Capítulo 10. "Verdades de mentiras"

P.V. Vegeta

Ignoré completamente todo lo que había detrás de mí. La vi entrar en la casa y en lo único que pensé es en seguirla. No sabía que iba a decirle cuando la tuviera frente a mí. La única certeza que tenía en ese momento, es que el hecho de que ella pudiera estar interesada en ese humano bueno para nada, me lastimaba. No se trataba de una furia como la que sentí cuando Zarbon me amenazó con llevársela. Esto era distinto; era más como una desesperación, un temor, un dolor que por algún motivo, era más fuerte que cualquiera de las heridas físicas que había recibido a lo largo de mi vida.

Entré en la casa y revisé a mí alrededor, pero ella no estaba. Supuse que estaría en su habitación. Subí y caminé el largo pasillo. La puerta de sus aposentos estaba abierta, así que me acerqué lentamente, sin hacer ruido y fui asomando la cabeza poco a poco. La vi salir de su cuarto de baño. Se sentó frente a su tocador y vi que se contemplaba en el gran espejo. Pensé que no había criatura más extraordinaria que ella. Me quedé ahí, apoyado en el marco de la puerta simplemente observándola: Vi cómo se aplicaba unos productos extraños en la piel de su cara, en los ojos, en las mejillas. ¿Por qué se tomaba esas molestias? Aunque la hacían verse muy bella, lo era también sin todos esos productos que se aplicaba. Pensaba en todo eso cuando vi que comenzó a aplicarse un producto del color de la sangre en sus labios. Ver la forma tan lenta y delicada en que trazaba esas curvas perfectas sobre sus voluminosos labios me provocó algo indescriptible: La deseaba, necesitaba estar con ella, quería abrazarla, tocar su piel, respirar su aroma frutal, ver mi rostro reflejado en sus ojos para tener la certeza de que es a mí a quien ve, de que es a mí a quien desea. Simple y sencillamente necesitaba respirar su mismo aire, sentí que en ese momento mi vida dependía de ello. Ansiaba que ella se diera cuenta de que yo estaba ahí, esperándola. –Mírame por favor, mírame… mírame- Repetía en mi cabeza una y otra vez.

En ese momento, como si la hubiese llamado con el pensamiento, ella se giró levemente y me descubrió observándola con un gesto de sorpresa, pero algo más; había algo en su rostro que no pude describir, pero estaba seguro de que yo era el motivo. Sus labios temblaban como si tuviera frio. En cualquier otra situación habría pensado que tenía miedo, pero lo que había en sus ojos delataba algo sumamente diferente. Sin embargo, su expresión de repente cambió. Se veía molesta.

-¿Qué demonios haces aquí?- Me dijo muy alterada. Su actitud me sacó de balance, pero no deseaba discutir.

-Quise asegurarme de que estabas bien- Le dije en un tono que ni yo mismo me creí.

-¿Por qué no habría de estarlo? ¿Quieres marcharte por favor? Necesito estar cómoda. –Me dijo con esa misma indiferencia que la caracterizaba. Su rechazo me dolió, pero no iba a darme por vencido tan fácilmente. Yo era el príncipe de los saiyajín y estaba acostumbrado a obtener lo que deseara.

Entré en la habitación lentamente, no deseaba asustarla. Aun así, ella se puso de pie y comenzó a retroceder. En la medida que ella se esmeraba por alejarse de mí, yo también lo hacía por acercarme a ella.

-¿Qué estás haciendo? ¡Dije que salieras! Eres un pedante y arrogante, crees que puedes hacer lo que te venga en gana y eso me enfurece. ¿Qué pretendes entrando a mi habitación de esta forma?, ¿atacarme como aquella vez? – Me dijo furiosa. Esas palabras me golpearon fuertemente. Que ella recordara el beso pasado como un ataque, y que además lo mencionara en un contexto de reclamo, hirió profundamente mi orgullo. -¿Tan desagradable fue para ella? – Pensé. No soportaba la idea de que ella me detestara hasta ese punto. Recordé a la sabandija esa que trató de besarla en la fiesta y recordé que ella no hizo ningún movimiento para evitarlo. –¿Por qué él sí? ¿Por qué a él no lo detuvo?- Pensaba. Me mostré fúrico ante la actitud de la mujer y entonces le dije:

- No te incomodó en lo más mínimo cuando el imbécil ese estuvo a punto de besarte, o cuando estuvo manoseándote mientras "bailaban"- .

