Ni Harry Potter, ni la mayoría de los personajes aquí presentes, ni las alusiones directas a la verdadera obra, me pertenecen. Sino que son propiedad de J.K. Rowling y de Warner Bros.
Capítulo IX. La verdad y nada más que la verdad.
Dando un respingo bajé rápidamente la mirada y centré de nuevo mi atención en el enorme tazón de leche que reposaba frente a mí, cuando sus escalofriantes ojos negros se posaron sobre los míos. Era habitual que ahora que Snape era el único profesor presente en el colegio, de vez en cuando levantase la cabeza de El profeta para cerciorarse de que todo seguía en orden en el gran comedor, y era habitual también que en alguno de esos vistazos su mirada se cruzase con la mía, ya que yo, y desde que había descubierto que las intenciones de mi profesor de defensa podrían distar mucho de ser honestas, me pasaba la mayor parte de las comidas lanzándole discretas ojeadas, que no siempre era capaz de camuflar, con la intención de vislumbrar en su comportamiento algún atisbo que pudiese, de algún modo, aclarar las terribles sospechas que desde la fiesta de Slughorn me acechaban.
Sin embargo, más allá de los desayunos, los almuerzos y las cenas, encontrarle fuera de su despacho era prácticamente una quimera.
Precisamente fue el primer día de las vacaciones, guiada por el desasosiego de la noticia del día anterior, cuando me aventuré a irrumpir a las diez de la noche en su despacho para avisarle de que alguien, que no había sido ni más ni menos que yo, había soltado un puñado de babosas carnívoras en la torre de astronomía. Mi plan consistía en aprovechar los valiosos minutos que Snape permaneciese fuera ocupándose de los viscosos animales, para registrar en mayor profundidad su despacho, y si fuese necesario, sus dependencias. Sin embargo, y para mi desgracia, únicamente se dignó a ordenarme que me ocupase yo personalmente del pequeño contratiempo, ya que él se encontraba, palabras textuales, "muy ocupado admirando el escarpado techo de las mazmorras".
Desde entonces, mis esperanzas de encontrar alguna información valiosa que me ayudase a confirmar o descartar que se trataba de un mago oscuro, se habían ido disipando poco a poco, pues las oportunidades no parecían querer llegar, y lo único a lo que podía aspirar era a observarle minuciosamente, sabiendo de ante mano que de mi constante escrutinio no obtendría más que una interminable lista de inexpresivos gestos.
Consternada por la ineficacia de mis planes, había barajado la posibilidad de enviar una lechuza mensajera a Harry, pero la correspondencia personal se había limitado estrictamente desde que unas misteriosas intercepciones habían hecho desaparecer cientos de envíos y paquetes, y ahora el correo, hasta el inicio de las clases, sólo estaría vigente durante el día de navidad. Así que como no podría obtener respuesta decidí que lo mejor sería enviar a mis amigos un paquete ordinario con unos cuantos regalos, que por cierto, a sólo un día de navidad, todavía no había conseguido, pues había estado tan ocupada urdiendo absurdos planes para desenmascarar a Snape, que había olvidado por completo que debía ir al callejón Diagon a por ellos.
Me llevé el humeante tazón a la boca mientras volvía a dirigirle un rápido vistazo, y justo cuando, decepcionada al no hallar novedad alguna, iba a desviar la mirada hacia otro lado, observé como dejaba con brusquedad el periódico en la mesa y se agarraba con saña el antebrazo izquierdo mientras una mueca de dolor cruzaba fugazmente su rostro. Sin ni siquiera terminar su desayuno, se levantó como un resorte y se encaminó hacia la salida a paso ligero.
Me quedé petrificada durante unos segundos mientras trataba de asimilar lo que acababa de ver. Si mis sospechas sobre lo que había sucedido eran ciertas, aquella era precisamente la evidencia que había estado esperando desde hacía casi una semana.
¿Acaso bajo su negra túnica el veneno de una serpiente ardía con la llamada de su amo? ¿Podría ser Severus Snape… un mortífago?
Tragué saliva mientras recordaba una vez más algunas de las terroríficas historias que mis padres solían narrarme de pequeña. En ellas Voldemort era el protagonista, y sus secuaces los mortífagos, tatuados como ganado por esa diabólica marca, los personajes secundarios. Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo al comprender la gravedad del asunto, y una punzada de desolación me embargó cuando la cruel realidad me abofeteó sin miramientos.
