cosas al auto.

Yuuri asintió, pensado en las circunstancias que lo habían convertido en un burro de carga.

Había comenzado durante el desayuno, cuando Sarina le había comentado que ese día apenas Yuuri saliera de clases, viajarían a Lihuén por el día. El motivo: el cumpleaños número cuarenta y dos de su madre. Yuuri había asentido, obviamente, ofreciéndole su ayuda para la "pequeña once" que le prepararían en su hogar, una celebración solo con los más cercanos. No se había dado cuenta de la mirada nerviosa que habían intercambiado Javier y Max, ni de cómo estos habían puesto excusas para no viajar con ella y llegar un poco más tarde. Ahora, cuando sentía que en cualquier momento sus manos pasarían a mejor vida, pudo comprender la cara de compasión que habían puesto esos dos.

A su lado, Jorge no estaba en mejor situación que él, solo que al menos, el niño se encargaba de llevar el regalo cuidadosamente envuelto y no llevaba un montón de pesadas bolsas. ¡Sarina prácticamente había saqueado el supermercado entero!

El móvil de la muchacha sonó y ella bufó, mirando con fastidio la pantalla, para luego colgar. Yuuri la había visto hacer eso incontables veces durante el día. El móvil volvió a sonar, y esta vez la mujer atendió la llamada. Era su padre, de todos modos.

―Están hablando sobre el regalo de mi mamá ―musitó Jorge a su lado―. Papá le compró un celular nuevo (mi mamá lo va a matar cuando se entere), pero quieren ver que más le regalan. Usualmente es un regalo por cada uno de nosotros, así que están viendo si le regalamos unos zapatos o un perfume. Sarina dice que un perfume, claro, porque o sino tendrá que ir a la tienda a probarse los zapatos y ver qué tal quedan y parece que no anda de ánimo para ello.

Yuuri asintió, mientras miraba distraídamente a Sarina. Era verdad, pese a ser casi imperceptible, ese día la mujer andaba un poco más apagada que de costumbre y más tranquila también, o sea, no lo había molestado desde el desayuno de esa mañana ―un gran logro, por cierto― y eso era raro.

Su línea de pensamientos se cortó al mismo tiempo que Sarina finalizó la llamada, soltando un suspiro de fastidio.

―Vamos, hay que ir a buscar la torta, la dejamos en el auto y luego nos juntamos con papá.

―¿Al final qué regalo ganó? ―Jorge había hecho la inocente pregunta.

―Debo ir a probarme, por lo menos, unos diez pares de botines distintos. ―Bueno, ahí estaba la respuesta.

Vaya, era reconfortante saber que alguien podía ganarle a esa mujer.

.

.

Fijó sus ojos verdosos en el vaso con vodka que tenía en la mano, recordando que no era la primera vez que visitaba ese lugar en lo que iba de semana. Era raro, pero estando ya en ese país, se había dado cuenta de que en realidad aún era un bebé de mamá, y de los peores. En el tiempo que llevaba ahí estaba seguro que ya había sufrido de mamitis, papitis e incluso hermanitis. Extrañaba su hogar y la verdad que ya le parecía casi un delito quedarse hasta marzo en ese país.

Lloriqueó miserablemente.

No había tomado ni siquiera ni siquiera un sorbo del fuerte líquido y ya estaba deprimiéndose. Tampoco ayudaba el hecho, claro, que en ese país la comida fuera tan distinta. Él, sin temor a equivocarse, podía decir que hace meses que deseaba comerse un plato de porotos granados, o una empanada de pino, o un pastel de choclo. Había sido gracioso, la verdad, cuando había entrado a un restorán aquel dieciocho de septiembre ―ebrio, porque sobrio era más controlado― y se había puesto en la barra, preguntando desesperado y en español:

―¿Tení empanadas de horno? ―Silencio―. ¿Pastel de choclo? ―Más silencio. El ruso en la barra seguramente pensaba que lo estaba insultando en su propio idioma―. ¿Porotos con riendas? ―Otro silencio más y él ya comenzaba a lloriquear―. ¡¿Anticuchos?!

Había, por lo menos, unos veinte comensales en el lugar, mirando su poco digna petición. Y la cosa definitivamente empeoró cuando, con todo el patriotismo que no había mostrado en toda su vida, había comenzado a entonar el himno nacional con voz borracha.

