Antes de decidirme por el baloncesto tuve una conversación con mi madre, ella me contó que siempre supo que rumbo tomaría su vida, que el piano era su mejor amigo y compañero, y que deseaba lo mismo para mí. Recuerdo perfectamente la decepción en su rostro tras mi anuncio, recuerdo que casi no me habló en días y que finalmente, por primera vez en mi vida, el temperamento de artista de mi madre no era lo que más quería de ella.
Pasaron años para que volviéramos a discutir como ese día, y aunque hubo el mismo silencio en los días que siguieron, tengo la certeza de que esa vez no había el mismo interés en hacerme cambiar de opinión.
Mi madre es pianista, toca en la sinfónica, es su trabajo, es su trabajo y su pasatiempo, es lo que escogió hacer y es lo que necesita hacer. Tengo los ojos y la determinación de mi madre, heredé esa incapacidad suya de poder hacer dos cosas, esa incapacidad de compartir el tiempo y la atención con algo distinto a lo que escogimos, heredé la terquedad y la obstinación que hace imposible tratar con ella.
La historia dice cuando mis padres se conocieron la dedicación al piano resultó ser encantadora. Pero quince años más tarde esa misma dedicación y esa misma pasión eran demasiada competencia para un hombre.
El primer recuerdo de esa mañana aparece borroso y confuso en sueños, y se niega a ser desterrado de las largas noches vacías de compañía.
Pasaron años antes de que entendiera como ese momento tan pequeño, pero tan diferente a todo lo conocido antes de ella, pudo hacer una confusión con mis sentidos en su ausencia.
Abrí los ojos apenas unos segundos antes de que sonara el timbre. Las cortinas cerradas permitían que unos escasos rayos de sol iluminaran la habitación. Y aunque por unos segundos no logré distinguir el lugar, el olor a chocolate me recordó que había pasado el día y la noche en su departamento. No era la primera vez que despertaba con la misma duda, ni siquiera era la primera vez que despertaba en casa de una mujer, pero no podía negar que la sensación era totalmente nueva. No existía esa necesidad de tomar mi ropa y correr de vuelta a casa, ni siquiera la necesidad de levantarme para romper ese abrazo que no era precisamente un abrazo, si no que más bien una cercanía de piel, en la que no habían exigencias, ni ese olor a perfume dulce y empalagoso, que algunas mujeres se empeñan en usar, y que siempre me revolvía en el estómago en la mañana. En ese abrazo, que no era abrazo, vi a una chica distinta a la que creía conocer, vi una chica que no tan solo era capaz de compartir la cama, si no que también los sueños. Esa mañana de domingo logró lo que tantas noches y extrañas no consiguieron, esa mañana de domingo miré por primera vez a una mujer y pensé que no me molestaría despertar con alguien a mi lado cada mañana. Es cierto, la idea no tenía la inspiración romántica que podría haber tenido en la cabeza de alguien, que no fuera precisamente quien habla, y es cierto que fue fugaz entre otros tantos pensamientos de esa mañana, pero lo cierto es que no fue la última mañana que lo pensé.
El timbre sonó en una segunda ocasión, comprobé que Aiko seguía tan dormida como hace unos minutos y terminé por levantarme para ver que ocurría. Era el señor Yamamoto y el gato, como era de esperarse a ninguno le agradó verme tan temprano, el gato entró luego de mirarme fijamente y el señor Yamamoto me preguntó por ella. La situación no daba espacio para muchas teorías, sino que para explicaciones e interrogatorios, pero en vez de eso, el callado señor frente a mí me entregó el periódico y unos panqueques que le enviaba su esposa a Aiko.
