hola gente, he leido sus comentarios y doy gracias a las personas que se molestaron en publicarme, a y lamento los detalles que tiene la historia como no cambiar los nombre originales, espero que este no tenga ;D sigan publicandome por favor para que suba pronto...

los personajes son de S.M. y la historia de Penny Jordan.

incluso cuando sonrias por las tardes y llores por las noches siempre estare a tu lado...


Otro leve estremecimiento. ¿Estaría loca por haber aceptado la propuesta de Edward? ¿Funcionaría un matrimonio entre los dos? ¿Perduraría? ¿Podrían construir un ambiente seguro y feliz para sus hijos?

Bajo su aprensivo temor, era consciente de una oleada subterránea de apacible confianza, como una profunda convicción de que si ignoraba sus temores encontraría muy fácil aceptar que había hecho lo correcto.

Por el momento estaba permitiendo que su juicio fuese opacado por la tradición que rodeaba el moderno cortejo: la idea de que la única base para un matrimonio debía ser la pasión desatada. No debería hacer caso de tales creencias que, en realidad, no eran razonamientos. Debería olvidar el pasado y enfocar sus pensamientos en el futuro. En el compromiso que la ligaba ya a Edward.

Comprometidos. Otra vez esa palabra. Su compromiso con Edward debía ser tan serio como el que él estaba dispuesto a establecer con ella. Ahora, de repente, encontraba consoladora la palabra, más que temible.

Compromiso. Sí, le gustaba su sonido y no debía olvidar que Edward, como ella, ya sabía lo que era sufrir el dolor de amar a la persona equivocada y no haber visto su amor correspondido. Tenían mucho en común; mucho más de lo que ella tuvo jamás con James.

Podían ser felices; eso dependía de ellos, después de todo.

Podrían ser felices. Bella descubrió pronto lo profético de ese pensamiento.

Como creía conocer muy bien a Edward, le sorprendió descubrir lo buen actor que era y la facilidad y poder de convencimiento con que adoptaba el papel del hombre que está a punto de casarse con una mujer de la que está profundamente enamorado, en las ocasiones en que debían ser vistos como una futura pareja conyugal.

Hubo el almuerzo dominical con la familia de Bella, arreglado de manera que su hermana, el esposo de ésta y sus hijos pudieran estar con ellos y una visita al vicario para concertar la fecha para la ceremonia. Parecía que Edward compartía la opinión de la madre de Bella, en el sentido de que si iban a casarse, más valía que lo hicieran con estilo. Con esto se ganó aún más la simpatía de los padres. El progenitor de Bella pudo haberlo abrazado con efusión cuando Edward sugirió que, puesto que los jardines de la mansión eran más grandes, más valía colocar allá el toldo y celebrar allí la recepción.

No tendrían un compromiso formal; no tenía objeto, puesto que se casarían muy pronto. Cualquiera que conociera a los dos, al menos eso parecía, estaba anunciando ahora que había intuido todo el tiempo que eran una pareja ideal, algo que hacía a Edward desviar la mirada irónica hacia Bella cada vez que oían esa opinión.

Él sería un magnífico padre, ya se había dado cuenta Bella, al observarlo con los hijos de su hermana. Era paciente, cariñoso, responsable; todo lo que una mujer podía pedir en un compañero y, sin embargo, Bella todavía abrigaba temores.

No de arrepentirse de casarse con él; ni siquiera de descubrir que por más que lo llegara a estimar, nunca podría ocupar el lugar que ella había reservado por tanto tiempo a James.

No, para su sorpresa lo que más temía era decepcionarlo; despertar una mañana y descubrir que él había cambiado de idea. O, aún peor, como predijo Victoria, saber que Edward la encontraba poco deseable.

Y debido a la intimidad de los temores y a las revelaciones que conllevaban, no se atrevió a expresarlos.

Sabía que de haber tenido más experiencia sexual no estaría sufriendo esta ansiedad; si pudiera contemplar su vida anterior y decirse: quizá James no me quería, pero hubo otros, o al menos otro, todo sería diferente. Mas por naturaleza no era dada a experimentar sexualmente y, por mucho que ahora lo lamentara, no había manera de volver el tiempo atrás y cambiar las cosas.

Tenía veintiseis años y era virgen aún. Y estaba aterrada de que cuando Edward y ella su unieran como marido y mujer, él la encontrara tan sosa y torpe que su matrimonio se destruiría.

Por condicionamiento la mujer puede aceptar los escarceos sexuales de un hombre, aun cuando no sienta un intenso deseo por él, pero un hombre…

Este temor torturaba su mente sin cesar; la única persona con la que pensaba que podría tratarlo abierta y honestamente era Rosalie.

Le habló por teléfono una tarde cuando tuvo la oficina sólo para si.