En cuanto lo único que pude divisar fue el final de su túnica cruzando a la velocidad del rayo el pórtico del comedor, y todavía agitada y temblorosa por la impresión, me levanté con la firme intención de caminar sobre sus pasos. Tal vez si le seguía y lograba ver hacia donde se dirigía realmente, suspiraría aliviada al descubrir que su objetivo nada tenía que ver con reuniones oscuras e ilegales. De ese modo, podría volver a confiar un poco más en ese hombre que, aunque adusto y siniestro, había demostrado el día de la visita de mi padre tener escondida tras una lúgubre fachada, un poquito de bondad. Y precisamente había sido esa bondad la culpable de avivar con más fuerza los sentimientos que me vería obligada a intentar desterrar si descubría que era un lacayo del señor tenebroso.
Me mantuve a una distancia lo suficientemente prudencial como para que no pudiese percatarse de mi presencia y vi en la lejanía como se adentraba en los húmedos pasillos de las mazmorras. Justo cuando avancé lo necesario para asomar la cabeza por una de las esquinas de la pedregosa pared, le divisé accediendo a su despacho, perdiéndole la pista nada más cerrar la puerta tras de sí. Aguardé unos minutos antes de reanudar el paso y algo dubitativa me acerqué hasta ella para golpearla suavemente un par de veces. Nadie contestó al otro lado de la puerta así que supuse que habría salido del castillo a través de la chimenea.
¡Maldito Snape! ¿Qué demonios se traía entre manos?
Agarré con fuerza el pomo y lo giré sobre sí mismo, pero la llave estada echada y mis insistentes y repetidos alohomoras no lograron forzar la cerradura.
Escupí unas cuantas maldiciones en voz alta mientras resignada me dirigía a mi sala común. Con Snape fuera del castillo ya nada podía hacer. Sólo Dios sabría qué estaría haciendo y dónde, en este momento, mi dichoso profesor.
Abroché los botones de mi túnica y me coloqué delicadamente la bufanda alrededor del cuello, comprobé que llevaba suficiente dinero en los bolsillos y haciendo uso por tercera vez del sistema de polvos flu, me dirigí al callejón Diagón para comprar algunos regalos navideños e intentar dejar durante un par de horas aparcada la preocupación. No había olvidado las palabras de advertencia de Dumbledore. Sabía que salir sin más compañía que la de mi varita de los terrenos de Hogwarts, no se caracterizaba precisamente por ser una idea brillante en los tiempos que corrían, pero el Día de Acción de Gracias se me había echado encima, todos los alumnos que conocía habían regresado a su casa y Hagrid, aprovechando las dos semanas de libertad, se había ido de viaje a Noruega en busca de huevos de Ridgeback, por lo que no me quedaba más remedio que ir sola. Al fin y al cabo, sólo sería un rato. ¿Qué podría pasar?
_ ¡A Artículos de calidad de Quidditch! _ grité con seguridad mientras me adentraba en las ignífugas llamas verdes.
[-]
_ Muchas gracias por tu compra. Vuelve cuando quieras, jovencita. _ me dijo la dependienta de Flourish and Blotts mientras guardaba el libro, que había comprado para Hermione, en una bolsa sin fondo.
_ A usted, señora Hemfrish. Hasta la próxima _ me despedí mientras cogía las vueltas del mostrador y la bolsita con el ejemplar.
Salí a la calle y el gélido viento me golpeó de nuevo en la cara, obligándome a entrecerrar los ojos y a ocultarme un poco más bajo la protección de mi cálida y mullida bufanda. Ya había conseguido todo lo que necesitaba. A Ron y a Harry les había comprado una edición especial del acelerador de escobas más aclamado del año, que estaba convencida de que les encantaría, y a Hermione, un tomo prácticamente exclusivo de "Encantamientos casi casi casi desconocidos".
Había tardado menos tiempo del que pensaba, así que decidí aprovechar la salida para echar un rápido vistazo a la Tienda de Animales Mágicos, ya que era una de mis favoritas. Como estaba situada en la otra punta, a mitad de camino decidí atajar por la parte posterior del estrecho callejón Knuckturn, en el que desembocaba también la trastienda de Borgin y Burkes. Sin embargo, al pasar por delante de su desvencijada puerta trasera, unas voces provenientes de su interior hicieron detener mi avance.