―P-puro shile es tu shielo ashulado… puras brishas… ―Y hasta ahí había llegado, pues un guardia lo había sacado del establecimiento a tirones―. ¡Oyeeee, shueeltame aweonaooo! ¿Querí pelea shushetumareeee?

Lo peor de todo era que al día siguiente había sido capaz de recordar todo lo que había hecho ese dieciocho de septiembre, ese día en que sentía que la chilenidad le brotaba por los poros. Tenía memorias de haber comenzado a bailar un pie de cueca en plena vía pública con un poste de luz y también de haber comenzado a entonar canciones de Víctor Jara y de Los Jaivas.

―Shi vivimosh todosh sheparaaaados ¿para que shon el shielo y el mar? ¿Para queeeeé esh el shol que nosh aluuuumbra shi no lo podemos ni mirar?

La guinda de la torta había sido cuando, yaciendo desparramado en una vereda con la espalda apoyada fuera del restorán, la gente le había comenzado a dejar rublos a sus pies.

―¡Lléveshe shus monedash a otra parte, sheñora, que eshto yo lo hago por amorsh al arte!

Al día siguiente había despertado con una resaca de los mil demonios y con una vergüenza que lo había hecho andar con capucha como por una semana. Aunque ni todo eso había hecho que desistiera en su idea de comer algo chileno durante fiestas patrias, así que había recurrido a la única persona que estaba casi igual de loca que él.

―¿Y por qué no te preparas un choripán mejor? ―Su hermana lo había mirado con cara de cansancio cuando ya llevaban una hora de video llamada.

Él había mirado la pantalla de la laptop con una sonrisa y le había guiñado un ojo.

―Nop, quiero comer pastel de choclo. Y como no hay ni un puto lugar acá que lo venda, lo haré yo mismo.

―¿Era necesario despertarme a las siete de la mañana para esto?

―Algún día que te levantes temprano. Y, de todos modos, agradece que me levanté a las doce, porque de lo contrario te hubiera despertado antes.

―¡Hijo de tu madre!

―Mujer, somos hermanos. Y cállate, que esta cefalea me está matando.

Pese a que no la estaba mirando, sabía que ella había blanqueado los ojos.

―¿Y ya está listo el pino?

―Ajá… ―había respondido mientras revolvía la olla, donde una sustancia amarilla se estaba cociendo―. ¿Cómo demonios sé cuándo el choclo ya está listo?

―Fíjate en el olor y en el sabor. Debe estar como le queda a la abuela.

―Me encanta tu precisión en este tipo de cosas.

―Debiste haber llamado a mamá. Sabes que yo con suerte sé preparar el pino. Y no esperes mucho de mí un diecinueve de septiembre en la mañana.

―Si hubiera llamado a mamá le hubiera dado otro motivo para retarme por haberme ido de intercambio, así que no, muchas gracias.

―A mamá no le molesta tu decisión. Lo que la jode es que te fuiste por un año entero. ―Había reproche también en la voz de su hermana―. De todos modos, ¿qué tal está quedando el choclo?

―¿Es normal que tenga sabor ahumado? Oye…huele a quemado.

―¿Lo pusiste a fuego bajo como te dije?

―Eh… ―había mirado el fogón―, nop. Está a fuego alto.

―Pedazo de burro.

Desde ese momento había sido un problema tras otro. Le había echado demasiada sal al pino, el choclo le había quedado ahumado y la pobre olla había quedado inservible.

―¿Y tienes los potes de greda? ―Había preguntado la mujer tiempo después, antes de poner fin a la comunicación.

―No, lo haré en masa.

―… ¿estás seguro?

―Sí, sí.

Y todo había terminado en desastre cuando había olvidado los pasteles en el horno y estos habían terminado siendo un montón de carbón.

―Ella no tiene que enterarse. ―Había dicho para sí mismo. Su hermana iba a pensar por siempre que él había podido hacer unos pasteles de choclo medianamente decentes.

Así que no le había quedado de otra que salir a comprar pan, mayonesa y algo que se parecía al chorizo y bueno, ese diecinueve de septiembre había terminado con él sentado en el sillón de su departamento, comiendo choripanes y bebiendo vino tinto en caja.