—¡Bella!—exclamó su amiga al contestar la llamada—. ¿Cómo estás? Ya sólo faltan tres semanas. Por cierto, adivina… estoy embarazada. Vaya sorpresa, ¿no?

Rosalie embarazada. La fuerte punzada de envidia que la atenazó confirmaba lo comprometida que estaba con la idea de casarse con Edward. Ya había tratado la cuestión de sus futuros hijos. Él quería esperar seis meses después de la boda para comenzar a formar su familia y ella estuvo de acuerdo. Ahora, de repente sintió la impulsiva urgencia de ya haber concebido. ¿Porque deseaba un hijo… o porque eso la ligaría más estrechamente con Edward?

Estaba tan escandalizada de considerar siquiera semejante posibilidad, que por un momento no pudo hablar.

—Bella, ¿sigues allí? —preguntó Rosalie.

—Sí, si. Estoy aquí. Estoy encantada por lo del bebé… encantada y llena de envidia.

Rosalie rió.

—Bien, pronto será tu turno.

—Eso espero… Rosalie, hay algo en especial que quisiera tratar contigo.

Su voz era áspera por la ansiedad y la tensión, causando que la risa en la voz de su amiga desapareciera.

—¿Qué pasa? No te estarás arrepintiendo, espero. Emmett y yo pensamos que Edward es ideal para ti. Si todavía piensas en James…

—No, no, no es eso. Quiero casarme con Edward. Lo que pasa es que… —hizo una pausa y luego se apresuró a inquirir—: Con Emmett y tú, ¿se…? Bien, sé que me dijiste que no estaban enamorados. Pero sexualmente… —calló, incapaz de proseguir.

—Creo que ya sé lo que me estás consultando —dijo Rosalie con gentileza—. Hubo otros hombres antes de Emmett y, por supuesto, ninguno de los dos se habría comprometido a algo tan serio como el matrimonio si no estuviese convencido de que al menos podíamos ser compatibles en lo sexual. Pero si te preocupa no encontrar deseable a Edward…

—No, no. No es eso —la interrumpió Bella, tragando saliva con nerviosismo, mientras se apresuraba a proseguir antes que pudiera perder el valor—. Sé que es ridículo en esta época, pero no tengo ninguna experiencia sexual y temo que… bien, temo que Edward me encuentre decepcionante. Yo no…

Hubo una pausa y luego Rosalie preguntó con voz pausada:

—¿Le has dicho esto a él? ¿Han tratado tus temores?

—No. No, no lo he hecho… yo…

—Pues debes hacerlo —dictaminó Rosalie.

Cuando Bella no replicó, Rosalie agregó con gentileza:

—Vas a casarte con él, Bella. Si no te atreves a decirle lo que sientes, lo que te preocupa, ¿cómo piensas que vas a…? Y además, considera los sentimientos de él. Eres virgen. Él debe saberlo. Si no te atreves a decírselo, ¿por qué no le escribes una nota? Explícale…

—¿Cuándo se la debo entregar? —preguntó Bella con humor sombrío—. ¿En medio de la ceremonia? Y en cuanto a confiárselo… ¿qué se supone de debo decir? "Oh, por cierto, no lo había mencionado antes, pero figúrate que soy virgen" Pensará que algo está mal conmigo.

—No seas absurda —la interrumpió Rosalie—. No pensará nada por el estilo. De hecho, si quieres saber mi opinión… —se interrumpió—. Oh, diantres, debo colgar. Alan acaba de entrar. Paul se cayó del columpio y se lastimó la cabeza. Escucha, Bella, díselo. ¡Ahora! Hoy mismo. Creo que te estás preocupando más de lo que él se preocupará. No es James, ¿sabes? —agregó la mujer antes de colgar.

Decirle a Edward que no llegaba a él con todo el beneficio de tener experiencia sexual… Curiosamente, mientras permanecía sentada mirando el vacío, de repente comprendió que de haber tenido la opción de elegir entre los dos hombres, no habría escogido a James como su primer amante.

James. Le sorprendía a veces lo difícil que era incluso recordar su rostro, a pesar de que hacía no mucho tiempo él constituía todo su mundo.

Ella todavía sufría por dentro cuando recordaba la conversación con Victoria y sospechaba que siempre le afectaría. Las heridas infligidas por la otra mujer nunca cerrarían. ¿No era después de todo parte de la razón de sus temores actuales?

Díselo, la urgía Rosalie. Y, sin embargo, ¿cómo podría hacerlo? En público él adoptaba el papel de prometido amoroso, pero en privado… en privado nunca la tocaba, nunca le mostraba el menor indicio de que la encontraba deseable… pero, a fin de cuentas, ¿por qué debería hacerlo?