-¿Qué diablos te pasa? ¡Estoy en libertad de hacer lo que yo quiera y con quien quiera! ¿No será que estás celoso porque no eres tú a quien elegí para divertirme? – Me dijo irónicamente. La humana se acercó peligrosamente a la verdad. Tanto, que me impactó la casualidad de su broma oscura. Lo cierto es que sí me molestaba en gran medida que lo eligiera a él para divertirse en su fiesta, y no a mí que cada vez la necesitaba más.

-Tal vez tengas razón. Y el hecho es que estoy muy aburrido ahora mismo. Deseo divertirme, y por cierto, también estoy en libertad de elegir con quién. –Le dije, refiriéndome obviamente a ella. La penetré con la mirada para transmitirle ese mensaje, esperando que ella pudiera entenderlo.

La vi correr hacia la puerta de salida y me desesperé. Había estado observándola toda la noche, esperando una mirada, una palabra de ella, alguna ocasión en que el idiota ese desapareciera para que yo pudiera acercarme. Habíamos estado juntos en su habitación tan solo unos minutos y ella… ella una vez más estaba huyendo de mí. No lo soportaba; no quería que se fuera; tenía que detenerla. Hice un movimiento imperceptible para ella y cerré la puerta. La vi estamparse contra ella con una cara de sorpresa. Pero eso no la detuvo: giró la perilla e intentó abrirla y, en una reacción casi automática me coloqué detrás de ella, empujando la puerta con ambas manos, a la vez que creaba una prisión con mis brazos para retenerla. El aroma de su cabello y de su piel comenzó a hacerse presente. Me enloquecía esa fragancia, me transportaba a otra dimensión.

-¡Déjame ir!- Gritó desesperada. Lo cierto es que no iba a dejarla ir. Era su culpa que yo me sintiera así, que yo tuviera esta necesidad de estar cerca de ella. Quien sabe de qué artimañas se habrá valido para idiotizarme de esta forma, y ella tenía que darle solución a mi problema.

-No hasta que consiga lo que quiero- Le dije con todo el deseo y la pasión que sentía por ella. Puse el seguro a la puerta para evitar que pudiera abrirla, o que alguien entrara. No iba a permitir que nada ni nadie me interrumpieran. Esa noche sería de honestidades. Estaba dispuesto a obligarla a decirme lo que ella sentía por el insecto ese; y estaba dispuesto a tomar de ella lo que necesitara para al fin poder aplacar la dolorosa pasión que sentía por ella.

-¿De qué estás hablando? ¡No te atrevas a… a!- Me dijo con la voz temblorosa. Saber que ella intuía lo que yo deseaba me causó gracia. Decidí jugar un poco con mi presa.

-¿Qué no me atreva a qué? ¿Qué es lo que estás pensando que haré mujer?- Le dije a manera de broma.

-¡Ya déjame ir!- Gritó furiosa. Verla perder el control de esa forma por mí me satisfizo enormemente. Me encantaba verla enojada. No sabía si me atraía más con ese fuego iracundo por dentro, o con la brisa risueña que a veces percibía en ella.

-Bueno, al fin de cuentas tus pensamientos no están tan equivocados mujer- Le dije ya sin poder mantener la distancia de ella. La tomé de un brazo y la hice girar para verla de frente. Tomé sus muñecas y las apoyé en la puerta para que no intentara alejarme. La observé profundamente. Esos grandes y exóticos ojos azules brillantes por la ira me cautivaron. Me acerqué a ella tanto que pude sentir su delicado cuerpo en contacto con el mío. Estaba volviéndome loco: sentí sus senos rozar mi pecho ligeramente; Sus muslos apenas tocaban mis piernas. La suavidad de la piel de sus muñecas era indescriptible. Y ese aroma… me atrapaba cada vez que lo percibía, con más razón en ese momento que la tenía tan cerca.