Luego de aquella experiencia, había decidido que le lloraría a su madre durante una semana entera para que le preparara un pastel de choclo decente o bien, le compraría al viejo que siempre pasaba vendiendo empanadas y pasteles por fuera de la pista de Sergey.

Gimió lastimosamente nuevamente, mientras miraba su celular por décimo octava vez.

Ni una llamadita tenía.

Tomó un trago de vodka, sin siquiera hacer una mueca cuando el fuerte líquido se abrió paso por su garganta.

Ese día era el cumpleaños de su madre, pero cuando la había llamado, la mujer prácticamente le había gruñido, aunque bueno, puede que eso se debiera a que eran las seis de la mañana en Chile cuando la llamó.

―¡Feliz cumpleaños, mami! ―Había dicho emocionado, mientras caminaba por las calles llenas de nieve ese once de enero por la mañana.

Su madre, del otro lado de la línea, había gemido.

―Lucas, por todo lo que es santo, es de madrugada aún. ¿No podías llamar a una hora más decente?

―Pero si acá ya es mediodía. Ah… ok, lo siento. ―Había olvidado las seis horas de diferencia horaria―. Pero feliz cumple, de todos modos.

Su madre aun así había hecho un sonido de ternura.

―¡Gracias, bebé! Ahora volveré a dormir. Estudia mucho. Te amo. ―Y le había cortado. ¡Su propia madre! ¡A su primogénito!

Esa mujer que lo había dado a luz con casi dieciocho años, le había cortado y lo había dejado con la palabra en la boca. Desde ese momento su ánimo se había agriado, y eso, en parte, había hecho que terminara en aquel bar, con ya medio vaso de vodka bebido.

―¿Qué es ahora?

El ruso de casi dos metros que estaba limpiando la barra le preguntó con una sonrisa amistosa. Lucas, por su parte, le respondió con algo parecido a un gruñido. No sabía si era bueno o malo el haberse hecho ya conocido en aquel bar. Lucas pensaba que, tal vez, no debería haber cantado "El baile de los que sobran" subido en la barra. No había sido su culpa, de todos modos, o al menos, no completamente. ¿Cómo querían que reaccionara cuando lo habían llamado nenita por pedir su vaso de vodka con jugo? Pues como el orgulloso que era, se había terminado un vaso de vodka puro al seco, mientras murmuraba (en español) un "no te metai con un chileno, conchetumare." Lo demás era historia, había dado un concierto en honor a Los Prisioneros y a la mañana siguiente había despertado con una espectacular rusa abrazada al pecho.

―¿Es una mujer?

Era su madre, de todos modos, así que asintió.

―No es como que arregles las cosas bebiendo.

Ah, vaya, miren. Un cantinero con aires de psicólogo.

―¿Acaso quieres perder a uno de tus mejores clientes? No, ¿verdad? Así que te agradecería que me dejaras a mí y a mi hígado en paz ―respondió en un perfecto ruso. Hizo una nota mental de agradecerle a Sergey y su manía de insultarles en ruso desde que, prácticamente, habían aprendido a caminar.

Luego de sus palabras, el cantinero hizo un gesto de rendición y lo dejó nuevamente solo con su miseria.

Miró su celular nuevamente y suspiró mientras hacía un puchero un poco infantil para un hombre de casi veinticuatro años. Iba a dar un sorbo al vaso cuando el teléfono le vibró en la mano, haciendo que casi lo botara.

Aceptó la video llamada y emocionado saludó, hasta que vio a la persona del otro lado de la pantalla.

―Mierda, ¿esta weá es mi celular o es un espejo?

Su reflejo puso cara de molestia y se quejó con una femenina voz, muy contraria a la grave suya.

Ah, no era su reflejo.

Era Sarina.

―Estás bebiendo, ¿verdad?

Lucas miró su vaso, lleno hasta la mitad.

―Un poquito no más.

―Ebrio no me sirves de mucho, pero da igual, que me debes ayudar.

Definitivamente esa mujer era un amor de persona. Y mandona, además.

―¡No estoy ebrio! Todavía no me termino el primer vaso de vodka.

―¿Vodka con jugo?

«Inocente palomita»

―Vodka puro.

Su hermana estrechó sus ojos verdes, iguales a los suyos. Usualmente la gente pensaba que eran mellizos, aunque se llevaran casi por un año y diez meses de diferencia.

―Tan weón que saliste tú.