Fue extraño, y apenas lo entendí en ese momento, pero entre saciar el hambre con los panqueques y provocar un divertido berrinche de parte de mi anfitriona prefería volver a la cama. Las sábanas revueltas dejaban ver ese delicado cuerpo en descanso, sus piernas largas, una espalda minúscula, las caderas anchas, sus costillas arriba y abajo con cada respiración, y ese rostro que pocas veces no mostraba desafío o indiferencia. Di solo unos pasos antes de descubrir que estaba despierta, se sentó en la cama, para estirar los brazos y respirar profundamente el aire fresco de la mañana, me miró algo sorprendida, pero con buen semblante y sin preludios afirmó que estaba segura de que me había ido. No sé que fue precisamente lo que le dio significado a esa frase, si la sonrisa casi imperceptible, la mirada honesta o el buen humor. No sé qué fue lo que me ayudó a entender que no lo decía para hacerme salir de su espacio, si no que al contrario, que le alegraba verme esa mañana.
Tal vez si hubiera sido unos años mayor o un poco menos solitario, tal vez si su carácter no fuera el inestable carácter tan propio de ella o yo tan distante, tal vez, y digo solo tal vez, le habría dado una respuesta un poco más honesta, le habría dicho que había sido bueno despertar a su lado y que no pensaba irme todavía. Pero claro, estábamos lejos, faltaban años y kilómetros de distancia, para esa conversación. Así que elegí algo más simple, más cobarde, pero más simple.
-No me voy hasta comerme tus panqueques.
-¿mis panqueques?, espera, ¿le abriste la puerta a la señora Yamamoto en ropa interior?
-No.
-¿y los panqueques?
-Los trajo el señor de la portería.
-¿y abriste así?
-Si, ¿porqué?
-Olvídalo, da lo mismo.
Apenas terminó la frase salió de la cama mientras se vestía con su camisa de dormir, me resultó curioso el hecho que le preocupara la opinión de la señora Yamamoto, finalmente parecía importarle alguien. Desayunamos entre palabras despreocupadas, en la terraza, a plena luz de esa mañana abrazante de primavera, desde el último piso del edificio la vista resultaba impactante, el mar destellaba bajo el sol casi veraniego, y la compañía parecía estar decidida a ser más encantadora y menos caprichosa que en ningún otro momento, Aiko me contó la historia de los panqueques gringos y los crepés de su abuelo. Desde que llegara, hace ya varios años, la señora Yamamoto había decidido preparárselos los domingos, para hacerla sentir como en casa. La verdad era que en casa de los Tanaka, en América, nunca se ha desayunado panqueques, por que en esa casa nadie siente que la receta gringa tenga algo que ver con ellos. Pero nadie corrige a la amable señora. Y años después la historia será distinta, ni Aiko, ni yo podremos dejar de pensar en Japón, en Kanagawa y en esas mañanas de domingo cada vez que desayunemos panqueques. La historia de los crepés es distinta, tiene que ver con su infancia, con los mimos de sus abuelos y las recetas repetidas una y otra vez con tal de sentirse en algún lugar que tenga sentido. Y hasta ese momento de la vida nunca pensé como la comida de mi nana olía a hogar.
El resto del día fue parecido, extrañamente tranquilo y provechoso. Estudiamos para el control de física del que yo no tenía recuerdo, buscamos algunos libros de historia y filosofía que me comprometí a leer con tal de mejorar mis notas, anoté las fechas de trabajos pendientes, las lecturas en curso y una que otra cosa más que Aiko mantenía en la memoria.
A eso de dos de la tarde me preguntó si tenía hambre y si comía de todo, decidió cocinar comida casera, según ella, nada gringo, porque en su familia nadie era gringo, si no que americanos. Y es cierto que al otro lado del mundo se come distinto, es cierto que me pareció algo extraño, pero la verdad, al final, es que con el tiempo terminé extrañando esa sazón tanto occidental como indígena.
Más tarde que temprano decidí que era la hora de volver a casa, nos habían dado la más de seis no viendo una película en la cama, el sueño y el cansancio estaban a punto de de volverme a la cama cuando recordé la advertencia de mi nana, así que busqué en mi bolso el estuche que cargaba conmigo hace una semana y partí a casa.