-¡Quítame las manos de encima simio egoísta!- Me dijo con una furia que apenas podía contener. Lo cierto es que esa actitud me atraía aún más. Ella era un animal salvaje y yo la haría doblegarse ante mí así se me fuera la noche en ello.

Acerqué mi boca a sus labios, percibiendo su cálido aliento, su fragancia dulce. Quise profundizar el encuentro y solté sus muñecas para entrelazar mis dedos con los de ella, como un mensaje de posesión, de intimidad. Quería que ella se diera cuenta de cuánto la deseaba. Tenía unas ganas locas de besarla desgarradoramente y aplacar de una vez mi necesidad. Pero no quería que fuera así esta vez. Deseaba que ella me lo pidiera, que reconociera que aunque sea un poco, me deseaba. Tenía a mi favor que aunque de su boca salían palabras hirientes, su cuerpo no se resistía a mí.

-Ahora estoy en la misma posición que el insecto ese. Y veo que tampoco estás tratando de detenerme. La diferencia, es que aquí no hay nadie que me tire encima una copa de vino- Le dije sumamente complacido.

Entonces, con una lentitud y delicadeza respaldadas por un hambre atroz, rocé sus seductores labios con mi labio inferior. La sensación fue extremadamente alucinante para mí. Sus labios eran tersos y me hicieron recordar lo placentero que fue el beso que le atesté días atrás. Mis músculos comenzaron a tensarse, la sangre me hervía por el deseo al ver las pupilas de sus ojos dilatadas, y sólo Dios sabe que me moría de ganas de devorarla a besos en ese momento. Pero esperé. Quería ver su reacción, quería saber cómo respondería.

De repente, tocaron la puerta. Rápidamente cubrí la boca de la mujer para evitar que gritara. No quería que nadie nos interrumpiera. Ese era mi momento y nadie iba a quitármelo.

-Bulma, ¿Estás ahí?- Dijo una voz masculina.

Era el estúpido perro faldero de la humana. ¿Qué demonios tenía que hacer en la habitación de ella?… ¿Acaso la mujer le había dado la confianza para hacerlo? No lo soportaba. Volvió a tocar.

-¿Bulma? ¿Puedo pasar?- Preguntaba el muy imbécil.

No iba a permitir que él se quedara con el premio. Algo me decía que la mujer no iba a gritar. Si a ella realmente le interesaba él, entonces no le convenía que la escuchara. Quité la mano de su boca y, con unas ganas imposibles de controlar, apoyé sus manos sobre la puerta en el espacio sobre su cabeza y abordé sus labios con mi boca. Tenía ganas de devorarla, de probar cada rincón de ella. Todo en ella estaba tenso, como si fuera un perrito asustado, pero no me importó. La encerré con mi cuerpo y fue inevitable el contacto de cada parte de nuestros cuerpos.

-¿Bulma? ¿Estás bien? ¿Puedo entrar? ¿Estás ahí?- Decía el imbécil ese. -¿Acaso esto es lo que querías idiota? ¿Esto es lo que buscabas en su habitación insecto asqueroso?- Pensaba victoriosamente mientras imaginaba lo humillante que sería para él saber que estaba devorando a la mujer que le gustaba a sólo unos centímetros de sus narices. –Esta mujer me pertenece idiota, y primero te parto en mil pedazos antes de permitir que la toques- Juré en mis pensamientos. La sabandija trató de abrir la puerta, y levemente sonreí entre el beso pensando que era realmente gracioso que no pudiera entrar debido a que yo había puesto el seguro. –Humanos débiles. Si yo estuviera en su lugar, ya habría destrozado la puerta- Pensé.