―¿En qué necesitas ayuda? ―Llegados a ese punto, lo mejor era cambiar el tema, antes de que cayeran en una discusión sin fin sobre quien de los dos era el más idiota―. ¿Y por qué estás en un vestidor?

―En el regalo de mamá. Mira, estoy entre tres botines que me gustan para ella y ni papá, ni Yuuri, ni Jorge me sirven de mucho, así que los eché de la tienda y tú (ebrio y todo) eres mi última esperanza.

―¿Quién chucha es Yuuri?

Su hermana lo miró con incredulidad.

―¡Weón, ayúdame a elegir los botines!

―¡Dime quién es ese weón y te ayudo en todo lo que quieras!

―¿No te dijo mamá? ―Claramente que no, por eso preguntaba―. Es un chico japonés que llegó de intercambio y se está quedando a vivir con nosotros. Bueno, soy su madrina, así que también compartirá departamento con Max y conmigo.

―¿Lo alojaron en mi pieza? ―Porque si le habían cedido su habitación a un japonés desconocido, ahí sí que armaba la tercera guerra mundial.

―Nop. Se está quedando en el cuarto de huéspedes.

―Pero si esa pieza estaba llena de cachureos. ¿Quién chucha se dio el trabajo de adecentar ese lugar? ―La mirada de Sarina le dio la respuesta y también hizo que una duda se instalara en su mente―. Sospechosa la weá.

―¿Sospechoso?

―Sí, que tú no eres de esos seres amables que ordenan una habitación para alguien que no conoces, aunque mamá lo ordene. Así que ese japonés debe ser importante de alguna manera o, te gusta. Y como no creo que te guste, dime al tiro quién chucha es.

Bueno, que no se dijera luego que no conocía a su hermana menor como la palma de su mano.

La mujer suspiró y luego soltó entre dientes.

―Es Katsuki Yuuri, ¿vale?

―¿El patinador? ¿El que ganó la plata en el pasado grand Prix?

¿Cuántas cosas se había perdido en esa semana que no había hablado con su hermana?

―El mismo. Y actualmente está entrenando a Jorge y ayudando en el centro.

―Vaya. ―No se esperaba nada de eso, la verdad.

―Ahora, ¿el señorito me ayudará de una vez por todas?

Lucas suspiró.

―Ya oh, muéstrame.

.

Diez minutos después, la paciencia de Lucas estaba llegando a su fin.

―Me gustan estos, son más de la onda de mamá.

―Sí, lo sé, pero a mí me gustan más estos otros.

―Pero te gustan para ti, ¿verdad? Y se los pedirás a cada oportunidad que tengas.

Bingo.

Su hermana pareció avergonzada y gruñó, mientras se decantaba por los zapatos que a él le parecían mejores. Todo bien hasta ahí, claro, hasta que a ella se le ocurrió comenzar a sacarse el short.

―Me quiero probar un pantalón que me gustó ―le contestó su hermana cuando él se había comenzado a quejar, escandalizado.

―¡A nadie le gusta ver a su hermana medio desnuda!

―Como si tenga algo que no hayas visto antes.

Ahí estaba, esa mujer tenía el sentido del pudor en el culo. Suspiró y esperó pacientemente a que ella terminara de sacarse sus zapatillas.

Sonrió.

Qué manera de extrañarla, en todo caso. Se hablaban periódicamente, claro, pero no era lo mismo a estar en vivo y en directo, ni tampoco podía saber sobre lo que le sucedía. Una cosa era lo que ella le contaba y otra muy distinta era lo que realmente ocurría.

Hoy, por ejemplo, la había llamado luego del desplante de aquella madre desnaturalizada que tenía y bueno, se había encontrado con la no grata sorpresa de su ex cuñado contestando el teléfono, dejando ver su cara en la pantalla.

―¡¿Por qué demonios estás contestando el celular de mi hermana?!

―Ah, hola, Lucas.

―Nada de "hola, Lucas" ―había gruñido, sintiendo que una vena se hinchaba en su frente―. Te mato si le hiciste algo a mi hermana, weón.

Contrario a lo sangre caliente que era él, Max era mucho más calmado y racional.

―Creo que a mí no es a quien debes matar, en todo caso.

Lucas había olvidado su odio momentáneo hacia su amigo y pedido una explicación.