Llegué a casa poco antes de la cena, mi madre como siempre estaba sentada "no esperando" a que yo llegara. Hace casi un año me dijo que ya no iba a esperarme cuando no llegara a dormir, ese día discutimos como pocas veces lo habíamos hecho, supongo que estaba cansada por los ensayos para el estreno de la temporada, supongo que estaba preocupada por mi nuevo hábito de no llegar sin siquiera avisar y supongo que todavía quedaba algo de resentimiento por mi elección, la primera gran decepción que mi madre admitió tener. Al igual que en esa ocasión, hace un año, sentí que mi madre se daba por vencida conmigo, que me dejaba hacer o no hacer a mi voluntad, pero no porque yo tuviera la razón sino que simplemente porque no valía la pena discutir conmigo, y aunque la mayor parte del tiempo era un alivio, había días en que prefería discutir con ella antes que el silencio.
-Kaede ¿tienes idea de la hora que es?
-¿Las seis?
-Las siete, ¿dónde estabas?
-Estudiando.
-Eso fue ayer, tu hermana me dijo que saliste temprano para ir a estudiar, o ¿me vas a decir que en eso estabas todavía?
-Si.
-¿esperas que crea que pasaste todo el fin de semana estudiando?
-Si.
-Y supongo que en la casa de tu compañero no hay teléfono.
-Si hay.
-¿y no se te ocurrió pensar llamar para decir que estabas bien?
-¿avisar a quién si nadie me espera?
Por alguna razón que desconozco tuve la necesidad de reclamar por más atención, por aprensión familiar, de alguna forma en ese momento del día sentía que quería a mi madre en mi vida. Me recosté sobre mi cama intentando descubrir cómo había llegado a prometer llamar a casa cada vez que pasara el día o la noche fuera, y en ese momento, en el que pensé lo molesto que sería el acto mismo de tomar un teléfono para dar cuenta de mi vida entendí el por qué. Y es que recordé la plática de Aiko sobre su padre, de la madre no tenía idea, parecía apenas existir, de ella no dijo nada, pero de su padre hablaba como si fuera el responsable de su vida, o al menos de lo malo. Reconozco que lo primero que pensé el sábado camino al departamento de Aiko era que por primera vez íbamos a estar solos, lo que me interesaba por algo muy puntual, y es que desde el primer día que apareció sentada frente a mí hasta la tarde recién pasada resultaba tan ambivalente que comenzaba a inquietarme. Por un lado es una cerebrito, aun que lo niegue, y por otro lado es escandalosamente liberal y promiscua. El tema no es solo eso, pues no son solo sus conductas las que casi parecen erráticas, si no que su personalidad es como el diablo. Es irritable, distante, increíblemente distante, pero canta canciones dulces sin siquiera darse cuenta, te mira a los ojos y sonríe, y esos gestos que son tan poco comunes resultan de una ingenuidad que sorprende ver en cualquier persona.
Cerré los ojos y como siempre, el sueño me venció. En la mañana los gritos de, Misao, mi hermana, desde el otro lado de la puerta me recordaron que era momento de ir a la preparatoria, por primera vez en mucho tiempo, revisé las formulas de física para estar seguro de que recordaba bien, y solo después de eso el bolso con mi equipo.
La mañana transcurrió sin novedades, Aiko cantaba como siempre, a media voz, casi tarareando, como lo hacía en la escuela, el control de física me pareció más fácil que nunca, y mantenerme despierto en clases, lo usual, una pesadilla.
En general el día fue tranquilo, fue lo mismo de siempre. El entrenamiento tenso, preocupado, al día siguiente sería el partido de práctica con Ryonan y el profesor Ansai decidió dejarnos en la banca, a todos lo que teníamos prohibición de jugar, solo para probar que le esperaría al equipo si no estudiábamos lo suficiente. La práctica estuvo llena de incidentes, golpes excesivos, pases largos, balones fuera de la canasta, rebotes contra el tablero y discusiones inertes.
Pocas cosas podrían hacer peor la tarde, pero como era de esperarse, esas pocas cosas pasaron. Mitsui descubrió, lo que según él, eran las marcas que solo deja una chica, en mi espalda. Y aunque negué saber cualquier cosa, insistió, mucho más allá de lo prudente, en que le contara la verdad, quién era mi novia. Seguí negando y él siguió preguntando. Los cuestionamientos terminaron junto a la práctica, al menos por ese día.