Mientras más eran los esfuerzos del estúpido tratando de abrir la puerta, mayor era mi desasosiego por ella. Ya no se trataba de pasar un buen rato. Estaba estableciendo mi territorio, y me causaba gran placer darme cuenta de que era él quien estaba fuera esperando ser correspondido mientras yo estaba adentro con esa mujer, a punto de poseerla casi literalmente frente a sus ojos. Al no sentir resistencia por parte de la humana, perdí la cabeza por completo y solté sus manos para rodear su cintura. Comencé a pasear mis manos por su cuerpo y era sumamente placentero sentir la suavidad de la tela de su vestido sobre las formas de su cuerpo. Comencé a experimentar una excitación tan fuerte que creí que el corazón iba a detenerse si no liberaba la tensión. Fue tanta mi desesperación de hacer que ella se diera cuenta de la situación y de hacer que respondiera a mis deseos, que no sólo presionaba mi erección contra ella, sino que abrí su falta para que el contacto fuera más claro. El idiota ese seguía llamando a la puerta y ciertamente toda esa situación me excitaba aún más. Levanté una de las piernas de la humana y la apoyé en mi costado para que el contacto fuera más profundo. Deseaba arrancar su vestido con mis propias manos y poseerla en esa puerta, mientras ese idiota la esperaba fuera. Sentí que las manos de la mujer apretaban mis brazos y eso sólo significó una cosa para mí: también me deseaba.

-¿Bulma? (tocaba a la puerta), ¿Bulma? (Suspiro). Supongo que no está aquí. Seguro que ella ya volvió a la fiesta. – Dijo la sabandija.

Escuché sus pasos alejarse, pero eso ya no me importó. La mujer deseaba que yo la tomara, y eso planeaba hacer. La solté y la cargué en brazos para llevarla a la cama, sin dejar de besarla. Sentía que si separaba mis labios de los suyos, ella recuperaría la razón e intentaría alejarme otra vez. Yo sabía también que lo que estaba haciendo no era lo más conveniente para mí, pero es que la deseaba tanto, que sentía que moriría si no la tenía. Me senté en la orilla de la cama con ella en mis piernas. Metí los dedos entre su cabello para sostener su cabeza y así besarla con más profundidad, mientras la otra mano la empleaba para tocar su cuello, sus hombros y brazos, su cintura, sus piernas. Mi necesidad era grande, pero no terminaría tan pronto. No quería que fuera rápido. Comencé a bajar la manga de su vestido lentamente, y entonces sucedió lo que tanto temía.

-¡No! Esto no es… no puedo.- Dijo.

-No, quédate. No puedo esperar- Dije.

-No, no puedo hacerlo, no debo.- Me dijo, bajándose de mis piernas y alejándose de mí. –Yo sé lo que sientes por mí, pero…- Comenzó

Esas palabras pisotearon mi orgullo. No lo soporté.

-¿Sentir? ¿Sentir qué? Te deseo y eso es todo, pero ¿sentir?

Sus ojos se abrieron como platos y se llenaron de furia.

-Maldito simio real. Me alegra no haber hecho nada. Eres un imbécil, ¡No vuelvas a acercarte a mí! ¡No tienes derecho a ponerme las manos encima!- Me dijo fúrica, totalmente fuera de control.

-¿En serio creíste que el príncipe de los saiyajín tomaría en serio a una criatura de raza tan inferior como tú? ¿Cómo creíste que tú podrías importarme humana estúpida?- Dije sarcásticamente y me reí en su cara. Pero la realidad es que ni yo mismo me creía esas palabras.

-Debí suponerlo. Tampoco yo te habría tomado en serio. ¿Quién puede enamorarse de un monstruo como tú? Eres profundamente detestable para mí, ni siquiera soporto que te acerques, mucho menos que me pongas las manos encima- Me dijo con el mismo tono sarcástico que yo empleé. Esa mujer tomó mi orgullo y dignidad como dos hojas de papel, las arrugó y las tiró a la basura.

-Pues no mostraste eso hace unos momentos. No creí que fueras tan fácil mujer- Le dije con toda la intención de herirla.

Vi que sus ojos se abrieron como platos. Se quedó muda, como en shock. Sus ojos comenzaron a brillar, pero no la vi llorar. Simplemente salió de la habitación y se fue.