―Me matará si te digo algo, pero habla con ella. Ayer se quedó dormida de tanto llorar y creo que le hará bien contarte lo que le pasa.

Lucas había asentido y luego la conversación había sido cortada, dejándolo en la mitad del camino, con la gente pasando a su lado sin que él se diera cuenta.

Ahora, mirando como su hermana subía aquellos pantalones, no pudo evitar que la pregunta le saliera directa y precisa.

―¿Por qué estabas llorando ayer?

Sarina, con los pantalones a medio muslo, lo miró sorprendida, para luego bufar.

―Por una tontería.

―Tú no lloras por tonterías.

―Lloré con la muerte de Mufasa.

―Sí, pero…

―También con la de Itachi.

―Sí, lo sé, pero…

―Y me chorreaban los mocos con el final de "En busca de la felicidad"

―¡Por la cresta, mujer! ¡Ya dime qué chucha pasó!

La mujer suspiró, acomodando bien los pantalones y abrochándolos.

―¿Recuerdas a Samuel, el tipo del que te hablé hace algunas semanas?

―¿Con el que llevabas saliendo algunos meses? ―Salir era la palabra correcta, pues su hermana no había tenido un novio formal desde que había terminado con Maximiliano.

―El mismo. Pues digamos que me mandó a la mierda porque no quise acostarme con él. Me dijo de todo, me trató súper mal y dijo cosas que estoy segura, no me merecía. Por eso estaba llorando, de rabia, no porque estuviera llena de amor por él. Por mí que se vaya a la chucha, ¿sabes? O sea, ¿qué se cree el muy conche…?

Y su descarga siguió, mientras era escuchada por un Lucas que sentía como sus ganas de beber eran reemplazadas por las de estampar su puño en el rostro del tal Samuel. Nadie podía hacer sentir mal a su hermana, solo él.

Al final, todo el descargo de la mujer terminó con un "¿cómo se me ve el poto con este pantalón?"

―Igual que siempre ―respondió, sonriendo ante la pregunta tan trivial. Si ella hacía eso, significaba que el tema ya estaba olvidado.

―De harta ayuda me sirves tú, ¿eh? Cómo sea, así no más con el zorrón este. Juro que nunca más salgo con uno. Parece que, al final, los únicos que salvan de esa sub-especie son Javier y Max. Haré como Samantha, ¿sabes? Nada de chicos hasta terminar la universidad.

Él no tenía quejas sobre eso. Así se evitaba el andar pateando traseros.

―Sí, obvio. Tú céntrate en las dos carreras que estás sacando y en el centro de patinaje.

Su hermana rio.

―Y en ayudar a Yuuri, que el pobre por ahora no puede salir a ninguna parte solo. No lo dejamos. ¿Y si lo raptan? Es demasiado guapo para su propio bien. Y lo peor de todo es que no se da cuenta, ¿sabes?

―Creo que me estoy sintiendo celoso. ―Y eso tal vez era por el medio vaso de vodka que se había bebido.

―Si lo conocieras, te caería bien. Tiene ese no sé qué que hace que todos lo tengamos en estima, pese a que lo conocemos desde hace pocos días. El otro día lo vimos patinar y te da esa sensación de querer ayudarlo, ¿sabes? Sergey se ofreció a entrenarlo, pero no sé, yo quisiera verlo competir una vez más.

―De todos modos, depende de él. Digo, no lo conozco, pero algo debió haber pasado para que decidiera irse a Chile. O sea, ¿qué patinador, en la cúspide de su carrera, toma una decisión así?

―Alguien desesperado ―contestó su hermana de forma automática antes de fruncir el ceño, mientras comenzaba a cambiarse de ropa―. Creo que ya no soy tan fan de Viktor Nikiforov como antes.

Lucas, por toda respuesta, alzó la ceja. ¿Qué tenía que ver ese patinador ruso en todo eso?

―¡Fue su entrenador! Y pucha, de un día para otro ambos toman caminos separados, pero al otro weón parece no afectarle, mientras que a Yuuri hasta una lagrimita se le salió el otro día. ¡Viktor Nikiforov ganó el torneo nacional de Rusia como si nada, mientras que Yuuri Katsuki se ha negado a patinar sus programas! Solo da vueltas en la pista, pensativo y clavando uno que otro salto. Le he pedido que haga un flip cuádruple y se ha negado todas las malditas veces.