Porque iban a casarse. Tendrían hijos. El pavor la invadió, provocándole dolor de espalda y de cabeza.

Edward estuvo fuera todo el día, entregando un pedido. Le había dicho que no lo esperara sino hasta avanzada la noche.

Se había mostrado amable durante esas tres últimas semanas de su compromiso, pero distante, sin colocarse junto a ella o inclinarse por encima de su hombro mientras trabajaba, como solía hacerlo antes que decidieran casarse.

Le consternaba percatarse lo mucho que echaba de menos esas pequeñas muestras de cariño. Era como si estuviera hambrienta de afecto, se dijo con disgusto, y ansiosa por cualquier demostración física de amor. ¿Por qué tenía que ser así? En los siete años que conoció a James, nunca se sintió desprovista en ese sentido. Amaba a James cierto y ansiaba sus besos, sus caricias, mas con la perspicacia que dan la distancia y el tiempo, reconoció que ese anhelo estaba basado en la confusa creencia de que si James daba muestras físicas de cariño significaba que la quería; en tanto que con Edward el deseo de ser tocada y acariciada por él era algo físico, instintivo y, de hecho, tenía que hacer un esfuerzo para no acercarse a él y buscar el ansiado contacto físico.

Ya había notado que cuando estaban en público ella automáticamente cerraba la distancia entre ambos, caminando tan cerca de él como le era posible, hasta que se dio cuenta de lo que hacía y sé obligó a apartarse de su prometido.

No era del todo ingenua. Sabía muy bien que era posible experimentar deseo sin amor, pero antes siempre imaginó que eso sólo sucedía a los hombres y ciertamente nunca sospechó que ella pudiera experimentar un deseo tan intenso.

Quería a Edward como amante, reconoció con un leve temblor, lo cual sin duda sería un buen elemento para su matrimonio, pero…

¿Y si la misma intensidad de su deseo le repugnara a él y eso los separara? Trató de imaginar cómo serían las cosas a la inversa, si él la deseara y ella tuviera que aceptarlo por su necesidad de tener hijos. ¿No se sentiría ella abrumada en esas circunstancias, amenazada, furiosa y a fin de cuentas completamente a disgusto por la mera intensidad del deseo de él?

Bella se puso de pie y se movió con inquietud por el cuarto, abrazándose. Recientemente había perdido peso; su madre lo comentó cuando fueron a Ludlow a comprar el traje de novia. Nada en la tienda les llamó la atención hasta que la empleada les mostró un vestido de satén en color crema claro, con estilo vagamente Tudor, que dejaba ver los bordados de la tela. Bella lo vio, lo tocó, se imaginó bajando por la escalera de la casona y en seguida supo que ese era el vestido que estaba buscando.

Por desgracia fue necesario hacerle algunos arreglos y cambios, pero la vendedora les prometió que estaría listo a tiempo. Tendría que ir a que se lo probaran una semana antes de la boda. Su madre porfiaba en alimentarla, diciéndole que no debía perder más peso, o el vestido no le quedaría.

La tensión comenzaba a notarse en los dos. Hubo varias ocasiones en las que Bella pilló a Edward mirándola casi con aire melancólico.

Hubiera querido preguntarle si se estaba arrepintiendo y, sin embargo, tenía miedo de preguntar. ¿Y si él decía que se había arrepentido? La joven trató de convencerse de que si él le pedía que lo liberara de su compromiso, quizá sería lo mejor; que a fin de cuentas sus sentimientos no estaban involucrados; que él tenía todo el derecho del mundo de cambiar de idea. Sin embargo, estas posibilidades la llenaban de miedo y dolor.

¿La habían traumatizado Tanto las injurias de Victoria que ahora esperaba y temía el rechazo en alguna forma? ¿La había hecho sentir tan vulnerable, tan insegura como mujer?

La cabeza le zumbaba y sentía un poco de náuseas. Miró la pantalla de la computadora y se dio cuenta de que no podía enfocar bien. No había estado durmiendo como era debido. Tenía tantas cosas que hacer, no sólo allí en la oficina, sino también con los arreglos para la boda y con los trabajos en la casa, ya que Edward consideraba que, aunque la casa era bastante confortable tal como estaba para un soltero, Bella, como mujer, necesitaba más comodidad, más lujo.

La joven intentó protestar, diciéndole que no era necesario que llegara a esos extremos, pero él descartó tajante su objeción, y por las últimas tres semanas la casa estuvo llena del ruido desapacible de los trabajadores que repararon la sala pequeña, y luego la redecoraron e hicieron lo mismo con el gran cuarto recubierto de madera que era la habitación señorial, con su baño adjunto.

Ese día los trabajadores se fueron más temprano. El emplasto necesitaba secar antes que pudiera comenzar la redecoración.