_ Narcissa, debes respetar los deseos del Lord. ¡Deberías sentirte orgullosa de que haya sido elegido para desempeñar tal hazaña! _ clamó una estridente voz de mujer. _ Ojalá yo misma pudiese hacerlo con mis propias manos. El Señor Tenebroso ya habría obtenido resultados si me lo hubiese pedido a mí.
Contuve la respiración y sin pensármelo, en un acto que bien podría catalogarse como suicida, me aproximé en cuclillas hasta la puerta para intentar vislumbrar a través de la rendija de la cerradura. Esto de espiar se está convirtiendo en mi vida en una costumbre un tanto cuestionable, pensé mientras me acomodaba sigilosamente.
Al otro lado de la diminuta abertura, pude distinguir a la dueña de aquellas repulsivas palabras. Una mujer de cabellos rizados y de aspecto algo desequilibrado.
_ Bellatrix _ la interrupió un hombre de cabellos platinos. _ ese no es el tema por el que nuestro Lord nos ha citado aquí. Ya le has oído antes de marcharse, tenemos que reforzar nuestras defensas. Los aurores nos están ganando terreno y la última vez que descubrieron nuestro paradero nuestro compañero pasó semanas recuperándose de las heridas. Suerte que conseguimos acabar con todos. _ dijo haciendo una dramática pausa_ Si tu identidad se hubiese descubierto las cosas se habrían complicado mucho más. _ sentenció mientras dirigía su mirada hacia alguien que escapaba de mi minúsculo campo de visión.
_ ¿Y qué es lo que propones, Malfoy? _ preguntó con sorna la mujer.
¿Malfoy? ¡Claro! ¡Aquel hombre de cabellos largos y rubios era el padre del Slytherin! ¿Estaría Draco allí también? Retrocedí un par de pasos para recolocarme ante la mirilla. Quizás así pudiese alcanzar a verlos a todos.
Por desgracia, en el proceso tropecé sin darme cuenta con un adoquín suelto que me hizo perder el equilibrio justamente en la dirección en la que unos metálicos cubos, repletos de materiales mágicos defectuosos, se encontraban apilados, y que debido a mi caída se habían desparramado chocando unos con otros y formando un atronador estrépito.
_ ¿Quién anda ahí? _ oí gritar enfurecida a Bellatrix.
Me levanté a trompicones lo más rápido que pude y me ceñí a la pared hecha un ovillo, paralizada por el miedo. ¿A quién pretendía engañar? Me había delatado yo misma, y por mucho que cerrase los ojos y me abrazase a mis rodillas no evitaría que me descubriesen. ¿Sería este mi final?
Los acelerados pasos de uno de los mortífagos retumbaron cada vez con más fuerza sobre el amaderado suelo y sentí como el corazón se me paraba cuando escuché el chirriar de la puerta al ser abierta.
Con la certeza de que ese sería uno de los últimos momentos de mi vida, evoqué en mi cabeza la imagen de aquellas personas que para mí, habían sido tan importantes. Charles, Sarah, Harry, Hermione, Ron… E incluso a pesar de todo, una fugaz estampa de mis padres pereció dibujarse por un instante en mis pupilas, sin embargo, al final y sin siquiera pretenderlo, ahí estaba él. Ese estúpido profesor de defensa que tanto me había hecho sufrir.
_ Tranquilos. Ha sido sólo un estúpido gato. _ abrí los ojos impactada al reconocer de manera instantánea aquella inconfundible voz y vi al mismísimo Severus, allí de pie, junto a mí, mirándome entre aterrorizado y sorprendido al averiguar que la intrusa no era ni más ni menos que yo.
Gracias a Dios, la seguridad de sus palabras confirieron la veracidad suficiente a la respuesta para que los demás bajasen la guardia y retomasen la conversación.
Tras un apenas perceptible suspiro, logró recuperar la compostura, y antes de que volviese a adentrarse en Borgin y Burkes pude leer en los labios del hombre que me había librado de una muerte segura, un nítido y escueto "vete".