Lucas, habiendo pasado veintidós años conviviendo con una hermana igual de sangre caliente que él, había aprendido a apaciguar el temperamento de ella y el suyo propio.

―Creo que las cosas se darán solas cuando él tome más confianza con ustedes. Se conocen desde hace menos de una semana, Sarina, así que no pidas cosas imposibles.

―Lo sé, pero…

―Nada de peros y ya desocupa el vestidor, que creo que ya llevamos más de una hora hablando. Papá y Jorge deben estar impacientes, así que no seas desconsiderada. ―Sí, el hacía un buen papel de hermano mayor cuando correspondía.

Un minuto después, Lucas volvía a estar solo con sus pensamientos, con el vaso de vodka yaciendo olvidado a un costado.

Ahora más que nunca deseaba volver a Chile, pero también debía ser realista y maduro. Las prácticas en el hospital no terminaban hasta marzo y recién ahí, él podría decir que era un médico, con doble titulación en el extranjero y habiéndose graduado un año antes que el resto de su generación. Debía resistir, aunque quisiera tomar el primer avión rumbo a su país, aunque quisiera desesperadamente abrazar a su familia y aunque sintiera curiosidad por ese japonés que había llegado a vivir a su casa.

Miró la hora en su móvil, notando que ya era cercano a la medianoche.

Era hora de marcharse. Y eso iba a hacer, hasta que escuchó una voz con acento argentino a sus espaldas.

Disculpame, pero sos chileno, ¿verdad? ―La voz tenía un pequeño deje ruso, poco perceptible, aunque para él, que había vivido toda su vida cerca de Sergey, podía notarse con facilidad.

Sonrió, encarando a su interlocutora, notando que era una mujer bastante atractiva, con unos impresionantes ojos azules. Su rostro se le hacía familiar, aunque no pudo recordar de dónde.

―¿Una rusa que habla español rioplatense? ―Él comenzó a usar el ruso, y ella sonrió.

―¿Un chileno que habla fluidamente el ruso?

Ambos rieron.

He pasado toda mi vida bajo el cuidado de un viejo que no hace otra cosa que insultarme en ruso a mí y a mis hermanos. Supongo que el conocimiento entra por osmosis.

La mujer rio.

Tuve clases de español desde que era pequeña. Mi profesora era argentina, así que aprendí ese acento. Soy Natalya, ¿vos?

Lucas.

Miró la hora nuevamente, pensando en el tiempo que le llevaría llegar a su departamento y conectarse para una video llamada con su familia. Sentía que lo que había hablado con su hermana no era suficiente. Quería sentirse cerca de ellos durante más tiempo, considerando que este era la primera vez que no estaba ahí para celebrar sus cumpleaños.

Natalya le hizo una pregunta, pero él no puso atención.

Lo siento, Natalya ―sonrió a modo de disculpa―, pero tengo cosas que hacer. Fue un gusto conocerte y ojalá coincidamos en otra ocasión.

Claro, adiós.

Ella recibió un beso en la mejilla y luego aquel hombre abandonó el bar, dejándola con la palabra en la boca y con una irritación que venía directamente de su ego herido.

Natalya Nikiforova oyó una risa a sus espaldas. El cantinero la miraba con diversión.

―Suele aparecerse por aquí varias noches a la semana, por si te interesa.

Sonrió.

Claro que le interesaba, pero no por las razones que ese hombre pensaba.

El nombre de Katsuki Yuuri había sido dicho por ese chileno y ella quería averiguar el porqué.

.

.

Yuuri estaba apoyado en uno de los árboles de ese lugar, viendo como el sol dejaba caer sus últimos rayos antes de perderse en el horizonte. Allá, en la casa que estaba a unos diez metros de distancia, todos celebraban el cumpleaños número cuarenta y dos de Silvana, la mujer que lo había acogido en su casa, prácticamente, como miembro de la familia. Max y Javier también estaban, al igual que Sergey y la abuela de Sarina, una simpática mujer que estaba alcanzando los sesenta y cinco años, pero que aún se comportaba como una veinteañera.

Sonrió.

Había reído harto y se había divertido como hacía tiempo no lo hacía, pero también, en algún momento de la celebración, se había puesto nostálgico. Recordaba a su familia, tan diferente y parecida a la vez con esa otra. El amor rebozaba en ambas, aunque en la familia de Sarina, hubiera espacio para adoptar a Max y Javier, incluso a él mismo.