Bella había pasado las últimas noches estudiando una variedad de libros y catálogos, en busca de ilustraciones de época para tener algunas ideas de cómo escoger el decorado y los muebles de los cuartos recién restaurados.

Ya había mencionado a Edward con añoranza que el cuarto con su fina recubierta de madera y su enorme chimenea restaurada, requería una cama imperial de cuatro postes igualmente grande, pero vio que el costo de tales camas rebasaba los miles de libras esterlinas. Y eso sin las pesadas cortinas de damasco, las cubiertas bordadas, las costosas alfombras turcas y los demás muebles que necesitaría la habitación.

Por más que amara la casa y anhelara vivir allí, tenía que admitir que las cosas habrían sido mucho más simples si estuvieran amueblando una casa moderna de tamaño confortable.

Edward sugirió que quizá sería mejor si Bella evitaba ir a los cuartos de arriba mientras los hombres trabajaban allí, debido al peligro de que cayera el emplasto dañado. Ella claramente entendió la insinuación y se cuidó de evitarlos.

La palpitación dolorosa en su cabeza se intensificó. Aún había trabajo que terminar, pero el sol que se filtraba por la ventana la hacía sentir enferma y mareada. Tal vez si iba a casa y se tomaba un par de analgésicos se le quitaría el dolor de cabeza, permitiéndole regresar y terminar el trabajo cuando el sol ya no entrara por esa ventana en particular.

Con un leve suspiro de exasperación por su propia debilidad, se levantó y recogió sus cosas.

Por suerte, cuando llegó a casa descubrió que sus padres estaban fuera, lo cual le permitió tomarse dos tabletas y subir directo a su cama.

Por más que amara a sus padres, esta era una de esas raras ocasiones en las que lo que menos deseaba era su compañía… y tampoco hablar de la boda.

Cuando despertó pudo darse cuenta por la frescura de su cuarto, de que estuvo dormida varias horas. Se movió con cautela y luego reconoció con alivio que ya no le dolía la cabeza.

Se levantó, se quitó la ropa y se dio un duchazo rápido antes de volver a vestirse, esta vez más informalmente, con ropa interior limpia debajo de unos jeans gastados y un suéter holgado.

Cuando bajó, sus padres estaban viendo la televisión. Su madre intentó ponerse de pie, pero ella se lo impidió.

—Lamento haberme perdido la cena —se disculpó la joven—. Tenía un espantoso dolor de cabeza, de modo que regresé antes a casa y me fui directo a la cama. Pero debo regresar. Tengo trabajo por hacer.

—Antes te prepararé algo de comer —anuncié su madre, comenzando a ponerse de pie, pero Bella sacudió la cabeza.

—Oh, no, nada de eso. Te quedas donde estás. Yo misma prepararé algo para todos y comeré rápido. Ya van a ser las ocho y tengo aún como dos horas más de trabajo.

—¿Esperarás a que regrese Edward? —quiso saber su madre.

—Es posible, aunque dijo que hoy llegaría muy tarde.

En el fondo, Bella sabía que Rosalie tenía razón al aconsejarle que hablara de sus temores con Edward y su conversación con su amiga reveló un aspecto que ella, Bella, no había considerado: que Edward pudiera sentir que, al no ser honesta y abierta con él desde el principio, ella había puesto un peso adicional a la balanza en contra del éxito de su matrimonio.

La parte trasera de la casa estaba a oscuras cuando Bella llegó hasta allí en su auto y las luces de seguridad se encendieron en cuanto ella estacionó el coche. Bajó del vehículo y abrió la puerta trasera con la llave que Edward le había dado, encendiendo las luces al encaminarse al estudio.

Apenas acababa de sentarse y encender la terminal de la computadora cuando creyó escuchar un sonido proveniente de abajo.

Quedó como petrificada, apagó la pantalla y aguzó el oído, pero nada escuchó.

Diciéndose que imaginaba cosas, iba a encender otra vez la computadora y empezar a trabajar, cuando decidió que lo mejor sería bajar a verificar. Y además, ahora que los trabajadores habían terminado, podría ver los cuartos reparados sin ningún riesgo.

Supuso que el ruido que creyó oír fue posiblemente sólo una excusa para exorcizar su curiosidad, y se encaminó a la escalera.

Si algo escuchó, decidió mientras se acercaba a la escalera, debió haber sido el asentamiento de la casa por la noche, porque ahora no podía escuchar nada.

Había usado la escalera trasera, recordando el irónico comentario de Edward respecto a que iba a costarle una fortuna alfombrar el lugar, y avanzó a toda prisa por la ancha galería, a la cual se abrían las principales habitaciones. Sonreía para sí cuando abrió la puerta de la habitación señorial.