-¡Ahrrrrg!- Grité con todo el coraje que llevaba dentro. -¡Demonios! ¡Maldita mujer!- Dije. Salí de su habitación y fui a la mía para dormir y olvidar todo lo que había ocurrido esa noche. Como siempre, yo era un experto para herir en toda forma posible. El orgullo, egoísmo y narcisismo eran características que salían a flote antes que cualquier cosa. La mujer me había enfurecido e hice todo para lastimarla. Lo cierto es que algo muy dentro de mí me decía que al menos parte de lo que había dicho, no era verdad.

P.V. Bulma

Haru se había ido. Pero hacía mucho que había dejado de importarme. Era difícil concentrarme en él teniendo al simio real sobre mí, besándome y tocándome de una forma que nadie más lo había hecho. Yo también estaba perdiendo el control. Sentir el roce de los labios de aquel hombre atractivo físicamente, con esos brazos de acero aprisionándome, y esa pasión tan desmedida, era imposible no sentir. De repente sentí que me cargó en sus brazos y en unos momentos estaba sentada en sus piernas. Yo sabía lo que él quería y hasta cierto punto yo también lo deseaba; pero la culpa no me permitía actuar. Cada vez sentía que traicionaba más a Yamcha, mi compañero de varios años. Pensé que si podía dolerme tanto es porque lo amaba, y me sentía sucia doblegándome a mis bajos instintos. Pero por otro lado también sentí que era posible que Vegeta sintiera algo por mí, y hasta no tenerlo claro, yo no debía de hacer lo que estaba a punto de pasar entre los dos. Sentí que comenzó a bajar la manga de mi vestido, y supe que si quería detenerlo, ese era el momento.

-¡No! Esto no es… no puedo.- Le dije, intentando ser mesurada.

-No, quédate. No puedo esperar- Me dijo con una pasión y un deseo que yo apenas pude concebir.

-No, no puedo hacerlo, no debo.-Le dije alejándome de él. Por algún motivo me dolía la posibilidad de que yo pudiera lastimarlo. –Yo sé lo que sientes por mí, pero…- Comencé a decirle, intentando que ese momento no fuera tan amargo.

-¿Sentir? ¿Sentir qué? Te deseo y eso es todo, pero ¿sentir?- Me dijo con sorna.

No podía creerlo. Estaba dispuesta a ser delicada con él porque sentí que después de todo el me importaba. Pero era un monstruo, indiscutiblemente era una bestia cruel y despiadada. Mis consideraciones con él no eran factibles porque él las desecharía como basura debido a que lo que yo pensara o sintiera no le importaba.

-Maldito simio real. Me alegra no haber hecho nada. Eres un imbécil, ¡No vuelvas a acercarte a mí! ¡No tienes derecho a ponerme las manos encima!- Le dije sumamente enfurecida, fuera de mis cabales.

-¿En serio creíste que el príncipe de los saiyajín tomaría en serio a una criatura de raza tan inferior como tú?- Me dijo con una sorna que no lo soporté.

-Debí suponerlo. Tampoco yo te habría tomado en serio. ¿Quién puede enamorarse de un monstruo como tú? Eres profundamente detestable para mí, ni siquiera soporto que te acerques, mucho menos que me pongas las manos encima- Deseaba con todas mis fuerzas golpearlo donde más le doliera, y no iba a escatimar.

-Pues no mostraste eso hace unos momentos. No creí que fueras tan fácil mujer- Me dijo burlonamente.

"No creí que fueras tan fácil mujer" Esa frase… me afectó más de lo que hubiera esperado. Es la misma frase que me dijo en aquel terrible sueño donde Yamcha nos descubrió en el laboratorio. En verdad ese simio no era capaz de sentir. Era un sociópata que tomaba lo que deseaba, cuando quisiera y sin ningún remordimiento. Y yo que estuve a punto de... No pude más, simplemente salí de la habitación sin decir palabra.

Volví a la fiesta y me di cuenta de que él ya no volvió en toda la noche.

Próximo capítulo: "En el infierno"