Bebió un trago de su vaso con michelada, haciendo una pequeña mueca al darse cuenta que Sarina había abusado bastante del limón, aunque estaba agradable, luego de ese primer sorbo.

Cerró los ojos y momento después notó como alguien se posaba a su lado.

Era Javier.

―Así que el puro y casto Katsuki Yuuri bebe, ¿eh?

Pese a lo que implicaba aquella pregunta, no pudo evitar sonreír ante el tono burlón que había ocupado el chileno.

―Bebo poco, pues suelo descontrolarme cuando paso el límite del alcohol.

Javier lo miró, sorprendido, y luego rio con ganas.

―No le digas eso a Sarina, ¿vale? Te tendrá en sus garras si se llega a enterar.

―Descuida, lo sé.

Javier sonrió.

―Aunque creo que no sería mala idea emborracharte un día de estos. Te llevo donde unas amistades y te lo pasas de lujo, y dejas de ser virgen, aparte.

Yuuri se atragantó con su propia saliva.

―¡No serías capaz! ―De verdad lo esperaba, en todo caso.

La sonrisa de Javier se lo dijo todo. Estaba jodido.

―Oh, sí. Claro que puedo hacerlo.

La expresión de Javier daba miedo en esos momentos.

Yuuri comenzó a agitar sus manos desesperado, musitando palabras en inglés, japonés, e incluso español, mientras el alma malvada a su lado reía como si no hubiera mañana.

―¡Piénsalo! Es la mejor manera de estrenar al junior.

Yuuri enrojeció, pero tenía el ceño fruncido cuando repitió su negativa.

―¿Entonces estás esperando a alguien? ―Javier elevó las cejas, divertido.

―Y-yo…

―¿Podría ser que estés esperando a Viktor Nikiforov?

Yuuri sintió que le faltaba el aire, al tiempo que su cerebro tardaba en procesar lo dicho por el de ojos azules. ¿Qué tenía que ver Viktor en todo aquello?

Javier respetó su silencio el tiempo que estimó conveniente, para luego soltar una risita burlona.

―Con que Katsuki Yuuri no sabe lo que quiere, ¿eh?

―¡Eso no es verdad!

―¿Y entonces por qué decidiste venir a Chile? Elegiste el país al azar, Yuuri. Se nota que sabes muy bien lo que quieres, ¿eh?

Yuuri enmudeció.

Javier rio, abandonando en lugar a su lado y avanzando hacia la casa.

―Creo que tienes muchas cosas que pensar, amigo. Te aconsejo que hasta que tomes una decisión, no sigas entrenando a Jorge. No quiero que luego sufra porque tú decidiste volver en busca de tu entrenador.

El asunto con Javier era que estaba tan entrenado en habilidades comunicacionales, que ni siquiera inspiraba ganas de contradecirlo. Aun así, no se quedó callado.

―Javier ―llamó cuando el otro hombre ya había caminado varios pasos―, no me iré a ningún lado. Vine con el objetivo de quedarme el semestre entero, y eso es lo que haré.

El de ojos azules sonrió ante la decisión que vio en sus ojos castaños. Yuuri, pese a su actitud tímida y reservada, parecía no ser alguien que se dejaba intimidar tan fácilmente. Quizás el instinto de Sarina funcionara bien, después de todo.

―Como quieras, pero deberías pensar en lo que te comenté. No se puede huir de las situaciones para siempre, Yuuri. Lo sé por experiencia propia.

Y con ese se marchó con rumbo a la casa, dejando a un Yuuri ensimismado, pero que a la vez se negaba a ahondar en el pozo oscuro que eran sus sentimientos ahora mismo.


Curiosidades

Javier de verdad pensó que no habría problemas en meter bulla una que otra noche, después de todo él pensaba que Yuuri era ya versado en esos temas.

La relación de Sarina y Max es rara, aunque tampoco sirven estando juntos como novios. Ellos lo saben y por eso no insisten.

Los platos que Lucas menciona son platos típicos chilenos. Duh.

Lucas es muy unido a su hermana menor, y eso se remonta a cuando eran pequeños, después de todo, compartieron pecho cuando Sarina era un bebé y él tenía dos años. Lo más divertido es que no es algo que los avergüence, pese a que su madre extendió bastante la lactancia con ambos.