[-]
Aunque me encontraba ya segura entre las robustas paredes de Hogwarts, recordar lo sucedido durante la mañana me seguía haciendo estremecer. Había estado a punto de caer en las garras de los despiadados y desalmados mortífagos y no podía evitar pensar qué hubiese sido de mí si Snape no me hubiera encubierto. Lo cierto es que tampoco podía entender por qué demonios lo había hecho. ¿Cuál había sido el motivo si era uno más de ellos? ¿Por qué no había terminado conmigo? Al fin y al cabo ni siquiera él sabía con certeza cuánto tiempo llevaba allí ni si había escuchado algo de vital importancia.
Tras enviar los regalos que había comprado, salí de la lechuzería y me encaminé al gran comedor, donde la ingente cena de Acción de Gracias ya estaría servida desde hacía tiempo. (Por fortuna para mí, en el trabajo también me había ganado unos días libres y no había tenido que colaborar en su preparación). Ni siquiera me había atrevido a presentarme a la hora del almuerzo, estaba todavía demasiado conmocionada y confusa con lo que había sucedido, y ni mucho menos me sentía preparada para enfrentarme a él o a sus acusadoras miradas, pero también era consciente de que no podía retrasar mucho más lo inevitable, y que antes o después, debía hacer frente a mis temores.
Nada más entrar en el comedor, me senté en mi sitio como una autómata y comencé a comer la sopa que colmaba el hondo plato. Todos cantaban y reían alegres mientras disfrutaban de la sabrosa cena, y sólo dos personas en el gran comedor, permanecían taciturnas y en silencio. Severus Snape era una de ellas, y la otra, por supuesto, era yo. Aunque al final no había logrado reunir el valor necesario para mirarle directamente, sí que había dirigido en su dirección alguna discreta mirada de soslayo. Me sentí tremendamente incómoda al advertir que cada vez que lo hacía, la suya permanecía clavada en mí.
Cuando terminé de comer, a toda prisa, dejé a los compañeros disfrutando de la fiesta y me encaminé hacia el confort de mi habitación, aliviada por liberarme al fin del constante y perturbador escrutinio de mi profesor. Pero justo cuando iba a pronunciar las palabras que me abrirían paso a través de la pared, el resonar de sus pasos y el peculiar sonido de su capa al caminar, me detuvieron.
_ ¿Ha disfrutado de su cena, Señorita Stone? _ me preguntó con un insólito interés.
_ ¡Por supuesto que no! ¿Cómo podría haberlo hecho si no dejaba usted de mirarme? _ Abrí los ojos como platos ante lo que acababa de decir y me cubrí la boca ante la sorpresa, pues no era ni por asomo lo que pretendía contestar.
Su cínica sonrisa y el brillo de sus ojos me indicaron que él tenía algo que ver en todo esto.
_ Parece que el veritaserum ya ha hecho efecto. Ahora, haga el favor de acompañarme a mi despacho.
Continuará…
¡Uhhhhhhhhhh! Veritaserum y Samantha no son una buena unión teniendo en cuenta que no le conviene irse de la lengua delante de Snape acerca de su pequeño secretillo… ¿Podrá resistirse al efecto de la poción? ¿Vosotros qué creéis?
Se aceptan apuestas y cábalas en los reviews, jajaja.
A mis fieles comentaristas, ClairSnape, AzuuMalfoy, ambi, Gaby27, Issfiden, Seyka y Charles darles unas monumentales gracias, como en cada actualización, por sus ánimos.
Y una vez más, agradecer a todos los lectores, registrados, no registrados, a aquellos que añaden Vientos de Cambio a sus listas de alertas o a las de favoritos, y a los que simplemente y aunque no lo expresen, disfrutan con la lectura, gracias.
Antes de despedirme, aclarar el por qué seguramente a quienes precisamente tenéis la historia en alertas y recibís mensajes por correo electrónico, os han llegado cientos de actualizaciones referentes a esta historia. He de decir que he editado muy, pero que muy levemente algunos de los capítulos, y por eso, he decidido "resubir" de nuevo el fanfic. No cambia para nada la trama y los cambios son bastante insignificantes, sólo alguna frase por aquí y alguna frase por allá ha sido modificada, añadida, o eliminada, por lo que no es necesario que nadie se relea de nuevo todos los capítulos para seguir el hilo.
Sin más, os pido disculpas si os he vuelto locos con tanto e-mail, y me despido hasta el próximo capítulo.