La fecha de nacimiento de Lucas es el 19 de enero de 1993. Es menor que Yuuri por pocos meses. Comparten signo zodiacal chino. Coincidentemente su madre cumple el 11 de enero y su hermano menor el 16 del mismo mes. Comparte signo zodiacal con Viktor. Pensándolo bien me excedí con los capricornio en la historia.

Gracias al cielo es buen cantante, así que la gente a su alrededor no sufre tanto cuando canta medianamente sobrio.

Las canciones que canta son "Todos juntos" de Los Jaivas y el himno nacional chileno. Es un fiel seguidor de Los prisioneros.

La carrera de medicina en Chile dura 7 años, actualmente en la PUC se están formando médicos que saldrán que podrán terminarla en 6 años. Lucas por alguna razón terminará su carrera antes, tal vez por haberse ido al extranjero.

Lucas suele tomar malas decisiones, una de ellas fue pedirle ayuda a su hermana menor y la otra fue hacer el pastel de choclo en masa.

Sarina y Lucas son muy parecidos físicamente, al igual que Jorge. Son unos malditos clones, pero en los mayores se nota más por la poca diferencia de edad.

Lucas, al igual que Sarina, son muy apegados a su familia, principalmente por cosas que sucedieron cuando ellos eran pequeños y que tal vez sean mencionados en algún momento de la historia.

Tengo tantas anécdotas de Sarina y Lucas como para escribir una novela completa sobre ellos.

Puede que Jorge sienta algo de presión por tener un hermano médico y una hermana que estudia dos carreras a la vez. De hecho, Sarina en su momento sufrió de bastante presión por querer entrar a la misma universidad que su hermano.

Creo que me pasé con los chilenismos en este cap, pero bueh, vayan a los caps anteriores y recuerden.

Natalya es Leo, así que cuidado con su ego.


Notas de autora

¡LO SE! NO TENGO PERDÓN. Lo siento mucho, pero me fue imposible traerles un cap la semana anterior. Mi inspiración se había ido de paseo y tuve otros compromisos también.

Espero que les haya gustado Lucas. No se lo esperaban, ¿eh? Pero en mi defensa debo decir que fue mencionado en el capítulo anterior.

En este cap nuestro Yuuri salió poco, pero era necesario para que conocieran a Lucas. Lo siento si aniquilé sus ojos en la parte que está borracho, pero un ebrio no habla muy bien que digamos.

Pues algunas se preguntaban qué pasaría si Natalya y Sarina se conocían, pues tenemos a la versión masculina de Sarina en Rusia, así que pues… eso poh. Disaster is coming.

Por cierto, muchas gracias por lo mensaje que me dejaron en Wattpad luego de ese último aviso que hice (las de fanfiction se salvaron)

Y bueno, reitero la invitación a unirse a la página, aunque esté poco activa por el momento, se llama Nikky Nikosa.

Descarguen la aplicación Tap, es buenísima y tiene buenas historias (una me dejó con colapso) y de paso visiten las mías "Querida hermana" es de Viktor y Natalya.

Tengo nuevo Facebook, es Nikky Nikosa y tengo la misma imagen que mi perfil de wattpad.

Decidí que en Wattpad dejaré un capítulo destinado para hacer anuncios o cosas así. Creo que en fanfiction también tendré un capítulo así, en caso de que no lean la página.


Diccionario de Nikky

Shushetumare: es lo mismo que conchetumare.

Cachureos: Cosas que no sirven, cosas acumuladas.


Confesiones de una autora desesperada:

I: Su servidora sigue creyéndose Yato.

II: Actualicé mi otro fic llamado "San Petersburgo – Noches de invierno". Vayan a leerlo si sienten que el romance las saturó mucho.

III: He estado sufriendo mini infartos cada vez que Hunter y Agape to Eros son actualizados. Ayer me dormí a las seis de la mañana, desperté a las ocho y no he dormido nada más. Si a eso le sumamos las actualizaciones de Prohibido salir con Adela (historia original) y Death´s Diary, el resultado es una Nikky frente a una hoja en blanco por más de una hora. La otra vez me actualizaron esas cuatro historias y aparte Moondance y adivinen que pasó. Colapsé.